El acontecimiento: lugar de inspiración y de acción

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca .
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Nuestro misionero de Berbería y los que están en Madagascar, ¿qué no han emprendido? ¿qué no han ejecutado? ¿qué es lo que no han hecho? ¿qué es lo que no han sufrido? Un hombre solo se atreve con una galera donde hay a veces doscientos forzados: instrucciones, confesiones generales a los sanos, a los enfermos, día y noche, durante quince días; y al final los reúne, va personalmente a comprar para ellos carne de vaca; es un banquete para ellos; ¡un hombre solo hace todo esto! Otras veces se va a las fincas donde hay esclavos y busca a los dueños para rogarles que le permitan trabajar en la instrucción de sus pobres esclavos; emplea con ellos su tiempo y les da a conocer a Dios, los prepara para recibir los sacramentos, y al final los reúne y les da un pequeño banquete … En Madagascar, dijo también el padre Vicente, los misioneros predican, confiesan, catequizan continuamente desde las cuatro de la mañana hasta las diez, y luego desde las dos de la tarde hasta la noche; el resto del tiempo lo dedican al oficio y a visitar a los enfermos. ¡Esos sí que son obreros! ¡Esos sí que son buenos misioneros! … Si nada podemos por nosotros mismos, lo podemos todo con Dios. Sí, la Misión lo puede todo, porque tenemos en nosotros el germen de la omnipotencia de Jesucristo (SVP, XI, 122-123).

Si hay una evidencia que habite a Vicente de Paúl, es por cierto la de que Dios nos habla. Y nos habla por su palabra y por los acontecimientos. Revela siempre algo vigorizador y simbólico a quienes desean recibir su mensaje. Hoy mismo, en seguimiento de él, somos invitados a vivir como centinelas siempre vigilantes para captar «los signos de los tiempos». Es una referencia evangélica y conciliar que nos pone en estado de alerta.

San Vicente alzó sobre los acontecimientos su itinerario espiritual y su pensamiento profundo. Ellos jalonaron su vida, así como la vida de su Congregación, en la que acabamos de ver una manera de transición, del ardor de ciertos misioneros al entusiasmo colectivo.

Volvamos a verle en París el año 1608. Falsamente acusado de robo, atraviesa la experiencia de la injusticia: este acontecimiento le burila. Cuando es párroco de Clichy, en 1611, el acontecimiento le toca la fibra pastoral. Cuando hacia 1613 arrostra su noche oscura, el acontecimiento le reconstruye. Cuando acude a la cabecera de un moribundo, en 1617, para oír su confesión postrera, el acontecimiento sacude sus opciones pastorales, cosa que también hace Châtillon.

Mirémosle aún recibir el donativo de los Gondi para poner en pie su nueva Congregación: el acontecimiento le fortifica en su empresa; conversa por azar en un carruaje con el obispo de Beauvais, Monseñor Pottier, y es la primera respuesta a los candidatos en vías de ordenarse: el acontecimiento le saca de los senderos andados. Conoce a una joven aristócrata, Luisa de Marillac, recién liberada de sus dudas y en busca de un equilibrio: acontecimiento de importancia para el porvenir de las Hijas de la Caridad. Cuando un día Margarita Naseau, movida por una fuerte inspiración del cielo (SVP,XI, 89), se presenta para servir a los pobres, el acontecimiento es fulgurante y abre el camino a las primeras Hermanas: ¡Cuántas gracias tenéis que darle a Dios por haber recibido de él la inspiración y los medios para atender a estas grandes necesidades! (SVP, X, 949). Todavía podrían explicarse las demás obras de san Vicente: los mendigos, los presos, los galeotes, los esclavos, los refugiados, los enfermos, los alienados, los huérfanos, los siniestrados, los exiliados. Este hombre es un centinela: todo le pilla en estado de alerta.

No es, empero, simplemente pragmático y concreto a causa de su origen campesino y gascón. Vive con intensidad en el plano interior, y sus experiencias espirituales le conducen a considerar el acontecimiento como portador de un mensaje, y sobre todo, como presencia activa de Jesucristo. Descifra él mismo este o aquel acontecimiento. De los dos mayores – fundar la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, afirma: Ha sido Dios y no yo, (IX, 202) y le vemos extasiarse ante el divino prodigio: ¡Ay, hermanos míos! ¿Quién hubiera pensado entonces que Dios deseaba hacer, por medio de la compañía de la Misión, el bien que por la gracias de Dios vemos que ha hecho? ¡Ay! ¿Quién podría saber entonces que Dios querría servirse de ella para ir a buscar hasta en los caseríos, hasta el fondo de Berbería, a esos pobres cristianos esclavos, para sacarles, si no de un infierno, al menos de un purgatorio? ¿Y quién podría saber que nos iba a utilizar en tantos otros lugares, como vemos que está haciendo? (SVP, XI, 96) ¡Ahí actúa Dios y eso basta!

Se ven bien así aparecer las dos consecuencias: el acontecimiento es a la vez lugar de emergencia de la revelación divina y lugar de la acción humana; ahí está Dios siempre actuando y alzando al hombre y a aquellos que están a su cargo; Vicente leía, escribe Jean Morin , el acontecimiento no menos que el evangelio, y tanto como el evangelio, alimentaba su fe el acontecimiento. Y L. Deplanque observa asimismo: Dios está constantemente activo. Está presente en los mil recovecos y circunstancias que Vicente afronta. Está también presente en la vida que fluye, a cuyas leyes adapta su acción.

Por lo que a él mismo hace, Vicente da a cuanto le sobreviene una importancia mayor o menor: otro podría ser ciego, él ve la mano de Dios y saca las consecuencias. Así cuando perdió el pleito en torno a la granja de Orsigny. Representaba un capital de envergadura con destino a los pobres. Fallecidos los

donantes, interpusieron reclamación los herederos, que ganaron la causa. He aquí cómo reacciona Vicente, caldeado aún, ante el auditoria de los suyos: Tú mismo, Señor, has pronunciado la sentencia; si así lo quieres, será irrevocable; y para no retrasar su ejecución, hacemos desde ahora un sacrificio de estos bienes a tu divina Majestad (SVP, XI, 364s). Y más adelante: ¡Ojalá recompense Dios esta pérdida temporal con un aumento de confianza en su providencia, de abandono en sus manos, de un mayor desapego de las cosas de la tierra y de renuncia a nosotros mismos! ¡Oh Dios mío … (SVP, XI, 366).

Esta apelación a la Providencia es habitual en Vicente de Paúl. Sabe que es bueno vivir a su ritmo, ir a «su paso», dar impresión de lentitud, «no pisarle el talón», vivir disponibles y confiados. Otra cosa no es más ebullición de la superficie.

Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca

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