Vida de Catalina Labouré (René Laurentin): 1. La infancia y la orfandad (1806-1818)

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: René Laurentin · Año publicación original: 1984.
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9 de octubre de 1815. El emperador Napoleón I va camino de Santa Elena, adonde llegará el día 15 con el grupo reducido de sus fieles. En Francia se instala y empieza a alentar la Restauración, mientras se disipan como la niebla sobre un campo de ruinas los grandes sueños de revolución y de gloria.

Una huérfana

En Fain-les-Moutiers, una aldea borgoñona de apenas dos­cientos habitantes, llora una pequeña. Se llama Catalina La­bouré, pero suelen llamarla Zoé, el nombre de la santa del día en que nació z. No es la única que llora; es la octava de los diez niños que acaban de perder a su madre, Magdalena Gontard, de 46 años, de una familia relativamente acomodada, que se había convertido en granjera por su matrimonio con Pedro Labouré. Ha sido una muerte repentina. La casa está de luto desde las 5 de la mañana. Los vecinos acuden a dar su pésame y a ofrecer sus servicios al granjero, Pedro Labouré, que hasta el mes pasado había sido el alcalde del pueblo. La sala de estar de la granja se llena de cuchicheos y rumores apagados. Se reza con aquel sabor nuevo de la oración que ha surgido después de la clandestinidad de la Revolución todavía próxima. Se compadece sobre todo a los hijos más pequeños: Catalina de 9 años. Tonina de 7 y Augusto de 5, enfermo por accidente.

Esta noche no se cerrará el portón. De las sombras irán entrando los amigos para rezar alrededor del techo donde repo­sa un rostro de marfil`. La muerte de la granjera pone de relieve, en forma de desorden o de imperiosas necesidades, todo lo que ella hacía y ya no hace, todo lo que la ha ido desgastando y quemando hasta consumirla. Educada en un ambiente enco­petado, casi despreocupado, ha sucumbido bajo el peso de la finca: la tierra, los animales, la gente, los hijos; ha tenido 17 en menos de 20 años, de los que sobrevivieron 10; son los únicos que se cuentan en aquella época de elevada mortalidad infantil. Había que bregar muy duro. Magdalena se sentía tan desbordada que ni siquiera pudo enseñar a leer a sus hijos más pequeños. Catalina se avergonzará durante muchos años de no saber firmar con su nombre. En cuanto al más pequeño, Augus­to, su estado enfermizo era todo un símbolo del desgaste que su madre sufría a los cuarenta años. Contiado a los brazos de la criada, en el carro que traía a la familia de Senailly, se cayó a la carretera; lo recogieron sin sentido: estuvo en coma durante varios días, y quedó mal para toda su vida, lo bastante lúcido para sentirse profundamente humillado y lo bastante capricho­so para no poder ocultar su desgracia.

¿Qué hacer con todo aquel mundillo?

El granjero tuvo que improvisar soluciones de emergencia con la paciencia de los campesinos. Las dos pequeñas, Catalina y Tonina, irían a vivir con una hermana de su padre. Margarita, casada con Antonio Jeanrot, vinagrero de Saint-Remy, a 9 kilómetros al nordeste de Fain. La mayor de las hijas y segunda de la familia, María Luisa, de 20 años, estaba hasta entonces de pensión en Langres, con una hermana de su madre, sin hijos, casada con un oficial;ahora tiene que volver a casa donde asume valientemente las cargas que derrumbaron a su madre. En cuanto al padre, se felicita de haber renunciado el mes pasado a la alcaldía, en la que había sucedido en 1811 a su primo. Nicolás Labouré.

El destierro de Saint-Remy (1815-1818)

Aquel otoño de 1815 Catalina, dando la mano a Tonina, deja la granja natal, a través de los caminos rodeados de árboles que han empezado a teñirse de púrpura y oro. Se siente doble­mente huérfana, ya que la muerte de su madre la aleja también de su padre. Y no es ésta la peor de las separaciones. Su padre cuenta mucho para ella: la mayor de las dos hijas que hasta ahora han vivido en la casa. Su vida sigue estando orientada hacia la granja paterna, lo mismo que una brújula hacia su polo.

Para el vacío que en su espíritu ha dejado su madre la misma Catalina ha encontrado la solución. En la habitación de la difunta (¿estaría ella todavía en su lecho de muerte?) había una imagen de la Virgen. «Zoé» no era lo bastante alta para llegar hasta ella. Llena de lágrimas se sube a una silla y abraza a Nuestra Señora. Le pide así que sustituya a la madre que acaba de perder. Se creía sola, pero la criada de la casa, a la que no se escapa nada, la ha visto y se lo contará más tarde a Tonina.

Estas lágrimas son las primeras y las últimas. Ahora Catali­na se siente fuerte. La nueva madre que ha escogido le enseña, no a gemir y a vivir en dependencia de los demás, sino a tomar las riendas de su propia vida.

La prueba, de momento, es este destierro a Saint-Rémy. Es un lugar agradable, a orillas del Brenne. La casona con su techo de tejas es acogedora, con un portal por donde van y vienen los clientes del vinagrero, pero las paredes del huerto impiden ver el paisaje de la orilla del río: es un rincón peligroso y prohibido. La casa esta animada: 2 primos y 4 primas de 10 a 18 años, todos ellos mayores que las dos pequeñas.

Pero la tía Jeanrot, agobiada por aquella pesada familia y por el comercio de vinagre, suele, dejarlas en manos de la criada de lo casa. Seguramente presumió de sus fuerzas cuando propuso recoger a las dos huérfanas.

El regreso a casa (enero 1818)

Al cabo de dos años, el padre, que había consentido de mala gana en la separación bajo el golpe de la muerte de su esposa, añora a Catalina», su preferida entre las tres hijas. Y la llama a casa.

Para ella la vuelta es una fiesta en todos los sentidos, ya que regresa además para hacer la primera comunión, fijada para el de enero de 1818. Siente un gran fervor, un gozoso impulso hacia Dios orquestado por la alegría de volver a su casa. Le gusta el trabajo. Y tiene espíritu de iniciativa.

Para Maria Luisa, la hermana mayor que la inicia en las tareas del hogar, es la solución de otro problema. Cuando murió su madre estaba dispuesta a «postular» la entrada en las Hijas de la Caridad de Langres, la ciudad en donde había crecido. La vuelta a Fain fue para ella una contrariedad, un destierro. La iniciativa de Catalina y su buena inteligencia con su padre la permiten liberarse. El 5 de mayo siguiente regresa a Langres para comenzar allí su postulantado en las hijas de la Caridad.

Catalina-Zoé, 12 años recién cumplidos, ha facilitado aquella marcha. Cuando se habló de ella, miro alegremente a su hermana menor, Tonina, de 9 años y medio, y le dijo:

-Nosotras dos haremos que marche la casa.

El recurso a la Virgen no fue para ella un refugio pasivo de una niña tímida. Estableció con ella aquel vínculo en la noche de la fe como una muchacha libre y responsable. A los 12 años, está madura para tomar sobre sus hombros la carga que había aplastado a su madre, convirtiéndose en la primera colaboradora de su padre.

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