Vida de San Vicente de Paúl (Capítulo 2)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: Desconocido · Year of first publication: 1911 · Source: Apostolado de la Prensa (Madrid).
Estimated Reading Time:

Capítulo II: San Vicente de Paúl se aplica a la reforma del clero

San Vicente se establece en el Colegio de los Buenos Hijos.—Pasa a San Lázaro.—Comienzo de la Congregación de la Misión (1625-1628).

vida san vicente de paulAl retirarse San Vicente de Paúl al Colegio de los Buenos Hijos, llevaba por única compañía al bueno del señor Portail, su primero y más caro discípulo.

A poco de su llegada, determinó San Vicente salir a Misiones; mas como solamente eran dos, hicieron que un buen sacerdote, el señor Gam­bart, se les uniese. Nada tan conmovedor como aquellas primeros Misiones. Se comenzaba por recibir la bendición del señor arzobispo; luego, ordenadas las cosas, se cerraba cuidadosamente la puerta, dejando la llave, a falta de portero, en casa de uno de los vecinos, y, por fin, echa­ban a andar, llevando cada uno en su saquito sus más indispensables enseres. Gustaban detenerse en los pueblos más miserables, donde con fre­cuencia tenían que dormir sobre la paja. Dios, empero, bendecía con creces tan penosos sacrificios.

«—Íbamos–dice el Santo—buena y sencilla­mente enviados por nuestros señores los obispos a evangelizar a los pobres de la manera que mucho antes lo había hecho nuestro Señor. Yo no tenía más que un discurso, sobre el temor de Dios, que procuraba variar de mil maneras.

Tal era nuestro modo de ser, cuando algunos eclesiásticos, enterados de las bendiciones que el Señor derramaba sobre nuestros trabajos, soli­citaron y obtuvieron un puesto en nuestra com­pañía. ¡Oh Salvador! ¿Quién nunca hubiera pen­sado que esto habría de llegar al estado en que se halla? En cuanto a mí, confieso que hubiera tomado como una burla las palabras de aquel que entonces me lo hubiera predicho. Y, no obs­tante, de aquellos medios se sirvió el Señor para dar principio a la Compañía. Ahora bien: ¿lla­maréis vosotros humano aquello en que ningún hombre pensó jamás?»

En el transcurso de un año se les juntaron dos nuevos compañeros: el señor Francisco de Coudray, nacido en Amiens, doctorado en la Sorbona, hebraísta y poseedor de varias len­guas, a quien sedujo la pobreza y la humildad del Santo, y el señor Juan de la Salle, salido igual­mente de la Picardía, sujeto de admirable pru­dencia y de admirable abnegación. Al año si­guiente fueron admitidos otros cuatro.

Total, siete; número reducidísimo y que pare­cía anunciar un fracaso. ¡Cuántos se desanimarían! Vicente de Paúl, por el contrario, experi­mentaba indecible consuelo.

Puesto al frente de su reducida familia, siguió agrandando el círculo de las Misiones.

El invierno, en que, a causa de los fríos, está la gente desocupada, era principalmente la esta­ción consagrada a dicho ejercicio de las misio­nes, aprovechando los misioneros el período de la siega y de las vendimias para disponer sus tra­bajos, preparar sus instrucciones e imponerse más y más en las ciencias teológicas.

Seis años, poco más o menos, iban ya transcu­rridos en este género de vida, fructuosa, bien que humilde, cuando un día el señor Lestocq, pá­rroco de San Lorenzo, en París, hizo a nuestro Santo la presentación de un excelente religioso, el P. Adriano Le Bon, superior de una comuni­dad de canónigos regulares de San Víctor, esta­blecidos en San Lázaro, en una antigua leprose­ría, según se va de París a Saint-Denis.

Tenía el rico priorato, levantado por la piedad de los fieles para asilo de los leprosos, vasta cer­ca, extensos jardines y magníficos cuerpos de edi­ficios. Mas se puede decir que estaba entonces sin objeto, ya que, arrancado de su fin primitivo, no se le había destinado a ninguno otra obra de mi­sericordia corporal ni espiritual. Había sido cedi­do a los canónigos regulares de San Víctor, quie­nes no pasaban de ocho y vivían muellemente y sin poder entenderse con su superior, que soña­ba en una vida más alta y más perfecta.

Lleno éste de inquietud y de temores, querien­do abandonar su puesto y meditando sobre la posibilidad de hacer útil aquel gran edificio para alguna obra de caridad, fue a verse con su ami­go y vecino al señor de Lestocq, párroco de San Lorenzo:

—¡Oh!—le interrumpió éste—, esa idea no pue­de venir más que de Dios, quien igualmente ha hecho nacer estos mismos días en su Iglesia una santa congregación de sacerdotes…

Y al punto le contó de ella lo que ya nosotros sabernos y hemos visto.

Con esto se trasladaron al Colegio de los Bue­nos Hijos, donde, sin más que los saludos de rú­brica, manifestó el P. Le Bron a San Vicente que, enterado de las santas otras a que su Com­pañía se dedicaba, y teniendo sumo gusto en con­tribuir por su parte a ellas, venía, en consecuen­cia, a ofrecerle su priorato de San Lázaro. A se­mejante proposición, que hubiera llenado de gozo a otro cualquiera. el humilde Vicente quedó corno cortado sin saber qué responder.

—Y qué. señor. ¿Tembláis?—le dijo el Padre Le Bon_

—No os he de ocultar, Padre mío—replicó el Santo—, que vuestra proposición me asusta, y que me parece ser de una esfera tan superior a aquella en que nosotros nos movemos, que ni aun oso levantar a ella mi pensamiento. Somos unos pobres sacerdotes que, en nuestra vida sen­cilla, no tenemos otro designio que el de servir a las pobres gentes del campo, Os quedamos en gran manera reconocidos, Padre mío, por tan buena voluntad, y os damos por ella las más rendidas gracias; mas permitidnos que no acep­temos vuestra oferta.

Tanta humildad hizo enmudecer al P. Le Bon, y conjuró a San Vicente que no le diese un no absoluto, sino que se tomase un plazo de seis meses para reflexionar sobre el negocio.

Pasaron los seis meses, y, acompañado del se­ñor de Letocq, volvió el P. Le Bon al Colegio de los Buenos Hijos. Uno y otro renovaron sus ins­tancias y suplicaron una y otra vez al Santo que tuviera a bien aceptar el priorato. Aducía el P. Le Bon que se hallaba como inspirado por Dios para cedérsele, y el párroco de San Loren­zo, hombre serio y práctico, hacía por ponerle a la vista las ventajas que, de aceptar la propues­ta, le resultarían.

Mas Vicente permanecía inexpugnable.

Más de veinte visitas volvió a hacer el Padre Le Bon al Santo en los seis meses que se siguie­ron, hasta que, forzado en sus últimos atrinche­ramientos, Vicente sometió el asunto al doctor Andrés Duval, su confesor y consejero ordinario.

El doctor Duval era uno de los sacerdotes más eminentes de París; gran teólogo, orador con­sumado y de una virtud mayor aún que su ta­lento.

El señor Duval no fluctuó lo más mínimo, y declaró que el señor Vicente debía aceptar el ofrecimiento que se le hacía. Resignado y humil­de corno un niño, aceptó, en efecto, el Santo, aun sin haber ido a visitar la casa, lo que hizo por vez primera el día mismo en que extendió el decreto de unión, quedando todo definitivamente arreglado en unas cuantas lloras.

Había en el fondo del jardín, en unas celdas, cinco o seis dementes, que los religiosos, por acomodarse en algún sentido a la intención de los fundadores, habían recogido y cuidaban. Se los mostraron a Vicente, y éste se enterneció a su vista hasta derramar lágrimas.

Puestos en todo de recuerdo, se extendió el con­trato el 7 de enero de 1632 entre Adriano Le Bon y los religiosos de San Lázaro, por una par­te, y San Vicente de Paúl y sus religiosos misio­neros por otra.

El preámbulo del acta termina con las siguien­tes palabras:

«En consecuencia, los religiosos de San Láza­ro, mediante el beneplácito del Sumo Pontífice, del arzobispo de París, del rey y del Parlamen­to, resignan el priorato y hacen perpetua cesión del mismo a la congregación de la Misión.» Ter­minado el preámbulo, se regula la posición del P. Le Bou y de los religiosos.

San Vicente de Paúl tomó posesión de San Lá­zaro al día siguiente. El arzobispo de París, mon­señor Juan-Francisco de Gondi, quiso otorgár­sela en persona para dar a toda su diócesis una prueba de la estima y del afecto que aquel hu­milde sacerdote le merecía. No se ha conservado el acta de la toma de posesión, y las Memorias de la época se limitan a decir que se verificó a satisfacción y gusto de todos. Los miembros de la Congregación fueron apellidados desde enton­ces Lazaristas, nombre con que aún se les cono­ce en el día.

Ejercicios de los ordenandos.—Conferencias de los martes.—Principio de la reforma del clero (1628-1635).

Cuanto más se aplicaba el Santo a las Misio­nes, tanto más se persuadía de lo inútiles que vendrían a ser si no se comenzaba por reformar el clero. ¿A qué cansarse por avivar la fe y robus­tecer la virtud en los habitantes de los pueblos, si después no se les confiaba a un sacerdote de virtud y de celo? Aun puestos bajo la tutela de un pastor celoso, ¡cuán pronto se olvidan las im­presiones de la Misión! ¿Qué sería, pues, si, en­fervorizados los fieles por la palabra del misione­ro, no hallasen después apoyo alguno en su pá­rroco, culpable o negligente? ¡Y que no eran pocos los sacerdotes de esta clase en aquel tiem­po! La corrupción de costumbres en el siglo XVI y las guerras del protestantismo en el siguiente, habían hecho desaparecer poco a poco las es­cuelas fundadas en la Edad Media para la edu­cación del clero.

Entre los prelados que se lamentaban de la degradación del sacerdocio de la época (1628) estaba monseñor Potier, obispo de Beauvais. Un día fue a hablar sobre el particular con San Vicente de Paúl y le estrechó vivamente para que le indicase el modo de poner remedio a un mal tan grande.

—Monseñor—respondió el Santo—, vayamos derechos a la raíz. Imposible es reformar un clero habituado al desorden, porque un mal sacer­dote rara vez se convierte. Entre los aspirantes al sacerdocio, y no entre los que ya están reves­tidos de esa dignidad, es donde os conviene bus­car el principio de la renovación del clero. No admitáis a las sagradas órdenes sino a aquellos que, a vuestro juicio, estén suficientemente ins­truidos y tengan todas las señales de una ver­dadera vocación, y aun con éstos emplead todo el tiempo que os sea posible en hacerles más y más aptos para el desempeño de sus sagradas funciones.

No era otro el pensamiento de monseñor Po­tier. Mas ¿cómo ponerlo en práctica? Este era el objeto continuo de sus meditaciones y desvelos.

—Por ahora, yo no veo otro medio más a pro­pósito—dijo en una ocasión monseñor Potier­que el de recibirles en mi palacio, retenerles con­migo algunos días e imponerles durante ese tiem­po, por medio de una serie de conferencias, así en las cosas que deben saber, como en las virtu­des que deben practicar.

—¡Oh, monseñor!—exclamó Vicente, santamen­te transportado—, ésa es una inspiración divi­na; he aquí un medio excelente de regenerar poco a poco vuestro clero.

La conversación rodó por largo tiempo sobre el mismo tema, continuando Vicente en animar al obispo y confirmándose el obispo en su reso­lución.

—A vos toca venir en mi ayuda, señor Vicen­te—dijo, por fin, monseñor Potier al Santo cuando se despidieron.

—Así lo haré, monseñor—replicó Vicente—, en la firme persuasión de que, al cumplir vuestras órdenes, no hago otra cosa que cumplir la volun­tad de Dios más manifiesta para mí cuando la oigo de los labios de un obispo, que si la oyera de los labios mismos de un ángel.

Quince días antes de la ordenación de septiem­bre, San Vicente se trasladó, en efecto, a Beau­vais, en compañía de dos doctores en Teología, los señores Duchesne y Messier. Llevaba el pro­grama de los Ejercicios espirituales, formado por él en el silencio y en la oración, y tal perfección supo dar a este primer ensayo, que el retiro de Beauvais pudo servir en adelante de norma a todos los del mismo género. El obispo mismo pre­sidió la apertura del acto. Los sermones estuvie­ron a cargo de ambos doctores: San Vicente se había reservado las pláticas o conferencias, y en ellas hizo la explicación del Decálogo; pero de una manera tan clara, tan llena de piedad y de unción, que casi todos los ejercitantes quisieron hacer con él una confesión general.

Lo que tan buen éxito había logrado en Beau­vais, ¿por qué no se había de ensayar en Paris? Monseñor de Beauvais habló del asunto a mon­señor de Gondi, y éste, solicitado también por el señor de Bourdoise, mandó, por una orden de 21 de febrero de 1631, que todos los que en su dió­cesis aspirasen a recibir las sagradas Órdenes es­tarían obligados, para disponerse a ello, a un re­tiro espiritual de diez días. El señor Bourdoise, distinguido sacerdote, de quien luego hablaremos, habla pensado admitir en su casa a los ordenan- dos; mas ésta era bastante reducida, y suplicó a Vicente que se hiciese él cargo de la obra. Nues­tro Santo vaciló al principio, mas después se alla­nó a todo. De esta suerte quedó abierta a los Ejercicios espirituales la residencia de los Bue­nos Hijos, para renovación del clero y bien uni­versal de la Iglesia.

La empresa exigía crecidos gastos. ¿Cómo ha­cer frente a ellos si las piadosas damas con quien estaba en relación San Vicente no le hubiesen ayudado?

El gran atractivo de estos ejercicios era la per­sona misma de San Vicente. ¡Con qué humildad y delicadeza recibía a los ordenados! ¡Cómo disponía a sus hermanos para acoger, cuidar y servir a les sacerdotes ejercitantes!

—Ocuparse en formar buenos sacerdotes—de­cía—es seguir el ejemplo de Jesucristo, quien em­pleó su vida mortal en la formación de doce sacerdotes santos, los Apóstoles. Así que al lla­marnos Dios a este nuestro estado, es para traba­jar en una obra sublime.

«He aquí nuestra misión—añadía—. Mas ¿quié­nes somos nosotros para tal obra? Unas pobres gentes, hijos de oscuros labradores y aldeanos. ¿Qué proporción puede haber, por lo mismo, en­tre nuestra influencia y un empleo tan santo, tan sublime y celestial?… No obstante, el Señor se ha dignado hacernos a nosotros una gracia tan grande como es la de contribuir al restable­cimiento del estado eclesiástico.

«Felizmente—continuaba el Santo—, tenemos en nuestra mano la oración: con ella todo se pue­de. Nadie hay, por pobre y miserable que sea, que orando no pueda obtener para la Iglesia un buen sacerdote. Puede suceder aún que el aprovecha­miento de estos señores, los ordenandos, sea efec­to de las oraciones de un hermano. Entregado a sus propios quehaceres, en medio de ellos levan­tará con frecuencia su mente a Dios para supli­carle que se digne bendecir a aquellos sus futu­ros ministros, y mirando el Señor las buenas dis­posiciones de aquella alma, quizá le otorgue esta gracia. Dícese en los Salmos: Desiderivm paupe­rum exaudivit Dominus…»

Aquí San Vicente se detuvo, no recordando la terminación del versículo, y siguiendo su costum­bre humilde, familiar y de conferencia, se dirigió a sus hijos, diciendo:

— ¿Quién recuerda la conclusión?

Uno de ellos acabó el versículo: Praeparatio­ms cordis eorum audivit auris tua.

¡Dios os bendiga, señor!—replicó el Santo.

Esta era su acción de gracias ordinaria.

Luego, entusiasmado con la hermosura de aquellas palabras, las repitió varias veces con transportes de alegría y de devoción, saboreán­dose en ellas, y añadió para comunicar a sus discípulos sus propios sentimientos:

—Maravillosa manera de expresarse, digna en un todo del Espíritu Santo. El Señor ha atendido el deseo de los pobres; se ha dado cuenta de las disposiciones de su corazón, como dándonos a entender que Dios oye a las almas bien dispues­tas aun antes que ellas le pidan. Esto es de gran consuelo y nos debe animar al servicio de Dios, aunque en nosotros no veamos otra cosa más que debilidades y miserias.

A la oración quería que uniesen la humildad y el agrado: «Tributemos a los señores ordenandos toda clase de respetos y deferencias; no nos ha­gamos en su presencia los sabios; antes bien, prestémosles nuestros servicios humilde y cor­dialmente. Hagamos especial estudio de ver, in­dagar y proporcionarles diligentemente cuanto pueda serles de alguna satisfacción».

A su llegada, quería que hubiese siempre espe­rándoles a la puerta un sacerdote para recoger de sus manos los bultos que trajesen y acompañar­les a sus habitaciones, volviendo después a verles con frecuencia durante los Ejercicios para infor­marse de sus necesidades. Él mismo era el pri­mero en dar ejemplo.

Gustaba salirles a recibir; caminaba delante de ellos, con una luz, por los corredores, y se de­tenía para advertirles los diversos peldaños de la escalera, a fin de evitarles la más ligera ocasión de una caída. Viósele en algunas ocasiones, cuan­do el número de los sirvientes o de los Hermanos no era bastante, limpiar por sí mismo el calza­do de los ejercitantes.

Durante los Ejercicios se hacían dos pláticas por día a los ordenandos: versaba la de la ma­ñana sobre las materias más prácticas y esencia­les del ministerio eclesiástico; la de la tarde, so­bre las virtudes necesarias para la recepción de las sagradas Órdenes. San Vicente de Paúl se in­clinaba de preferencia a esta última.

¡En qué términos ensalzaba la grandeza y san­tidad del sacerdocio! ¡Con qué colores pintaba los estragos que en el mundo ocasiona el mal sacerdote!

No era extraño que de todas partes se acudie­se a las exhortaciones de San Lázaro. Pasaban de quinientos y aun de seiscientos los jóvenes que cada año pisaban los umbrales de la anti­gua leprosería, y entre ellos la flor del clero de Francia.

Estos primeros ensayos ejercieron sobre la Iglesia de Francia una profunda, si bien por de pronto inadvertida, influencia.

No obstante, por útiles y provechosos que fue­ran los Ejercicios, no hubieran sido suficientes para llenar el fin que con ello se perseguía. En­cendido el fuego, era preciso conservarle. Era menester hallar un medio que recordase a estos jóvenes sacerdotes las reflexiones y resoluciones que les habían servido de preparación para el sa­cerdocio. Vicente de Paúl no dejaba de pensar en ello; mas como era hombre que no gustaba de apresuramientos, dejó que otro se le anticipase en la solución del problema.

Cierto día fue a verle uno de los jóvenes que habían sido formados en los Ejercicios de los ordenandos, y le preguntó si tendría a bien que aquellos que deseasen conservar en sí la gracia de la ordenación se juntasen una vez por sema­na en San Lázaro para escuchar la divina pala­bra y renovar sus buenos propósitos.

Oh, hijo mío—replicó entusiasmado San Vi­cente—, ese pensamiento es del cielo! Sin em­bargo, es menester reflexionar más sobre ello y orar al Señor.

En seguida pasó a consultar el punto con el arzobispo de París, monseñor de Gondi, y aun escribió sobre el particular al Sumo Pontífice, quien bendijo y aprobó el proyecto.

¿Quién era el joven que tuvo la feliz inspira­ción de las Conferencias de los martes? Algunos han creído que fuese el señor Olier.

Estas Conferencias, de las cuales la primera tuvo lugar el 25 de junio de 1633, y la segunda el 9 de julio, siguieron verificándose todos los martes. Acudiese a ellas de todos los distritos de París.

Mas no se ha de creer que fuesen simples con­ferencias a que se asistía con el único objeto de ver a San Vicente de Paúl. Nuestro Santo, que tenía en alto grado el don de la organización, ha­bía hecho por sí mismo el reglamento por que se habían de regir. Los miembros de las Conferen­cias formaban una Asociación. Para entrar en ellas era menester ser presentado por tres socios, y no se accedía a la petición sino después de se­rias informaciones. Admitido un nuevo socio, quedaba bajo la dirección del presidente, que le advertía sus faltas, le visitaba en sus enfermeda­des, le asistía a la hora de la muerte y le acom­pañaba con todos los hermanos a la sepultura.

El martes de cada semana, a las dos, debía te­ner lugar en San Lázaro una junta general. Aquellos que no pudieran asistir debían comu­nicárselo al presidente. Comenzaba la conferen­cia por el himno del Veni Creator, entonado de rodillas por el director; luego se pasaba a tratar de la materia señalada en la anterior conferen­cia, pudiendo todo el que quisiere tomar parte en la discusión, y, por último, el director resu­mía los debates, daba los consejos que juzgaba más oportunos y terminaba con algunas palabras «sencillas y afectuosas.

Este era el papel ordinario de San Vicente, papel que desempeñaba de un modo admirable.

La nota característica de la palabra de San Vicente de Paúl era la sencillez, «aquella su admirable sencillez» de que hablará más tarde Bos­suet, acompañada de la ternura, del amor de Dios y de las almas, en que ardía su corazón, y por último, de la pureza de las fuentes en que bebía, cuáles eran la Sagrada Escritura, los ejemplos y palabras de Jesucristo y el estudio profundo de las necesidades y pasiones del corazón humano. Ahora bien: esto era lo quo más se echaba en falta en la predicación evangélica de aquel lem­po. in lugar de acudir a los Libros Santos en busca de pruebas con que robustecer las ense­ñanzas del púlpito, se echaba mano de los poetas gentiles.

Y ¿qué decir del estilo. de aquella forma «pom­posa y empenachada, de que habla San Fran­cisco de Sales, de que apenas le libró su genio y su gusto exquisito, y de que se hallan tristemente contagiadas las obras de sub más caro discípulo y amigo, monseñor Camus, obispo de Belley?

Entre tantos jóvenes sacerdotes como se re­unían en las Conferencias de los martes y diser­taban sobre toda clase de asuntos, así dogmáticos como morales, era imposible que no apareciese algún resabio de mal gusto que por todas partes dominaba. Mas Vicente de Paúl era inflexible. La sencillez, la santa y sublime sencillez, he aquí el único arreo oratorio que admitía. Afeaba siem­pre, y en alguna ocasión con viveza, la conducta de aquellos que se apartaban de este camino.

Esto hizo que la práctica de hablar sencilla­mente llegase a ser como una ley en San Lázaro.

Nadie gustó tanto de esta sencillez ni sacó tanto provecho de semejantes enseñanzas, como Bossuet. «La sublime sencillez de Vicente—dice el señor Floquet- conmovió hondamente al gran orador, tan sencillo ya por su naturaleza.» No solamente guardó un profundo recuerdo de ella durante toda su vida, sino que la tomó por regla de conducta en sus predicaciones.

Unas Conferencias a que acudían los sacerdo­tes más distinguidos, y, por decirlo así, la flor del clero, y en que hablaban tantos ilustres obispos, no podían menos de darse a conocer por todo Paris.

De este modo comenzó la reforma del clero; así se echaron los primeros fundamentos de la gran Iglesia de Francia. Y digo los primeros, porque, por más importancia que se quiera dar a los Ejercicios de los ordenandos y a las Conferen­cias de los martes, es evidente que por sí solos poco hubiesen hecho. Para la reforma universal del clero era menester alguna cosa más radical, de bases más amplias.

Los Seminarios (1635-1642).

Entre los decretos disciplinarios del Santo Concilio de Trento, quizá no había ninguno más importante ni que más saludable influencia haya ejercido sobre la Iglesia, en particular sobre la de Francia, que el decreto relativo a la institu­ción de los Seminarios. Los Padres le firmaron con verdaderos transportes de alegría, declaran­do que aunque el Concilio no hubiese tenido nin­gún otro resultado, éste solo sería suficiente re­compensa de sus fatigas.

A primera vista, el cumplimiento de las dispo­siciones del Concilio nada tenía de difícil. Esco­ger algunos niños de entre las familias cristia­nas, precaverles de los peligros del mundo, educarlos en la piedad, cosa tan hacedera en los primeros años; conducirlos poco a poco a las gradas del sacerdocio familiarizarlos con sus encantos, entusiasmarlos con su sublimidad, pre­sentarlos a la ordenación abrasados en las lla­mas del amor divino y en el celo por la salvación de las almas, ¿qué cosa más fácil? No obstante, aun haciendo caso, omiso del influjo de las pa­siones, de la natural propensión a la molicie, a la desidia espiritual, a los gustos e inclinaciones del amor propio, a la ambición de las dignidades y de los honores, que debilitan el celo más ar­diente y tuercen los ideales más puros y levantados, era menester no perder de vista la rica eflorescencia de las instituciones pedagógicas de otros tiempos que habían llegado hasta nosotros; colegios, academias y la diversidades, que, con sus brillantes recuerdos y con la fascinadora magia del pasado, habían de atar las manos de los re­formadores del clero y ser dura roca a cuyos pies habían de morir no pocos ensayos de las sabias pretensiones del Concilio de Trento.

Así que poco o nada llegaba a perfecta gra­nazón.

En Francia, el proyecto tenía menos visos de realización, a causa de haber sido muchas las personalidades que habían fracasado al intentar llevarle a la práctica; de suerte que, para los hombres más distinguidos, el asunto era poco menos que imposible.

Y, no obstante, era llegada la hora que la di­vina Providencia, en sus altos designios, tenía marcada para la realización de los Seminarios. Había entonces en Francia tres o cuatro sacer­dotes que estudiaban sin descanso tan difícil problema que se disponían a resolverlo, y que, dando el uno una pincelada y el otro un bro­chazo, indicando el de más allá un rasgo que éste debía llevar a la perfección, iban a realizar en toda su hermosura el tipo ideal concebido por el Concilio de Trento. Estos tres o cuatro sacer­dotes eran el señor de Berulle, el señor Bourdoise, el señor Vicente y el señor Olier.

A pesar de su celo y de sus esfuerzos, los dos primeros no llegaron en el asunto a resultado práctico, es decir, no lograron fundar Seminario alguno.

A San Vicente, en un principio, ni siquiera se le había ocurrido semejante idea.

Estrechado por las varias y repetidas instan­cias de los más santos obispos, cambió, con el tiempo, de parecer. En 1635 hizo el primer en­sayo, recibiendo en el Colegio de los Buenos Hi­jos algunos jóvenes de doce a catorce años que aspiraban al sacerdocio. Mas, o por la corta edad de los alumnos, o por falta de dotes de ense­ñanza en los directores el proyecto fracasó y hubo de ser abandonado. Seis años después, en 1641, hizo en Annecy, a instancias del bueno y santo obispo de dicha ciudad, monseñor Justo Guerin, un nuevo ensayo, y por esta vez no ad­mitió como alumnos más que aquellos que hu­bieran ya cursado Humanidades. Ibase acercan­do el suspirado término, mas también por esta vez fracasó el proyecto, y el Seminario fue ce­rrado para no volverse a abrir hasta 1663. Lo propio sucedió con los Seminarios de Alet y de Saintas. Por fin, en 1642, Vicente creyó que la causa de tan repetidos fracasos era la mezcla de jóvenes y niños sujetos por igual a una misma enseñanza y disciplina. Resolvióse, pues, a separarlos. Dejó los mayores en el Seminario de los Buenos Hijos, y trasladó los de menos edad a una casa que había comprado junto a San Lázaro, a que se dio el nombre de Seminario de San Carlos.

Con tan acertada resolución echó a la vez los fundamentos de los Seminarios mayores y menores, en la doble forma que hoy los vemos.

Una de las primeras cuestiones suscitadas con motivo de la enseñanza en los Seminarios era la de si convenía fijar un libro de texto a que el profesor hubiera de atenerse en sus clases, o si sería preferible que el mismo catedrático com­pusiese y dictase sus lecciones. Muchos preferían este último método, en atención a que daba al profesor más libertad para desenvolver su ilustración y su cultura, razón que a los ojos de Vi­cente no fue de tanto peso que le impidiera se­guir la opinión contraria. «Con un texto apro­bado—decía- a la enseñanza será más segura y merecerá mayor confianza del Episcopado; la Com­pañía estará menos expuesta a la envidia y a la censura; la elección de los profesores será más fácil; las obligaciones de la cátedra no tan pe­nosas ni tan difíciles, y, por último, los semi­naristas saldrán mejor instruidos. Se objetará que éstos formarán una opinión muy pobre de unos catedráticos que nada enseñan de viva voz, y que se verán tentados a abandonar sus leccio­nes. Esto podría suceder si todos los seminaristas fuesen unos sabios y si el Seminario, además del atractivo de la ciencia, no contara también con los de la piedad, del canto, de las ceremonias, de las catequesis y de la predicación.

«Añádese que con el método de la enseñanza oral los profesores se harían más sabios. No lo niego; mas también se verían en la precisión de no hacer otra cosa que estudiar, componer y dic­tar; y entonces, ¿quién informaría a los alum­nos en la virtud? ¿Quién enseñaría el canto, las ceremonias, la explicación del Catecismo y la predicación? ¿Quién haría observar el orden y la regularidad?»

Mientras Vicente de Paúl, conforme a sus ha­bituales modos de obrar, llegaba lenta y gradualmente a entrever la forma definitiva de los Se­minarios, el señor Olier, con algunos amigos, fun­daba el Seminario de San Sulpicio.

Pocos hombres ha habido en el mundo tan privilegiados como el señor Olier. San Francisco de Sales bendice su infancia; San Vicente de Paúl forma su juventud y le dispone para las Órdenes sagradas, y el P. Condren, del Oratorio, hombre de altísimo saber y de virtud extraordi­naria, le dirige en su edad madura y le revela su verdadera vocación.

¿Qué diferencia hay entre los Seminarios eri­gidos por San Vicente de Paúl y los fundados por el señor Olier? Ninguna. Prestáronse mutuamen­te sus inspiraciones, y poco a poco la obra de entrambos vino a confundirse.

Observaciones son las anteriores que una vez más demuestran el perspicaz sentido práctico de San Vicente.

Inútil sería ventilar aquí la cuestión de si fue San Vicente el primer organizador de los Seminarios en Francia, o si goza de esta prerrogativa el señor Olier. El caso no merece la pena, y por otra parte, las tentativas de uno y otro ofrecen tal simultaneidad, que ni los mismos interesados pudieron apreciar las diferencias del tiempo que entre ellas mediaran.

Y es que todo fue obra del mismo tiempo, efec­to de la gran conmoción que de Norte a Sur se experimentaba en todo el país, que agitaba todos los corazones y que hacía que cada uno pusiese manos a la obra sin reparar en lo que otros ha­cían.

San Vicente contra el jansenismo.—Muerte de Santa Chantal (1642).

En tanto que San Vicente de Paúl, el carde­nal Berulle, el señor Olier y el señor Bourdoise, sin desconocer las llagas de la Iglesia, trabaja­ban por cicatrizarlas, otros hombres de talento estudiaban también los males de la Iglesia; pero, desprovistos de la fe profunda que aquéllos te­nían en la vida imperecedera de la Esposa de Jesucristo, desesperaban casi totalmente de su curación y buscaban fuera de ella los medios de regenerarla.

Dos eran los jefes principales de este grupo: Jansenio, más conocido por la forma latinizada de su nombre: Cornelius Jansenius, y Vergier de Hauranne, abad de Saint-Cyran. El primero ha­bía nacido en Flandes; el segundo, en Bayona. Eran casi de la misma edad. Llegados a París en 1605 para acabar sus estudios teológicos, tra­baron en las aulas de la Sorbona estrecha amis­tad. Sus almas tenían un vivo parecido. Ambos, eran inteligentes, apasionados por el estudio, do­tados de un gusto exquisito en los trabajos de erudición, en que tanto habían de sobresalir; uno y otro imperiosos, altivos, acostumbrados a im­ponerse a las almas con su austeridad, y, por fin, bajo pretexto de reforma, autores de uno de los golpes más rudos asestados contra la Iglesia en el curso de los siglos, y bajo el cual, sin el divino carácter de su origen, quizá hubiera sucumbido.

Con todo, la gravedad de la herida no se ad­virtió hasta después de muertos entrambos no­vadores.

Descontentos de los estudios que por entonces se hacían en la Sorbona, por parecerles demasia­do superficiales y poco prácticos, determinaron retirarse por algún tiempo al campo y consagrar­se al estudio de la antigüedad cristiana.

Por desgracia, al empeñarse ambos jóvenes en un estudio tan difícil y de tan colosales propor­ciones como el de las obras de los Santos Padres, no sólo carecían de dirección y de freno, sino que además tenían el espíritu lleno de dudas y de preocupaciones. Jansenio había respirado en Lo- vaina, donde pudo conocerle, las falsas doctrinas de Bayo sobre la postración del libre albedrío so­focado por la gracia omnipotente y avasalladora. A su vez, Vergier de Hauranne, influido más o. menos por los vapores semicalvinistas que flota­ban en los claustros de la Sorbona, pensaba que al menos en la práctica, la Iglesia había perdido algún tanto de su prístina pureza, y que para de­volverle el brillo con que Jesucristo la había hermoseado en su origen, era menester renovar la disciplina de los primeros tiempos. Estas dos di­recciones eran las que habían de marcar el rum­bo de sus respectivos estudios.

Jansenio, que era más teólogo, se apoderó de la cuestión de la gracia, cuya exacta noción creía perdida; para hallarla, se abismó en el estudio de San Agustín.

Vergier de Hauranne, por su parte, consagró sus desvelos al estudio de la disciplina eclesiásti­ca en los tres o cuatro primeros siglos de la Igle­sia, notando la idea que se tenía entonces de la penitencia, el modo con que se practicaba la con­fesión y la comunión, etc., etc.

No habían pasado aún de los comienzos de sus estudios, cuando el curso de los acontecimientos vino a separarlos. Jansenio partió para Lovaina, donde recibió el doctorado, se puso al frente de un gran colegio y, por último, fue nombrado obispo de Iprés, donde murió joven aún. Por su parte, Vergier de Hauranne dejó a Bayona y se dirigió a Poitiers, donde el obispo le hizo pri­meramente canónigo y después abad de Saint­Cyran, título bajo el cual tan conocido se hizo con el tiempo.

Aunque separados desde entonces, continua­ron fieles a su amistad.

Por el mes de noviembre de 1021, ambos ami­gos se volvieron a ver en Lovaina, y quizá también en París, sacando como consecuencia de sus entrevistas la de ir desenvolviendo lenta y gra­dualmente sus proyectos de regeneración de la Iglesia, así bajo el punto del dogma, como de la disciplina.

En tanto que Jansenio, de vuelta a Lovaina, volvía a entregarse al estudio de San Agustín y comenzaba a redactar su Augustinus, el abad de Saint-Cyran entraba en París y buscaba mañosamente cómo crearse relaciones y tener ocasión con ellas de insinuar sus errores. Hecho conoci­miento con el señor d’Andilly, logró darse a co­nocer por su medio a la hermana del propio in­termediario, Sor María Angélica, la joven aba­desa y reformadora de Port-Royal.

Al mismo tiempo que en Port-Royal, buscaba también el astuto reformador cómo deslizarse y verter su veneno en el Oratorio. Iba también a verse con el señor Bourdoise.

Mas por ilustres que fuesen estos personajes, el abad de Saint-Cyran soñaba en trabar amistad con otro mayor, y no hubo astucias ni rodeos que dejase de poner en práctica para llegar has­ta él. San Vicente de Paúl era, por una parte, la sencillez misma, y por otra, la caridad y la benevolencia en persona. Nunca echaba las co­sas a mala parte, y para creer en el mal necesi­taba que se le hiciese patente una y otra vez. Por su parte, el abad de Saint-Cyran no despreciaba ocasión de ayudarle. Prudente y disimulado en extremo, no manifestaba sus ideas sobre el esta­do de la Iglesia, ni los proyectos que para refor­marla abrigaba, sino parca y embozadamente. Así las cosas, y cuando ya se creyó en posesión de aquella alma tan sencilla como confiada, se re­solvió a hablarle descubiertamente y sin rodee. Cierto día, habiendo hecho recaer la conversa­ción sobre un artículo del credo calvinista, se puso a defenderle.

—;Cómo!, ¿y os avenís a ese modo de pensar?—arguyó San Vicente.

—¿Y por qué no?—replicó Saint-Cyrcn—. Calvino, más que defender una mala causa, lo que hizo fue defenderla malamente: Bene sensit, male locutus est.

En otra ocasión decía el abad al Santo:

—Es cierto que Jesucristo ha levantado su Iglesia sobre la piedra, mas también lo es que hay tiempo de edificar y tiempo de destruir. La Iglesia era su esposa, mas al presente es una adúltera, razón por la cual la ha repudiado y quiere que se la sustituya por otra que le sea fiel.

—Creedme, señor—le replicó grandemente an­gustiado el Santo—; desconfiad de ese espíritu que os dicta sentimientos tan contrarios a la ve­neración que es debida a la Iglesia.

San Vicente de Paúl se retiró sumamente ape­nado; mas no por eso se creyó en el deber de abandonar a aquella alma, sino de redoblar, por el contrario, sus esfuerzos para volverla al buen camino. Enterado, pues, de que el abad se dispo­nía a partir para su abadía de Saint-Cyran, re­solvió hacer un último esfuerzo para sacarle del error. Después de haberle preparado a recibir fa­vorablemente sus advertencias, el Santo le habló del deber en que se hallaba de someter su juicio al de la Iglesia y de respetar las decisiones del Concilio de Trento. Luego, recordándole las pro­posiciones que repetidas veces habla apadrina­do. le mostró cómo eran opuestas a la doctrina católica. «Estáis perdido—concluyó diciéndole— si seguís revolviéndoos en ese laberinto de erro­res.

Por lo demás, sabed que en ese camino de Perdición vais solo; al menos, no contéis en él, ni con mi Compañía, ni conmigo».

En 1632 fue dado a la imprenta un grueso vo­lumen, en latín, rotulado Aurelius. Estaba escri­to por el abad de Saint-Cyran, mas no iba en­cabezado con su nombre. La doctrina que en él se prohijaba era por demás sospechosa; inten­tábase desnaturalizar la constitución de la Igle­sia, ensalzando el poder de los obispos hasta po­nerles al nivel del Papa, y equiparando a los sacerdotes con los obispos. No eran de menor cuantía los errores pertenecientes a la parte mo­ral y disciplinaria. En sentir del anónimo, se ha­bía hecho muy mal en abolir la penitencia pública, que por lo mismo urgía restablecer; se había torcido el verdadero sentir de la Iglesia con respecto a la comunión, concediéndola tan fácil y tan frecuentemente a los pecadores. La comunión era un misterio terrible, al cual muy pocos, y éstos después de largas preparaciones, se hacían dignos de acercarse.

Ni quedaban estas doctrinas en los libros: bien se vieron reducidas a la práctica. En Port-Royal, por ejemplo, la Madre Inés, no sólo toleraba que sus hermanas y sus monjas pasasen cinco y más meses sin llegarse al tribunal de la Penitencia, sino que ni ella misma hacia escrúpulo de mante­nerse alejada de los sacramentos. Habría pasado así, sin confesar ni comulgar, toda suvida. La Madre Angélica llegó a diferir por cinco meses la comunión, y un año hasta se abstuvo de comul­gar el día de Pascua. En Saint-Merry,el párro­co señor Hamel había restablecido la penitencia pública.

Impacientado con todas estas novedades y agi­taciones, Richelieu determinó cortar por lo vivo. Hizo prender de noche al abad de Saint-Cyran, y le recluyó en la torre de Vincennes.

En esta época fue cuando, de improviso, el Señor proporcionó a nuestro Santo uno de los mayores consuelos que éste podía desear. Tal fue el arribo a París de la venerable Madre Chantal, que, de edad de sesenta y nueve años y próxima a entregar su alma al Señor, pues no le quedaba más que un mes de vida, venía a dar el último adiós a sus Hijas de la capital. Aunque la vene­rable fundadora de la Visitación no llevase al Santo más que cuatro años de edad y se confesa­se con él durante las estancias que hacía en París, San Vicente no recababa para sí otro título res­pecto de ella que el de hijo. Venerábala por sus singulares virtudes, por los dones naturales con que Dios tan prodigiosamente la había enriqueci­do. El Santo veía en ella «un espíritu recto, pru dente, moderado e inflexible en sumo grado». Envidiando su actividad, la escribía en cierta ocasión: «¡Oh madre mía! Suplicad al Señor que me otorgue la virtud de la diligencia, que tan abundantemente os ha infundido a vos.» Sobre todo, hacía un aprecio extraordinario del juicio recto y seguro que en todo manifestaba. Some­tíale sus dudas y sus proyectos, y le pedía hu­mildemente su parecer en los negocios más ar­duos y reservados de su Compañía.

Mas nada iguala al testimonio que de ella dió poco después, donde declara que, habiéndola co­nocido y tratado interiormente y con asiduidad por más de veinte años, siempre la halló eminen­te en toda virtud: en la humildad, en la, morti­ficación, en la obediencia, en el celo, en el amor de Dios; tanto, que en todo aquel espacio de tiempo no había visto en ella ni una imperfec­ción.

Pero cuanta era la admiración de San Vicente de Paúl por Santa Juana. Francisca de Chantal, otra tanta era la veneración que ésta, a su vez, profesaba al Fundador de las Hijas de la Cari­dad. Diariamente bendecía al Señor por haber otorgado a sus Hijas de París un superior tan santo. Por lo que a ella se refería, ni siquiera se juzgaba digna de tenerle por Padre. Manifestábale su corazón y su conciencia con infantil sencillez, y su mayor satisfacción, al llegar esta última vez a París, era la idea de que al borde de la tumba iba a ver de nuevo a su santo di­rector.

Para darse cuenta de las relaciones que exis­tían entre San Vicente de Paúl y Santa Francis­ca de Chantal, era menester advertir que en 1619, a raíz del establecimiento en París de la Orden de la Visitación, queriendo San Francisco de Sa­les confiar la dirección de sus religiosas a un sacerdote adornado de todas aquellas prendas que un ministerio tan importante requiere, y viendo en Vicente de Paúl, con el claro discernimiento de que estaba dotado, al director mo­delo, cuya semblanza dejó trazada en su Introducción a la vida devota, no vaciló en nombrarle para dicho cargo, a pesar de la oscuridad en que su nombre se hallaba aún en la capital de Fran­cia. San Vicente desempeñó su cometido durante toda su vida, es decir, por cuarenta años. Santa Francisca de Chantal iba de cuando en cuando a París, lo que la proporcionaba ocasión de ver al Santo y de exponerle, así las necesidades de su alma, como las vicisitudes de su Instituto. Desde la Muerte de San Francisco de Sales había pues­to en San Vicente toda su confianza, y mantenía con él una asidua correspondencia, en que no se sabe qué admirar más, si el recíproco respeto, o el afecto celestial que mutuamente se inspiraban aquellas dos grandes almas.

El Santo hubiera deseado retener a la Madre Chantal en París. Avecinábase el invierno, y no­viembre se presentaba áspero y frío, lo que le hacía temer que tuviese un viaje fatal. Mas ella había cumplido ya el objeto de su venida a Pa­rís; ¿a qué alargar por más tiempo su estancia allí? Partió, pues, el 11 de noviembre, y un mes después, conforme lo había temido San Vicente, fallecía en Moulins en brazos de la duquesa de Montmorency.

A la primera noticia que tuvo el Santo de la gravedad del mal, se puso de rodillas para hacer oración por ella, y entonces fue cuando tuvo aquella célebre visión de los dos globos, cuyo re­lato es mejor que lo escuchemos de los labios del mismo Vicente. Escribió, pues, a las Hijas de la Visitación, para consolarlas en tan grave infor­tunio, y después de amplísimas alabanzas a la finada, tanto más dignas de nota cuanto más remirada y austera era la pluma que las vertía, añade:

«No tengo la menor duda de que el Señor manifestará algún día la santidad de la Madre Chantal, como yo sé que lo ha verificado ya pre­sente en muchos lugares del reino y de muy di­versos modos. He aquí un hecho acontecido a una persona digna de fe, y de quien tengo la segu­ridad que escogería antes morir que echar una mentira (habla el Santo de sí mismo).

«Informada esta persona de la grave situación en que nuestra difunta se hallaba, se puso de ro­dillas para encomendarla al Señor, y el primer pensamiento que tuvo fue el de hacer un acto de contrición, así de todas sus culpas pasadas como de las que hoy ordinariamente comete y luego se le apareció un pequeño globo como de fuego, que se levantaba de la tierra e iba a juntarse en la región superior del aire con otro globo mayor y más luminoso, perdiéndose los dos al unirse con otro más grande aún y más resplandeciente, oyen­do interiormente una voz que le decía que aquel globo era el alma de nuestra digna Madre, el se­gundo, la de nuestro bienaventurado Padre, y el otro, la Esencia Divina; que el alma de nuestra buena Madre se había reunido a la de nuestro bienaventurado Padre, y las de ambos a Dios, su soberano principio.

«Además, dicha persona, que es un sacerdote, tan pronto como supo la nueva del dichoso trán­sito de la enferma, púsose a decir por ella la san­ta Misa, y estando en el segundo Memento, des­tinado a orar por los difuntos, creyó que sería bueno encomendarla al Señor, pues podía estar en el Purgatorio a causa de algunas palabras que había dicho y que tenían la apariencia, de pecado venial; y en esto se le apareció de nuevo la misma visión, los mismos globos y la unión de unos y de otros, dejándole en la íntima persuasión de que aquella alma era bienaventurada y de que no tenía necesidad de oraciones; todo lo cual quedó tan bien impreso en el espíritu de aquel sacerdote, que siempre que piensa en ella parece que la ve en semejante estado de felicidad.

«El gran concepto que dicha persona tenía de la virtud de la venerable Madre Chantal podría —añade el Santo—despertar alguna duda sobre la realidad de esta visión, pues que dicha estima era, en efecto, tan particular, que nunca leía sin lágrimas su correspondencia, en la persuasión en que estaba de que era el Señor quien le sugería el contenido de la misma; mas es de creer que fuera una visión verdadera, ya porque el sujeto que la ha tenido no es un propenso a estas co­sas, ya porque nunca ha tenido otra visión que ésta. En fe de lo cual, firmo la presente de mi mano y la rubrico con nuestro sello.»

San Vicente de Paúl contra el jansenismo (continuación) (1643)

En esto murió Richelieu (4 diciembre 1642), como consecuencia inmediata se llevó a cabo la excarcelación del abad de Saint-Cyran.

No gozó, sin embargo, por largo tiempo de su libertad el abad de Saint-Cyran. Dos meses des­pués sufrió una apoplejía, que en veinticuatro horas le llevó al sepulcro. La nefanda semilla, empero, que él y Jansenio sembraron, continuó desarrollándose.

San Vicente de Paúl, que era extremado en su bondad para con las personas, era, en cambio, inflexible en lo tocante a la fe. Nunca, aun en los días de su mayor intimidad con Saint-Cyran, pudo oír sin estremecerse una sola palabra en pugna con el dogma.

—Sabed, señor—decía a un sacerdote de su Compañía—, que este error del jansenismo es uno de los peores que se han levantado en lucha con la Iglesia; y que, por mi parte, tengo motivos especiales para bendecir al Señor y darle gracias porque, habiendo sido amigos míos los primeros y más aventajados defensores de esta doctrina, y habiéndolos tratado de cerca, no permitió que me hiciesen caer en sus redes.

Esta natural repugnancia se convirtió en ló­gica oposición cuando, en lugar de ciertas pala­bras murmuradas al oído, y en cuya interpre­tación podía haber engaño, se vió ante las dos grandes obras en que la secta había cristalizado su doble error teórico y práctico. La primera, compuesta por Jansenio, obispo de Iprés, y co­nocida con el nombre de Augustinus, había visto la luz en 1640. Mas escrita en latín, y sobre cues­tiones las más abstrusas de la gracia, necesitó mucho tiempo para abrirse camino en Francia, y en 1643 apenas era conocida. La segunda, rotu­lada De la frecuente comunión, título que algu­nos sustituían por el de Contra la frecuente co­munión, estaba escrita en francés. Inspirada, sin duda alguna, por el abate Saint-Cyran, y escrita en gran parte por él, salió a luz dos meses antes de su muerte, agosto de 1643. Habíase abstenido, sin embargo, de estampar al frente su nombre, poniendo en su lugar el del más sabio de sus discípulos, Antonio Arnauld. Esta última obra fue la primera que cayó en manos de San Vicente. Su lectura le estremeció de dolor.

Mas si fue grande el sentimiento de nuestro Santo al hojear la obra De la frecuente comunión, de Arnauld, mayor fue aún el que le hizo experimentar el Augustinus, de Jansenio. El libro De la frecuente comunión no atacaba más que a algunas de las prácticas, bien que de las más esenciales, del Cristianismo; mas el Augustinus iba de frente contra la constitución misma de la religión cristiana.

Una ardiente batalla, en que tomaron parte no sólo los teólogos, sino también las gentes del mundo, comenzó a reñirse alrededor de este grue­so infolio, así en las aulas universitarias, como en los perfumados sajones. El eco de esta lucha se percibe aún en todas las cartas de la señora de Sévigné.

Para que los golpes no se perdieran en el va­cío, Nicolás Cornet, doctor en Teología y maes­tro de Bossuet, «hombre fundido en los antiguos moldes, y en quien vivían y se conservaban en toda su pureza la sencillez y probidad de otros tiempos», condensó el grueso infolio en cinco proposiciones, que, en sentir de Bossuet, «son el alma del libro, el libro mismo».

Denunciadas las cinco proposiciones a la Sor- bona en julio de 1649, y condenadas por ella, fue­ron remitidas a Roma con una carta que no tardó mucho en ser firmada por ochenta y tan­tos obispos. Es indecible el arder con que nues­tro Santo trabajó en conseguir y recoger dichas firmas. No hubo lugar adonde no llegara su plu­ma. Obtuvo de la reina misma. Ana de Austria, que de su regia mano escribiera al Sumo Pon­tífice para que tuviese a bien definir la cuestión.

Al mismo tiempo que se ocupaba el Santo en recabar del Episcopado el mayor número de fir­mas posibles para dar autoridad a la cartaen que se denunciaban al Sumo Pontífice las suso­dichas cinco proposiciones, se había puesto de acuerdo con los señores Olier y Bretonvilliers para enviar a Roma algunos teólogos que se es­forzasen por demostrar al Sumo Pontífice el gran peligro que para la Iglesia de Francia en­trañaban las nuevas doctrinas El Sumo Pontí­fice Inocencio V nombró una Congregación espe­cial para dilucidar el asunto; asistió personal­mente a diez o doce de sus sesiones, y, por úl­timo, en la mañana del 9 de junio de 1657, des­pués de haberse encomendado a Dios, llamó a uno de sus secretarios, y en la misma mañana le dictó la bula Cura occassione. Hízola fijar por la tarde en el Campo de Flora, e inmediatamen­te la remitió a Francia.

La alegría de Vicente al recibir la bula fue sin límites. Inmediatamente escribió a monse­ñor Alain de Solminihac, obispo de Cahors: ‘Monseñor, os comunico una nueva que os será en extremo agradable: tal es la condenación de los jansenistas, cuyas cinco proposiciones fueron declaradas heréticas el 9 de junio. La bula se publicó en Roma el mismo día, y el 29, fiesta de San Pedro, llegó a esta ciudad, siendo pre­sentada inmediatamente a los reyes por monse­ñor el nuncio. Sus Majestades la han recibido con muestras de una viva satisfacción, y el car­denal ha prometido hacerla cumplir. Todo Pa­rís rebosa de contento, al menos los adictos a la buena causa, y los otros, según ellos dicen, es­tán prontos a acatar la decisión.

«Tan cierto es, monseñor, que semejante fallo debe contarse por una de las más singulares gracias del cielo, que aquí todo el mundo está por ello de fiesta, y los que conocen el mal que las pasadas agitaciones han causado, no saben cómo mostrar dignamente su agradecimiento por semejante favor».

Fácilmente se deja comprender que un hom­bre tan celoso por mantener al pueblo cristiano y a los mismos sacerdotes en la pureza de la buena doctrina, velaría incansable por cada uno de los miembros de su Congregación, a fin de preservarles de toda mala levadura.

Muerte de Luis XIII.—San Vicente en el Consejo de Conciencia (1643-1653).

El 14 de mayo de 1643, cinco meses después de Richelieu, moría Luis XIII, a la edad de cuaren­ta y dos años. Quince días antes había manda­do llamar a San Vicente de Paúl para que le ayudase a bien morir, aunque tenía a su alre­dedor todos los auxilios espirituales que hubiera podido desear.

El humilde sacerdote quedó de pronto aturdi­do con semejante invitación. Nunca había visto al rey, apenas había saludado a la reina, y sus relaciones con el cardenal Mazarino no eran muy satisfactorias, que digamos. No obstante, no va­ciló un momento. Tratábase de la salvación de un alma, y del propio modo que habría corrido a una choza en auxilio de un moribundo cual­quiera, se apresuró a ir a Saint-Germain-en-­Laye, donde Luis XIII agonizaba.

Desde el umbral de la puerta saludó al rey, di­ciendo:

—Señor, timenti Donzinum bene erit in ex­tremis.

A lo cual el rey, profundamente versado en las Santas Escrituras, respondió con la segunda parte del versículo: Et in clic defunctionis suae benedicetur. Siguiéronse luego aquellos largos coloquios, cuyo secreto se llevó el rey a la tum­ba, ya que confiarlos a la humildad del Santo era lo mismo que sepultarlos en el más hondo si­lencio.

Por esta vez el Santo permaneció en Saint­Germain unos ocho días, sin separarse nunca del rey.

Al fin de estos días, y habiéndose declarado en el enfermo una de esas engañosas mejorías que con tanta frecuencia preceden a la muerte, Vi­cente creyó que podía dejar a Saint-Germain para trasladarse a París, donde le llamaban una multitud de negocios. Permaneció en la capital hasta el 11 de mayo, en que, habiendo súbita­mente reaparecido el peligro y hecho grandes progresos la enfermedad, le volvió a llamar el rey a su lado, rogándole que no le abandonase hasta después de su muerte, como, en efecto, lo verificó el humilde sacerdote.

Al mismo tiempo que como cristiano, disponíase también a morir como rey, tomando aquellas medidas que más convenientes juzgaba para la paz y bienestar de su pueblo.

Hecho su testamento, y habiendo cumplido como rey sus grandes y últimos deberes, no qui­so pensar ya en otra cosa que en prepararse a bien morir.

Hizo acercarse a San Vicente de Paúl y le preguntó cuál sería la mejor manera de dispo­nerse a ella.

—Señor—replicó el Santo—, la mejor es imi­tar la conducta que Jesucristo guardó en la suya, y someterse entera y perfectamente, como Él lo hizo, a la voluntad del Padre celestial: Non-mea voluntas, sed tua fiat.

–¡Oh Jesús!—exclamó el religioso monarca—, así lo quiero yo también de todo mi corazón. Sí, Dios mío, que éstas sean mis palabras hasta el último suspiro: Fiat voluntas tua!

El día de su muerte llamó a su primer médico a eso de las diez, y le dijo:

—Seguin, tomadme el pulso y decidme las ho-, ras que me restan de vida; mas hacedlo lo me­jor que podáis, porque desearía saberlo con cer­tidumbre.

Seguin pulsó en silencio por algunos Instantes al rey, y le contestó fríamente:

–Señor, Su Majestad tiene, a lo sumo, de vida dos o tres horas.

Entonces, juntando de nuevo las manos y al­zando los ojos al cielo, exclamó, sin alterarse:

—Pues bien, Dios mío, ¡venga en buena hora la muerte!

Y tendiendo a Vicente su débil y enflaquecido brazo:

-Ved, señor mío—le dice—, ¿es éste el brazo de un rey? ¡Cuán cierto es que el mismo para­dero aguarda a los príncipes que a los demás hombres!

Tomóle, a su vez, el pulso Bouvart, y le dijo: —Señor, si mis conjeturas no fallan, no tardará mucho en verse libre el alma de Su Majes­tad de las ataduras del cuerpo, pues ya no le hallo pulsación ninguna.

—¡Dios mío—exclamó el monarca—, recibid­me en los brazos de vuestra misericordia!

Acto seguido se dio comienzo a las preces de los agonizantes, a que el mismo moribundo unió su débil y apagada voz, y pasados unos momen­tos expiró en los brazos de San Vicente.

Ana de Austria, que en calidad de madre de Luis XIV, niño entonces de cuatro años, le su­cedió como regente del Reino, no tenía, cierta­mente, las virtudes de Luis XIV, pero era pro­fundamente cristiana.

Una de sus primeras disposiciones fue la for­mación de una Junta, llamada Consejo de Con­ciencia, que la ayudase en la colación de los beneficios eclesiásticos. Hizo entrar en él a Vi­cente, y repartió los demás puestos entre el cardenal Mazarino, el canciller Séguier, el Señor Charton, gran penitenciario de París, y los obis­pos de Beauvais y de Lisieux.

No hay palabras con que expresar el espanto y terror que se apoderó de Vicente al recibir este nombramiento.

Interpuso toda clase de influencias para de­clinar tan grave carga; él mismo acudió a la rei­na. Todo fue inútil. Ana de Austria se limitó a decirle que había tomado la irrevocable deter­minación de que hiciese este servicio a Dios y al rey, su hijo. Cedió Vicente, aunque previó, des­de luego, las rudas tempestades y las violentas sacudidas a que iba aexponerse en el borras­coso mar de la corte.

Semejante nombramiento daba al Santo, como entonces se decía, libre entrada en la corte, y otro se hubiera aprovechado de la ocasión para echar raíces en Palacio y verse frecuentemente con la reina. Muy diversos eran los pensamien­tos del Santo. Desde un principio tomó por regla general de su conducta no presentarse en la corte más que en ocasiones en que fuese citado para el Consejo de Conciencia o llamado expre­samente por la reina.

Otra de sus resoluciones fue la de no presen­tarse en la corte con otro traje que el que vestía de ordinario: una sotana remendada, que aún se conserva como una reliquia; un mal ceñidor de lana, unos zapatos burdos y un miserable sombrero; todo «sin mancha ni rotura, pero de la más extremada pobreza.

Otra de las reglas de conducta que San Vi­cente se había trazado desde el día de su nom­bramiento como socio del Consejo de Conciencia, era la de no aceptar cosa alguna por este títu­lo, ni para sí, ni para los suyos. Concíbese sin dificultad que se negase a admitir nada para sí; mas ¿no podía haberse valido de su posición, si no para pretender, para admitir, al menos, los ofrecimientos que le hiciesen en favor de los suyos, de su querida Congregación de la Misión o de sus pobres? Jamás, sin embargo, cedió un punto de su entereza.

Mas el fin que, sobre todo, se había propues­to San Vicente al entrar en Palacio era el de aprovecharse de tan propicia cono providencial situación para trabajar con todas sus fuerzas, bien que con dulzura y paciencia, en dar la úl­tima mano a la reforma de la Iglesia de Francia, dotándola de un Episcopado ejemplar. En últi­mo resultado, los obispos son el todo.

La primera determinación que hizo tomar al Consejo de Conciencia fue que se negase a los niños todo nombramiento para las sedes episco­pales. Exigióse, pues, en los nuevos beneficiados la edad de dieciocho años cumplidos para una abadía; de dieciséis, para un priorato o canoni­cato de catedral, y de catorce, para un canoni­cato de colegiata. En cuanto a los obispos, no podría serlo nadie que no llevase un año, al menos, de sacerdocio. ¡Ah!, ¿qué necesidad hay de más datos para persuadirnos del horrible esta­do de desorganización a que en el siglo XVII ha­bía llegado Francia?

Lo segundo que hizo establecer nuestro Santo fue la abolición del abuso que se había introducido de despojar a los obispos de los bienes redituados por la Mitra en el tiempo en que ésta se hallaba vacante.

El tercer abuso que San Vicente logró desarraigar en gran parte, al menos, de la Iglesia de Francia fue lo que en términos de Derecho se llamaba una devolución. Fundábase este pri­vilegio en un despacho que confería al poseedor el derecho de una sede, de una abadía o de un canonicato, a cuya posesión no podía llegar, sin embargo, sino habiendo obtenido previamente la dimisión del titular legítimo. Para ello se le mor­tificaba de mil maneras, espiando sus menores actos, denunciándole a los Tribunales, ponién­dole en la precisión de pleitear y forzándole, en consecuencia, o a ceder su beneficio, o a conse­guir a fuerza de dinero la tranquila posesión del mismo. Era la legitimación de la codicia y del espionaje.

Pero el triunfo más importante de las gestio­nes de Vicente en el Consejo fue la resolución que hizo tomar a todos los miembros de que en adelante no serian propuestos para ninguna sede, abadía o canonicato sino aquellos que reuniesen las condiciones exigidas por el Concilio de Tren­to: ciencia suficiente y virtud probada. No fue difícil al Santo recabar en principio el cumpli­miento de estas disposiciones eclesiásticas; mas ¡cuántas luchas y cuán mortificantes, delicadas y heroicas no tuvo que sostener para reducirlas a la práctica! La reina era buena, pero de ca­rácter algo débil, y entregada en cuerpo y alma a Mazarino. Este, aunque cardenal de la Iglesia, nunca llegó a ser sacerdote.

Mientras la colación de este o de aquel obis­pado no se rozase con su política, Mazarino de­jaba hacer a Vicente; y en diez años nuestro Santo pudo sacar excelentes obispos. Mas no había indignidad ni objeción, por absurda que fuese, que detuviera al cardenal cuando se atra­vesaban por medio sus intereses. San Vicente, ahogando su dolor, iba exponiendo lenta y des­apasionadamente las razones que había para descartar este o aquel sujeto; mas si, hechas sus observaciones, no eran tomadas en conside­ración, inclinaba la frente y permanecía en si­lencio.

Ni era solamente en el Consejo de Conciencia donde San Vicente tenía que presenciar abatido por los suelos el honor de la Iglesia y sacrifica­dos tan frecuentemente y con tanta facilidad los intereses de las almas; por fuera recibía solici­taciones de beneficios, indignas y capaces de so­liviantar el corazón más frío e indiferente, acompañadas muchas veces de injurias, de ame­nazas, de falsos testimonios y aun de malos tra­tamientos.

Habiendo ido a verle una noble dama para in­teresarle por un hijo suyo, que pretendía un beneficio.

—Dispensadme, señora, que no me mezcle en ese asunto—respondió el Santo.

Sorprendida al pronto la dama de ser acogida menos favorablemente de un pobre sacerdote que de los más linajudos magnates, dió luego pábulo a su mal contenido orgullo, y le dijo:

¡Oh, en verdad, señor, que se puede muy bien hacer caso omiso de vuestro nombre! Ya conseguiré mi objeto por otros caminos. Pensé haceros un gran honor dirigiéndome a vuestra persona, pero está visto que ignoráis hasta las formas con que se ha de tratar a las mujeres de mi condición.

Vicente se encerró, por toda respuesta, en un mutismo del que ni las mismas injurias le pudie­ron sacar.

Pero el arma de que más frecuentemente se hacía uso en tales ocasiones era la calumnia, persi­guiéndole con acusaciones indignas hasta en los oídos de la Reina.

—¿Sabéis, señor Vicente, lo que de vos se di­ce?—le preguntó un día riéndose, Ana de Aus­tria.

—Señora, no sé más sino que soy un gran pe­cador.

—Mas, ¿por qué no habíais de justificaros? —Innumerables cosas se dijeron de Nuestro Señor y nunca quiso justificarse.

Un mal eclesiástico. a quien el Santo se habla negado a admitir a un beneficio, trató de vengar­se esparciendo de él insidiosos rumores.

—Si el señor Vicente—fue diciendo entre per­sonas de condición—no ha estado de mi parte, ha sido porque yo no le he querido comprar. Yo mis­mo sé de cierta persona a quien acaba de confe­rir un beneficio por una biblioteca y por una buena suma de dinero.

Esta, vez conmovióse hondamente el Santo, y en uno de sus primeros movimientos tomó la pluma para justificarse. Mas apenas hubo trazado lasprimeras palabras:

–jOh, miserable!—se dijo, encarándose consi­go mismo—. ¿Qué es la que vas a hacer? ¡Justi­ficarte! Acabamos de saber que un cristiano, fal­samente acusado en Túnez, ha permanecido tres chas en el tormento y, por último, entregado su alma a Dios sin articular una sola palabra de queja, bien que inocente del crimen que se le im­putaba, ¿y tú te quieres excusar? ¡Oh, no, no será así!

Y rasgó la carta comenzada.

«Brillaban en aquel hombre de Dios, dice Fe­nelón, un increíble discernimiento de espíritu y un valor a toda prueba indiferente al favor como al odio de los grandes, sólo consultaba los intere­ses de la Iglesia cuando en el Consejo de Con­ciencia, y por orden de la reina, daba su dicta­men sobre la elección de los obispos. Si los de­más consejeros de Ana de Austria se hubieran adherido más constantemente al parecer de aquel hombre, para quien el porvenir no parecía tener misterios, no habría ascendido al Episcopado cierta clase de gentes que tan desastrosas turbu­lencias habían de originar.» Mas si es cierto que no estuvo en su mano impedir todos estos abu­sos y deficiencias, también es verdad que tuvo el consuelo de ver ocupadas muchas de las sedes del reino por sacerdotes santos y por ejemplares re­ligiosos, discípulos suyos en gran número, que aseguraron la regeneración de la Iglesia de Francia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *