Vida de San Vicente de Paúl (Capítulo 6 y último)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1911 · Source: Apostolado de la Prensa (Madrid).
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Capítulo 6: Muerte de San Vicente de Paúl (1660)

Vincent de Paul portraitYa al comenzar el año 1660 presentían muchos que la muerte del Santo no se haría esperar, co­mo, en efecto, no se hizo. Tenía ya ochenta y cinco años; mas no era esto, en verdad, lo que más preocupaba a sus Hijos. Su salud declinaba visiblemente, sus enfermedades se agravaban por momentos. La constitución física de San Vicente de Paúl era inmejorable; sólo así se comprende cómo pudo vivir casi un siglo una vida tan dura y laboriosa.

Dos cosas quedaban aún por hacer, y preocu­paban al Santo en aquellos últimos días.

Era la primera el nombramiento de superiora de las Hijas de la Caridad, a fin de no dejar huérfanas a sus queridas Hijas, como lo estaban desde la muerte de la señora Le Gras, ocurrida cinco meses antes. Para esto era menester con­gregarlas nuevamente alrededor de su sillón, lo que no era fácil, y sí, a juicio de los médicos, su­mamente peligroso. Al fin, pudo verificarlo el 27 de agosto y nombró superiora a Margarita Chetif.

Hecho este nombramiento, faltaba hacer otro más importante todavía: el de su sucesor en el gobierno de ambas Comunidades, los sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad.

El señor Almerás, que parecía el más indicado, acababa de caer enfermo en Tours.

San Vicente de Paúl no paró, sin embargo, mientes en el enfermizo estado de aquel buen misionero, y le nombró su sucesor. Encerró el nombramiento en una arquilla sellada con el se­llo de la Congregación, y la confió al señor Ber­the, con orden de no abrirla sino después de su muerte.

Se ha dicho que Dios esperaba a que el Santo diese la última mano a todas sus obras para lla­marlo a Sí. Y, en efecto, San Vicente no murió sino cuando ya nada tenía que hacer. El 25, a, mediodía, entró en un letargo más profundo que de ordinario, haciendo temer a todos que aquél fuese el último día de su vida. Al día siguiente, domingo 26, el Santo se hizo levantar y vestir, y aunque algo amodorrado, oyó misa y comulgó, cayendo después en un sopor tal, que puso en cuidado al médico. Hacia las seis y media de la tarde se creyó prudente administrarle la Extre­maunción. Después de las preguntas de rúbrica, se pasó a las unciones. A cada una el Santo ha­cia un esfuerzo para escuchar y responder: «Amén». A la última volvió un poco en sí, abrió los ojos y los pasó risueños por los circunstantes. Estos, queriendo aprovechar aquel momento de lucidez, le pidieron la bendición para todos sus Hijos. «¿Cómo os he de bendecir…?», contestó. Y cayendo de nuevo en su anterior letargo, no pudo acabar la frase que tantas veces había te­nido en sus labios: «¿Cómo os de de bendecir yo, pobre y miserable criatura?» Su cabeza perma­necía caída sobre el pecho. Para darle algún ali­vio, se la inclinaron sobre una almohada, soste­nida cuidadosa y sucesivamente por varios Her­manos durante toda la noche.

A las nueve, los más antiguos de la Comuni­dad vinieron a hacerle su última visita.

A eso de las once un copioso sudor le cubrió todo el cuerpo, y el pulso se le hizo súbitamente imperceptible. Helósele poco después el sudor y se creyó llegada la última hora. Acudieron los señores de Horgny, Berthe, Bourdet, idecu y de Monchy, y se dió principio a la recomendación del alma. Uno de ellos, el señor Gicquel,

«Jesús», y el enfermo lo repite. Deus, in adjuto­rium meitm intende, exclama otro, y el desfalle­cido aliento del Santo apenas puede articular la primera palabra: Deus… Poco después, no obs­tante, volvía a su cuerpo el calor vital y se re­hacía el curso ordinario de la sangre.

Sobre las doce y cuarto, el hermano Nicolás le dijo: «Señor». Despertóse nuevamente el San­to, le miró con dulzura, y le dijo: <Hola, Her­mano mío», y volvió a aletargarse.

A las dos le sobrevino un nuevo sudor, y su rostro se iluminó vivamente. El señor Gicquel, viendo la predilección que el Santo mostraba por la súplica Deus, in adjuteriun, se la repetía sin casar.

—Basta una palabra—le dijo el Santo, arran­cado quizá con esta incesante interpelación de las santas visiones del cielo. –

Poco antes de las cuatro su rostro tomó un color encendido. Parecía un ascua. Se le sugirie­ron algunas otras invocaciones, que él trató de repetir, pero balbuciendo solamente y sin poder articular ninguna palabra. Esta vez es que se acercaba la muerte.

Hacia las cuatro de la mañana, hora precisa­mente en que desde hacía cuarenta años se le­vantaba todos los días para ir a la oración, dió algunas boqueadas, anunciando que entraba en la agonía. Fué una agonía envidiable: ni esfuer­zos, ni violencias, ni convulsiones; una respira­ción algo más profunda que de ordinario, y nada más. Un cuarto de hora después -su alma había volado a Dios. Era un lunes 27 de septiembre. El Santo tenía ochenta y cuatro años, cinco me­ses y tres días. Había muerto sentado en su sillón, vestido, y con una calma y una serenidad mara­villosa.

Revestido el cuerpo con el hábito sacerdotal, se le colocó en un magnifico lecho mortuorio, alrededor del cual seis sacerdotes con sobrepelliz rezaron día y noche el Oficio de difuntos. Innu­merables personas de todas clases obispos, prín­cipes, magistrados, religiosos, las más distinguidas damas de París, los sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad pasaron atribulados por delante del cadáver. Todos procuraban tocar con élalguna cosa, rosarios, lienzos, y le besaban los pies y las manos. Algunos, más indiscretos, le arrancaban cabellos y barba. Fue menester toda la energía de los misioneros para sustraerle al furor de este extraordinario entusiasmo.

El entierro tuvo lugar al día siguiente, martes 28 de septiembre, con un inmenso concurso.

En el supuesto de que quizá en fecha no muy lejana se exhumarían los restos del Santo para ponerlos sobre los altares, fueron encerrados en una doble caja de plomo y de roble, que a su vez fué colocada en medio del coro en la iglesia de San Lázaro.

Más de una vez, personas que no le conocían, habiendo oído su Misa, salían de la iglesia llenas de dulce admiración: ¡Dios mío, he ahí un sacer­dote que celebra bien el Santo Sacrificio! ¡Me­nester es que sea un santo!» Y otros protesta­ban que, viéndole, les parecía ver un ángel en el altar.

El amor de Jesucristo, la imitación de este di­vino modelo, la unión cm Aquel que es el cami­no, la verdad y la vida, he aquí en cuerpo y alma a San Vicente de Paúl, he aquí el secreto de su admirable santidad y la única explicación de las grandes obras de que el humilde pastorcito de las Landas fue apto instrumento.

El 16 de junio de 1737, el Sumo Pontífice ex­pidió la Bula de canonización de San Vicente, y en 1883 le nombró Patrono de las obras de cari­dad del mundo entero.

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