Conscientes de que la condición humana es limitada (c 36) (III)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Miguel Pérez Flores · Year of first publication: 2006 · Source: CEME.
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El Jesús obediente, contemplado por san Vicente

Su vida fue un tejido de obediencia (cf. XI, 688)

220px-Croagh_patrick_path35) San Vicente vio que Jesús durante su vida no hizo sino obedecer: Es pre­ciso reconocer que debe haber algo grande en esta virtud, ya que nuestro Señor la amó desde su nacimiento hasta la muerte, puesto que hizo todas las acciones de su vida por obediencia. Obedeció a Dios, su Padre, que quiso que se hiciera hombre; obedeció a su madre y a san José… y a todos los elevados en dignidad, fueran buenos o malos, de forma que todas las acciones de su vida no fueron más que un tejido de obediencia. Empezó su vida de ese modo… obedeciendo hasta la muerte, incluso muerte de cruz; y por causa de eso…, su Padre lo consideró en mucho, lo ensalzó y lo elevó (XI, 688).

36) Inspirado en el Evangelio, san Vicente captó que la obediencia de Jesús al Padre es una obediencia filial, que significa dependencia amorosa y, sobre todo, identidad de miras, por decirlo de alguna manera. Es difícil para nosotros llegar a comprender la íntima relación que existe entre el Hijo y el Padre, manifestada en esta obediencia. La filiación hace que Jesús esté siempre vuelto hacia el Padre, al querer del Padre, de tal manera, que todo lo que dice y hace viene del Padre, su alimento es hacer la voluntad del Padre, hágase la voluntad del Padre. Todas estas expresiones están tomadas del Evangelio de san Juan, el evan­gelista que puso en boca de Jesús la perfecta identificación de él con el Padre: En verdad, en verdad, os digo, que el Hijo no puede por sí hacer nada, sino lo que ve hacer al Padre. Todo lo que el Padre hace, lo hace también el Hijo (Jn 5, 19; cf. 5, 30; 6, 38).

37) La dependencia filial es una dependencia gozosa. Jesús manifestó varias veces la alegría que sentía cuando la voluntad del Padre era conocida y estimada (cf. Jn. 1 1, 41; 12, 27; 17,4; Mt 1 1, 25)7. Es también obediencia «dolo­rosa», aceptada para llevar a cabo el designio de redención del Padre, mediante el anonadamiento del Hijo. Siguiendo a san Pablo, san Vicente insistió en la obe­diencia hasta la muerte y muerte de Cruza. La conclusión es que, por la obedien­cia, el cristiano se identifica con Cristo, el nuevo Adán, porque el que obedece tiene el espíritu de nuestro Señor.

Motivaciones vicencianas para obedecer

a) Por la obediencia, se honra la obediencia de Jesús

Honrar la obediencia que nuestro Señor Jesucristo nos enseñó de palabra y de obra (RC, V, 1)

38) Según las Reglas Comunes, la obediencia de los misioneros tiene como fin honrar la obediencia que nuestro Señor Jesucristo nos enseñó de palabra y de obra, al someterse voluntariamente a la bienaventurada Virgen, a san José, y a otras personas de autoridad, buenas y malas… Esta cercanía a Jesús obediente tiene gran importancia en el pensamiento de san Vicente, porque pone como punto de referencia al Jesús encarnado, al Hijo de Dios y de María, al Jesús que, siendo Dios, se hizo hombre en todo, menos en el pecado, y aceptó las media­ciones del Padre hasta ser víctima de ellas, muriendo crucificado.

39) Al Superior de la Misión, le interesaba que los misioneros aceptasen las mediaciones. Al proponer el ejemplo de Jesús, obediente a todas las personas, buenas o malas, constituidas en autoridad, tiene la intención clara de mover a los misioneros a que obedezcan fielmente a todos los que tienen autoridad, viendo al Señor en ellos y a ellos en el Señor. Señaló en las mismas Reglas Comunes las mediaciones principales: Romano Pontífice, Obispos, Superior General, Visitado­res y Superiores (RC V, 1-2).

b) Por la obediencia, se crea la comunidad

Si en la Compañía no hay obediencia, será la torre de Babel (cf. XI, 690)

40) A las motivaciones principales: seguir el ejemplo de Cristo y reproducir la obediencia de Cristo, hay que añadir otras motivaciones, las que se pueden considerar como «motivaciones funcionales». San Vicente se dirigió a hombres y mujeres que vivían en comunidad, empeñados en conservar la comunidad y en lle­var adelante las obras apostólicas confiadas a la comunidad.

41) No hay comunidad si no hay obediencia, porque sin obediencia no hay unión, sin unión no hay orden y sin orden no hay eficacia apostólica. Si falta en la Compañía —dijo san Vicente— este espíritu de obediencia, ¿qué será de ella? Una torre de Babel, un desorden continuo (XI, 690).

42) De una manera gráfica, se lo explicó a las Hermanas: imaginaos lo que sería un cuerpo, si los brazos y los pies, que son los principales miembros para la acción, no quisiesen estar unidos a él. No habría nada tan ridículo, dejarían al cuerpo mutilado, y ellos mismos empezarían a pudrirse; porque, separados del cuerpo, sólo valdrían para ser enterrados. Lo mismo pasaría con una comunidad en donde no se observase la obediencia (IX, 484). Les puso también el ejemplo del soldado que, aunque le cueste la vida, entrará por la brecha que le han man­dado, porque si la desobediencia se introduce en el ejército, adiós todo el orden de la guerra, todo se vendría abajo (cf. IX, 484).

c) Por la obediencia, se conserva y se acrecienta el vigor de la comunidad

¡Qué será de la Compañía de la Misión, si permanece siempre obediente al Papa, a los obispos, a los párrocos, a sus Superiores!… ¡Que Dios nos conceda esta gracia! (XI, 694).

43) La conservación y vitalidad de la Compañía depende de la obediencia. La obediencia ayuda a que las personas perseveren, las introduce dentro del pro­yecto común, las hace disponibles para ir a donde se las mande y las capacita para trabajar juntas. Solamente así, la comunidad se mantiene viva, vigorosa, capaz de alcanzar las metas que se ha propuesto y de realizar las obras que le han sido confiadas.

44) Surge la cuestión de si la obediencia capacita a las personas o más bien las limita. No creo que se pueda dar una respuesta absoluta. Puede suceder que en una comunidad decadente, sin proyecto de futuro, las personas se vean limitadas y se empobrezcan paulatinamente; puede suceder que personas muy cualificadas estén dentro de una comunidad en la que no deberían estar a causa de una elección no bien hecha. Si la comunidad está viva, ofrece proyectos atra­yentes y se está en ella con verdadera vocación, lo más seguro es que la persona se potencie, se capacite más, se enriquezca y logre realizar lo que por sí sola nunca alcanzaría.

45) San Vicente tuvo la habilidad de saber aprovechar los talentos de los padres y de los hermanos. Es un principio general que los Superiores, y la misma comunidad, tienen obligación de aprovechar y desarrollar las capacidades e ini­ciativas de sus miembros para el bien común, mientras dichas iniciativas estén en conformidad con el fin, proyecto y espíritu de la comunidad. Este criterio es hoy norma en las comunidades vicencianas». Mientras la Compañía tenga esta santa virtud, permanecerá en pie; pero cuando le falte, vendrá la decadencia. Pues, lo mismo que la Iglesia no subsiste más que por la obediencia de los obispos al Papa, de los párrocos a los obispos, y así en lo demás, del mismo modo todas las comunidades, especialmente la vuestra, necesitan para perseverar esa obediencia de los inferiores a las Superioras (IX, 712).

d) Por la obediencia, se logra la unión de los corazones

En una comunidad, no habrá unión si los súbditos no obedecen (cf. IX, 956).

46) El valor de las instituciones está en que crean puntos de coincidencia entre los diversos miembros que forman la comunidad y señalan los puntos claves para todos. Entre las instituciones está, juntamente con las Reglas, el oficio del Superior que, sin duda, es para san Vicente la institución que más debe influir en la creación de la unidad.

47) Interesa conocer el razonamiento que hizo san Vicente. Se fijó en la santísima Trinidad, en las relaciones de las tres divinas personas. Si hay unidad en la santísima Trinidad es porque el Hijo aceptó y respetó la jerarquía existente, a fin de que el Padre mantuviera todo el poder. La conclusión es que en una comu­nidad no habrá unión si los súbditos no se someten a los Superiores… Dios, que quiere unir esos dos extremos, ha ordenado que los Superiores desciendan todo lo que puedan hacia sus inferiores. Por eso, todos los que son dóciles y sumisos a sus Superiores contribuyan a mantener esta unión (IX, 956)

e) Por la obediencia, se alcanzan otros muchos bienes

En vuestra Compañía habrá como un retablo de santos (IX, 486)

48. Dada la espiritualidad entonces vigente, no podía faltar en san Vicen­te, como motivo para practicar la obediencia, la estima de los valores que la obe­diencia produce:

  • la obediencia da seguridad moral, pues si los superiores se pueden enga­ñar, nunca se engaña el que obedece (cf. RC, V, 2, 4);
  • la obediencia da valor a los actos indiferentes y aumenta el valor de los que ya son buenos, es como un bajorrelieve que hace más brillantes a las obras que ya son buenas, y añade piedras preciosas a las ya existentes; es la divina virtud que diviniza los espíritus. Las Hermanas obedientes, serán más esplendorosas que el sol de los soles, y la Compañía será un retablo de santos (cf. IX, 486, 957).
  • La obediencia puede sustituir obras muy buenas. A santa Luisa le dijo san Vicente que su buena voluntad y su obediencia serán más agradables a Dios que el sacrificio al que desea asistir (IV, 179).

A quién hay que obedecer

Prestaremos reverencia y obediencia leal y sincera a nuestro Santo Padre, el Papa. También prestaremos obediencia con humildad y constancia, se­gún lo exigen nuestras Reglas. a los reverendos señores obispos… Además no haremos nada en las iglesias parroquiales sin permiso de los párrocos (RC V, 1).

49) La lectura de las Reglas Comunes y de los demás escritos de san Vicente permite hacer una lista larga de «superiores» a quienes los misioneros deben obe­decer: Papa, concilios, obispos y párrocos, superiores: general y locales, autorida­des civiles, médicos, bienhechores y, como si fueran pocos los superiores señalados, también se debe obedecer a la campana, como a la voz de Dios (cf. RC, V, 1, 2, 3).

50) La mención de cada superior tiene un contexto especial, pero siempre hay una razón para obedecerlo. San Vicente concibió la obediencia, más que como una virtud concreta, en un sentido amplio y práctico, como un espíritu que anima toda la persona que se ha dado plenamente a Dios. No se planteó el pro­blema de la diferencia que existe entre superiores internos y externos, ni a quié­nes se debe obediencia en sentido estricto y a quiénes en un sentido amplio. Tam­poco san Vicente estableció la diferencia que hay entre obediencia, respeto y sumisión, como lo hacen algunas Constituciones y Estatutos actuales» ni entre obediencia profesional y religiosa.

51) Podemos decir que, para san Vicente, hay cuatro criterios que justifican la larga lista de superiores:

  1. La obediencia como entrega de lo que uno es al servicio de la voluntad de Dios. La verdadera y perfecta obediencia va más allá de lo estricta­mente mandado. Hay que obedecer a la intención del Superior y porque los verdaderos obedientes no se contentan con seguir lo que los Supe­riores ordenan, sino que van más allá, haciendo lo que creen que es según su intención (IX, 860).
  2. El servicio eficaz a los pobres, que debe ser pronto, en armonía con todos los colaboradores y respetuoso de los derechos de cada uno: Obispos, párrocos, etc. (RC V, 1).
  3. La seguridad que se consigue en todo lo que se haga. El medio mejor para lograr la seguridad de que se obra bien es obedecer (cf. RC, V, 2, 4).
  4. El respeto a los demás. La obediencia es otro medio para guardar el orden y el respeto a los demás, y librar a la Comunidad de ciertos ries­gos. Por eso, las Reglas prohíben invadir lo privado (excepto la corres­pondencia), interferirse o entrometerse en los oficios de los otros, entrar en los lugares reservados y manda respetar la jerarquía y ser puntuales a los actos comunitarios porque la voz de la campana es la voz de Cristo (cf. RC V, 6-14).

52) La distinción entre la obediencia-virtud y obediencia-voto era muy clara en tiempos de san Vicente. Sin embargo, ordinariamente, él no la puso de relieve, aludió a ella alguna que otra vez. Siguió el criterio de san Benito para quien todos se deben obedecer mutuamente. La obediencia benedictina no se reduce a la obediencia oficial, a la obediencia mínima, sino que se extiende a toda clase de superioridad, como puede ser la edad, la experiencia, y la misma amistad. En rea­lidad, en la vida comunitaria lo que debe funcionar es la virtud de la obediencia, más que el voto de obediencia, sobre todo, si se acepta la distinción entre ambos, como sucedía en los cuerpos normativos anteriores al Vaticano II y, en menor medi­da, en algunos actuales, como en las Constituciones actuales de la Congregación de la Misión. Lo veremos al tratar de la obediencia en las Constituciones (C 38).

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