Vida de San Vicente de Paúl (Capítulo 4)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1911 · Source: Apostolado de la Prensa (Madrid).
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Capítulo IV: San Vicente de Paúl enfrente de la miseria

Extraordinario desarrollo de la miseria durante las guerras de Lorena y Alemania (1635-1642).

vida san vicente de paulFrancia había llegado en la época de Enri­que IV a uno de los momentos más críticos de su historia. El protestantismo acababa de rom­per en Europa aquella gran unidad religiosa a la que la Iglesia no había llegado sino después de muchos siglos. Sucesivamente fue restando de ella los Estados de Inglaterra, de Suecia, de Di­namarca, de Holanda y de una parte del Impe­rio alemán. El genio de Carlos V había logrado reunir alrededor de España y de Austria los res­tos católicos de esta gran unidad: la Hungría, la Bohemia, los Países Bajos, la Baviera, Nápoles y Milán. La Europa se hallaba dividida en dos gru­pos: el de las naciones protestantes y el de las naciones católicas, y entre ambas, la Francia des­envolviéndose trabajosamente y buscando orien­taciones a su porvenir. ¿Qué hacer para recupe­rar su pasada grandeza? Dos planes se presenta­ban desde luego a su vista: el plan de los santos y el plan de los politices. Unirse al Austria y de­más pueblos católicos, mermando de esta suerte el poderlo y la influencia de los Estados protes­tantes y ayudando al Catolicismo a que poco a poco fuese ganando terreno y reconstituyendo la deshecha unidad cristiana del Continente: he aquí el primer plan, el plan del cardenal Berulle, de San Vicente de Paúl, del señor Olier y del bienaventurado Pedro Fourrier.

El segundo plan era diametralmente opuesto. Abatir a todo trance la casa de Austria, aislarla poco a poco de los otros Estados católicos con de debilitarla; apoyarse para ello en las naciones protestantes; engrandecer a éstas, concediéndoles existencia legal y brindándoles con toda suerte de privilegios, a condición de que pu­siesen sus armas al servicio de Francia y de que trabajasen por cimentar la hegemonía de esta, nación sobre las ruinas del poderío de la casa de Austria: he aquí el ideal de Enrique IV, de Ri­chelieu, de Mazarino y Luis XIV; ideal que, con­vertido en lisonjera realidad, hizo de Francia la primera nación del mundo.

A la vista están los pésimos resultados de se­mejante plan. Al paso que las naciones católicas no han logrado levantarse todavía de su postra­ción, las protestantes han ido en progresivo au­mento y desarrollo, y Francia misma ve hoy amenazada su supremacía por aquellos a quienes ella, imprudentemente y con miras egoístas y quisquillosas, había dado la mano para que se le­vantasen y se pusiesen en condiciones de crecer y de prosperar.

Enrique IV murió sin haber tenido tiempo para hacer otra cosa en favor de su maquiavélico plan que urdir los primeros hilos.

Comenzó Richelieu la obra con dos golpes maestros. Divisó sobre el trono protestante de Suecia a Gustavo Adolfo, joven emprendedor y valiente, y le eligió corno avanzada contra el flan­co derecho del Imperio (1629). Tendió la vista por la otra parte, y fijándose en Carlos IV, du­que de Lorena, trató de hacer de él una segunda avanzada por el lado izquierdo. Mas estaba muy lejos Carlos IV de poseer el genio y la audacia de Gustavo Adolfo. Intimidóse, trató de permane­cer neutral, y, viendo que no sacaba nada de Richelieu, acabó por aliarse, ocultamente prime­ro y después públicamente, con el Austria. Era lo único que esperaba Richelieu para lanzarse so­bre él como el buitre sobre la presa (1633). Inca­paz el lorenés de hacer frente a tan terrible enemigo, llamó en su apoyo al Austria, originándose de aquí aquella guerra que iba a cubrir de rui­nas las ciudades de Francia y a empapar en sangre sus campos.

La guerra, tal como se hacía en el siglo XVII no tiene ningún parecido con la de nuestros tiempos. En vez de ejércitos regulares manteni­dos y bien equipados, había bandas guerreras abandonadas a su propia suerte, y que, por lo mismo, debían vivir del territorio enemigo. La gran ley, la única ley estratégica de la época, era la de aterrar y tomar por hambre el país. No había cuartel para los hombres capaces de tomar las armas; se ultrajaba a las mujeres, se asolaban los campos, se talaban los árboles frutales; en una palabra, procuraba hacerse un desierto de las tierras que atrás se dejaban, a fin de hacer im­posible la vida al enemigo. Si ésta era la con­ducta de los ejércitos franceses en su propio país, calcúlese cómo se portarían loa alemanes, los croatas, los bohemios y los húngaros.

Invadida simultáneamente la Francia por tres puntos, hace esfuerzos heroicos, y a los ejércitos enemigos opone otros ejércitos, admirables en el campo de batalla, pero sin disciplina militar, des- equipados, faltos de sueldo y con orden de incen­diar molinos y graneros y de arrasarlo todo a fin de obligar al enemigo a retirarse. En tan desespe­radas circunstancias, ¿qué suerte había de caber a los pueblos? Ni los más alejados del teatro de la guerra se libraban de la destrucción y del pi­llaje. Juntábanse infantes y jinetes en bandas de mil quinientos hombres, con los oficiales a la cabeza, los tambores por delante y los cañones a retaguardia, y de este modo se dirigían al me­rodeo. Segaban las mieses para vender el trigo, saqueaban los vecindarios, y si las víctimas ha­cían llegar sus quejas a los generales, éstos se contentaban con responderlas que, «desprovisto el ejército de paga, no tenía otro remedio que proveer a sus necesidades del modo que pudiese.

Con semejante modo de hacer la guerra, por necesidad tenía que hacerse sentir el hambre. De­claróse, efectivamente, en la Lorena, en 1631, lle­gando en 1635 a ser general en todas partes. En 1637 llegó a tal extremo, que los animales muertos eran tenidos y recogidos como viandas exquisitas. En ciudades antes populosas sólo que­daban al presente unos cuantos individuos, y és­tos tan lívidos y desfigurados, que más bien pa­recían esqueletos ambulantes.

Ni era el hambre, con serio tanto, el espec­táculo más horrible que seguía las huellas de los ejércitos beligerantes. Superábala aún la pes­te. Importada del Extremo Oriente por las faci­nerosas bandas bohemias, húngaras y croatas, echaba raíces dondequiera que ellas fijaban sus cuarteles, desarrollándose de un modo prodigioso al contacto de los miles de cadáveres insepultos, de los enfermos muertos de hambre y de los cen­tenares de caballos desvencijados y en estado de putrefacción que se abandonaban en los caminos y en las plazas públicas.

Lo que más insoportable hacía el mal era la falta de alivio y de socorro. Porque ¿de dónde, en efecto, Podían llegar? ¿Del rey? ¿Del Gobier­no? Cierto que Luis XIII y Ana de Austria pro­digaron a manos llenas sus intereses particula­res; mas el cobro deficiente de los impuestos y las necesidades del erario, obligado a sostener tan crecidos ejércitos, no les permitían acudir en remedio de tantas lástimas. Al contrario, aun­que indirectamente, tenían que agravarlas, acu­diendo a los extremos más excepcionales para la recaudación de los impuestos.

Si el Gobierno, adeudado y falto de recursos, no podía poner remedio a tamaños males, ¿po­dría hacerlo el clero? Menos aún. Nadie había sufrido tanto como él en los trastornos de la guerra. Sus fondos estaban representados por bie­nes raíces, y las tierras, holladas por los pies de los caballos, nada habían podido producir en veinte años consecutivos. De los diezmos no ha­bía que hablar. Las bandas que habían penetrado en la Lorena, la Borgoña, la Picardía y la Cham­paña eran, en su mayor parte, luteranas, con lo que huelga decir cómo se habrían con las igle­sias.

En Picardía, teatro de las compañías luteranas del barón de Erlach, no hubo templo que se li­brara del pillaje, de la demolición o del incendio, hasta el punto de no hallarse un monumento an­tiguo en toda la parte noroeste de la diócesis de Laón. Para estos bárbaros ningún divertimiento superaba al de exponerlos sacerdotes desnudos a las burlas y risotadas de la multitud, o al de martirizarles en las iglesias y al pie de los al­tares.

No fueron más considerados que los sacerdo­tes los religiosos. Para aquella soldadesca brutal, para aquellos fanáticos protestantes, era una gloria quemar los monasterios, saquear los con­ventos, arcabucear a los monjes y ultrajar las reli­giosas.

Volúmenes enteros serían menester para des­cribir el cúmulo de lacerías y de ruinas que por treinta años se fueron sucediendo en las provin­cias más hermosas de Francia. La despoblación no cejó un instante desde 1635. Aquello era una desolación general.

Primeros esfuerzos de San Vicente de Paúl por atajar la miseria (1642-1648).

Hermoso espectáculo era ya de por sí ver un pobre sacerdote oculto en uno de los arrabales de París, y entrado ya en los sesenta y seis años, conmoverse «hasta derramar lágrimas» por los males de unas provincias tan apartadas de la capital corno Lorena. Borgoña y Champaña: ¿Quién se preocupaba de ellas en París? ¿Quién en la corte y entre el clero? Aun los más santos personajes parece como que, abstraídos en sus quehaceres y ministerios, ni siquiera volvían sus ojos a esta parte del horizonte. San Vidente de Paúl, en cambio, no apartaba de ella los suyos, arrasados de lágrimas. Ni se contentó el siervo de Dios con lamentar las miserias que sus ojos descubrían; hizo más aún: trató de aliviarlas con todas sus fuerzas, logrando ver coronados sus afanes con un éxito maravilloso.

Su ingeniosa caridad fue más rica y más inago­table en recursos que las mismas arcas del Esta­do. Así lo entendieron, como tendremos ocasión de verlo, todas las provincias, levantándose unas en pos de otras para darle las gracias y aclamar­le por Padre de la patria y por su particular bien­hechor y salvador.

Lo que por de pronto se necesitaba era dinero. Felizmente, el Santo tenía bien repleta su bolsa, la bolsa de las Damas de la Caridad, y de acuer­do con ellas comenzó a prodigar socorros.

Uno de los hijos de San Vicente de Paúl, mon­señor Francisco Hébert, elevado a la sede de Anger, trató de hacer un cálculo de las limosnas en­viadas por nuestro Santo a las provincias devas­tadas por la guerra, sacando en conclusión la enorme suma de doce millones de libras, unos cuarenta y ocho millones de nuestra actual mo­neda. San Vicente, que, como de ordinario, en nada de todo esto veía su mano, sino únicamen­te el celo y la caridad de los que le rodeaban, no sabía disimular su gozo y admiración.

Cuando la caja de fondos de la Caridad estaba vacía, como en los años de 1635 y 1643, acudía resueltamente a las grandes damas de la corte, a le reina regente y a la de Polonia.

Mas hay alguien que tiene más dinero que la reina; ese alguien es todo el mundo. Nuestro Santo tuvo una idea sublime de puro arriesgada: crear la prensa en beneficio de la caridad. Toma, en efecto, las cartas conmovedoras y llenas de lastimosos detalles que de todos los puntos de la guerra le envían sus misioneros, y las publica en folletitos de cuatro páginas en 4.°, que hace dis­tribuir a las puertas de las iglesias. No tardó mu­cho en hacerse periódica la publicación. Cada mes salía un número, y tal interés despertaban y con tal avidez eran leídos, que bien pronto fue necesario reimprimir los primeros. Ha bendeci­do Dios tan copiosamente nuestro trabajo—escri­bía San Vicente—, que la mayor parte de los que han leído u oído leer estas relaciones se han mo­vido a contribuir con su óbolo al alivio de sus hermanos. Fueron también enviadas por las pro­vincias, y ha habido necesidad de dar de nuevo a la prensa las primeras hojas para satisfacer los deseos de algunos, muy interesados en seguir el orden y desarrollo de esta obra, una de las más considerables de nuestros días.»

Para asegurar más eficazmente el socorro de tantos infelices y desgraciados, se abrió un depar­tamento, bautizado con el nombre de Almacén de la Caridad, en que se recogían cuantos dona­tivos quería hacer en favor de la obra la genero­sidad pública.

Al mismo tiempo, San Vicente se dirigió al arzobispo de París, rogándole que por medio de una Pastoral tratase de excitar la compasión de los fieles. Las palabras del arzobispo resonaron, efectivamente, en todas las iglesias de París, ha­ciendo derramar copiosas lágrimas. La misma de­manda hizo a otros prelados conocidos suyos. Ni paró hasta tomar él mismo la pluma y dar a la prensa, no obstante el poco gusto que sentía por semejantes ocupaciones, unos extractos de la Escritura y de los Santos Padres, en favor de la limosna, seguidos de una Instrucción para el alivio de los pobres.

Mas no basta almacenar víveres y recoger E­nero: es menester acudir con ellos en ayuda de los necesitados; es preciso repartirlos discreta y prudentemente, y, en ocasiones, a costa de heroicos sacrificios. Esta fue la comisión que por modo tan admirable habían de desempeñar los sacerdotes de la Congregación y las Hijas de la Caridad.

Las cartas que recibía el Santo abundaban en pormenores horrorosos; pero ninguna fue bas­tante a hacerle desfallecer. Aprovechando las lec­ciones que la experiencia de los primeros traba­jos iba dando a los Misioneros e Hijas de la Ca­ridad, creó una nueva estrategia, la estrategia de la beneficencia puesta al servicio de la necesidad.

Cuatro eran los puntos principales que abar­caba:

  1. Acudir en ayuda de los que mueren y des­fallecen de hambre. A este fin estableció el San­to la obra de potajes económicos, redactando por sí mismo la fórmula para su preparación. Las repartidoras de estos potajes económicos, a que tantos miles de personas debieran la vida, eran las Hijas de la Caridad. No puede leerse sin lágrimas el relato de estas distribuciones.
  2. Mas ¿a qué cuidar de los enfermos si no se comienza por enterrar a los muertos, por lim­piar los caminos, los pueblos y las ciudades de cadáveres, que, fermentando y descomponiéndo­se al aíre libre, corrompen la atmósfera? Espan­tosa faena, en que más de un Misionero y de tina. Hija de la Caridad pusieron en peligro sus vidas. Formóse una compañía de hombres, llamados los aerificadores (aéreos), en razón de que purifica­ban el aire, y, precedidos de los Misioneros, co­menzaron a poner manos a la obra. Cerca de dos meses iban pasados desde que en Rethel queda­ron tendidos en el suelo de 1.500 a 2.000 cadáveres, sin que en todo este tiempo hubiesen ha­llado otra sepultura que los vientres de los perros y de los lobos. El hedor que aquellos restos informes, repo­dridos y desdeñados por las mismas fieras, exha­laban, era inaguantable y emponzoñador. No por eso retrocedió en la empresa de darles sepultura el señor Deschamps, digno hijo de San Vicente de Paúl; y, secundado por una providencial hela­da, hizo enterrar todos aquellos cadáveres. En Etampes hubo que hacer lo propio. Cinco Misioneros y cinco Hijas de la Caridad perecieron en la demanda «con las armas en la mano», según decía San Vicente. Cierto día, congregando San Vicente a las Da­mas de la Caridad- ¡horrible detalle!—, les man­dó comprar picos y azadones con que abrir las huesas y enterrar los cadáveres, que era una de las cosas que más ansiedades proporcionaba a los Misioneros, quienes, con frecuencia, tenían que escarbar o hacer escarbar la tierra con las ma­nos para dar sepultura a los muertos. Parecidos afanes les costaba el llevarlos al cementerio, por carecer muchas veces hasta de unas escaleras de mano en que ponerles.
  3. Al mismo tiempo que velaba San Vicen­te por la limpieza de las calles y por la desinfec­ción de las casas, se ocupaba en proporcionar a los labradores los medios de sembrar sus campos. A este fin, hizo el Santo acopiar grandes provisio­nes de trigo, de cebada, de habas y de guisantes para repartirlos, como lo hizo, entre las pobla­ciones necesitadas.
  4. Por mucho que las miserias y necesida­des corporales preocupasen a San Vicente de Paúl y a sus discípulos los sacerdotes de la Mi­sión y las Hijas de la Caridad, preocupábanles mucho más aún los intereses del alma, el culto religioso interrumpido, las iglesias devastadas, los moribundos sin sacramentos y expuestas la juventud y la niñez a toda clase de peligros. ¡Horri­ble espectáculo el de las guerras de la época! Nada había santo para ellas.

La noble dama y la señorita se vieron Infame­mente ultrajadas, lo mismo que la lugareña y la zagala.

Acabada la guerra, veíanse salir de los bosques y otros escondrijos a las mujeres y jóvenes, que habían corrido a buscar en ellos una salvaguar­dia de su honor. La mayor parte aparecían des­calzas, ensangrentadas y medio desnudas. Cada una de estas nuevas era para Vicente un cuchillo que desgarraba su corazón. Multiplicó su corres­pondencia, dando órdenes para que se enviasen a París cuantas en sus casas corrieran algún pe­ligro. Hízose, en efecto, cargo de muchas, colo­cándolas en familias de buena posición como doncellas, cocineras, niñeras y criadas de labor. La misma conducta se siguió con los huérfanos. Innumerables eran éstos.

Una parte de ellos fue traída a Paris. Encar­góse la señora Le Gras de las niñas, y se arregló a los varones como se pudo, tratándolos a todos con aquella solicitud y ternura que sólo la cari­dad sabe inspirar.

Increíble parece, pero ni aun los servidores de los pobres, los abnegados sacerdotes de la Misión y las admirables Hijas de la Caridad estaban se­guros entre tanto y tan espantoso desorden. Lo menos que podía acaecerles era el ser detenidos y rescatados. Despojábanles del dinero que lleva­ban para los pobres, y les amenazaban con la misma muerte si daban muestras de denunciar­les por semejante violencia.

Advertida la reina regente de lo que pasaba, por San Vicente de Paúl, resolvió tomar bajo su protección especial a aquellos heroicos y abnega­dos corazones que a tantos peligros se exponían por el alivio de sus prójimos y de la nación mis­ma; y el 14 de febrero de 1651 extendió una real orden, que es, a la vez, muestra clara de la impo­tencia a que las autoridades civiles y judiciales se hallaban reducidas, y testimonio elocuente de la fuerza e imperio de la caridad.

Por dicha real orden se da a Vicente un carác­ter público y oficial. No es ya un simple particular que halla en su virtud el maravilloso resorte de mover y arrastrar en pos de sí todo un mun­do de acción y de sacrificio; es, además, el «gran limosnero de la Francia», en cuyas manos abdica voluntariamente la Corona lo que hoy constituye su mayor título de gloria: el privilegio de hacer el bien. La caridad ha hecho del humilde campe­sino de las Landas la única fuerza activa del rei­no en decadencia, y nunca como en esta ocasión fue tan bien merecido el título de Padre de la patria con que el gobernador de San Quintín honró a San Vicente.

La Fronda.—Aumenta la miseria.—San Vicente trabaja por la paz (1948-1652).

Aunque a costa de lágrimas y de sangre, Mazarino habla comenzado a realizar el plan idea­do por Enrique IV y perseguido por Richelieu: romper el cerco de hierro en que la casa de Aus­tria había encerrado a Francia, y dar a ésta so­bre el Rin las fronteras que necesitaba para su independencia y soberanía.

Verdad es que el convenio había resultado no poco caro. Por él se reconocía la independencia y la soberanía política de los Estados protestantes y se daba a la herejía aquel carácter de existen­cia social que desde tanto tiempo antes venia procurando, y que oficialmente rompía la unidad católica europea. Mas en aquellos momentos Francia no tenía ojos para ver otra cosa que la realización de sus ensueños, y esto bastaba a consolarla.

Si Mazarino no hubiese perseguido otros pla­nes que el redondear las fronteras de Francia y hacer a esta nación grande y poderosa, quizá lo hubiera logrado. Mas no perdía de vista otro proyecto que también había recibido en legado de Richelieu. Era éste el de acabar con los últi­mos restes del feudalismo, debilitar a los grandes, los nobles, los Parlamentos y nivelarlo todo, a ser posible, en obsequio de la autoridad real.

Fueron creciendo los murmullos y hubo hasta amagos de revueltas, que el Parlamento, agriado por la incesante creación de nuevos cargos, alen­tó, patrocinándolos torpemente; y a cuya cabeza se pusieron, demostrando una falta completa de tacto político, los grandes señores y aun los prín­cipes mismos de la sangre, menos por celo de los verdaderos intereses de la nación, que por con­servar sus propios intereses mal entendidos. A esta serie de estériles levantamientos y de agita­ciones continuas es a lo que se ha llamado la Fronda, lucha que de 1648 a 1652 hizo suceder los horrores de la guerra civil a los de la guerra exterior.

Fijase el origen de la Fronda en agosto de 1648. Llegada a noticia de la plebe la prisión de algu­nos presidentes y consejeros del. Parlamento, se alzó en armas, y a las pocas horas habían levan­tado mil doscientas barricadas en las calles de París, al grito de «¡Abajo Mazarino!» Asustada la reina, llamó inmediatamente en su ayuda al vencedor de Rocroy y de Lens, a Conde, primer príncipe de la sangre. Este acudió a poner su es­pada al servicio de Ana de Austria. Fortalecida ésta con semejante socorro, salió de Paris con su hijo, se retiró a Saint-Gerrnain-en Laye y dió ór­denes a Conde para que, a la cabeza de ocho mil hombres, pusiese, como lo hizo,, estrecho cerco a París (6 de enero de 1649). Vicente de Paúl que­dó aterrado al saber la nueva del bloqueo.

Después de haber orado y reflexionado mucho sobre el particular, tomó un partido arriesgado y peligroso, pero muy digno de su corazón.

Dejó a París el 14 de enero de 1649, por la no­che, y después de grandes dificultades y peligros llegó a San Germán.

Fue recibido al punto por la reina, a quien, hondamente conmovido, expuso la horrible situa­ción de París.

La reina le prometió templar cuanto pudiese los rigores del sitio, dejando entrar libremente pan en la ciudad, y para lo demás le remitió a Mazarino. Pasó, pues, inmediatamente el Santo, de las habitaciones de la Reina a las del minis­tro, y le habló largamente con humildad, pero con firmeza. En los transportes de su celo llegó hasta decirle:

—Monseñor, ceded al tiempo y echaos a la mar para calmar la tormenta.

—Eso se llama hablar claro—contestó suave­mente Mazarino—, y os aseguro que de nadie hasta ahora he oído semejante lenguaje. No obs­tante, Padre mío, yo me iré si el señor Le Tellier es de vuestra opinión.

El hábil y astuto cardenal sabía bien que a Le Tellier, hechura completa suya, no le daría tan fuerte, y, en efecto, las cosas no pasaron más adelante. Era la vez primera que a los ojos del ministro se presentaba la perspectiva de la huida y del destierro. Por lo mismo, la herida fue pro­funda, y se dice que jamás se la perdonó a nues­tro Santo.

Mientras San Vicente de Paúl exponía, como hemos visto, su persona al desagrado e indiferen­cia de la corte, vino a ser, al mismo tiempo, blan­co de los furores y calumnias de la Fronda. A pesar de sus precauciones, su viaje había sido interpretado torcidamente. Suponíasele en inteli­gencias y amaños con la reina y con Mazarino, y el furor de la plebe contra estos dos personajes no reconocía límites.

Así que no se oía en París otra casa que gritos de odio contra Mazarino, menosprecios y burlas de Ana de Austria e imprecaciones contra Vicen­te de Paúl. De las amenazas pasaron bien pronto a los hechos. El 18 de enero, cinco días después de la salida de San Vicente para San Germán, invadieron ochocientos soldados la casa de San Lázaro, entraron a saco los graneros, redujeron a cenizas la leña del corral y por todas partes hi­cieron lamentables destrozos.

En semejantes circunstancias no creyó oportu­no el Santo su vuelta a Paris. No habría sido escuchado, y su vida hubiera corrido peligro. Re­solvió, pues, aprovechar este tiempo para hacer la visita de sus casas de Misioneros e Hijas de la Caridad.

Constreñido por el hambre, París abrió sus puertas. Ultimáronse las condiciones de la paz en Ruel el 11 de marzo, fueron registradas por el Parlamento el 11 de abril, y el 18 de agosto hicieron su solemne entrada en la capital la reina y su hijo, llevando a uno y otro lado a Condé y a Mazarino. A poco, sin embargo, renació el descontento, y como pareciese que Condé se in­clinaba del lado de la Fronda, Mazarino lo hizo arrestar y encerrar, así como a su hermano el príncipe de Conti. Esto desató una tempestad, y al fin el cardenal se vio obligado a huir del país. Pasado algún tiempo, vuelve a Francia, levanta un cuerpo de ejército, logra unirlo con el ejército real y, pone al frente de los dos a Turena. Conde manda las tropas de la Fronda. Ejecutan los dos jefes una serie de operaciones; pero, al fin, Conde penetra en París, y esta ciudad conoce los hcrr3­res de la guerra, del hambre y de la peste. Enton­ces conoce mejor aún que antes el grande espí­ritu de San Vicente.

He aquí la enumeración que hace el Santo de los socorros proporcionados a los pebres de Fa­ros en tan angustiosas circunstancias: «Diaria mente—escribía en 21 de junio de 1652–distribú­yense potajes a mil quinientos o mil seiscientos pobres, así refugiados como vergonzantes; ocho­cientas o novecientas jóvenes han sido puestas al abrigo de la miseria y del libertinaje, y, por últi­mo, hemos abierto nuestra casa a los pobres pá­rrocos, vicarios y demás sacerdotes del campo, que han tenido que abandonar sus iglesias para refugiarse en la ciudad. He aquí cómo el Señor ha tenido a bien hacernos participantes de tan­tas buenas obras».

Habían llegado los acontecimientos a ese últi­mo extremo en que todo socorro humano es in­significante: menester es que intervenga Dios; y para conseguirlo y para aplacar su divina justi­cia, no sólo se imponía San Vicente a sí mismo, ásperas mortificaciones y penitencias, sino que exhortaba a hacer lo propio a los sacerdotes de su Congregación y a las Hijas de la Caridad y a todas aquellas personas que estaban bajo su di­rección. Que se hiciese la paz, que se reconcilia­sen los partidos, que volviesen el rey y la reina a su corte. Conseguido esto, los demás males se­rían fáciles de remediar. Esto le trajo a la mente la idea de escribir al Papa. Quizá era el único que podía intervenir eficazmente en el arreglo de la paz. Le escribió, en efecto, con fecha 16 de agosto de 1652.

En tanto, el deseo de la paz se hada hecho universal. Hábilmente aconsejada por Mazarino, la reina publicó una amnistía general, compren­diendo, sin distinciones ni reservas, a todos cuan­tos hubiesen tomado parte en los acontecimien­tos de los últimos años pero fue menester más. Nutridas diputaciones acudieron de todas partes a Cornpiégne, donde estaba la corte, para apro­vecharse del decreto. «El joven Luis XIV recibía todas estas diputaciones con aquel aire que le era ya natural y con aquella majestad que tanto he­chizo prestaba a sus palabras». Todos volvían encantados, abogando como nunca por la termi­nación de aquella odiosa mascarada y por la vuel­ta del rey a París.

Sólo una dificultad quedaba en pie. ¿Compar­tiría Mazarino la entrada triunfal de los reyes en la corte? Así lo quería el cardenal, y, al pare­cer, con mucha razón, pues nadie como él había trabajado por conseguirlo. A su vez, éstos eran los deseos de Ana de Austria y de Luis XIV. Mas ¿no sería de temer que su presencia desper­tase los odios, no reprimidos aún completamente, del populacho, y turbase con gritos de cólera se­mejante acto? Así lo creía San Vicente. A su jui­cio, si alguna torpeza política, había en el mundo, era la presencia de Mazarino en la vuelta triunfal de los reyes. Es probable que nuestro Santo se lo hubiera manifestado así a la reina, sin conse­guir nada. Lo cierto es que, contando con aquella penetración de Mazarino que fue siempre el pri­mero en reconocer, se apresuró a escribirle direc­tamente. La carta es interesante, y nos revela todo un lado del alma de San Vicente.

De conformidad con los deseos del Santo, el joven rey y su madre Ana de Austria entraron solemnemente en París el 21 de octubre, en me­dio de las jubilosas aclamaciones del pueblo, sin la compañía de Mazarino, que se había retirado a Bouillon, esperando por tres largos meses a que los espíritus se calmasen.

Esfuerzos de San Vicente rara reparar los de­sastres de la guerra y de la Fronda.—Hermoso movimiento religioso de esta época (1652-1660).

El espectáculo que al entrar en París se pre­sentó a los ojos de San Vicente era desconsola­dor en extremo y capaz de desalentar a otra alma menos humilde que la suya. Muchas de sus obras habían caído por tierra y se hablan convertido en

ruinas. Las miserias que él a tanta costa había tratado de aliviar, se habían multiplicado extra­ordinariamente, disminuyendo en proporción los recursos.

San Vicente de Paúl había organizado, como sabernos, para luchar contra estos males sus grandes obras de caridad; mas el rigor de los tiempos había recrudecido los males, mientras debilitaba las obras.

La de los sacerdotes de la Misión y la de las Hijas de la Caridad eran las que menos daño habían recibido en la lucha.

Los sacerdotes de la Misión, diseminados en regiones devastadas por la guerra, la peste y el hambre, habían perdido, si, hombres eminentes; mas, en cambio, habían reclutado una legión de jóvenes sacerdotes, devorados, como los Apósto­les, por el celo de la salvación de las almas, y exaltados, como los mártires, por la perspectiva del martirio. Con tan valiosos elementos pudie­ron fundar en medio de las turbaciones políticas de la época, once nuevas casas, y lo que valía más, siete nuevos Seminarios. Corno tan amplios horizontes no bastaban a contener la actividad de los nuevos obreros evangélicos, franquearon los límites de Francia para renovar en países in­hales o sectarios las maravillas y prodigios de los primeros siglos de la Iglesia.

Las Hijas de la Caridad no sólo habían creci­do en número, sino en virtud. Su caridad para con los pobres había venido a convertirse en una especie de pasión.

Varias, en fin, habían muerto en medio de los apestados.

Semejantes pérdidas, lejos de ser la tempestad que desgaja el árbol de las religiones, son la llu­via benéfica que las nutre y que alimenta en ellas la savia del entusiasmo, su verdadera vida. Esto es lo que aconteció en las Hijas de la Caridad. Las más sublimes vocaciones de sus prime­ros tiempos datan de esta época.

Lo que por entonces amagaba con más próxi­ma e inminente ruina, y necesitaba, por tanto, de más pronto remedio, era la Obra de los Niños Expositos.

Muchas de las damas de la Junta se habían retirado de París; otras estaban arruinadas por los impuestos y exacciones de la guerra. La ma­yor parte no se recelaban de decir públicamente que era preciso abandonar la obra, pues que des­pués de tantos desastres nadie era capaz de sos­tenerla. San Vicente de Paúl resistió cuanto pudo, animando a las desalentadas, pero no surtiendo estas conversaciones particulares el efecto que de ellas esperaba el Santo, hizo convocar una Asam­blea general para deliberar sobre el asunto, cui­dando de advertir, bajo cuerda, a las más influ­yentes, como las señoras de Aiguillon y de Tra­versay, que no faltasen a la junta para sostener su palabra y arrastrar con su ejemplo a la asam­blea. Las asociadas acudieron, efectivamente, y en gran número, a la cita, mas sin ocultar sus prevenciones y recelos. San Vicente, que de ante­mano se lo temía y que daba suma importancia a la cuestión que traía entre manos, se había pre­parado seriamente y con esmero. Pronunció un admirable discurso.

La Asamblea votó en seguida, por unanimidad, la continuación de la Obra.

Mas ¿de qué sirven, por desgracia, estos nobles arranques de entusiasmo, cuando faltan los me­dios de llevarlo a la práctica? Seis meses des­pués, por efecto de las mismas difíciles circuns­tancias, cayó la obra en una nueva crisis. San Vi­cente, que por su larga experiencia conocía per­fectamente que los grandes sacrificios no se re­piten a todas horas, resolvió trabajar sin descan­so por conseguir dos cosas, sin las cuales juzga­ba imposible la Obra de los Niños Expósitos: casa propia y renta asegurada. Ambas cosas obtuvo después de inauditos esfuerzos, y así vino a que­dar terminado algunos años después de la muer­te del Santo, es verdad, pero conforme a sus pla­nes y siguiendo sus indicaciones, aquel vasto es­tablecimiento de los Niños Expósitos que sirvió de base y modelo a los de Lyon, Marsella, Tolón y otros, y que es, por lo arriesgado de su concep­ción, por la delicadeza de sus estatutos y por la sublimidad de su fines, una de las más bellas creaciones de San Vicente de Paúl.

Ocupado en dar la última mano a esta obra, no por eso perdía de vista otra en que hacía mucho tiempo venía pensando y consideraba de no menor importancia: la obra de las escuelas gratuitas para niños pobres. En realidad, lo puede decirse que San Vicente fuese su funda­dor, pues hacía ya quince siglos que la Iglesia venía ocupándose incesantemente del asunto, Por medio de los obispos y de los Concilios, las había multiplicado indefinidamente en los atrios de sus catedrales y de sus monasterios. Per des­gracia, estas escuelas, obra de los siglos medios, habían perecido en su mayor parte durante las enconadas luchas de la Liga, la guerra de trein­ta años y los disturbios de la Fronde. Urgía, pues, cubrir tamaña necesidad. Felizmente, las Hijas de la Caridad estaban prestas para ello. Ya desde un principio había señalado el Santo la educación de los niños del pueblo como uno de los dos principales fines del Instituto, obli­gando a todas las Hijas de la Caridad a saber leer y escribir para hallarse en condiciones de desempeñar un puesto en la escuela.

En 1641 abrió algunos humildes centros de en­señanza, hizo arreglar un breve catecismo en preguntas y respuestas, y mandó componer ele­mentales tratados de instrucción popular. Todo estaba, pues, pronto; y con sus Hijas primero, y después con piadosas damas, que pusieron a su disposición, no sólo sus bienes de fortuna. sino su concurso personal, comenzó el Santo a cubrir a Francia de esta clase de escuelas gratuitas.

Mas si urgía recoger y salvar estas pobres ni­ñas que erraban por las calles sin instrucción ni educación moral de ninguna clase, y expuestas a mil peligros, ¡cuánto más necesario era reco­cer a aquellas cuyo honor y virtud habían nau­fragado en el agitado y revuelto mar del mun­do! San Vicente, que se esforzó cuanto pudo por preservarlas durante la guerra, no dejó piedra por mover para disponerlas más tarde al arre­pentimiento. No contento con dar empuje por medio de su palabra, de sus consejos y aun de sus pobres recursos, a las casas de arrepentidas que a la fecha se multiplicaban en París, conci­bió la idea de un vasto Asilo de jóvenes arrepen­tidas. Comenzó, según costumbre, por conferir el asunto con personas piadosas procurando des­pués hacerse con casa y rentas para la obra, pues en el Santo jamás iban reñidas la acción y la prudencia. La muerte le sorprendió en esta arriesgada empresa, llevada más tarde a feliz tér­mino por las Hijas de la Caridad.

Ni eran sólo estas fundaciones del hospital para los niños expósitos, de las escuelas para niños pobres y de los asilos para jóvenes arre­pentidas, las que llamaban la atención de San Vicente de Paúl; innumerables otras le asedia­ban por todos lados. Un rico habitante de Pa­rís fue a verle en cierta ocasión y le entregó, bajo secreto, la cantidad de 100.000 francos para que la emplease en la obra de caridad que mejor le pareciere. Hasta le dejó en libertad de dispo­ner de ellos en favor de las casas de su Congre­gación. Desentendióse el Santo de esta última idea, que no se avenía con su desinterés, y le indicó una llaga social en que hasta entonces nadie había reparado. Era ésta la angustiosa si­tuación de muchos pobres jornaleros, quienes después de una vida laboriosa y llena de afanes, se encontraban a la vejez, cuando ya no podían trabajar, sin un pedazo de pan que llevar a la boca. ¿No sería bueno emplear dicha suma en levantar un asilo para estos pobres ancianos, que podrían, al fin, hallar en él, sin separarse el esposo de la esposa, un lugar tranquilo y seguro donde pasar sus últimos días? Entusiasmado con tan hermoso ideal, y vivamente conmovido por el desinterés del Santo, aprobó el caballero la proposición, añadiendo 30.000 francos a los 100.000 de su primitiva oferta, y dando de este modo origen al Hospital del Nombre de Jesús, Pile todavía, subsiste para consuelo de las fami­lias pobres y necesitadas.

Y al lado de estas grandes fundaciones hechas directamente por San Vicente de Paúl, ¿cuántas otras no se desarrollaron bajo su influencia? ¿A cuántas almas no comunicó aquel fuego sagrado de la compasión que abrasaba su nacho?

Al frente de estas almas generosas es preciso poner a la ardiente e incansable duquesa de Aiguillón. Después de ella, su joven y santa ami­ga la señora de Miramion, que fundó dos céle­bres casas, la Piedad y Santa Pelagia; la prime­ra, con el fin de atraer al buen camino las mu­jeres perdidas que el Estado había hecho recluir, y la segunda, poza que sirviera de asilo a las que trataran de abandonar su mala y vergonzosa vida, logrando poner de superior de una y otra a San Vicente de Paúl. La señora Pollalion, grande amiga de la señora Le Oras y penitente de nuestro Santo, abre también por entonces, bajo el título de Seminario de la Providencia, una casa de mujeres arrepentidas, de que hace director al propio San Vicente. De su alrededor, y bajo el soplo de su influencia, salen también las fundadoras de la Unión Chrétienne, estable­cimiento conocido más comúnmente por el nom­bre de la Propagación de la Fe o de las Nuevas Católicas, por estar destinado a recibir los pro­testantesque deseaban convertirse. Pendón prw­t4h un día a esta naciente obra el apoyo de su brillante palabra. Parecidas huellas siguen un enjambre de almas generosas. La señorita Estang abre un asilo de niñas huérfanas; la seño­rita Blosset funda las Hijas de Santa Genoveva; Maria Saucier dispone sus innumerables maes­tras de escuelas gratuitas. Nacidas también por entonces las Hijas de la Cruz, y amagadas con la horrorosa tormenta que la calumnia se había complacido en levantar a su lado para ahogarlas en la cuna, recurrieron en busca de apoyo a San Vicente, hallándole tan cumplido y eficaz, que merced a las gestiones del Santo pudieron arros­trar incólumes la persecución y proseguir des- embarazadamente las obras de su Instituto. Así es como el Santo había venido a ser el centro, el inspirador, el sostén y el alma de todas las obras de la caridad cristiana.

Ni fue solamente de este modo directo y per­sonal corno influyó el Santo en este movimiento religioso y benéfico que por todas partes se de­jaba sentir.

Un discípulo de San Vicente, monseñor Enrique de Maupas de Tour, fundó en Puy las Hermanas de San José.

En Nancy aparece también en 1652 la Con­gregación de las Hermanas de San Carlos. Jua­na Biscot, hija de un rico comerciante de Arras, funda en esta ciudad las Hermanas de Santa Inés, que son un vivo destello de la Hija de la Caridad. Y en el mismo orden debernos colocar las Hermanas de San Mauricio en Chartres, las de la Fe en Agen, las de San Alejo en Limoges, las de la Misericordia en Dieppe, Aix, Paris y otros puntos, y las Hijas de la Infancia en Tolosa.

A estas Congregaciones de votos temporales y sin clausura, entregadas por su profesión a toda clase de obras de misericordia, es menester aña­dir las que exclusivamente se dedican al servicio de los hospitales, y que no descienden en línea menos recta de San Vicente de Paúl. Así, por ejemplo, la Congregación de las Hospitalarias en la Fleche, iniciada, pero las doncellas de honor de la princesa de Condé, y desarrollada per la no­ble y ejemplar señorita Melun Así también las Hospitalarias de Angulema, extendidas en gran parte del Mediodía de Francia.

De esta época datan también los .grandes hos­pitales de Angers, de Plantes y de Rouen, con­fiados en su mayor parte a las Hijas de la Cari­dad. Francia entera se cubre de establecimien­tos de beneficencia, hospitales, asilos y orfana­torios.

Y corno no hay caridad activa y duradera sin un renacimiento de la fe y de la piedad, París se cubre por todas partes de nuevas iglesias y se ve en la precisión de agrandar las antiguas para contener las multitudes que a porfía se agrupan a la puerta del templo.

Ni era posible soñar en las construcciones de aquella época, de tan difícil y costosa realización, si el número de los buenos obispos y de los san­tos sacerdotes no hubiera aumentado. Así era, gracias a Dios, y después de Él, debido en gran parte a San Vicente de Paúl.

Hablaremos ahora del Hospital General. Pa­rís rebosaba de pobres, verdaderos o fingidos; calculábanse en cuarenta mil los que, cubiertos de andrajos o roídos por asquerosas llagas, re­corrían de día la ciudad con la espada al cinto, acogiéndose por la noche al Patio de los Mira­cies, inmundas y amenazadoras guaridas a que la policía no osaba acercarse. El fin del Hospital General era recoger en sus inmensas salas todos los pobres inválidos o enfermos que en la capi­tal hubiese, dando ocasión a la justicia para usar del necesario rigor con aquellos otros que se hallasen en disposición de ganarse la vida trabajando.

Parece que la primera a quien ocurrió la idea de este grandioso proyecto fue la duquesa de Aiguillon. Comunicóla con la señora de Lamoi­gnon y con otras dos o tres amigas, y de común acuerdo resolvieron poner manos a la obra. Mas ¿cómo empezar? Consultados por las caritativas damas muchos de los miembros del Parlamento, opinaron que ni siquiera se debía pensar en ello. La duquesa de Aiguillon no se desalentó, sin em­bargo; fue a verse con Luisa de Marillac, y por consejo de ésta resolvió conferir el caso con San Vicente de Paúl, quien pidió ocho días de tregua para conocer sobre el particular la voluntad de Dios y pesar ante Él las responsabilidades de la obra. Al fin de los ocho días fue a ver a la seño­ra de Aiguillon y le manifestó que estaba presto a secundar sus planes. Corrió al punto a Ana de Austria, obteniendo de ella los vastos departa­mentos de la Salpétriére, y la propia duquesa de Aiguillon dio, para comenzar las reparaciones del edificio, 50.000 francos. Luego comenzaron las ofertas.

No hubo dama, ni príncipe, ni magistrado en Paris que dejase de aportar su contingente, con lo que al poco tiempo, y como por encanto, se vio levantada aquella nueva ciudad», según her­mosa expresión de Bossuet; «aquella obra maes­tra, según decía Fléchier, la más grande y ma­ravillosa que jamás había llevado a cabo la ca­ridad cristiana».

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