Capítulo XII: Prosigue la misma materia.
Como la mortificación es una especie de prisión de los vicios, que sofocando el ímpetu de las pasiones parece que da tanto vigor al espíritu cuanto quita al cuerpo, quiso Vicente que sus hijos poseyesen en grado eminente esta virtud, necesaria a toda clase de personas, pero más particularmente a los que tienen el yugo de la obediencia. Estos sentimientos de Vicente se notan bien en lo que dejó escrito de su propia mano, tratando de las disposiciones que deben tener los que pretenden entrar a la Congregación. «El que quiera, dice, ser admitido en esta compañía, ha de disponerse a vivir en la tierra como peregrino, y si fuese necesario, ponerse en ridículo por Cristo; ha de mudar de costumbres, mortificar sus pasiones y buscar únicamente a Dios, y sujetándose a todos, se ha de considerar el más pequeño de ellos. Debe convencerse que ha venido para servir y no para gobernar, para trabajar todo el tiempo de su vida y no para vivir en el ocio; que en esta Congregación no puede perseverar el que no quiera humillarse para amar de Dios; pero sí puede estar seguro de que abrazando la santa virtud de la mortificación, tendrá una completa satisfacción en esta vida y una eterna felicidad en la otra.»
Aunque era Vicente inclinado a la mortificación y deseaba que los suyos la ejercitasen, sin embargo, a nadie obligaba a practicarla en la Congregación, por no parecerle prudente el ejercicio de esta virtud en medio de los trabajos de una vida enteramente dedicada al provecho del prójimo; pues en efecto, ¿qué penitencia más rigurosa, que estar continuamente trabajando sin permitirse ni un instante de descanso por ganar almas a Dios? Pero, sin embargo, a cada uno aconsejaba que cuando tuviese una buena disposición y conociese que había necesidad de mortificarse de algún modo, lo hiciese con licencia del superior; y más especialmente encargaba, que sufriesen con alegría las mortificaciones que trae consigo el ejercicio de las misiones, por el que algunas veces experimentan no pocas penalidades, como es dormir frecuentemente en el suelo, sin más abrigo que una poca de paja, sufrir el excesivo calor o el frío riguroso, vivir en habitaciones pobres e incómodas, y alimentarse con comidas escasas y mal preparadas.
Respecto de la mortificación interior, que es más noble, encargaba siempre que se entregasen a ella, diciendo: Que un misionero debía estar totalmente desnudo de todo afecto terreno, y que para cumplir con tan alto ejercicio, debía tener el corazón libre de cuidados y negocios del siglo; procuró de tal manera desarraigar de sus pechos las pasiones humanas, que hizo que se persuadiesen de lo conveniente que era olvidar hasta la patria y los parientes, y de que desterrasen de la memoria todo lo que arrastra la voluntad fuertemente al deleite. Exhortábalos a que procurasen tener una perfecta indiferencia a todo lo que les rodeaba; y era tal la eficacia de sus palabras y la fuerza de su ejemplo, que muchos de su Congregación hicieron asombrosos progresos en esta virtud. Entre otros fue muy notable en esto el Sr. Lamberto que murió siendo superior de la casa de Varsovia, de quien decía nuestro Vicente: «Nunca supe que tuviese inclinación ninguna el Sr. Lamberto, ni que manifestase el más insignificante deseo.» Lo que pudiera parecer exageración, si no hubiese salido siempre tan desnuda la verdad de la boca del siervo de Dios.
Quería que esta indiferencia y el despego del amor propio, lo tuvieran principalmente cuando se les presentase la ocasión de fundar nuevas casas y de recibir alguna persona en la Congregación; y como él era el primero en observar esto inviolablemente, siempre lograba que lo imitasen. Confiaba ciegamente en la Providencia Divina, admitiendo los operarios que Dios le enviaba, sin hacer elección entre ellos, y no escogiendo tal o cual lugar para hacer alguna fundación por las comodidades que en esto podría haber, sino sujetándolo todo a la disposición soberana; pues aunque Vicente no condenaba la conducta de aquellos que hacen hijas del cuidado las resoluciones humanas mirando y remirando las ventajas o inconvenientes, le parecía sin embargo más conveniente entregarse enteramente en manos del Señor, y que el acierto en todo dependiese de lo que ordenase Su Majestad. Pensamientos tan despegados del amor propio y tan sujetos a la voluntad divina, produjeron el acierto en las grandes empresas. Frecuentemente sucede que lo que se llama prudencia humana, engendra el amor propio, y cubierto con el velo de la caridad, presenta como servicio de Dios lo que no es más que interés y propia satisfacción.
El celo por la salud de las almas, que es un ardiente deseo de encaminarlas al cielo, fue la virtud que encargó Vicente a sus compañeros como objeto principal de la Congregación. Animábalos a esto con grandes exhortaciones, diciéndoles: «Debemos vivir enteramente para Dios y para el prójimo: estar prontos a hacer y padecer cualquier cosa por amor del uno y del otro: ir a cualquier parte adonde Dios nos llame, aun cuando sea el lugar más retirado de la tierra: dar nuestra vida temporal por procurar al prójimo la eterna, y extender de este modo el reino de Jesucristo en las almas. ¡Oh, cuán indignos seriamos de gozar esta vida que Su Majestad nos ha dado, si no quisiéramos emplearla en tan noble empresa! Porque habiéndola recibido de su divina mano, no podemos con justicia rehusarnos a consagrarla a lo que sea de su agrado, a imitación de Cristo nuestro Señor, su único y amado Hijo.»
Enseñaba los actos especiales de este celo como propios de los misioneros; aconsejábales que debían exponer la salud corporal y aun la vida por libertar las almas de la servidumbre del pecado; que habían de sentir con inconsolable pena las ofensas que se cometen contra la Majestad Divina; que si viesen alguno que inconsideradamente cometía alguna culpa, lo corrigieran con prudencia y caridad; que si viajando se detuviesen en algún lugar, se ocupasen en la instrucción de los pobres; que para tener parte en los trabajos de los otros ministros evangélicos, se alegrasen de ver coronados los frutos de sus fatigas, y que alabasen y estimasen en mucho lo que hiciesen por la gloria de Dios y servicio de la Iglesia, deseándoles prosperidad en sus buenos ejercicios, y pidiéndole al Señor que los llenase de bendiciones. Encargábales que huyesen de la emulación, porque con el disfraz de un justo deseo, sabe derramar el veneno: y porque la envidia es el vicio que más se opone al verdadero celo por la honra de Dios, queda que sus misioneros mirasen como propia la gloria y alabanza ajena.
Estas virtudes señaló Vicente como la vida o espíritu de la Congregación de la Misión, a las cuales añadió la observancia de la vida común y caridad fraterna, queriendo que todos fuesen iguales en la comida y el vestido, y que ninguna exención ni privilegio hubiese entre sus sacerdotes, para no romper el lazo de la amistad ni abrir la puerta a la ambición. Dispuso también que los misioneros uniesen la vida activa con la contemplativa, y que siempre que pudiesen se entregasen a ella para su propio adelanto y el del prójimo.
En el tiempo que no estaban ocupados en las misiones, quería que se entregasen del todo al recogimiento interior, a ejemplo de Jesucristo, que solía retirarse con sus apóstoles a lugares solitarios después de haber predicado a los pueblos y llenádolos de soberanos beneficios. Por esto decía que los misioneros debían tener vida de apóstoles fuera de su casa, y de cartujos dentro de ella. Tenía por cosa cierta que más fruto debían sacar de la doctrina que se aprende con la oración, que de los pensamientos elevados y de los floridos discursos. Daba mucho valor al buen ejemplo y compostura exterior, a lo que llamaba sermón mudo pero penetrante, y añadía: «Es el carácter y la diferencia específica de los verdaderos siervos de Dios, y lo que los hace distinguir de los hombres sensuales; y como esta modestia exterior dimana de la gracia interior, insensiblemente obra efectos maravillosos en las almas de los que la observan.»
Quiso finalmente Vicente, que tuviesen los suyos singular respeto y veneración a los señores obispos, considerándolos como sucesores de los apóstoles, y que siempre hablasen de ellos en términos que manifestasen grande estimación; que cuando los visitasen, fuese con suma humildad y reverencia; que en todo se sujetasen a su parecer, mirando sus disposiciones como preceptos, siempre que no se opusiesen al instituto; y para que nunca se pudiese faltar a esta debida sumisión, pidió y obtuvo que declarase la Santa Sede, que siendo su Congregación de Corpore Cleri Seculari, los misioneros de ella, en lo que toca a este oficio y a las otras funciones que hacen en servicio del prójimo, estuviesen sujetos a los ordinarios. Tal subordinación, no solo ha sido muy grata a los superiores eclesiásticos, sino que por los buenos efectos que ha producido, se echa de ver que también ha sido estimada del cielo.
No debe callarse, aunque bien se supondrá, lo mucho que encargó Vicente a sus misioneros el respeto y la obediencia a la Sede Apostólica, depositaria de la verdad; y no habiendo querido que se singularizasen en nada, deseó que fuesen extremados en abrazar sus decisiones y en ejecutarlas con prontitud. Controvertióse en su tiempo la materia de la gracia, y puso especial cuidado en que los suyos se alejasen de las opiniones reprobadas por el vicario de Cristo, llegando su escrupulosidad en este particular, al punto de no querer recibir ni tener en su Congregación al que fuese sospechoso de seguirlas, y que no huyese tanto las condenadas como cualquiera otra que pudiese parecer nueva.







