Charles Macé (1721-1768)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
Estimated Reading Time:

   Los informes que siguen están sacados casi textualmente de un  Elogio del Sr. Macé pronunciado en el seminario de la Rochelle, por el S. abate de La Villemarais, a petición de, los seminaristas, el 5 de enero de 1769.

El Sr Charles Macé era originario de la Bretagne; nació  el 25 de octubre de 1721 en la parroquia de Saint-Jean, en Saint-Méen, en la diócesis de Saint-Malo. Fue recibido en el seminario interno de San Lázaro, en París, el 12 de3e diciembre de 1739. –Tal vez la feliz influencia de uno de sus virtuosos tíos, perteneciente a la Congregación de la Misión determinó su vocación. En las antiguas Noticias, al anunciar la muerte del Sr. Claude Rouillé, muerto en Bretaña, el 22 de setiembre de 1735, a punto de dirigirse a Saint-Méen, se añade : «Es lo que me cuenta el Sr. Macé, su sobrino».

Dócil a los ejemplos  edificantes que tuvo entonces a la vista, atento a las lecciones útiles que recibía, él supo durante el tiempo que pasó en el seminario interno de la Congregación, gustar la paz de la soledad, contraer las dulces costumbres de una piedad tierna y sólida, y formarse en la práctica de todas las virtudes.

Después del tiempo de su noviciado, se dio con una gran dedicación  a los estudios de las ciencias eclesiásticas. Hizo desde un comienzo rápidos progresos en el estudio de la filosofía, dando muestras en él de un espíritu penetrante, sostuvo de manera brillante tesis públicas que mostraron  ya que se podían fundar en él sólidas esperanzas.

Llevó luego en el estudio de la teología, a la que le aplicó, el espíritu de método  en el que se había formado durante sus estudios de filosofía, y un vivo ardor, como en la ciencia más  conforme y más necesaria al estado que había abrazado. En ella se hizo, de esta manera, verdaderamente capaz.

Fue primeramente, en las obras, dedicado a la predicación. Todo parecía llamarle a este ministerio: su deber ante todo, y el celo por la salvación de las almas del que estaba particularmente animado y, aparte de su gusto natural, sus talentos, su ciencia ya adquirida le habían preparado felizmente para este ministerio para el cual era incluso secundado por un exterior ventajoso, teniendo una fisonomía abierta, una aire noble y digno que inspiraban respeto hacia su persona y que daban también más autoridad a sus discursos.

No contó por otro lado temerariamente con esta aptitud natural, la perfeccionó y la sostuvo con un trabajo continuo. Se dio siempre a hablar como conviene a un verdadero misionero, y no tuvo a menos hacer de ello el objeto de un estudio serio y reflexivo. Cuantos le han oído rinden homenaje a un tiempo al celo apostólico que le abrasaba, y con el que hubiera querido, dicen ellos, plantar en todas partes la cruz de Jesucristo. Por ahí sobre todo se explica el éxito que lograron las predicaciones del virtuoso misionero.

Aprovechando sus felices aptitudes sus superiores le dedicaron sucesivamente a oficios diversos: le colocaron a la cabeza de una casa, luego de una parroquia; fue nombrado asistente de la Congregación por la Asamblea general de 1759. No menos dócil que capaz, el Sr. Macé se dejó llevar y se prestó a todo con una sencillez completa y edificante.

Como se sabía, además, su atractivo particular por las misiones, que son el principal oficio de la vocación, quiso darle el consuelo de dedicarse también a ello, y le dejaron incluso la elección de la misión.

Aceptó entonces ir a Fontenay-le-Comte, en la diócesis y a diez leguas de La Rochelle   El 2 de marzo de1762 apareció el edicto de expulsión de los Jesuitas, los cuales en La Rochelle dirigían la instrucción pública desde hacía ciento treinta y dos años. El colegio real de la ciudad y el seminario se vieron afectados  a la vez ; y en lo que se refiere al seminario, el cuerpo de la ciudad, que se preocupó de  ello, y Mons. Augustin de Menou, que dio los pasos para hallar directores, se metieron en un buen lío. La Providencia intervino por medio del Sr. Charles Macé.

Este estaba hacía algún tiempo en Fontenay, cuando, siguiendo el relato del historiador que seguimos nosotros, vino para ejercer su ministerio en La Rochelle. Se presentó ante el obispo para ofrecerle sus homenajes. El prelado entretuvo al Sr. Macé, y pronto, como hombre que sabe pronto discernir el mérito, le dirigió estas palabras: «Señor, es la Providencia la que os ha traído aquí, vos sois  el que mis deseos le pedían sin cesar, se trata de mi seminario: sed el superior».

La modestia así como los gustos del Sr. Macé le obligaron a defenderse del honor que se le había hecho; pero no pudo resistir a las insistencias del obispo. Negociaciones, en efecto, o bien existían ya, o bien se abrieron al punto con el Superior general (era entonces el Sr. Antoine Jacquier), y en su circular del 1º de enero de 1763, esto escribía: «No hemos podido dispensarnos de recibir tres nuevas fundaciones: La de Alep… el seminario de Saint-Simon en Metz…la tercera es el seminario de La Rochelle, estaba dirigido hasta hoy por directores hábiles. Los que nosotros hemos colocado están en condiciones de seguir el camino que se les ha trazado l «.

-Circulaires des Supérieurs généraux, t. II, p. 21.

Y lo que verosímilmente los ponía muy particularmente en condiciones de seguir este camino, era tener por superior y por guía al Sr. Macé.

Apenas se vio este obligado a aceptar el cargo pesado y difícil que se le confiaba, cuando se esforzó en responder  de la manera que conviene a un hombre de Dios y a la confianza que se la había manifestado. Se volvió al cielo y se dio prisa enseguida de ponerse manos a la obra. Más tarde, su historiador, orgulloso de no hacer más que prestar su pluma a los que daban testimonio al venerado superior, puso en su presencia misma, pintarle como a » un hombre que supo verdaderamente formar a eclesiásticos; instruirlos mediante discursos graves y sólidos ; dirigir prudentemente sus estudios; vigilar con solicitud por su conducta o por sí mismo o por colaboradores fieles; mantener perpetuamente fijo en ellos  un ojo de inteligencia  y de discernimiento para descubrir su aptitud o su inhabilidad para el divino ministerio al que aspiraban ; conservar entre ellos el orden exacto y la perfecta armonía que resulta de la observancia exacta y religiosa de un reglamento ; tener para con ellos la ternura y la solicitud de un padre o de un pastor ; gobernarlos con dignidad, reprenderlos sin altivez y sin amargura; obligarlos; facilitarles  la protección y la benevolencia  de su obispo, en una palabra un hombre que supo hacerles bien de todas las maneras posibles». Mons. el obispo de La Rochelle dio al Sr. Macé el título y los poderes de vicario general; este no lo aprovechó sino para mantener con el clero de la diócesis las útiles relaciones en las que se prestaba gustosamente a cada eclesiástico, cuando se presentaba la ocasión de hacerlo: usaba de ello con felicidad pero con discreción, y hasta el fin el Sr. obispo le honró con su más íntima confianza. Él estaba también presente en los últimos momentos  del prelado moribundo, sea para consolarlo, sea para recomendarlo a sus queridos seminaristas; y atento para adelantarse a todo, hizo firmar a Mons. de Menou de su mano moribunda dimisorias para enviar a los seminaristas  a la ordenación de la diócesis de Poitiers; también, el prelado quiso entregar al Sr. Macé una suma de dinero para pagar a los jóvenes en este viaje.

En toda circunstancia, el venerable superior buscaba el bien. Un día en La Font, cerca de La Rochelle, se encontró frente a dos malhechores que, con aceros en mano, acababan de enzarzarse en una lucha que podía llegar a ser mortal. Sin dejarse detener por el peligro, intervino y tuvo bastante suerte  en separar a estos dos hombres cuya sangre iba a correr.

Los últimos años del Sr. Macé le pusieron muy a prueba. Su salud, que había sido firme y casi inalterable hasta los cuarenta y cinco años, fue durante todo el curso de su enfermedad entonces atacada y le hizo pasar durante los tres últimos años de su vida crueles sufrimientos.

Durante todo el tiempo de su enfermedad, fue con sus sentimientos y palabras  un objeto de edificación. A medida que las trabas de su cuerpo caían poco a poco, los pensamientos terrestres parecían alejarse más y dar lugar a la única idea  de Dios y de la eternidad. Dos meses antes de su muerte, los seminaristas de La Rochelle tenían aún la esperanza de conservar al digno Sr. Macé, y él les dirigió durante el retiro las exhortaciones más conmovedoras. Pero después de este retiro debió partir para Rochefort, donde iba a intentar otra vez los recursos de la medicina. Su paciencia y su resignación aumentaban a medida que disminuían sus fuerzas. Abandonado de los médicos, tuvo una crisis que se creyó decisiva para su salud; pero, no fue más que un  rayo de esperanza, él recayó pronto y entregó su alma a Dios, a la edad de cuarenta y ocho años, el 10 de diciembre de 1768.

Seis guardiamarinas -[Son jóvenes gentilhombres que Su Majestad manda educar en todos los ejercidos que convienen a los hijos de calidad destinados a servir en las naves del rey. –Bégon, intend. de la generalidad de La Rochelle ; cf Archivos de la Saintonge, t. II, p. 47.]- que habían visitado con frecuencia al Sr. Macé durante su enfermedad, se presentaron en su   apartamento al punto tras su muerte y montaron vela cerca de sus restos. Como ellos todo el mundo se sorprendió por la serenidad que se le había quedado grabada en el rostro del digno sacerdote, y pudo repetir las palabras que se le oyó pronunciar: «Oh, qué bella muerte! Tiene de verdad el aire de un predestinado!».

El Sr. Macé, dice su biógrafo, tenía el rostro lleno de candor y de dignidad, los modos educados y afectuosos; era de un humor amable y alegre, de un carácter a la vez seguro, recto y conciliador; sus sentimientos eran elevados y generosos. Supo ganarse el afecto de todos con los que vivía, y la superioridad de su talento o de sus demás cualidades no le apartó nunca las simpatías de los que le rodeaban. Pero su virtud sobre todo le hizo estimar y le ganó los corazones; y es por esta virtud sobre todo por la que quisieron rendirle homenaje sus antiguos alumnos pidiendo su elogio público. Que fue en efecto pronunciado por el Sr. Abate de La Villemarais, el 5 de enero de 1769, en la capilla del seminario de La Rochelle, y cuyos detalles han servido de elementos para esta noticia.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *