Vida de Catalina Labouré (Laurentin)

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

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Autor: René Laurentin .
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santa-catalinaEn Fain-les-Moutiers, una aldea borgoñona de apenas doscientos habitantes, llora una pequeña. Se llama Catalina Labouré, pero suelen llamarla Zoé, el nombre de la santa del día en que nació.

No es la única que llora; es la octava de los diez niños que acaban de perder a su madre, Magdalena Gontard, de 46 años, de una familia relativamente acomodada, que se había convertido en granjera por su matrimonio con Pedro Labouré. Ha sido una muerte repentina. La casa está de luto desde las 5 de la mañana. Los vecinos acuden a dar su pésame y a ofrecer sus servicios al granjero, Pedro Labouré, que hasta el mes pasado había sido el alcalde del pueblo. La sala de estar de la granja se llena de cuchicheos y rumores apagados. Se reza con aquel sabor nuevo de la oración que ha surgido después de la clandestinidad de la Revolución todavía próxima. Se compadece sobre todo a los hijos más pequeños: Catalina de 9 años. Tonina de 7 y Augusto de 5, enfermo por accidente. Esta noche no se cerrará el portón. De las sombras irán entrando los amigos para rezar alrededor del techo donde reposa un rostro de marfil`.

La muerte de la granjera pone de relieve, en forma de desorden o de imperiosas necesidades, todo lo que ella hacía y ya no hace, todo lo que la ha ido desgastando y quemando hasta consumirla. Educada en un ambiente encopetado, casi despreocupado, ha sucumbido bajo el peso de la finca: la tierra, los animales, la gente, los hijos; ha tenido 17 en menos de 20 años, de los que sobrevivieron 10; son los únicos que se cuentan en aquella época de elevada mortalidad infantil. Había que bregar muy duro. Magdalena se sentía tan desbordada que ni siquiera pudo enseñar a leer a sus hijos más pequeños. Catalina se avergonzará durante muchos años de no saber firmar con su nombre. En cuanto al más pequeño, Augusto, su estado enfermizo era todo un símbolo del desgaste que su madre sufría a los cuarenta años. Contiado a los brazos de la criada, en el carro que traía a la familia de Senailly, se cayó a la carretera; lo recogieron sin sentido: estuvo en coma durante varios días, y quedó mal para toda su vida, lo bastante lúcido para sentirse profundamente humillado y lo bastante caprichoso para no poder ocultar su desgracia. ¿Qué hacer con todo aquel mundillo? El granjero tuvo que improvisar soluciones de emergencia con la paciencia de los campesinos. Las dos pequeñas, Catalina y Tonina, irían a vivir con una hermana de su padre. Margarita, casada con Antonio Jeanrot, vinagrero de Saint-Remy, a 9 kilómetros al nordeste de Fain. La mayor de las hijas y segunda de la familia, María Luisa, de 20 años, estaba hasta entonces de pensión en Langres, con una hermana de su madre, sin hijos, casada con un oficial; ahora tiene que volver a casa donde asume valientemente las cargas que derrumbaron a su madre. En cuanto al padre, se felicita de haber renunciado el mes pasado a la alcaldía, en la que había sucedido en 1811 a su primo, Nicolás Labouré.

 

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