Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 08

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Año publicación original: 1701.
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CAPITULO VIII: Renuncia Vicente la parroquia de Chantillon, vuelve a la casa de Gondí, en donde ejerce varias obras de caridad.

La Providencia había destinado a Vicente para libertar las almas que gemían presas en las cadenas de la culpa: para rom­per los hierros que se labra el hombre con sus vicios: para ajustar la paz entre Dios y los hombres, quienes, ingratos a los beneficios de su mano poderosa, hacen guerra a su infinita misericordia. Con este fin lo detuvo en Chantillon, donde tanto se necesitaba de su celo y ejemplar virtud, y con el mismo dis­puso que volviese a la corte para que resplandeciese allí su ardiente caridad. Parecían ya importunos los esfuerzos que ha­cía la esposa del general Gondí para que volviese a su casa el siervo de Dios; era fervoroso el espíritu de la señora, y anhe­laba llegar al grado de perfección de la vida cristiana: no es extraño según esto que con tanta ansia solicitase la vuelta de su director: hizo que le escribiesen cuantas personas de autoridad podían obligarle, y hasta el Cardenal de Retz, su cu­ñado, que era entonces obispo de París, llegó a escribirle; mas todo fue en vano, porque Vicente tenía un ánimo libre de consideraciones y respetos humanos, y cuando conocía que el servicio divino podía sufrir algún detrimento, sabía negarse con resolución al empeño más poderoso, pues nunca puede ser des­atento para con los hombres el que trata siempre de servir en primer lugar a Dios. No quedaba pues otra esperanza a la se­ñora Gondí, más que recurrir al P. Berulle, confesor de Vi­cente, para alcanzar por el mandato lo que no había conse­guido por el ruego; al efecto le manifestó eficaces razones, re­dobló las instancias y súplicas, y consiguió por fin que dicho P. Berulle escribiese a Vicente; hízolo así, rogándole con gran moderación que viniese, y manifestándole cuánto se necesitaba su presencia en la casa de la señora, dejando siempre a su elección el tomar la resolución que mejor le pareciese. Fue­ron enviadas estas cartas con el Sr. de Freme, gran amigo suyo, para obligarlo más con su presencia a que volviese. Comenzó el siervo de Dios, viendo lo que le escribía su director; a du­dar cuál fuese la voluntad divina en materia tan confusa, y no queriendo resolverse por sí solo, fue a León a comunicar es­te negocio al P. Bence, Superior del Oratorio, dispuesto a ha­cer lo que le aconsejase. La opinión de este fue que partiese luego a Paris e hiciese allí lo que el P. Berulle dispusiera, puesto que estaba informado del estado de su alma, y mejor que nadie sabía lo que a Vicente convenía. Siguió este dictamen el siervo de Dios y dispuso su viaje; pero antes de partir exhortó a los del pueblo de Chantillon, a que persevera­sen en la vida cristiana. Recibieron este aviso inesperado, que causó profunda aflicción en todos: pidieron al Santo su bendi­ción entre lágrimas y sollozos, y dispusieron muchos acompa­ñarlo, y así lo hubieran hecho, si la profunda humildad de Vicente no lo hubiera impedido.

Luego que llegó a Paris, se presentó al P. Berulle, poniéndose enteramente a su disposi­ción; pero con el fin de examinar detenidamente la resolución que convenía tomar, dispusieron diferir ésta por algunos días, que Vicente empleó en la oración, para obrar con más acier­to. Pesadas luego todas las circunstancias detenidamente, dis­puso el P. Berulle que renunciase a la parroquia de Chantillon, y volviese a servir a la señora Gondí. Increíble fue el gozo que tuvo esta señora y toda la familia con la presencia de Vicente, y sólo pudo medirse por el tamaño de la pena que su ausencia le había causado. Pidióle que le diese palabra de no volverse a separar de la casa, lo que el siervo de Dios prometió y cumplió, dirigiéndola en la observancia de una vida perfecta, y asis­tiéndola en su última enfermedad para concluir su carrera con una muerte santa.

El tierno amor de Vicente por la salvación del prójimo ocu­paba todos sus pensamientos, y lo impelía a no hacer cosa alguna en aquel palacio que desdijese de este caritativo fin. El fruto que con las primeras misiones había sacado, lo decidieron a emprender de nuevo estos apostólicos afanes, para los cuales le había dotado Dios de singular talento. Era grande el ardor de Vicente en la predicación, y así era abundante también el fruto que recogía; el pueblo le seguía por donde quiera que iba, y llenos de admiración, todos le aclamaban dándole el nombre de Santo; así lo han testificado muchos de estos mismos que le sobrevivieron, y no es de extrañar que vaticinasen tal premio al que servía con tanto ardor.

No sólo conseguía convertir con su doctrina a los pecado­res, sino también convencer a los herejes. Hallándose en la ciu­dad de Monmirel, intentó convertir a la Iglesia a tres sectarios de la herejía que reinaba, y consiguió que dos de ellos se rin­diesen a la fuerza de la verdad y abjurasen sus errores; el ter­rero, aunque convencido con las razones de Vicente, quiso continuar en sus errores, pues ellos daban rienda suelta a sus depravadas costumbres, y no deseaba corregir la torpeza de sus apetitos, sujetando los movimientos de su voluntad a los preceptos de la religión. Decía que no podía creer que la Iglesia Romana fuese gobernada por el Espíritu Santo, y la razón que para esto daba, era decir que: «mientras que se ven por una parte los católicos de las aldeas entregados al cuidado de pastores viciosos e ignorantes, que no los instruyen en las obligaciones de la vida cristiana, de suerte que muchos de ellos no saben qué cosa es la religión católica que profesan, por otra parte se ven las ciudades llenas de clérigos y religiosos entregados al ocio, sin cuidar de la salvación de los pobres aldeanos, cuya ignorancia de las cosas divinas origina su muerte eterna; y sucediendo esto, como sucede, ¿queréis persuadirme, añadía, que esta Iglesia es gobernada por el Espíritu Santo? Yo jamás lo creeré.» Esta respuesta produjo una profunda impresión en el ánimo de Vicente, pues conocía por experiencia la verdad de estas observaciones; pero disimulando la tristeza que éstas le causaban, contestó al hereje: que en muchos lugares pequeños había buenos sacerdotes, que desempeñaban bien las obligaciones de su ministerio, y que muchos eclesiásticos y regulares de las ciudades, se ocupaban en predicar y hacer misiones en las aldeas, y los que esto no hacían, rogaban a Dios por el bien espiritual de los pueblos, escribían libros piadosos o de enseñanza, instruían en las escuelas en los fundamentos de la religión o enseñaban el sentido profundo de las sagradas letras, y que sólo se podían considerar como inútiles, los particulares que únicamente trabajaban en su conveniencia propia, sin atender jamás ni por obligación, ni por afecto al provecho de las almas.1

Es condición de los protervos no rendirse a la fuerza de la razón, aunque no tengan que responder a ella: así este infeliz hereje, permaneció, aunque convencido, dispuesto a continuar en sus errores; mas después de algunos días volvió Vicente a esta ciudad acompañado de algunos sacerdotes y religiosos amigos suyos para hacer allí una misión. Ocupado enteramente en la conversión de los pecadores, fue grande el fruto que sacó, muchas las confesiones generales que oyó de ellos, y en todos se notó el arrepentimiento por las culpas pasadas. Llevado de la curiosidad, acudía este herefe a los ejercicios de las misiones, y viendo la mudanza que en las costumbres producían, fue a buscar a Vicente y le dijo: «Ahora es cuando veo que el Espíritu Santo gobierna la Iglesia Romana, pues hay quien ten­ga cuidado de instruir a los pobres aldeanos, y de guiarlos por el camino de la salvación: estoy pronto a reconocerla por ma­dre y reconciliarme con ella cuando bien le pareciere.» Tuvo un gran gozo Vicente al oír estas palabras, y después de ha­berlo confirmado en los misterios de nuestra santa religión, le señaló el siguiente domingo para que se reconciliase con la Iglesia y abjurase de la herejía. Llegado este día, se le preguntó si perseveraba en la resolución de abrazar la fe católica, a lo que respondió que sí; pero que solo le quedaba una duda que allí se le había ofrecido, «y es, dijo, enseñando una imagen de la Virgen (fea y mal hecha), que no me puedo persuadir a que haya en aquella piedra virtud alguna.» Replicó Vicente, que no enseñaba la Iglesia católica que hubiese virtud alguna en las imágenes materiales, más que cuando Dios quería dársela, como sucedió con la vara de Moisés, que obró tantas maravi­llas, y que el sentir de la Iglesia católica acerca de las imáge­nes, se lo podría enseñar un niño, con el fin de que claramen­te lo viese. Preguntó Vicente a uno que estaba presente lo que pretendía la Iglesia con la adoración de las imágenes, a lo que respondió: «Que las imágenes no se honraban ni veneraban por la materia de que se hacen, sino porque representan a Cris­to Señor nuestro, a su Santísima Madre o algunos de los san­tos, los cuales habiendo triunfado del mundo, exhortaban por medio de aquellas mudas figuras, a imitarlos en las obras buenas.» Confesó el hereje que quedaba satisfecho; pero di­firió Vicente la abjuración, por parecerle que no estaba bien dispuesto entonces; mas después hizo pública profesión de fe, en la que perseveró constantemente, edificando a toda aquella ciudad.

Presentóse un nuevo campo al siervo de Dios para ejercer su ardiente caridad con el nombramiento que el general Gondi le dio de capellán mayor de las galeras, cargo que admitió con gusto por los muchos bienes que podía hacer a su prójimo. Las galeras pueden considerarse como el anfiteatro donde se representan tristes y horrorosos espectáculos, lugar poblado de todos los vicios, y congregación de hombres que compiten en la maldad. A las galeras fué Vicente a desenvolver aquel ardor que tanto se había admirado en las poblaciones. El año siguiente, con moti­vo de la guerra contra los herejes, pasaron a Burdeos a los ga­leotes que había en Marsella, y con este viaje fue Vicente a so­correr las necesidades de los que estaban en aquella ciudad; en­contrólos cargados de cadenas, y más de delitos. Con la fuer­za de su espíritu comenzó a quebrantar el endurecimiento del corazón de aquellos miserables, y luego, acompañado de al­gunos religiosos de diversas órdenes, hizo en las galeras una misión tan fructuosa, que en poco tiempo se notó una singular mudanza; pues hizo que aborreciendo sus crímenes los galeotes, conociesen que era perdición cuanto hasta entonces habían amado; y manifestándoles el gran peligro que corrían de sufrir un su­plicio eterno, les hizo llevadero el castigo temporal. Al fuego de sus palabras añadía el vivo calor de sus obras; era admirable su afabilidad para con ellos; consolábalos a todos con ternura; oía con paciencia sus quejas, atendía a sus miserias, y en cuanto podía aliviaba sus desdichas. Abrazábalos como padre amoroso, rogaba a los oficiales que les diesen un trato humano, y per­suadíalos a que pensasen que si la sangre era otra, todos eran del mismo barro, y que acaso en muchos de ellos disimulaba el cielo culpas dignas de mayor castigo. Con esta caridad tan gran­de ganó las voluntades de aquel gremio infeliz, de modo que luego no había quien por más rebelde que pareciese, no se suje­tase a sus advertencias ni siguiese sus consejos. Algunos años después, escribiendo el siervo de Dios a un sacerdote de su congregación, para exhortarlo a que se portase con dulzura con los labradores de las aldeas donde predicaba, le decía estas pala­bras: «Hasta los galeotes, entre quienes he predicado, no se ganan para Dios de otro modo mejor que por medio de la sua­vidad; y cuando los he compadecido en medio de sus trabajos, y cuando he besado sus cadenas y manifestado dolor de sus des­gracias, entonces me han oído con gusto, y se han puesto en estado de salvación.» Tan cierto es que la ternura y manse­dumbre saben persuadir más que los mejores razonamientos.

Vivamente deseó Vicente acabar su vida en compañía de aquellos infelices hombres, queriendo sujetarse al estado de su miseria, ¡Oh, admirable varón! ¡tú solo puedes desear lo que ape­nas sufre el que más hace! Pero no pudo conseguirlo, y tuvo que volver a París, en donde no olvidó el estado en que había de­jado a sus pobres galeotes, pues solicitó con empeño remedio pa­ra sus necesidades, no sólo corporales, sino espirituales, y no cesó hasta dejar fundada la casa de Marsella, destinada a ellos, man­dando a los PP. de su congregación que de tiempo en tiempo hiciesen allí misiones, y tuviesen a su cargo la dirección espiri­tual de aquel hospital, como hasta el presente lo tienen.

Yendo un día en París a visitar las cárceles donde estaban los condenados a galeras, encontrólos sepultados en oscuros ca­labozos, oprimidos de la necesidad del hambre y padeciendo in­creíbles miserias. Tan lastimoso espectáculo le hirió profunda­mente el corazón, y no pudiendo sufrir que los hombres fuesen tan impíos con sus semejantes, cuando la Omnipotencia divina es tan piadosa hasta con los gusanos, alquiló una casa, y con licencia del general Gondí pasó a ella a todos los forzados: allí los visitaba, los instruía y les administraba los sacramentos: les servía con sus propias manos, dándoles muchas limosnas que re­cogía de personas piadosas, y mostrándose tan amante de sus pri­siones, que se quedaba encerrado muchas noches con ellos, asis­tiendo a los enfermos aún de males contagiosos. Esta caridad de Vicente parece que desafiaba a toda clase de peligros en el mis­mo foco de ellos, para sacar mayor gloria de su vencimiento, y era por otra parte tan poderoso el ejemplo de un amor tan des­interesado, que muchos, a imitación suya, siguieron ejerciendo los mismos oficios, y el Señor se dignó echar su bendición de prosperidad en tan piadosa obra, de suerte que quedó, como ve­remos después, establecida para siempre con una renta perpetua.

Pasando una vez por la ciudad de Macone sin intención de detenerse allí, encontró un gran número de personas entrega­das a la mayor miseria, buscando su alimento de puerta en puerta, y padeciendo en el alma mayores males que los que experimentaba su cuerpo. Determinó el siervo de Dios, en quien parece que estaba depositado el remedio para todas las calami­dades, aliviar la situación de aquellos mendigos de mil mane­ras desdichados, y con este fin interrumpiendo su viaje, per­maneció tres semanas ejerciendo obras piadosas. Excitó la li­beralidad de los fieles, y juntó abundantes limosnas; con igual solicitud procuró libertarlos de la servidumbre de sus culpas, pues solo tenían de cristianos el nombre. Entre ellos había mu­chos que nunca se habían confesado, y de éstos no pocos llega­ban a la edad de sesenta años, lo que después refirió el padre superior del Oratorio, que a la sazón se encontraba en aquella ciudad. Ignoraban totalmente los misterios de nuestra santa fe: no oían misa jamás, ni hacían otra cosa que aquello a que esta­ban acostumbrados, que era pedir limosna por las calles, por las casas y por los caminos, entregarse a toda clase de vicios y vivir en un profundo abismo de ignorancia.

Increíble parecía que pudiese remediar un pasajero desórde­nes que exigían un trabajo de muchos meses, y así no es extraño que sabiendo el empeño de Vicente, los habitantes de aquella ciudad se burlasen de las pretensiones de un transeúnte, pues ignoraban que la caridad tomaba asiento en los lugares por don­de él pasaba. Por eso en aquellas tres semanas hizo Vicente lo que otro con buen celo, pero sin su ardiente caridad, no hubiera hecho en muchos años. Puso en movimiento toda aquella ciu­dad: consiguió que el obispo, canónigos y personas principales de allí socorriesen a aquellos pobres instituyendo una cofradía con el título de la Caridad, a cuyo cuidado quedó ya el amparo de los necesitados: ordenóse que a cada uno de los pobres se die­se una limosna bastante para su sustento; pero prohibiéndoles el que anduviesen mendigando en las iglesias, calles y plazas, obligándolos también a que se confesasen una vez al mes. Se estableció también que a los pasajeros pobres y a los peregrinos se les hospedase una noche, y al despedirlos por la mañana se les diese alguna limosna: se señalaron personas que se informasen de los pobres vergonzantes que había en la ciudad, para asis­tirlos y proveerlos en sus enfermedades de medicinas y demás cosas necesarias. Es tan poderosa la verdadera caridad, que con razón se puede llamar la tesorera de la Omnipotencia, y pudo Vicente hacer tanto con ella en tan breve tiempo, que recogió y sustentó a más de trescientos pobres; cosa por cierto maravillosa, y queda claro testimonio de lo mucho que Dios favorecía las empresas piadosas de su fiel siervo.

Quedó admirada toda la ciudad de la grande obra que Vi­cente había emprendido y terminado, y por ella todos le acla­maban por varón prodigioso: todos buscaban en él el consuelo en los trabajos y el consejo en las dificultades: todos quedan de­tenerlo y que hiciese allí su asiento; pero la humildad de Vi­cente huía de todo, y por no poder sufrir tanta reverenda y elogio, partió sin despedirse de nadie, dejando a todos admira­dos del poco apego que con esto manifestaba a los honores del mundo.

  1. El que haya malos ministros de la Religión, es cabalmente una prueba de que ella es buena; así como el que haya monstruo en la naturaleza es una prueba de la hermosura de ésta.

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