Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 07

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Año publicación original: 1701.
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Capítulo VII. Sale Vicente de la casa del general Gondí para servir la parroquia de Chantillón, en donde hizo cosas maravillosas.

Ninguna expresión es bastante para hacer los merecidos enco­mios de la profundísima humildad de nuestro Vicente. Oblígame a pensar esto, la apariencia que hay de que fuese efecto de poco amor de Dios en Vicente lo que no era más que consecuencia de su excesiva humildad. Porque ¿quién creerá que habiendo sa­cado tanto fruto de su primera misión, le retirase de tan fecun­dos trabajos el temor de no perderse en la abundancia de mieses?

Fue esta primera misión de Vicente para mucha gloria de Dios y utilidad de aquellos pueblos, y le granjeó una aclamación general y el aprecio de todos, particularmente en la casa del general Gondí, en donde lo veneraban como varón celestial y hombre de celo apostólico; y pareciéndole muy cierta la senten­cia de Casiodoro, que los hombres se ensoberbecen fácilmente cuando se ven estimados y aplaudidos con generalidad, comenzó a recelar de sí mismo y a temer el veneno de la secreta com­placencia, que ha hecho perecer no pocas almas por no haberlo evitado oportunamente. Viéndose, pues, oprimida su modestia por la alabanza, determinó dejar aquella casa, y a imitación de muchos santos, esconderse en algún lugar retirado, donde de ninguno fuese conocido; y pudo tanto en Vicente el deseo de ser despreciado de los hombres, que lo antepuso al celo que tenía por el aprovechamiento del prójimo; pero, como luego veremos, echó de este modo cimientos más profundos al edificio de la Congregación de la Misión.

No quiso, sin embargo, ejecutar este designio sin el parecer de su padre espiritual, pues en los asuntos de alguna importan­cia llevaba por máxima invariable no obrar por propio dictamen. Aprobó el director esta deliberación de Vicente, porque conoció que podría convenirle la soledad, y que su alma había llegado a aquel grado de perfección en que solo Dios es el descanso. Pero como el Señor lo había elegido, no para el retiro y la me­ditación, sino para cultivar el campo del padre de familias, ins­piró al Sr. Berulle que le ordenase aceptar el curato de Chantillón en la Bresa, que era de poca renta y tenía mucha necesidad de un vigilante pastor. Obedeció Vicente con la prontitud que acostumbraba, y dando por motivo el hacer un viaje, salió de la casa del general Gondí en la primavera del año 1617. Cuando estuvo en las inmediaciones de Chantillón, escribió una carta a dicho general dándole parte de la resolución que había tomado, y suplicándole consintiese en su separación, porque conocía en sí (son palabras suyas) que no tenía modales ni capacidad para instruir a los señores sus hijos. Hallábase entonces el general en la Provenza, y con el aviso de Vicente recibió el gran disgusto que se manifiesta en esta carta suya dirigida a su esposa.

«Estoy muy desconsolado a consecuencia de una carta que he recibido del Sr. Vicente y que os incluyo, para ver si se podrá encontrar algún remedio a la desgracia de perderlo. He que­dado muy admirado de que nada os dijese de su resolución, y de que no hayáis podido saberla con anticipación. Os ruego que hagáis cuanto se pueda para que no le perdamos, pues aunque fuera muy grave la causa que él dice que tiene para separarse, ningún caso haré de ella, pues mi mayor deseo es mi sal­vación y la de mis hijos, y espero que con el tiempo podrá cooperar mucho a ella, como también al proyecto de que os he hablado varias veces, y que deseo, ahora más que nunca, poner en práctica. Hasta ahora no le he contestado, y espero saber vuestra opinión: pensad si será a propósito interponer las súplicas de mi hermana de Ragny que no está muy distante de donde él se halla; pero creo que ningún empeño puede haber más eficaz que el del Sr. Berulle, al cual diréis que aun­que se excuse el Sr. Vicente diciendo que no es hábil para en­soñar a los niños, pondré otro maestro que le ayude; pero que deseo con toda ansia que de cualquier modo que sea, vuelva a casa, donde podrá vivir como le parezca, pues yo espero llegar a ser hombre de bien si permanece conmigo.»

La señora recibió una pesadumbre con esta noticia, pues ella era la que más perdía con la ausencia de Vicente. Después de haber llorado mucho, escribió a nuestro Santo, dándole mil que­jas y obligándole de mil maneras a que volviese a su casa. Llo­raba y se quejaba con razón, pues es muy de sentirse una compañía santa, y es indicio de poco amor de Dios, no sentir la fal­ta de quien nos guía por el camino de la salvación. Pero antes de referir el éxito que tuvieron las diligencias de esta señora, hablaremos de las obras maravillosas que ejecutó Vicente en la parroquia de Chantillón por el bien de las almas y deseo de su eterna salud.

El fin principal que tuvo Vicente al dejar la casa de Gaudí, había sido, como ya dijimos, huir el peligro de una vana com­placencia, riesgo tanto mayor, cuanto menos se conoce. Temiólo Vicente, y Dios quiso sacar de este justo miedo la gloria de li­brar a otros de peligros mayores; la infinita Sabiduría se vale muchas veces de nuestros designios para la ejecución de sus so­beranos decretos. Era el lugar de Chantillón una cueva horro­rosa de vicios; la mayor parte de sus habitantes estaba infestada con el pestífero veneno de la herejía, y el rebaño católico tan flaco y descaecido por la falta de un pastor celoso, de quien reci­biese el pasto espiritual de la celestial doctrina, que a cualquier corazón cristiano hubiera movido a compasión. Mas la divina misericordia que en las mayores necesidades ostenta sus tesoros, le dio en Vicente el remedio a tan lamentables males.

Los más antiguos y principales de aquel lugar han dado relación del estado miserable en que halló Vicente aquella parro­quia cuando tomó posesión de ella. Hacía cuarenta años que no tenía cura propio, y estaba entregada al descuido de unos mi­nistros que solo servían a su conveniencia, y que se amaban a sí y no a las ovejas que tenían encomendadas: era la ciudad de León la residencia de los curas, a quienes pertenecía el princi­pal cuidado de aquella parroquia, y por la poca renta que tenía ninguno se dedicaba a asistirla; pues el interés obra en todo, y son muchos los eclesiásticos que descuidan sus obligaciones por atender a sus comodidades. Seis sacerdotes, que no lo parecían, habían quedado para administrar los sacramentos: des­nudos de virtud, ignorantes en extremo, negligentes, escanda­losos, no podían cultivar aquella viña del Señor, ni sacar más fruto que la corrupción del pueblo por el mal ejemplo que daban, pues entre ellos no había uno que no viviese o públi­camente amancebado, o divertido en la caza, en el juego en otros entretenimientos indignos del estado supremo del sa­cerdocio. Todas las funciones eclesiásticas eran ejecutadas con la mayor irreverencia, y en el sacramento de la Penitencia habían introducido dos abusos perniciosísimos: el primero, que no confesaban a ninguno si no pagaba algún dinero o rosa equi­valente antes de la confesión, de que resultaba que se les hacía a muchos muy odiosa la frecuencia de este sacramento por tal extorsión simoniaca, hasta el grado de que muchos dejaron pasar número de años considerable, sin acercarse al tribunal de la Penitencia, por no pagar lo que aquellos malos confesores exigían. El segundo abuso, no menos dañoso, consistía en hacer confesar en común a todos los que se hallaban entre siete y catorce años de edad, haciéndoles decir públicamente los pecados que habían cometido, de lo que necesariamente resultaban los desórdenes que es fácil concebir.

Como la mayor parte de este miserable lugar estaba inficio­nado de la herejía, era más lamentable el estrago que hacía en el alma de los católicos, pues la corrupción de las costumbres daba poderosas armas a los enemigos de la Iglesia para hacer triunfar sus opiniones; como suele suceder en dos campos de batalla, que si el uno flaquea y va de caída, vence el otro, no tanto por su brío cuanto por el desfallecimiento del contrario, pues una torpe y vil cobardía da poderosas armas para que ven­za y triunfe aquel con menores esfuerzos. Tan profundas raíces había echado el vicio entre los católicos, que el estandarte de la fe estaba hollado y era objeto de risa para los sectarios de la herejía, y no sin razón, pues todo estaba profanado; los días festivos violados, los bienes de la Iglesia usurpados, los cargos no satisfechos, y finalmente, eclesiásticos y seglares dados a una vida tan relajada y escandalosa, que más bien parcelan discípulos de Calvino y Lotero que ovejas del rebaño de Cristo. A esta viña perdida y desolada envió la misericordia divina a Vicente, para que con sus afanes evangélicos hiciese cambiar el espíritu de aquel pueblo, y Vicente sabía bien que la reforma de este de­be comenzar por el buen ejemplo de los sacerdotes, pues como cabeza de este cuerpo místico de la Iglesia, obra maravillosos efectos en los miembros la enseñanza, acompañándola con el ejemplo de las buenas costumbres. Así es que su primer cuida­do fue reformar el clero; y para lograrlo con mayor facilidad y dar más peso a sus amonestaciones, entró ganándoles la volun­tad con un trato cortés y agradable, pues la dulzura vence y cautiva de tal modo los corazones, que después fácilmente son guiados por el camino que se desea. Regalóles algunos libros espirituales para que en ellos estudiasen lo que había de apro­vecharles, y dio tal carácter a sus amonestaciones, que apenas se echaba de ver al principio le enormidad de los vicios que iba a corregir en aquellos sacerdotes.

Convidábalos frecuentemente a que se ejercitasen en obras de misericordia, llevándolos a visitar enfermos, lo que ellos hacían con mucho gusto por ir con tan buena compañía; otras ve­ces les daba algún dinero para que secretamente lo repartiesen entre los que vieran más necesitados, enseñándoles de este modo a dar limosna y a practicar aquellas obras que son propias de los sacerdotes: en los discursos privados les hablaba de la gran­deza y santidad del estado eclesiástico, y con esto hacia que las conversaciones fuesen regla para el cumplimiento de los deberes de tan alta dignidad.

El ejemplo y vida irreprensible de Vicente, fue el medio más poderoso para que en poco tiempo se hubiera reformado aquel clero; y como la codicia era la cadena que más lo tenía aprisio­nado, para desterrarla con el buen ejemplo, comenzó Vicente a dar todo el dinero que tenía y adquiría, luego todo lo que le pertenecía, hasta su ropa blanca; y cuando nada tenía que dar, pedía prestado para que no se volviese de sus puertas sin socorro el mendigo que tocaba a ellas. Esta prodigalidad santa de Vicente corrigió el feo vicio del interés de aquellos sacerdotes, menos el de uno que continuó negando la absolución a los que no pagaban por confesarse; y viendo el siervo de Dios que no podía corregirlo del execrable abuso que seguía, se propuso atacarlo fuertemente con el atractivo de la liberalidad. Al efecto llamólo un día, y le dijo: que le daría todo el dinero que podía sacar de las confesiones, con tal que no volviese a pedirlo a los penitentes. Convino con lo pactado esperando que Vicente cumpliera lo que le había ofrecido. Acudió el siervo de Dios a la oración para pedir al cielo que alumbrase a aquel interesable sa­cerdote, y le hiciese conocer el mal que causaba, y fue oída su oración con tal agrado, que cuando pasó a verlo para darle el primer dinero que le había ofrecido, al momento de recibirlo co­noció su culpa, y se echó a los pies de Vicente para pedirle perdón de ella. Quedó enmendado; y pretendiendo volverle al sier­vo de Dios el dinero, este le mandó que lo distribuyese entre los pobres, para enseñar mejor a su corazón a huir del torpe interés; con lo que se desterró aquel abuso, y ya los que antes eran motivo de escándalo, mudaron de vida, y enseñaron la práctica de la virtud con el ejemplo.

En muy poco tiempo se echó de ver en aquel pueblo el re­sultado de los apostólicos afanes de Vicente: todo era temor de Dios: llorábanse los errores pasados; aborrecíanse los vicios; practicábanse actos de virtud, y los consejos de Vicente eran ve­nerados y obedecidos: su celo redujo a cenizas el espantoso edi­ficio que había levantado el libertinaje y la ignorancia.

Armóse con extraño valor contra los abusos, y quitólos de raíz. En toda la Bresa se había introducido el de confesarse pú­blicamente los de tierna edad, y cesó en todas partes poco después de haberlo desterrado de Chantillón, pues no es menos poderosa la virtud para hacerse imitar como lo es el vicio. Con familiares discursos y con la frecuente enseñanza de la doctrina cristiana, desterró el olvido de los misterios de nuestra fe, y el mismo cuidado que Vicente tenía en el cumplimiento de sus obligaciones, hizo olvidar muy pronto el descuido que aquellos sa­cerdotes habían tenido de la vida espiritual de las almas. En sus frecuentes sermones predicaba el espíritu de S. Pablo, pues no sin misterio se desató la lengua de este celoso predicador en el día de la conversión del gran Apóstol: eran sus sermones fer­vorosos, y las lágrimas que hacia derramar a sus oyentes eran claro indicio del efecto que producían sus palabras en los cora­zones. Tanto alcanzó con su predicación en aquel pueblo, que los más entregados antes al libertinaje, eran después los más observantes de los preceptos divinos. Todos deseaban hacer confesión general, de manera que le tenían ocupado todo el día en el confesonario, sin dejarle el tiempo necesario para un ligero descanso; aconteciéndole muchas veces que le avisaron y per­suadieron que no había comido, pues el celo de ganar almas para la eterna gloria por medio de la confesión, le hacía olvidarse de sí mismo. No menos celoso era en la predicación, por la cual logró un gran arrepentimiento en los muchos escandalosos de aquel pueblo, que pudieron luego servir de ejemplo de maravi­llosas conversiones. Vamos a referir algunos para consuelo y edificación de los lectores, y para que sirvan de espejo a los que viven desordenados, pues no es pequeña ventaja sacar reglas de los ajenos extravíos para corregir los propios defectos.

Vivía en Chantillón un hombre llamado Bivier, tan apartado en su conducta del camino racional, que en el desenfreno de sus vicios bien pudiera verse la imagen de un bruto. Era como el capitán de cuantos seguían el estandarte de la lascivia: quiso la Divina Providencia para la conversión de este pobre hombre, que Vicente fuese a hospedarse en su casa: luego conoció éste la necesidad que aquella alma tenía de un remedio para salir del cautiverio de sus pasiones, a las que servía como esclavo. El primer sentimiento de Vicente fue un amargo dolor por el estado infeliz de un hombre de quien recibía finas demostracio­nes de verdadero amigo; y tratando de pagárselas con ganarle para el cielo, estudió el camino más a propósito para verificar su conversión. Parecióle que el más conveniente era estrechar los lazos de la amistad para ganar su confianza, y cuando la hu­bo adquirido, aprovechó la primera ocasión que se le presentó para hablarle con expresiones tan vivas y llenas de razón, que en un instante se vio trocado aquel corazón encenegado antes en los vicios, en un dócil discípulo de la escuela de Cristo; y el que antes se consideraba grande en el vicio, su humildad lo hizo después considerarse pequeño en la virtud: el que solo atendía a los entretenimientos de la vida, ya no pensaba más que en los preparativos de la muerte y en el fin que tendría: el que poco antes se desvelaba por los placeres del mundo, no pretendía más que seguir el camino del cielo. Poseía algunas heredades mal adquiridas, y por su sincera conversión las restituyó a sus legí­timos dueños: enriqueció con su propia hacienda a los pobres, deseando hacerse él pobre: se alejó de los deleites sensuales, ob­servando reglas prudentes de conducta, entre las cuales fue una no permitir que hubiese en su casa ni aun mujeres que le sir­viesen; convencido de que en los ataques de la sensualidad vence quien huye. Después de haber perseverado en vida tan ejemplar y rigorosa, quiso Dios en los últimos años de este fiel siervo su­yo, visitarlo como a otro Job, con la pérdida de todos sus bienes, el abandono de los hombres, y las penalidades y dolores de crue­les enfermedades; pero no despegó sus labios para quejarse, y en medio de tantos males, resignado y conforme con la voluntad divina, entregó a Dios su alma adornada de merecimientos. ¡Oh poderoso Dios, cántente alabanzas los ángeles, porque así sabes mudar la condición de los hombres y hacer de las piedras hijos de Abrahán! Del Señor fue la gloria, y de Vicente el triunfo.

A esta conversión siguió otra de más interés, y fue la de los cuatro sobrinos del mismo Bivier. Tenía Diego Carrone, pri­mo de este, cuatro hijos, de los cuales tres eran varones y una doncella, y todos, lo mismo que el padre, inficionados de la herejía de Calvino, pues era natural que los hijos siguiesen los er­rores del padre; porque no son menos herederos de las costum­bres que de los bienes: heredan los hijos el ser de la naturaleza, pero de la vida de los padres heredan el modo de obrar. Intentó Vicente sacar a estos miserables del error en que estaban, y para tan arduo empeño tomó por instrumento al tío, persuadiéndole a que los trajese a su casa, con el pretexto de cuidar de la educación de los varones, y de que la doncella aprendiese el manejo de su caudal. Hízolo así; y como es tan poderoso el trato para cautivar las voluntades, en pocos días la diligencia de Vicente consiguió ganar los corazones como amigo, para cautivar después
el entendimiento como maestro; y fueron tan poderosas sus razones, que en breve logró que llorasen su engaño y se reconciliasen con la Iglesia. Sintieron el padre y los demás herejes una mudanza tan repentina; pero atribuyéndola a la ligereza propia de la edad, intentaron de nuevo su ruina, ya con halagos, ya con amenazas; mas la gracia divina y el celo de Vicente triunfaron de los ataques tan eficazmente, que a pesar
de la poca edad despreciaron estos jóvenes las riquezas del mundo, hollaron sus vanidades y abrazaron la cruz de Cristo.

El mayor de los hermanos tomó el hábito de capuchino, y después de haber cooperado a la conversión de muchos herejes, murió santamente. La hermana fue monja del monasterio de Santa Úrsula de León, y al cabo de algunos años murió con el cargo de maestra de novicias. De los otros dos hermanos, el uno, a pocos meses de su conversión, salió de esta vida para go­zar el eterno descanso, al tiempo que se preparaba para entrar en la congregación del Oratorio de Francia. El último her­mano quedó en el siglo, y por su caridad para con los pobres se hizo acreedor a un singular aplauso: tuvo un hijo que con la educación y ejemplo del padre, despreciando las grandes rique­zas que heredaba, determinó dejar el mundo y meterse religio­so, en lo que convino su padre, con la condición de que Vicente juzgara si era verdadera su vocación.

Cuando se unió la Bresa al reino de Enrique IV, vivía allí un caballero principal, llamado Baltasar de Rougemont, que había pasado en la corte la mayor parte de su vida, y se gobernaba según las máximas inmorales del mundo. Ocupábase en los ejer­cicios cortesanos, y su casa era una escuela donde se estudiaban los puntos de honor: eran en él cosa muy familiar los desafíos; y cuantos se creían ofendidos lo buscaban como maestro de tan bárbara ciencia. La fama que en aquella provincia habían ad­quirido las obras maravillosas de Vicente, despertó la curiosi­dad de este caballero, y con el deseo de conocer un varón tan prodigioso, vino a visitarlo. Por una parte las conversaciones familiares que había entre los dos, y por otra los sermones que por curiosidad oía el caballero, hirieron lo íntimo de su alma, y luego acabaron de ganarle para Dios. Sintió un grande horror al considerar su estado presente, y un ingenuo arrepenti­miento de su vida pasada: hizo una confesión general con Vi­cente, llevando aquella disposición que puede desearse en un hombre verdaderamente penitente. Alejóse de todos los huma­nos pasatiempos, y entregado únicamente al cuidado del negocio de su salvación, hizo consistir su regalo en la abstinencia y otros padecimientos, y su riqueza en la limosna y la pobreza. Vendió el lugar de Rougemont en más de treinta mil escudos1 que empleó, parte en limosnas, parte en obras pías. Miraba como una deuda el hacer bien, y en los pobres veía los legítimos acreedores de su hacienda: su pensamiento estaba continuamente ocupado de las cosas celestiales: la oración era su entrenamiento, Dios su gusto y el mundo su tormento. Empleaba de ordinario tres o cuatro horas cada día en las alabanzas divinas: no había enfer­mo a quien no visitase y sirviese con sus propias manos, y en su ausencia hacía que sus criados desempeñaran estos oficios: era el castillo de Chandie que conservaba los blasones de sus an­tepasados, un hospicio de religiosos y hospital de necesitados. ¡Cuánto alcanzaría del amor de Cristo quien tanto favoreció a sus retratos en la tierra! Mantenía algunos eclesiásticos para que enseñasen a los que por su pobreza no pedían alcanzar instrucción; en fin, su voluntad no tenía más norte que el alivio del desgraciado, el amor a todos sus semejantes y el más since­ro desprecio del mundo.

A pesar de que todas sus rentas las empleaba tan útilmente que solo servían para objetos de beneficencia, tenía sin embar­go tan gran pesar de poseerlas, que un día con muchas lágri­mas dijo al Padre Molín de la congregación del Oratorio: «Padre mío, ¿por qué no me dejan hacer lo que yo quiero? ¿por qué he de ser siempre tratado como señor y he de poseer tanto bien? El señor Vicente me ha obligado a esto; pero si me soltase un poco la rienda, le aseguro, Padre mío, que antes de un mes el señor de Rougemout no poseería un palmo de tierra; pues me espanto de que un cristiano, considerando al Hijo de Dios tan pobre sobre la tierra, pueda tener cosa alguna en propiedad.»

Propuso un día Vicente el ejemplo de este caballero a los de su congregación para inspirarles el despego de las cosas ter­renas, y después de haberles referido esta conversión, prosiguió de esta manera: «Un día que fui a visitarlo a su casa, quiso con­tarme sus ejercicios de virtud, y entre otras cosas sobre el desprendimiento de las terrenas, me dijo: «Estoy cierto que si no estuviera pegado a cosa alguna de este mundo, todo me uniera con Dios; por eso me voy examinando, si es acaso el afecto que tengo a tal persona, tal pariente o amigo lo que me detiene, o si es mi amor propio, las riquezas, las honras, mis pasiones o mi comodidad lo que así me tiene aprisionado; y si conozco que alguna de estas cosas es lo que me separa del Sumo Bien, recurro a Dios y rompo todo por librarme de semejante impedimento: estos son mis ejercicios». Me dijo entre otras cosas una que entonces me edificó grandemente, y después con frecuencia la he recordado, y fue: que viajando un día y teniendo a Dios en el pensamiento, como tenía de costumbre, se examinaba si desde que había renunciado al mundo, le quedaba alguna cosa a que tuviese apego, o si acaso alguna nueva afección se había apoderado de su alma, y echando una ojeada sobre sus negocios, sus parientes, su re­putación, sus entretenimientos grandes y pequeños, después de mucho pensar, notó que tenía un grande afecto a su espada, y en aquel mismo momento, como se hallase cerca de una peña, se apeó del caballo, sacó la espada y la hizo pedazos, y volviendo luego a montar, prosiguió su viaje. Díjome también que aquel acto de despego que tuvo rompiendo la espada, le dio tan gran libertad, que en adelante no volvió a tener afecto a cosa caduca. ¡Ah señores míos, dijo entonces Vicente pa­ra concluir su razonamiento, qué progresos hiciéramos en la virtud, si al ejemplo de este buen caballero, superásemos enteramente nuestras inclinaciones! ¡Oh cuán presto nos uniéramos con Dios, si estuviéramos despegados del mundo y nuestros corazones no estuvieran ligados al amor de las criaturas!»

No solo fue este caballero liberal con los hombres, pues no teniendo más que dar a ellos, se dio enteramente a Dios, ne­gándose todo a sí mismo, por lo que quiso finalmente el Señor premiar tantas virtudes llevándolo a la gloria eterna, para lo cual lo preparó con una larga y penosa enfermedad, en la que el exceso de los dolores no le hizo pronunciar ni una palabra de queja, ni dar señal alguna de impaciencia; y como su vida había sido de un verdadero cristiano, murió con la tranquili­dad y resignación que Dios da a las almas justas.

A estas tan singulares conversiones, siguieron otras muchas de personas notables, entre las cuales produjo gran sensación en Chantillón y en toda aquella provincia, la mudanza de vi­da de dos damas de las principales familias de Bresa. Vivían éstas entregadas a una licencia escandalosa: no se podía en­contrar en ellas acción ninguna de virtud, y no pocos califica­ban el género de vida que tenían de indigno de la especie hu­mana; pero los sermones de Vicente tenían tal fuerza y efica­cia, que casi no era necesario más que oírlos una vez, para ce­der a la viveza de sus razones. Por fortuna concurrieron las dos damas al primero que predicó en Chantillón, y salieron de él enteramente mudadas; yendo luego a visitarle y oyendo su sua­ve y santa conversación, quedaron enamoradas de la hermo­sura de la virtud; tal fue la eficacia de la gracia divina por el ministerio de aquella lengua, que dieron de mano a su an­tigua vanidad, y se dedicaron enteramente al servicio de Jesu­cristo y de los pobres enfermos, a tal punto, que merecieron por su fervoroso celo ser las primeras de la compañía de la Cari­dad que fundó nuestro Vicente poco tiempo después en Chantillón, compañía que ha servido de modelo a las demás que se han erigido en otras partes de Francia, y aun en países extranjeros para beneficio de los necesitados, de lo que hablaremos más extensamente después.

  1. 18.000 pesos

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