Antonio Cavellier (1640-1664)

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Author: Noticias de los misioneros .
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Ésta es una noticia que, hablando humanamente, os debe afligir y a toda la Compañía por la pérdida que acaba de causarnos de uno de sus mejores hijos; es nuestro querido hermano Cavellier, a quien Dios quiso llamar a sí ayer, hacia las nueve de la noche, al quinto día de su enfermedad. Tuvimos el honor de escribiros sobre él el pasado lunes, sin daros a conocer que esta enfermedad era mortal; desde entonces, el estado en que se ha visto nos ha dado presentimientos de lo sucedido. Adoramos en este encuentro, con una respetuosa sumisión y las dulzuras de la Providencia de Dios sobre su siervo, y los efectos de su justicia sobre mí que, por mis pecados y mis indignidades, he merecido perderle, para la edificación y consuelo de los de dentro y de fuera de la casa.

Yo tendría en la persona de este querido difunto un amplio tema de que escribiros, si emprendiera haceros la numeración de todas las virtudes que Nuestro Señor había puesto en él en un alto grado. Me contentaré, Señor, con deciros en pocas palabras lo que he observado en nuestro querido hermano Cavellier de más importancia, sea en el tiempo de su salud, sea en sus Memorias que he podido leer y transcribir, sea en la enfermedad de que ha muerto.

En primer lugar, he admirado la obediencia y la humildad de este difunto del empleo que ha tenido aquí, y que ha aceptado con alegría, aunque parezca estar por debajo de él, ya que instruía a nuestros pequeños clérigos y les enseñaba la lectura y los elementos de la gramática, él que era capaz de dar lecciones de filosofía y de teología. Ha desempeñado tan dignamente este empleo, que ha parecido en los niños un cambio notable para la piedad y la modestia; les inspiraba en particular estas dos virtudes. Era maravillosamente trabajador y lo hacía todo con mucha exactitud y aplicación. Tenía gracia para todos los empleos de la Compañía, y cumplía perfectamente bien los que eran conformes a su estado. Tenía mucho celo por la salvación de las almas, y parecía hallarse en su elemento, cuando tenía ocasión de dar a conocer a Dios, como en la semana santa, cuando le enviamos con otros sacerdotes a dar el catecismo a los pobres que trabajaban en el castillo, para disponerse a comulgar en Pascua. Lo hizo con mucha bendición de todas estas buenas gentes que estaban impresionadas  por las palabras de vida que les decía con una ardiente caridad. Hablaba de Dios con unción, porque estaba lleno de su espíritu; la gracia era tan abundante en su alma que brillaba en todos sus sentidos, su modestia atraía los ojos de todo el mundo, su dulzura se ganaba los corazones, su mortificación le hacía insensible a todo clase de curiosidades y diversiones; no iba siquiera a los recreos que la regla nos permite sino con repugnancia, y sentía alegría cuando encontraba algún pretexto para dispensarse. Me vino a pedir alguna vez permiso de hacer en ese tiempo sus lecturas espirituales, que decía no haber podido hace en otro tiempo, del que era un perfecto ahorrador, así se puede decir de él: Dies pleni inveniuntur in eo; Se puede decir también que ha vivido un siglo, aunque no haya vivido más que veintitrés años pues, en este intervalo explevit tempora multa. No hablo de su exactitud en el reglamento de la Compañía  que lo decimos todo si decimos que no le he sorprendido en ninguna falta desde que está aquí, y que su fidelidad a Dios y a la regla me ha servido a mí de reproche continuo por mi negligencia y  mi tibieza en cumplir con mis obligaciones. Como el amor que tenía a la obediencia le llevaba a buscar encuentros para practicarla, la caridad que tenía para con sus hermanos le sugería mil inventos para prestarles pequeños servicios, y con frecuencia me ha venido a pedir permiso de ir a la cocina, a ayudar a nuestros hermanos en los oficios menores, lo que hacía siempre en silencio y con esa dulzura que hace a los hombres amables, como dice el eclesiástico: In mansuetudine opera mea perfice.

Esto es, Señor, lo que he advertido en general de nuestro querido hermano. Podré escribiros más cuando hayamos tenido una o dos conferencias sobre las virtudes que los demás hayan podido ver en detalle, según las ocasiones en que lo vieron.

Ahora me voy a hacerle hablar a él por sus escritos y por lo que yo he oído de su boca en la enfermedad y en su agonía.

Éstas son dos memorias escritas de su mano y con su sangre, que había recomendado que se quemaran por un principio de humildad; las hemos conservado para nuestra edificación y para recibir alguna llama de ese fuego divino, del que sus escritos  son expresiones ricas y extraordinarias. La primera, que es la más extensa, contiene lo que sigue:

«¡Viva Jesús, vivan María y san José!

Yo, Antonio Cavellier, constituido en vuestra santa presencia, Dios eterno, Padre Hijo y Espíritu Santo, habiendo considerado la inmensidad de vuestra bondad en vos mismo y el exceso de vuestra misericordia conmigo he pensado que no debía demorar por más tiempo sin declararos el deseo que tengo de ser todo vuestro y de vivir enteramente para vos.

Es muy cierto que ya lo he hecho varias veces, pero me pareció a pesar de todo que mi corazón no está satisfecho y que tengo todavía algo o que yo no os he dado o dado por entero. Oh Dios mío, ¡si tuviera un millón de corazones y todo el amor de los Serafines, tuviere el amor del Espíritu Santo mismo para amaros como deseo; si tuviera a mi disposición todos los corazones de los hombres, para haceros con ellos un sacrificio de amor! ¡Oh, qué feliz sería, si el mío el primero pudiere encender en llamas vuestra ardiente caridad!

Desearía, Dios mío, tener un millón de vidas para tener el tiempo de ofreceros  unos pocos servicios, y desearía también no tener ninguna. Por indigno de vivir en vuestra presencia, ¡vos que sois un ser soberano e independiente, ante quien nada merece comparecer! Desearía, Dios mío,  poder hacer por vos tanto como todos los hombres han hecho, para poder glorificaros en algo, y me gozaría también de no poder, sabiendo que vos os sois suficiente a vos mismo, y que todos los esfuerzos de los hombres no aumentarán nunca vuestra gloria ni un solo punto. Deseo sin embargo, oh Dios mío, Dios eterno, mi Soberano Creador y muy amable bienhechor, deseo honraros de todas las maneras de que soy capaz  y no perdonar nada por lo que yo os pueda agradar.

Yo quiero, en unión  con vuestro muy querido Hijo Jesucristo, mi muy amable Salvador, ofreceros todas mis acciones, todas mis palabras, todos mis pensamientos, y ello en espíritu de holocausto, en reconocimiento de vuestra soberana grandeza y de vuestra muy adorable majestad, en acción de gracias por todos los favores que he recibido de vuestra liberal mano, y en particular por haberme hecho cristiano y misionero, así como por la gran paciencia con la que me habéis sufrido y soportado en mis iniquidades sin castigarme, en fin de propiciación o de satisfacción de todos mis grandes y horribles pecados.

Yo deseo que todos los movimientos de mi corazón sean otros tantos actos de una muy ardiente caridad, que todos mis actos sean otros tantos actos de una esperanza muy firme y que todo esto se haga en un vivo espíritu de fe. Todo ello, no obstante, Dios mío, es todavía demasiado poco para satisfacer el deseo que tengo de honraros. ¡Querría tener un millón de paraísos que presentaros! ¡Deseo pues, Dios mío, daros tanta gloria en cada momento de mi vida como la que habéis recibido desde el comienzo del mundo y recibiréis hasta el final de los siglos! Favoreced, Señor, si os place, mi amorosa incapacidad; aceptad los transportes de mi amor incapaz y escuchad vos mismo lo que él no puede más que desear.

Oh Dios mío, Dios mío, mi gran Dios, ¡vos sois mi Dios! No deseo otra cosa que a vos y para vos mismo. Aunque no hubiera ni infierno ni paraíso, diría lo mismo y no querría hacer menos. Otorgad, oh mi Dios, si debo ser condenado, como lo he merecido,  otorgadme que al menos mi pobre corazón os ame durante el poco tiempo que tiene de vida en este mundo. Sin otra recompensa que el amor; ¡sin otra gloria que el amor! Amor, amor, amor. Deseo ser una de las víctimas de vuestro amor: transfige ergo, Domine, cor meum suavissimo amoris tui vulnere. Oh que esta muerte me sea preciosa, que me sea dulce, ¡que me sea más agradable que la vida! Os entrego pues mi libertad, os dedico mi corazón, os ofrezco todos mis afectos  en unión del sacrificio de mi muy divino y muy adorable Salvador.

Esa es, Dios mío, mi última voluntad, irrevocablemente última, que escribo y firmo con mi propia sangre y que querría confirmar con mi muerte,  en vuestra santa presencia y la de mi muy querido Salvador, y la de la santísima Virgen, Madre de Dios, y mi incomparable reina y maestra, y la de su muy querido esposo san José, en una palabra, a la vista de toda la Iglesia triunfante y militante, de todos los ángeles, de todos los apóstoles, de todos los mártires, de todas las vírgenes, y entre otros de mi querido ángel custodio, de san Antonio, mi muy querido patrón, de san Lorenzo, san Denis, san Vicente, san Clemente, san Agatángelo, san Quintín. ¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! ¡Yo soy inviolablemente, irrevocablemente y eternamente vuestro!.»

Por debajo se lee: «¡Viva Jesús! ANTOINE CAVELLIER«

Y ahora el segundo escrito, que es más corto, pero que no deja de contener excelentes actos de amor y de peticiones. Está escrito con su sangre salvo algunas palabras. Y comienza así:

«Dios mío, desearía dar toda mi sangre por vos. Amen. Amen. ¡Viva Jesús! In Christo, per Christum, ex Christo, cum Christo, pro Christo. Dios mío, dadme la humildad, la pobreza, la paciencia, la caridad, la gracia de saber sufrir los desprecios y sobre todo de llevar una vida tan oculta, que no haya nadie más que vos para ver el bien y que todo el mal parezca a los hombres es lo que pide vuestra pobre, despreciable, miserable criatura, Antoine Cavellier, por el mérito de la sangre de su querido, amable, bien amado salvador Jesucristo.

Amen. Deo gracias. Viva Jesús«.

Luego añade «Mi Señor Jesucristo, os entrego mi libertad, mi corazón, durante el tiempo y la eternidad, y aunque pudiera estar condenado, como lo merezco con justicia, no obstante quiero ser todo vuestro, Antoine Cavellier».

He aquí, Señor, los sentimientos  más sinceros del alma de este buen siervo de Dios; los podría expresar en términos más fuertes y con caracteres más sensibles, ya que ha querido que su sangre, que se ha sacado con toda seguridad de las venas en abundancia, le sirviera de tinta. Vos le habéis visto y nosotros también le hemos visto con admiración, que toda su conducta ha correspondido perfectamente bien a estos afectos generosos, a estos divinos y estáticos afectos y resoluciones. Para conocer mejor todavía el detalle de estas alabanzas  que ha dado a Dios, y cuáles eran sus ocupaciones, hay un extracto de acabo de encontrar en sus cuadernos, donde él mismo se prescribe lo que sigue:

¡Viva Jesús! ¡Viva María! ¡Viva José! Prácticas de devoción que pretendo guardar inviolablemente, mediante la gracia de Dios.

Ir a las horas menores después de la repetición, si la hay, ir a confesar y luego emplear el tiempo en cosas piadosas hasta las diez. Si no hay repetición podré estudiar hasta las siete, ir a confesarse luego; si no hay comunión, ir simplemente a la misa y a las vísperas.

Decir todos los días de fiesta en que hay comunión, el pequeño oficio de la Virgen, el rosario, las vísperas del Santísimo Sacramento, las letanías del Santo-Sacramento; los días de [504] de primera u segunda clase, no decir más que las vísperas y las completas de la Virgen; si es una fiesta de la Virgen, decir los siete salmos de la penitencia, en lugar del oficio.

Decir todos los lunes las letanías de los Santos por las almas del purgatorio.

Decir todos los miércoles las vísperas  de los santos Ángeles.

Decir todos los jueves las vísperas del Santo-Sacramento.

Decir todos los viernes el Vesilla Regis, en honor de la Pasión.

Decir todos los sábados las vísperas de la santísima virgen.

Decir todas las semanas algo del librito Dios solo, de Thomás de Kempis, de la Introducción

Hacer todos los días una visita en la capilla de los santos Ángeles.

Decir las oraciones para el escapulario y las otras antífonas por la mañana antes de la oración.

Decir todas las semanas el oficio breve de la Virgen o los siete salmos o los graduales por nuestra familia.

Tomar tres disciplinas por semana, para honrar a Nuestro Señor y para unirme a su estado de muerte y sacrificio; tomar otra por las almas del purgatorio, por mis enemigos, por mis padres.

Ofrecer al comenzar mis acciones  mi corazón a Dios, darme a Nuestro Señor, revestirme de su espíritu para hacerlas bien.

Encontrarme lo menos que pueda en recreación, cuando tenga causa legítima, y si sintiera repugnancia en abstenerme, decir enseguida: «Muerte, sacrificio, aniquilación»; y hablar en ella con mucha sobriedad; aniquilar mi propio espíritu, para que actúe el único espíritu de nuestro Señor; tratar a todo el mundo con dulzura y paciencia.

Tratar de releer todas las semanas este papel.

Tener a menudo ante los ojos a Jesucristo y tomarle por modelo de todas mis acciones; marchar siempre en su santa presencia.

Pensar a menudo en la santísima Virgen, mi reina, mi emperatriz, mi madre.

Pasar bien sobre todos los días de comunión y mirar mi cuerpo con gran respeto ese día y ser muy modesto en nuestra habitación.

Llevar de continuo una vida de muerte, de aniquilamiento, de sacrificio para honrar la muerte y el sacrificio de Nuestro Señor».

He leído las meditaciones que ha hecho en el retiro del mes de octubre último, donde expresa sentimientos con la misma fuerza que los que acabamos de decir. El escaso tiempo que me permito para hacer la copia, diré tan sólo que los comienza y los acaba siempre por algún rasgo de la sagrada Escritura, conforme al hecho, y que contiene un acto de petición, o de acción de gracias o de protesta de ser fiel a Dios, o por algún versículo de las oraciones de la Iglesia. Todo ello nos hace conocer la plenitud de fe, de piedad, de caridad y de espíritu que le animaba.

Pero veamos cuál ha sido el fin de tan santa vida.

Se sintió indispuesto el sábado último después de la comunión; él no dijo nada hasta después de la cena. Llegada la hora de las vísperas, me vino a pedir permiso de ausentarse  de las vísperas. Le dije que se fuera a descansar, y mandé venir al médico esa misma noche. Éste le mandó sangrar y tomar algunos remedios. Como la fiebre y su dolor aumentaron, se aplicaron los remedios que prescribe el arte. Fue en vano. Él ha visto su enfermedad como una gracia del cielo que él tenía por muy querida; y como tenía un gran amor a Nuestro Señor sentía un gran regocijo en sufrir algo a su ejemplo. No manifestó ningún movimiento de impaciencia en su mal que era violento, ni ninguna repugnancia en tomar las medicinas que, en estas ocasiones, son tan incómodas y a veces más que la propia enfermedad. Obedecía a los que le hacían algún servicio por pequeño que fuese como al Superior, y la fuerza de su espíritu como el testimonio de su conciencia le han hecho siempre  poner un rostro sonriente y una palabra dulce en los más fuertes ardores de la fiebre y en los impulsos que le daba, como otras tantas puñaladas, su pleuresía y su dolor de costado. Tenía el espíritu y el corazón unidos incesantemente a Dios y decía siempre alguna agudeza, cuando le daban algún alimento o le aplicaban algún remedio. Pidió el domingo por la tarde el viático, pero lo aplazaron  hasta el martes por la mañana; se lo llevaron hacia las dos y lo recibió con todos los sentimientos  que un ángel podría tener, si tuviera esta ventaja.

El miércoles por la mañana, le dieron la Extrema Unción. La recibió con conocimiento, habiendo conservado el uso de la razón hasta el último suspiro. Cuando se sentía morir, se dispuso dignamente, por actos de fe, de esperanza, de caridad, de humildad, de contrición, de resignación, de sacrificio, de anonadamiento, que un alma perfectamente unida a Dios puede producir. El Sr. d’Horgny estuvo a verle. Le pidió su bendición y la aplicación de las indulgencias concedidas a los misioneros agonizantes. Lo recibió todo con un espíritu de religión;  le confesó que se veía entre la vida y la muerte, y que si Dios le diera a elegir él diría con san Pablo: Cupio dissolvi et esse cum Christo; que había apariencia  de que no se recuperaría y que bendecía  a Dios porque le ponía fuera de la ocasión de ofenderle. Como yo no había podido visitarle los días anteriores a causa de mi indisposición y de los remedios que había tomado, sintiendo ayer alguna tregua,  fui para consolarme con él. Me pidió varias cosas: la primera fue que se le concediera la gracia de ser enterrado en el cementerio con los pobres y como a un pobre, todo sin embargo con permiso; es lo que se ha hecho esta mañana, después de concertarlo. Además, me recomendó que os diera las gracias por la caridad que habéis tenido con él, y a toda la Compañía por el honor que le ha hecho de ser recibido en ella; pedía perdón a todos por los malos ejemplos que había dado, ya en general como en particular. Luego, le hice acordarse de lo que dijo Nuestro Señor en el Evangelio del domingo que viene : Vado ad eum qui misit me. Repitió varias veces estas palabras, señal de que le gustaban. Le pregunté si no renovaba de buena gana  las promesas de su bautismo, y las promesas que había hecho a Dios en la Compañía. «Sí, me dijo, de buena gana; si no las hubiera hecho, pediría como gracia que me las permitieran hacer«. Le hice entonces recordar que habíamos hecho las primeras vísperas de san Miguel; le invocó primero y dijo que esperaba en su protección, ya que la Iglesia dice que tiene esta gracia de recibir a las personas que salen de esta vida para ser presentadas a Dios: Archangele Michael, constitui te principem super omnes animas suscipiendas. Como le dieron de beber mientras que yo estaba a su lado, y costándole trabajo tragar, después del esfuerzo por tomarlo todo, pues se le recomendaba, se volvió hacia mí y me dijo sonriendo: «Esto me cuesta más de tres o cuatro intentos bien sensibles«. Al preguntarle qué sentimiento tenía de estos trances me dijo que se los ofrecía de corazón a Nuestro Señor, en unión de aquellos clavos con los que le clavaron en la cruz por su amor. Me retiré para dejarle reposar, pero no podía hacerlo y suspiraba sin parar manifestando un rayo de su fe, o un acto de esperanza, o una chispa de su caridad, o un abandono de su vida, o un asomo de una canción. Yo le he oído decir esto: «Oh Christe, amor meus suavissime, amantissime, miserere mei»; después, como si sintiera indignación porque nuestro Señor no es conocido y amado de todos los hombres, decía: «Oh mundanos, ¿en qué pensáis? Ay, ¿por qué no amar a Jesús, por qué detenerse en bagatelas?» Y después, clavando los ojos en su crucifijo, tomaba a Jesucristo como a un soberano pastor y decía que esta palabra, donde él se presenta como un buen pastor era capaz de fundir en amor los corazones de los hombres, viendo el de Nuestro Señor que tenía tanto por ellos. Luego dijo al hermano que estaba a su lado: «Hermano, pidamos a Dios; digamos el Miserere». El hermano respondió que le incomodaría: «En efecto, respondió, el médico me lo ha recetado, pedid pues a Dios por mí«. Enseguida comenzó a producir actos, diciendo que no podía por menos y que le hacía bien. Tras la cena, vinieron a decirme que estaba muy mal y que parecía entrar en la agonía. Me presenté, por no poder el Sr. d’Horgny prestarle los últimos oficios debido a su indisposición. Las últimas palabras que me dijo fueron que le recomendara a las oraciones de la Compañía. A continuación pronunció tres veces el santo nombre de Jesús, dijo un acto de contrición, besó el crucifijo con amor y dijo estas palabras de san Pablo: Mihi vivere Christus est et mori lucrum, Christo confixus sum cruci. Fueron sus últimas palabras. Hicimos las recomendaciones del alma, que ya se le habían leído y a las cuales había respondido. Le leyeron la pasión de nuestro Señor; toda la compañía se juntó; hicimos el examen general al pie de su lecho, y cuando llegamos al De profundis,  expiró. Recitamos el Subvenite.

Así fue, Señor, como este buen hijo ha entregado el alma, adornada con todas las virtudes cristianas y eclesiásticas, enriquecida con gracias y bendiciones, despojada de todas las falsas máximas del mundo, conforme, en una palabra, a la imagen del Hijo de Dios, con lo que no nos cabe la duda de que goza de la gloria a la que aspiramos. La pérdida de un súbdito tan bueno me es sensible y me ha costado lágrimas como si fuera mi propio hermano; pero me siento consolado y fortalecido por las seguridades más que morales que nos ha dado de su salvación, y por la confianza que nos será más útil en el cielo que en la tierra, y no me queda más que pedir al Señor que me dé la gracia de aprovecharme de un tan raro ejemplo de virtud.

Trad. Máximo Agustín

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