Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 09

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Año publicación original: 1701.
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CAPITULO IX: Elige S. Francisco de Sales a Vicente por primer padre espiritual y superior de las monjas de la Visitación en París, y con cuanta dignidad desempeñó este oficio.

Dios por medio de su gran siervo S. Francisco de Sales, hizo nacer en la Iglesia la orden de la Visitación, que ha dado tan gran número de modelos de virtud. La venerable madre de Chantal, piedra fundamental de aquel edificio, y a quien el Santo había enviado a París para que fundase el monasterio, dio tantas pruebas de santidad y tan maravillosos ejemplos de heroicas virtudes, que en breves días la siguieron muchas almas, consagrándose al servicio del Divino Esposo, y caminando por la senda que les trazaba tan experimentada maestra. Faltaba solamente a estas almas puras, para mantenerse en el cumplimiento de las obligaciones de su instituto y crecer en la perfección, un director que las guiase y alentase en el camino, y las enseñase a vencer las dificultades y despreciar los peligros que en él se encuentran.

Bien sabía su glorioso fundador S. Francisco de Sales que era difícil cosa encontrar una persona en quien concurriesen la bondad, instrucción y prudencia necesarias para gobernar aquella casa, pues como decía, un buen confesor se debe escoger entre diez mil ; así es que con activa diligencia trataba de que se eligiese un sujeto que desempeñase este cargo debidamente , y confió el acierto de esta resolución a un examen macizo y dilatado. Había en París muchos sacerdotes en quienes pensar para este nombramiento; pero Dios había querido señalar a Vicente para que ganase aquellas almas para el servicio de su Majestad. Grande era el concepto que de él había formado el santo prelado, pues hablando un día con el Sr. Coqueret, uno de los más sabios doctores de aquella Universidad, le dijo, «que no había conocido hombre ni más sabio ni más virtuoso que Vicente«; y donde está el testimonio de San Francisco de Sales, parece que está de sobra cualquier otro. Hízose al fin elección , que recayó en Vicente; la venerable madre de Chantal, fundadora, quedó muy contenta de ello, y luego continuó hasta su muerte confesándose con el siervo de Dios, siguiendo su consejo en todas las cosas tocantes a su espíritu y al progreso de su religión, encontrando siempre, como se ve en sus cartas, en la dirección de Vicente, luz para aclarar sus dudas y consuelo en sus aflicciones internas.

Con igual celo y prudencia gobernó Vicente aquel primer monasterio que se fundó en París poco antes de la muerte de S. Francisco, como otros dos que se fundaron después y otro que también se fundó en la inmediata ciudad de S. Dionisio que, como han testificado aquellas venerables religiosas, floreció todo el tiempo que el siervo de Dios las asistió, manteniendo el espíritu del instituto y la observancia de las reglas con una suave fortaleza que obraba poderosamente en los corazones de ellas. Han referido entre otras cosas, que el mayor empeño de Vicente era conformarse en todo con lo que el santo fundador y la fundadora habían establecido, sin alterar cosa alguna por pequeña que pareciese, y aun cuando para ello hubiese bastante causa; de modo que en treinta años que estuvieron a su cargo aquellos monasterios, nada añadió, ni quitó, ni modificó de su primera planta. Propio es de la humildad no atreverse a establecer nuevas reglas, y obedecer puntualmente las ya fundadas; y en las religiones las novedades suelen perjudicar, porque al introducirlas acontece que no agradando a todos, se hacen causa de discordias; así es que lo más seguro en esto es observar bien lo que dejaron establecido los antiguos; y nunca caerían en la relajación los monasterios, si observasen puntualmente sus primeros institutos, y no introdujesen innovaciones y abusos.

También tuvo el siervo de Dios gran cuidado en el recogimiento de las religiosas, mandando cerrar la puerta a las visitas que eran causa por su frecuencia, de que se faltase a la estrechez de la clausura. Negábase a las instancias de señoras principales que solicitaban licencia para entrar a los monasterios y comunicar con aquellas venerables esposas de Jesucristo, a no ser que fuese alguna fundadora o particular bienhechora, cuyos nombres tenía escritos para que a ninguna otra por ningún pretexto se le permitiese la entrada; y fue en esto tan rígido, que enviándole un recado la reina para que a una dama suya se le permitiese entrar en el primer monasterio de la Visitación, se excusó Vicente representando con varias razones el daño que resultaba al instituto de estas licencias, y S. M. quedó muy satisfecha sin darse en nada por ofendida.

Inmediato al monasterio de S. Dionisio estaba otro de monjas de Santa Úrsula: cayóse una pared que dividía los dos conventos, y sirvió esto de ocasión para que las religiosas de Santa Úrsula entrasen a ver a las de la Visitación, y con ser algunas parientas, se facilitó más esta comunicación. Luego que Vicente lo supo, dispuso que no continuase tal abuso, diciendo que las monjas debían considerarse como muertas para el mundo, y que siendo el cielo su patria, no habían de reconocer parientes en la tierra.

En las visitas que hacía a los monasterios, trataba siempre de que las monjas sacasen fruto de sus amonestaciones y pláticas espirituales: encargábales que leyesen de continuo la Regla y constituciones, diciéndoles que se hablan de leer como los israelitas después de la cautividad leían el libro de la ley, quienes acordándose de las veces que la hablan quebrantado, derramaban lágrimas de arrepentimiento. Exhortábalas a la práctica de todas las virtudes, particularmente de las que son propias del estado religioso; les manifestaba lo importante que es en las comunidades la obediencia y respeto a los superiores, y que las discordias que en ellas suele haber eran efecto de la falta de respeto de los súbditos a los prelados, lo que había originado la ruina de muchos monasterios. Con igual paciencia oía a la última de las novicias como a la más anciana del convento, pues tal es la condición de la caridad, que no sabe hacer distinción entre personas, y si prefiere, es al más necesitado. Era tan afable y bondadoso, que ninguna tenía dificultad en comunicar con él sus tentaciones y combates espirituales, y el Señor le había dado una gracia singular para consolar a las almas atribuladas, en términos que muchas veces con solo descubrirles sus males, quedaban libres de sus aflicciones. Había entre otras una religiosa que padecía una afección interior tan violenta, que la dejaba abatida, y el cuerpo quedaba tan maltratado de la lucha del espíritu, que se había inhabilitado completamente para los ejercicios exteriores y servicio de la comunidad; y habiendo manifestado al siervo de Dios estos padecimientos que tenía, con sólo este medio sanó en poco tiempo, y quedó más alentada que nunca para desempeñar después los oficios de maestra de novicias y superiora por espacio de muchos años.

Cuando le comunicaban las monjas sus dudas, antes de dar respuesta se recogía dentro de sí mismo para consultar con Dios aquel negocio, y de este modo sus consejos los estimaban y recibían, no como resoluciones del discurso humano, sino como inspiraciones del cielo. Decía siempre antes de responder: In Nomine Domini; palabras que le eran muy familiares, y comenzaba su respuesta por el nombre del Señor, para que guiase su lengua, y no le permitiese errar en lo que aconsejaba.

Finalmente, sus visitas a los monasterios nunca fueron inútiles, pues las religiosas sabían aprovecharse tan bien de las lecciones de Vicente que, como han afirmado varias veces, causaron en muchas una repentina mudanza de costumbres, y en todas se renovaba el espíritu que las encaminaba por la estrecha senda de la perfección.

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