«Mi Padre es glorificado, dice nuestro Señor, en que deis mucho fruto”. Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en ésto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos» (SVdeP XI, 733)
Hoy celebramos el segundo domingo de Cuaresma. En torno al pasaje de la Transfiguración de Jesús se propone el tema de la Fe como adhesión a su persona. Esta adhesión implica también donación y compromiso con su proyecto salvífico liberador: El Reinado de Dios.
La Primera Lectura, tomada del Génesis, presenta el relato de lo que se ha llamado tradicionalmente “el sacrificio de Isaac” que quizá sería mejor denominarlo: La Fe de Abrahán.
En el trasfondo del mismo se percibe el rechazo de Israel por los sacrificios humanos, rituales propios de las religiones antiguas de su entorno. La fe, la plena confianza en el proyecto que Dios tiene para él, hace que Abrahán se abandone con colmada confianza a su voluntad. De tal manera que termina haciendo la voluntad de Dios, sin poner ninguna objeción, aunque, en principio, no comprenda la orden recibida. La confianza es Dios, no siempre es comprensible a la luz de la razón, pero sí, a los ojos de la Fe.
El Salmo 115, canta la grandeza del Señor, que escucha la voz de los fieles para salvarles del peligro. El salmista expresa la certeza que el personaje afligido tiene en la bondad y la misericordia de Dios, para sacarle de la muerte y de la oscuridad. Por eso, ante el actuar misterioso y compasivo de Dios, sólo le queda ratificar el compromiso asumido de fidelidad a la causa del mismo Dios.
Las preguntas de Pablo en la Carta a los Romanos, deja entrever la certeza de que, en medio de las dificultades por las que naturalmente pasa el creyente, Dios nunca falla. Las promesas de Dios siempre se realizan, aun en las circunstancias más complejas y oscuras. Pues el misterio pascual de Cristo Jesús, es la prenda de nuestra Fe. Jesús va con sus amigos íntimos y se transfigura, es decir, deja ver por un instante todo el misterio de luz que hay en Él. En Jesús se cumple toda la historia de salvación que Dios propone a la humanidad. Y una voz lo confirma: “Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”. Todo transcurre en un momento, pero es lo suficiente para levantar la esperanza, para encontrar razones y no apartarse de Él, para estar siempre con Él. Cuando no se cree en nada ni en nadie, lo único que nos queda es escuchar. En el fondo tenemos una palabra que nos espera, una revelación que nos sorprenderá. Hay siempre una chispa que puede encender nuestra esperanza cansada.
El pasaje de la transfiguración narrada por Marcos, tiene una intencionalidad implícita: Mostrar al lector, destinario de su Evangelio, que Jesús, el crucificado, el derrotado en la cruz, es el Mesías, el Hijo de Dios, el Predilecto del Señor. Con las figuras de Moisés y Elías, el evangelista coloca a Jesús como la plenitud de “la ley y los profetas”; Jesús, el Mesías, el Hijo Amado, es el verdadero Maestro y Profeta. La blancura de sus vestidos anticipa el glorioso acontecimiento de la Resurrección. El crucificado es el resucitado. Los apóstoles, testigos de la manifestación epifánica, no alcanzan a comprender las honduras del misterio salvífico que allí se revela. Su experiencia de fe no ha alcanzado aún la madurez necesaria para asimilarlo. La experiencia de fe del cristiano implica abrirse plenamente al misterio de Dios y poner la confianza en Él y en sus promesas, que siempre son de vida abundante, salvación y liberación integral para todos sus hijos. Aunque debemos tener claro que, seguir a Jesús, exige un Tabor en el camino, que nos permitirá encontrar el Camino, la Verdad y la Vida. Escuchemos a Jesús que es la Luz en medio de la oscuridad y de los avatares de nuestra vida.
«Pues, creedme, Padres y Hermanos míos, es una máxima infalible de Jesucristo, que muchas veces os he recordado de parte suya, que, cuando un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena; Dios es el que entonces mora y actúa en él; y el deseo de la confusión es el que nos vacía de nosotros mismos; es la humildad, la santa humildad; entonces no seremos nosotros los que obraremos, sino Dios en nosotros, y todo irá bien» (SVdeP XI, 207)







