Vida de Catalina Labouré (René Laurentin): 2. La vocación

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

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Autor: René Laurentin · Año publicación original: 1984.
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Una granjera de 12 años

Ya tenemos a Catalina convertida en granjera. Asume el papel de madre de familia y de señora de la casa.

La granja, con su tejado de color entre gris y rojo, forma un ángulo casi cerrado de edificios, una especie de claustro. Da a la calle por un porche y culmina a 10 metros de altura en el célebre palomar que da impresión de ser más bajo por lo ancho que resulta y que indica al mismo tiempo con su altura que los Labouré son «una de las familias principales de la aldea». La gente se lo piensa dos veces antes de franquear la puerta del antiguo alcalde.

– ¿Ibais vosotras a jugar con Zoe?, preguntaron a una anciana de la misma edad que Catalina.Respondió: ¡Oh, no! Los Labouré eran de una situación por encima de la nuestra. No se nos permitía ir a su casa sin algún motivo. Eran muy ricos. Eran de las mejores casas de Fain.

Fain era una pequeña aldea. Pero el padre de Catalina era el más importante por su instrucción y por su prestigio.

Huysman ha presentado a Catalina como una «antigua criada de una granja». No era precisamente esa su posición. ¿La escogió la Virgen por ser «tosca y de escasos alcances», como el afirma? La verdad es que es analfabeta y que lo seguirá siendo hasta los 20 años, mas tarde todavía que Bernardette de Lourdes. Pero, lo mismo que Bernardette, es de cuerpo robusto y tiene toda la riqueza humana de los pobres, que no han espera­do a leer y a escribir para existir. Bernadette tenía como primo­génita los deberes de «heredera» al estilo de Bigorre. El título de «heredera» era una ironía para Bernadette, cuyos padres no tenían más que deudas… pero los padres de Catalina eran dueños de las tierras que cultivaban.

Como huérfana, Catalina tuvo que ejercer desde la infancia las funciones de ama de casa: una posición que muchas mujeres solo alcanzaban a los cincuenta años, o quizás nunca: algunas tenían que permanecer hasta su muerte bajo el yugo de una todopoderosa suegra. Catalina, a los 12 años, es reina de esta granja cerrada como un baluarte: una reina trabajadora y que al mismo tiempo manda sobre los sirvientes y sobre una criada.

Su reino es el cercado, el establo, el huerto y sobre todo la granja. Pero allí el verdadero rey es el padre cuando regresa de trabajar los campos: habla poco, pero cuando lo hace sus palabras son decisivas. Estas palabras representan para Cata­lina la autoridad, incluso en sus dominios más propios: la cocina y la sala de estar. La reina no es nada sin la autoridad del rey y se mantiene callada cuando el está delante. También domina en el horno, en el jardín, el establo, el gallinero, el palomar 1121 casetas «donde se cobijan de de 600 a 800 palomas. A Catalina le gusta todo aquel mundo ruidoso y acogedor que bate a su alrededor las alas intentando atrapar al vuelo los granos que lanza generosamente. La imaginación de los testigos le daría mas tarde a este revoloteo de las palomas la forma de una aureola’.

La Jornada de Catalina

Como ama de casa, Catalina es la primera en levantarse. En cualquier estación del año tiene que despertarse la primera. Sus ojos se abren cuando la noche empieza a abrirse, el horizonte se va tiñendo de azul o de malva y la luz asoma por las ventanas que dan a la meseta cubierta de arboles. Le gusta ver amanecer todo en invierno, cuando las noches son más largas que su cansancio y ella acecha, bajo el edredón, el primer rayo de sol.

El verano es otra cosa. Ella empieza a las 4 de la mañana y los días nunca son demasiado largos para el trabajo. Al despertarse que luchar contra la fatiga y las agujetas, para volver a empezar la cadena. La aurora insiste con agresividad y un remordimiento la acosa. ¡Ánimo! ¡Con Dios y con la faena!

La principal tarea de todos los días es atender a la cocina. Las tres comidas: el desayuno (bien nombrado, porque rompe el ayuno de la noche, consiste en una sopa y en un bocadillo que los labradores se llevan al campo; la comida del mediodía da mucho trabajo en verano, porque hay que llevársela a los segadores; la cena exige cocinar mas, pero siempre lo mismo: un puchero legumbres con tocino.

La granjera es dueña y criada. Paga con su persona mas que cualquier. No come en la mesa con los hombres, sino en un rincón de la chimenea. No interviene en la conversación. Catalina se ha formado en un mundo jerárquico, en la escuela del respeto y del silencio, pero también de las lentas deliberacio­nes para lograr lo que se proyecta y hacer que lo imposible se haga posible, si es necesario.

El cuidado de los animales va poniendo ritmo en la jornada. Por la mañana y por la noche hay que ordeñar las vacas; un duro trabajo para las manos y todavía más para la espalda que esta continuamente curvada. Catalina distribuye el forraje y lleva el rebaño al abrevadero comunal. Prepara para los cerdos la comida a base de restos y desechos. Recoge los huevos del gallinero… Todo el día va y viene del pozo, por fortuna no demasiado lejos, a sacar el agua necesaria.

Durante largas noches de invierno las tareas menudas se prosiguen sin descanso. La velada se pasa unas veces en casa y otras con los vecinos, a la luz de las velas delante del fuego de la chimenea: lo más frecuente es reunirse en casa de los Labouré, que tienen una sala grande y un buen horno para el pan. Allí se refugian cuando hiela. El aire se conserva allí cálido, con un calor denso, mantenido por todo el espesor de los rojos ladrillos.

La reunión ahorra leña y da tiempo para cambiar impresio­nes: noticias, recuerdos, cuentos de miedo o de encantamien­tos… La oración con que se cierra la velada ahonda la comuni­cación: todo un tiempo de libertad, interiormente programado por el rito y la tradición.

La semana

En la trama de estas jornadas es preciso insertar otras actividades periódicas. Cada semana Catalina tenía que amasar la harina con levadura y calentar el horno. Se necesitaban siete u ocho haces de leña. Cuando el horno estaba bien caliente. Catalina quitaba la ceniza y el carbón con la raedera, recogía las brasas en el apagador e iba metiendo ordenadamente con las largas paletas al horno siete y ocho hogazas de pan. Aguarda mientras realiza otras tareas y al cabo de una hora retira los panes, blancos y calientes bajo la corteza dura y crujiente. ¡Qué miedo, las primeras veces, de que el milagro no llegara a producirse! Los jueves había que ir al mercado de Montbard, a unos 15 kilómetros. Cada semana había que hacer también la colada: una rutina siempre vulgar.

El año de Fain

Pero además de la colada semanal había que hacer dos o tres al año otra colada general: la de la ropa blanca que se conserva de generación en generación y que tan pocas veces se usa. ¡Todo un acontecimiento en el lento correr de los meses! Se sacan de los baúles verdaderas montañas de sábanas. Los vecinos vienen a echar una mano. Es una fiesta… ¡una dura fiesta! En el fondo de una enorme cuba Catalina pone unos sarmientos sacados de la poda de las viñas. Los recubre con una manta y coloca sobre ella una capa de ceniza (¡ojo! ¡no mezclar con ella las cáscaras de huevo, que manchan!. Recubre la ceniza con otra manta y pone encima la ropa que ya tenía en remojo con agua fría desde la víspera. Luego empieza la opera­ción. La cuba grande esta ya hirviendo a más hervir. Con una jarra va echando sobre las sábanas el agua humeante que penetra la masa; sin cansarse va recogiendo esta agua y la vuelve a echar por encima. Así se concentra la lejía. Pero no hay que hacer esto demasiadas veces, pues la lejía acabaría atacando a las manos y a la misma ropa. Catalina sabe que lo mejor es a veces enemigo de lo bueno. Cuando la ceniza ha cumplido con su misión, hay que llevar la colada en una carretilla al lavadero comunal, que está delante de la casa. Para acercarse al agua las lavanderas tienen que bajar varios escalo­nes; una vez allí se ponen de rodillas sobre un cajón y aclaran y golpean la ropa con la pala; esperando que el tiempo y el viento permitan un secado más o menos rápido, antes de planchar y colocar de nuevo en los armarios las sabanas limpias y perfuma­das de retama y espliego.

Todos los años a principios de invierno se mata el cerdo. En una granja importante como esta se matan incluso dos si es preciso, el martes de carnaval. Engordan al animal hasta un peso aproximado de 300 libras. Es una fiesta más alegre que la de la colada. Hay abundancia de morcillas, de carne asada a la parrilla, de chicharrones, pues hay que comer enseguida o repartir lo que se estropea pronto. Los que viven en casa y los que vienen a ayudar son capaces de consumir aquel día hasta doce o trece platos de carne. Los estómagos sólidos compensan de este modo la carencia de proteínas. Todo ello va acompañado de buen vino: aunque los Labouré no tienen viñas, siempre se encuentran alguna botella y abundante el buen humor.

Pero lo importante es lo que no se come aquel día: el jamón y el tocino hay que salarlos luego. Proporcionaran carne para el resto del año, pues la venta de carne fresca es cosa rara. Solo bajo Napoleón lll se dedicarán aquellos pueblos a la cría del ganado para el matadero.

A veces sí que hay carne de vaca en abundancia, pero solo cuando se ha accidentado una res demasiado vieja. Se reparte con los vecinos a reciprocidad: «hoy me toca a mi, mañana a ti». Las pérdidas se convierten de este modo en fiesta por necesidad de que no se pierda nada. La desgracia se trasforma en abundancia y en ocasión de compartir con los demás.

De esta manera Catalina se va familiarizando con todo un mundo de ritos, de recetas y de tradiciones que cada año ira cumpliendo mejor. Hay que andar con tiento con los animales (la vaca que no quiere dar leche porque le han quitado el ternero), con la gente (esas señoras de la ciudad que regatean en la compra de la mantequilla y los huevos) y también con el tiempo, ese tiempo que se abre hacia la eternidad, a través del eterno retorno en el ciclo de las fiestas.

Cada año Catalina comprende y cumple mejor el ciclo litúrgico: desde el Adviento hasta la Pascua y la interminable serie de domingos verdes después de Pentecostés: es el período de los trabajos más pesados. Al empezar el invierno, el 2 de Noviembre, viene el sacerdote a la iglesia donde esta reunido todo el pueblo. A lo largo de la tarde multiplica sus responsos por los difuntos. Es una ceremonia interminable, porque cada fami­lia quiere que se rece por sus muertos. Los días empiezan a acortarse. Se entra en la noche como en el seno materno. Se sueña, se conversa, se duerme más tranquilamente. Es la estación de la muerte a la que le toca ahora entrar en el ciclo de la vida.

El secreto de Catalina

Catalina sabe defender sus dominios y dar a cada uno lo que sele debe según su rango y sus necesidades, empezando por su padre y por aquel hermanito enfermizo que es objeto de sus mayores atenciones. Los mejor servidos son Pedro, porque es el responsable de la familia y Augusto porque su desgracia clama al cielo. Después de ellos, los hermanos, las hermanas y la servidumbre. Y ella, la última.

Catalina no se preocupa por sus errores de principiante: procura repararlos calladamente y saca lección de todo. Esa es a su escuela, ya que no puede ir a otra. ¿Quién le ha enseñado a cumplir así a los 12 años esa abrumadora tarea? Su vida esta llena desde los primeros esplendores del amanecer, cuando se pone a encender el fuego, hasta la noche, cuando la ultima llama aviva la penumbra para que pueda terminar las tareas menos delicadas, aquellas que se pueden hacer sin demasiada luz, como fregar la vajilla y arreglar las cosas de la cocina. No es esa la hora más oportuna para ponerse a coser. Catalina sabe que hay que ser ordenada.

Ella sola se las arregla tan bien que no se necesita la criada. Además, la ingerencia de una persona mayor que no acepta fácilmente la autoridad de una «joven» da más preocupación que ayuda. A Catalina le cunde bien el trabajo: además, empieza a contar vez más con la ayuda de Tonina, que es muy activa y colabora de buena gana. A los 14 años Catalina despide a la criada apenas se le presenta la ocasión. Y gana la apuesta: las cosas marchan mucho mejor que antes.

¿La sostiene acaso su amor a la tierra: Sí, le gusta la tierra bienhechora, aquel alba que la despierta todas las mañanas, aquella tarea que llena sus jornadas después del vacío del destierro en Saint-Rémy. Pero esto no es más que la superficie de las cosas.

¿Será acaso el incentivo de lucro, la pasión campesina por ahorrar cada vez más, cueste lo que cueste? Catalina administra bien su tarea, mezclando unas faenas con otras. Si no lo hiciera así, sería la ruina. La gente de la ciudad no tiene ni idea de lo que es eso. Hay, que pensar en los imprevistos: las enfermedades de los animales y de las plantas, las malas cosechas, los acciden­tes, etc. Pero Catalina siente más amor a la gente y a las cosas que al dinero. Sabe muy bien que su gestión interior en circuito cerrado, no es más que un elemento de la economía doméstica, cíe la que lo esencial está en manos de su padre.

El verdadero secreto del esfuerzo de Catalina está escondido en sus escapadas fuera de la granja. Todos los días busca la manera de ausentarse por un rato. No se trata de ir a ver a un galán. Su amor está escondido en la iglesia de Fain, situada cerca de la granja al otro lado de la calle, un poco más arriba. Es una iglesia sin sacerdote, pues el párroco se esfumó durante la Revolución. Fain depende de un sacerdote que va de un sitio para otro celebrando bodas, entierros y alguna que otra vez la misa de los domingos.

Esos domingos Catalina y su familia ocupan un banco especial, en la capilla de la Virgen, llamada capilla de los Labouré, pues fue esa familia quien la hizo restaurar. Pero no es este honor del banco de mayordomo lo que atrae a Catalina a la iglesia. Va allí sola, entre semana, para rezar largo rato arrodillada sobre las frías baldosas. Se dice que fue allí donde debió contraer la artrosis. Pero lo cierto es que esos rezos son lo que dan sentido a todo lo demás.

Los vecinos dicen a veces: Los rezos no hacen adelantar la faena.

Pero ella ha hecho ya su faena. Catalina es fuerte y tiene una salud de hierro. Ese tiempo no lo necesita para su casa; es un tiempo que le sobra.

Pero a veces el pueblo critica la piedad de Catalina y los ratos que pasa en la iglesia: ¡Tiempo perdido!

Eso no le preocupa. El tiempo de Catalina no es el de sus vecinas, enterradas en su rutina cotidiana. Ella vive la tarea de cada día en otra duración distinta que da sentido a las vueltas a comenzar indefinidas, a las personas a las que se cruza uno cada día y que valdría más no encontrar. Y ése es un sentido que no pasará jamás.

Catalina vive con Dios, en la fe y en el amor; y también en comunión con los santos, como conciudadana de todos ellos. En Saint-Remy su tía le enseñó un día una estatua de su patrona, santa Catalina de Alejandría, la santa llena de sabiduría y de luz que resistió valientemente a sus perseguidores. Zoé-Catalina está familiarizada con todos aquellos santos protecto­res cuyas siluetas bondadosas adornan las paredes de la iglesia. , tanto en Fain como en Saint-Remy. Pero sobre todo conoce a la Virgen María. Se encuentra con ella siempre que va a la iglesia de Fain: primero en el pórtico, con el Niño en los brazos y luego en el interior, con las manos abiertas en un gesto de acogida.

El sagrario está vacío en esta iglesia sin sacerdote, pero la presencia del Señor llena su casa y se revela en el fondo de su corazón. Para Catalina es una felicidad. Y siente la necesidad de sumergirse en ella. También es allí donde encuentra fuerzas para poner a todos buena cara y hacerles un buen servicio. Allí está su sueño para el porvenir, un sueño que Tonina ha sabido adivinar. Su hermana pequeña se dio cuenta de que Catalina se iba volviendo muy «mística». Según decía, a partir de su primera comunión. Su compatriota san Bernardo la habría llamado mejor «mire contemplativa», asombrosamente contem­plativa.

El río de la oración, que aparentemente había secado la Revolución, vuelve a correr en el alma de Catalina, así como en la de otros contemporáneos suyos que ella no conoce: Juan María Vianney, Juana Jugan, Juana-Antida Thouret, madre Javouhey, Magdalena-Sofía Barat, etc. La oración brota en ella irresistiblemente de muy buena fuente. Permanece largos ratos en la iglesia de Fain, cuyo trágico vacío hace mas intenso el silencio y permite captar mejor la llamada.

Se trata de una experiencia muy densa. Y esta analfabeta encontrara más tarde un estilo vigoroso para expresarla, cuan­do finalmente aprenda a escribir: ¡Vaya religión la que tenemos en este pueblo! ¡Una misa los domingos y hasta tiene que venir un sacerdote de fuera para poderla decir! Las vísperas las canta el maestro de escuela y por tanto no tenemos bendición, para que se confiesen los enfermos, tenemos que enviar a buscar al sacerdote. ¡Fíjate si la poca religión que hay estará segura! (Carta a su hermana María Luisa)

Al no poder encontrar al Señor en la Eucaristía, lo busca en su corazón de bautizada y más especialmente en los pobres que acoge y en los enfermos que visita: otra actividad austera y luminosa que ha llenado su vida.

Para poder oír misa el domingo tiene que ir a menudo a Moutiers, pues el sacerdote viene pocas veces a Fain. Tonina la acompaña. Pero para Catalina eso no basta: a pesar de que tiene que recorrer una legua de ida y otra de vuelta, busca la ocasión para ir también entre semana a oír misa a Moutiers. Hay más de un kilómetro de cuesta arriba y otro de cuesta abajo. Cuando Catalina ve asomar el campanario de la iglesia, se siente sobre­cogida de una gran alegría: la alegría del reencuentro. Al regresar, se siente con fuerzas para subir de nuevo la cuesta que le llevará a su trabajo cotidiano. Los senderos que habrá de recorrer en su vida no serán ciertamente los de la facilidad.

No era aficionada a las distracciones, asegura una de sus antiguas compañeras: Aquellas señoritas Catalina y Tonina Labouré eran muy piadosas: nunca iban a divertirse con las demás muchachas, atesti­gua una anciana de 88 años, contemporánea de Catalina.

Absorbida demasiado pronto por sus responsabilidades, maduró antes de tiempo debido a las duras tareas de la granja. Por­ eso Catalina no fue nunca muy «juguetona».Pero será una exageración hagiográfica afirmar -como afirma su sobrino Felipe Meugniot- que tenía «un carácter serio, modesto y grave».

Otra contemporánea –«una amiga de aquel tiempo», cuyo nombre no se ha conservado- dice que se divertía mucho cuando su padre las llevaba a las fiestas de Cormarín, a casa de sus primos y primas».

Las fiestas de San Roberto de Cormarín

He aquí el recuerdo de una muchacha de Cormarin, un tanto aureolado por los 80 años que habían trascurrido en 1896: Catalina no era bonita, pero muy buena y servicial; siempre se mostraba amable y complaciente con sus compañeras, incluso cuando la hacíamos rabiar, como suelen hacer los niños. Y si veía que estábamos enfadadas entre nosotras, intentaba poner paz. Si se presentaba un pobre, le daba las golosinas que tenía… En la misa del patrono San Roberto. Catalina Labouré rezaba como un ángel…, sin mirar a la derecha ni a la izquierda.

El ayuno que alimenta

A los 14 años empezó a ayunar los viernes y los sábados durante todo el año Ss. Tonina se dio cuenta de ello. Temió que podía hacerle daño. Intentó disuadirla, pero en vano. La amena­zó con decírselo a su padre, pero Catalina no se dejo impresio­nar: Pues bien, díselo.

Al sentirse provocada, Tonina cumplió con su amenaza. Su padre le dio la razón. Pero Catalina había tomado aquella decisión y aquel ayuno era un asunto entre ella y Dios. En el encontraba su fuerza. Aquello no le importaba a nadie, ni siquiera a su padre, con tal que se hiciera el trabajo que había que hacer… Y siguió ayunando.

No guardó ningún rencor por lo ocurrido. Su padre era su padre, pero Dios es Dios. Aquella desavenencia no enturbió en lo más mínimo sus buenas relaciones con Tonina, cuya coope­ración era siempre tan decidida y tan sagaz.

La vocación

Por estas mismas fechas Catalina le confió a Tonina-sólo a ella- su proyecto de vida: su vocación. Pero todavía no sabe ni dónde ni cuándo. No se trataba de «hacer como María Luisa»; no, se trataba más bien de un proyecto íntimo entre ella y Dios. Tonina comprende. Defiende a su hermana y la ayudará en sus deseos.

Esto permanece secreto entre ellas porque su padre, en este punto, tiene ya arregladas sus cuentas con Dios. Con lo necesa­ria que le era para la granja, él no ha reprochado la marcha de María Luisa. Ha entregado la hija y la dote. Ya es suficiente.

Un sueño

Pero una noche esta llamada toma la forma de un sueño. Catalina se encuentra en la iglesia de Fain, en su sitio de costumbre, en la capilla de los Labouré. Está rezando. Llega un anciano sacerdote vestido con los ornamentos sacerdotales y se pone a celebrar misa en el altar blanco con molduras doradas. Lo que mas le impresiona es su mirada cuando se vuelve para el Dominus vobiscum. En el Ite, missa est le hace una señal para que se acerque. El temor la sobrecoge. Retrocede fascinada. No Puede apartar de sí aquella mirada. Durante toda su vida la recordará. A la salida de la iglesia va a visitar a una enferma (todavía en sueños). Allí la encuentra el anciano sacerdote, que le dice: Hija mía, es una buena obra cuidar de los enfermos. Ahora huyes de mí, pero algún día te sentirás feliz de poder venir conmigo. Dios tiene sus designios sobro ti. No lo olvides.

Vuelve a alejarse de el, siempre llena de miedo pero con el corazón ardiendo. «Sus pies no se posaban en la tierra». Al pasar el porche de su casa, se despierta.

Aquello no era más que un sueño. Pero es un nuevo impulso para Catalina. Su reino-su granja-se ha convertido en un lugar provisional, casi en un destierro. Realiza su trabajo mejor que antes, pero como si no lo estuviera haciendo. Su vida real domina lo cotidiano, que ella ha abandonado ya en espíri­tu. Reflexiona. Forja proyectos. Para entrar en las Hermanas será menester saber leer y escribir por lo menos: le han dicho que es esa una condición necesaria para ser admitida. Además su falta de instrucción la humilla.

Con el único fin de ocultar su ignorancia, le paga entonces 30 francos -todos sus ahorros- a un charlatán que se com­promete a enseñarla a firmar con su nombre. Pero esto no basta… Va siendo hora de aprender a leer, a escribir, a hacer cuentas; en el papel y no solo en su cabeza, aunque una cabeza de campesina y los diez dedos de su mano constituyen una buena máquina de calcular.

Primera estancia en Chatillon (1824-1826)

Tiene 18 años. Y Antonia Gontard, una prima hermana por parte de su madre, le propone llevársela a Chátillon para que adquiera un poco de instrucción. Dirige allí un pensionado, conocido por toda la comarca.

Tonina tiene 16 años. Ya es lo bastante mayor para asumir las funciones de ama de casa. Además, sigue siendo cómplice de su hermana. Su padre sigue mostrándose reticente. La sensatez y el fervor de su hija le tienen preocupado. Tiene miedo de perderla.Pero no se siente muy ufano de la ignorancia de sus hijos más pequeños, después de haber dejado marcharse a los mayores por el mundo bien equipados. De este modo Catalina consigue lo que deseaba.

En Chátillon tiene la dicha de poder asistir fácilmente misa: hay una iglesia, con el Santísimo Sacramento, y un sacerdote a su disposición. Se trata del abate Gailhac arcipreste, un ancia­no de ochenta años (1743-1828). Se atreve a confiarle su sueño. El sacerdote conoce mucho a las hijas de la Caridad. Le impresiona la descripción del anciano: con barbas, el solideo negro, el servicio a los pobres…

-Hija mía, me parece que ese sacerdote no era otro sino san Vicente.

Poco después, Catalina acude acompañada de una prima suya a la casa de las hermanas, en la calle de la Judería. ¡En el locutorio, una sorpresa! El retrato que ve allí representa al sacerdote que había visto en sueños.

-¡Pero si es nuestro padre san Vicente de Paúl!, le explican las hermanas.

Alguien se ha preguntado cómo es posible que no hubiera visto nunca el retrato auténtico que se conserva en las Herma­nas de Moutiers. Es que aquel cuadro lleno de vida, atribuido a Francisco de Tours, se conservaba entonces en la sala de la comunidad, que estaba reservada a las hermanas.

La decisión de Catalina esta ya tomada en concreto. Pero, ¿qué hacer: La entrada en el postulantado exigiría el permiso de su padre y no podía pensarse en ello. Esperar: Catalina tiene prisa y la faltan todavía dos años y medio para alcanzar la mayoría de edad. Y eso parece toda una eternidad a esa edad y para el impulso de un tal deseo.

Por otra parte, Catalina no se encontraba a gusto en casa de la prima. A los 18 años se encuentra en el mismo nivel escolar que las pequeñas y sus costumbres campesinas desentonan de las de aquellas señoritas. Su prima y las compañeras la invitan amablemente a que imite sus buenas maneras. Pero no le atrae aquel mundo de peinados con cintas y de refinamiento: la condescendencia de sus compañeras hiere su amor propio e incluso a veces su rectitud y su sencillez.

Un drama

En este callejón sin salida busca lo que es más franco y también más duro: volver a su casa. Su estancia en Chátillon ha sido relativamente corta.

Nada se ha perdido. Al regresar a Fain, Catalina ya puede firmar con mano segura y lo hace en el bautizo de una ahijada. Catalina Zoe Suriot, el 16 de julio de 1826. Sin duda es en esta circunstancia cuando estrena el vestido de seda violeta que formaría luego parte de su «equipo». Su padre se lo ha mandado hacer, ya que anda en edad de casarse. Un flechazo lo arreglaría todo. Entretanto la vida de la granja tiene que seguir adelante: terneros, vacas, cerdos, pollos, palomas… Catalina, imperturba­ble y silenciosa, no pone mala cara al trabajo, pero no deja de pensar. Su vocación la acosa.

Todo va bien en lo que se refiere a Tonina, que ha asumido con decisión sus tareas de granjera. Pero en lo que se refiere al padre se ciernen negros nubarrones; sería una locura hacer estallar la tormenta antes de tiempo. Catalina espera paciente­mente su mayor edad. Llega finalmente el 2 de mayo de 1827.Ha cumplido 27 años. Expone su decisión. Su padre la rechaza encolerizado.

Ya le ha dado a Dios una hija. Siempre ha dicho que no le daría dos. Además, Catalina es útil, es normal, es alegre, no lo pasa mal en las fiestas de los pueblos cercanos: Senailly, Cormarin.Alguien anda interesado en pedirla en matrimonio. Segura­mente acabará dejándose tentar por un buen mozo o un buen partido. Pero, por desgracia para Pedro Labouré, Catalina sabe muy bien lo que quiere…: y lo que Dios quiere para ella.

El destierro en París (1828-1829)

En la primavera de 1828 su padre piensa otra manera de disuadirla. Su hijo Carlos, el quinto de sus hijos, ha puesto en París una tienda de vinos y taberna, en la calle Echiquier. Su mujer tema ya también allí un restaurante para que comieran los obreros: desgraciadamente, acaba de morir dos años después de su matrimonio con el hermano de Catalina, el 21 de febrero de 1828. Carlos necesita ayuda. Catalina tendrá que ir a echarle una mano. La capital espabila pronto a las chicas. Es fácil que alguno la corteje en el restaurante.

Para ella esta decisión supone una nueva herida sobre la que ya tiene. Después del rechazo de su vocación, el despido de su padre, la ruptura de unos lazos que representaban mucho para ella. Únicamente el deber y la prudencia la mantienen en este nuevo trabajo al lado de su hermano viudo, que empieza así a consolarse. Esta satisfecho de su hermana y le gustaría retenerla «para el gobierno de la casa». Intenta casarla con alguno de los clientes; pero a ella el trato de los posibles pretendientes, que verán ciertos atractivos en aquella borgoño­na de 22 años, las felices perspectivas y el negocio del restau­rante la resultan totalmente extraños. Las distracciones del barrio y sus éxitos culinarios entre los clientes tropiezan siempre con su decisión inquebrantable.

Carlos prefiere no insistir. Y la ocasión para liberar a Catali­na llega oportunamente cuando su hermano vuelve a casarse el 3 de febrero de 1829. Dos mujeres en una casa, una está de mas.

Así pues, Catalina aprovecha la ocasión. Escribe a su cuña­da de Chátillon, muy conmovida por su situación, y luego a su hermana María Luisa que acaba de ser nombrada el año anterior hermana sirviente, es decir, superiora de las hijas de la Caridad de Castelsarrasin (Tarn-et-Garonne). Su respuesta desborda felicidad y pasión: ¿Que significa ser hija de la Caridad? significa darse a Dios, sin reservas, para servir en los pobres a sus miembros que sufren… Si en estos momentos una persona fuera lo suficientemente poderosa para ofrecerme no ya un reino, sino todo el universo, miraría todo eso como el polvo de mis zapatos, pues estoy convencida de que no encontraría en la posesión del universo la felicidad y el contento que siento en mi vocación.

Y detiene este impulso ante un posible escrúpulo: Me gustaría que pasaras algún tiempo en casa de nuestra cuñada, tal como ella misma te lo ha propuesto, para que te formaras un poco mejor, ya que en algunas ocasiones es preciso ser todo lo educada que una pueda ser. Aprenderás a hablar francés un poco mejor de como lo hacen en nuestra aldea, te dedicarás a la escritura y al calculo, y sobre todo a la piedad, al fervor y al amor de los pobres. No tenemos por costumbre inducir a nadie a que entre en nuestra comunidad.

Pero se perdona pronto esta «debilidad» y termina repitiendo su deseo de que Catalina entre algún día a formar parte de las que un día serán llamadas… «Más vale servir a Dios que al mundo…»

María Luisa recibirá mas tarde esta misma carta como un boomerang en las circunstancias que luego veremos (23 abril 1834). De momento, ella aconseja volver a Chátillon.

Segunda estancia en Chátillon

La casona de su prima, situada al pie de la colina de Saint­Vorles, ha cambiado desde su primera estancia en ella; el 15 de diciembre de 1828 Juana-Antonia Gontard se había convertido en cuñada de Catalina al casarse con su hermano mayor Huberto, subteniente de policía después de haber sido guardia de corps de Carlos X en Paris en 1824.

Los recién casados son buenos abogados de de Catalina ante su padre, poco orgulloso de la situación o sin salida en la que se había metido a pesar suyo.

Aprovecha entonces la ocasión de un compromiso honora­ble.

Así pues, Catalina vuelve a aquel pensionado que le gusta tan poco, pero frecuenta cada vez más las hijas de la Caridad. Esta vez se encuentra allá con una hermana nueva, sor Victoria Séjole, agarrada de golpe por esa simpatía discretamente admiradora que le hará decir a lo largo de toda su vida, cada vez que tenga que hablar de Catalina: Nunca conocí un alma tan inocente y tan pura

Catalina y sor Victoria tienen muchas afinidades: las dos pertenecen a buenas familias de campesinos, tienen aproxima­damente le misma edad, 22 y 27 años, y las dos tienen una hermana mayor entre las hijas de la Caridad; pero sobre todo las dos sienten un gran amor a la Virgen y a los pobres. Sor Victoria comprende muy bien el malestar que experimenta esta campesi­na en medio del refinamiento del pensionado. Por eso insiste ante sor Cany, superiora desde 1814: Recíbala: es todo inocencia y piedad. No se encuentra en su sitio entre esas sabihondas. Es una buena chica de pueblo, como las que le gustaban a san Vicente.

La superiora sor Cany quedó convencida. Empiezan los tratos. Catalina recibe la noticia con alegría. Pero no quiere entrar sin dote, sabiendo que era aquella la costumbre general. Se encarga de hablar confidencialmente sobre este tema con su hermano y su cuñada. En esto Pedro Labouré se muestra inflexible: su hija puede hacer lo que quiera, pero, palabra de Labouré, no dará una segunda dote.

Que la cosa no falle por eso; su hermano y su cuñada le darán la dote. Viven bien, ya que ganan los dos: él como oficial y ella como directora de un pensionado afamado.

El postulantado

A principios de enero de 1830 sor Cany envía su opinión favorable a la Casa Madre, en donde el Consejo de las hijas de la Caridad la adopta en estos términos, con fecha del 14 de enero: Sor Cany propone a la señorita Labouré, hermana de la que está de superiora en Castelsarrasin. Tiene 23 años y reúne todas las condiciones exigidas para nuestro estado: es devota, tiene buen carácter, un temperamento decidido, amor al trabajo y muy alegre. Comulga regularmente cada H días. Es de familia intacha­ble en costumbres y honestidad, aunque tiene poca fortuna; nos dan prisas para que la recibamos.

La que da prisas es en primer lugar sor Séjole. La alusión a la «poca fortuna» de la familia intenta preparar la aceptación de una pequeña dote, según la costumbre de la época.

El 22 de enero llega la respuesta de París. Es favorable. Catalina, muy contenta, se despide de sus amigas pensionistas, demasiado refinadas para ella. Y franquea con alegría la verja de la calle de la Judería.

A Sor Séjole le encanta ser ella la encargada de formarla en los rezos y costumbres de la comunidad.

La inicia en la «marmita de los pobres enfermos». Esta obra había quedado suprimida a principios de la Revolución, como una cosa «de otros tiempos». Pero fue preciso restablecerla, bien pronto, ya que respondía a necesidades urgentes. Catalina aprende de este modo a conocer la miseria y el servicio a los pobres en sus dimensiones masivas; dos veces por semana, los domingos y los jueves a la una de la tarde, se prepara una gran olla de caldo en una caldera humeante y los pobres acuden provistos de una cacerola, de un puchero o de cualquier otro recipiente para llevar la sopa a sus enfermos.

Marieta, antigua empleada de la casa, siente gran admira­ción por la forma de rezar de Catalina: todos los días acude a la capilla a las 3 de la tarde para rezar el acto prescrito por la regla: Te adoro, Salvador mío Jesucristo, que mueres en la cruz por mi amor. Te agradezco que hayas dado tu vida por redimirme. Padre eterno…. recibe su divino sacrificio… Es la muerte de un Dios, es Dios mismo a quien te ofrezco…

La «muerte de un Dios». Estas palabras adquirían una extraña resonancia al día siguiente de tantos atentados en contra de Dios y de sus ministros.

A comienzos de su postulantado Catalina recibió de su hermana mayor, que seguía siendo hermana sirviente en Cas­telsarrasin, una carta fechada en 22 de enero de 18330. María Luisa, «muy edificada con la última» carta que había recibido de Catalina, que desgraciadamente no se ha conservado, la exhor­ta con un entusiasmo contenido.

La Partida

A mediados de abril ha terminado la prueba del postulanta­do. Catalina ha salido airosa de ella.

Llega la hora de preparar el equipo. Van metiendo las cosas en el baúl: 4 pares de sábanas algo usadas; 12 toallas algo usadas; tela para camisas; 11 camisas ya hechas; 5 vestidos (4 de tela de indiana y uno de seda violeta); 11 pañuelos de bolsillo; 3 pares de «bolsillos» (que entonces se usaban como bolsas de mano).

Catalina se lleva además la dote que han ofrecido Huberto y su cuñada: 693 francos.Están a su lado cuando llega la diligencia. El pesado vehículo sale de la ciudad gloriosamente por la «puerta de París», que tiene la forma de un arco de triunfo. La hermana Hinault (70 años), que ha sido durante mucho tiempo hermana sirviente en Chátillon, acompaña a Catalina: va a incorporarse a la comunidad de hermanas ancianas en la calle del Bac.

Un largo viaje de 300 kilómetros, casi unas 100 leguas, como entonces se decía. La campiña se muestra radiante de nuevo verdor y de flores. Es la luz y la alegría de la regeneración pascual.

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