Vida de Catalina Labouré (René Laurentin): 8. Muerte de Catalina (31 diciembre 1876)

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina Labouré1 Comment

CRÉDITOS
Autor: René Laurentin · Año publicación original: 1984.

Nacido en Tours (Francia) el 19 de octubre de 1917, René Laurentin hace sus estudios superiores en el Seminario de los Carmelitas y el Instituto Católico de Paris donde obtiene sus títulos en Filosofía tomista y en Letras así como un grado en Filosofía en la Sorbona (1938).’ Obtiene su título en Teología en 1946 y es ordenado sacerdote el 8 de diciembre de ese año. Prepara tres tesis (en letras y teología) sobre la Virgen María y la más célebre de las universidades francesas, la Sorbona, le confiere el grado de Doctor en letras con mención ‘muy honorable’ en 1952. El Instituto católico de París le confiere el grado de Doctor en teología en 1953. Vicepresidente de la Sociedad francesa de estudios marianos (1962-1997). Consultor en las comisiones preparatorias del Concilio Vaticano II, en 1960, y luego experto del Concilio entre 1962-1965, se desempeña además como cronista del Concilio para Le Figaro, uno de los dos diarios de mayor circulación en Francia. Escribió más de 30 volúmenes sobre “la teología de Lourdes”. Este éxito lo lleva a realizar estudios similares sobre la Medalla Milagrosa, Fátima y otros. Publicó 130 obras. Su última obra, Diccionario de las “Apariciones” de la Virgen María, fue publicada en 2007.


Tiempo de lectura estimado:

1.- Lúcida y en paz

31 de diciembre de 1876: el año se acaba y Catalina sigue aún con vida. No parece que la muerte sea inminente. Sor Dufes bromea con aquella obstinada. Catalina le dice tranquilamente: No veré el día de mañana.

Sor Dufes replica: ¡Pero mañana es año nuevo! ¡No es éste el momento para dejarnos!

Catalina repite imperturbablemente: No. No veré el día de mañana.

Visita del biógrafo

Después de comer viene a bendecirla el padre Chevalier, subdirector de las hijas de la Caridad. Ella ha hablado con él varias veces aquel año,porque está acabando una nueva edición -corregida y aumentada- del libro sobre la Medalla, del que el padre Aladel había publicado la octava edición en 1842. Se había preocupado por la Virgen con el globo: ¿No estaría usted soñando? -No; vi muy bien aquel globo. -¿Y por qué lo suprimió el padre Aladel?.

Catalina no tiene respuesta. El la estará buscando mucho tiempo; pensaba publicar el libro aquel año. Pero Catalina le dice jocosamente: ¡Yo habré muerto cuando aparezca esa edición!

-Ya está preparada, le había dicho en su visita anterior. ¡Ya verá cómo se engaña!

-Ya le dije también en 1842 al padre Aladel que no veríamos su próxima edición, ni él ni yo.

Catalina sigue preocupada por la calle del Bac: fuente desco­nocida, fuente sellada.

-Las peregrinaciones que las hermanas hacen a otros sitios no favorecen su piedad -le dice-. La santísima Virgen no dijo nunca que había que ir a rezar tan lejos. Es en la capilla de la comunidad donde quiere que la invoquen las hermanas. Allí es su peregrina­ción.

El futuro biógrafo la bendice antes de despedirse. Parece sentirse feliz.

2.- Primeros avisos

Hacia las 3 de la tarde, una buena visita: María Antonieta Duhamel, la hija de Tonina, con sus dos pequeñas, Marta y Juana, y además otra sobrina. Más afortunadas que Leonia Labouré, despedida a mediados de diciembre, tienen el privilegio de subir al «dormitorio» de Catalina. Su respiración es difícil, «el sudor empapa su frente», pero su corazón se despierta para acogerlas. Se sienta, «con las piernas colgando», en su lecho de hierro, con la toca mal ajustada por la enfermera negligente. Ha preparado los regalos de primero de año para las niñas. Envía a una hermana a buscarlos en el armario: unos bombones, cho­colate… y un puñado de medallas para mamá. La visita no puede prolongarse, para no cansar a la enferma: -Volveré mañana, para felicitarle el año nuevo, le dice María Antonieta levantándose.

-Sí vuelves, me verás; pero yo no te veré, porque habré partido, responde sentenciosamente Catalina.

Parece aletargarse. Su mirada azul se hace vaga.

Apenas habían llegado María Antonieta y las pequeñas al fondo del huerto, se desploma sobre la almohada. Estaba prepa­rando sus regalos para las hermanas: unos paquetitos de meda­llas. Se le caen de las manos y se desparraman sobre el lecho. La enfermera avisa a sor Dufés. La comunidad corre al dormitorio y se pone a rezar. Pero Catalina vuelve a abrir los ojos. ¡Falsa alarma!

-¡Pero sor Catalina! -bromea sor Dufés-, ¿no sabe usted que hoy es el 31 de diciembre? ¿Es éste un día para asustarnos tanto?

-Hermana, no quería que las molestaran. Todavía no ha termi­nado.

Sin embargo, se decide llevarle el viático. Las hermanas bajan para escoltar al Santísimo. Llega entonces sor D’Aragon, la compañera de sor Dufés durante el éxodo de la Comuna. Se aprovecha de que están solas para acercarse a la cama.

-Sor Catalina, rece por mí…, por mis nuevas tareas.

La acaban de nombrar superiora en Blancs-Manteaux. Cata­lina se lo promete. Y añade: He visto al padre Chevalier, ¡soy feliz! Recibe el viático.

Una hermana le pregunta: ¿Cumplirá mis encargos en el cielo? Catalina responde con realismo: -No sé cómo se hace eso allí arriba.

En la muerte lo mismo que en la vida no hay que prometer nunca lo que no se puede cumplir. ¿Verá acaso el cielo como una corte majestuosa?, se pregunta sor Dufés: Veamos, sor Catalina. ¡En el cielo no hay que pronunciar frases! ¡Le confía usted sus intenciones a Dios sólo con mirarla! -¡Oh! Entonces le rezaré…, responde sor Catalina que se reconoce en esta perspectiva.

Llaman a sor Dufés al locutorio.

-Son unas jóvenes que vienen a felicitarle el año nuevo. Vacila. Pero Catalina le dice:

-Tiene usted tiempo. Puede ir usted. Ya le avisaré. Hacia las 5, sor Dufés envía a sor Clavel a su cabecera: No creo que esté todavía cerca del fin. Pero si ve que se pone peor, venga a avisarme.

Hacia las cinco y media, sor Combes se une a sor Clavel. A las 6 tiene la impresión de que Catalina se va.

Baja a buscar a sor Dufés; cuando ve a su superiora, Catali­na se moviliza una vez más y repite tranquilamente su estribillo: Moriré hoy mismo.

3.- La partida

Sor Dufés baja a cenar. Llega una hermana con medallas. Catalina había seguido preparando paquetitos, para la comuni­dad, para sor Cosnard… No tenía bastantes. Había pedido más.

Sor Catalina, aquí están sus medallas. No responde ni da señales de vida. Sor Tranchemer le pone algunas en las manos. Se caen sobre la sábana.

Son las 6 y media. Esta vez sí que se va. Sor Dufés deja su cena. Y sube corriendo. Tocan la campana.No es habitual para la agonía. Pero se trata de Catalina. La comunidad acude. Tampoco es habitual. Pero se trata de Catalina.

Ella misma había previsto la liturgia de su muerte: 63 niños diciendo cada uno una invocación de las letanías. Sor Dufes había gesticulado ante aquel programa insólito: ¡No hay 63 invocaciones en las letanías de la santísima Virgen!

-¡Pero sí en el oficio de la Inmaculada Concepción…. en nuestro libro de oraciones!

Van a ver las Letanías de la inmaculada, en el Formulario de oraciones para uso de las hijas de la Caridad. ¡No traen más que 37 invocaciones! Pero Catalina no ha dicho letanías, sino oficio. Y de hecho, el oficio publicado en aquel mismo Formulario contie­ne hasta 63 títulos litánicos, desde Reina del mundo (Domina mundi) hasta Salud de los pobres enfermos; van encadenados por series, sin alternar con el «rogad por noso­tros», y por eso mismo no se prestan muy bien para que los niños los recen.

Pero las devotas de Catalina no se preocupan por ello. Preparan las 63 invocaciones en otros tantos papelitos. ¡Catali­na contaba esas letanías con la misma contabilidad con que llevaba la granja!

¿Habría pensado en el simbolismo intencional de esas 63 invocaciones? No sabemos. Pero el autor del Oficio seguramente lo tuvo en cuenta en función de la tradición que atribuía 63 años de vida a la Virgen: 15 antes y 15 después de los 33 años de Jesucristo.

Estaban ya preparados los papelitos. ¡Pero el 31 de diciembre no hay ningún niño! Los huérfanos están dispersos por sus familias con ocasión del año nuevo. Sólo quedarán 2 ó 3, que no estaban en situación de poder hacer aquel rezo. Pero de todas formas Catalina no morirá lejos de sus niños: aquella misma tarde ha visto a sus tres sobrinitas, que guardarán como una reliquia los bombones que les había dado; las tres peque­ñas acuden de buena gana a esta última ceremonia.

Las hermanas recitan la letanía.Catalina había insistido en que repitiesen la invocación «Terror de los demonios»; la repiten por tres veces.

Ella parece asociarse a esta oración, pero no se oye su voz..

-¿Quiere dejarnos usted ya?, le dice tierna y cariñosamente sor Dufes.

No responde: «tan silenciosa en la hora de su muerte como lo había estado durante su vida».

Las hermanas prosiguen con las oraciones de los agonizan­tes, repitiendo la invocación de la Medalla: ¡Oh María, sin pecado concebida!

Catalina se queda dormida, sin agonía. Sor Cantel se asombra de no ver aparecer «en su figura ninguna de las señales que se observan en el rostro de las personas que mue­ren». Ella «nunca había visto cosa igual».

Catalina asume tranquila y doblemente su muerte, como campesina acostumbrada a acomodarse a los ritmos de la vida y como cristiana dichosa de salir al encuentro -según una de sus últimas palabras- de «Nuestro Señor, de su Madre y de san Vicente».

Una sonrisa…, dos grandes lágrimas.

Se acabó. Le cierran los ojos. Son las 7 de la tarde. Catalina había vislumbrado aquella muerte hacía 33 años, durante los ejercicios de mayo de 1843, a la luz de los pobres y de la santísima Virgen. Escribía: María amó a los pobres y una Hija de la Caridad que ama a los pobres no tendrá miedo a la muerte. Jamás se ha oído decir que una hija de la Caridad que haya amado mucho a los pobres haya sentido miedo ante la muerte. Al contrario…, se le ha visto tener la más dulce de las muertes.

Y ésa es ciertamente la hija de la Caridad que todos vieron vivir y morir la tarde del 31 de diciembre de 1876.

-¡Sí! ¡Es ella la que vio a la santísima Virgen!

La conspiración del silencio había perdido su razón de ser con la vida terrena de la que tan valientemente había sabido defender su secreto.

Recibiréis la gracia

Aquella misma noche, en el comedor, sor Dufés declara:

-Puesto que sor Catalina ha muerto, no hay por qué ocultar ya nada. Voy a leeros lo que escribió.

Va a buscar a su despacho el relato autógrafo de la primera aparición de la Virgen que Catalina había escrito para ella el 30 de octubre después de la confidencia.

Esa fue aquella tarde la lectura espiritual de la comunidad.

Velatorio

Se disputan el honor de preparar y luego de velar el cuerpo aquella noche.Incluso las que temían estar solas con un cadáver, lo hacen con alegría y llenas de ánimo. Catalina quedó expuesta «en la habitación de los muertos» que el arquitecto había construido en aquel hospicio, al lado de la capilla, a la izquierda según se entra. En sus manos llevaba un rosario con la medalla. Por encima de su cabeza una estatua de Nuestra Señora. Sobre ella un lirio y unas rosas silvestres, llegados nadie sabe de dónde en aquella estación.

-Qué hermosa ha quedado al morir! exclama sor Magdalena. Por lo visto, no la encontraba muy hermosa durante su vida.

Desean recoger la imagen de aquel rostro que ya no volve­rán a ver. Citan a un fotógrafo para el día siguiente, 1 de enero.

-Hay que tomar la foto de como iba vestida en tiempo de las apariciones, sugiere una hermana.

Le ponen la cofia del seminario, que rejuvenece de forma curiosa su cara de anciana. Luego le ponen la toca con alas para una segunda fotografía.

El rumor y la afluencia de la gente

Desde aquella mañana del 1 de enero el rumor suscita un desfile de público. Vienen de todo el barrio, de la casa madre, de San Lázaro, de todas partes.

-La gente parece salir de debajo de la tierra, señala María Antonieta Duhamel. Hay que canalizar aquella ola, proteger a la que ha entregado las armas.

Se instalan dos hermanas, una a la cabecera y otra a los pies de Catalina. Se interponen para que la gente no la toque y recogen los objetos que todos desean acercar a su cuerpo: rosarios, medallas. La devoción se contagia a los señores. Como ellos no tienen ninguna otra cosa, presentan sus relojes a las hermanas y los recogen con fervor.

Allí están las pequeñas Duhamel. Ayudan a organizar el desfile ante aquel cuerpo, templo de Dios. Catalina atraía «como una santa», dice la pequeña Marta.

Cuando muere una de nuestras hermanas, la tristeza nos invade; es natural -atestigua sor Angélica-. Pues bien, cuando murió Catalina no lloró ninguna y no nos sentíamos tristes.

Catalina, siempre alegre, tuvo que sacar fuera su alegría en muchos momentos amargos. No quiso entonces que nadie se pusiera triste.

Tenía la apariencia de una persona dormida. Sus miembros siguen flexibles.

-¿Está muerta de verdad?, llega a preguntar María Antonieta Duhamel.

Calle del Bac

A la comunidad le parece insoportable dejar a Catalina abandonada en el cementerio. Pero parece imposible conservarla en casa.

Aquella mañana sor Clavel y sor Charvier van a la casa madre a anunciar el fallecimiento… ¡Extraño primero de año! Leonia Labouré, que ha venido a ver a María Luisa para felicitarle el año nuevo, se entera de la noticia: ¡Es una santa!, dice la hermana mayor, sabiendo todo lo que ella le debe. Voy a rezarle para que me lleve también a mí este año a la presencia de Dios. A mis años, no soy más que una carga para la comunidad.

Morirá aquel mismo año, el 25 de julio, a los 82 años. Las dos hermanas acuden a la secretaría. Lanzan – ¡alocadas y tímidas a la vez!- la idea de sepultarla en Reuilly. ¡Sorpresa! Sor de Geoffre aplaude la idea. Se encargará ella misma de obtener el permiso de los superiores.

Al volver a casa las dos hermanas no se atreven a comuni­car su iniciativa (¿indiscreta?) a sor Dufes. Así pues, es para ella una sorpresa cuando aquella misma tarde vienen dos superiores de la casa madre a rezar junto al cuerpo de la difunta y le anuncian: Bien, le autorizamos para que haga las gestiones necesarias a fin de que puedan guardar el cuerpo de sor Catalina.

Sor Dufés se vuelve a las dos emisarias de aquella mañana: ¡Está bien! Puesto que hicieron ustedes el pecado, carguen también con la penitencia. Les encargo que hagan ustedes mismas las gestiones oportunas.

Tienen alas para acudir enseguida al comisario de policía: Lo que me piden ustedes es muy difícil y va más allá de mis atribuciones, les dice… Pero creo que tienen ustedes amigos en el Elíseo.

Las hermanas comprenden. Al día siguiente de mañana, 2 de enero, acuden las dos hermanas al palacio presidencial. La mariscala de Mac Mahon telegrafía al prefecto de policía para obtener la autorización. Ella misma acude personalmente a traerla aquella tarde y a rezar ante el cuerpo de la sierva de Dios.

Se trata de una autorización «temporal», pero con la garan­tía de una próxima transformación en autorización definitiva, cuando se hayan determinado el lugar y la modalidad de la sepultura.

Ese es el problema: ¿Dónde colocarla?

La cueva debajo de la capilla

En estas estamos la noche del 1 de enero. Dufes desbordada por aquella dificultad.

-Recemos, dije a las hermanas.

Pasaron toda la noche suplicando a María Inmaculada que no permitiera que nos quitaran a nuestra compañera. Durante toda aquella noche estuve buscando en vano un lugar conveniente donde depositarla…

De pronto, al tocar la campana de las 4 de la mañana, creí que resonaban a mis oídos estas palabras: LA CUEVA DEBAJO DE LA CAPILLA DE REUILLY

Estas palabras surgieron de sí mismas. Aquella excavación inútil, en medio de la casa, había querido llenarla el arquitecto. Pero la superiora anterior, la madre Mazin, se había negado a ello, nadie sabe por qué. Aquella cueva parecía un buen lugar para la sepultura.

La mariscala quiso pagar ella misma un triple ataúd: abeto (en el interior), plomo y roble (en el exterior): protección necesa­ria contra la putrefacción y los riesgos previstos por el regla­mento de higiene después de las epidemias.Este ataúd hermé­tico permite aguardar la autorización definitiva y las obras que se prolongarán todavía durante tres meses. Se llama enseguida a los obreros, que cimentan el suelo de aquella cueva y prepa­ran una abertura suficiente para bajar el ataúd.

Ni féretro ni cintas

Es el miércoles 3 de enero, fiesta de santa Genoveva –de la que era muy devoto san Vicente-, cuando tienen lugar los funerales.

La ceremonia empieza a las 10. Canta la misa el padre Chinchon en la capilla de Enghien, muy pequeña y abarrotada. Catalina había dicho a las hermanas: El padre Chinchon volverá.

Al año siguiente reanudará sus funciones de confesor en Reuilly.

Los pobres han ofrecido un ramo de flores. Los ancianos, otro. Desean estar en la cabecera del cortejo para acompañar a su última morada a la que tan bien los había tratado. Sí, «ninguna hermana era tan querida como ella». Pero aquel don y aquella presencia parecían tan naturales que solamente ahora se daban cuenta de ello.

Detrás de ellos «la bandera de los jóvenes abre el cortejo». Siguen las hijas de María también con su bandera. A continua­ción, los «externos», que han «dejado su trabajo» para estar allí y las huérfanas con el velo blanco.Finalmente, el cuerpo llevado a hombros.Así se realizaba la predicción de Catalina: No habrá necesidad de féretro. ¡Iré a Reuilly!

Sor María Thomas, la enfermera negligente, comprende enseguida esta frase que le había desconcertado. Y se acuerda de que también Catalina había dicho: No habrá necesidad de cintas.

Era lo que correspondía a nuestras cintas fúnebres, que soste­nían las personas que acompañaban a los difuntos, explica sor Cosnard.

¿Qué locura se le ocurre ahora a sor María?

-Como no había cintas -nos dice- fui a cortar 4 trozos de un paño mortuorio con el propósito secreto de hacer mentir a sor Catalina, entonces uno de los que llevaban el ataúd me dijo: Retírese, hermana, que nos está molestando…

Se aparta.

Otras tres hermanas (entre ellas sor Cosnard) a las que había hecho con su autoridad de sacristana una señal para que ocuparan los otros tres lados, se vuelven a la fila. A pesar «de la solemnidad» del momento, sor María, desconcertada, murmura lo suficientemente alto para que la oiga sor Cosnard: Sor Catalina, usted es siempre la misma.

Su intento ha fracasado. La predicción se ha cumplido.

Mi hermana y yo íbamos inmediatamente detrás del ataúd, cuenta Marta Duhamel, la sobrina de Catalina, sin llorar a pesar de nuestra pena por haberla perdido, porque no la veíamos más que como a una bienaventurada, cuya felicidad no es posible lamentar.

Procesión

Siguen las hijas de la Caridad, en número de 250, y el clero con numerosos lazaristas; finalmente, un inmenso gentío popu­lar, llegado de todo el barrio.

Han venido unos jóvenes obreros del barrio de San Antonio, con la medalla en el pecho colgada de una cinta azul y la mariscala de Mac Mahon, discreta amiga de la casa. Junto al ataúd llevan la magnífica corona que ha regalado con estas palabras escritas por ella misma: En respetuoso homenaje a sor Catalina.

Desde Enghien a Reuilly el cortejo atraviesa por la avenida principal el huerto que Catalina ha ido haciendo a su imagen durante 46 años. Los árboles frutales que ha plantado, las tierras que ha roturado adaptando su experiencia borgoñona al suelo de Ile-de-Francia, siguen siendo una prolongación viva de su cuerpo de campesina y seguirán todavía muchos años dando los frutos que ella ha preparado. El vuelo de las palomas que planeaba sobre su infancia planea ahora sobre su muerte.

El cortejo avanza lentamente, debido al número, a la estre­chez de la avenida, pero también al fervor de la gente.

Las invocaciones y los cantos resuenan como en un día de fiesta 5‘.No hay cantos mortuorios, sino el Benedietus, el Magni­fieat, las letanías de la Virgen y sobre todo aquella invocación inscrita en la medalla: ¡Oh María, sin pecado concebida!

La cantan con un fervor cada vez más intenso. Al llegar a Reuilly, las primeras filas se abren y se van reuniendo para dejar paso al ataúd. El canto se reanuda con nuevo fervor en el momento en que los 4 portadores bajan el ataúd por la estrecha apertura, que prepararon ayer los albañiles sobre el suelo recién cimentado de la cueva.

La gente se ha subido a los tejados de las casas vecinas. No, no es un cortejo fúnebre, sino una procesión alegre improvi­sada por la multitud.

Sin embargo, no faltan las lágrimas: los ancianos, que saben todo lo que han perdido; y luego la sobrina. Leonia Labouré: la comprenden, la consuelan: No debe llorar usted. ¡Es una santa! ¡Ha visto a la Virgen!

Peregrinación a Reuilly

Los días siguientes continúa la afluencia a la cueva en donde el ataúd ha quedado situado sobre dos caballetes: la mariscala de Mac Mahon, la condesa de Eu hija del ex-emperador del Brasil, la esposa del senador Buffet, pero sobre todo la gente sencilla del barrio.Los primeros días una pobre mujer trae en un cajón montado sobre ruedas a un niño de 12 años, «que nació con las piernas trabadas», según dice. Llorando, se empe­ña en bajarlo a la cueva. La cosa no resulta nada fácil. No hay más que una escalera de molinero muy empinada. Una herma­na tranquiliza al niño inquieto con algunas golosinas. La fami­lia lo baja por medio de unas cuerdas. Y entonces se levanta por su propio pie. Sus piernas se han puesto firmes. Es sin duda el primer milagro de Catalina en favor de los pobres. Pero el niño curado ha desaparecido antes de las investigaciones, como otros muchos pobres y anónimos.Entre los que acuden hay mu­chos niños.

Solamente al cabo de tres meses, en abril de 1877, tras la inspección crítica de un arquitecto y de un comisario de policía, se obtiene la autorización definitiva de sepultura. Extraña coincidencia. Catalina había dicho antes de morir: excavando en el suelo de Reuilly «a un metro y medio se verá una lápida…, y se encontrará con qué hacer edificar una iglesia». Sor Dufes había creído que se trataba de un tesoro oculto. Con el permiso de dos superiores generales sucesivos había hecho una excavación inútil. Entonces ¡Catalina se había engañado! Ella estaba plena­mente convencida de su error. Y ahora he aquí que el comisario de policía ordena que la sepulten precisamente «a metro y medio» bajo tierra».En consecuencia, tienen que excavar a esa profundidad, y poner allí una lápida.Por el año 1896 un sacerdote español, el padre Dadorda, llegado a Francia para visitar la tumba de Catalina, obtuvo después de muchos esfuer­zos el permiso para transformar la cueva en capilla; se gastó en la obra 3.000 francos. Se instaló en ella un altar, ofrecido por la señora Gil Moreno de Mora.

Semejantes festejos y semejantes peregrinaciones a su tum­ba, ¿no significaban adelantarse al juicio de la Iglesia? Más tarde se inquietaron por estos hechos en el proceso de canonización. Pero lo imposible se convierte entonces en posible. Catalina había sufrido como un «martirio» las negativas con que habían chocado durante 40 años los deseos de la Virgen de la que ella había sido la impotente mensajera. Había definido el año 1870 como un año sombrío, pero vislumbraba para 1880 una espe­ranza colmada. En uno de sus autógrafos había señalado tam­bién el año de su propia muerte: «10 años después, ¡la paz!».

Lo que se le había negado hasta entonces se le concede aquel año: el altar conmemorativo y la estatua de la Virgen con el globo en la capilla de las apariciones son erigidos por el padre Fiat. Aquella capilla se abrió finalmente a las peregrinaciones y se celebró en ella el cincuentenario. Las dos comuniones pedidas por Catalina para el día aniversario de las apariciones del corazón de san Vicente y de la Medalla son igualmente concedi­das.Catalina había dicho y dejado por escrito: Pedid a Roma y se os concederá más de lo que pedís.

Esta esperanza, vislumbrada en 1880, pareció rápidamente de desmentida por una dificultad. En 1881 la sagrada Congrega­ción de Ritos ordenó que se retirase la Virgen del globo, que llevaba menos de un año instalada. Pero 4 años más tarde el papa León XIII la hizo restablecer. En 1894 el padre Fiat, anima­do por este incidente, se atrevió a hacer una tímida solicitud para celebrar «misas votivas», sin hablar siquiera de la Medalla; y resultó que la Congregación de Ritos concede además el Oficio de la Medalla con lecturas que narran la aparición y la vida de Catalina. De este modo empieza a celebrarse el 27 de noviembre de 1894 la fiesta litúrgica de la manifestación de la Medalla milagrosa. Y no basta esto todavía para el cardenal Aloisi Masella que había ido más allá de la solicitud. Se muestra «escandalizado de la modestia» excesiva de los lazaristas: Tuve que reprenderles en alta voz, escribe.

El año siguiente, incita a la superiora general de las Hijas de la Caridad llegada a Roma: ¿Cuándo van a introducir ustedes la causa de canonización? Ante su respuesta un tanto evasiva, responde con energía: ¡Pero cómo! ¡Si es una religiosa de una santidad eminente! ¡Si ustedes no lo hacen, lo haré yo!

Las objeciones suscitadas por aquellas peregrinaciones de Reuilly que podían dar la impresión de haber anticipado el culto permitido, quedan barridas. Igualmente las constituidas por la vida demasiado ordinaria de Catalina. El escándalo de aquella vidente vulgar, que la gloria humana no logró herir con la punta de su ala salvaje, obliga a remontarse a la fuente misma del evangelio. De esa fuente es de donde mana la santidad desconcertante de Catalina. Ella obliga a situar en su debido lugar al evangelio mismo. Y es lo que hizo su primer biógrafo, sor de Geoffre, para intentar reducir una oposición aparente­mente irreconciliable: ¿No se escandalizaban acaso los contemporáneos de Nuestro Señor al ver que sus parientes eran pobres, que él procedía de la aldea de Nazaret, que comía y bebía como todo el mundo, que trataba con los pecadores?

Las críticas quedan sumergidas. Y lo que destaca entonces es la santidad de los pobres, frecuente y desconocida. Es el punto de partida de Cristo: ¡Bienaventurados los pobres!

El 27 de julio de 1947 Pío XII declara santa a Catalina ante la Iglesia universal, en la basílica de san Pedro de Roma.

Sor Dufes había adivinado ya el juicio de Dios 70 años antes, cuando después de haber tardado tanto tiempo en comprender a Catalina, al día siguiente al entierro, el 4 de enero de 1877 escribía a Felipe Meugniot, que no había podido asistir a este momento luminoso: Yo la miraba como la bendición de la casa y ahora me gusta considerarla en el cielo como una protectora…

Dichosa de haber podido conservar sus preciosos restos, me gustaría seguir recordando las inestimables gracias que ella había recibido… Aprenderemos también allí cómo mueren los santos, con qué sentimientos de confianza y de gozo se ve llegar ese último momento cuando se ha sabido vivir para Dios y solamente para Dios.

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