Vida de San Vicente de Paúl, de Fray Juan del Santísimo Sacramento. Libro primero, capítulo 06

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fray Juan del Santísimo Sacramento · Año publicación original: 1701.
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Capítulo VI. Da ocasión a la primera misión de Vicente, una confesión general que le hizo hacer a un labrador.

Mucho favoreció Dios a la casa del general Gondí con haber llevado a ella a nuestro Vicente; pero la buena conversación de este aprovechó más particularmente a la señora. Comenzó a con­fesarla como hemos dicho, por obedecer al P. Berulle; y si bien antes había sido de notoria virtud, luego que se puso bajo la dirección de tan insigne maestro, caminó rápidamen­te a la perfección. Miraba después a sus vasallos como si fuesen sus hijos: componía sus pleitos, y no permitía que gas­tasen sus intereses en los tribunales: ella misma los oía y los despachaba, enseñando de este modo a sus ministros, a juzgar con desinterés, y a hermanar la piedad con la equidad y la rec­titud; repartía a los pobres cuantiosas limosnas, visitaba a los enfermos y les servía con sus propias manos; era finalmente en sus estados el refugio de los huérfanos, el consuelo de los afligi­dos, el remedio de los necesitados y la madre piadosísima de todos; así creció de día en día aquella ilustre planta con el jugo de la doctrina que le enseñaba Vicente.

Era la casa del general Gondí un espejo de honra, pie­dad y devoción, siguiendo la familia los pasos de su señora, que siempre los grandes personajes, si con los vicios escanda­lizan, con las virtudes no sólo edifican, sino que despiertan el deseo de imitarlos. Vivía la señora retirada de la corte en una casa de campo de la provincia de Picardía, llamada Folleville, y estando allí nuestro Vicente, fue llamado un día de un lugar vecino para confesar a un labrador que estaba gravemente en­fermo, y tenía fama de hombre honrado y virtuoso; Vicente lo persuadió a que hiciese una confesión general, por cuyo me­dio consiguió librarlo de una muerte eterna, porque hasta en­tonces había callado, siempre que se confesaba, muchos pecados por vergüenza, cosa que él mismo declaró a varias personas que allí estaban, a quienes dijo además: «Si no hubiera hecho esta confesión general, me hubiera condenado sin remedio.»

Hablando después Vicente de este suceso con los suyos, de­cía: «La vergüenza es causa de que muchos de estos pobres labradores oculten gran parte de sus pecados, viviendo de este modo en continuo peligro de condenarse. Ah Dios mío, cuán im­portante es la confesión general para remediar estos males. Este hombre del que os he hablado decía que sin esta confe­sión, claramente conocía que se hubiera condenado, porque no estaba verdaderamente poseído del espíritu de penitencia, en virtud del cual, concilie el alma tal horror al pecado, que no solamente lo confiesa al sacerdote, sino que está tan bien dispuesta, que lo confesaría públicamente si fuese necesa­rio para su salvación. He conocido muchas personas que des­pués de haber hecho una confesión general, han querido de­cir públicamente sus pecados, y no sin trabajo he podido evitarlo: y aun cuando expresamente se los prohibía, me decían: No, yo los publicaré a todos, he sido un malvado, merezco la muer­te. Mirad pues la eficacia del espíritu de Dios y la fuerza de la contrición; esto que os refiero lo practicaron los Santos más grandes: S. Agustín ha publicado en todo el mundo sus peca­dos y sus yerros en el libro de sus Confesiones; San Pablo, antes que él, declaró en sus epístolas que había sido un blasfemo y perseguidor de la Iglesia; esto hicieron los dos para manifestar que la misericordia divina había sido tan grande para con ellos, cuanto su ingratitud había sido mayor para con Dios. Tan bien produjo la gracia en el corazón de aquel labrador este saludable efecto, que le hizo confesar públicamente y en presencia de su señora, las sacrílegas confesiones que había hecho, y los enormes pecados de su vida pasada, dando ocasión con es­to, a que tan virtuosa mujer exclamase llena de espanto: ¡Oh Señor Vicente, qué es lo que oímos! tal vez lo mismo sucede a la mayor parte de esta pobre gente; y si este que era tenido por hombre honrado, estaba en tan gran peligro de condenarse, ¿qué sucederá a los otros que no viven tan ajustadamente? ¡Ah Señor mío, cuántas almas se pierden! ¿Qué remedio podremos poner para evitar tan gran mal? Sucedió esto en el mes de Enero de 1617, y esta señora me rogó que el día de la conversión de S. Pablo, predicase en la Iglesia de Folleville, exhortando a todos a que hiciesen una confesión general, lo que hice manifestando el provecho que de ella se saca, y enseñando el modo de hacerla.

Fue tan agradable a Dios (añadía Vicente) el buen deseo de esta señora, y dio tal bendición a mi plática, que conmovido generalmente el pueblo, venían todos a hacer confesión general. Continué disponiéndolos con instrucciones familiares para recibir los Santos Sacramentos, y me puse a confesarlos; pero por el gran número de los que acudían al tribu­nal de la penitencia, no pude yo solo satisfacer a todos, y es­to obligó a la señora a que mandase rogar a los padres de Amiens que viniesen a ayudarme; escribió al padre rector que quiso venir en persona; pero no habiendo podido permanecer con nosotros mucho tiempo, se retiró, y envió en su lugar al padre Furche, y así continuamos confesando, predicando y enseñando la doctrina cristiana. Pasamos después a otras posesiones de la misma señora, en donde ejercimos las mismas funciones, siempre con numerosa asistencia del pueblo, y Dios bendijo en todas partes nuestros débiles esfuerzos. Este fue el primer sermón de la misión, y este el buen éxito que Dios quiso darle, no sin misterio, en el mismo día de la conversión de S. Pablo.»

Hasta aquí son palabras del siervo de Dios, el cual durante toda su vida, celebró con tierna devoción el día de la conver­sión de S. Pablo: herencia que dejó a sus hijos, pues toda la Con­gregación celebra esta fiesta con especial solemnidad. En este día quiso el Señor, sin que Vicente entonces lo conociese, dar principio a la hermosa fábrica de la Congregación de la Misión, que hasta hoy sirve a la Iglesia de firme baluarte de la fe. Co­noció la señora Gondí la importancia de este santo ejercicio, y atendiendo a la salud eterna de sus vasallos, determinó señalar una renta a alguna corporación religiosa, para que cada cinco años fuese a hacer misiones en todas las poblaciones de sus estados; pero no habiendo encontrado quien aceptase con tal condición la renta, dejó mandado en su testamento, que se pusiese a disposición de Vicente para que la emplease en las misiones.

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