Avivar la opción vocacional

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Fernando Quintano, C.M. · Año publicación original: 1998 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Introducción

El párrafo con el que «Un fuego nuevo» finaliza la página de las «convicciones sobre el carisma» podría considerarse no sólo como la conclusión de tales «con­vicciones» sino también como el mejor fruto de la Asamblea, si se logra hacerlo realidad.

La Renovación anual de los votos es un dinamismo privilegiado que está llamado a ser, para la Compañía entera y para cada Hija de la Caridad, un nuevo impulso para vivir la respuesta vocacional con una fidelidad creciente y siempre renovada.

En una conferencia preparatoria de la Renovación, dijo el Padre Lloret hace diecisiete años: «No tenemos otro deseo: que esta palabra (renovación) sea la traducción de una realidad»‘. Eso mismo es lo que intento yo al ofrecerles estas reflexiones: que el acto del 25 de marzo sea una verdadera renovación para todas las Hijas de la Caridad. E intentaré ayudarles ofreciéndoles un comentario a las convicciones expresadas por la Asamblea y recogidas en el Documento con estas palabras: «Sólo avivando nuestra opción vocacional, el fuego de nuestro amor primero, nos sentiremos animadas del «nuevo ardor» que reclama la nueva evan­gelización». Estas afirmaciones las percibió la Asamblea «como una fuerte llama­da a la conversión».

En la carta de los Superiores Generales, presentando el Documento, piden a to­das las Hijas de la Caridad que «tomen, saboreen y digieran» lo que en él se con­tiene. ¿Qué significa y a qué están invitando las expresiones avivar nuestra opción vocacional, el fuego de nuestro amor primero»? Como prometí en la circular del 6 de enero, éste es el tema de las dos conferencias preparatorias de la Renovación de este año. En la primera me detendré en algunos obstáculos que pueden estar difi­cultando la marcha ascendente en el camino de la vocación, añadiendo también al­gunas reflexiones sobre el sentido de la Renovación anual. Y en la segunda expon­dré algunos medios que les pueden ayudar a seguir viviendo con ilusión y dinamismo la vocación a la que han sido llamadas. Las dos conferencias se comple­mentan y deberían tomarse como dos partes de un mismo tema.

La Compañía, una manera de hacer el camino de la fe

Dios nos ha llamado a seguir el proyecto de vida de Jesús; a ustedes, en concreto, por la senda inspirada por el Espíritu Santo a Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Y consiste en vivir en una entrega total a Dios sirviendo a los pobres, con un espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad, en una comunidad fraterna. Esta opción vocacional la confirman asumiendo por votos «no religiosos y renovables cada año» los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obedien­cia «que les hacen estar disponibles para el fin de la Compañía: el servicio de Cristo en los pobres». Es el «cuarto voto especial», el del servicio a los pobres, desde donde se comprende la manera peculiar con que las Hijas de la Caridad asumen los otros tres. A este modo de seguir a Cristo la Iglesia lo llama «Sociedad de vida apostólica».

Las distintas etapas de la formación inicial (postulantado, seminario y hasta los diez años de vocación aproximadamente) y la formación permanente, tienen como finalidad ir descubriendo, modelando y profundizando progresivamente aquello que constituye el ser y la misión de la Hija de la Caridad. La respuesta a la vocación es un «sí» al proyecto de Dios sobre cada Hija de la Caridad, que tiene unos momentos especialmente significativos (ingreso en el seminario, asumir los votos por primera vez). Pero fundamentalmente es un proyecto de vida que, una vez asumido, se va encarnando progresivamente, ganando en coherencia y hon­dura, lo cual requiere un «sí» sostenido y repetido ante las situaciones, difíciles a veces, que se van presentando a lo largo del camino.

A todo caminante, a todo peregrino de la fe le acechan obstáculos que pueden dificultar la marcha, hacerle perder ritmo y dar lugar a días oscuros en los que parecería se difumina la meta. Por eso, es provechoso y necesario, de vez en cuando, hacer un alto en el camino y preguntarse: ¿Cómo estoy en mi caminar vocacional? A pesar de las dificultades, ¿tengo clara la meta hacia la que me dirijo? ¿Cómo resistir a las pruebas y cómo recuperar el ritmo inicial? La Renovación anual de los votos es una buena oportunidad para este ejercicio que puede dar sus frutos.

Posibles situaciones en el camino vocacional

El 3 de junio de 1653, san Vicente habló a las Hermanas «sobre la fidelidad a Dios». Durante la conferencia, el Santo imagina que una Hermana le pregunta: «Padre, le confieso que durante un año entero, o durante seis meses por lo menos, yo iba de buen grado a servir a los pobres, y les decía cosas muy hermosas, y sentía mucha satisfacción al escuchar las lecturas espirituales, hablando y oyendo hablar de Dios, y todo me parecía fácil. Pero las cosas han cambiado mucho, pues todo esto me falta ahora. Ya no tengo fervor; las cosas las hago solamente por costumbre; no me impresionan las lecturas ni las conferencias; si voy a servir a los pobres es solamente porque hay que ir; si me mandan alguna cosa, lo hago solamente por obedecer; si hay que comulgar, comulgo porque lo manda la regla, pero sin sentir gusto alguno. Hace tiempo daba buen ejemplo; pero desde hace un año lo hago todo con desgana y me cuesta tanto la obediencia y los demás ejercicios, que da pena verme… Por consiguiente, soy infiel. Ya no sirvo a Dios de buena gana en mi vocación. Más vale que me vaya antes de engañar de este modo a Dios y al mundo».

San Vicente, en esa conferencia, enfoca esta situación desde lo que en la espiritualidad se conoce como sequedad espiritual, como una prueba a la fideli­dad. Pero también podemos partir de esas palabras para describir los posibles estados de ánimo que se dan en nuestro propio caminar vocacional.

Hay tramos de ese camino en los que pueden aparecer el cansancio espiritual, el desánimo, la rutina, la pérdida de ilusión y de entusiasmo en la vocación. Creo que es una tentación —y frecuentemente una realidad, hoy— en algunos consa­grados, en algunas Hijas de la Caridad también. El paso del tiempo parecería que es como una polilla que va carcomiendo ilusiones y esperanzas y nos lleva a caer en la rutina y en la mediocridad. Ante una situación similar decía C. Péguy: «Hay algo peor que tener un alma perversa: es tener un alma acostumbrada» (rutinaria). Y Madre Guillemin afirmó valientemente: «La Iglesia no necesita para nada Hijas de la Caridad mediocres; la Iglesia y el mundo necesitan santos».

El cansancio espiritual

Juan Pablo II habla de un «comprensible cansancio», «cansancio interior y peligroso», que acecha a los sacerdotes —pero no exclusivamente a ellos—, y de la formación permanente como remedio para superarlo.

Tal «cansancio» (llámese también desánimo, apatía, rutina, desilusión…) puede provenir de:

  • el escaso fruto que percibimos como resultado de nuestros esfuerzos y desvelos en la tarea apostólica. «Toda la noche bregando y no hemos pescado nada», dice Pedro a Jesús;
  • la sensación, a veces realidad, de no avanzar en el proceso de nuestra conver­sión («siempre me tengo que confesar de las mismas infidelidades») que nos lle­va a pensar si no estaremos empeñados en tender hacia una meta inaccesible;
  • el género de vida que llevamos: actividad desenfrenada sin tomar tiempos para la recuperación del desgaste físico, mental y espiritual que genera tal actividad;
  • nuestra edad que avanza, con lo que eso conlleva de pérdida de dinamismo y disminución de fuerzas, de flexibilidad, de juventud y entusiasmo;
  • el actual entorno social y cultural en el que se desvaloriza la vida consagrada y se privilegian ideologías y comportamientos (increencia, secularismo, hedonis­mo, permisividad, materialismo, proyectos a corto plazo…) que nos obligan a remar contracorriente;
  • la misma dimensión de cruz que conlleva el seguimiento del proyecto de vida de Jesús que hemos abrazado. El mismo Jesús lo describía como puerta estre­cha, como camino ascendente, como combate contra las fuerzas del mal. «Vo­sotros sois los que habéis perseverado en las pruebas»9. Incluso Moisés, Jere­mías y el salmista sintieron la tentación del desánimo y la falta de fuerzas ante la dureza de la misión que se les había confiado;
  • las expectativas que teníamos al iniciar el camino vocacional y que no hemos visto satisfechas durante el tiempo que ha transcurrido (una mayor calidad de vida fraterna en común, una vida espiritual más auténtica, una tarea apostólica más gratificante…);
  • nuestros desacuerdos o puntos de vista diferentes con los de aquéllos a quie­nes Dios ha puesto al frente de la Institución: Iglesia, Compañía, Provincia, comu­nidad local…

Y podríamos seguir enumerando otras situaciones que están en el origen de ese cansancio, desánimo, apatía y desilusión en nuestro caminar vocacional.

Una mirada hacia el interior

Pero sin negar lo anterior, les invito a buscar otras causas que, quizá, están más ocultas, más dentro de nosotros mismos y que, a veces, no hemos identifi­cado o no nos atrevemos a confesar.

¿Cómo está nuestra tensión espiritual? ¿Qué motivaciones profundas nos están moviendo? ¿Dónde, en quién y en qué se apoya nuestra esperanza? ¿Con qué grado de coherencia estamos viviendo este proyecto de vida que libre y conscien­temente abrazamos un día?

emaus copiaPorque la vocación es una respuesta personal a un modo de seguir radical­mente a Cristo hacia el que, hace más o menos años, nos sentimos llamados. Quiere decir que en la vocación hay una dimensión personal inviolable e intrans­ferible, un compromiso y una responsabilidad insustituibles. Y la respuesta que estén dando los otros, más o menos generosa, más o menos mediocre, no justifica el que la nuestra sea similar. Nuestro «sí» fue a un proyecto de Dios para mí, una alianza sellada con El. Y El es fiel; El no decepciona. La parábola evangélica de los distintos talentos confiados a los obreros es aplicable también a la respuesta vocacional que cada uno de nosotros estamos dando al don de la vocación. Y la respuesta de Jesús, cuando Pedro le preguntó por la suerte que le espera al discípulo amado, también apunta a una fidelidad intransferible y personal: «¿Qué te importa a ti? Tú, sígueme».

Pero también es cierto que hay una responsabilidad colectiva, de toda la Compañía en su conjunto, que debe impulsar la corresponsabilidad de cada Hija de la Caridad a la revitalización del carisma. Porque al optar por la Compañía (yo, por la Congregación de la Misión) lo hicimos porque se nos presentó un proyecto de vida exigente y atrayente. Y cuando la mayoría de los miembros no lo viven como tal, el grupo es cómplice del desencanto y desánimo que ello genera en otros miembros. «Vivid la fidelidad a vuestro compromiso con Dios edificándoos mutuamente y ayudándoos unos a otros», nos dice Vita Consecrata.

Frecuentemente corremos el peligro de buscar disculpas a nuestra falta de co­herencia con el proyecto vocacional que hemos abrazado. Nos refugiamos en un colectivismo impersonal por el que tendemos a justificarnos o disculparnos, transfi­riendo a los demás lo que, en definitiva, es responsabilidad personal. En la historia de la Iglesia y de las instituciones hay numerosos ejemplos de que también en un clima de mediocridad, de desánimo, de rutina, pueden crecer auténticos testigos y profetas al interior de las instituciones, en la Iglesia y en este mundo.

Si el proyecto de vida que hemos abrazado —nuestra opción vocacional— no intentamos encarnarlo decididamente —con la ayuda infaltable del Señor que nos llamó, y contando también con nuestra congénita debilidad— viviremos en la insatisfacción. Cuando entre el ideal abrazado libremente y la realidad concreta que vivimos se dan grandes incoherencias, es imposible sentirse interiormente contentos.

Ciertamente que nunca llegaremos a encarnar ese ideal con total coherencia. Pero si en la vida práctica el ideal va en una dirección y la realidad por otra opuesta, genera en lo más profundo de nosotros mismos un desajuste, una esqui­zofrenia que rompe la armonía interior y la paz del espíritu. Nos sentiremos como un hueso desencajado; y el malestar que ello produce sólo se supera cuando vuelve a su lugar. El P. Lloret, para expresar el gozo proveniente del vivir con coherencia el modo de vida que hemos abrazado, utilizaba esta expresión: «sen­tirse bien en la propia piel». De lo contrario no podemos pretender ser felices, ni sentirnos contentos y realizados en la propia vocación.

La Exhortación Vita Consecrata, al tratar del caminar vocacional, habla de los peligros que nos asaltan en cada etapa: falsos idealismos y sentido crítico en los primeros años; riesgo de la rutina y desilusión posteriormente; individualismo, instalación y rigidez en la edad madura; falta de esperanza y pesimismo en la edad avanzada. Pero la misma Exhortación, y en el mismo párrafo, habla de una «juventud de espíritu que permanece a través del tiempo». Y en otro lugar, hablan­do de la escasez de vocaciones —otra causa del desánimo de algunas Herma­nas—, el Papa invita a no perder la confianza y a afrontar esta realidad con serenidad. Y añade: «Lo que se debe evitar absolutamente es la debilitación de la vida consagrada, que no consiste tanto en la disminución numérica, sino en la pérdida de la adhesión espiritual al Señor y a la propia vocación y misión»‘. Similar afirmación pronunció el P. General en la homilía durante la misa de aper­tura de la Asamblea General: «El peligro de la Compañía es la pérdida del fuego, del ardor en sus corazones.

El libro del Apocalipsis contiene varios mensajes dirigidos a los que presiden las distintas Iglesias. A cada uno les invita a reflexionar en el estado espiritual en que se encuentran:

  • «Has perdido tu amor primero».
  • «Conozco tu tribulación».
  • «Reanima lo que te queda y está a punto de morir».
  • «Mantén con firmeza lo que tienes».
  • «No eres ni frío ni caliente… eres tibio.

¿Con cuál de estas situaciones nos identificamos nosotros en el momento presente de nuestro proceso vocacional? El transcurrir del tiempo ha podido ser para cada uno de nosotros una posibilidad de purificar y profundizar las motiva­ciones que estaban en el comienzo de nuestra vocación. Tiempo de crecimiento, de consolidación, de encarnación progresiva del proyecto de vida en la Compa­ñía; un ir construyendo progresivamente el edificio de auténtica Hija de la Caridad para vosotras. Si así hubiese sido, demos gracias al Señor, autor de todo bien.

Pero el tiempo, a veces, ha podido ser también ocasión de endurecimiento del corazón, de desaliento, de apatía y rutina. El tiempo destructor de ilusiones y esperanzas… Sí, es posible esa doble experiencia: el tiempo como oportunidad de consolidación y crisol purificador de valores o, por el contrario, carcoma y polilla que destruye lentamente determinadas convicciones y valores. Si hubiese sido esto último, confiemos en la bondad de Dios y en la fuerza de su Espíritu que puede hacer nuevas todas las cosas.

La Renovación anual como dinamismo de la vocación

En la Compañía de las Hijas de la Caridad existe el dinamismo de la Renova­ción anual. Y si los votos son una ratificación de vuestra consagración total al Señor, en el acto de la Renovación no sólo confirmáis la decisión de seguir vivien­do en castidad, pobreza y obediencia, sino todo lo que implica vuestra entrega total a Dios para servirle en los pobres. Es decir, es todo el proyecto de vida que habéis abrazado lo que debe renovarse y recibir un nuevo impulso cada año.

Ciertamente que el día de la Renovación puede encontraros cada año en un estado anímico y espiritual diferente: en plena euforia y contento unas veces, y otras con el ánimo más decaído por diversos acontecimientos y circunstancias que os han podido contrariar. Pero cuando la meta está clara y las convicciones en las que se apoya la opción vocacional son profundas, la Renovación anual es un «sí» al Dios fiel con el que sellasteis una alianza, una expresión de confianza en su gracia y una afirmación de fidelidad contra viento y marea, pese a las crisis y oscilaciones de ánimo a las que estáis expuestas. Los tramos difíciles que se presentan en el camino vocacional nos ofrecen una oportunidad de crecimiento y afianzamiento. «Vuestra fe es como el oro: debe ser probada con fuego para que se vea su calidad. La fe que resiste la prueba vale mucho más que el oro, el cual puede llegar a destruirse. Pero vuestra fe, al ser probada, merece aprobación» 16. «Cuando vuestra fe es probada, aprendéis a tener paciencia. Pero procurad que esa paciencia sea perfecta para que seáis personas maduras»’. Son recomen­daciones de las cartas de Pedro y Santiago.

Ya les he escrito en otra ocasión, que para mí, lo maravilloso de la Compañía es que, cada año en la día de la Renovación de sus votos, 26.000 Hijas de la Caridad reafirman su compromiso de vivir su entrega generosa a Dios sirviendo a los pobres. Ellas saben que su opción vocacional fue incondicional, sin límite de tiempo. Pero también saben que, jurídicamente, cada año cesa el compromiso asumido por los votos.

Y en una cultura como la de hoy, en la que uno de sus contravalores es el miedo a asumir compromisos duraderos, prefiriendo la caducidad a corto plazo, el que casi el 100 por 100 de las Hijas de la Caridad ejerciten su libertad confir­mando su opción vocacional, es un signo de fidelidad que muchos admiran y un testimonio profético de que, a pesar de la dificultad, las convicciones pesan más que la cultura ambiental, Hay que seguir dando a este acto toda la importancia que tiene como dinamismo renovador de la Compañía y de cada Hermana.

Algunas situaciones y observaciones

  1. Cuando una Hermana pide los votos por primera vez, en el informe de la Provincia sobre su caminar vocacional que se recibe en el Consejo General, sue­len enumerarse su piedad, su entrega a los pobres, sus cualidades para vivir en comunidad… Está bien, pero sería deseable haber constatado también su capa­cidad para soportar pruebas y su reacción ante las dificultades. Porque de lo contrario, ante la menor adversidad, se rompen fácilmente los compromisos asu­midos. «Ser creyente es tener capacidad para soportar pruebas» (Newman).
  2. Puede ocurrir que alguna Hermana esté pasando una crisis vocacional y pida un tiempo para el discernimiento. En este caso lo lógico sería que, mientras dura ese tiempo de reflexión, no pida la Renovación de los votos. De lo contrario podría ocurrir que, al poco tiempo de renovarlos, solicite la dispensa de ellos porque haya decidido dejar la Compañía. Esta tiene normas orientadas a consi­derar situaciones especiales que pueden darse en sus miembros, por ejemplo, un retraso en la Renovación de los votos, pero sin que ello implique desvalorizar la palabra empeñada con Dios, al menos por el tiempo pactado con El y con la Compañía el día de la Renovación anual. Antes de que en la Compañía se acep­tasen los votos, san Vicente afirmaba: «Valdría más no hacerlos que tener inten­ción de dispensarse de ellos cuando una quisiera».
  3. No hace mucho tiempo, una Hermana me sugirió que si, ante la actual escasez de vocaciones en algunos países, no sería conveniente presentar a las jóvenes el proyecto de las Hijas de la Caridad, resaltando el hecho de que hacen votos anuales. Ella pensaba —no sé si con mucho convencimiento, pues la con­versión era un tanto informal— que esto atraería más vocaciones. Mi respuesta fue que, probablemente, sí vendrían más jóvenes, y que si ella creía tener vocación de fundadora, tratase de fundar esa congregación. Y, si conseguía la aprobación, sería una más de las muchas que participan del espíritu vicenciano, pero ciertamente no sería ya la Compañía de las Hijas de la Caridad. «¿Qué es la fidelidad?», preguntó san Vicente a una Hermana. «Es la perseverancia», respondió ella. Y poco después añade san Vicente: «Os habéis entregado a Dios en la Compañía con la intención de vivir y morir en ella; y cuando entras­teis, así lo habéis prometido» 19. La intención de santa Luisa es bien clara tam­bién al respecto: «No recibimos a ninguna que no tenga intención de vivir y morir en la Compañía». Y es que se trata de un proyecto de vida, no una especie de voluntariado temporal.

El hecho de renovar los votos cada año nunca debe significar provisionalidad. En la Compañía se introdujeron los votos como expresión de exigencia, de cons­tancia y radicalidad. Probablemente, el que los Fundadores prefiriesen que fuesen renovables, se debió a su empeño en que no os considerasen religiosas, pues éstas hacían votos perpetuos’. Pero nunca como expresión de provisionalidad o de menor radicalidad.

Conclusión

Todo lo contrario. Para san Vicente, las Hijas de la Caridad «deben de tener tanta o más virtud que si fueran profesas en una orden religio­sa». Y al P. Lloret le gustaba repetir: «No se es Hija de la Caridad porque se hacen votos, sino se hacen votos porque se es Hija de la Caridad y para serlo más profundamente cada día».

Al terminar esta primera conferencia preparatoria de la Renovación de vuestros votos, en este año 1998, me viene la duda de si no habré dado motivos para que algunas de ustedes piensen que tengo una impresión poco positiva de la situación actual de la Compañía. Pues debo afirmar públicamente todo lo contrario. El carisma de los Fundadores está muy vivo en la Compañía. Pero la Asamblea General y su documento, de acuerdo con la Exhortación Vita Consecrata, urge a impulsar el proceso nunca acabado de la conversión. Y ello se traduce en una fidelidad dinámica y creciente al propio carisma. Y una concreción de tal fidelidad y de tal conversión será «avivar la opción vocacional, el amor primero». Lo cual está suponiendo que hay Hermanas —Dios sabrá cuántas— que necesitan vivir con mayor ilusión y generosidad su vocación en la Compañía. «El carisma del señor Vicente, les decía el Papa en su carta a la Asamblea, es de una apremiante actualidad… Les corresponde a ustedes darle mayor vida allí donde se les haya enviado»».

Pero antes de tratar sobre cómo avivar la respuesta vocacional (tema de la próxima conferencia) me ha parecido lógico tratar de aquellos posibles obstáculos que, en mayor o menor grado y en más o menos Hermanas (creo que en pocas, pero también en este caso las minorías merecen atención), pueden estar dificul­tando el vivir su vocación en la Compañía, con el dinamismo que requiere el carisma que han heredado.

Pero estoy convencido de que no son los obstáculos, incluso las infidelidades, lo que resta vitalidad a nuestra vocación. Es más bien el vivir instalados en esas posibles infidelidades. En la próxima conferencia veremos cómo podemos supe­rarlos, cómo avivar la opción vocacional y recuperar el amor primero. La Renova­ción de este año deberá estar marcada por un impulso nuevo, por una fuerte experiencia del fuego del Espíritu, que revitalice lo que está débil y caliente lo que esté tibio.

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