Continuar la misma misión de Cristo

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Alfonso Tamayo C.M. · Year of first publication: 1984 · Source: Vincentiana.
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I.- Si preguntáramos a Vicente de Paul

Go-ye-therefore-and-teach-all-nations-Harry-Anderson…cómo nos presenta­ría la vocación que Dios da a sus seguidores en este siglo XX que agoniza, creo que no vacilaría en reafirmarnos la respuesta que en­contramos a través de toda su vida y sus escritos: Dios los ha llama­do a CUMPLIR LA MISMA MISION DE JESUCRISTO. Y re­petiría que ésta es una afirmación que haría para todos, laicos, Hijas de la Caridad y misioneros.

1.- Los laicos. «Vicente establece la teología y la mística de la MISIÓN, no sobre una teología del sacerdocio, sino sobre una profundización de la doctrina y de la identificación con Cristo por el bautismo. La obra de Cristo, su prolongación histórica por los sacerdotes y por los bautizados, exige no sólo ser cristianos, sino que requiere la voluntad de unirse con Cristo bajo la moción del espíritu de Dios»

El Concilio Vaticano II ha repetido insistentemente que todo bautizado participa de la misma misión de Cristo que tiene la Igle­sia. Vicente comenzó la vivencia de su carisma irradiándolo sobre los laicos y ejerciéndolo con ellos, y habla de la vocación de éstos como de una llamada a continuar la misma obra de Cristo. Así el 12 de enero de 1ó40 da a las Damas de la Caridad como motivo para entregarse al cuidado de los niños expósitos, el hecho de que estén haciendo lo que Jesucristo hizo: «Como el hombre había sido maldecido por Dios a causa del pecado de Adán, Nuestro Señor se encarnó y murió por ellos; y tener cuidado de estas pequeñas criaturas… ES HACER LA OBRA DE JESUCRISTO.»

Y en abril del mismo año, a las señoras encargadas de la cate­quesis en el Hôtel-Dieu les dice: «Estáis COOPERANDO CON JE­SUCRISTO en la salvación de estas pobres almas, trabajando para instruirlas a fin de que hagan una confesión general y partan de este mundo en buen estado o salgan curados de hospital en buen estado.»

2.- Más explícito se muestra el fundador cuando habla a sus Hijas. «Para ser verdaderas Hijas de la Caridad hay que hacer LO QUE EL HIJO DE DIOS HIZO EN LA TIERRA.», les dice el 5 de julio de 1ó40.  Y el 7 de diciembre de 1ó43, al hablarles de sus diversas obras, les afirma: «Al servir a estos pequeñuelos, al asistir a los enfermos pobres, cuando los vais a buscar, prestáis a Dios el servicio más grande que se le puede prestar, contribuís con todo vuestro poder para que la MUERTE DEL HIJO DE DIOS NO SEA INUTIL PARA ELLOS, HONRAIS LA VIDA DE NUESTRO SEROR QUE A MENUDO HIZO ESTO MISMO.»

Y para que sus Hijas pudieran cumplir la misión de Cristo «que trabajo continuamente en las cosas necesaria para su salvación», Vicen­te «desplegará tesoros de diplomacia tratando de eludir los rigores del derecho canónico,» hasta lograr para ellas la regla que bien conocemos: «Considerarán que no están en una religión, ya que este estado no es conveniente para los trabajos de su vocación. No obstante, como están más expuestas a las ocasiones de pecado que las religiosas obligadas a la clausu­ra, ya que no tienen por monasterio sino las casas de los enfermos o aquella en que reside la Superiora, por celda un cuarto de alquiler »

3— La Congregación de la Misión, como su mismo nombre lo dice, no podrá tener otro objetivo para Vicente que el de «reproducir al vivo la vocación de Jesucristo.»

II— Jesucristo vino preferentemente a evangelizar a los pobres.

El Vaticano II, y esto lo vemos muy natural hoy, después de afirmar que Cristo vino a salvar a todos los hombres, subraya con claridad la preferencia de Cristo por los pobres.

Como consecuencia de la gracia del Espíritu que obraba en Vi­cente y que se iba manifestando en los acontecimientos de su vida, sobre todo los del año 1617, el santo cambia de mentalidad, y de una Iglesia en la que aspiraba a ocupar un puesto de honor en la jerarquía, descubre a un Cristo pobre que ama y prefiere al pobre, y una Iglesia en que los pobres ocupan un puesto de honor.

El 29 de octubre de 1638 presenta a sus misioneros como moti­vo para la perseverancia en su vocación, el hecho de que están vi­viendo la misma vocación de Cristo. «En nuestra vocación somos muy conformes con Nuestro Señor Jesucristo que tuvo como objetivo principal al ve­nir al mundo, asistir a los pobres y tener cuidado de ellos. Me ha enviado a evangelizar a los pobre. Y si le preguntáramos a Nuestro Señor: ¿Qué .viniste a hacer en la tierra?, nos respondería: A asistir a los pobres. – Pero, y a qué más? – A asistir a los pobres. etc. Ahora bien, no tenía en su compañía sino a los pobres y se dedicaba muy poco a las ciudades, y trataba siempre con los aldeanos para instruirlos. Entonces, ¿no somos muy felices al estar en la Misión por el mismo fin que comprometió a Dios a hacerse hombre?».

III— ¿Cómo entiende Vicente este continuar la misma Misión de Cristo?

Para el santo Fundador la Misión de Cristo es algo fundamen­tal en su vivencia espiritual y en su vida apostólica y la presenta co­mo principio y objetivo de la acción de sus seguidores. No es, pues, raro que al enunciarla enriquezca su enunciado presentándola en muy diversas formas. Para comprender la doctrina de Vicente, veamos algunas de estas formas.

1.- Ser instrumentos de Cristo

Esta manera de hablar quizás suscite ciertas reticencias. Pero no hay que olvidar que en la lectura de Vicente de Paul no debemos atender sólo a cuanto nos diga en sus cartas y en sus conferencias. Debemos leerlo atenta­mente, sí, pero teniendo en cuenta que no nos está dando una te­oría, sino una experiencia de su propia vida o de los suyos. Y enton­ces la pasividad de que podríamos tachar este enunciado desaparece y nos vemos agobiados por la sola enumeración de las actividades de Vicente. Y nos damos cuenta que nos está hablando de un ins­trumento escogido por el Señor, pero cuyo trabajo debe sur una bús­queda del Señor.

Cuando el Fundador quiere precisar ante sus hijos lo que hoy llamamos carisma de la comunidad, nos lo presenta con una clari­dad maravillosa: » nosotros, hermanos míos, si tenemos amor, debemos demostrarlo llevando a los pueblos a amar a Dios y al prójimo, a amar a Dios por el prójimo y a Dios por el prójimo. Mostros hemos sido escogidos como INSTRUMENTOS DE LA INMENSA Y PATERNAL CARIDAD DE DIOS que desea instalarse y dilatarse en las almas.»

Y si queremos comprender más claramente qué clase de instru­mentos de Cristo quiere Vicente en la comunidad, nos basta conti­nuar leyendo la conferencia del 30 de mayo de 1ó49: «Nuestra voca­ción es, pues, la de ir, no solo a una parroquia, ni sólo a una diócesis, sino por toda la tierra, a abrasar los corazones de los hombres, a hacer lo que el Hijo de Dios hizo, El, que vino a poner fuego en la tierra para inflamarla en su amor, qué hemos de querer sino que arda?».

Y en la conferencia del 6 de diciembre de 1658 sobre el fin de la comunidad, habla de forma idéntica: «Y a nosotros se nos dedica a ello  (la evangelización del pobre, cumpliendo la misión de Cristo) como INS­TRUMENTOS por los que el Hijo de Dios continua haciendo desde el cielo lo que hizo en la tierra.

INSTRUMENTOS: palabra con que el santo quiere subrayar categóricamente la dependencia total de Cristo que el misionero de­be sentir en su vida apostólica.

2.- Prolongar la misión de Cristo

Si Vicente se con­sidera y nos considera como instrumentes de Cristo, es porque cree que la actividad apostólica que debemos emprender no es una tarea humana, sino la del mismo Cristo. Claudio Dufour ha sentido la incli­nación a abandonar la Congregación de la Misión para hacerse car­tujo. El Fundador lo envía a Madagascar y le escribe: «Pues bien, padre, no piense ya más en los cartujos; Nuestro Señor lo llama a que vaya más lejos. Él lo acompañará hasta allá y continuará por usted la misión que El comenzó cuando estaba en la tierra. Padre, qué felicidad para usted la de ser escogido para una de las obras más importantes a la que un sacerdote puede ser llamado.»

Y escribe a Gaspar Stelle: «Oh, padre, cómo estamos de obligados con Dios por habernos enviado como envié a su Hijo eterno».

Y al nombrar a Antonio Durand como rector del seminario de Adge, le dice que no hay nada de humano en la tarea confiada; es obra de Dios: «Pero, ¿qué medio hay para desempeñar debidamente este cargo de conducir las almas a Dios, de oponerse al torrente de vicios de un pueblo o a los defectos de un seminario, de los sentimientos de la virtud cris­tiana y eclesiástica a los que la Providencia le confiará para que contribuya a su salvación o perfección? Ciertamente, padre, no hay nada de humano en esto no es esta la obra de una hombre; es la obra de Dios. Grande opus. Es la conti­nuación de la obra de Jesucristo.

Hoy tendríamos que afirmar que en una tarea de estas se re­quiere una gran perfección humana, para que pueda haber mucha capacidad de gracia; pero también nos damos cuenta de que el santo tiene bases muy sólidas para su afirmación: «Sin mí nada podéis hacer.»

Los mismos votos son para Vicente un medio para poder pro­longar la misión de Cristo.: » Qué se podría añadir a lo que hemos dicho de las razones que tenemos para agradecer a Dios la gracia que nos ha concedido al colocarnos en la situación de estar consagrados a Él para CONTI­NUAR LA MISION DE SU HIJO y de los apóstoles?»

3.- Prolongar la misma misión supone vivir la misma vocación de Cristo

Volvamos al texto en que el santo vela cómo Jesucristo se había dedicado de manera especial a los pobres: «En nuestra vocación somos muy conformes con Nuestro Señor Jesucristo  Entonces, ¿no somos muy felices al estar en la Misión por el mismo fin que comprometió a Dios a hacerse hombre?».

Y en la conferencia sobre el fin de la C.M., al hablar de la evan­gelización de los pobres, nos dice: «Si, Nuestro Señor pide que evangeli­cemos a los pobres: esto lo que El hizo y lo que quiere continuar haciendo por media de nosotros». Y como el señor Vicente es siempre el señor Vicente, encuentra en ello un nuevo motivo para la humildad: «No tenemos aquí un gran motivo para humillarnos al ver que el Padre eterno nos emplea para que cumplamos los designios de su Hijo que vino a evangelizar a los pobres, y dio esto como señal de que Él era el Hijo de Dios y de que el Mesías esperado había llegado ya?» E insiste luego: Pero que seamos llamados para ser asociados a los designios del Hijo de Dios y a participar en ellos, no sobrepasa eso nuestro entendimiento  El oficio de evangelizar a los pobres es tan elevado que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios.»

IV—¿Qué exige Vicente del sacerdote como continuador de la misión de Cristo?

Vicente no es un intelectual; es un hombre práctico. La expe­riencia enriquece su vida y, a través de sus palabras, la nuestra. Y la experiencia de su vida sacerdotal le hace ver los sentimientos y convicciones que deben animar a quien asume la tarea de evangeli­zar a los pobres como Cristo.

1. Sentirse responsable de la sangre de Cristo.

La redención ya está hecha. Pero debe pasar a través de los hombres para llegar a los hombres. Es la enseñanza del santo. Pero sabe también él que el sacerdote ha asumido una responsabilidad que es más grande todavía. Razón tenía al escribir a un sacerdote de las conferencias de los martes:

«Bendito sea Dios por todas las gracias y bendiciones que derrama sobre su misión! ¿No le parece que tantos obreros que permanecen ociosos estarían muy bien empleados en la mies en que Ud. trabaja ahora, y que aquellos que conocen la necesidad que el Dueño de la mies tiene de obreros, se hacen culpable de que la sangre de Cristo permanezca inútil porque no hay quien la aplique? »

2. Sentir que la mayor necesidad de la Iglesia es la di Tener hombres evangélicos.

Hombres convencidos del evangelio; aún más, que sean capaces de hacer de su vida un evangelio, ya que ministerio sacerdotal y evangelio deben estar esencialmente unidos.

Ante la insistencia de Claudio Dufour en su deseo de hacerse cartujo, Vicente ha tratado de disuadirlo por todos los medios a su alcance. Y cuando Claudio le escribe para contarle su decisión de seguir siendo misionero, Vicente le escribe jubiloso el 15 de junio de 1ó47: «No puedo expresarle et consuelo que mi alma recibid con la última carta que Ud. me ha escrito, y por la resolución que Nuestro Señor le ha dado. Ciertamente, Padre, yo pienso que el mismo cielo se regocija par ello, pues, ay!, la Iglesia tiene bastantes personas que viven en la soledad, por la misericordia de Dios, otras demasiado inútiles y, más aún que la desgarran; SU CRAN NECESIDAD ES TENER NOMBRES EVANGELICOS que trabajen en purificarla y en unirla con su divino esposo; eso es lo que Ud. hace, por la bondad de Dios.»

Y cuando envía a dicho misionero a Madagascar, su afirma­ción va más allá «Ofrézcase de nuevo a Él como un obrero que se siente llamado a tan excelso trabajo, el más útil y santificador que hay en la tierra, como es et de ganar la almas para el conocimiento de Jesucristo e ir a extender su imperio en los lugares en que el demonio ha reinado desde hace tanto tiem­po; si no se encontraran estos obreros, vería necesario hacer abandonar a los cartujos la soledad para enviarlos».

3. Sentirse llamado al martirio.

El trabajo de la evangelización del pobre debe urgir de tal ma­nera al misionero que el martirio por el evangelio le parezca una coca natural.

Así lo expone a sus misioneros el 24 de julio de 1655: «Se decía últimamente que Dios espera que los sacerdotes detengan su calera: espera que ellos se interpongan entre El y nuestros pobres, corno otro Moisés, para obligarlo a liberarlos de los males causados por su ignorancia y sus pecados, y que no sufrirían quizás, si fueran instruidos y se trabajara en su conversión. Y esto les toca hacerlo a los sacerdotes. Los pobres nos dan sus bienes para ello. Mientras que ellos trabajan, batallan contra la miseria, nosotros debemos ser el Moisés que eleva las manos al cielo por ellos. Si ellos sufren por su ignorancia y sus pecados, nosotros somos los autores de ese sufrimiento; somos nosotros los cul­pables de todo lo que sufren, si no sacrificamos toda nuestra vida para ins­truirlos. «

Y el 12 de noviembre de 1656, es más categórico todavía: «Quisiera Dios, Padres y carísimos hermanos, que TODOS LOS QUE VIENEN a la Compañía, vinieran con el pensamiento del martirio, con et DESEO de sufrir et martirio y de consagrarse totalmente al servicio de Dios… Sí, con el pensamiento del martirio. Oh! cómo debiéramos pedir a menudo esta gracia y esta disposición a nuestro Señor, está a exponer nuestras vidas por su gloria y por la salvación del prójimo, Ay! Padres, hay algo más razonable que dar la vida por quien dio tan liberalmente la suya por todos nosotros…?

4. Sacerdotes sin miedo a los riesgos que supone et anuncio del evangelio.

Nos bastaría para ello hacer una simple alusión a las misiones de Madagascar. Los peligros de la navegación eran terribles en el siglo XVII; los misioneros estaban expuestos a todos los riesgos del clima en ese tiempo en que la medicina apenas comenzaba a dar sus primeros pasos. Los misioneros perecían a los pocos meses de llega­da, y aun durante el viaje. Y Vicente continúa enviándolos.

Los sentimientos del fundador están muy claramente expresa­dos en la carta que envía a Santos Bourdaise con el sexto grupo de cohermanos que envía a dicha isla en noviembre de 1659. (Bour­daise había muerto el 25 de junio de 1657, y Vicente aun no lo sabía):

«Le diré primero que todo el justo temor en que estamos de que Ud. ya no sea de esta vida mortal, en vista del poco tiempo que sus cohermanos que lo han precedido, acompañando, o que han ido después, han vivido en esa tierra ingrata, que ha devorado tan buenos obreros enviados a cultivarla. Si aún usted Ud. vivo, oh! qué grande será nuestra alegría cuando estemos seguros de ello! No tendría Ud. ningún trabajo en creer esto de mi si supiera hasta qué grado va la estima y el afecto que tengo por Ud., pues es tan grande que nadie puede tener por otra persona».

Le dice cómo su última carta lo ha hecho sentirse jubiloso. Pero añade: «también hemos llorado por su dolor causado por la pérdida que ha tenido con la muerte de los Padres Dufour, Prévost y de Belleville, que en­contraron su reposo en et lugar de trabajo que habían ido a buscar, y que aumen­taron sus penas cuando Ud. esperaba un alivio…. Parece, Padre que Dios trata como traté a su Hijo; lo envié al mundo a establecer su Iglesia por su pasión; y parece que no quiere introducir la fe en Madagascar sino por sus sufri­mientos. Adoro estas divinas maneras de obrar, y suplico a El que cumpla en Ud. sus designios.

Cristo llevó su entrega al hombre hasta la cruz. El misionero debe seguir el mismo camino, sin miedo a la muerte. En la idea que Vicente tiene del sacerdocio, insiste más en la redención del hombre que en la adoración del Padre. De donde su insistencia en el sufri­miento redentor. En octubre de 1654 escribe a un superior de la Misión:

«Ay! Padre, Ud. quisiera estar sin sufrimiento: y ¿no sería mejor llevar un demonio en el cuerpo que no tener ninguna cruz? Pues, si, ya que en ese estado de sufrimiento el demonio no causaría ningún daño al alma; pero si no hay nada que sufrir, ni el alma ni cuerpo estaría conformes con Jesucristo paciente, y, sin embargo, esta conformidad es la señal de nuestra predesti­nación. Por consiguiente, no se extrañe de sus penas, ya que el Hijo de Dios las escogió para salvarnos».

Todo esto nos parece inexplicable, si no hay algo que lo inspire y lo sostenga: poseer el mismo amor de Cristo.

5— ENCARNAR en nosotros el mismo AMOR DE CRISTO.

Recordemos cómo el santo, al definir el carisma frente a los mi­sioneros, como ante las Hijas de la Caridad, lo presenta co­mo el AMOR que hay en Dios y que quiere pasar a través de no­sotros hasta el pobre.

En la conferencia sobre el fin de la C.M., si de acuerdo con Bé­rulle nos presenta a Cristo como cl perfecto adorador del Padre, nos dice también cómo ese amor lo llevó hasta entregar su vida por los hermanos. «Pero, ¿en qué consiste et espíritu de Nuestro Señor? – Es un espíri­tu de perfecta caridad, lleno de una maravillosa estima de la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente… Todo lo atribuye al Padre; no quería decir que su doctrina fuese suya, sino que la atribuía a Él. Doctrina mea non est mea, sed eius qui misit me Patris.. Y podía dar un testimonio de un mayor amor que muriendo por amor, como El murió.»

Y lo reafirmará luego con mayor fuerza: «Miremos al Hijo de Dios; oh! qué corazón tan lleno de caridad! qué llama de amor!… Viniste a exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de padecimientos y a sufrir una muerte vergonzosa por nosotros. ¿Puede darse un amor semejante a éste?… Sólo Nuestro Señor se ha dejado arrebatar por el amor de las creaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sometido a las debilidades… Es este amor et que lo ha crucificado y et que ha producido et efecto admirable de nuestra redención. Oh Padres, si tuviéramos siquiera un poco de este amor, podríamos quedarnos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos perecer a quienes pudiéramos asistir?».

Pero Vicente exige un amor que se manifieste en obras: «Ame­mos a Dios, hermanos, amemos a Dios, pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos, con el sudor de nuestra frente.» El solo amor afectivo, aun­que necesario, para Vicente es «sospechoso, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo».

Y es que Vicente, a pesar de que rechazaba pensar en sí mismo, manifiesta muchas veces el amor de Dios por el que se sentía invadi­do. «La caridad no puede permanecer ociosa; nos entrega a la salvación y al consuelo de los demás… Es propio del fuego iluminar y calentar, y es propio del amor respetar y complacer a la persona amada.» Y ante la magni­tud de la obra que ese amor de Dios ha realizado por Cristo a través de Vicente y de los suyos, no puede menos de exclamar: «El amor es inventivo hasta et infinito!» Es lo que lo hace exclamar en los timos momentos de su vida: «Consumirse por Dios, no tener bienes ni fuerzas sino para consumirlas por Dios, esto es lo que mismo Nuestro Señor hizo, pues se consumió por amor a su Padre.»

Todavía más. El bien, por el solo hecho de serlo, es difusivo de sí mismo. Y la caridad es el bien por excelencia. Nos dice el Fun­dador: «Cada cosa produce una especie e imagen de sí misma, como si fuera un espejo que reproduce los objetos tales como son. Un rostro feo aparece en él feo, y un rostro hermoso aparece hermoso. De la misma forma, las buenas o matas cualidades se manifiestan exteriormente; y SOBRE TODO LA CA­RIDAD, que es, por su misma naturaleza, comunicativa, produce la caridad. Un corazón verdaderamente abrasado y animado por esta virtud, hace sentir su ardor, y todo lo que hay en un hombre caritativo, respira y predica la caridad».

¿No se daría cuenta Vicente que se estaba describiendo a sí mis­mo? Poseído por el amor de Dios, arrastraba a todos los que se acer­caban a él, al servicio del pobre. Razón tenían las damas de la cari­dad al comentar entre ellas: «Pues bien, dice la señora Lamoignon, a imitación de los discípulos que iban a Emaús, no podemos nosotras decir que nuestros corazones sentían los ardores del amor de Dios al escuchar al padre Vicente?…-No hay por qué admirarse por esto, replica Luisa María de Gonzaga, él es el ángel del Señor, que lleva en sus labios los carbones ardientes del amor divino que arde en su corazón.».

De sus dos comunidades da una definición que, a primera vista, sorprende: «El estado de la Misión (el modo de ser, diríamos hoy), es un estado de amor, ya que esté hecha para cumplir la doctrina y los consejos de Jesucristo; y no solo por esta razón, sino porque HACE PROFESION de llevar el mundo al amor y a la estima de Nuestro Señor». — Lo mismo dice de sus Hijas.

«La Congregación de la Misión debe ser una manera del amor». «Un corazón verdaderamente poseído por la caridad, hace sentir su ardor». ¿Qué no podría hacer sentir una Comunidad avasallada por el amor de Dios? Este mundo de hoy, enfermo de egoismo y de odio, ¿no está hambriento del amor de Dios?

6.— Identificarse con Cristo.

Encarnar el amor de Cristo hoy, irradiarlo como una vida para que los hombres «amen a Dios y a sus hermanos», comprometerse comunitariamente en esta labor, es un ideal realmente hermoso. Pero, ¿se podrá realizar? — Y Vicente se nos adelanta: Es ésta una labor que Cristo quiere realizar en no­sotros y a través de nosotros. No olvidemos que el Cristo de Vicente es el que nos presenta el evangelista Mateo: Un Cristo escatológico, cuya última manifestación es objeto de esperanza, pero que ya está en medio de nosotros, que se ha quedado entre nosotros. — Para Vicente, la ENCARNACION es un ministerio que se conti­nua en el hoy de nuestra propia historia. O al menos podría continuarse.

Lector asiduo de Juan y de Pablo, Vicente nos pide a sus se­guidores la vivencia diaria de esa misteriosa unión que el bautismo ha realizado en nosotros con Cristo, para poder emprender confiada­mente el cumplimiento de su misión. «Acuérdese, padre, le escribe a Portail, que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que debemos morir en Jesucristo, por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida debe estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo.» — Y dirige a Antonio Durand la misma exhortación: «No, padre, ni la filosofía, ni la teología, ni los dis­cursos logran nada en las almas. Es necesario que JESUCRISTO SE MEZCLE CON NOSOTROS o nosotros con El; que obremos en El y El en nosotros, que hablemos como El y en su espíritu, así como El mismo estaba en su Padre y predicaba la doctrina que le había sido enseñada; éste es el lenguaje de la Escritura.»

De ahí la necesidad de «consultar al Señor» para que sea El quien hable en nosotros. «Dios es una fuente inagotable de sabiduría, de luz y de amor; es de El de quien debemos tomar lo que vamos a decir a los demás… Hay que salir de sí mismos para entrar en Dios. HAY QUE CON­SULTARLO PARA APRENDER SU LENGUAJE y rogar que HABLE EL MISMO por nosotros; entonces será El quien lleve a cabo su obra, y de esa manera nosotros no echaremos a perder nada. Nuestro Señor… no hablaba por sí mismo… Eso nos muestra cómo hemos de acudir a Dios, a fin de que no seamos nosotros quienes hablemos ni obremos, sino que sea Dios.».

Y está tan convencido de que es Cristo el que realiza las obras en nosotros y por medio de nosotros, que atribuirse el éxito de ellas es para Vicente «un latrocinio y hacer injuria a Dios, ya que es El el único autor de toda obra buena.» Y trabajar para buscar su propia glo­ria y no la de Dios, sería cometer «un sacrilegio, si, un sacrilegio!».

«Démonos, pues, a Él, a fin de que sea El mismo quien conti­núe ejerciendo esta misma cualidad (de Salvador), en nosotros y por medio de nosotros.» «Darse al Señor» es la consigna más re­petida por el santo. (La repite 495 veces en sus escritos, nos dice Do­din. – «L’esprit vincentien», 1981, p. 1ó) Y es la consigna con la que él quiere llevarnos a hacer de nuestra caridad algo realmente inventivo hasta el infinito, ya que si admitimos a Cristo con nosotros, todo lo podemos con El. «Si, la Misión lo puede todo, porque lleva­mos en nosotros EL GERMEN DE LA OMNIPOTENCIA de Je­sucristo; por eso nadie se puede excusar alegando su impotencia».

Creo que podemos concluir con el P. Dodin: «Sólo a partir del Cristo total, del Cristo que no es más que uno con el Padre y el Es­píritu, del que voluntariamente corría hacia su bautismo de sangre, de aquel a quien la Virgen recibió, nutrió, acompaña, del que a ve­ces se revela y otras se oculta en la Sagrada Escritura, en una palabra, a partir del Cristo total y «recapitulador», el vicentino orientará con seguridad su existencia, y podrá hacer de su existencia terrena una continuación de la misión de Cristo. Lo que Vicente desea es que el rostro humano de Jesús aparezca también en el rostro humano del vicentino. La infinita bondad de Dios se manifestaba a través de la existencia del Verbo encarnado. La palabra y la acción de Vicente nos permiten entrever el rostro humano de Jesús que el san­to contemplaba interiormente.»

– Creo que nos corresponde pensar hoy seriamente: ¿Cómo cumplir hoy la misión de Cristo? ¿Cómo hacer presente al Cristo-Amor en este mundo moderno, de tantas avances en la técnica, pero de­sesperado en medio de tantas injusticias, odios y egoismos? – En la respuesta que demos está comprometida nuestra fidelidad con el Fundador, con el Cristo amigo y redentor de los pobres.

 

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