Claude Dufour (1618-1656)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, III.
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Biografias PaúlesMadagascar. 18 août 1656.

El Sr. Claude Dufour nació en 1618, en Allanche,  entonces diócesis de Clermont en Auvergne, hoy de la diócesis de Saint-Flour. Era ya sacerdote cuando fue recibido en la Congregación de la Misión, en París, el 4 de mayo de 1644.

Su piedad, su regularidad, su entrega atrajeron sobre él las miradas de san Vicente que le confió la dirección de la casa de Saintes una vez pronunciados los votos el mes de junio de 1646. Los Misioneros eran enviados a esta residencia sobre todo para ocuparse de la gente del campo, pero apenas llegó allí el Sr, Dufour comenzó a pensar en un seminario y organizar las conferencias eclesiásticas, como las había visto practicar en París, bajo la dirección de san Vicente de Paúl. Monseñor el obispo de Saintes, feliz de secundar el celo del ferviente Misionero para la reforma de su clero, acogió estas ideas y las apoyó con su autoridad.

El nombre del Sr. Claude Dufour seguirá unido, en los recuerdos de los orígenes de la Congregación, a las luchas que el infierno suscitó en su corazón contra su vocación: fue la ocasión para san Vicente de dirigirle consejos que han servido de luz y de valor a muchas otras almas. Su tierno amor de Dios y temor por la responsabilidad que asumía en las misiones y en la dirección del seminario, le llevaban a una vida de soledad: quería hacerse cartujo. San Vicente a quien había informado de sus perplejidades, le respondió:

«Ruego a Dios que no permita que la tentación que tenéis contra vuestra vocación perturbe la paz de vuestra alma.  Sé muy bien que la Orden de los Cartujos es más perfecta en sí; pero no creo que Dios os pida eso después de llamaros aquí, y haber respondido vos secundando esta llamada. Su bondad os ha bendecido con una bendición muy particular y tal,  que si la tenéis en consideración, es por naturaleza para afirmaros invariablemente en la Congregación; sobre todo si os ponéis en la situación en que querríais hallaros en el juicio de Dios.

Poned por favor en un platillo de la balanza los bienes de la soledad por un lado y por el otro, los que Dios hace y hará cada vez más por vos; veréis que éstos pesan más. Poned también consideración vuestra conformidad de vida presente con la que Jesucristo ha llevado sobre la tierra que en eso consiste vuestra vocación y que la mayor necesidad que tenga hoy la Iglesia, es tener obreros que trabajen en apartar a la mayor parte de sus hijos  de la ignorancia y de los vicios en que están, y en darle buenos sacerdotes y buenos pastores que es lo que le hijo de Dios vino a hacer en la tierra; y os estimaréis demasiado feliz por entregaros, como él y por él mismo, a esta santa obra. Veréis, Señor, que aunque la vida contemplativa sea más perfecta que la otra, no lo es sin embargo más que la que abraza a la vez contemplación y acción, como lo hace la vuestra a Dios gracias; pero aunque fuera así, es cierto que Dios no llama a todo el mundo a las cosas más perfectas. Todos los miembros del cuerpo no son la cabeza y todos los ángeles no pertenecen a la primera jerarquía; los de las inferiores no querría ser de las superiores; están contentos con la que Dios les ha dado, y los bienaventurados que tienen menos gloria no envidian a los que tienen una más grande. Debemos asimismo contentarnos con el estado en que estamos, por la disposición de la Providencia, y en el que Dios nos bendice».

Esta carta tan llena de sabiduría no disipó por completo las alarmas del piadoso Misionero; en una nueva comunicación sobre su estado, el santo Fundador de la Misión le respondió:

«Os agradezco muy humildemente por la confianza que me demostráis pidiéndome consejo sobre el pensamiento que tenéis de entrar en los Cartujos; os diré sencillamente lo que querría haberos aconsejado a la hora de la muerte, y es que caminéis en la vocación en la que Dios ha querido llamaros, sin escuchar en adelante la sugestión de espíritu enemigo de la perseverancia final en el bien comenzado; siendo su designio sacaros de allí donde Dios os ha puesto, so pretexto de mayor seguridad por vuestra salvación a fin de que entréis en un peligro mayor de hacerlo; ya que si os saca del lugar en que estáis, os impedirá fácilmente entrar allá donde pretendéis, o bien os hará salir de donde estáis, después de hallaros allí. Me han dicho que había cien Jesuitas en París que se habían salido del seno de su santa madre, so pretexto de hacer maravillas en otra parte, y la mayor parte dan escándalo y están en peligro de perderse. En nombre de Dios, Señor, manteneos firme en el estado en que Nuestro Señor os ha puesto, y rechazad el pensamiento contrario como a un enemigo del plan eterno de Dios sobre vos y sobre tantas almas que su divina Majestad quiere salvar por medio de vos».

Como discípulo dócil, el Sr. Dufour habiendo oído los consejos de un guía tan autorizado, san Vicente se apresuró a comunicarle toda su alegría:

«No puedo deciros, le escribía, el consuelo que ha experimentado mi alma por la resolución que Nuestro Señor os ha dado. En verdad, Señor, pienso que el mismo cielo se regocija: porque ay, la Iglesia tiene bastantes personas solitarias, por su misericordia, y demasiado inútiles y más todavía que la desgarran; su gran necesidad es tener hombres evangélicos que trabajen para purgarla, en iluminarla y en unirla su divino Esposo; y esto es lo que vos hacéis por su divina bondad».

El alma del Sr Dufour era en efecto un alma verdaderamente apostólica, y algún tiempo después, empujado por el deseo de imitar más perfectamente la vida de sufrimiento y laboriosa del Hombre-Dios, solicitó el favor de consagrar los cuidados de su ministerio a los forzados de Marsella o de Toulon. San Vicente le preparaba, de alguna manera, mejor que eso: le destinaba a los lejanos trabajos de Madagascar.

«Como me habéis expresado en varias ocasiones, le escribía, que sentíais inclinación de dedicaros a la salvación de los pueblos lejanos, habiéndose presentado la ocasión, os he ofrecido a nuestro Señor para ello, y lo que es más, he enviado vuestro nombre a Roma, cuya aprobación es necesaria. Ya estáis pues unido a la adorable Providencia  para este efecto. Nuestro Señor continuará por vos y con vos la Misión que él ha comenzado cuando estaba en la tierra. Oh Señor, qué felicidad la de ser elegido por Dios para una obra de las más importantes, a la que un sacerdote pueda ser llamado».

Los retrasos del embarque se prolongaron más de lo previsto, y el Sr. Dufour fue enviado a Sedan. Se le llamó enseguida a París, para confiarle durante una ausencia del Sr. Alméras la dirección del seminario interno; se puede adivinar qué pensamientos de celo debía inspirar este hombre apostólico a los jóvenes novicios de la Congregación naciente. Por último, en el mes de septiembre de 655, sacaba plaza en Nantes en una embarcación de la Compañía de las Indias.

Hizo escala en la isla de Ré. «Levamos anclas en la rada de Saint-Martin, cerca de la Rochelle, el 29 de octubre de 1655 «, escribía más tarde. El viaje duró hasta el mes de agosto del año siguiente. La vida del fervoroso Misionero a bordo del buque la Maréchale, en el que se había embarcado fue la de un sacerdote que siente en todas partes la necesidad de predicar el Evangelio, de instruir y de salvar almas.

«He tratado, escribía él, de observar punto por punto lo que se determinó en una conferencia que tuve antes de nuestra partida con mis queridos cohermanos, respecto de la oraciones públicas, los catecismos y otros medios de adelantar la gloria de Dios y procurar la salvación de todos; aunque la experiencia nos haya hecho ver que hay que comportarse distintamente según los diversos talantes de los capitanes, y condescender con ellos en todo lo que no es malo, aun cuando ello nos parezca menos bueno. A la gente de mar les gustan las oraciones breves.

He dado el catecismo en Adviento y en Cuaresma, tres veces a la semana; incluso en los demás tempos, la mayor parte de los que no eran adictos entonces no faltaban y los días en que no había catecismo, hacía una lectura espiritual, bien de la Vida de los Santos, bien de algún otro libro bueno, deteniéndome de vez en cuando en las cosas más notables que yo repetía despacio para producir efecto. No podría expresar los buenos efectos que la lectura espiritual ha producido en la mayor parte de nuestros marinos y soldados; Algunos no contentos con la lectura que les hacía, iban a continuarla en privado. Tres veces a la semana, miércoles, viernes y sábado recitábamos juntos el rosario. Por la tarde, en Adviento cantábamos cánticos espirituales; durante la Cuaresma y después de Pascua, teníamos una santa conversación, al final de la cual decía una palabra para lograr más fruto.

El día de la Purificación tuvimos la primera comunión de los niños, que se hallaban en número de doce. Estaban muy bien dispuestos a esta santa acción. . Un buen soldado me ayudó mucho a instruirlos y a enseñarles a rezar a Dios. Creo que le ha escogido para hacer de él un catequista de los pobres bárbaros de Madagascar: se entregó a nosotros; y si, queremos recibirlo, probablemente será feliz de ser admitido en la Compañía. Los buenos ejemplos de éste y de muchos más me han producido mucha alegría; pero los juramentos y palabras viles de algunos me han desagradado mucho».

La autoridad adquirida por el hombre apostólico aparece en el detalle que añade: «Cuando algún marino o soldado se han hecho culpables de blasfemias, se les han colocado las cadenas, o bien les hacía pedir perdón a Dios y a todo el mundo, y besar el suelo, y gracias a Dios, ha habido mucha enmienda. Pero cuando algún oficial, como un lugarteniente o capitán ha caído en uno de estos defectos, ha sido un mal al que no he sabido poner remedio«.

Todo este bien no se lograba sin encontrar contradictores. «Pero, añadía el Sr. Dufour, Dios me ha dado la gracia de sobreponerme al mal por el bien, y de ganar por la paciencia una gloriosa victoria sobre la cólera de mis enemigos. Me he dedicado a serles cada vez más útil, y los esfuerzos de mi buena voluntad para con ellos han sido otros tantos carbones ardiendo, que cayendo sobre sus cabezas, las han abrasado de caridad para con Dios y de amor por mí. De hecho,  ha sucedido que los que estaban opuestos a lo que yo trataba de hacer para llevar a los del barco a vivir bien, me han ayudado más tarde a realizar mis ejercicios sobre los cuales ha derramado Dios gran bendición«. Pasajeros y marinos se habían unido al misionero:

«Todos, dice, estaban satisfechos de tenerme y preguntaban con frecuencia si no quería acompañarlos en el viaje que iba a continuar hacia el mar Rojo, dando a entender que estaban tristes por la resolución que yo había tomado de detenerme en Madagascar, porque mi cometido no contenía ninguna orden de ir a otro lado.

Por último, su afecto se ha dejado ver en la confianza que han tenido conmigo, viniendo a confesarse, todos sin excepción de uno solo, aunque algunos no se hubieran atrevido a ir a confesarse desde hacía tiempo, y algunos no se habían acercado desde hacía diez años: A Dios sea dada la gloria. Me siento tan fortalecido por el auxilio extraordinario del cielo que todo lo hago y todo lo sufro. Lo digo para mayor gloria de Dios, para cooperar a la misma [20] gracia de Dios, y añado con el Apóstol: Quis me separabit, etc. «Quién me separará del amor de mi Dios?» Todo lo que me dicen para desanimarme no hace sino animarme más, nada, fuera del pecado, es capaz de asustarme».

Por fin abordamos en Madagascar. Pero parece ser que el Sr. Dufour no debía más que ver esta tierra prometida a su celo apostólico. Apenas se había bajado a esta orilla tan deseada, cuando se puso a la obra de la evangelización, y tan sólo unos días después moría.

Veamos cómo uno de sus cohermanos, casi moribundo él también, informaba al Sr. Bouraise, el más antiguo de los Misioneros de Madagascar, el fallecimiento del Sr. Dufour, al que se había sentido tan feliz de abrazar, y que esperaba tener por compañero de sus trabajos por mucho tiempo.

«No puedo anunciaros  la muerte de nuestro muy querido Sr. Dufour, sin sentir un dolor inexpresable. Sabemos tan sólo qué grande era este siervo de Dios, que no respiraba más que su gloria y que podía maravillosamente extender su reino entre los pueblos de esta gran isla de San Lorenzo. Había comenzado un diccionario de la lengua del país, con el catecismo y otras cosas más muy útiles para esta pobre gente, sin dejar por ello de visitar a los pobres enfermos, de quienes tenemos un gran número en la isla de Santa María. Como la cantidad de sus méritos y de buenas obras estaba colmada, Dios, este buen maestro de la viña, le ha querido dar la recompensa completa de sus trabajos. De verdad, el Sr. Dufour era insaciable; pero Dios se ha mostrado contento con su buena voluntad «.

Algunos días después sucumbía también el Misionero que escribía estas líneas, y el Sr. Bouraise, a quien se las dirigía, anunciaba este doble duelo a san Vicente:

El Sr. Dufour, dice, acaba de morir. Es un hombre que es canonizado por todo el mundo, incluso por quienes le traicionaban. Se ha ganado en poco tiempo mucha gloria, tanto por sus sufrimientos como por sus trabajos. El Sr. Prevost ha muerto un mes después del Sr. Dufour, y han sido enterrados uno tras otro, al pie de la cruz que habían plantado. Él trabajado mucho también. Os diré francamente, a la vez que honor la virtud, los motivos y el amor de Dios que les hacían obrar así, que había exceso; pues pasaban en el agua vestidos del todo, y después de aguantar la lluvia, no se cambiaban la ropa; hacían grandes austeridades, y no comían a veces más que una vez al día. Si hubieran moderado un poco su celo, estarían aún llenos de vida y servirían para la conversión de nuestros pobres Indios. Que Dios quiera proveer, como sea de su grado. No os expreso mi dolor: pienso que hacen más conversiones en el cielo con sus oraciones que cuando estaban en la tierra.».

Más tarde, el Sr. Nicolas Étienne, buen juez de las virtudes apostólicas, recogiendo en Madagascar el eco del bien y de las virtudes que recordaba el nombre del Sr. Claude Dufour, escribía a su vez a san Vicente de Paúl:

«El Sr. Dufour ha parecido siempre, en nuestra Compañía, como un astro luminoso, no sólo por sus exhortaciones, predicaciones fervientes y frecuentes, sino mucho más por la práctica de todas las virtudes, y sobre todo por el celo de las almas del que estaba poseído, que las tempestades, los escollos, los naufragios, en una palabra, todas las incomodidades unidas a algunas tablas de madera carcomida, como es un navío en el que se atraviesa el océano, no han podido impedirle, durante diez o doce años, importunar a sus Superiores para obtener la gracia de morir en ultramar, entre los infieles. Esta gracia le fue otorgada el año 1655, con gran contento de su corazón, pues se consumía por el deseo extremo de procurar según sus medios la gloria de Dios y la conversión de las almas. Lo demostró bien en los buques donde predicaba, catequizaba, instruía a  los ignorantes, reprendía a los delincuentes, grandes y pequeños, sin ningún respeto humano. Cuando la embarcación estaba a punto de perderse y hacía agua por todos partes, sin que el piloto pudiera reconocer su verdadera dirección, El Sr. Dufour mando reunirse a toda la tripulación, y dirigiéndose a los oficiales que se desesperaban por su salvación, él les dijo que alzaran la mano, y prometieran a Dios hacer lo que él les propusiera; que en este caso, les aseguraba de su parte que verían la tierra antes de quince días. Fue obedecido y todos prometieron hacer una buena confesión general y comulgar, con excepción de dos, que murieron más tarde sin sacramentos.

«Pero, como a los quince días, los oficiales, no viendo tierra, decían a este hombre apostólico que se había acabado, que no aparecía ningún continente, él, sin sorprenderse, pero con la confianza en Dios, respondió que el sol no se había puesto todavía, y que asistieran a Vísperas. Su consejo fue escuchado: Oh maravilla de Dios, que no abandona nunca a los que esperan en él! A mitad del oficio, un marinero gritó: «Tierra! Tierra»!  Noticia que regocijó y consoló a todo el mundo, tanto más  porque era la tierra, tan deseada, de Madagascar.

«Entonces los que le habían odiado en un principio y hasta perseguido cambiaron de sentimiento y le miraron como a un santo, como se lo he oído yo a ellos mismos. Por último, llegado a esta isla, el objeto de todos sus deseos, no pudo quedarse más que ocho días y, durante este escaso tiempo, produjo muchos frutos en sus conversaciones con los franceses, los actos de caridad con los enfermos y muchas conferencias que tuvo con el Sr. Bourdaise, sobre los medios de adelantar el reino de Jesucristo y destruir el de Satán. Sin tomarse el tiempo de descanso, se volvió al mar y se fue a Santa María, isla distante del fuerte doscientas leguas. Llegado allí, lo primero que hizo fue abrazar a su querido compañero, el Sr. Prévost, luego visitó a los enfermos que eran numerosos. Ayudado por un joven negro que le servía de intérprete, plantó doce cruces en las doce montañas de esta isla. Pero la número doce fue plantada en su corazón, porque fue atacado por la enfermedad de la que murió después de las fatigas intolerables. Hemos tenido la suerte de  estar bajo su dirección en el seminario. Dios quiera que, como hemos sido sus hijos, luego sucesores en sus viajes, seamos del mismo modo los imitadores de sus virtudes».

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