¿Acción Social mejor que Caridad Vicenciana?

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Benito Martínez, C.M. · Año publicación original: 2015 · Fuente: El autor.
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El amor de Dios

ImprimirEn la sociedad francesa del siglo XVII que discriminaba a los hombres por su nacimiento, los títulos de nobleza y el dinero, santa Luisa miraba a los pobres como miembros dolientes de Jesucristo. En una época donde las guerras y las miserias desalojaban a los hombres de sus pueblos y países, formando los grandes torrentes de emigrantes o refugiados de la guerra, el amor a Dios y al prójimo tenía la llave que les abría la puerta de otros lugares.

Santa Luisa tenía clavada en el corazón la identidad de Jesús con el pobre, con independencia de que nosotros los identifiquemos o no, y deduce que Jesús nos ha dado la caridad con el prójimo «para suplir la impotencia de dar algún servicio a su persona» (E 98, día 3º). El amor de Dios es la raíz y la motivación del servicio a los pobres. Es el amor a Jesucristo crucificado lo que nos apremia (2 Co 5,14). El espíritu de la Hija de la Caridad, decía santa Luisa, es «el amor a la humanidad santa de Jesucristo, que es la caridad perfecta» (c. 420).

Para san Vicente de Paúl, la señal que da a conocer si una persona tiene el espíritu de Jesucristo, es «que sea verdaderamente caritativa», y explica lo que quiere decir una persona caritativa: “es la que ama a Dios, la que se complace en hablar con Él, la que hace todo cuanto puede por darle gusto y contentarlo, la que sufre todas las contrariedades por amor». Y como «segunda señal» pone las «relaciones con el prójimo» (IX, 543s).

Su caridad penetraba en el altruismo que hoy día contemplamos en una acción social, y era acción social porque san Vicente y santa Luisa organizaron programas sociales, crearon nuevas instituciones de caridad, fundaron organismos de bienestar y sobre todo, al poner el amor al pobre como centro de la vida, abrieron el camino para el cambio radical que haría la Revolución Francesa en 1789.

La acción caritativa vicenciana rebasa la acción social

Estamos viviendo unos años en los que la pobreza se ha convertido en una lacra y en un problema que preocupa a los gobiernos y al que dedican tiempo, esfuerzos y proyectos con el objetivo de dar a los pobres un puesto digno en la sociedad. Hay, sin embargo, fuertes diferencias entre la acción social y la caridad vicenciana.

La acción social se dirige, más que a las personas particulares, a las situaciones y a las necesidades, que procura remediar con programas, planes y proyectos, con organismos, oficinas y papeleo. Se centra en la técnica y se preocupa por restablecer el orden, el progreso y la justicia social, con vista a mejorar el status social y las relaciones cívicas entre los hombres; se dirige, ante todo, al bien de la sociedad en su conjunto y no al de los individuos en primer lugar. Desde los gobiernos y autoridades “han entendido la protección social como una inversión y como un motor para la economía”. Es decir, en la acción social el título principal no es el contacto directo y humano con las personas sino el entramado social.

Comparada con la acción social, a la acción caritativa se la define como la ayuda moral o material que una persona o un grupo de personas dan a un necesitado por el amor de Dios y por ser un hijo de Dios y miembro doliente de Jesucristo. Mientras que la acción social puede hacer lo mismo, pero con vistas a mejorar la sociedad y las relaciones sociales. Por eso, la trabajadora social trabaja ordinariamente por un salario.

La acción social puede estar más organizada, ser más eficaz y hasta ser más vistosa, pero la caridad es más humana y más divina, pues el amor da más calor y ofende menos. Ciertamente en un mundo moderno se necesita la acción social pública dotada de una organización y con unos medios técnicos y financieros más abundantes, pero si no hay amor la acción social hiere al pobre que puede sentirse inferior y, a veces, humillado.

La obra caritativa de san Vicente cae de lleno dentro de la acción social, pues toda ayuda para mejorar a una persona produce un bienestar en las relaciones sociales de los ciudadanos. Pero es que, además, tam­bién la caridad emplea medios técnicos para mejorar la eficacia, y también, como la acción social, instituye y organiza empresas sociales. ¿Qué fueron, si no, las obras de los hospitales, de los galeotes, de las escuelas femeninas, de los niños abandonados, de los ancianos, que establecieron y dirigieron santa Luisa y san Vicente? Cosa que muchas veces no comprenden los defensores de la acción social, tachando a la caridad de paternalista o de destruir una buena organización de las ayudas sociales, y condenando toda acción caritativa privada que no esté controlada por las organizaciones públicas.

Trampa ladina en la que caen las mismas organizaciones de la Iglesia, atacando toda iniciativa caritativa de personas particulares o asociaciones privadas que no estén organizadas o controladas por las instituciones eclesiales, particularmente diocesanas y parroquiales. El resultado es que los centros caritativos se convierten en agencias que investigan la situación de los necesitados y ciertamente se descubren las trampas de algunos pobres, pero también las intimidades vergonzosas de las personas necesitadas, desapareciendo el amor y, puede ser que hasta la misma justicia. Y lo que es más anticristiano es que se prohíbe a las personas particulares ejercer directamente la caridad, ahogando el amor del corazón. Tan sólo se contempla la efectividad material de quien recibe y no el amor de quien da. Es verdad que al pobre lo que le interesa es la eficacia, pero también es verdad que la Familia Vicenciana ha sido instruida para saber integrar la acción caritativa en la acción social.

Cuando no se logra integrarla, se corrompe el cristianismo fundamentado en el contacto directo del amor entre personas. Ya no son las personas el cauce inmediato del amor, sino los despachos. ¡Se acabó aquella idea genial de Vicente de Paúl de atender directamente al pobre en su casa o en su persona! Ya no tiene explicación la parábola del Buen Samaritano ni se encuentra sentido a las palabras de Jesús sobre dar al que te pide. Y no se diga que los tiempos han cambiado, porque también en la época de Jesús estaban las “oficinas” del templo, y en tiempo de San Vicente abundaban las “oficinas de los pobres”. Bastantes años antes de nacer san Vicente las instituciones públicas habían creado las “Caridades” o “Ayudas sociales” para los necesitados y el Estado se había adueñado de casi todos los hospitales de Francia. La misma Cuna u orfanato para niños abandonados pertenecía a la Iglesia institucional. Se estaba oficializando la caridad. El gobierno pensaba hacer acción social creando un Hospital General para encerrar más que acoger a mendigos y mujeres de la calle, niños y ancianos marginados. También san Vicente estaba de acuerdo en su fundación, pero lo rechazó cuando vio que aquello era simplemente una acción social, enfocada a controlar a una calaña peligrosa de posibles alborotadores y a maquillar la cara de las calles, haciendo desaparecer de la vista a los pordioseros que tanto molestan. Se desentendió del Hospital General, cuando vio que no acogía a los pobres del campo, sino solo a los de Paris. No era ya una obra caritativa en bien de los pobres, como lo era la residencia de ancianos “El Nombre de Jesús”, organizada y dirigida por san Vicente y santa Luisa1.

En Mâcon, al este de Francia, el ayuntamiento y el cabildo llevaban años intentando solucionar el problema de los pobres y de los mendigos. No lo lograron hasta que pasó por allí el sacerdote Vicente de Paúl y en unos meses por medio de las Voluntarias, dio la solución acertada al problema2. Esto fue verdadera acción social fundamentada en la acción caritativa.

Es verdad que en tiempos de san Vicente la sociedad estaba compuesta esencialmente por las familias, las aldeas y los pueblos, donde todos se conocían y se sabía quiénes eran ricos o pobres, mientras que ahora la sociedad reside en las ciudades, donde los hombres son unos desconocidos y donde forman clases sociales más que comunidades.

El trabajo industrializado está distribuido, la educación y la sanidad controladas por los poderes públicos, y todo defendido por los sindicatos. El mérito atribuido a Vicente de Paúl fue el de organizar la ciudad en pequeñas comunidades de caridad alrededor de las parroquias y de saber aunar acción caritativa y acción social. Ideas que asimiló santa Luisa de Marillac. Esta le escribió en los comienzos de las Voluntarias: “Yo había pensado, si a usted le parece bien, decirle que las señoras más deseosas de esta santa obra fuesen a ver al Sr. Cura y le dijeran que para empezar bien y perseverar necesitan que haya un buen número de personas de clase alta y de mediana posición que se asocien para este santo ejercicio para que las unas contribuyan con su dinero lo más que puedan y las otras se entreguen con la mejor voluntad a visitar, cada una en su día, a los pobres enfermos; y para que nadie se moleste, ya se vería si es conveniente dividir la parroquia en dos sectores” (c. 8).

Acción caritativa en justicia

Según esto, se podría dar una definición un tanto utópica de la solidaridad caritativa como la obligación que tiene cada hombre o mujer de apor­tar a la sociedad según su capacidad y recibir según sus necesidades. Y esto en justicia, porque, aunque en teoría, todos nacemos y vivimos iguales con los mismos derechos fundamentales, en la realidad social nacemos y vivimos desiguales. Cuando san Vicente se había convertido ante los reyes, los nobles y el pueblo en el símbolo de la caridad por su lucha contra la marginación de los pobres, se dio cuenta de que algunos Paules, Hijas de la Caridad y Voluntarias le hablaban de las grandes obras de caridad que hacían para los pobres. Pero él les contestó que “los deberes de justicia son preferibles a los de caridad”, que el mayor desprecio que puede hacerse al amor es dar por caridad lo que se debe dar por justicia, que “no puede haber caridad si no va acompañada de justicia”; y el santo corregía con dureza y claridad: “Hay que creer que al socorrer [a los pobres], estamos haciendo justicia y no misericordia”3. Porque san Vicente sabía que si no hay justicia no existe la caridad; que siempre hay que comenzar por la justicia como el primer peldaño de la acción caritativa, aunque la caridad supera a la justicia al ir más allá de los derechos del otro: aquello que no tengo obligación de dar por justicia, tengo que darlo o lo doy por solidaridad caritativa. Y es que la justicia natural -no la legal que puede ser una justicia injusta- es dar a cada uno lo que es suyo, lo que le pertenece, mientras que acción caritativa es dar al otro lo que no es suyo, sino mío, y se lo doy por amor, lo cual es más humano y más divino. Ya que, si el pobre nada tiene, la justicia nada le devuelve y siempre será pobre. Además la justicia se guía por la razón y el derecho, mientras que la acción caritativa brota del corazón. La justicia, aún la natural, puede llegar a ser fría y cruel, mien­tras que la acción caritativa siempre se presenta con el calor de la cordialidad y de la dulzura. Lo vemos en el actuar de san Vicente especialmente en el juicio que Richelieu emprendió contra Saint-Cyran o al pedir a Mazarino que hiciera la paz y se alejara de la corte o al prohibir, contra el parecer de un obispo, la entrada en un convento de la Visitación a una señora noble.

Transformar la sociedad

En la actualidad la globalización, aunque tiene muchas facetas positivas, como el sentirnos todos los hombres inquilinos del mismo apartamento del universo, la tierra, se identifica con la sociedad de pecado, como la llamaba Juan Pablo II, porque la organización y las estructuras económicas llevan al pecado, y aceptar esta sociedad en cierto modo es colaborar con el pecado, decía el Papa. Intuitivamente san Vicente no se contentó con ayudar a los pobres, sino que quiso trasformar la sociedad. Fundó Caridades en la Corte y en la parroquia de la Corte, involucrando a la reina y a sus sirvientas nobles. Fue desterrado por pedir al primer ministro Mazarino que cambiase de política a favor del pueblo. Con la ayuda imprescindible de santa Luisa de Marillac, creó escuelas para niñas pobres, orfanatos, casa de reinserción para los presos y, con la ayuda de la Compañía del Santísimo Sacramento, presionó para que hubiera gente que vigilara a los funcionarios e impedirlos que añadiesen más tiempo a la condena de los galeotes que no les daban dinero; creó la primera residencia de ancianos y la organizó por medio de santa Luisa para que los ancianos se sintieran útiles en la vida, poniéndoles telares en los que pudiesen trabajar a sueldo. San Vicente pretendía que los pobres se valiesen por sí mismos y fueran actores responsables de su promoción: Sería bueno “que todos los pobres que carecen de tierras se ganasen la vida, tanto hombres como mujeres, dándoles a los hombres algún instrumento para trabajar, y a las muchachas y mujeres ruecas, estopa y lana para hilar, y esto solo a los más pobres. En estos momentos en que va a llegar la paz, cada uno encontrará donde ocuparse y, como los soldados no les quitarán lo que tengan, podrán ir reuniendo algo y recuperándose poco a poco; para ello la reunión ha pensado que hay que ayudarles al comienzo y decirles que ya no podrán esperar otro socorro de París” (VIII, 66).

La acción social, en realidad, divide la sociedad en dos grupos: los que poseen, llamados nosotros, y los que no poseen, llamados los otros. La acción caritativa rechaza esta división. Iluminada por el evangelio que proclama la fraternidad y declara que los pobres son «los miembros dolientes de Jesucristo», supera a la acción social, vitalizando el amor y envolviendo todas las dimensiones de la persona humana en una convivencia fraterna que sustituye los derechos legales por los derechos naturales y sobrenatura­les, como el derecho que tienen los necesitados a ser socorridos independientemente de su inocencia o culpabilidad, sin admitir la división de pobres buenos y pobres malos; derecho a disponer a su voluntad de la ayuda recibida; derecho a una vida digna, que incluye el esparcimiento y no solo las primeras necesidades para sobrevivir, etc. Porque la ley suprema del espíritu vicenciano es la de no excluir a ningún pobre, ni aún a quien se haya hecho indigno del amor.

San Vicente y santa Luisa idearon a las Hijas de la Caridad y a las Voluntarias para remediar situaciones angustiosas con un servicio alternativo o complementario al del Estado impotente por entonces para atender al número exorbitante de pobres. Pero estas mujeres no esperaban a que viniesen los pobres, iban ellas a buscarlos4, dándoles un contacto directo de amor humano al socorrerlos materialmente y anunciarles que han sido salvados por Jesucristo y para lograrlo más fácilmente, las había enviado a ellas en su lugar. Es el mensaje del Evangelio y la doctrina que se lee en san Vicente y santa Luisa. El «servicio espiritual», al que tienen derecho los pobres y al que no tiende expresamente la acción social, se convierte en un distintivo del servicio de la Familia Vicenciana.

El desafío de la caridad vicenciana consiste en tener conciencia, en sentir que el pobre, miembro doliente de Jesucristo, es una parte de mi vida. Al pobre se le siente tan prójimo, tan próximo, tan dentro, que se le ama no solo por conocer que es un hombre necesitado sino por sentirle mi hermano: «Este hermano tuyo», dice el Padre al hermano mayor en la parábola del Hijo pródigo (Lc 15,32).

El modo humano de atenderlos y dialogar

San Vicente no se interesó unicamente por ayudar corporal y espiritualmente a los excluidos de la sociedad, tanto o más insistió en el modo humano de atenderlos: acogida amable, humilde y sencilla, y trato paciente, cordial, dulce y lleno de bondad. Son virtudes conocidas por la Familia Vicenciana ya que forman parte de su espíritu. Pero acaso las disposiciones más interesantes de la acción caritativa en su aspecto humano, debido al fenómeno de las migraciones, imposible de frenar en la actualidad, sean las actitudes de diálogo y respecto. Van unidas. Sin diálogo nunca podremos respetar la mentalidad de los demás, y sin respeto el diálogo es inútil.

Seamos sinceros y reconozcamos que, en el fondo, todos somos un tanto xenófobos porque consideramos al que ha venido de fuera como un invasor que nos quita algo o que su cultura molesta la forma tranquila que tenemos de vivir nuestras costumbres. Más aún, si son de religión diferente, como los musulmanes. Y, si ellos deben encarnarse en la sociedad y en la cultura que los acoge, también nosotros necesitamos conocerlos y saber el porqué de sus creencias y de su forma de vida, por qué han abandonado patria y familia y se han lanzado a los peligros de lo desconocido.

Para saberlo hay que dialogar. El diálogo es indispensable en esta etapa de la historia en la que están enfrentadas dos culturas: la occidental y la islámica. Las guerras y los atentados nos exigen diálogo. El Arzobispo de Argel ha dicho con mucho tiento que la armonía de muchas de nuestras sociedades depende del éxito del diálogo islámico-cristiano. La armonía depende mucho del diálogo entre los que han venido y los que ya estaban para poder ceder algo cada parte, comprenderse y acogerse. Solo así, unos y otros serán capaces de respetar las ideas, las costumbres, la cultura y la fe de los otros. Sin diálogo nunca habrá armonía ni paz. Por el diálogo se comprende que nadie posee la verdad absoluta. Respetar al otro es reconocerle su autonomía y el derecho a ser diferente. Nadie necesita pedir permiso para ser él mismo.

San Vicente puede ser un maestro indispensable para lograr la armonía en el mundo actual a través del diálogo y del respeto al otro. Cuando nació, su país estaba en guerra, católicos contra calvinistas, años más tarde fue hecho cautivo y vivió dos años en medio de musulmanes en Túnez, después en Châtillon se alojó por unos meses en casa de un calvinista del que se consideró buen amigo, y finalmente acogió y organizó en Paris a miles y miles de refugiados e inmigrantes que venían en busca de seguridad, trabajo y bienestar. Si a un compañero le escribió que hay que obrar en Roma como en Roma y respetar las costumbres de los lugares, si no son viciosas (I, 385), a otro le decía que son problemáticas y discutibles todas las cosas, a no ser las que determina la sagrada Escritura; fuera de eso, nadie es infalible en sus opiniones; si esto es verdad, ¿no será una enorme temeridad juzgar de las opiniones y de los actos de los demás? (II, 29), pero teniendo en cuenta que las verdades de la Sagrada Escritura se admiten por la fe y no por la razón. Y añadía que sólo tenemos que ser intolerantes con la maldad y la injusticia o por defender a un inocente5.

Conclusión

La acción caritativa es una expresión de la solidaridad. La globalización y las migraciones son irreversibles y avanzan no sabemos cuánto y hacia dónde sin que la Familia Vicenciana pueda impedirlo. Nuestro papel ante estos fenómenos es el de empaparlos de caridad solidaria al estilo de san Vicente. La realidad es como es y no es otra, aceptémosla. Pero la acción caritativa también es la que es y ésta sí está en nuestras manos ejercerla. Pues hay peligro de querer librarnos del engorro de tener que organizar y atender personalmente la demanda de ayudas y entregarlo a otras instituciones a las que entregamos nuestro dinero, lo que es más cómodo.

La acción caritativa es creativa cuando experimentamos que tanto los sufrimientos como las alegrías de los otros nos tocan a nosotros como si fuéramos de la misma sangre. Es entonces cuando inventamos o descubrimos con audacia caminos de solidaridad para ayudar a los excluidos.

La acción caritativa nos lleva al dialogo convertido en acción social. Por el diálogo respetuoso se alcanzan unas relaciones amigables teñidas de mansedumbre, y no se olvide que sin mansedumbre nunca tendremos caridad (SVP. IX, 248).

  1. Cahiers du Frère Louis ROBINEAU, Remarques sur les actes et paroles de feu Monsieur Vincent de Paul notre très Honoré Père et Fondateur, édités et présentées par André DODIN cm Éditions de l’O.E.I.L. Paris 1991, p. 129-130.
  2. SV. I, 324; ved Bernard KOCK, « Mâcon et le souci des pauvres. L’apport de Saint Vincent de Paul » en Cahiers Saint Vincent. Bulletin des Lazaristes de Francia, 190 (Printemps 2005) 21-38.
  3. SV. VII, c. 2984; II, c. 473; VII, c. 2644.
  4. “Una de las penas que tengo con Chars, decía santa Luisa, es que nuestras Hermanas no se han acostumbrado a buscar las ocasiones para servir a los enfermos de los pueblos circundantes. Esto me hace temer que nuestra permanencia en ese lugar se nos torne en confusión” c 388 (221, 330, 408, 451).
  5. IV, 498; V, 364; X, 447.

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