Compartir el carisma vicenciano con los laicos

Francisco Javier Fernández ChentoFamilia Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

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Autor: Jaime Corera, C.M. .
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«Debido a las nuevas situaciones, no pocos institutos han llegado a la convicción de que su carisma puede ser compartido por los laicos» («Vita consecrata». Exhortación postsinodal de Juan Pablo II, 25 de marzo de 1996, n.54).

fv-001En esta larga exhortación se dedican tres números a las relaciones entre las diversas clases de institutos de vida consagrada y los laicos o seglares. Tres números no son muchos ciertamente dentro del conjunto de ciento doce que componen la exhortación. Sin embargo, es muy de agrade­cer que en un documento oficial sobre las formas de vida cristiana conocidas técnicamente por el derecho de la Igle­sia como «vida consagrada» no sólo se reconozca la exis­tencia de creyentes no-consagrados (no-consagrados en términos canónicos, pues en términos teológicos sí que son consagrados: cfr. Pelfectae caritaris, 5; Exhortación. 30), sino que además se espere de ellos colaboración con los consagrados y hasta varios tipos de influencia positiva so­bre éstos. Que todo esto se diga en un documento oficial nos parece nuevo en la historia moderna de la Iglesia. La misma exhortación parece admitir implícitamente la nove­dad al hablar de realidades que han brotado «en estos últimos años», así como de «nuevas situaciones» (n.54), que han despertado en los diversos institutos de vida consagrada una nueva conciencia de la existencia y de la importancia de la condición laica en la Iglesia, así como de posibilidades nuevas de colaboración y de influencia mutuas.

1. Lo que dice la exhortación

Las relaciones y la colaboración de diversos tipos entre institutos de vida consagrada y laicos parecerían en princi­pio caer por su propio peso, pues son más y más impor­tantes las cosas que les unen que las que les diferencian. La fe en un mismo Señor, la pertenencia a una misma Iglesia, y en particular la común consagración bautismal (de la que brota todo en la Iglesia, y de la que la consagra­ción religiosa es ante todo una ‘profundización», n.30), parecerían apuntar a una fácil y aun necesaria comunica­ción de «bienes» espirituales y apostólicos entre consagra­dos y laicos. En efecto, una tal comunicación se ha dado siempre. Este hecho, fácilmente comprobable en la histo­ria de la Iglesia en todos los siglos, pone en cuestión la «novedad» del fenómeno mencionado arriba. Tal vez pa­rezca el fenómeno algo nuevo y reciente en comparación con lo que ha sucedido en la Iglesia en los, aproximada­mente, ciento cincuenta años últimos, desde el momento en que la vida religiosa empezó a exagerar el elemento de relativa separación del mundo que toda consagración reli­giosa comporta, y empezó a calificarlo como fuga mundi (huida del mundo).

Ahora bien, los laicos no pueden caer en ningún tipo de separación del mundo, ni menos huir de él, pues lo propio de su espiritualidad, su «carisma», es ocuparse de las reali­dades temporales del mundo y mantener como propio el ca­rácter secular (de saeculum, mundo) (nn.31, 32). Si se exa­geraba por parte de la visión religiosa el aspecto de separa­ción del mundo, es fácil comprender que las relaciones con los creyentes inmersos en el mundo resultaran más dificul­tosas y escasas. Esto es lo que nos parece sucedió desde al­rededor de la mitad del siglo XIX hasta el concilio Vaticano II. En comparación con ese período de tiempo hoy las cosas sí que empiezan a ser diferentes. Pero para que lo sean, también la vida religiosa ha tenido que llegar a ver la mi­sión hacia el mundo como «esencial para cada instituto», sin excluir, sino incluyendo expresamente, a los de vida contemplativa:

«A imagen de Jesús, el Hijo predilecto, ‘a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo’ (Jn 10,36), también aquellos a quienes Dios llama para que le si­gan, son consagrados y enviados al mundo para imi­tar su ejemplo y continuar su misión. Esto… es válido en especial para cuantos son llamados a seguir a Cristo ‘más de cerca’ en la forma característica de la vida consagrada» (n.72).

Con lo cual se señala otra área de coincidencia entre la vida consagrada y la vida laical, aparte de las afinidades radicales señaladas arriba: vida consagrada y vida laical tienen, aunque bajo diferentes formas de vida, una misma misión hacia el mundo. Por ello,

«los diversos miembros de la Iglesia pueden y deben aunar esfuerzos…con el fin de participar más eficaz­mente en la misión eclesial» (n.54).

Sobre la base de una misma raíz bautismal y de un mis­mo «proyecto» misionero se fundamenta suficientemente la legitimidad, y aun la necesidad, de una intensa participación espiritual entre consagrados y laicos, y de una estrecha cola­boración pastoral.

La exhortación no ofrece ninguna causa sociológica de la novedad de este fenómeno en la vida reciente de la Iglesia, aunque sería muy fácil pensar en algunas, tales como el ni­vel cultural creciente, la democratización de la vida social, las aspiraciones del llamado movimiento feminista… Como era de esperar de un documento de este estilo, no se señalan más que causas de tipo teológico, y en particular una de ca­rácter eclesiológico, «la doctrina de la Iglesia como comu­nión», lo cual ha producido una «conciencia de que sus di­versos miembros puedan y deban aunar esfuerzos en actitud de colaboración e intercambio de dones» (n.54). Aquí, co­mo en tantos otros casos, la visión «nueva» trata de dar ra­zón y cobertura teológica a un fenómeno que se da previa­mente como experiencia sociológica entre los miembros de la misma Iglesia. Esto es ciertamente legítimo, y es un caso más de que la eterna doctrina evangélica sabe ir dando res­puesta a «los gozos y las esperanzas» de la humanidad, y en particular de la humanidad creyente.

Movidos más o menos conscientemente a la vez por las realidades sociológicas y por las razones teológicas («de­bido a las nuevas situaciones’),

«no pocos institutos han llegado a la convicción de que sus carismas pueden ser compartidos con los lai­cos. Estos son invitados a participar de manera más intensa en la espiritualidad y en la misión del instituto mismo» (n.54).

Señalamos con detalle en este texto tres elementos que serán muy útiles más adelante para comprender mejor la naturaleza de la participación de los laicos en el carisma vicenciano. Estos tres elementos son:

  • el carisma que se trata de compartir es el propio del instituto correspondiente;
  • este carisma lo irradia el instituto hacia fuera para que lo compartan los laicos;
  • a quienes invita a participar bien en su espiritua­lidad, bien en la actividad apostólica propia del instituto.

Los institutos monástico-contemplativos ofrecerán a los laicos algún tipo de «vinculación espiritual», mientras que los de corte activo les ofrecerían más bien ‘formas de co­operación pastoral». En ambos casos el origen del caris­ma está en el instituto mismo, y de él parte hacia los laicos una oferta de participación.

El modelo que mejor ha incorporado a lo largo de la historia de la Iglesia este tipo de participación ha sido el de las órdenes terceras y asociaciones laicales similares, nacidas sobre todo a la sombra de las órdenes mendicantes en el siglo XIII. La exhortación señala expresamente la continuidad de esa experiencia multisecular con las expe­riencias actuales, que suponen «un nuevo capítulo rico de esperanzas en la historia de las relaciones entre las per­sonas consagradas y el laicado» (n.54).

Al decir esto se admite expresamente que las relaciones entre consagrados y laicos no son precisamente nuevas en la historia de la Iglesia. Hoy se daría más bien una renova­ción de una experiencia que ya era tradicional en la Iglesia.

El número 55 señala algunas de esas esperanzas, que son ya en buena medida realidades, que beneficiarán a la vez a las personas consagradas y a los laicos. El beneficio será además mutuo. Por su lado, las personas consagradas irradiarán su espiritualidad propia más allá de las fronteras del instituto, con lo que se podrán convertir en guías ex­pertos de vida espiritual entre los laicos, en particular en lo que se refiere a la práctica y a la enseñanza de los consejos evangélicos. Por otro lado, podrían recibir de los laicos una ayuda preciosa, hoy muy necesaria, para mantener la continuidad de algunas obras propias de los institutos. Los laicos además aportarán a la empresa de colaboración su secularidad propia, lo que sin duda ayudará a los consa­grados a descubrir implicaciones nuevas de su carisma propio en el mundo de hoy.

Esta última idea puede parecer sorprendente, el que se pueda esperar una influencia benéfica sobre los consagra­dos por parte del carácter secular de los laicos. Es cierta­mente sorprendente el verlo admitido llanamente en un documento oficial sobre la vida consagrada, pero refleja una realidad que ya está teniendo lugar desde hace años, por ejemplo en el terreno de la enseñanza a todos los ni­veles, pero sobre todo en el trabajo de los religiosos en ambientes de pobreza. Las órdenes religiosas han recibido sin duda, al menos en esos dos terrenos, influencias no pe­queñas de la secularidad propia de los laicos. Algunos re­ligiosos lo han visto con claridad y lo han admitido pala­dinamente:

«Todo el mundo espiritual religioso, a menudo enclaus­trado en pequeños problemas, se rompe ante los graves problemas del pueblo y la naturalidad con que éste soporta hambre, frío, estrechez, incomodidades, y la insegu­ridad de toda su vida… Es un hecho que la vida religiosa que se va adentrando en ese mundo… empieza a redescu­brir los orígenes carismáticos de su congregación… La vida religiosa ha descubierto vivencialmente que el pobre constituye una mediación privilegiada para el encuentro con Dios» (V. Codina-M. Zevallos, Vida religiosa: Histo­ria y teología, ed. Paulinas, Madrid, 1987, pp.188 ss.).

En el número 56 se exponen tres ideas que son en su contenido muy diferentes entre sí, aunque se refieran todas a diversas formas de colaboración entre consagrados y laicos.

La primera (dos primeros párrafos) habla de la posibili­dad de admitir en el propio instituto «miembros asociados» (se supone, aunque no se dice, que se asocian de una mane­ra permanente), o bien de la participación temporal de lai­cos en la vida comunitaria, contemplativa o apostólica, de un instituto consagrado. Se reconocen ambas posibilidades como legítimas, aunque se advierte que hay que cuidar de que por esas experiencias «no sufra daño alguno la identi­dad del instituto en su vida interna». Pues no conocemos ninguna experiencia de este estilo, no hablaremos más de ella en este trabajo; tampoco lo haremos más adelante al hablar de los institutos vicencianos, pues nos falta imagina­ción para sugerir una relación de este tipo en la Congrega­ción de la Misión o en la Compañía de la Hijas de la Cari­dad. Si no estamos mal informados, en la última congrega­ción general de la Compañía de Jesús se planteó explícita­mente esta posibilidad, pero no fue aceptada. Tampoco lo fue en la última asamblea general de la Congregación de la Misión (julio de 1998).

La segunda idea va en la dirección opuesta, y trata de la posibilidad de que personas consagradas colaboren «en ini­ciativas laicales, particularmente en organismos e institu­ciones que se ocupan de los marginados «. Se admite tam­bién esta posibilidad como legítima siempre que «esta co­laboración esté sustentada y animada por una fuerte y cla­ra identidad cristiana, y respete el carácter propio de la vi­da consagrada». Tampoco hablaremos más delante de este tipo de colaboración, aunque sí se da con bastante frecuen­cia lo mismo en la Congregación de la Misión que en la Compañía de las Hijas de la Caridad. Advertiremos sola­mente que misioneros y hermanas que se encuentren en esa situación deberán tener muy en cuenta lo que se dice aquí sobre el mantener la identidad cristiana y la fidelidad al ca­risma propio.

Finalmente, la tercera idea se refiere a la participación en «algunos de los movimientos eclesiales surgidos en nuestro tiempo», participación por medio de la cual los consagrados «se benefician especialmente en lo que se refiere a la reno­vación espiritual». La exhortación no rechaza esta posibili­dad, pero la rodea de una serie de advertencias que apuntan claramente a ciertos peligros de una incómoda «mezcla de carismas» que es preciso evitar. También se da esto lo mismo en la Congregación de la Misión que entre las hermanas, pe­ro tampoco hablaremos más adelante de ello. Nos limitare­mos a señalar que para este tipo de experiencias hace falta «el consentimiento de superiores y superioras», y que hay que estar dispuesto a «aceptar sus decisiones «.

2. Las constituciones y los fundadores

Las constituciones de la Congregación de la Misión son parcas, pero suficientes, en lo que se refiere al tema de comunión y colaboración con los laicos. Todo lo que en ellas se dice sobre este tema se encuentra en los Estatutos. En dos números se habla de ello de una manera general: los misioneros colaboran en temas religiosos, culturales, sociales, de derechos humanos, de justicia y paz, con otros, sean cristianos o no (E.4; 9§2).

El E. 7 es más específico, y se refiere expresamente a las «asociaciones de laicos fundadas por san Vicente o que dimanan de su espíritu». Se recuerda a los misioneros que deben tener «especial cuidado de ellas’; pues «tienen derecho a que las asistamos y fomentemos «. Se trata, pues, de un derecho que crea en la Congregación de la Mi­sión la obligación correspondiente, y no simplemente de una actividad pastoral discrecional que la Congregación de la Misión podría asumir según su gusto.

También san Vicente señalaba a sus misioneros la idea de crear cofradías laicales de caridad como fruto y resultado de la misión popular, y de atenderlas para su buen funcio­namiento (Reglas Comunes, VI 1). Pero tampoco en este punto concreto se trataba de una actividad discrecional, pues venía señalada expresamente en la bula papal de fun­dación de la congregación, indicando así una actividad di­ríamos «oficial», perteneciente a la naturaleza apostólica de la Congregación de la Misión (X 309).

Las constituciones advierten que todos los misioneros (también los hermanos coadjutores, como lo hemos visto, por ejemplo, en Méjico) deben estar preparados para esta actividad, aunque añadan la conveniencia de que algunos sean especialmente competentes para este tipo de trabajo.

Ahora bien, ¿cuál es la naturaleza y contenido de este trabajo? Se trata, por supuesto, de un trabajo de animación «espiritual (y) eclesial», pero también «social y cívica». En efecto, todo trabajo de animación de quienes trabajan por la evangelización-redención de los pobres debe tener en cuenta, para iluminarlo desde la fe, el contexto social y cívico (-político) en que se mueven los pobres, so pena de que, si no se hace así, se reduzca a ser una animación de­sencarnada y espiritualista, llena ciertamente de buenas palabras que tal vez animen a trabajar por los pobres, pero que evitan cuidadosamente el iluminar las crudas realida­des sociales que se oponen a un trabajo de evangelización-redención de los pobres realmente efectivo. Más adelante hablaremos de este aspecto con algo más de detalle.

Finalmente, las constituciones advierten a los misione­ros que traten a los laicos que se asocian a ellos en el tra­bajo con un «trato fraterno» (E.15,4), y no tal vez con ai­res de preeminencia clerical.

Las constituciones de la Hijas de la Caridad incluyen una llamada de tipo general a «colaborar con los que tra­bajan por promover los derechos de los pobres» (2.9), o que apoyen «a los que luchan por sus derechos» (Est. 4), así como varias ideas similares: cooperación con organis­mos públicos y privados… Es más: se dice que para las hijas de la caridad es normal «trabajar habitualmente con otras personas».

Hay también en las constituciones de las hijas de la ca­ridad, cómo no, una llamada expresa a colaborar con los «movimientos vicencianos»; y eso, igual que en el caso de los misioneros, «por fidelidad a sus orígenes» (E. 5). Se incluye además, aunque no se trate en este caso de algo que pertenece a su origen histórico, aunque sí a su historia desde hace más de siglo y medio, todo lo que se refiere a la promoción de la devoción a la Medalla Milagrosa y asociaciones marianas, y ello por fidelidad «al carácter mariano de la compañía», carácter que sí pertenece a su historia desde el origen mismo.

También a las hermanas se les recuerda que su relación con los laicos no debe ser de alta dirección, sino de «cola­boración leal» y espíritu participativo (E. 4).

No hace falta describir en detalle cómo todo lo que se quiere sugerir en las constituciones de las hijas de la cari­dad responde también fielmente a la práctica y a la inten­ción de los fundadores. De hecho la Compañía de la Hijas de la Caridad nació no simplemente como colaboradora de dos organizaciones laicas, las cofradías y las Damas de la caridad, sino en buena parte como subordinada a ellas. Esta subordinación desapareció veintidós años después de fundada la compañía, en 1655, por la aprobación por parte del arzobispo de París de la Compañía de las Hijas de la Caridad como jurídicamente distinta de las cofradías y de las Damas (X 713).

La colaboración, sin embargo, siguió dándose, como se había dado desde el origen mismo con las cofradías parro­quiales de caridad. De hecho santa Luisa se entrenó para ser fundadora de las hijas de la caridad, desde unos cinco años antes de que las fundara, trabajando en colaboración con las mujeres laicas de las cofradías en París y en el campo.

En conclusión: si al hablar de las posibles relaciones con los laicos por parte de las personas consagradas puede la exhortación sinodal referirse a la novedad del fenómeno (aunque ya vimos arriba que se trata de una novedad rela­tiva), en ningún caso se podría decir otro tanto en el caso de las instituciones vicencianas (que, por cierto y de paso, no son instituciones de personas consagradas en sentido canónico estricto). Para ambas, Congregación de la Misión e Hijas de la Caridad, la relación con los laicos pertenece a sus mismas raíces históricas y carismáticas. Si en alguna época, o en algún país, no se diera, o se diera en medida escasa, una tal relación, el hecho apuntaría a un déficit en la vivencia del espíritu vicenciano original.

Para las órdenes religiosas la existencia de esa relación puede deberse a «nuevas situaciones» históricas. Para la Congregación de la Misión y para la Compañía de las Hi­jas de la Caridad la ausencia de relación y colaboración con los laicos sería un síntoma seguro de falta de fidelidad al carisma propio. No deben, pues, misioneros y hermanas, cultivar ese aspecto de su ser por razones de estrategia pastoral o de modernidad (por razones, por ejemplo, de «nueva evangelización»), sino por fidelidad a sus fundado­res y al plan de Dios sobre ambas compañías.

3. Los tres pilares de la colaboración entre las instituciones vicencianas

Como lo advierte la exhortación, según veíamos arriba, en el caso de la vida consagrada (consagrada en el sentido estricto canónico), también las dos sociedades de vida apostólica fundadas por san Vicente de Paúl tienen con los laicos comunidad de fe y de misión. De manera que en este aspecto fundamental es fácil encontrar puntos de coincidencia para el apoyo mutuo y la colaboración. Re­cuérdense los muchos textos (en reglamentos y conferen­cias sobre todo) en que san Vicente destaca el trabajo de cofrades y de damas como continuación en la historia del trabajo de evangelización de los pobres iniciado por Jesu­cristo en su vida terrena.

Hay un aspecto de la exhortación que sorprende por su novedad, que en este caso nos parece novedad no relativa, sino absoluta. Nos referimos a las numerosas ideas que tratan de integrar el trabajo por los pobres como alimento sustancial de la consagración religiosa, de la consagración religiosa entendida en su sentido estricto canónico. Se menciona el tema nada menos que en (al menos) doce nú­meros: 5, 24, 33, 75, 82, 84, 86, 89, 90, 110, 112. He aquí una de las varias formulaciones de este aspecto:

«Aquellos que quieran seguir al Señor más de cerca de­ben sentirse implicados en la opción por los pobres de una manera del todo singular. La sinceridad de su res­puesta al amor de Cristo les conduce a abrazar la causa de los pobres «(n. 82).

Esto sí es nuevo en la historia de las órdenes religiosas. No queremos decir con ello en manera alguna que las ór­denes religiosas, incluyendo las monástico-contemplati­vas, no hayan dado muestras muy abundantes de dedica­ción a los pobres desde su mismo origen. Pero sí queremos decir que esa dedicación nunca se había visto como ele­mento integrante propio de la consagración religiosa, sino a lo más, tal vez, como consecuencia de ella; que las exposiciones teóricas, teológicas y canónicas, de la vida religiosa nunca antes habían descubierto (o por lo menos no lo ha­bían dicho explícitamente) que «el pobre constituye una mediación privilegiada para el encuentro con Dios» (vide supra, cita de Codina-Zevallos), encuentro que es la esen­cia misma de la vida religiosa. En esta «nueva» visión el camino propio del religioso hacia Dios pasa, como media­ción privilegiada, por el pobre. Eso, el ser mediación pri­vilegiada, se decía antes, y se sigue diciendo hoy, de cosas tales como la oración y la vida común, la profesión y prác­tica de los consejos evangélicos, y de otros elementos pro­pios de la vida religiosa, pero no del trabajo por los pobres.

Si esto es así, a las instituciones vicencianas no nos queda más que decirles: bienvenidos a nuestra casa. Pues la media­ción del pobre como camino para llegar a Dios es la esencia misma de la espiritualidad vicenciana: «Servir a los pobres es ir a Dios». Esto se dice a las hijas de la caridad (IX 25), y también a los miembros de las cofradías (X 954-955). Y a los misioneros: «¡Pobres de nosotros si somos remisos en cum­plir la obligación que tenemos de socorrer a los pobres! Porque nos hemos dado a Dios para eso» (XI 56-57).

Que todo lo que venimos diciendo sobre las órdenes religiosas sea así parece confirmarlo la exhortación misma en el número 82, que termina citando una de las frases de san Vicente de Paúl que mejor expresan de una manera condensada su espiritualidad propia, aquello de «dejar a Dios por Dios» (IX 297). Aunque el mismo san Vicente atribuye la frase a santo Tomás de Aquino (IX 1204), nos parece (salvo error) que jamás se había usado una tal frase y lo que ella supone en ningún tratado sobre la vida reli­giosa anterior a esta exhortación. Hoy sí se puede citar no sólo sin que produzca escándalo o sorpresa, sino como doctrina «oficial» (se cita otra vez a san Vicente en un contexto parecido: ver número 75).

Al incluir esta idea como propia también de la vida consagrada, la exhortación no ha hecho más que dar una especie de reconocimiento oficial a lo que muchos religio­sos y religiosas habían descubierto años antes por su cuenta y en la práctica, movidos sin duda por la proclama­ción de la Iglesia de Cristo como «Iglesia de los pobres», y por la necesaria y consecuente opción por los pobres que debe inspirar a todos los miembros de esa Iglesia. Tam­bién debe inspirar a los religiosos, por supuesto, pues su profesión religiosa no es otra cosa, como lo advierte la misma exhortación, que una profundización de su consa­gración bautismal, hecho fundamental que también a ellos les convierte en miembros de la Iglesia.

En este punto preciso se encuentra el fundamento más sólido para una participación y colaboración entre las dos sociedades de vida apostólica fundadas por san Vicente de Paúl y las otras instituciones laicas inspiradas por el mis­mo espíritu. Para encontrar a Dios en el servicio de los po­bres basta ser laico, no hace falta ningún otro tipo de con­sagración, religiosa o que se parezca a ella, añadida a la consagración bautismal. Para hablar con toda precisión: sí haría falta un elemento añadido posterior al bautismo: la vocación. Pues aunque si bien es cierto que todos los bau­tizados sin excepción deben, por mandato de Cristo, amar a los pobres y trabajar por ellos, no todos, sino los que re­ciban una llamada-vocación a hacerlo, deben centrar ex­clusivamente en el servicio de los pobres su peculiar ca­mino espiritual hacia la santidad, su ir a Dios.

Ésta es exactamente la vocación peculiar que han reci­bido los miembros de la Congregación de la Misión, las hijas de la caridad y todos los miembros de instituciones laicales que se confiesan inspiradas por la experiencia es­piritual de san Vicente de Paúl. Oigamos por ejemplo al fundador de la asociación que más lejos parecería estar de la raíz vicenciana común, pues ni fue fundada por san Vi­cente ni por ninguno de los miembros de las instituciones fundadas por él. Nos referimos al beato Federico Ozanam, que dice a los miembros de sus Conferencias:

«Los pobres son imágenes de Dios a quien no vemos; como no podemos amarle de otra manera, lo amaremos en la persona de los pobres» (Lettres, I 243).

Éste sería, después de la misión común mencionada arri­ba, el segundo pilar de cohesión y colaboración entre todas las instituciones, laicas o no, fundadas por san Vicente o inspiradas por su espíritu. Todas ellas tienen una misma es­piritualidad básica, un caminar hacia Dios que pasa en todas ellas exclusivamente por la dedicación a los pobres.

El tercer pilar para fundamentar la colaboración sería la secularidad. Todas las instituciones de fundación o de inspi­ración vicenciana son seculares. Seculares sin excepción al­guna en cuanto no pertenecientes a la categoría canónica religiosa (nos referimos a las instituciones más conocidas. Hay también algunas pequeñas instituciones de carácter re­ligioso que apelan a san Vicente de Paúl como inspirador). Esto vale también para los miembros, incluyendo también a los clericales, de la Congregación de la Misión, y también para las hijas de la caridad, aunque en las constituciones de éstas no se mencione el término técnico «secular» o «secu­laridad». Nos detenemos brevemente en este punto.

Las constituciones de la Congregación de la Misión afirman explícitamente la secularidad de sus miembros, y la fundamentan en que «ejerce su apostolado en íntima cooperación con los obispos y con el clero diocesano» (n.3,2). Esto es cierto, pero no dice todo sobre este tema, ni siquiera lo verdaderamente importante. La raíz de la se­cularidad propia de la Congregación de la Misión se basa en el hecho de que el camino propio de la santidad-espiritualidad misionera pasa de lleno por su actividad en el mundo (en concreto, en el mundo de los pobres), y no en ninguna clase de separación y menos aún de huida de él. No elaboraremos aquí este punto en más detalle, pues ya ha sido tratado de manera muy aguda y precisa por Al­berto López en el Diccionario de Espiritualidad Vicencia­na, Ceme, Salamanca, 1995, artículo Secularidad. Dice entre otras cosas: «La espiritualidad vicenciana es secular precisamente porque exige la presencia en el mundo para realizarse» (p.554).

Las constituciones de las hijas de la caridad, decíamos, no mencionan el término técnico, pero sí su realidad o con­tenido Véase en particular 1.9, pp. 11-13 (páginas que en el Índice analítico, página 12, se citan muy apropiadamente bajo el epígrafe Secularidad). Véase también 2.6: «La vo­cación de las hijas de la caridad requiere constante apertu­ra y presencia en el mundo»; y otros varios lugares, como por ejemplo el estatuto 4: «La misión pasa a través de las actividades concretas que las insertan profundamente en­tre sus contemporáneos «.

Si se tiene en cuenta este sentido profundo y verdadero de la secularidad vicenciana se advertirá de inmediato que hay no sólo semejanza sino coincidencia rigurosa con el mismo concepto cuando se dice de los laicos. También ellos son, por supuesto, seculares (y por eso mismo se les llama seglares); también en su caso su espiritualidad propia les in­serta profundamente en el mundo de sus contemporáneos.

Siendo las cosas así, no debería resultar nada complica­do para misioneros y hermanas sintonizar en profundidad con la sensibilidad secular de los laicos vicencianos. Me­nos aún si se tiene en cuenta que el terreno común de su actuación no es el mundo sin más, sino el mundo concreto de los pobres, como se dijo arriba.

Fe y misión, misión hacia los pobres, secularidad: esos son los fundamentos sólidos de toda posible colaboración-participación de los vicencianos pertenecientes a las dos sociedades de vida apostólica con los miembros de las va­rias asociaciones laicas de fundación o de inspiración vi­cenciana. Añadiremos que se trata de elementos comunes a todas ellas, que pertenecen por igual a todas ellas, pues con la excepción de la fe, que es cosa del Señor, proceden directamente bien del mismo fundador, bien de alguien inspirado por el fundador, cual es el caso de las Conferen­cias de San Vicente de Paúl. (Las instituciones relaciona­das con la Milagrosa presentan perfiles un poco diferentes. Algo veremos sobre ellas más adelante).

Queremos decir con todo eso que también en este as­pecto lo que aquí se dice es muy diferente de lo que la exhortación expone sobre la relación de las órdenes reli­giosas con los laicos. Pues lo que la exhortación describe es una irradiación hacia fuera, hacia los laicos, de un espí­ritu cuyo origen y fuente se encuentra en la orden religiosa correspondiente:

«No pocos institutos han llegado a la convicción de que su carisma puede ser compartido por los laicos. Estos son invitados a participar de manera más intensa en la espiritualidad y en la misión del instituto mismo» (n. 54).

Pero en nuestro caso las cosas no son así en manera al­guna. Ni Voluntarias de la Caridad ni Conferencias de San Vicente de Paúl reciben originalmente nada ni de la Con­gregación de a Misión ni de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Las dos instituciones laicales recibieron directa­mente su espíritu y su misión propia bien de san Vicente mismo, bien de un laico no perteneciente a la Congrega­ción de la Misión. De hecho las Voluntarias de la Caridad se consideran, con razón, las continuadoras de una institu­ción fundada por san Vicente ocho años antes de que él mismo fundara la Congregación de la Misión, y dieciséis años antes de que fundara la Compañía de las Hijas de la Caridad. De san Vicente recibieron directamente su misión y su espiritualidad propia.

En resumen: en el caso de la llamada «familia vicencia­na» no se trata de una irradiación hacia los laicos por parte de las dos sociedades de vida apostólica, sino de identidad en espiritualidad y en misión, identidad que es propia de todas ellas, cada una por su lado, por fundación directa o inspiración sobre ellas de san Vicente mismo. Pues son las cosas así, con razón hablan las constituciones de misione­ros y hermanas no en términos de dependencia por parte de los laicos, sino de relación fraternal, colaboración fácil, participación.

4. Desde el presente hacia el futuro

No hay entre las ramas del árbol de la familia vicenciana ninguna que se parezca a una orden tercera clásica. Las dos ramas plenamente laicas, A.I.C. y Conferencias, aunque también apelan con todo derecho a san Vicente de Paúl co­mo su fundador-inspirador, son plenamente autónomas, se­gún vimos, en cuanto a su origen y su funcionamiento. Es justo que se hable, pues, de relaciones fraternales: todos nos reconocemos hijos espirituales de un mismo padre.

El primer paso para llegar a cultivar relaciones de tipo fraternal se basaría en el conocimiento mutuo y la relación cercana. Todas las ramas del árbol vicenciano facilitan ma­terial escrito para un conocimiento teórico suficiente. Hay que interesarse por ello y molestarse en leerlo. Interesarse, pues el abundante material escrito será material muerto de biblioteca si no existe interés previo por conocerlo.

La relación cercana es posible dondequiera coexistan dos o más de las varias ramas, cosa que se da en casi todos los lugares. Pero para que se dé, hace falta dejar de lado prejuicios simplistas que descalifican en bloque a cual­quiera de las ramas por considerarla desfasada en su estilo, pasada de moda, irrecuperable para los tiempos actuales, o ideas parecidas.

Vendría, en segundo lugar, la formación. Todos nece­sitamos no ya sólo formación sino formación permanente sobre todo en lo que constituye el alma de nuestra voca­ción común, la espiritualidad propia de san Vicente de Paúl. Entre los miembros de la familia vicenciana se dan, como sucede entre hermanos, grados muy diversos de formación en ese espíritu. Los laicos vicencianos tienden a pensar que entre misioneros y hermanas se da un más alto grado de formación que entre ellos mismos. Por eso tien­den a pedir a misioneros y hermanas participación en su formación propia.

La suposición de los laicos es tal vez algo generosa en relación a misioneros y hermanas, pero su petición es jus­ta. Después de todo en la gran familia vicenciana sólo mi­sioneros y hermanas tienen una dedicación a tiempo com­pleto a conocer y vivir el espíritu vicenciano, sin preocu­paciones de familia y de negocios que la limiten. Es justo que algunos misioneros (como lo señalan expresamente sus constituciones, estatuto 7, 2) y algunas hermanas ten­gan una preparación más especializada para la tarea de formación de laicos vicencianos. Pero no debería ser ésta una tarea limitada a los especializados, pues conocer y vi­vir el espíritu vicenciano es lo que constituye la única ta­rea de todos los misioneros y de todas las hermanas.

Pero la formación puede muy bien proceder en la direc­ción contraria. Hay entre los laicos vicencianos quienes, también en la teoría pero sobre todo en la práctica, pueden dar lecciones soberanas a misioneros y hermanas sobre lo que significa vivir el espíritu vicenciano en estos tiempos.

La formación que los laicos esperan es por supuesto formación en el espíritu vicenciano. Las constituciones de la Congregación de la Misión han querido desgranar el contenido de esa formación a través de cuatro adjetivos (como vimos arriba): espiritual, eclesial, social, cívica. (estatuto 7, 3; el estatuto 4 añade religiosa y cultural). El contenido de los dos primeros cae por su propio peso, pues la vocación vicenciana es una vocación plenamente ecle­sial y plenamente espiritual-religiosa, pues no intenta otra cosa que llevar a los hombres (a los pobres) a Dios.

Los otros dos adjetivos, social y cívica, son muy pro­pios de los aires que corren hoy en la Iglesia, desde el va­liente giro social que dio a la fe cristiana, hace ya más de cien años, la encíclica Rerum novarum de León XIII. Pero son muy propios también del espíritu vicenciano desde su mismo origen. No nos detendremos en este último punto pues ha sido bien estudiado por varios autores. Tampoco nos detendremos en la descripción de lo que debe ser una formación de contenido social y cívico, pues el tema ha sido tratado de manera muy completa, por ejemplo, por la comisión permanente de la Conferencia episcopal espa­ñola en su documento «Los católicos en la vida pública», 1986, y por la misma Conferencia episcopal en «La cari­dad en la vida de la Iglesia», 1994, así como también en el documento del mismo año, «La Iglesia y los pobres», de la comisión episcopal de pastoral social.

Sobre este tema sólo haremos la observación de que, hablando de manera general y sin ánimo alguno de repro­che ni deseo de controversia, todas las instituciones vicen­cianas, sin excluir a la Congregación de la Misión ni a las Hijas de la Caridad, tienen aún por delante bastante cami­no que recorrer.

El tercer paso sería la colaboración en el trabajo de re­dención de los pobres. Este paso se está dando ya con bastante intensidad en muchos lugares. Nos parece de jus­ticia el señalar que entre todas las instituciones es la de las Hijas de la Caridad la que más colaboración da y ofrece a las otras, aunque ninguna de ellas se suele cerrar a la cola­boración cuando se le solicita. Se trata de una colabora­ción que se da, por así decirlo, por generación espontánea en las mismas bases, a veces sin participación directa de las autoridades correspondientes. Esto es, por supuesto, bueno y esto es lo que realmente importa que se dé y que crezca, como manifestación real de que se participa del mismo espíritu, y de que se está animado por el Espíritu.

Nada perdería este movimiento espontáneo, sino que en principio ganaría mucho con ello, si se creara también en las altas esferas de las diversas instituciones algún tipo de coordinación-colaboración, algún organismo concreto para poner orden, intensidad y extensión en la colaboración que ya se da en las bases. Ha habido algún intento de llevarlo a cabo, sin éxito hasta ahora. Tal vez la idea no estaba aún madura. Pero nos parece que hoy sí lo está y que lo están pidiendo muchas voces, incluyendo la del superior general de la Congregación de la Misión. No es competencia de este trabajo el diseñar, ni siquiera el sugerir, la forma con­creta que debería tomar esa colaboración. Sólo nos atre­vemos a insinuar una idea: la colaboración en esa altura no tiene por qué, ni busca, disminuir la autoridad y compe­tencia propia de cada institución, sino sólo reforzar el tra­bajo común de redención de los pobres. La coordinación puede ser nacional, o puede ser internacional. Pero tam­bién, en este país, puede ser autonómica, regional, o tam­bién local. Sería muy conveniente que algún tipo de esta­tuto tratara de dar forma y de animar la colaboración en los diversos niveles.

Los casos de la Asociación de la Medalla Milagrosa y de Juventudes Marianas Vicencianas presentarían en este aspecto alguna pequeña dificultad para una plena colabo­ración fraternal inter pares, pues ambas son por derecho establecido dependientes de la autoridad de la Congrega­ción de la Misión. Pero, aunque así sea, también la rela­ción hacia sus miembros por parte de misioneros y herma­nas debe ser de carácter fraternal y participativo, como se lo indican a misioneros y hermanas sus constituciones, y no de tipo, digamos, impositivo y autoritario.

Pero también estas dos instituciones, Medalla Milagro­sa y J.M.V., que deben mantener por su propia naturaleza un fuerte y claro carácter mariano, deben orientarse hacia la evangelización de los pobres si quieren seguir conside­rándose vicencianas. Si no lo hicieran, no tendrían título alguno para pedir el asesoramiento de misioneros y her­manas, pues unos y otras deben dedicarse sólo a la evan­gelización de los pobres, bien directamente, bien indirec­tamente a través de la formación y animación que tratan de dar a las personas que se dedican a ellos.

Una palabra final

Las instituciones mencionadas a lo largo de este trabajo no son en manera alguna las únicas instituciones de orienta­ción vicenciana, pues hay en la Iglesia católica, y aun fuera de ella, alrededor de doscientas que de una forma u otra apelan a la inspiración de san Vicente de Paúl como alma de su carisma propio. Lo que quiere decir que los que pertene­cemos a instituciones vicencianas tradicionales debemos te­ner el ánimo abierto para ver con simpatía y con ánimo fra­ternal a grupos de orientación vicenciana que no pertenecen a ninguna de las instituciones más conocidas. Estos grupos pueden ser de jóvenes o de adultos. También son ellos her­manos nuestros. No tenemos por qué intentar absorberlos. Pero también ellos tienen derecho a esperar de nosotros animación espiritual y colaboración cuando la soliciten.

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