Capítulo XXIII: Continúa el mismo asunto.
Bien pudo el siervo de Dios Vicente decir con el Santo Job, a causa de los errores que perturbaron la tranquilidad de la Iglesia en este siglo, que le había acontecido aquello que más había temido, y que se había visto empeñado en un lance que siempre por tan peligroso había mirado con temor.1
«Toda mi vida, decía una vez a su comunidad, he tenido miedo de encontrarme con el nacimiento de alguna herejía. Veía el gran daño que había hecho la de Lutero y Calvino, y cuantas personas de toda clase habían chupado el pernicioso veneno, queriendo gustar la falsa dulzura de sus pretendidas reformas; mi temor, pues, ha consistido en hallarme iniciado en los errores de alguna nueva doctrina sin tener conocimiento de ello, y por eso, repito, siempre temí esto«. Y más de una vez dijo lo mismo a diversas personas virtuosas y de su confianza.
Pero dispuso Dios por particular providencia que sucediese a su siervo lo que tanto había temido, permitiendo que en su tiempo naciera en la Iglesia el Jansenismo, y aún más, que Vicente de antemano tuviese amistad con uno de los principales autores de la secta; esto sin embargo sirvió para hacer resplandecer más la fe y el vigor de su celo, y poner en la Iglesia una columna de fierro y un muro de bronce para sostener y defender la verdad.
Queriendo Dios prepararlo y ponerlo a cubierto del contagio de los nuevos errores, permitió que antes que estos tuviesen publicidad, contrajese Vicente particular amistad con un abate originario de su provincia,2 el cual fue condiscípulo de Jansenio en la Universidad de Lovayna, y cuando volvió a Francia lo trajo en su compañía para hacerlo su confidente, y propagar poco a poco en conversaciones familiares la doctrina que había concebido para reformar, según creía, la Iglesia en su disciplina y en algunos puntos de fe. Ningún lugar le pareció más a propósito que París para sembrar sus errores, pues en esta ciudad encontraba muchas personas en disposición de escucharlo, ya por un movimiento de curiosidad, ya por darse importancia de instruidos en una nueva doctrina desconocida, según decía su autor, por muchos siglos a todos los doctores escolásticos.
Viendo Vicente la general estimación que todos tenían al abate por su erudición y otras buenas cualidades que le suponían, creyó que su conversación no podía menos de ser provechosa a él y a los de su Congregación, que entonces se hallaba en la cuna; y con este intento comenzó a frecuentar sus relaciones con el abate, pues como industriosa abeja quería sacar la miel de la buena doctrina y escuchar los buenos consejos de su nuevo amigo; por su parte el abate también estimaba en mucho las relaciones de Vicente, pues se prometía hacerle chupar el veneno de sus errores para que lo comunicase a su Compañía, y como diligentes operarios sembrasen y derramasen por todas partes la mentira. Y como veía tan buena disposición en Vicente para escucharlo, comenzó a descubrir muy poco a poco sus máximas, mezclándolas con otras tan buenas y santas, que si el espíritu de Vicente no hubiese sido tan esclarecido en la verdadera luz, dificilmente hubiera conocido el error.
Muy pronto comenzó el siervo de Dios a admirarse de los principios de una doctrina tan nueva, y esto le hizo meditar y sondear el corazón del abate, cuyos sentimientos ya le fueron pareciendo sospechosos y perjudiciales. Haciendo un día recaer la conversación sobre un punto de la doctrina de Calvino, quedó admirado Vicente al ver que sostenía el buen abate el error de ese heresiarca; y como le manifestase que la doctrina de Calvino estaba ya condenada por la Iglesia, respondió el abate: «Que Calvino había defendido mal una buena causa«, añadiendo estas palabras: Bené sensit, malé locutus est.
En otra ocasión, en que defendía con calor el abate una doctrina condenada por el Concilio de Trento, creyó Vicente que la caridad le obligaba a hacerle algunas advertencias, y así le dijo: «Avanzáis demasiado, Señor; pues qué, ¿queréis que dé yo más crédito a un doctor particular, como sois, sujeto a engaño, que a toda la Iglesia, que es la columna de la verdad? Ella me enseña una cosa, y me sostenéis otra contraria; y ¿os atrevéis a preferir vuestro dictamen al de las mejores cabezas del mundo, y de tantos ilustres prelados que reunidos en el Concilio de Trento decidieron este punto?» — «No me habléis de ese Concilio, respondió el abate, porque no fue más que un concilio del Papa y los escolásticos, en que sólo hubo facciones y cábalas«. Tan temerarias palabras de un espíritu embriagado de amor propio obligaron a Vicente, que profesaba un profundo respeto a todas las decisiones de la Iglesia, a conducirse con mucha circunspección con este hombre, cuya conversación consideraba muy perniciosa, y aún a alejarse para siempre de él si continuaba manifestando los mismos principios, lo que verificó a consecuencia de los siguientes acontecimientos.
Habiendo ido un día a visitarlo, lo encontró en su cuarto leyendo la Biblia, y por temor de interrumpirlo, permaneció en pie algún tiempo sin hablar nada; pero mirándolo el abate, le dijo: «¿Veis lo que leo, señor mío? La Sagrada Escritura«. Y con este motivo comenzó a querer convencer a Vicente con largos discursos de que Dios le daba una perfecta inteligencia de la Escritura, y que su espíritu abundaba en luces para explicar los textos sagrados; y llegó a tal punto , que decía que la Biblia era más profunda y clara en su cabeza, que en sí misma. Palabras que Vicente repitió a varias personas, asegurando ser las mismas del abate.
Otra ocasión en que Vicente fue a visitarlo, lo encontró encerrado en su gabinete, y luego que salió, con aire risueño le dijo: «Confesad, señor abate, que acabáis de escribir algo de lo que Dios se ha servido inspiraros en la oración de esta mañana«. A lo que contestó el abate: «Sí; confieso que Dios me ha inspirado y me inspira nuevas luces, pues me ha dado a conocer que ya no existe la Iglesia«. Sorprendido Vicente con esta respuesta, volvió el abate a decir: «No; ya no hay Iglesia: Dios me ha hecho conocer que hace más de quinientos o seiscientos años que no existe. Antes de esta época era la Iglesia un gran río con cristalinas aguas; pero ahora lo que nos parece Iglesia no es más que un cenagal: el lecho de este hermoso río existe aún; pero sus aguas han desaparecido«. «¿Cómo, contestó Vicente, pretendéis dar más crédito a vuestros sentimientos particulares que a la palabra de Jesucristo, que dijo que edificaría su Iglesia sobre la piedra, y no prevalecerían contra ella las puertas del infierno? La Iglesia es la Esposa de Cristo, jamás la abandonará, y el Espíritu Santo la asistirá siempre«. El abate le respondió: «Es cierto que Jesús edificó su Iglesia sobre la piedra; pero también lo es que hay tiempos de edificar y tiempos de destruir. Era su Esposa; pero ahora es adúltera, y por eso la ha repudiado, y quiere que se substituya con otra que le sea más fiel«. Vicente le manifestó que se estaba separando mucho del respeto que debía a la verdad, y que desconfiase enteramente de su espíritu, porque estaba preocupado de perversos sentimientos; y después de algunas otras palabras se separaron.
Refirió Vicente en varias ocasiones estas entrevistas con el abate a los de su Congregación y a otras personas; pero siempre manifestando no poco sentimiento y dolor por la ceguedad de los nuevos herejes, y guiado por un movimiento de caridad para evitar el contagio e inspirar el recelo con que los de su Congregación debían oírlos.
Temeroso Vicente de que ciego el abate por la vana opinión de sus talentos, y guiado por el espíritu de presunción y soberbia, se precipitase en alguna herejía, y consigo arrastrase a otros muchos, determinó, obedeciendo las leyes de su antigua amistad y de la caridad cristiana, hacer un esfuerzo para reducirlo al buen camino, empleando la corrección fraterna. Y así se fue un día a hacerle una visita, en la que comenzó preparando su espíritu con acomodados razonamientos, para después aplicarle el remedio que se proponía emplear: hablóle en seguida de la obligación que tenía de someterse al juicio de la Iglesia y del respeto y consideración que se debía al Santo Concilio de Trento; descendiendo después a proposiciones particulares, que erróneamente quería sostener, le hizo ver que siendo contrarias a la doctrina de la Iglesia, no tenía razón de meterse en un laberinto de errores, y menos en querer que él y toda su Congregación los abrazasen, y que le suplicaba por nuestro Señor Jesucristo, que cuanto antes saliese de tan deplorable estado. Se ignora lo demás que en esta entrevista pasó; solo se sabe que le habló Vicente con tal energía, que nada tuvo que responder; pero con todo, el abate no pudo digerir una advertencia que le causó profunda impresión, y por eso al cabo de un mes que se hallaba ya en su abadía, escribió a Vicente una larga carta, de la que copiaremos algunos trozos.
«Por esa disposición a la humildad que existe en el fondo de vuestro corazón para creer lo que en los libros sagrados se encuentra, creía que nada sería más fácil que convenceros por vuestros propios ojos de lo que ahora detestáis como error; pero cuando en el discurso de vuestra fraterna amonestación oí que a las cuatro correcciones anteriores agregabais la quinta, porque una vez os dije que deseaba, por haceros un servicio y a toda la Congregación, formar una serie de artículos sobre asuntos de vuestro instituto, no creí que era la ocasión a propósito para contestaros, y sufrí sin grande esfuerzo esto de un hombre que por mucho tiempo me había honrado con su amistad y tenía en Paris muy buena reputación. Solamente me admira ver que, siendo como sois, tan dulce y reservado en todos los negocios, hayáis aprovechado la ocasión del levantamiento que hay contra mí, para uniros a los demás y oprimirme; agregando a las demasías de otros el haber venido en persona y a mi propia casa a atacarme; cosa que ninguno se ha atrevido a hacer. Puedo aseguraros que ninguno de esos señores prelados que tanto frecuentan vuestra casa, dejaría de admitir mis opiniones, y aun de autorizarlas con su dictamen, si quisiera yo hablarles con algún espacio; pues tan lejos de oponerse, quedarían contentos y agradecidos«.
Y después de estos desahogos de su bilis alterada y de la presunción de su espíritu que no le dejaba aprovecharse de las advertencias caritativas de su fiel amigo, agregaba al fin de su carta: «Queda quitaros ciertas prácticas, que si siempre he tolerado en vuestra disciplina, es porque os veía muy adicto a ellas y muy resuelto a no abandonarlas por haber sido autorizadas por la opinión de los personajes con quienes consultabais. Pero después de lo que ha pasado, no tengo embarazo en deciros, que según mi opinión, no son aceptas a Dios, porque sólo pueden hacerse con un espíritu de sencillez, que es tan raro, que de él puedo decir lo que un bienaventurado de nuestros días ha dicho respecto de los directores de almas, y es, que entre diez mil apenas puede encontrarse uno solo que verdaderamente lo sea. Solamente digo, ese espíritu de sencillez puede hacerlas excusables ante Dios; tendré sin embargo la paciencia que él mismo ha tenido de dejaros obrar, y permaneceré con la misma disposición que hoy he manifestado de serviros en ello por condescendencia, ya que no he podido por entera aprobación«.
Bastante claramente se manifiesta por esta carta que las intenciones del abate eran insinuar sus máximas en el corazón de Vicente y propagarlas a toda su Congregación de la Misión; mas por una especial protección, Dios ha librado al padre y a los hijos del contagio de estos errores, y los ha mantenido siempre firmes en las creencias ortodoxas que enseña la Iglesia.
Como este abate persistiese en propagar secretamente su doctrina, dispuso el rey que se pusiese en prisión, y al verificarlo se recogieron todos los papeles que tenía, entre los cuales se encontraba el borrador de la carta que acabamos de referir, la que se divulgó en esta ocasión, y aun en el interrogatorio se le hicieron varias preguntas sobre las entrevistas que había tenido con Vicente. Había fundadas esperanzas para creer que su encarcelación humillase su orgullo y le hiciese conocer sus errores; pero no fue de larga duración, pues sus partidarios consiguieron a fuerza de ruegos que en breve le pusiesen en libertad, y poco después por juicio secreto de Dios pasó de esta vida a la otra.
Por la misma época se publicaron dos perniciosos libros que habían pasado por las manos del abate: uno, en que se intentaba probar que San Pedro y San Pablo habían recibido de Dios igual poder para gobernar la Iglesia, con el fin de impugnar de este modo la unidad del jefe de ella; y el otro, el Augustinus de Jansenio que tanto ha llamado la atención, y dio origen a los partidos que se levantaron en Francia y en la Iglesia. Y como conocía muy bien Vicente la fuente perniciosa de esta doctrina, creyó que era de su deber oponerse y hacer cuanto pudiera para solicitar la condenación de ella.
Escribió con tal objeto el 4 de Octubre de 1646, la carta siguiente a cierto cardenal.
«Humildemente ruego a Vuestra Eminencia me dispense que le remita algunos escritos contra la proposición de «Las dos cabezas de la iglesia San Pedro y San Pablo», que ha compuesto uno de nuestros más sabios teólogos, que quiere ocultar su nombre. En una Gaceta de Roma he leído que en esta ciudad actualmente se ocupan en el examen de ese libro, y que dos doctores de la Sorbona que allí están, pretenden probar que esas opiniones que contiene dicho libro son las que sostiene su facultad; pero ésta, noticiosa de que se le atribuyen tales ideas, se ha reunido y enviado al nuncio dos diputados para desmentir ese dicho de los doctores de Roma, y suplicarle que haga cuanto pueda para que en el próximo número de la Gaceta se publique que la Facultad es de opuesto sentir. Quiere el buen y virtuoso teólogo que me ha traído estos escritos, que por mi conducto vayan a Roma, a fin de que lleguen a manos de las personas a quienes Su Santidad haya nombrado para que examinen el libro; pues en dichos escritos están los textos con que se trata de probar la igualdad de San Pedro y San Pablo, y la refutación de ellos sacada de los mismos autores que se citan«.
A consecuencia de esta carta, la Santa Sede condenó el libro de Las dos cabezas, y con esto tuvo Vicente el consuelo de recoger el fruto de sus afanes.
En cuanto al libro de Jansenio, muy pronto conoció Vicente que no era otra cosa más que la doctrina que poco a poco le había ido desenvolviendo el difunto abate en las entrevistas que habían tenido, y que el veneno que contenía era tanto más terrible, cuanto iba envuelto con el especioso pretexto de volver a dar a la teología su primitivo esplendor y pureza; y como tenía motivo para conocer la perniciosa doctrina muy de antemano, se creyó obligado a buscar un eficaz antídoto, entre tanto la Santa Sede ponía el remedio soberano para el mal. Con este fin vio a varias personas de conocida virtud y erudición, para que atacasen los errores que contenía el libro, y entre ellas fue una el difunto Sr. Raconis, obispo de Lavaur, a quien hizo varias advertencias sobre este asunto, y con quien obró de acuerdo para contener los progresos de la mala doctrina, según se echa de ver por varias cartas de dicho Sr. Raconis que escribió a Vicente, de entre las cuales copiaremos lo siguiente:
«Luego que concluimos nuestra conversación de ayer, pasé a ver al príncipe de Condé para hablarle del Jansenio, y lo he encontrado muy animado contra los errores de este autor; me ha excitado a que continúe trabajando y favorezca el celo que manifestáis en defensa de la Iglesia, sobre lo que le he hablado muy detenidamente, y todo lo ha oído con sumo gusto. Díjome dos cosas: que pasase en persona a ver al nuncio y le dijese de su parte, que deseaba verlo en alguna iglesia para hablarle sobre este negocio, y manifestarle la necesidad que había, tanto para el bien de la Iglesia como para la tranquilidad del estado, de responder al autor. Al punto lo hice; y después de una larga conferencia que tuve con el nuncio, convenimos en que le mandaría yo una lista de los errores de Jansenio que ya están condenados, o por algunos concilios, o por papas. Volví en seguida a ver al príncipe, quien recibió con mucho gusto la noticia de lo que pasaba, y me prometió que manifestaría a la reina y al cardenal Mazarin la suma importancia de este negocio; concluyendo con repetirme el segundo encargo que me había hecho, que es el de aseguraros que le animaba un gran deseo de auxiliaros en este asunto«.
Al paso que la nueva doctrina hacía progresos, insinuándose en el espíritu de los amigos de todo lo nuevo, trabajaba Vicente en el Consejo de la reina, al que había sido llamado desde el principio de la regencia, persuadiendo a su Majestad y al cardenal Mazarin, de lo mucho que importaba al bien de la Iglesia y del Estado, que no ocupasen los beneficios eclesiásticos las personas sospechosas de adictas a la nueva doctrina. Y como estaba convencido de que las cátedras de los profesores y predicadores eran la fuente pública en donde se beben las aguas de la doctrina y de las costumbres, tenía gran cuidado con que ocupasen esos puestos las personas que abundasen en los sentimientos comunes de la Iglesia, y para lograrlo exhortaba a que se hiciesen particulares oraciones, y empleaba los medios que le dictaba su caridad.
Consultaba a menudo con el nuncio y el canciller los medios adecuados para detener los progresos de la nueva doctrina; como se verificó cierta ocasion en que tuvo noticia de que en un convento de religiosos se iba a sustentar una tisis sospechosa de jansenismo, y logró que por autoridad de ellos se mandase suspender aquel acto, lo que en efecto sucedió, según consta de la carta siguiente:
«Como un religioso de esta ciudad quisiese defender una tesis que compuso, en la que asentaba una proposición que por ser jansenista había ya condenado la Sorbona, dispuso el señor canciller que no se reuniesen los asistentes al acto, ni se disputase sobre la materia. Contestó el superior de este religioso, poniendo algunas dificultades para obedecer tal orden; pero la respuesta fue que se guardase bien de hacer lo contrario de lo que se mandaba, pues medios había para hacerlo entrar en el orden a él y a todos sus religiosos. Ordenóle también el canciller que fuese a ver al nuncio, de quien recibió fuertes reconvenciones por haber consentido en que se publicase la tesis del religioso, y lo amenazó, lo mismo que a todos los que sostuviesen en su religión las nuevas doctrinas, con hacerlos castigar y dar parte de ello al papa y al general de la orden. Después que esto pasó, el superior y toda la comunidad castigaron al religioso de la tesis, lo excluyeron de todo cargo y oficio en la orden, lo privaron de voz y voto en las asambleas, y al fin lo expulsaron de la casa. Por esto que ha pasado, hay fundamento para esperar que tomando tan fuertes medidas contra semejantes empresas, muy pronto se desterrará la perniciosa doctrina.«
De esta manera aprovechaba el fiel siervo de Dios las ocasiones que se le presentaban para impedir que hiciesen los errores estragos en la Iglesia. Pero como a pesar de esto y de cuantos esfuerzos se hacían para impedir los progresos del mal, este iba siempre en aumento, extendiéndose a todas partes, introduciendo la división en las escuelas, en las comunidades religiosas y aun en las familias seculares, y amenazando la tranquilidad del Estado, Vicente se afligía sobremanera, e incesantemente meditaba en los medios que pudieran ser más eficaces para impedir las funestas consecuencias de estos principios; y como creía que en gran parte los males eran efecto de la cólera divina, se aplicaba a la oración y mortificación, para lograr que Dios por su bondad los alejase de aquel reino.
No fueron inútiles sus lágrimas y ruegos, porque a poco tiempo supo que muchos prelados, animados del celo por la conservación de la fe y de la religión católica, habían resuelto dirigirse a la Santa Sede para poner un remedio pronto y eficaz a tantos desórdenes. Alegróse mucho de esta resolución, y creyó oportuno dar parte de ella a otros prelados, para que uniesen sus súplicas a las de los primeros, lo que hizo por una carta que les dirigió en Febrero de 1651 en estos términos:
«Los malos efectos que producen las opiniones de estos tiempos, han determinado a muchos prelados a recurrir al Santo Padre para suplicarle que decida sobre esta doctrina.
Los motivos que para esto han tenido presentes, son: 1.° Que de este modo creen que muchos continuarán adoptando las opiniones comunes, de las que podrían separarse si no se daba este paso, como ya hemos visto que sucedió con motivo de la censura del Libro de Las dos cabezas. 2.° Porque parece que el mal aumenta porque se tolera. 3.° Se cree en Roma que la mayor parte de los señores obispos de Francia son partidarios de las nuevas opiniones, y es cosa importante manifestar que hay muy pocos. 4.° En fin, esto es conforme con lo que quiere el Santo Concilio de Trento, el que manda que cuando haya opiniones contrarias a lo que él ha determinado, se ocurra a los papas para que dispongan lo conveniente. Esto es pues, Illmo. Sr., lo que se quiere hacer, según verá S. I. por la carta que acompaño; en la inteligencia que su firma irá después de la de otros cuarenta obispos, cuyos nombres son los siguientes, etc.«
Además de esta circular que a muchos prelados envió, en particular escribió a uno de ellos, de quien no había recibido respuesta, en los términos siguientes.
Paris, 23 de Abril de 1651.
«Illmo. Sr.
Días ha que me tomé la libertad de escribir una carta a S. I. acompañando la copia de la que muchos señores obispos del reino quieren dirigir al Santo Padre para suplicarle decida sobre los puntos de la nueva doctrina, con el fin de que S. I. se sirviese firmarla si le parecía. Pero como ninguna respuesta he recibido, temo que no haya llegado a sus manos, o que un escrito perverso que han repartido en estos días los partidarios de esta doctrina con el objeto de impedir el que se dé este paso, haya hecho a S. I. suspender su resolución. Por esta razón le remito otra copia, suplicándole en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que considere la necesidad que hay de remitir esta carta a causa de la división que se va introduciendo en las familias, en las poblaciones y aun en las universidades, como una llama perniciosa que cada día crece, trastorna las cabezas y amaga a la Iglesia con un golpe irreparable, si prontamente no se acude al remedio.
El estado actual de los negocios públicos no permite tener la esperanza de que se reúna un concilio general: y aunque esto no fuera, bien sabe S. I. todo el tiempo que pasó para poder reunir el último; y siendo este un remedio remoto para un mal actual, ¿qué convendrá hacer? Sin duda recurrir a la Santa Sede, no solo por no haber otro camino, sino porque el Concilio de Trento dispuso en su última sesión que se recurriese al Santo Padre para decidir en las dificultades que se presenten sobre lo que dejaba decretado. Y pues que la Iglesia se encuentra en un concilio general reunido canónicamente, como ese, y el Espíritu Santo conduce la misma Iglesia, como no puede dudarse, ¿por qué no se ha de observar lo que ordena para el caso en que nos hallamos, que es recurrir al Sumo Pontífice? Bastaría esta razón, Illmo. Señor, para contarlo entre los sesenta que firmaron esta carta, sin más antecedentes que saber el asunto de ella; hay además de estos, otros muchos que deben firmarla.
Pudiera tal vez decir alguno que no debe decidir anticipadamente en una materia en que debe ser el juez. Pero a esto puede contestarse, que no pudiendo verificarse por lo ya dicho, un concilio general, tampoco puede ser juez. Pero supongamos lo contrario; recurrir al papa, no puede ser un impedimento, porque muchos santos en otros tiempos le han escrito contra las nuevas doctrinas, y a pesar de esto, después han asistido como jueces a los concilios que las han condenado.
Y si replicase alguno que los papas han impuesto silencio sobre esta materia, prohibiendo que se hable, dispute ni escriba de ella, se le podrá contestar, que no debe entenderse este silencio respecto del papa mismo, cabeza de la Iglesia, con el cual todos los miembros deben estar en relación; y que por el contrario, debemos recurrir a él en los casos de duda y de divisiones. ¿A quién otro pudiera uno dirigirse, y de qué modo había de llegar a noticia de su Santidad las cuestiones que se suscitan, si no se le comunican para que decida en ellas?
Si dijere alguno, Illmo. Sr. , que la dilación de la respuesta de su Santidad, o una decisión poco terminante aumentaría el atrevimiento de los contrarios, puedo asegurarle que el nuncio ha dicho que tiene noticias de Roma, por las que cree que luego que su Santidad reciba una carta del rey y otra de un cierto número de los obispos de Francia, decidirá sobre esta doctrina. Además, el rey está resuelto a escribir; y el primer presidente ha dicho, que con tal que la bula de su Santidad no diga que se ha dado por opinión de la Inquisición de Roma, le dará pase en el parlamento.
¿Y qué se gana, dirá otro tal vez, con la decisión del papa, puesto que no se someterán a ella los que sostienen la nueva doctrina? Esto solo puede ser cierto respecto de algunos que han estado en la conspiración del difunto N., quien no solo no tenía disposición para someterse a las decisiones del papa, sino que no creía en los concilios. Sé muy bien, Illmo. Sr. , por haberlo experimentado, que estos podrán ser tan obstinados como él: pero respecto de otros muchos que solo siguen las doctrinas por ser nuevas, o porque tienen relaciones de familia con los sectarios, o en fin, porque creen obrar bien, ha de haber muy pocos que se quieran rebelar contra su legítimo padre. Tenemos experiencia de esto con motivo del Libro de Las dos cabezas, y del Catecismo de la gracia; pues luego que se supo la decisión del papa, ya no se volvió a hablar de esto; por lo cual, Illmo. Sr., debemos desear con ardor el desengaño de muchas almas en esta materia, como ha sucedido en la anterior; y que con tiempo se evite el que otras muchas abracen los nuevos errores. Pruébase la malignidad de esta doctrina con el ejemplo de un tal Labadie: este apóstata sacerdote tenía reputación de gran predicador, y después de haber causado muchos males en la Picardía y en Gascuña, se volvió Ugonote en Montoban, y ha publicado un libro de su supuesta conversión, en que declara que habiendo sido jansenista, ha conocido que la doctrina que éstos siguen es la misma que nuevamente ha adoptado. Jáctanse muchos ministros, Illmo. Sr., predicando esta doctrina y hablando de los calvinistas, de que la mayor parte de los católicos es de su partido, y que muy pronto se alistarán los demás; y supuesto esto, ¿qué no debemos hacer para quitar esta arma que da tanto poder a los enemigos declarados de nuestra Religión? ¿Quién no atacará este pequeño monstruo que comienza a desolar la Iglesia, y que al fin la desolará si no se le quebranta la cabeza luego que nace? Si los santos obispos que hoy tenemos hubiesen vivido en tiempo de Calvino, ¿cuánto no desearían haber hecho para atacar su herejía? Vemos hoy la falta de los prelados de aquel tiempo en no oponerse firmemente a una doctrina que iba a originar tantas guerras y divisiones; pero en esto había entonces mucha ignorancia, y hoy manifiestan más celo nuestros obispos porque no son ignorantes. De este número es el Sr. Cahors, quien últimamente me ha escrito, hablándome de un libelo infamatorio que le habían dirigido contra la referida carta, y agrega que el espíritu de herejía, no pudiendo sufrir las justas correcciones, apela inmediatamente a la calumnia, y nos ha hecho venir a parar en lo que era de esperarse. Y porque yo le había dicho que se mantuviese en la resolución que había tomado en un acontecimiento que le sobrevino, me dice: «Os aseguro que así lo haré, aun cuando no tuviese más motivo que el de encontrarme en la lucha que me parece tendremos que sostener, y espero que con ayuda de Dios, los hemos de vencer». Semejantes sentimientos de tan buen prelado esperamos ver en su Illma., que predica y hace predicar en su diócesis las doctrinas recibidas por la Iglesia, y creemos que mucho le agradará recurrir al Santo Padre para que haga lo mismo en toda la cristiandad, con el fin de sofocar estas nuevas opiniones que tanto simbolizan los errores de Calvino. Se interesa en esto la gloria de Dios, la tranquilidad de la Iglesia, y puedo decir también la del Estado, pues aquí en París se ve esto como no es posible imaginarlo en cualquiera otra parte. Sin este motivo, Illmo. Sr., no me hubiera atrevido a molestarle con esta larga carta; pero le suplico humildemente me perdone por su bondad, pues confiado en ella me he dirigido, etc«.
Entre los obispos a quienes escribió Vicente, dos le contestaron en términos vagos, que no creían conveniente firmar la dicha carta , lo que dio motivo a que Vicente les dirigiese la que sigue, en la cual se echa de ver el celo que le animaba.
«Illmos. Sres.
Con el respeto que debo a vuestra virtud y dignidad, he recibido la carta que me hicisteis el honor de dirigirme a fines del mes de Mayo, en contestación a las mías, sobre las cuestiones del día, y en ella veo muchas ideas, dignas del puesto que ocupáis en la Iglesia, que os han hecho adoptar el silencio en el asunto que se discute. Mas no por eso dejaré de tomarme la libertad de haceros presentes algunas razones que tal vez harán variar vuestra opinión; pero os suplico rendido a vuestros pies, que no lo llevéis a mal.
En primer lugar tenéis temor que la decisión que se espera de Su Santidad no se reciba con la sumisión y obediencia que deben todos los cristianos a la voz de su pastor, y que no encuentre el espíritu divino la docilidad necesaria en los corazones para obrar una verdadera unión; pero debo manifestaros que si cuando aparecieron las herejías de Lutero y de Calvino, por ejemplo, se hubiese esperado para condenarlas a que manifestasen disposición sus sectarios para someterse o reunirse a nosotros, hasta el día sus herejías serían doctrinas que pudieran seguirse o no, y hubieran de este modo ganado más partidarios de los que tienen. Si pues las opiniones de hoy, cuyos malos efectos en las conciencias estamos palpando, son de la misma naturaleza, es en vano esperar que se unan los que las siembran con los defensores de la doctrina de la Iglesia; y puesto que no hay que esperar a que esto suceda ni ahora ni después, el diferir la condenación de la Santa Sede, solo servirá de darles tiempo para que derramen su veneno, y quitarles a muchas personas de gran piedad el mérito de la obediencia que han protestado rendir a los decretos del Santo Padre al punto que los vean , pues nada desean más que saber la verdad; y mientras esto sucede, permanecen de buena fe en ese partido, engrasándolo y fortificándolo de ese modo, porque no pertenecen a él, sino por la apariencia del bien y reforma que preconizan sus partidarios, siendo ésta la piel de oveja con que se visten los verdaderos lobos para seducir a las almas.
En segundo lugar: a lo que decís, Illmos. Sres., respecto de que el calor con que defienden los partidos opuestos su opinión, no da mucha esperanza de que se haga una sincera reconciliación, en la cual, a pesar de esto es necesario trabajar, debo responderos: que en materia de fe y de religión no es posible reunir contrarias opiniones sino refiriéndose a un tercero, que a falta de concilio no puede ser otro más que el papa; y si alguien en este punto no quiere estar de acuerdo, es incapaz de cualquiera avenimiento; y aun si no es el expresado respecto del papa, ni nosotros mismos podernos desearlo, porque las leyes nunca pueden ponerse de acuerdo con los crímenes, así como ni la mentira con la verdad.
En tercer lugar : la uniformidad que deseáis que haya entre los prelados, puede bien desearse, con tal que sea sin detrimento de la fe, porque es necesario que no haya unión en lo malo y lo erróneo; y si alguna unión debiera hacerse, habría de ser adhiriendo la parte más pequeña a la más grande, y los miembros a la cabeza, que es lo que se ha propuesto, pues de seis partes hay lo menos cinco que han ofrecido estar a lo que diga el papa en defecto del concilio, que con motivo de las guerras no puede reunirse; y si a pesar de esto aún hubiere alguna división, o si queréis, algún cisma, la culpa será de los que no quieran someterse a jueces, ni a lo que diga la mayoría de los obispos, a la que hacen tan poco caso como al papa.
De lo dicho se saca otra cuarta razón que puede servir de respuesta a lo que me decís, Illmos. Sres., que tanto uno como otro partido cree que tiene razón. Sé muy bien esto; pero también sabéis que lo mismo han dicho todos los heréticos, y que no se han escapado por esto de la condenaciín y anatemas de los papas y concilios. Ninguno ha imaginado que el unirse con ellos fuese un medio para evitar el mal; al contrario, se ha aplicado, como dicen los médicos, el fuego y el fierro, y algunas veces algo tarde, como puede suceder en la actual cuestión; cierto es que un partido acusa a otro; pero con esta diferencia, que uno pide jueces, y el otro no los quiere, lo que es mala señal. Digo que no quiere que le venga el remedio del papa, porque ve que esto es posible, y aparenta desear el remedio del concilio, porque mira imposible su reunión en nuestro estado actual; pues si creyera que esto segundo pudiera verificarse, no lo admitiría, como no admite lo primero. En mi opinión no se daría motivo a que los libertinos y heréticos nos ridiculizaran, ni a que se escandalizaran los buenos por la división de los obispos, pues a más de que el número de los que no quieran firmar la carta dirigida al papa ha de ser muy pequeño, en los antiguos concilios no es raro que haya habido divergencia de opiniones, y esto mismo prueba que es necesario que el papa tenga conocimiento en estas materias, puesto que, como vicario de a Jesucristo, es cabeza de toda la Iglesia, y por consiguiente el superior de los obispos.
En quinto lugar: aunque la guerra se haya encendido en toda la cristiandad, bien puede el papa juzgar con todas las condiciones y formalidades necesarias y prescritas por el Concilio de Trento, cuya elección deja plenamente a Su Santidad, a la que muchos santos y antiguos prelados ordinariamente han consultado y reclamado en casos de duda de fe, y esto aun cuando se hayan encontrado reunidos, como puede comprobarse con los Santos Padres y los anales eclesiásticos. Y si de aquí resultare a que un partido no se someta a su juicio, en vez de temer esto, debemos considerarlo como un medio para distinguir los verdaderos hijos de la Iglesia de los pertinaces.
En cuanto al remedio que proponéis, Illmos. Sres., de prohibir expresamente que tanto uno como otro partido dogmatice, humildemente os suplico que consideréis, que no solo se ha empleado sin fruto este medio, sino que ha servido para dar valor al error, porque viendo que se nivelaba con la verdad, ha ganado tiempo para propagarse; y demasiado se ha tardado en desarraigar esta doctrina; pues no siendo puramente teórica; sino consistiendo también en la práctica, muchas conciencias no pueden tolerar la turbación y la inquietud que dimanan de esta duda que naturalmente se levanta en el corazón de cada uno, a saber: si Jesucristo murió por él o no, y otras semejantes. Personas ha habido que oyendo a otros que decían a los moribundos para consolarlos, que tuviesen confianza en la bondad de nuestro Señor que había muerto por ellos, decían a los enfermos que no se fiasen en eso, porque nuestro Señor no murió por todos.
A estas consideraciones me permitiréis agregar, Illmos. Sres., que los que profesan la nueva doctrina, viendo que se teme a sus amenazas, las aumentan, y se disponen a una fuerte rebelión; vuestro silencio lo miran como un poderoso argumento en su favor, y aun en un impreso que han publicado hacen alarde de que sois de su opinión; mientras que los que siguen sencillamente la antigua creencia, se desalientan al ver que no son universalmente defendidos. ¿Y no llegaría por ventura el día, Illmos. Sres., en que sintieseis mucho que vuestro nombre haya servido contra vuestras intenciones, que las creo muy sanas, para confirmar a unos en su pertinacia y conmover la creencia de los otros?
¿Cómo podrá diferirse esto para un concilio general, si durante las guerras no se puede convocar? Casi cuarenta años pasaron desde que Lutero y Calvino comenzaron a trastornar la Iglesia hasta la reunión del Concilio de Trento. Pues según esto, no puede haber remedio más pronto que recurrir al papa, como el mismo Concilio lo previno en su última sesión, capítulo último, del que os envío un extracto.
Insisto, Illmos. Sres., en que no debemos temer que se desobedezca al papa cuando haya pronunciado su decisión, pues a más que el temor de la desobediencia sería una razón para admitir todas las herejías y para dejarlas reinar impunemente, tenemos un reciente ejemplo en la falsa doctrina de Las dos cabezas de la Iglesia, fabricada en el mismo laboratorio, que habiendo sido condenada por el papa, se ha obedecido su decisión, y a no se ha vuelto a hablar más de ella.
En conclusión, Illmos. Sres., estas razones y otras muchas que mejor que yo sabéis, y que quisiera aprenderlas de vos, a quienes reverencio como a mis padres y miro como a doctores de la Iglesia, han sido causa de que a la hora de ésta muy pocos prelados de Francia hayan dejado de firmar la carta de que antes os he hablado«.
Esta carta de Vicente y toda su conducta en este asunto, manifiestan claramente que no tenía más móvil en sus afanes que la gloria de Dios y la salud de las almas. Admírese también en esto cómo ha podido conciliar un ardiente celo por todo lo que mira al servicio de nuestro Señor y de su Iglesia, con una profundísima humildad y un particular respeto a la dignidad de los obispos: impelíale la caridad por una parte a manifestar los sentimientos que Dios le inspiraba en esta vez; por otra, la humildad y el respeto le hacían posternarse en espíritu a sus pies, suplicándoles que le perdonasen la libertad que se tomaba de hablarles, y protestándoles, mas con el corazón que con la boca, que los reverenciaba como a padres, los miraba como a doctores de la Iglesia, y se gloriaba de aprender de ellos lo que se atrevía a representarles. Esta fue siempre su conducta, y por tan humilde y caritativa, encontró gracia ante Dios, quien bendijo sus buenos designios, y ante los obispos que aprobaron la sinceridad de su celo, que al ejemplo del de muchos santos de vida retirada en casos semejantes a éste, lo han desplegado para recurrir a los prelados de la Iglesia, dándoles parte del nacimiento de alguna herejía para contener su curso.
Mientras que por una parte trabajaba Vicente de la manera que se ha dicho, por otra los jansenistas, luego que supieron que se trataba de dirigirse al Soberano Pontífice para que juzgara la doctrina del libro de Jansenio, hicieron cuanto les fue posible para impedirlo.
Publicaron un papel en forma de circular, y lo remitieron a todos los obispos del reino, para quitarles la intención de firmar la carta dirigida al papa; pero no fue esto bastante para impedir que en poco tiempo se reuniesen ochenta firmas de arzobispos y obispos. Y cuando vieron que por este medio nada habían conseguido, recurrieron a un famoso doctor en Teología que habla ido a Roma, para hacer cuanto en su alcance estuviera, a fin de disuadir al papa de pronunciar su juicio sobre la consulta de los obispos. Hicieron más: temiendo que esto no fuese bastante para conjurar la tempestad que amenazaba al libro de Jansenio y a todos sus sectarios, enviaron tres doctores de su partido para que en compañía del otro se esforzasen en impedir, o por lo menos en retardar cuanto pudieran, el juicio del papa sobre esta materia.
Divulgada esta medida de los jansenistas, creyó Vicente importante que fuesen a Roma algunos doctores ortodoxos y de buenas intenciones para defender la verdad de los ataques de sus enemigos, y por una conducta especial de la Divina Providencia, que vela incesantemente por la conservación de su Iglesia, se presentaron tres doctores de la Sorbona, con la intención de emprender en compañía este viaje en servicio de la Religión católica. Fueron estos tres los señores Hallier, Joisel y Legault; fue después el primero obispo de Cavaillon por disposición de Inocencio X, queriendo manifestarle de este modo su gratitud por su empeño en defensa de la Iglesia.







