Cristo y la pobreza

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: José Jamet · Year of first publication: 1977 · Source: Ecos de la Compañía, 1977.
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1. Dios se nos revela en la pobreza.

En el transcurso de la historia de Israel, vemos que Dios escoge a los pequeños y humildes. El pueblo escogido no debe su elección a su poder:

«No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha ligado Yahvéh a vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos» (Deu. 7,7).

Y, en Israel, los portadores de los designios de Dios, son los menores: Abel, Jacob, David…; las estériles son las que se convierten en madres de los elegidos de Dios: Sara, Ana, Isabel.

Y, en cuanto a María, todos pueden cantar con Ella:

«Porque ha mirado la humildad de su sierva… Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes» (Luc, I, 48-52).

Parece como si existiera en el mundo espiritual una ley que la historia de la Iglesia confirma. A quien se exalta delante de Dios o contra él, el Señor lo humilla, a quien se reconoce pobre delante de Él, el Señor lo colma.

«Los ojos altivos del hombre serán abajados, se humillará la altanería humana. y será exaltado Yahvéh solo en aquel día» (Isaías, 2, 11).

En todc ello, no se trata de la pobreza como pura situación material. Entre el fariseo y el publicano, es el publicano el que se encuentra en situación de posesión. El ideal no es carecer, sino estar libre o desprendido tanto en la abundancia como en la privación, a ejemplo de San Pablo.

«No penséis que lo digo porque ando escaso, pues yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia, sé vivir con estrechez y sé tener en abundan­cia, ninguna situación tiene secretos para mí, ni estar harto, ni pasar hambre, ni tener sobra, ni pasar falta; para todo me siento con fuerzas, gracias al que me robustece» (Fil. 4,11-13).

Se trata de una noble independencia y desprendimiento de la,: realidades terrenas, acompañada de un total y confiada dependencia, que es la actitud de los «Pobres de Yahvéh».

La pobreza material, la indigencia, ofrecen condiciones más ventajosas. Naturalmente pueden suscitar reacciones de acritud, de rebeldía y de odio tan contrarias al Evangelio como la dureza de corazón, la suficiencia y el orgullo del rico, que, por su riqueza, se cree dispensado de confiar en Dios.

Pero la pobreza material no está canonizada; necesita, lo mismo que la riqueza, ser evangelizada, para convertirse en una actitud religiosa.

Ahora bien, en los pobres hay unas disposiciones de no-posesión, de acogida, de participación, de sentido de la justicia, que, como de forma natu­ral sintonizan con el Evangelio.

De ahí la predilección de Jesús por los pobres. «Evangelizar a los pobres» es el signo de su misión. Jesús ama a los pobres y a los niños. Unos y otros tienen afinidades con el Hijo del hombre y el Reino de Dios. El hacerse como niños y la pobreza de espíritu son dos condiciones fundamentales para entrar en el Reino y muy afines una de otra; convergen las dos en la «humildad» que justifica (Luc. 18,14), que es el estado de alma por excelencia de los hijos del Reino y del propio Jesús.

Sin duda alguna, Jesús vino para todos los hombres: pobres y ricos; pero, para entrar en el Reino, los ricos tendrán que convertirse, que hacerse como niños y pobres, porque «suyo es el Reino de los Cielos».

De ahí también que Jesús tenga una actitud diferente con los ricos v con los pobres. Habla siempre de la riqueza desde un punto de vista polémico y señalando sus peligros. Jesús sólo se muestra violento con los fuertes y poderosos; pero con los pobres, tiene siempre una delicadeza, una ternura y una suavidad infinitas.

Jesús ve en los pobres a los primeros oyentes del Evangelio, los que le escuchan fielmente y le siguen hasta el desierto; ovejas abandonadas, por las que no se interesan ni el sumo sacerdote acantonado en su Templo, ni los escribas ni los fariseos.

Jesús observa que el Evangelio se acepta primero por los pobres, para quienes el dinero no constituye una barrera ni se dejan detener por precau­ciones materiales. «Bendito seas, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla» (Luc, 10,21).

San Vicente, por experiencia, comprueba esta verdad del Evangelio: «Os hablaré con gusto de las virtudes de las buenas aldeanas por la experiencia que tengo… A esos es a los que Dios quita la penetración de las verdades cristianas: a los sabios y a los entendidos del mundo. ¿A quiénes se las da entonces? Al pueblo sencillo, a las buenas gentes. Podemos comprobar esto en la diferencia que se advierte entre la fe de los campesinos y la muestra. Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que siempre me he hecho: que la verdadera religión, hermanos míos, la verdadera religión está entre los pobres. (Conf. XII, 14 de marzo de 1959.)

2. Puesto que Dios se revela en la pobreza, los pobres pueden ser re­veladores de Dios; un medio y un camino para encontrar a Cristo.

Para muchos hombres, lo que obstaculiza el camino hacia el Reino es el apego a ciertas comodidades, la seguridad de sus costumbres. los falsos pretextos, el miedo a la aventura.

Ante los pobres experimentamos un principio de inquietud espiritual, nos sentimos juzgadas y nos juzgamos a nosotras mismas.

Somos, sin duda «privilegiadas», gozamos de salud y bienestar, y encon­tramos en nuestra vida más dichas que miseria. Eso puede velarnos la realidad. El descubrimiento de la «pobreza», en su extensión y en sus innu­merables formas, nos revela la realidad de la humanidad y de cada uno de nosotros. Los pobres nos interpelan y nos obligan a juzgarnos frente al Evangelio. El pobre, es el hombre sencillo, despojado de esa vestidura de pla­cer y de ilusión con que se revisten los ricos y los dichosos de este mundo. El pobre es el signo visible de la situación humana fundamental.

La apertura al Reino y a la salvación pasa por el reconocimiento y la aceptación de nuestra pobreza. Dios que vino a «buscar y salvar lo que estaba perdido» empieza por hacernos pobres, como lo hizo con Israel. «Antes de haber sido humillado me extravié» lejos del camino de pobreza donde se encuentra al Señor.

Además, la pobreza no es un hecho natural; con frecuencia es fruto de la injusticia y de la malicia de los hombres; no solamente de algunos explo­tadores, sino de las estructuras económicas y sociales que los hombres im­plantan. Es un pecado colectivo del que todos somos solidarios. En el rostro descarnado de los subdesarrollados, de los niños que mueren de hambre, se lee el pecado del mundo.

pobreza en kenyaLos pobres son para nosotros palabra de Dios que nos hace conocernos a nosotros mismos. Así nos hacen entrar en la «pobreza espiritual» que es el camino del Reino.

Por eso, hay que proclamar que, en el Evangelio, se exige la pobreza, no de forma periférica, sino central; no como un adorno para almas distin­guidas, ni como un sentimiento del corazón. No se refiere sólo al poseer, sino que atañe a lo más profundo de nuestro ser, al «corazón» en el sentido bíblico. Somos fundamentalmente pobres. La pobreza es la puerta y el cami­no, «la puerta estrecha y angosta que conduce a la vida» (Mt. 7, 14).

El pobre es el hombre de la esperanza. El rico es el hombre de la pro­piedad, del haber y del poder. Está satisfecho y no desea ningún cambio. Las estructuras sociales le parecen naturales y providenciales. Es conser­vador.

Por eso, Dios ha puesto su esperanza en los pobres, los «pobres» de Yavéh. La pobreza resulta decisiva para el Reino, para el futuro individual y común de los hombres. El pobre, que sufre, que es humillado, tiene una conciencia muy viva de su miseria y de la miseria de la humanidad.

Los profetas de Israel denunciaron la miseria como fruto del pecado de la sociedad, del pecado colectivo del pueblo de Dios. Denuncian la idolatría de una sociedad que a pesar del culto y de los sacrificios, pone su esperanza en el dinero y el poder, y no en el reino de Dios y su justicia.

En el momento de la invasión y del exilio, la esperanza de Israel se «encarnó» en el pequeño «resto», en los «pobres de Javéh», que resistieron a la política «realista» de los vencedores y permanecieron fieles a Javéh. Ellos son los que acogieron las Buena Nueva y encontraron no la dicha sino la Bienaventuranza.

Ellos son los Pobres de Javéh; su pobreza se define con relación a Dios, a su venida, a su Reino. No se han encerrado en su haber, en sus pose­siones, en su poder. Están prontos a arriesgar todo por el Reino. El pobre es el hombre del futuro, de la esperanza.

Es notable cómo los revolucionarios han puesto también su esperanza en los pobres. «La dirección de los movimientos revolucionarios debe estar en manos de los pobres.» «Sin pobres, no hay revolución», decía Mao-Tse-Tung. A los miserables les han hecho tomar conciencia de su miseria, porque era «inmerecida» y los han sublevado con la esperanza de un mundo, donde, en las relaciones interhumanas, cesará el dominio de la riqueza, de la posesión. Han transpuesto así a este mundo el mesianismo de los profetas.

De esta suerte la pobreza, con todo lo que lleva de miseria, de sufrimien­to, de humillaciones y de explotación, es signo revelador de un mundo de pecado, de un mundo «roto». La pobreza nos invita a liberarnos de todos los falsos «absolutos», como dinero y poder, y a liberar a lo demás de la mise­ria. La pobreza nos predispone a acoger a Aquel que vino a liberarnos y a traer la Buena Nueva del Reino.

3. El Evangelio nos da a conocer la predilección de Jesús por los Pobres y hasta establece una cierta identidad entre Él y los pobres.

En el Evangelio de Mateo (25, 31-46), Jesús se identifica con los pobres en el pasaje del juicio final:

«Tuve hambre, tuve sed, … Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis.»

Los justos no dudaban que, con esas obras de misericordia, atendían al mismo Cristo. Cristo se oculta, pues, realmente bajo las especies de los que tienen hambre…

Es evidente que los Padres interpretaron este «mis hermanos menores» como los cristianos pobres, dado que los cristianos son los miembros del Cuerpo místico. San Agustín nos dice:

«Aquí abajo, Cristo tiene hambre, tiene sed… porque todo lo que sufre su Cuerpo aquí abajo, el Señor dice que lo sufre El mismo… Veamos nuestro propio cuerpo… la cabeza está en la parte superior, los pies en el suelo y, sin embargo, si alguien nos pisa el pie, es la cabeza la que grita… Así, Cristo, nuestra Cabeza, podrá decir a alguno de nosotros: «tuve hambre me disteis de comer» y a otros: «tuve hambre y no me disteis de comer»… Tan grande es la caridad de esta Cabeza con relación a su cuerpo…».

Hoy día se ha dejado de lado esta interpretación restrictiva. Jesús se identifica con todo ser que sufre sobre la tierra, cualquiera que sea su fe y sus prácticas religiosas. El Señor hace suya la causa de todos los que objetivamente necesitan ayuda, cualesquiera que sean sus disposiciones sub­jetivas. El hijo del hombre ve en todo miserable a su propio hermano. Su amor se solidariza con toda la miseria humana: Cristo vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Y la identificación de Jesús con los pobres no tiene otro fundamento que su misma pobreza. Esta identificación se presenta con una fuerza extrema: como una relación personal entre los pobres y Jesús. Y esto sinto­niza con todo el Evangelio. Tenemos el mandamiento de amar a los enemi­gos, a ejemplo del Padre Celestial que distribuye sus beneficios sobre los jus­tos e injustos. Está la parábola del Buen Samaritano, donde a la pregunta: «¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna?». Jesús responde que la poseerán aquellos que hayan actuado como el Buen Samaritano.

El misterio de la presencia «personal» de Cristo en los pobres nos lleva al misterio de la pobreza de Cristo en la Encarnación redentora

4. ¿Por qué escogió Cristo la pobreza?

Esta opción que no nace de la necesidad, sino de la gracia; de lo que Dios libremente decide ser y hacer por nosotros. Y hay en ella datos positivos, que nos aportan algo que tenemos que comprender y que debemos imitar.

Por parte de Dios y de Cristo, ¿en qué se basa esta predilección por los pobres? Dios es Amor, Dios es Gracia, La gracia es libertad soberana, su propio movimiento de gracia hace de ella una condescendencia, un don que responde a las exigencias del amor. La naturaleza del amor le inclina a ir hacia lo más bajo, lo más desprovisto. Dios nos ama, no en razón de la bondad que poseamos, sino al contrario, porque somos pobres.

Así, el hecho de que en su Encarnación Cristo se haya hecho hombre, desposándose con nuestra humanidad, en las condiciones más humildes, para estar plenamente con tantos pobres que, en el correr de los tiempos, han sido humillados, explotados y aplastados, nos revela lo que es Dios en su ser profundo y lo que es Dios para nosotros. Para venir a nosotros, ha escogido el camino del servicio a los hombres, humilde y lleno de amor, el camino del pendiente escabrosa y llena de espinas para buscar a la oveja descarriada, y hasta el polvo del suelo para encontrar la dragma perdida.

Puesto que tal es el camino que ha inaugurado para nosotros, para nos­otros también, el camino de la verdad y de la vida es amar como Jesús amó, con un amor de predilección por los humildes, los que sufren, los abando­nados. La novedad del Evangelio es «amar como Jesús amó»; amor que es reflejo del mismo amor de Dios. De ello nación el escándalo de los fariseos aquellos «justos» de piedad escrupulosa que creían servir mejor a Dios apartándose de los impuros y de los pecadores.

Así, en Jesucristo, por su pobreza, dependencia y humildad, se descubre para nosotros el ser íntimo de Dios.

Dios es plenitud de vida y de felicidad, pero no una Plenitud orgullosa, satisfecha de sí misma. Es una vida y una felicidad tan abundante que desborda sobre nosotros. San Pablo habla de la superabundancia de Cristo. Es pobre porque le falta la felicidad de los demás.

Dios es impasible; en El no existe ni la carencia ni la necesidad. Sin embargo, no es insensible. Su felicidad no es una dicha satisfecha y con­fortable. La Sagrada Escritura habla de la compasión y de la ternura de Dios. Cristo quiso sufrir nuestras penas y dolores.

Pero el sufrimiento en sí no se sacraliza, es el sufrimiento del Redentor, es un sufrimiento que nace del amor.

Cristo vino a buscar lo que estaba perdido; así pues, si todo ser que sufre es sagrado en razón de Aquel a quien se asemeja, todo ser que cura, levanta, consuela o sana, está también configurado con Cristo.

Cristo ha revelado que el mal puede ser vencido y rescatado, que existe la victoria del amor sobre el sufrimiento y la muerte.

Nuestra dedicación para con los pecadores y desgraciados son el sacra­mento, el anuncio de la Redención, de la liberación. El amor y la piedad de Cristo para los enfermos, sus gestos curando a los ciegos, a los sordos, a los paralíticos, leprosos, constituían el signo de que se puede ser curado, amado y salvado. A través de nuestras pobres palabras y obras, a través de nuestro amor, se manifiesta otro Amor, el amor y la piedad de Cristo.

Por su Encarnación, Cristo se identificó con los pobres. El Hijo de Dios vino a nosotros pobre, a causa de nuestra pobreza. «Él se hizo pobre por nos­otros.» Cristo salva a los pobres mediante su pobreza y mediante la nuestra integrada en la suya.

Jesús, al tomar nuestra pobreza miserable, la curó y la transformó en pobreza filial, en oblación de obediencia y de amor, colmándola de la infinita riqueza de Dios. La pobreza es el crisol donde se realiza la salvación.

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