El 1 de enero de 1652, los franceses estaban pendientes de tres puntos: Burdeos, rebelada contra el rey y donde se había refugiado Condé; Poitiers, residencia del rey que había dejado París para someter Burdeos y París, cuyo Parlamento temía a Condé y odiaba a Mazarino. El 28 de enero, el cardenal Mazarino volvió del destierro voluntario y fue recibido con júbilo por la Corte. Sin embargo, parece que la situación favorecía a los príncipes: el duque de Rohan-Chabot, gobernador de Anjou, se declaró en favor de Condé, mientras que el duque de Nemours traía de Flandes un ejército español, y su cuñado el duque de Beaufort, con otro ejército en la Isla de Francia, estaba dispuesto a atacar al rey.
El invierno de 1650 a 1651 fue duro; las lluvias anegaron la cosecha y hubo inundaciones en la región parisina.La cosecha de 1652 se presentaba prometedora, pero los ejércitos la aniquilaron, unas veces en verde y otras en grano. Donde se había salvado una parte, faltaban brazos para la recolección.
De febrero a julio de 1652, las operaciones militares avanzaron desde Angers hasta París por el valle del Loira como un huracán o una apisonadora. Detrás, dejaban pueblos arrasados, cosechas calcinadas, cadáveres y violaciones; muerte y odio. El apocalipsis comenzó en febrero y fue en Angers, rebelada contra el rey. La Corte quiso asegurar la retaguardia y atacó Angers, que en pocos días capituló ante Turena. Con la noticia, a Luisa le entró por todo el cuerpo una sensación de frío y de dudas. Y no fue tanto por la seguridad de las Hermanas como por las calamidades que cayeron sobre los pobres: «La lectura de todas las aflicciones y pérdidas que han llegado a Angers me son extremadamente sensibles por el sufrimiento que padecerán los pobres… También vosotras, queridísimas Hermanas, habéis sufrido en gran manera, pero ¿habéis pensado que era justo que las sirientas de los pobres sufriesen con sus amos?».
Después de Angers, cayeron Tours y Blois. Mientras la Corte se dirigía a Saint-Germain-en-Laye por Auxerre, Sens, Mélun y Corbeil, las tropas de los Príncipes merodea- Dan Chars. Luisa se enteró y recordó que allí estaban Sor Juliana Loret y Sor Felipa Bailly, y sorprendentemente, parece no darle importancia. El 11 de marzo, tan sólo, les escribió una frase obligatoria: «Las compadezco mucho porque continuamente están con el temor Je los soldados».
El 30 de marzo, rápidamente, Condé y La Rochefoucault pasaron de Burdeos a la región del Loira. Turena, al frente de la armada real, subió por el oeste de París en busca de Condé. Durante varios meses, los dos ejércitos asolaron la Beauce, el granero de París.
La primavera se les hizo eterna a los campesinos. En abril, Carlos IV de Lorena trajo un ejército de mercenarios y loreneses en apoyo de Condé y hasta julio, arrasó todo lo que crecía en Champaña y Brie. A su paso por Brienne, dejaron la desolación. Allí, estaba la callada y entregada Sor Bárbara Angiboust doliéndose, no del hambre que pasaban ella y su compañera Sor Juana, sino de no poder ayudar a la pobre gente rodeada de miseria Luisa de Marillac, a pesar de los desastres, conservó la lucidez y las tranquilizó: también Dios ve la desolación; a Él, le toca solucionarlo. Lleven con los pobres los sufrimientos y alégrense porque participan de sus estrecheces; habría que llorar si ellas tuvieran más comodidades que ellos. Sin embargo, les envió dinero, azúcar y medicinas. No podía arriesgar más por aquellos peligrosos caminos.
La situación se hizo catastrófica. Miles y miles de labradores abandonaban todo y huían hacia París. Únicamente, intentaban salvar la vida.
Las Hijas de la Caridad de Valpuiseaux también huyeron con todos los habitantes hacia los bosques de las montañas. Los lobos hambrientos les parecían menos feroces que los soldados. Etampes, cerca de Valpuiseaux fue la más castigada por las tropas de Condé. Cuando los soldados se fueron después de dos meses de estancia y otro de asedio, las Hijas de la Caridad fueron a Etampes. Se habilitaron cuatro hospitales y un orfanato. A pesar de las recomendaciones de Vicente de Paúl, no esperaron a restablecer sus fuerzas y se entregaron al cuidado de los pobres y enfermos, junto con sus hermanos los padres paúles. Olvidada por los hombres y la historia, nos conmueve Sor María José: estaba agonizando y se enteró de que un pobre necesitaba ser sangrado; se levantó de la cama y lo sangró. Intentó volver a su casa pero no llegó a la cama. Vestida, murió allí mismo.
Sobornado por el rey, Carlos IV volvió a Lorena, no obstante, las calamidades continuaron. Turena se instaló en Saint-Denis y Condé en Saint-Claud; París quedó en medio, abarrotada de pobres y vaciándose por la cantidad de gente que moría. Los enfermos y heridos colapsaron el Gran Hospital y hubo que habilitar el hospital de San Luis. La caballería machacaba los alrededores de París y la infantería los barría hasta convertirlos en un desierto. También las Hijas de la Caridad de los pueblos se refugiaron en París. Gracias a Dios, decía Luisa que ninguna sufrió ningún percance desagradable.
El 13 de mayo, hubo una batalla o, mejor, una matanza de soldados fronderos en La Chapelle. La lucha llegó hasta la vivienda de los niños abandonados, las Trece Casitas. «El ardor del combate que tuvo lugar a su vista y los hombres que vieron muertos a la puerta de su casa asustó tanto a las nodrizas que cada una salió con un niño y con las demás Hermanas y dejaron a los otros niños acostados y dormidos», le contó Vicente de Paúl a la señorita Lamoignon. Al día siguiente, Luisa de Marillac, alarmada, escribió a su superior Vicente que todas las Hermanas de la Casa estaban aterradas y que algunas pedían confesarse y que, como los curas de San Lorenzo habían huido, pedían algún padre paúl para confesarlas. Le propone también sacar de aquel infierno soldadesco a las Hermanas jóvenes y, dándoles comestibles, colocarlas por las parroquias de París. Al mismo tiempo, le presenta la penuria de los niños abandonados, y medios para obtener trigo y «no dejar morir de hambre a aquellos pobres niños». San Vicente acepta, indicándole que había más seguridad en Bicare que en el barrio de Saint-Denis.
Convencidos de la imposibilidad de lograr una paz por medio de los hombres, los parisinos acudieron a Dios. El 11 de junio, todo París —pueblo y autoridades— acompañaron en procesión la urna de Santa Genoveva hasta la catedral. San Vicente y Santa Luisa les cuentan a los misioneros y a las Hijas de la Caridad que lo único que pedía el pueblo era «el cese de todas las calamidades públicas», la paz. Sin embargo, la paz tardó en llegar y París seguía hundiéndose en el hambre. El 1 de julio, el ejército de Conde se encontraba copado en el arrabal de San Antonio entre las murallas y el ejército de Turena. Bajo un calor de fuego, se luchó todo el día 2. Luchaban cuerpo a cuerpo en las calles estrechas y casa por casa; Turena mandó traer la artillería para destrozar a los hispano-condeanos y, cuando parecía el fin de Condé, la Grande Mademoiselle, Ana María Luisa de Orleans, duquesa de Montpensier, mandó disparar los cañones de la Bastilla contra las tropas de su primo el rey y abrir las puertas a los soldados de Condé. Los príncipes se hicieron dueños de la ciudad imponiendo el terror. El 4 de julio, se reunieron en la Gran Asamblea, convocados por el Parlamento, los notables de los tres órdenes y allí, fueron asesinados casi todos por una chusma compuesta por soldados de Condé vestidos de paisano, por una multitud de vagabundos, pordioseros y pueblo bajo a los que había pagado Beaufort, y por fronderos extremistas. El terror dominó las calles. Sin embargo, la miseria y el desorden aceleraron la descomposición de la Fronda. A finales de julio, la mayoría de los parlamentarios se trasladaron a Pontoise donde estaba la Corte y desde el 7 de agosto hasta el 20 de octubre, trabajaron por el rey y la paz. Finalmente, el 14 de octubre, Condé huyó a Flandes y se convirtió en un general español. El 21, entrada triunfal del rey en París y el 22, amnistía casi total de todos los fronderos. Mazarino, desterrado voluntariamente para facilitar la paz, no volvió a París hasta el 3 de febrero de 1653.
Los deshechos de las inundaciones
Aislada de las regiones donde había víveres, París era la miseria y el desconsuelo. Ni se había sembrado ni recolectado. Tampoco se cobraban las rentas y las fincas habían sido saqueadas. No había ni comida ni dinero. Las pocas provisiones que lograban entrar, alcanzaban precios exorbitantes. El precio del pan se había multiplicado por cuatro. Se decía que habían pagado 100 francos por medio kilo de carne, medio podrida, de caballo. Mezclado con el hambre, corrían por las calles la mendicidad, el pillaje y el asesinato. Ante el grito de socorro, se unieron todas las ideologías y religiones: jansenistas y católicos, las religiosas de Port-Royal, las Damas de la Caridad y la Compañía del Santísimo Sacramento, la reina de Polonia y la Madre Angélica, San Vicente de Paúl y Maignart de Bemiéres, el redactor de las famosas Relaciones periódicas. ¿Y Santa Luisa de Marillac?
Por su correspondencia, poco podemos saber de Luisa durante estos meses. Tan sólo, escribe tres cartas, una en abril, otra en mayo y otra en junio. Pudo escribir más que se han perdido, pero no parece. Los caminos eran peligrosos, el correo raramente salía de París y las comunicaciones regulares estaban cortadas. París estaba aislada por el peligro y el miedo lo. Por las cartas de Vicente de Paúl, sabemos que estuvo enferma grave a primeros de marzo y que se entregó totalmente a socorrer las necesidades de los pobres. En julio, las Hijas de la Caridad la obligaron a cobijarse dentro de París en una habitación alquilada.
Aunque Luisa, contagiada por San Vicente, había dado su vida a los pobres y los amaba con tanto ardor como podía amar su corazón, tuvo pocas ocasiones de servirlos con sus manos desde la fundación de las Hijas de la Caridad. A los niños abandonados sí, a éstos los tuvo siempre a su lado. Entre abril y julio, sin embargo, tropezaba a los pobres en París cada día, como los deshechos de las inundaciones. Tenían hambre y miseria. A París, llegaron de los pueblos más de 100.000 fugitivos y unas doce mil familias en las casas o por las calles intentaban no morir de hambre. En las parroquias de París, las Hijas de la Caridad, con Luisa al frente, se agotaban dando comida diaria a 15.000 pobres y buscando alojamiento a 800 muchachas en peligro. En la Casa de Luisa, se cocinaba y se distribuía la comida todos los días a 1.500 pobres vergonzantes, y en el barrio, a 800 refugiados. Sólo, en la parroquia de San Pablo, cuatro o cinco Hijas de la Caridad se deshacían dando de comer a 5.000 pobres. En la parroquia de San Andrés, la Presidenta de Herse reclamaba urgentemente más Hijas de la Caridad, pues las que tenía estaban rendidas. En San Sulpicio, los sacerdotes del señor Olier propusieron dar a las Hermanas la ayuda de cuatro jóvenes refugiadas, pues de las seis Hijas de la Caridad dos ya estaban enfermas. Luisa no lo vio bien; pensaba que podían confundirlas con Hijas de la Caridad y escandalizar. Prefería que, en vez de llevar las Hermanas la comida a todas las casas, los enfermos ya convalecientes fueran ellos mismos a buscarla.
Vicente de Paúl ha pasado a la historia como la cabeza que organizó, no sólo en general para toda Francia sino en detalle para cada lugar, la beneficencia y la caridad. Y en realidad, así fue. Luisa escribía a Sor Juana Lepeintre: «Si usted supiera el enorme trabajo que tiene a causa de las caridades que se hacen a los pobres refugiados, le tendría compasión». Igualmente, los historiadores le dan el papel de protagonista. A su lado, los misioneros ocupan un lugar relevante para llevar las ayudas lejos, por caminos peligrosos. A Luisa de Marillac, no le han dado la categoría. Pero todas las dificultades de las Hijas de la Caridad, como siempre, recayeron en ella y ella las asumió de corazón. Un corazón que no olvidaba a ningún necesitado, ni aun a los despreciados galeotes. A Vicente, le pedía algo para ellos. La Hermana encargada le vino llorando, porque no tenía nada de pan para darles. Y lo que era peor, se les echó encima un problema cruel. Para aliviar los gastos en aquella situación de penuria, se pensó dar la libertad a un número de presos y se encargó a las Hermanas que decidieran ellas. Así, se lo cuenta Luisa a Vicente de Paúl:
«Para colmo de males, la duquesa de Aiguillon quiere que ella (la Hermana) redacte una memoria de los que cree que se pueden soltar; en lo que encuentro tres dificultades graves: una, que ella sólo puede conocerlos por el trato que ellos le dan; o sea, de los que la injurian o la alaban, y siendo así, puede cometer injusticia; otra es que algunos ofrecen dinero al capitán o al conserje, los cuales ya han empezado a injuriarla y a acusarla de ser la causa de su desgracia; y la tercera dificultad es que aquellos que permanezcan en la cadena creerán que ella es la causante. Ya sabe usted, mi muy honorable padre, lo que estas personas podrán decir y hacer. He dicho a la Hermana que retrase la memoria hasta que tenga orden de su caridad, de lo que debe hacer».
Por fin, Luisa encontró en su casa el hambre y la miseria de los pobres. Podía practicar lo que enseñaba con tanto empeño a sus hijas: la doctrina del servicio a los pobres.
Nada sabemos de su corazón humano vuelto a su hijo y familiares. La correspondencia es tan escasa que no los nombra ni una vez. Pero tuvo que sufrir. Sabemos que el conde de Maure, esposo de su prima Ana de Attichy, se unió a la Fronda y al príncipe de Con- dé. Durante algún tiempo, fue gobernador y defensor de Libourne, cerca de Burdeos, contra los ejércitos del rey.
Después de la Fronda
El 14 de julio, Luisa escribió desde París a Sor Juliana Loret, humillándose porque cobardemente se había dejado «persuadir por las Hermanas de ir dentro de la ciudad a una habitación alquilada». Las Hijas de la Caridad, siguiendo una prudencia natural, no podían hacer otra cosa. En las afueras, donde vivía Luisa, había mucho peligro y su vida valía mucho.
Ya en París, contempló ella misma la cruel realidad de las consecuencias de la guerra: campesinos que, huyendo de la muerte, habían entrado en la capital y habían quedado encerrados en una ratonera: mugrientas habitaciones o sórdidas calles. Estaban en la miseria y para ellos, no había retorno porque habían perdido todo o nunca tuvieron nada. Cierto que en París, la miseria era inhumana y estaba envuelta en violencia y ferocidad, pero allí, al menos, podían mendigar o dedicarse a la picaresca; había más gente con dinero.
A esta miseria inabarcable, se añadía la que le contaban las Hermanas por carta: comarcas extensas necesitarían años para recuperarse, y pueblos que nunca lo harían porque habían desaparecido. Las casas destruidas eran muchas y mayor el número de muertos; no se celebraban matrimonios ni apenas bautizos, y, crueldad de la vida, los campos habían quedado en unas pocas manos de poderosos y adinerados, generalizándose el paro.
Luisa no fue una mujer heroica de un instante como los mártires o como quien expone su vida para salvar a un niño de un incendio. La heroicidad de la Hija de la Caridad —y Luisa lo era— se manifiesta en la generosidad callada de cada día en favor de los pobres. La señorita Le Gras estaba decidida no sólo a arrancarlos de la basura sino a darles una esperanza y una dimensión humana. Y se puso a organizar la ayuda social y a las Hermanas. La pena era que le faltaban Hijas de la Caridad. Le hubiera gustado que las Hermanas de Saint-Denis, tan castigadas por las tropas de Turena, vinieran a descansar, pero los caminos eran peligrosos y no había Hermanas ni para reforzar la comunidad ni para reemplazarlas. También, le llegaron noticias agradables desde Sedan, de la emprendedora y atrevida María Joly. Le decía que, al ver «las pobres aldeas en ruina», con un dinero que «le había venido por la gracia del buen Dios… había comprado tres vacas, gallinas y, no se moleste usted, —le dice simpática— dos cerdos».
Tuvo que tranquilizar a las Hijas de la Caridad de fuera de París, que no tenían noticias de la capital, asegurándoles que todas estaban bien, que, gracias a Dios, ninguna había sufrido nada violento o deshonroso, aunque había muchas enfermas. Más la hacía llorar la cantidad de pobres y la escasez de Hermanas.
Finalmente, con el permiso del superior, volvió a la Casa de San Lorenzo. El 21 de octubre, el rey entró triunfante en su ciudad y París se llenó de fiestas. La paz parecía definitiva.
Luisa retomó los asuntos domésticos. La secuela más dolorosa de la revuelta era la escasez de alimentos y los precios altos que habían alcanzado. Buscó por provincias y preguntó precios. Buena administradora, compró casi 50 kilos de mantequilla, pero el lino, pagados los portes, resultaba caro, no compensaba. Recibió comida de las Hermanas de otros lugares y descubrimos su sencillez, al decirnos con naturalidad que ya no tiene dientes para comer los granos pequeños de uva.
Una señal de que la vida había vuelto a la normalidad es la carta que envió a las Hermanas de Richelieu con los tres puntos por los que siempre había velado: la vida espiritual, comunitaria y de servicio.
Los pobres son los primeros. San Vicente había dicho que los pobres eran su peso y su dolor; aunque Luisa no lo dijera, lo vivió profundamente. Lo cual no se opone a que haya que educarlos para que respeten el horario, si la necesidad no es urgente. Se detiene con finura en el trato cordial y en la tolerancia con que hay que servirlos:
«La dulzura, la cordialidad y la tolerancia deben ser la práctica de las Hijas de la Caridad, como la humildad, la sencillez y el amor de la humanidad santa de Jesucristo, que es la perfecta caridad, es su espíritu».
Si no son felices, el servicio a los pobres no será agradable, y para ser felices, deben amar su forma de vida, tolerarse mutuamente y vivir unidas. Les recuerda, para ello, lo de siempre: no dejen entrar a los hombres en sus habitaciones, no visiten a la gente si no son pobres, ni cuenten fuera lo que sucede en casa: «Recordáis —les dice— la advertencia que nos dio nuestro muy honorable Padre en la conferencia, que también nosotras tenemos un claustro, como las religiosas, y que a las almas fieles a Dios, les es tan difícil salir de él como a las religiosas del suyo, aunque no sea de piedras sino la santa obediencia?».
Brienne-le-Cháteau
Con la paz, volvieron las fundaciones. O sea, la expansión de las Hijas de la Caridad, la búsqueda de los pobres y el afianzamiento de la Compañía. Todo era lo mismo, como volvía a ser igual para Luisa el correr de los días: preparar y organizar las nuevas comunidades y animar las antiguas.
Sin tener noticias concretas de la fundación, sabemos que las Hijas de la Caridad habían ido a Brienne-le-Cháteau, a 40 kilómetros al este de Troyes, poco antes de junio de 1652. Las había pedido una Dama de la Caridad de prestigio, la condesa de Brienne, para cuidar a los enfermos y atender a los pobres derrumbados por la guerra. La miseria era aterradora y los pobres se multiplicaban.
No se puede decir que Luisa mimara esta fundación, pero notamos el cariño que le mostró. Tenía motivos. Brienne había sido castigada sin piedad por los ejércitos y necesitaba a las Hijas de la Caridad tanto como los alimentos. Como responsable, puso a Sor Bárbara Angiboust, bondadosa y eficiente, sin hacer ruido. Además, era una fundación de la condesa de Brienne, influyente en la sociedad y en la política de la Corte.
La condesa se llamaba Luisa de Béon. Se había casado con Enrique Augusto de Loménie, conde de Brienne, secretario de Estado para los asuntos extranjeros [el precio del cargo ascendía a la exorbitante suma de 900.000 libras turnesas]. Durante la Fronda, los condes permanecieron al lado de la reina regente, o lo que era lo mismo, al lado de Mazarino. La condesa hacía años que influía en la devota y temerosa Ana de Austria. Cuando en 1644, la señora de Hautefort, Dama de Honor de la reina, cayó en desgracia, la condesa de Brienne ocupó su lugar en la confianza y en las confidencias secretas de la reina madre. Gracias a la cercanía, influía en Ana de Austria, acompañándola en sus devociones, en las limosnas a los pobres, en las visitas a los conventos, en especial, a la abadía Val-de-Gráce. Mazarino, celoso de esta influencia, temía a la condesa:
«El padre Lamberto le dijo a la señora de Brienne que sabía de buena fuente que Su Majestad no podía tolerarlo. Las señoras de Brienne y Liancourt atacan mucho a Su Majestad por la devoción. El padre Vicente con la tropa de Maignelay, Dans, Lamberto y otros son el canal por donde todo pasa a los oídos de Su Majestad». «Todos los conventos están en contra mía y particularmente Val-deGráce».
Luisa de Béon era una de las Damas de la Caridad de mayor prestigio junto con la Princesa de Condé, con la duquesa de Aiguillon y la señora de Lamoignon. Tanto San Vicente como Santa Luisa acudían a ella en los asuntos complicados o para tener en cuenta sus sugerencias en los problemas de las Caridades o de las Hijas de la Caridad». Era sinceramente piadosa y entusiasta de Vicente de Paúl, le ayudó todo lo que pudo, bien directamente, bien por medio de su esposo y de su hijo.
Por la correspondencia, notamos que Luisa tenía buenas relaciones con ella y hasta confianza, pero, igualmente, se siente un respeto hacia la categoría y la influencia de la condesa en la Corte.
La vida les deparó sufrimientos semejantes y, de haber vivido más años, iguales. A la muerte de la reina Ana de Austria, la familia cayó en desgracia y el conde de Brienne tuvo que dimitir de sus puestos en 1663. Su hijo Luis Enrique, desengañado de la vida, ingresó en el Oratorio. No obstante, se enamoró locamente de la princesa de Mecklembourg y fue expulsado del instituto en 1674 y encerrado por su vida disoluta, en la prisión familiar de San Lázaro, en la misma que 30 años antes fue confinado el hijo de Luisa, Miguel de Marillac. La condesa había muerto el 2 de septiembre de 1665.
Polonia
Otra señal de que había llegado oficialmente la normalidad fue enviar Hijas de la Caridad al extranjero, a la lejana Polonia. Las pidió la reina Luisa María de Gonzaga. A esta francesa, Dama de la Caridad, entusiasta de Vicente de Paúl y amiga de Angélica Arnauld, la abadesa de Port-Royal, la habían casado con el rey de Polonia, Ladislao IV en 1645. Fue reina de Polonia por obra y gracia de la política, de Mazarino y de los defectos que encontraron en las otras tres candidatas. Luisa María, hija del duque de Nevers y de Mantua, además de ser bella, reunía las cualidades necesarias para que una francesa fuera reina de Polonia».
A la muerte del rey, se casó en 1649 con su cuñado Juan Casimiro, nuevo rey de Polonia. Enamorada de Francia, logró llevar a Polonia en 1651 a los misioneros paúles, y después de una primera negativa del arzobispo de París, a las Visitandinas. Poco después de éstas, llegaron las Hijas de la Caridad. Salieron de París el 7 de septiembre de 1652. Por el Mar Báltico y cruzando Alemania, Margarita Moreau, Magdalena Druegeon y Francisca Douelle llegaron a Polonia a finales de septiembre.
Ciertamente, La reina Luisa María no había pedido las Hijas de la Caridad a la señorita Le Gras sino a Vicente de Paúl; había sido Dama de la Caridad y sabía que el superior era el único que podía enviar Hermanas al extranjero. Sin duda, Vicente de Paúl lo consultó con Luisa de Marillac. Luisa se emocionó. Sus humildes campesinas se universalizaban. La Compañía ya no era un grupo de mujeres de buena voluntad, era una institución reclamada por la Iglesia para salir del lugar y hacerse universal.
Dos días antes de salir, San Vicente les dio unos consejos. Luisa cogió unos apuntes y redactó la plática. También, ella les dio una charla la víspera de salir, al haberse retrasado un día la marcha. No conservamos la charla de Luisa, pero sí unas notas que escribió en un papel como guía:
«las razones de ir a Polo[nia]. La primera, hay vocación de Dios para honrar aquélla de su hijo y hacer las mismas cosas que él hizo».
Llamada de un gran rey y reina. ¡Qué pocas las llamadas! el bien que hay que hacer allí espiritualme[nte] y cor[poralmente]. st francisco Xavier. Oh gran vocación la vuestra engendrar [santos] en el nuevo Reino donde la fe está bien, pero sufriendo mucho, más para ejercer allí la caridad.
Uno de los medios para cumplir el designio de Dios es trabajar en su espíritu y para ello pedirle el medio de ob[edercer]le y de desear la gloria de D[ios]. Otro, hum[illar]se mu[cho] no tener otro.
Otro, tra[bajar] en su perfec[ción], no contentarse con un mediocre morir a sí [mismo]. Otro, tener jun[tas] una gran unión. ¡Oh, hijas mías, qué gra[cia] la de vuestra vocación! ¿quién la puede expr[esar]? no los ángeles, sólo Dios. su[plico] a su bond[ad] os dé grandes ben[diciones]; no del oriente al occi[dente], sino él y del tiem[po] a la eter[nidad] para haceros aum[entar] de virtud en virtud, pegadas a las Re[glas] como el caracol a su c[oncha], de otra manera muere. mi palabra no es mía…» [No está terminado].
Varize
No tenemos noticias sobre la fundación de Varize. Tan sólo, una frase de Luisa nos indica que las Hijas de la Caridad ya estaban allí en 1652; «La señora de Varize… me manifestó ayer que podía pasar sin las dos Hermanas que le hemos dado para Varize, pues cree que sería más provechoso enviarlas a Cháteaudun».
No le fue fácil a Luisa encontrar las dos Hermanas ya que una tenía que ser enfermera y la otra maestra: enfermos y niños. La misma dificultad se le presentó de nuevo un año más tarde, al tener que cambiar a la maestra.
Asimismo, sabemos muy poco de la señora de Varize. Únicamente, que era Dama de la Caridad y lo que escribe Vicente de Paúl: que se preocupaban de sus tierras de Varize, pidiendo a Vicente que las misionara. También, dice que «el señor y la señora de Varize llevaban una vida angelical».







