Análisis Hermenéutico de Tres Conferencias de San Vicente de Paúl y su Actualidad en la Situación de Pobreza en Centro América (7)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Julio Adolfo Castellanos · Year of first publication: 1997 · Source: Facultad de Humanidades de la Universidad Rafael Landívar, Guatemala.

Tesis de licenciatura de Julio Adolfo Castellanos, al conferirsele el Título de Letras y Filosofía en el Grado de Licenciando en Guatemala, Octubre de 1997, Universidad Rafael Landívar Facultad de Humanidades Departamento de Letras y Filosofía. Tesis presentada al Consejo de la Facultad de Humanidades de la Universidad Rafael Landívar. Por su extensión se presenta en varias entradas.


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IV.3 Conferencia del 13 de Diciembre de 1658

SOBRE LOS MIEMBROS DE LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN Y SUS OCUPACIONES

El padre Vicente explica el primer capítulo de las Reglas Comunes. La Compañía está compuesta de eclesiásticos y de laicos. Funciones propias de cada uno y deberes recíprocos. Medios para llegar a este fin.

III.3.1 Texto y Comentario

Esta conferencia se presenta una semana después a la conferencia sobre los Deberes Propios de la Congregación de la Misión, como un seguimiento al ciclo de conferencias sobre las Reglas Comunes. En éste caso no se referirá a las acciones, sino sobre todo a las personas que conforman la Congregación de la Misión.

Hermanos míos, seguiremos esta tarde con el tema de nuestras reglas y terminaremos con el capítulo primero, que contiene tres artículos. El viernes pasado hablamos del primero, y esta tarde hablaremos del segundo y del tercero. Esto es lo que dicen: «Esta congregación está compuesta de eclesiásticos y de laicos. La ocupación de los eclesiásticos consiste en ir por las aldeas y los pueblos pequeños, a imitación de nuestro Señor y de sus discípulos, partiendo el pan de la palabra de Dios a los pequeños, predicando y catequizando; exhortarles a que hagan confesión general de toda su vida pasada y escucharles en el tribunal de la penitencia; arreglar las diferencias y discordias; establecer la cofradía de la caridad; dirigir los seminarios erigidos en nuestras casas para los externos y enseñar en ellos; dar los ejercicios espirituales; tener y dirigir las conferencias introducidas entre nosotros para otros eclesiásticos de fuera; y otras funciones semejantes que sean de utilidad y estén conformes con nuestro instituto.

Y en cuanto a los laicos, su ocupación consiste en ayudar a los eclesiásticos en todos estos ministerios, haciendo el oficio de Marta, según se lo prescriba el superior, pero además contribuyendo a ello con sus oraciones, lágrimas, mortificaciones y buenos ejemplos.

Y para que esta congregación llegue, mediante la gracia de Dios, al fin que se ha propuesto, tiene que hacer todo lo posible por revestirse del espíritu de Jesucristo, tal como aparece principalmente en las máximas evangélicas, en su pobreza, su castidad, su obediencia, su caridad con los enfermos, su modestia, su manera de vivir y de obrar que luego prescribió a sus discípulos, su conversión, sus ejercicios diarios de piedad, sus misiones y sus ocupaciones para con los pueblos. Todas estas cosas están contenidas en los siguientes capítulos».

Esta es la segunda parte de las Reglas Comunes elaboradas por Vicente de Paúl, luego de varios años al servicio de los pobres, para que las futuras generaciones pudieran comprender el espíritu propio del carisma Vicentino.

Sobre el primero de estos dos últimos artículos diremos quiénes son los que componen esta Compañía y cuáles son sus ocupaciones para llegar al fin que se ha propuesto. Esta Compañía ha sido suscitada por Dios en la tierra, en estos tiempos, para trabajar por su propia perfección, por la salvación de los pueblos del campo y por el progreso del estado eclesiástico en la ciencia y la virtud.

Recordando que el fin propuesto es el Servicio a los pobres, por medio de la perfección personal y la formación al Clero. Lo que quedó expuesto en el texto pasado.

Y sobre el segundo punto, hablaremos del medio para practicar bien todo esto, que no es otro que revestirnos del espíritu de Jesucristo,1 tal como se indica en este artículo. ¡Pobre Compañía! ¡Pobre Compañía que, sin ese espíritu, no es más que un cuerpo sin alma!

Es importante ver como Vicente de Paúl, propone el ejemplo propio de su época sobre la dualidad entre alma y cuerpo, entendiendo que un cuerpo sin alma, es un cuerpo muerto. Es en esta concepción dualista de la persona, en que se estima al alma como aquello que infunde vida y coloca la originalidad de la persona frente al resto de los seres del reino animal. Así Vicente considera que el tener personal, una organización, un local, pero sin revestirse del espíritu de Jesús, es como un muerto, sin el alma que le anima a realizar sus actividades.

Así pues, nos dice la regla que la Compañía tiene que estar compuesta de dos clases de personas: primero, los eclesiásticos, como son los sacerdotes, los ordenados in sacris, y los que tengan las órdenes menores o que, por estar aún en el seminario, están esperando recibirlas; y en segundo lugar, los laicos, que no tienen ninguna orden ni lo pretenden. Y que tanto los unos como los otros, aunque de forma diferente, trabajarán por la salvación de las pobres gentes del campo y por el progreso del estado eclesiástico en la piedad y en la ciencia.

Vicente habla de dos clases de personas, pero siempre reconoce que la diferencia está en el tipo de trabajo que realizan, porque lo más importante es llegar a sentir que todos son hermanos de la misma comunidad de la Congregación de la Misión.

Así pues, se pregunta cómo los eclesiásticos y los laicos pueden dedicarse al fin propuesto en relación con el pobre pueblo y con el Clero; esto se lleva a cabo mediante los ejercicios de las misiones y la dirección de los seminarios, de los ejercitantes, etcétera; pues parece que hay alguna dificultad en decir que los hermanos se dedican a la salvación de los pueblos del campo y a la instrucción de los eclesiásticos, ya que ni catequizan, ni predican, ni tienen carácter ni capacidad para estas funciones; entonces ¿cómo pueden contribuir a ello? Sin embargo, es cierto, hermanos míos, que en cierto sentido sí que lo hacen. Ayudan en estas ocupaciones, aunque no prediquen, ni enseñen, ni dirijan; y esta regla dice la verdad cuando dice que contribuyen a ello, no del modo en que lo hacen los eclesiásticos, pública e inmediatamente, sino a su modo, ayudando a los que efectivamente enseñan, exhortan y administran sacramentos, etcétera; cooperan a todo eso de la misma forma que Marta, ya que esta santa se cuidaba de preparar la comida de nuestros Señor y de atender a su alojamiento2. Van a la misión para aliviar a los sacerdotes que trabajan por ganar las almas para Dios, para que éstos puedan dedicarse a este santo ejercicio sin verse distraídos por sus propias necesidades corporales; por eso, es verdad que nuestros hermanos ayudan a instruir a los pueblos, a procurar que se confiesen y se reconcilien entre sí y que se establezca inmediatamente la cofradía de la caridad, de la misma manera con que los miembros inferiores cooperan con los superiores para que el cuerpo desempeñe sus funciones.

Aquí Vicente propone el ejemplo de las atenciones que brindaba Marta, la hermana de María, a Jesús y quién al ocuparse de los oficios domésticos también ayudaba a la evangelización. Vicente en su visión clerical coloca la visión de los sacerdotes por encima y con más responsabilidad que la de los laicos, pero el simple hecho de tomar en cuenta a laicos ya es bastante para su época.

Las operaciones del espíritu no se realizan ni mucho menos por medio del espíritu solamente; también ayudan a ello el estómago, el hígado, los pulmones que sirven al entendimiento a la recta razón y a las demás facultades intelectuales. Un cadáver no puede realizar las funciones de un hombre vivo, ya que está privado de esas partes que constituyen la sangre y la respiración, principios de vida; pero en un cuerpo animado, en una persona racional, existe cierta concavidad en la cabeza, por donde los espíritus circulan, se forman imágenes y se produce el razonamiento por medio de las partes inferiores, que envían sus vapores al cerebro, para ayudarle a ello.

Luego apela a otro ejemplo, comparando a la Iglesia con un cuerpo, pero de manera diferente a la propuesta de San Pablo en Corintios, porque aquí Vicente crea un ambiente de conformismo, en donde el estómago no puede aspirar a pulmón, por lo tanto se debe quedar en su lugar y conformarse con el puesto que se le ha asignado. Por otro lado vuelve hablar del espíritu, que si llega a faltar la Compañía será como un muerto, a quien le falta vida, porque el espíritu de Jesús se encontrará ausente. Por eso es importante que los Hermanos Coadjutores sean también animadores de la comunidad y que sientan el espíritu de Jesucristo evangelizador de los pobres, que es precisamente lo que impulsa la vida de la Congregación de la Misión.

De la misma manera, los hermanos, que son los miembros inferiores de ese cuerpo de la Compañía3, concurren con sus trabajos corporales a las operaciones espirituales de los sacerdotes y a la conversión del mundo; contribuyen a darles a los hombres el conocimiento de Dios, la fe, a excitarles a la penitencia, a administrarles los sacramentos y a hacerlos capaces de la vida eterna; a todo eso no podrían dedicarse los sacerdotes sin la ayuda que reciben de los hermanos.

Aquí se habla de los hermanos como miembros inferiores, pero con igualdad de participar de los objetivos de la Congregación, que es lo más distintivo de la Compañía. Además lo importante como aspiración última de todo cristiano, no es tener el don del sacerdocio, sino según las enseñanzas de Francisco de Sales, es el de aspirar a los grandes goces de la vida eterna.

Esto hace ver la comunión que hay en la Iglesia y en las comunidades, en donde todos buscan el mismo fin, donde cada uno contribuye a su consecución, aunque de diversas formas, donde los unos trabajan por los otros. Esto fue lo que hizo decir al real profeta:

Participes ego sum omnium timentium te et custodietium mondata tua;4 yo participo de todas las obras buenas que hacen los que te temen y guardan tus mandamientos ¿De qué manera? De la misma forma con que, en una sociedad comercial, cada uno de los asociados se aprovecha según el dinero que ha invertido.

Vicente de Paúl propone otro ejemplo al final el cual no desarrolla, pero es una muestra de la situación social que emergía en el siglo XVII en Francia, sociedad que estaba dejando la época de feudalismo medieval, para ingresar dentro de los cambios económicos posteriores al renacimiento italiano. Vicente habla del sentido de la sociedad comercial, que invierte y recibe ganancia de acuerdo a lo que ha invertido. Por lo tanto pide de que la unidad de la Iglesia, sea fuerte, como lo hacen las empresas grandes que unidas buscan un fin y que ese fin es una ganancia, en este caso es la ganancia del Reino, pero en comunidad.

Todos hemos traído a la Compañía la resolución de vivir y de morir en ella; hemos traído todo lo que somos, el cuerpo, el alma, la voluntad, la capacidad, la destreza y todo lo demás. ¿Para qué? Para hacer lo que hizo Jesús, para salvar al mundo. ¿Cómo? Por medio de esta vinculación que hay entre nosotros y del ofrecimiento que hemos hecho de vivir y de morir en esta sociedad y de darle todo lo que somos y todo lo que hacemos; de aquí proviene que esta comunión entre los misioneros hace que sean también comunes todos los beneficios, ya que todos concurren con éxito, de modo que los sacerdotes no logran ellos solos las conversiones, sino que también contribuyen los hermanos, según la regla, por sus oraciones, sus ocupaciones y sus lágrimas, sus mortificaciones y sus buenos ejemplos. El músico que toca el órgano, no lo toca él solo, sino que le ayuda otro que da aire al órgano; es verdad que éste último no lo toca, sino el músico; pero, al dar aire, contribuye a la armonía; y sin él, el otro no haría mas que mover los dedos, sin lograr ningún sonido.

Vicente de Paúl recalca la importancia del compromiso de los votos para toda la vida, con el firme propósito de vivir y morir en la Congregación. Luego habla de que los hermanos no solamente hacen un trabajo manual, sino que sus contribuciones por medio de la oración y del don de lágrimas, es valiosísimo para el trabajo misionero, aunque no puedan administrar sacramentos. Esta unidad de trabajo, lo ilustra con el ejemplo de un órgano antiguo, en el que es necesaria una persona para soplar y darle aire al instrumento, luego el músico aprieta las teclas necesarias para producir música, pero sin la ayuda del auxiliar no suena el instrumento.

De la misma manera, tanto si los hermanos sirven a los que trabajan en el Evangelio, como si rezan por la conversión de las personas, o hacen penitencia, o lloran y edifican a los demás para la santificación de los eclesiásticos y de los pueblos, puede decirse que son participantes y cooperadores del bien que se hace en las misiones, los seminarios, las ordenaciones, los retiros y todo lo demás.

Los Hermanos Coadjutores, son por lo tanto los mayores cooperadores de la obra misionera. Son un brazo derecho en la obra de servicio a los más necesitados, por medio de diferentes actividades. Llama la atención la importancia que Vicente de Paúl propone para los que con sus lágrimas logran una oración tan fuerte como la penitencia. La oración por lo tanto regada de llanto y penitencia es una de las bases fundamentales del ser partícipe y cooperador de la obra que los eclesiásticos emprenden por la evangelización de los pobres y la formación del Clero.

Bien, hermanos míos. Ustedes no son obreros inmediatos, como los sacerdotes, que han recibido carácter para conciliar a las almas con Dios y para celebrar los santos misterios; Dios no quiere recibir las hostias por sus manos; y si alguno se empeña en sacrificar, como Saúl,5 ¡Dios mío! ¡qué sacrilegio!; y si otro quisiera ofrecer incienso,6 como Ozías, ¡qué crimen! Saúl y Ozías eran Reyes, estaban ungidos; pero uno de ellos fue castigado con la lepra y, por haber puesto las manos en el incensario y el otro fue reprobado por haber usurpado el oficio de sacrificador. Los dos perdieron sus reinos, y Samuel, al reprender a Saúl por temeridad, le anunció las desgracias que caerían sobre él, y que fueron muy grandes, ya que Dios, tras haberlo maldecido, permitió que se matara él mismo lleno de desesperación.7

Siempre hace la diferencia de no ser obreros de primer orden, sino de un plano secundario. Y les pide a los hermanos mantenerse en ese puesto, porque quienes quisieron transgredir los límites de su jerarquía han sido duramente castigados en el Antiguo Testamento (Saúl y Ozías). Por eso para Vicente el hermano debe mantener su puesto. Es importante recordar que es una época con una participación laical casi nula.

Pues bien, si el Espíritu Santo atribuye todos estos castigos a la presunción de estos Reyes, que creían obrar bien, piensen, hermanos míos, cuán elevado será el oficio de los eclesiásticos por encima de las demás dignidades de la tierra, incluso de la realeza, y cómo tienen que concebir un alto aprecio de los sacerdotes, cuyo carácter es una participación del sacerdocio eterno del Hijo de Dios, que les ha dado el poder de sacrificar su propio cuerpo y de darlo en alimento, para que los que coman de él vivan eternamente.8

Vicente de Paúl comparte la visión propia de su tiempo, con respecto a la dignidad sacerdotal. Aquí eleva grandemente el oficio de los eclesiásticos, incluso como la mayor de las dignidades que se puedan recibir en la tierra, por tener la potestad de convertir el pan y vino en cuerpo y sangre de Jesucristo. Incluso llega a decir que la dignidad sacerdotal es mucho más grande que la del Rey, pero eso también muestra el sentido de que siendo los sacerdotes portadores de tan alta dignidad, también deben de ser humildes, a ejemplo de Jesús, que siendo Rey del universo se anonada y se hace un pequeño indefenso que nace en el portal de Belén. Lo que advierte fuertemente en el siguiente párrafo.

Ciertamente, debido al honor que han recibido de su divina Majestad, tienen que honrarlos mucho, aun cuando hayan sido llamados a contribuir con ellos a la salvación de las almas, no ya haciendo lo mismo que ellos, sino según lo que indica la regla, de la forma que el superior ordene, fíjense bien, de la forma que el superior lo ordene. Hay que llegar hasta ahí, pero nada más. Tienen que dar gracias a Dios por encontrarnos en esta situación de poder contribuir a los designios que tiene Jesucristo sobre la Compañía. ¡Dichosos ustedes, que se encuentran en un estado que, aunque sea menor, es más seguro! Por eso han de alabar a Dios porque pueden ayudar al prójimo de la forma que la obediencia les señale, sin peligro de vanidad, ya que no pueden ver ese bien que hacen, que de ordinario es atribuido a los sacerdotes, aunque quizás ustedes hayan contribuido más que ellos al fruto de sus acciones públicas por medio de las suyas, secretas y particulares.

Aquí también Vicente hace ver que esa alta dignidad también lleva sus responsabilidades, porque hay peligros de caer en la vanidad y no practicar la humildad; porque el sacerdote contrae un fuerte compromiso de un testimonio evangelizador y por muy alta que sea su dignidad debe estar dispuesto a servir a los demás.

Vicente hace un llamado a que se respeten las directrices del superior, ya que es indispensable para el misionero su disposición a la obediencia. Además hace ver a los hermanos que su estado eclesiástico es menor que el de los sacerdotes, pero no por eso dejan de contribuir a la evangelización, ya que puede ser que algunas acciones que no son del conocimiento público, sean básicas para la construcción del Reino de Dios.

Otro motivo que tienen, hermanos míos, para dar gracias a Dios, es que han sido llamados a una Compañía, en la que cada uno tiene por finalidad su propia perfección. Así pues, están aquí para trabajar por la suya. ¡Qué gracia! ¡Cuánto motivo para humillarnos! En esto pueden ustedes llevar la virtud tan adelante como los sacerdotes. Y si trabajan fielmente en la adquisición de las virtudes, se podrá decir con razón que están en un estado perfecto. Y si hay un sacerdote que trabaja en ello de una forma ruin, como yo, que soy un miserable pecador, habrá que confesar que serán mucho más perfectos que él, aunque sea anciano, aunque sea superior. ¿Por qué todo esto? Porque no es la dignidad ni la edad lo que hace que el hombre merezca, sino las obras, que lo hacen semejante a nuestro Señor. Por ellas es por lo que se perfecciona; es la práctica de las virtudes lo que le salva. Eso es lo que se aprecia en el Evangelio del juicio, donde se dice que nuestro Señor pondrá a su derecha a los que hayan trabajado en las virtudes, especialmente en la virtud de la caridad, y que solamente ellos entrarán en el reino de los cielos9. Por tanto, la práctica de las virtudes es lo que nos liga a su amor, y es su amor lo que les lleva a hacer nuevos actos de virtud.

Presenta Vicente de Paúl, una idea muy salesiana, en donde lo importante lo constituye la posibilidad de la propia perfección, puerta que abre la Congregación de la Misión a los Hermanos Coadjutores. Así en el Juicio final no se hará distinción según los cargos dentro de la Iglesia, sino que lo más valioso es la virtud desarrollada. Porque ¿de que le sirve a un miembro de la Congregación, ser un sacerdote si es una persona que no evangeliza con su testimonio?, no está siendo instrumento de Dios, sino que simplemente se sirve del ministerio para elevar su status de vida. Así que la última palabra ante el juicio final será la práctica de la caridad.

Si amasen mucho a Dios, obrarían de ese modo. Pues bien, ustedes pueden amar a Dios tanto como los sacerdotes; y una pobre mujercilla, tanto como los sabios. El buen señor Duval me decía un día: «Padre, los pobres nos disputarán algún día el paraíso y nos lo arrebatarán,10  porque existe una gran diferencia entre su manera de amar a Dios y la nuestra». Su amor se realiza, como el de nuestro Señor, en el sufrimiento, en las humillaciones, en el trabajo y en la conformidad con la voluntad de Dios. Y el nuestro, si es que tenemos alguno, ¿en qué se da a conocer? ¿Qué es lo que hacemos, que lleve el sello de ese verdadero amor?

Vicente de Paúl, que conoce personalmente a André Duval, presenta una idea de este personaje, por sus estudios teológicos fue famoso en la Iglesia de Francia en el Siglo XVII. La idea es sobre la gran riqueza que guarda la gente sencilla y el amor a Dios, quienes entregan todo lo que tienen de ofrenda a ese Dios de amor. Esta es la idea que inspira a Vicente a fundar esa Congregación para los pobres y viviendo como pobres por medio de la sencillez y la humildad. Es el trabajo al que se siente llamado Vicente de Paúl y por el cual dedica su vida, siempre impregnando el sello del amor, un amor desinteresado, sincero y valiente, de entregar todo cuanto se tiene por el bien del más necesitado.

Ya conocen la historia del hermano Gil; es muy conocida. Le decía a san Buenaventura que tenía muchos deseos de amar a Dios. ¡Oh, si yo fuese sabio!, decía, ¡si yo fuese sacerdote como usted! ¡Cómo amaría a Dios! Y cuando aquel santo doctor le dijo que, a pesar de ser hermano, sin estudios y sin órdenes sagradas, podía amar a Dios tanto como los más sabios constituidos en dignidad, y que lo mismo podía hacer cualquier mujercilla, respondió: Entonces, ¿puede un pobre como yo amar a Dios tanto como Buenaventura? -Si -Entonces aquel hermano, lleno de alegría se puso a gritar: «¡Animo, todos los que me escuchan! ¡Animo! ¡Pueden amar a nuestro gran Dios lo mismo que nuestro padre Buenaventura!».

Otro ejemplo muy ilustrativo, lo toma de la tradición Franciscana, de un fraile llamado Gil, quién piensa que es necesario ser sacerdote o ser un sabio para alcanzar a Dios, pero que el mismo San Buenaventura le pide que reflexione sobre la verdadera alegría de encontrar a Dios. Así Vicente pone como ejemplo a uno de los máximos doctores de la Iglesia, filósofo y teólogo altamente estimado en la Iglesia Católica, para entender que no es por la sabiduría y el conocimiento de la manera como se accede al Reino de Dios, sino practicándolo y en esto la gente humilde y sencilla tiene mucho que enseñar a los demás.

Así pues, hermanos míos, pueden igualar en esto a los sacerdotes; pero esto hay que entenderlo siempre con la condición de que trabajen en serio en la virtud y en su perfección; pues si no lo hacen, si en vez de perfeccionarse según las reglas se hunden en sus defectos, serán un escándalo a los de dentro y a los de fuera; y entonces, en vez de contribuir a la salvación de las almas, serán en cierto modo un impedimento para ello y, lo que es peor, acabarán perdiendo la suya. Tengan, pues, mucho cuidado, hermanos míos.

Aquí es donde le da el toque profundamente Vicentino, que distingue a la Congregación de la Misión. Porque a diferencia del ejemplo anterior, es más importante la perfección y el servicio a los pobres, que solamente vivir en comunidad. Para Vicente, si alguien falta a su anhelo de perfección es motivo de escándalo, tanto para los que viven en la comunidad, como escándalo entre las personas que siempre tienen los ojos puestos en las acciones de los miembros de comunidades religiosas y de quienes se espera un testimonio cristiano ejemplar. «Pero dirán, ¿qué es lo que hay que hacer para llegar a esa perfección?». Acabo de decirlo: guardar bien sus reglas, pero sobre todo la que recomienda la santa unión y la caridad mutua entre todos nosotros, pero especialmente entre los eclesiásticos y entre ustedes los hermanos, de forma que vivamos siempre juntos en buena inteligencia y perfecta unión, como miembros que componen un mismo cuerpo, aunque sean más nobles unos que otros11. El ejemplo que puse antes de san Pablo nos hace ver esa unión tan hermosa por medio de la que existe entre el cuerpo y sus miembros, en que todos están de acuerdo entre sí, cada uno según su oficio, y sin que haya ninguna envidia de los unos contra los otros. Pues bien, así es como nosotros hemos de estar también unidos; así es, hermanos míos, como han de vivir con los eclesiásticos para poder avanzar en la perfección que su vocación pide de ustedes.

El ejemplo Paulino sobre el cuerpo y la unidad, que se encuentra en la Primera Carta de Corintios 12, es un llamado que Vicente hace para que cada miembro de la Compañía esté dispuesto a desempeñar correctamente su oficio. Ese es el sentido de comunidad, el ser un cuerpo que ante diversas funciones busque un objetivo común por el cual se trabaja. Pide Vicente que la Congregación no sea un cuerpo dislocado, en donde los pies van para un lado y la cabeza se dirige a otra parte, sino que está armónicamente integrado para evangelizar a los pobres, por ser el horizonte hacia el cual avanza la Compañía.

Pero ¿qué medios, se dirá, son necesarios para tener y conservar esta santa unión entre todos nosotros, especialmente entre los sacerdotes y los hermanos?» La estima y el respeto entre los sacerdotes, entre los hermanos, y de unos para con otros. No hemos de tener consideraciones humanas, según la carne, sino mirarnos como criaturas de Dios, que se han entregado a Dios, que han renunciado a todo lo que no es Dios; y, con esta idea, preferirnos en el honor y la bondad unos a otros, según el consejo de san Pablo: Honore invicem praevenientes .12 Esto se ha de entender con la distinción y preparación requeridas; pues sabido es que los Hermanos Coadjutores han de honrar a los sacerdotes más que los sacerdotes a los hermanos. Pues bien, hermanos míos, me preguntarán cómo tienen que honrar a los eclesiásticos; les diré que han de mirarlos como a sus padres13; en efecto, los padres son los que engendran, y eso es lo que hacen los sacerdotes cuando perdonan los pecados y nos ponen en gracia de Dios.

Aquí presenta algo muy propio de su tiempo y es el respeto a la dignidad sacerdotal, porque inclusive se llegaba a rendir gran honor a la figura del sacerdote. Esto es importante situarle dentro de su contexto de las costumbres del siglo XVII, porque el Padre dentro de la comunidad, le está dando la potestad de dirigir la vida de los hermanos, es superior de los Hermanos Coadjutores y Vicente aquí pide crear una relación en comparación con los padres carnales, esto es signo de querer construir una familia dentro de la comunidad.

Por tanto, hermanos míos, tengan mucho cuidado en no querer igualarnos a los sacerdotes; no se midan nunca con ellos, y mucho menos su condición con la de ellos. Hay tanta diferencia como del cielo a la tierra. Ellos han recibido un carácter divino e incomparable, un poder sobre el cuerpo de Jesucristo que admiran los ángeles y la facultad de perdonar los pecados a los hombres, lo cual es para ellos un gran motivo de admiración y de gratitud. ¿Hay alguna cosa más grande, hermanos míos? ¿Hay dignidad parecida? Ellos son sus padres y sus guías en la vida espiritual. Tienen que respetarles y humillarse mucho ante ellos; deben a los sacerdotes un especial respeto y una gran obediencia, especialmente al superior y a los que tienen cargos. Hablo de los «encargados» hermanos míos, que tienen el derecho de mandarles e incluso de ponerles alguna penitencia, aunque por orden del superior, ya que, si lo pueden hacer con los clérigos y hasta con los sacerdotes, mucho más lo podrán hacer con ustedes. Tienen unos padres en la Compañía; trátenlos como tales, con reverencia y sumisión; en presencia de ellos, tienen que descubrirse. No importa que tengan imperfecciones, lo mismo que las tengo yo, miserable de mí, que estoy cubierto de iniquidades; están constituidos en un estado santo y elevado, y por tanto digno, no sólo de respeto y de honor, sino de obediencia, sobre todo el superior y los encargados.

Vicente aquí remarca las diferencias que hay entre los sacerdotes y los hermanos de la Misión. Para Vicente el poder de perdonar los pecados en la confesión, el poder celebrar la eucaristía y presidir los demás sacramentos, coloca al sacerdote por encima del hermano, por lo que el sacerdote puede colocar penitencias, corregir a los hermanos y los hermanos a su vez deben descubrirse la cabeza, rendirles reverencia y en fin una serie de costumbres propias del siglo XVII. Esta constante de Vicente en colocar barreras entre los sacerdotes y los hermanos miembros de la Compañía, responde a necesidades y costumbres de la época.

Hermanos míos, mientras se mantengan en esa sumisión de verdaderos hijos, mientras cumplan con su deber ante los sacerdotes, Dios les bendicirá; pero si tienen la temeridad de igualarse a ellos, que son sus padres, serán semejantes a Satanás, que decía: In caelum conscendam et similis ero Altissimo:14 subiré hasta el cielo y seré semejante al Omnipotente. Cuando un laico se quiere igualar con los eclesiásticos es como si quisiera elevarse igual que el demonio. El hermano que desea igualarse con un sacerdote, al que Dios ha forjado según su corazón, es un demonio15.

Hermanos míos, pongan cuidado en esto; acuérdense de que, si quieren juzgarlo todo, mezclarse en los asuntos y obrar a su capricho, decaerán del espíritu de Dios; y si alguno cae en esta desgracia, ya no será un hermano de la Misión, sino un esqueleto que dará horror. Eso es lo que tienen que hacer los hermanos con los sacerdotes.

Vicente coloca el mismo ejemplo de la misma tentación que llevo a Satanás para ser expulsado del grupo de ángeles, y era la inquietud del siervo en igualarse al amo. Por eso para Vicente constituye un grave peligro el querer igualarse y pide a los hermanos mantener la humildad ante todas las cosas. Por lo tanto deja en un lugar privilegiado a los sacerdotes y coloca por debajo a la figura del hermano coadjutor. Es importante recalcar que Vicente vive en una época en la que la sociedad coloca puestos que difícilmente pueden ser rebasados, como por ejemplo la autoridad del Rey quien hereda su cargo. Esta es la visión de Vicente, pero no quiere decir que necesariamente se deban aplicar los mismos parámetros a la época actual.

Pero ¿qué es lo que deben hacer los sacerdotes con los hermanos? Les deben amar como a hijos, aunque los traten como hermanos; deben ser además tolerantes y condescendientes con ellos, y compasivos con sus debilidades; si, padres, deben amar a los hermanos franca y sinceramente; tienen que condescender con ellos y compadecer sus debilidades. Y ésta es la manera de conservar a la Compañía en esta santa unión: que nuestros hermanos sean respetuosos y obedientes y que los eclesiásticos tengan siempre un verdadero amor y mucha paciencia con nuestros hermanos.

La actitud que pide Vicente de los sacerdotes ante los hermanos es paternal, ya que recalca lo importante que es el amor hacia quienes le sirven. Por eso Vicente recuerda que en una familia se debe tener mucho amor entre los miembros, para que el hogar pueda marchar en unidad y armonía. Así los sacerdotes deben entender a los hermanos y no aprovecharse de la ventajas que le brinda el ser eclesiásticos, respetando así a la persona que ayuda incansablemente en la obra de la misión.

Pero ¿cómo podremos conservar esta unión entre los sacerdotes, los clérigos y los hermanos, la unión entre todos nosotros? ¿cómo? Gracias a Dios, actualmente existe esta unión. ¿Qué podemos hacer para no romper nunca este amable y deseable vínculo de la caridad? Voy a hablar ahora en forma resumida de ello y le diré a la Compañía que el otro día hablamos de un buen medio para ello; la manera de que contribuyan todos a ello es que practiquen los medios que unen los corazones, como son los que acabamos de decir, a saber, la estima, el respeto y la diferencia de unos con otros y, para ello, combatir incesantemente los vicios contrarios, sobre todo el de la murmuración y hablar de ello con frecuencia en nuestras conferencias, como lo hicimos últimamente al hablar de la murmuración, vicio que es la fuente de la división y el veneno de las comunidades. Por tanto, si queremos conservar esta unión, hay que desterrar necesariamente de la Compañía este maldito vicio. Es cierto que, por la gracia de Dios, ya le han dado caza, de forma que ya no se nota, o casi no se nota; pero hay que poner cuidado en que no vuelva, y para eso ser fieles en practicar los medios que hemos decidido emplear. Fíjense, hermanos míos, si nos portamos bien en esto, estén seguros de que estamos en el camino, no sólo de mantener esta unión, sino de nuestra misma perfección. Dios bendicirá a esta Compañía, aunque compuesta de unos cualesquiera , de pobres hombres en su mayoría. Esperemos que servirá a Dios por amor a Dios mismo, como ese tañedor de laúd del que hablaba ayer la lectura del comedor que, por ser sordo, sólo podía complacerse en su hermosa armonía al ver cómo agradaba al príncipe que lo escuchaba. Esperemos, pues, que su divina misericordia, de una forma que no podemos comprender, cuando no haya entre nosotros críticas ni maledicencias, establecerá este medio para mantener a la Compañía en el camino de la perfección, para que progresen en él los sacerdotes y los hermanos.

Aquí Vicente de Paúl toca un punto básico, esencial, claro en todo su contenido y es el gran defecto de la crítica por detrás de la persona, practica en la cual «se tira la piedra y se esconde la mano». Para Vicente es el peor veneno para mantener un espíritu fraterno. Porque no hay peor cosa que hablar de la persona sobre sus errores y no tener la capacidad de decirle frente a frente dichas críticas. Además las críticas se pueden ir acrecentando, convirtiéndose en calumnias, lo que desacredita a las personas y posiblemente la información se dijo sin ningún fundamento y que sean mentiras para desacreditar al cohermano (hermano de comunidad).

¡Benditas reglas, que expulsan de la Compañía este defecto tan contrario a nuestros progresos en la virtud! Si a veces, por fragilidad humana, faltamos en esto, el remedio consiste en ponerse enseguida de rodillas y pedir perdón a Dios y a la Compañía. Gracias a Dios, hay algunos que así lo practican; esto contribuye, y no poco, a que nos enmendemos de estos dos vicios; y me parece que noto esta enmienda. Tal es el segundo medio que conservará a la Compañía en el espíritu de la regla.

Así que es obligación de todos los miembros evitarse de las habladurías y de pedir perdón, de rodillas, por el mal, que causa el poder de la lengua. Que como dice Santiago, «la lengua es el timón del barco» y si dentro de una comunidad de vida fraterna se hiere a otra persona con la lengua, es deber de los miembros que afectaron, el pedir perdón por el mal ocasionado. Muchas veces se daña más con la lengua que con otras acciones, por lo que espera Vicente que dicho vicio de la mentira y la difamación sea desterrada de la Congregación de la Misión.

Finalmente, para decirlo con brevedad, un medio soberano para mantenernos en esta unión es la humildad. Si hacemos la anatomía de las antipatías y disensiones, veremos que todo proviene de la envidia. Uno tiene éxito en la predicación o en sus tareas, se complace en ello y se pone a presumir, a enorgullecerse. ¿Qué pasa entonces? Se le desprecia, se le humilla, no se puede soportar a un hombre que se eleva sobre los demás; he aquí un motivo de división. Lo contrario, pues, será fuente de paz y de unión, a saber, humillarse, querer que se sepa que somos los peores, y, si nos parece que hemos tenido éxito, reconocer enseguida nuestra impotencia para el bien y nuestra inclinación al mal, por la experiencia de nuestros propios defectos. Fácilmente podremos encontrar muchas faltas en nosotros mismos, para convencernos de que estamos engañados, de que sólo somos capaces de estropearlo todo, y así seremos miserables a nuestros propios ojos y querremos efectivamente ser despreciados. Si tenemos buena opinión y buenos sentimientos, que sea para el prójimo y no para nosotros; que los sacerdotes antiguos atribuyan a los otros la estima y el éxito; que los clérigos se consideren por debajo de los demás, y que los hermanos se sujeten al más inferior, según el consejo del príncipe de los apóstoles: «Sométanse a toda criatura por amor de Dios»16. Y entonces no habrá nada tan amable y tan bien ordenado.

Vicente señala dos grandes males que pueden ser motivo de pecado dentro de la comunidad. Uno de ellos es la envidia, porque cuando se envidia hay peligro de caer en el rencor, en desear lo que no se posee y en pensar en ser mejor o más que otro cohermano. Por otro lado también se encuentra la vanagloria, lo que es motivo de envidia para los demás miembros de la comunidad, por lo tanto peca de falta de humildad y además invita a los miembros de la Congregación a pecar de envidia.

Por eso Vicente propone la constante autocrítica y la disposición de someterse a la corrección fraterna, siempre y cuando se encuentre un ambiente de verdadero amor fraternal.

Podría decir otras muchas cosas sobre este tema, pero creo que habrá bastantes para hacerles ver la importancia que tiene el que los sacerdotes y los hermanos estén muy unidos entre sí por una verdadera caridad, de la forma que acabamos de decir, si quieren cooperar útil y meritoriamente con los sacerdotes en la salvación de las almas por los medios que ordena la regla. Me he extendido demasiado sobre este punto, porque creo que es muy importante.

Aquí Vicente recalca el valor de la unidad, como medio para encontrar la salvación, porque un alma no se salva de manera aislada, sino que siempre por medio de la comunidad en la que practica las virtudes especialmente la de la caridad. Si la persona dice amar, pero no tiene capacidad de cooperar y de vivir en unidad, se queda en discursos, es imprescindible el poder practicar la caridad con las personas más cercanas.

Pasemos ahora al segundo punto, que no será largo, y veamos cuál es el medio que nos indica la regla para llegar al fin propuesto; leamos las palabras exactas de este artículo: «Y para que esta congregación llegue, mediante la gracia de Dios, al fin que se ha propuesto, tiene que hacer todo lo posible por revestirse del espíritu de Jesucristo, etcétera». Hemos dicho que tanto los hermanos como los sacerdotes están igualmente obligados a trabajar en su propia perfección; pero en lo referente a la salvación de los pobres y al progreso de los eclesiásticos, ya no es lo mismo, puesto que lo propio de los sacerdotes es predicar , catequizar, trabajar en las avenencias, en la fundación de la cofradía de la caridad, en el servicio de los seminarios, ordenaciones y las otras ocupaciones con el prójimo. Esto es evidente. Pero la tarea de los hermanos consiste solamente en proporcionarles la manera de que se dediquen a estas cosas, haciendo el oficio de Marta17 y contribuyendo a ello con los demás medios que hemos detallado.

El punto que toca en esta parte se refiere a la importancia que tienen los miembros de la Congregación de la Misión de revestirse eficazmente del Espíritu de Jesucristo Evangelizador de los Pobres. El estar en esta sintonía con Jesucristo, invita a la perfección, a catequizar, a predicar, enseñar a los nuevos sacerdotes y a fundar cofradías de la caridad. Así ese Espíritu de Jesucristo que relata Lucas 4, 18, es el que guía a la Congregación de la Misión a realizar obras concretas por el bien al prójimo. Siempre en distinción de las obras propias de los eclesiásticos y el servicio material que prestan los hermanos, a ejemplo de Marta, quien realiza los oficios domésticos mientras su hermana escucha las palabras de Jesús.

Así pues, la regla dice que, para hacer esto, lo mismo que para tender a la perfección, hay que revestirse del espíritu de Jesucristo. ¡Oh Salvador! ¡Oh padre! ¡Qué negocio tan importante éste de revestirse del espíritu de Jesucristo! Quiere esto decir que, para perfeccionarnos y atender útilmente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos, hemos de esforzarnos en imitar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto significa también que nosotros no podemos nada por nosotros mismos. Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo. Para entenderlo bien, hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo; sus acciones y sus obras están penetradas del espíritu de Dios, de forma que Dios ha suscitado a la Compañía, y lo ven muy bien, para hacer lo mismo. Ella siempre ha apreciado las máximas cristianas y ha deseado revestirse del espíritu del Evangelio, para vivir y para obrar como vivió nuestro Señor y para hacer que su espíritu se muestre en toda la Compañía y en cada uno de los misioneros, en todas sus obras en general y en cada una en particular.

El llenarse del Espíritu de Jesucristo conlleva una gran cantidad de responsabilidades, las cuales se comparten con todos los cristianos, pero que dentro de la Congregación de la Misión, ha suscitado un especial servicio a los pobres y el sentido de perfeccionarse para servir en comunidad. Vicente propone un ejercicio práctico y es que en cada momento y en cada ocasión llegar hacer un esfuerzo para poder pensar en: ¿Cómo actuaría Jesús en mi lugar?

Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? Cuando se dice: «El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras»18, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Si, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu.

Vicente hace una referencia importante a la persona de la Santísima Trinidad que ha sido olvidado a través de los siglos; el Espíritu Santo. Espíritu que concede dones espirituales de piedad, temor de Dios, ciencia, fortaleza y otros, los cuales derrama a todos los cristianos, para disponer a los mismos a aceptar fielmente el mensaje de Jesucristo. Así Vicente acepta que la búsqueda del perfeccionamiento es algo indispensable, pero que se va gestando en la medida de las posibilidades de la persona en poder aceptar al Espíritu que animó a Jesús.

Pero ¿qué es el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesantemente. Jesucristo tenía de él una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas que había en su sagrada persona y en todo lo que hacía; se lo atribuía todo a él; no quería decir que fuera suya su doctrina, sino que la refería a su Padre: Doctrina mea non est mea, sed ejus qui misit me Patris.19 ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor y principio de todo el bien que hay en él? Y su amor, ¿cómo era? ¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Padre! ¿Podía acaso tener un amor más grande, hermanos míos, que anonadarse por él? Pues san Pablo, al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, dice que se anonadó.20 ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo?21 ¡Oh, amor de mi Salvador! ¡Oh, amor! ¡Tú eras incomprensiblemente más grande que cuanto los ángeles pudieron comprender y comprenderán jamás!

Aquí hace una clara referencia a la unidad Trinitaria, porque hace alusión a la doctrina de Dios Padre, como autor y principio del bien y de la vida. Luego comparte la reflexión del nacimiento de Jesús, quién siendo Dios, «se hace nada»22, por amor a la humanidad. Además el Hijo de Dios entrega su vida y muere en la cruz y aunque incomprendido realiza dichos actos por amor.

Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oraciones amor, y todas sus operaciones exteriores e interiores no eran más que actos repetidos de su amor. Su amor le dio un gran desprecio del mundo, desprecio del espíritu del mundo, desprecio de los bienes, desprecio de los placeres y desprecio de los honores.

Esa es la fuerza que mueve a Jesús, el amor. Amor que lleva al extremo, que desprecia el plan de los placeres y los honores, escogiendo el camino de la cruz, de la humillación y el sufrimiento. Porque para Jesús el amor necesita de sacrificios. Eso coincide con las reglas de la Congregación de la Misión y con las virtudes que Vicente inculca en sus miembros pidiéndoles la constante humillación de los mismos, por medio del desprecio total a los placeres y los honores que ofrece el mundo.

He aquí una descripción del espíritu de nuestro Señor, del que hemos de revestirnos, que consiste, en una palabra, en tener siempre una gran estima y un gran amor de Dios. Jesucristo estaba tan lleno de él que no hacia nada por sí mismo ni por buscar su satisfacción: Quae placita sunt ei, facio semper23;hago siempre la voluntad de mi Padre; hago siempre las acciones y las obras que le agradan. Y lo mismo que el Hijo eterno despreciaba el mundo, los bienes, los placeres y los honores, por ser ésa la voluntad del Padre, también nosotros entraremos en su espíritu despreciando todo eso como él.

Para Vicente el Espíritu de Jesucristo es estar en armonía con el Padre y con el Espíritu Santo, lo cual guiaba todas sus acciones y le ayudó a despreciar los bienes y placeres que el mundo le ofrecía. Para Vicente esta actitud es parte del constante buscar el Espíritu de Jesucristo, porque siempre fue el último y el servidor de los demás.

Así pues, hermanos míos, hemos de trabajar en la estima de Dios y procurar concebir un aprecio de él muy grande. ¡Oh, hermanos míos! Si tuviésemos una vista tan sutil que penetrásemos un poco en lo infinito de su excelencia, ¡Oh Dios mío, oh hermanos míos qué sentimientos tan altos sacaríamos! Diríamos, como san Pablo, que ni los ojos vieron, ni los oídos oyeron, ni el espíritu comprendió nada semejante24. Es un abismo de dulzura, un ser soberano y eternamente glorioso, un bien infinito que abarca todos los bienes; todo es allí inabarcable. Pues bien, el conocimiento que de él tenemos, y que está por encima de todo entendimiento, debe bastarnos para apreciarlo infinitamente. Y este aprecio tiene que hacernos anonadar en su presencia y hacernos hablar de su suprema majestad con un gran sentimiento de humildad, de reverencia y de sumisión; y a medida que lo vayamos apreciando, lo amaremos más; y ese aprecio y ese amor nos darán un deseo continuo de cumplir siempre su santa voluntad, un cuidadoso esmero por no hacer nada en contra suya y un gran alojamiento de las cosas de la tierra, despreciando todos sus bienes.

Para Vicente no es tan importante el conocimiento teórico de las bondades de Jesucristo, es siempre más importante la práctica que se hagan de sus enseñanzas. Por eso parte del sentido de que amor, significa sumisión y reverencia en cumplir la voluntad que dicta Jesús. Por lo tanto lo más importante de los miembros de la Congregación de la Misión es cumplir a cabalidad con los oficios que se le han designado, sin pensar nunca en atesorar bienes o desear dignidades y puestos grandes en la jerarquía eclesiástica. Por eso para Vicente lo más importante es amar y apreciar a las cosas según su verdadero valor para alcanzar la vida eterna.

Dios mío, conserva en nuestros corazones una santa aversión de los bienes y placeres perecederos, que no los busquemos nunca y evitemos con cuidado las propias satisfacciones en donde la naturaleza se introduce imperceptiblemente, como es el querer que los demás se acomoden a nosotros, que todo nos salga bien, que todo nos sonría. ¡Oh Salvador, enséñanos a poner todo nuestro gusto en tí, a amar lo que tú has amado y complacernos en lo que a tí te complace!

Aquí hace una petición a Dios, para que los miembros de la Congregación eviten toda tentación de buscar acomodarse a los placeres que el mundo ofrece y que se encuentran a la orden del día. Es importante para Vicente que la búsqueda de un misionero siempre esté basada en la profundización de la palabra de Dios.

¡Dios mío!, la necesidad nos obliga a poseer bienes perecederos y a conservar en la Compañía lo que Dios le ha dado; pero hemos de aplicarnos a esos bienes lo mismo que Dios se aplica a producir y a conservar las cosas temporales para ornato del mundo y alimento de sus criaturas, de modo que cuida hasta de un insecto; lo cual no impide sus operaciones interiores, por las que engendra a su Hijo y produce al Espíritu Santo; hace éstas sin dejar aquellas. Así pues, lo mismo que Dios se complace en proporcionar alimento a las plantas, a los animales y a los hombres, también los encargados de este pequeño mundo de la Compañía tienen que atender a las necesidades de los particulares que la componen. No hay más remedio que hacerlo así Dios mío; si no, todo lo que tu providencia les ha dado para su mantenimiento se perdería, tu servicio cesaría y no podríamos ir gratuitamente a evangelizar a los pobres.

Vicente tiene una mente empresarial y sabe que es imposible vivir del aire, sabe que son importantes los bienes materiales para poder servir realmente en las regiones más necesitadas. Pero al mismo tiempo Vicente sabe que Dios nunca desampara, porque si viste a la naturaleza, cuanto más no dará a la humanidad para que pueda sobrevivir. Así que está dualidad se mantiene en tener lo necesario y no aspirar más allá de lo que sirve realmente para la Misión. Además es una propuesta para que se cuide de los bienes de la comunidad, porque el desperdicio de comida, el maltrato a los objetos, la mala administración de los edificios, redunda en un servicio deficiente a los pobres, porque se malgastan recursos que se pueden utilizar en acciones concretas de evangelización.

Permite, pues, Dios mío, que, para seguir trabajando por tu gloria, nos dediquemos a la conservación de lo temporal, pero que esto se haga de forma que nuestro espíritu no se vea contaminado por ello, ni se lesione la justicia, ni se enreden nuestros corazones. Oh Salvador, quita el espíritu de avaricia de la Compañía, dale sólo lo que baste para las necesidades de la vida y mira por ella, Señor, lo mismo que miras por todos los pueblos de la tierra y por los animales más pequeños, con una atención general y particular, sin que esas obras exteriores te aparten un solo instante de esas operaciones eternas y admirablemente fecundas que tienes en tu interior. Que los superiores y encargados de la Compañía hagan lo mismo, dedicándose con vigilancia y esmero a sus tareas, proporcionando a todo el cuerpo y a cada miembro lo que le conviene, sin apartarse de la vida interior y de la unión cordial que deben tener contigo.

Vicente recomienda la necesidad de estar siempre alertas, porque en cualquier momento se puede caer en la tentación que ofrece constantemente el dinero y la posesión de bienes materiales. Por eso Vicente aconseja a los superiores a que vigilen a los miembros de la Congregación en el uso de los bienes materiales.

En cuanto a los honores, Dios mío, líbranos de ese humo del infierno, aleja de nosotros esa ambición condenable que echó a los ángeles del paraíso y que convirtió a los hombres en demonios; ese deseo insaciable de honores que le hace a uno tener una buena opinión de sí, de todo lo que hace, que origina el desprecio a los demás y lleva al soberbio a elevarse como un dragón. Es un monstruo sutil y venenoso, que se cuela por todas partes, y que infecta con su aliento emponzoñado a las almas más recogidas. Ese demonio está siempre rondando alrededor de las comunidades y de las personas que están más cerca de la santidad, intentando devorarlas25; a esas es a las que busca especialmente el demonio, para llenarlas de propia estima y satisfacción y que les vaya costando cada vez más someterse, para reducirlas finalmente a que no sigan más que sus falsas luces, y hacerlas caer luego en algún precipicio. ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia tan grande!

Los honores son para Vicente como la puerta directa al infierno. Ya que una persona vanidosa es como un dragón, que se eleva sobre los demás y que cuela su veneno por todas partes. Esta es una tentación que puede dañar tanto las virtudes de la persona, como la paz dentro de las comunidades. Porque cuando un miembro se siente superior a los demás, se sobrellena de estima y le cuesta atenerse a las normas que el superior le ordena. Además de creerse el mejor, desprecia la dignidad de la persona que comparte en comunidad.

Bien, hermanos míos, esto es lo que tenía que decirles en general sobre el espíritu de Jesucristo; nos queda ahora hablar con mayor detalle sobre lo que dice la regla en concreto; pero, como ha pasado la hora, me contentaré con decirles que esta estima y amor de Dios, y la conformidad con su santa voluntad, y el desprecio del mundo y de nosotros mismos, que hemos de imitar en Jesucristo de revestirnos de su espíritu, no podrá mostrarse mejor en cada uno de nosotros que por medio de la práctica de las virtudes que más brillaron en nuestro Señor, cuando vivió sobre la tierra, esto es, las que están comprendidas en sus máximas, en su pobreza, castidad y obediencia, en su caridad con los enfermos, etcétera; de forma que, si nos ponemos a imitar a nuestro Señor en la práctica de todo esto, según señalan las otras reglas, hemos de esperar que quedaremos revestidos de su espíritu.

Para Vicente existe una manera sencilla de revestirse del Espíritu de Jesucristo, una manera de poder consagrarse por completo en las labores que imiten a Jesús en su labor en favor de la población. La manera consiste en seguir y llevar a la práctica los Consejos Evangélicos.

Estos Consejos Evangélicos de la Castidad, Pobreza y Obediencia. Éstos son los mismos que proclaman los religiosos como votos y en el caso de la Congregación de la Misión como buenos propósitos. Castidad, para ofrecer la vida entera al servicios de Jesucristo en la persona de los más necesitados. Pobreza, para vivir y compartir la experiencia de Jesús pobre, que opta por los desposeídos. Obediencia que compromete al misionero a escuchar la voz de Dios en la voz del superior. Además dentro de la Congregación se hace un voto de Estabilidad, señalando el deseo de perseverancia hacia la perfección personal y el servicio a los pobres.

Lo más importante de vivir los Consejos Evangélicos es en búsqueda del servicio, es la consagración de por vida a la tarea de la evangelización y especialmente dentro de una Compañía cuyo propósito está en servir a los más marginados de la sociedad. Así Vicente espera que la práctica de los Consejos Evangélicos se refleje en las actitudes diarias.

¡Quiera Dios concedernos la gracia de conformar toda nuestra conducta a su conducta y nuestros sentimientos con los suyos que él mantenga nuestras lámparas encendidas en su presencia26 y nuestros corazones atentos siempre a su amor y dedicados a revestirse cada vez más de Jesucristo de la forma que les acabo de decir! Todos los bautizados están revestidos de su espíritu, pero no todos realizan las obras debidas. Cada uno tiene que tender, por consiguiente, a asemejarse a nuestro Señor, a apartarse de las máximas del mundo, a seguir con el afecto y en la práctica los ejemplos del Hijo de Dios, que se hizo hombre como nosotros, para que nosotros no sólo fuéramos salvados, sino también salvadores como él; a saber, cooperando con él en la salvación de las almas.

Vicente resume todo en el revestimiento de Jesucristo, por medio de la metáfora de las lámparas, que iluminan y que deben estar siempre encendidas para ser luz y no tinieblas. Buscar siempre la cooperación con la Misión de Jesucristo y practicar siempre y en todo lugar las virtudes que el Espíritu de Jesús nos enseña.

Acordémonos, padres y hermanos míos, de que no conseguiremos la felicidad y este honor, si no nos esforzamos en conservar la santa unión que les hemos recomendado tanto; para eso, hay que emplear los medios que les hemos señalado, especialmente la estima y el respeto mutuo entre nosotros, y sobre todo la santa humildad y la huida de toda crítica y maledicencia. Pero en vano nos esforzaremos en gozar de este bien, si no nos ayuda el mismo Dios. ¿Quieren, hermanos míos, que le pidamos ahora que nos conceda esta gracia y que mañana hagamos todos la oración para animarnos en este deseo de parecernos a él en nuestros pensamientos, palabras y acciones, y practicar finalmente todo lo que acabo de recomendarles? No dudo de que ya están dispuestos a hacerlo así, pero hay que robustecerse en esta resolución por medio de frecuentes oraciones y nuevos propósitos. Si Dios ha querido proponernos todo esto, no dejará de ser fiel a su promesa, pues él mismo dijo que haríamos las obras que él hizo, y todavía mayores. Y esto es lo que puede decirles, por ahora, sobre la explicación de esta regla y de la anterior.

Así termina Vicente con ese espíritu que anima a dirigir todas las energías a la construcción del Reino de Dios.

IV.3.2 Actualidad en Centro América de la Conferencia «Sobre los Miembros de la Congregación de la Misión y sus Ocupaciones».

Primeramente en la Conferencia del 13 de diciembre, Vicente de Paúl hace un resumen de la Conferencia de la semana anterior, del 6 de diciembre de 1658, en donde expone que la Congregación de la Misión tiene tres objetivos fundamentales que son: Buscar la propia perfección, servir a los pobres e instruir a los eclesiásticos. Además de que pide la colaboración en otros oficios propios de la Congregación como son: la atención a hospitales, el servicio a las Hijas de la Caridad, el cuidado a niños de la calle y a servir exclusivamente a los pobres del campo. En la Conferencia del 13 de diciembre, ya no habla sobre las obras, ahora comenta sobre las personas, haciendo distinción entre Hermanos Coadjutores y Sacerdotes, además propone cómo debe ser el comportamiento, las virtudes y los defectos que deben evitar los miembros de la Congregación de la Misión. La distinción muy marcada en el tiempo de Vicente de Paúl entre Hermanos y Eclesiásticos, es parte de la visión de su tiempo. Para Vicente los Hermanos desempeñan un trabajo a ejemplo de Marta, hermana de María, en el cual los Sacerdotes tienen la dignidad de la consagración y los Hermanos el puesto de hacer los oficios domésticos, ofrecer sacrificios y colaborar en toda ocupación que no pudiera ser cubierta por los Sacerdotes.

Pero al mismo tiempo Vicente de Paúl hace el énfasis de que la Compañía es un solo cuerpo, en donde todos colaboran con un objetivo común. Vicente coloca el ejemplo propio de su época de un piano de viento en donde se necesita un auxiliar y un músico. En el ejemplo el Hermano es aquel que sopla y lleva el aire necesario para que el músico, en el presente caso el Sacerdote pueda interpretar sus melodías. El Hermano colabora con el pianista y aporta una ayuda diferente pero valiosa, si no no suena el instrumento, aunque el pianista esté tocando las teclas.

Actualmente los pianos ya no necesitan el viento, las necesidades son diferentes y ante las carestías del pueblo, el sacerdote se ve insuficiente para atender las necesidades, es esencial la colaboración de profesionales en las distintas áreas de la promoción humana. En la misión un Hermano agrónomo, un promotor social, un psicólogo, un doctor, un administrador, un enfermero, un educador, es esencial para realizar una evangelización integral.

Por eso es importante ya no ver a los Hermanos como miembros inferiores, como aquellos «pobres» que no pudieron estudiar para lograr ser sacerdotes, sino aquellos que han optado una vida al servicio del pueblo pobre, con un estilo diferente al servicios sacramental que prestan los sacerdotes.

Los Hermanos deben ser el brazo derecho de la parroquia, el miembro laico que presta su servicio a tiempo completo, un miembro de la parroquia digno de toda confianza del pueblo de Dios y que coopera con el propósito de la evangelización con una misión distinta a la del sacerdote.

El Vaticano II a venido a renovar la importancia de los ministerios de la Iglesia y también es posible que los Hermanos puedan tener el ministerio de Diáconos Permanentes u otro ministerio que le pida la Provincia o la comunidad parroquial.

En el tiempo de Vicente de Paúl el querer alcanzar un mejor puesto era prácticamente una tarea imposible, sin embargo, actualmente la democracia predica la igualdad de oportunidades, aunque muchas veces se ha quedado en discursos políticos. Por eso se espera que en algún futuro un hermano pueda llegar a ser un superior de casa, pero eso sólo se logrará en la medida que se coloquen las mismas oportunidades y se promueva la vocación de hermano, como algo básico en el conjunto de la evangelización de la Congregación de la Misión.

Por otro lado, Vicente de Paúl habla de algunas costumbres que atacan la unidad y la armonía dentro de la comunidad, se refiere a los chismes, a los malos entendidos, a las habladurías. Todo por no tener valor de organizar una corrección fraterna, que verdaderamente ayude a los miembros de la comunidad, y que a veces destruye mucho a la dignidad de la persona. En la misma línea es importante que en la actualidad y evitar malos entendidos cada casa elabore un proyecto común. A finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, se pidió en la Provincia de Centro América la obligación de elaborar un proyecto comunitario por casa. La exigencia promovió que algunos se cuestionaran sobre el rumbo de la Provincia, lo que motivó a algunos cambios, pero otros le restaron importancia y no se le ha dado una continuidad al proceso.

Vicente de Paúl en la presente Conferencia también habla sobre dos grandes defectos que rompen la vida comunitaria. Por un lado la vanagloria, ensalzando más de lo debido los triunfos obtenidos. Por otro lado lo que deviene de la vanagloria de algunos, y que es la envidia. Éstos dos defectos matan las iniciativas, destruyen la convivencia y crea rencores. Por eso Vicente aconseja que las virtudes de la humildad y la sencillez sean ejercidas en todo momento. Así, un trabajo no se hace por ser el mejor, pero se debe hacer bien hecho.

Todo lo anterior se podrá llevar a cabo siempre y cuando cada miembro de la Congregación de la Misión procure revestirse del Espíritu de Jesucristo, el cual evita los vanos placeres y los honores.

Un testimonio de evitar los placeres, también se verá en el ahorro y cuidado de las cosas de la comunidad, porque son bienes que han costado a la Congregación, que están al servicios de los demás miembros de la comunidad y que si se desperdician son una manera de malgastar la bondad de la Divina Providencia. Otro testimonio, también en la línea de revestirse del Espíritu de Jesucristo, lo constituye la vivencia de los Consejos Evangélicos que son la castidad, pobreza y obediencia. Además la Congregación de la Misión tiene su cuarto voto de Estabilidad, para pedir la perseverancia de los miembros dentro del servicio a los pobres.

  1. Cfr. Romanos 13, 14.
  2. Lucas 10, 40-41 «Marta en cambio, estaba muy ocupada con muchos quehaceres… Jesús le dijo: Marta, Marta, tú te inquietas y te preocupas por muchas cosas».
  3. Cfr. 1 Corintios 12, 12.
  4. Salmo 118, 63 «Soy amigo de todos los que te temen y guardan tus preceptos».
  5. Cfr 1 Samuel 13, 9
  6. Cfr. 2 Reyes 26, 16-21
  7. Cfr. 1 Samuel 31, 4.
  8. Juan 6, 54-58 «…El que coma de este pan vivirá para siempre»
  9. Cfr. Mateo 25, 31-40.
  10. Mateo 11, 19 «…Pero, con todo, aquel que es Sabiduría de Dios ha sido reconocido por sus obras».
  11. 1 Corintios 12, 12 «Del mismo modo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, aun siendo muchos, forman un solo cuerpo, así también Cristo».
  12. Romanos 2, 10 «En cambio, Dios dará gloria , honra y paz a cualquier hombre que hace el bien…»
  13. Cfr. 1 Corintios 5, 15.
  14. Isaias 14, 13 «Subiré hasta el cielo y levantaré mi trono encima de las estrellas de Dios…»
  15. Cfr. 1 Samuel 2, 35.
  16. Cfr. 1 Pedro 2, 13
  17. Cfr. Lucas 10, 40-41.
  18. Cfr Romanos 5, 5
  19. Juan 7,16 «Jesús les contestó: Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió».
  20. Cfr. Filipenses 2, 17. 54
  21. Cfr. Juan 15, 13
  22. Cfr. Filipenses 2, 6-8.
  23. Juan 8, 29 «El que me envió está conmigo y no me deja nunca solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada».
  24. Cfr. 1 Corintios 2, 9
  25. Cfr 1 Pedro 5, 8.
  26. Lucas 12, 35 «Tengan puesta la ropa de trabajo, y que sus lámparas estén encendidas».

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