Benjamin Joseph Huguier, C.M.

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices, III.
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Alger, 5 de abril de 1663.

El Sr. Hughier nació en Sézanne, por entonces de la diócesis de Troyes,  y en la actualidad de la de Châlons-sur-Marne, el 10 de marzo de 1613. Recibió en el bautismo el nombre de Benjamín, en la confirmación el de Joseph. Ejerció por algún tiempo las funciones de Procurador en el Châtelet de París con mucha distinción; su piedad y su gusto por las obras de caridad le llevaron a renunciar al siglo y a la abogacía, para consagrarse, bajo la dirección de san Vicente, a alguna obra que interesara la gloria de Dios. Fue admitido en la Congregación  de la Misión el 15 de septiembre de 1647.

I –En Túnez.

Un año después. San Vicente juzgó conveniente enviarle a Túnez, a desempeñar las funciones de cónsul, para aliviar al Sr. Jean Le Vacher, a quien el Bey y todos los comerciantes habían impuesto este cargo después de la muerte del Sr. Martin. Fue después del fallecimiento de éste cuando la Sra. duquesa de Aiguillon quiso acertar con la adquisición de este consulado a favor de la Congregación de la Misión, como lo había hecho con el de Argel, a fin de colocar a los sacerdotes  de la Misión más en condiciones de procurar  el bien espiritual de los pobres esclavos. «El Sr. Hughuier, leemos en una carta de san Vicente, del 28 de diciembre de 1648, partió de París inmediatamente después de las fiestas de Navidad, con el Sr. Dieppe, para hacer el oficio de cónsul de la nación francesa en Túnez; y en esta calidad, se encarga de facilitar el rescate de los esclavos; tiene el conocimiento de los asuntos del mundo,  y es bien temeroso de Dios«. Apenas llegado a su puesto, su probidad fue puesta a prueba por el Bey, e incurrió en su descontento por no prestarse a su injustos deseos.

Poco tiempo después, fue llevado a prisión y puesto en cadenas; su cohermano no obtuvo su liberación más que al precio de 1500 libras. A pesar de, o mejor por sus eminentes cualidades y su virtud, se hizo tan odioso al Bey que tuvo que devolver  las funciones del consulado al Sr. Le Vacher. Sin embargo se quedó todavía algún tiempo  en Túnez para aliviar al misionero en sus dobles funciones  de vicario apostólico y de cónsul; luego regresó a Francia, a San Lázaro, para disponerse a la recepción de las sagradas órdenes.

II. –En Toulon.

Pronunció los votos en 1651 y recibió el sacerdocio en febrero de 1655. San Vicente le ocupo por algunos años en el cuidado de los galeotes de Toulon; allá, era en intermediario para los socorros  que los miembros de sus familias le dirigían, como para las noticias que deseaban recibir. Por su bondad, su paciencia y su tierna compasión, tuvo la suerte de llevar a los senderos de la justicia a un buen número de estos infortunados, que parecían inaccesibles a todo sentimiento de probidad y de religión. En el gran día de la manifestación de las obras  de los justos, se podrá conocer el celo de este buen Misionero por la salvación de las almas, las conversiones delas cuales ha sido el instrumento, los actos de virtud que les ha hecho practicar, la resignación que ha sabido inspirar a estos desdichados como medio de satisfacer a la justicia divina por las faltas de su vida pasada. Estaba ocupado en estas humildes y penosas funciones hacía tres años cuando san Vicente le llamó a Marsella para enviarle a Argel. Debía embarcarse en la primera ocasión para Livurno, de donde, con vestimenta seglar y como mercader, debía dirigirse a Argelia, so pretexto de  rescatar a algunos esclavos, cuando llegando a París la [333] noticia del encarcelamiento del embajador de Francia en Constantinopla, san Vicente ordenó diferir la partida, y el Sr.Huguier fue a seguir sus funciones en Toulon.

III –En Argel.

Fue en 1662 cuando el Sr. Alméras se determinó a hacer pasar al Sr. Hughuier a Argel, y solicitó a su favor un breve de Vicario apostólico que fue expedido con fecha del 17 de julio de 1662. Al saber quién era destinado a esta misión, el hermano Dubourdieu, que residía allí, no cesó de presionar la llegada de este socorro; sabía todo el bien que estaba llamado a hacer en aquellas regiones desgraciadas un santo misionero como el Sr Hughier. «Por más de un motivo, escribía al Sr. Alméras, el 17 de julio de 1662, os rogamos que venga el bueno del Sr.Hughier lo antes posible. Yo no os hablo del fastidio que nos supone la privación de la presencia de un misionero sacerdote; espero de la divina bondad que el bueno del Sr. Hughier vivirá contento en Argel, a causa de su rara virtud y apoyo por los pobres que practica desde hace tanto tiempo que está empleado en el servicios  de los esclavos de Toulon; no tendrá menos necesidad aquí de esos dones que el buen Dios le ha concedido«.

El Sr.Hughier partió de Marsella el 14 de septiembre (1662), con dos religiosos dela Merced designados en 1660 para hacer un rescate en Argel; llegó a esta ciudad después de un trayecto de setenta y dos horas. A la noticia de la llegada dela barca, el buen hermano Dubourdieu, cónsul de la nación francesa, se dirigió al puerto a toda prisa con el hermano Sicquart, su canciller, y abrazando al Sr. Hughier, le tributó la acogida más graciosa a estos buenos Padres que eran esperados ya desde hacía algún tiempo. «Los sacerdotes de la Misión, leemos en el Espejo de la caridad cristiana, detentan varios años la calidad de vicario apostólico, y lo desempeñan muy fielmente a la gloria de Dios y para la edificación del prójimo. El muy Rev. Padre Ignacio Vidando, religioso español de la Merced en su obra De la redención, paga igualmente un justo tributo de elogios al celo  y a la vida edificante de los Misioneros.

Inmediatamente después de su llegada, el Sr Hughier se entregó a las funciones de su ministerio, visitando las mazmorras y el hospital y haciéndose útil a todos los que reclamaban su ministerio. Los Padres de la Merced se dirigieron a la casa de los Misioneros donde se quedaron hasta que el jefe de gobierno les asignara, según la costumbre, un alojamiento conveniente.

Mientras que los religiosos, compañeros de viaje del Sr. Hughier se ocupaban de su rescate, la pobre iglesia de Argel fue expuesta a una ruda persecución. A la noticia que los Moros esclavos en España eran muy maltratados, los habitantes de Argel resolvieron vengarse en los Españoles cautivos, los religiosos y las iglesias, muy determinados a no perdonar  nada, sagrado o profano, de lo que cayera en sus manos. Los patronos hicieron primero rapar la barba a todos los esclavos españoles, sin exceptuar a los religiosos, para hacerlos objeto de desprecio y de burla. Casi al mismo tiempo, los Turcos se precipitaron sobre las iglesias  de las mazmorras para destruir en ellas, romper y echar al fuego todo lo que encontraran, con intención de profanar las cosas más sagradas. Felizmente, los sacerdotes, presintiendo lo que debía llegar, se habían preocupado de  llevarse lo que se conservaba de más precioso; pero todo lo demás fue pisoteado, desgarrado, roto y echado al fuego. Estos furiosos cerraron con barras las puertas de las iglesias, a fin de que no pudieran entrar los sacerdotes. Pero su rabia no quedó en eso. Hubo orden de la aduana de dedicar los religiosos a los trabajos manuales, a construir fortificaciones , a cavar la tierra, a transportar el agua, a acarrear los materiales destinados  a construcciones públicas, unciéndolos como a caballos a vehículos llenos de piedras, y eso bajo un sol abrasador. El Sr. Hughier cumplió con ellos las funciones de ángel consolador, visitándolos a menudo en sus talleres, distribuyéndoles limosnas para que pudieran procurarse alguna recuperación; y cuando habían sucumbido  por el exceso de los trabajos, y se habían visto obligados a entrar en el hospital, el buen misionero no los olvidaba y les procuraba todos los alivios de que era capaz.

Este rescate fue para los Padres de la Merced un asunto muy penoso y enojoso por la mala fe, los enredos y las exigencias de los Turcos, y por los engaños de algunos de los que habían rescatado. En estas circunstancias, el cónsul y el Sr. Hughier les prestaron toda clase de servicios. Por último, pudieron embarcarse con sus protegidos en el transcurso del mes de octubre del mismo año 1662.

Lamentablemente, todos estos gastos de los rescates no eran por decirlo así más que primas dadas a los corsarios; pues, en algunos meses, ya habían reemplazado a las víctimas que la caridad cristiana les había quitado a tan alto coste; así para no citar más que un hecho, diremos que al año siguiente, desde el mes de mayo hasta diciembre, entraron en el puerto de Argel de 12 a 1 500 cristianos llevados por los corsarios; en este número se encontró un religioso de San Francisco, originario del Languedoc, excelente sacerdote a quien rescató el hermano Dubourdieu por 150 piastras y a quien determinó a quedarse en Argel para atender la capilla consular, a falta de misionero.

El Sr. Hughier, formado en la escuela del Sr. Jean Le Vacher, y habiéndose dedicado durante varios años  a los forzados de Toulon, se entregó sin reserva a la salvación de los desafortunados a los que la divina Providencia confiaba a su solicitud, poniéndose a su disposición día y noche. En una carta del hermano Dubourdieu, del 3 de diciembre  de 1662, encontramos algunos detalles que transcribimos aquí. «El Sr. Hughier nos predica dos veces a la semana, el viernes y el domingo. Se dedica al español para poder predicar en las mazmorras, donde espera dar una misión a finales de la próxima cuaresma. Alabo a Dios porque su salud es buena. Es asiduo a oír las confesiones todos los días, y siente un gran celo por el bien espiritual de los pobres cristianos, su modo de proceder dulce conviene perfectamente a los religiosos y a los demás esclavos. No le faltan más que recursos pecuniarios para distribuir limosnas en relación con las necesidades. Os ha informado, creo yo,  que habíamos rescatado a un pequeño de Marsella, es todo cuanto pudimos hacer por cincuenta y dos personas que  los corsarios atraparon el mes de octubre último en las costas de Provenza».

Ay, el Señor, cuyos designios son misterios impenetrables, no debía mostrar más que poco tiempo a esta tierra infiel las eminentes virtudes y la compadecida caridad  de este respetable misionero. Hacia mediados del año anterior, un barco llegado de Alejandría había traído la peste a Argel. Cuando se manifestó en la ciudad, causó pocas víctimas, y el hermano Dubourdieu, en su carta del 16 de agosto, al Sr. Alméras, decía que la pureza del aire y la salubridad de la ciudad parecía ser una garantía contra  su influencia funesta.

El contagio no pareció adormecido por algún tiempo cuando para manifestarse con más intensidad en la primavera siguiente, y desde el 18 de enero, comenzó a hacer estragos para no desaparecer hasta el 14 de septiembre de 1663. El Sr. Hughuier, comprendiendo, los deberes de un buen pastor, no dudó en exponerse por la salvación de las almas que le estaban confiadas, y desde la aparición de la plaga, se le vio en las mazmorras, en el hospital y en las casas de los particulares, prodigar a los enfermos los cuidados más asiduos y prepararlos  a la recepción de los sacramentos. No tardó en verse atacado él mismo y murió en abril de 1663, mártir de su tierna caridad por los esclavos. Fue tanto más llorado cuanto más se había apreciado su dedicación a toda prueba y su muerte se llevaba de esta pobre iglesia a un apoyo que le parecía más necesario en estas penosas circunstancias. –Memorias de la Congregación de la Misión; Argelia.

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