Vicente de Paúl y Luisa de Marillac

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Gonthier · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1980 · Fuente: Anales españoles.
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La preparación de una fundadora

 

En el precioso filón que forman las cartas de Vicente de Paúl llegadas hasta nosotros, las que dirigió a Luisa de Marillac ofrecen un particular interés en lo relativo al alma de su destinataria e, incluso, a la historia de la incipiente Com­pañía de las Hijas de la Caridad. Creo, sin embargo, que me será lícito clasificar dichas cartas en dos grupos: A un lado, las que el Sr. Vicente escribió a su hija y colaboradora antes del mes de noviembre de 1633, en cuyos últimos días todas las primeras Hijas de la Caridad se reunieron con Luisa; y a otro —segundo gru­po— las dirigidas por el Sr. Vicente a la Srta. Le Gras desde fines de 1633 hasta la muerte de Luisa. Si estas últimas son las cartas de un fundador a una funda­dora, las primeras deben de ser unos documentos de tal naturaleza que nos es­clarecerán la forma como el Sr. Vicente preparó a la Fundadora de las Hijas de la Caridad.

Cierto que cuando —en el año de gracia de 1624-25— el sacerdote landés tro­pezó por vez primera con esta joven de la sociedad parisina, estaba bien lejos de imaginar que terminaría asociándola —¡y de qué forma!— al ministerio de la caridad, cuya llamada movilizadora había él empezado a notar siendo párroco de Chátillon-les-Dombes. Pero eso no impidió que desde el momento en que acep­tó —sin entusiasmo desbordante alguno— dirigir a Luisa de Marillac por los senderos de una profunda vida cristiana, comenzara a preparar a la que, diez años más tarde, iba a ser, según expresión referida a ella, la “primera Hermana Sirvien­te de la pequeña Compañía”.

Las cartas que, a tenor de diversas circunstancias, dirige el Sr. Vicente a su hija espiritual entre 1626 y 1633, y que han llegado hasta nosotros, son 96; se ha­llan en el tomo I de la correspondencia de San Vicente reunida por Pedro Coste, y están repartidas entre la página 25 y 223 de dicho volumen: Correspondencia fragmentaria, o en breves notas, o como cartas de redacción más cuidada. De todas ellas, sólo unas veinte llevan la fecha exacta (día, mes, año) señalada por su autor. A la vista de su contenido, Pedro Coste procuró clasificar cronológica­mente las 70 restantes.

El apelativo usado habitualmente por el Sr. Vicente para dirigirse a su inter­locutura es el de “señorita”. Pero llega a decir “mi querida hija”, “hija mía”; la carta que Pedro Coste sitúa entre 1626 y 1629 (SV I, 62-64) (CS I, 126) nos pro­porciona un hermoso ejemplo. A partir de 1629 no volvemos a encontrar más veces semejante expresión en la pluma de Vicente.

Cuando les dedica tiempo para redactarlas en forma, sus cartas comienzan por el deseo: “La gracia de Nuestro Señor esté siempre con V.” Acaban con una fórmula con la que el Sr. Vicente no se contenta con rendir culto a una fórmula de cortesía, sino que dice exactamente lo que quiere: “En el amor de Nuestro Señor, su muy humilde y muy obediente servidor…”

La firma de estas cartas o de aquellas notas presenta una variedad muy cu­riosa, debida quizá en parte al tiempo de que dispone el Sr. Vicente para escri­birlas. Firma así:

  • “V. P.” (SV I, 119) (CS I, 178).
  • “Vincent” (SV I, 92-118) (CS I, 153-179).
  • “V. Depaul” (SV I, 103-104-108-135-151) (CS I, 165-166-170-192-204).
  • “V. D. P.” (SV I, 81-86-88-155-160-172) (CS I, 142-148-149-212-215-227).
  • “V. D.” (SV I, 143-144-145-146-147-171-201-206-215-219-223) (CS I, 198-199-201-202- 226-256-263-266-269).
  • “Vincent Depaul” (SV I, 33-37-39-40-78-79-85-94-99-100-121-125-129-131-133-153-156- 158-168-189-198-199-202-218) (CS I, 102-106-108-109-139-140-141-146-155-156-157-161- 168-172-181-183-185-187-188-190-207-214-239-248-250).

Durante este período, que se extiende desde 1626 hasta finales de 1633, y que interesa al presente estudio, es únicamente en su correspondencia con Luisa de Marillac cuando Vicente hace gala de tal fantasía en sus firmas. Sin embargo hay una excepción: El Fundador de la Misión firma “V. D. P.” en la carta que dirige, el 16 de septiembre de 1633, a Miguel Alix, cura de Saint-Ouen-l’Aumóne (SV I, 216) (CS I, 264). (Por cierto, esa es la tercera carta que escribe a su in­terlocutor.) Tal variedad en la forma de firmar las cartas dirigidas a su hija es­piritual, y sobre todo el frecuente recurso a las iniciales escuetas de su nombre y apellido, ¿no nos revelarán no sólo que el Sr. Vicente era con frecuencia un hombre apremiado por el tiempo, sino también un padre espiritual, que se sen­tía con la suficiente confianza en relación a su hija como para dispensarse en sus cartas de fórmulas protocolarias?

La correspondencia de Vicente con Luisa durante estos años —1626-1633— deja vislumbrar dos etapas en la marcha de esta mujer hacia lo que por voluntad de Dios debía ser su verdadera vocación: La formación y animación de las primeras Hijas de la Caridad, al tiempo que consolidaba su Compañía. La primera etapa, que se extiende unos tres años —1626 a 1629— gira alrededor de la vida interior personal de Luisa; la segunda —desde mayo de 1629 hasta noviembre de 1633— será para la futura Fundadora un auténtico noviciado que la conducirá hacia el servicio al que Dios la destinaba.

En cada una de estas etapas el Sr. Vicente adapta admirablemente las orien­taciones para la que, hasta 1629 inclusive, él llama su “querida hija”. El estudio atento de sus cartas lleva a esa conclusión. Pedro Coste, para dicho período, ha coleccionado en su primer tomo 95 cartas.

Primera etapa: antes de mayo de 1629. Serenando un alma

Cuando se somete a una disección la lectura de las cartas que el Sr. Vicente escribe a Luisa de Marillac durante el período que va desde 1626 a mayo de 1629, no hay que perder de vista ni la situación ni, particularmente, el estado de ánimo de su interlocutora durante esa época.

La primera nos es bien conocida. A los veintidós años, el 5 de febrero de 1613, Luisa se casa con Antonio Le Gras. Ya en el primer año de esta unión tiene de él un hijo, Miguel. Desde el 21 de diciembre ya es viuda.

Un doloroso estado de alma

Esta mujer de treinta y cinco años queda marcada por el misterio de su na­cimiento: Hija de madre desconocida. Es más o menos desdeñada por la familia de su padre, los Marillac. Sin embargo llega a recibir una educación excelente: Sus estudios (latín, filosofía e incluso teología), enriquecidos por las propias lec­turas, la dotaron de una cultura extraordinaria para una mujer de su tiempo.

Antes de casarse, su piedad le hizo reconsiderar seriamente su posible consa­gración a Dios en la vida religiosa. La fragilidad de su salud inclinó a sus con­sejeros espirituales a desviarla de semejante camino. Aceptó sin entusiasmo el matrimonio, pero en su hogar se comportó como esposa ejemplar.

Los primeros treinta años de su vida quedaron velados por una grisalla pró­xima al negro más intenso que favoreció el repliegue sobre sí misma y la con- lujo hasta un cierto grado de neurastenia.

A pesar de eso, antes de entrar en contacto con el Sr. Vicente conoció la pri­mera gran iluminación de su vida. Nos lo ha contado ella misma (cfr. Sainte Louise de Marillac: Correspondance, Méditations, Pensées, Avis, París, 1961, pági­nas 875-876). Esta hora de claridad vivida en la iglesia de Saint-Nicolas-des-Champs el día de Pentecostés de 1623, puso fin, al menos en parte, a una penosa crisis que atravesó la futura Fundadora: Crisis que versaba sobre estos tres interro­gantes:

  1. Para cumplir mejor con la voluntad divina, ¿debía Luisa separarse de su marido? Estaba efectivamente persuadida de que su matrimonio se oponía a los designios divinos sobre ella.
  2. ¿A qué sacerdote podría confiarse con tranquilidad plena para avanzar con garantía por el camino de la santidad?
  3. ¿Podía creer con absoluta certeza en la eternidad?

En la iglesia de Saint-Nicolas-des-Champs brilló la luz: Luisa recibe respuesta para tan angustiosas preguntas. Un sacerdote se interpondrá en su ruta y la toma­rá bajo su dirección; la eternidad feliz es una realidad, y Luisa conoce ese mismo día —pero como a través de la veladura de una profecía— que llegará un tiempo en el que, con otras personas, podrá entregarse a una gran obra.

De inmediato, dos acontecimientos hacen realidad la iluminación de aquel Pen­tecostés de 1623: Luisa enviuda y se hace encontradiza con el Sr. Vicente. Pero entre 1623 y 1626, fecha probable de su primer encuentro con el sacerdote landés, van a transcurrir dos años, y el alma de Luisa yace en el terreno de una doble crispadura: La primera radica en su deseo de amar a Dios con plena perfección; entonces, la ojeada que a sí misma dirige con el fin de desalojar todos los obs­táculos que se interponen entre ella y la voluntad de amar soberanamente a Dios, remata en una concentración, en un repliegue sobre sí misma terriblemente pe­ligroso. Tal egocentrismo espiritual conlleva el peligro de desarrollar su tenden­cia al escrúpulo.

La segunda crispadura de Luisa la provoca el hecho de que, a medida que va pasando el tiempo, no ve que se vaya a realizar la especie de profecía que vislum­bró cuando la iluminación de 1623 en Saint-Nicolas-des-Champs:

“… Se me advirtió … que llegaría un tiempo en el que yo estaría en estado de hacer voto de pobreza, castidad y obediencia, y que estaría con otras personas, de las cuales algunas harían lo mismo que yo. Pensaba en­tonces que estaría en un lugar para socorrer al prójimo, pero no podía comprender cómo podría suceder aquello, porque eso exigía idas y veni­das… (op. cit., p. 875).

Van pasando días, meses, hasta años, y al no realizarse la predicción, Luisa llega a un estado tal de impaciencia que raya en nerviosismo.

Así de complicada y delicada es la situación del alma a la que ha de enfren­tarse el Sr. Vicente.

La táctica del Señor Vicente

En la primera etapa de la andadura de Luisa bajo la dirección del Fundador de la Misión, las cartas del Padre espiritual dejan adivinar que hay dos tiempos: un tiempo de observación y otro de orientación.

Un tiempo de observación

El Padre estudia a la hija aprovechando entrevistas, encuentros, que su bene­ficiaria juzga demasiado poco frecuentes. Su escasa frecuencia, o al menos así la estimaba Luisa, se debe al hecho de que el Sr. Vicente, Fundador de una Con­gregación, que hasta aquel momento no contaba con más que tres o cuatro miem­bros, debe dejar a menudo París para dedicarse a la predicación de misiones. Y a pesar de ello, con el fin de estar lo menos lejos posible de su Padre, Luisa viene a vivir cerca del colegio de Bons-Enfants, que en 1625 se había convertido en la primera Casa-Madre de los sacerdotes de la Misión.

Es digno de notarse que la única carta que poseemos y que fue escrita por Luisa de Marillac en los primeros momentos de su trato con el Sr. Vicente, co­mienza por un lamento provocado por una ausencia de su Padre espiritual (SV I, 28) (CS I, 98).

Un tiempo de orientación

Superada su repugnancia inicial para hacerse cargo de la dirección de esta alma, cuyo rango social y psicología atormentada lo mantenían tan distante, el Sr. Vicente presiente que esta mujer encierra dentro de sí unas posibilidades que desarrollar, unas inclinaciones que convertir. También nota la contrariedad que sus ausencias de París causan en su hija, y se esfuerza en aliviar su sufri­miento. Así, el 30 de octubre de 1626, cuando él está predicando la misión de Loisy-en-Brie, en el Mame, le escribe (y es ésta la primera de sus cartas a Santa Luisa que ha llegado hasta nosotros):

No le di aviso de mi partida porque fue más repentina de lo que ima­ginaba y tenía miedo de darle un disgusto al comunicársela (SV I, 26) (CS I, 96).

1. Orientación hacia la santidad

Es una gentileza delicada. Pero inmediatamente el Sr. Vicente desecha el plan humano para elevar su correspondencia al plano sobrenatural, y traza estas líneas:

Pero, en fin, Nuestro Señor le tendrá en cuenta esa pequeña mortifica. ción, si lo tiene a bien, y El mismo desempeñará el oficio de director: Cier­tamente que lo hará, y de forma que le hará ver que se trata de El mismo (ibíd.).

Es fácil deducir que las cartas del Padre a su hija reflejan las directrices que el Sr. Vicente daba a Luisa durante sus conversaciones. Por ello resulta intere­sante detenerse en el contenido de tales líneas. El Sr. Vicente apela al espíritu de fe de su hija: “Nuestro Señor —y es de notar el tono afirmativo—, El mismo será vuestro director.” Así, el Padre da a su hija un ejemplo de humildad: En la dirección de esta alma, que Dios ha colocado en su propio camino, el Sr. Vi­cente no se considera más que un instrumento. Cierto que él no será el escultor de aquella alma; bien conoce que su ministerio en relación a ella no le exige modelarla según sus propias ideas, sino según el particular designio de Dios. El inciso —”si lo tiene a bien”—, que ha dejado deslizar en la frase, ya resulta, para las intenciones de Luisa, una invitación a cavilar sobre el respeto debido a la divina voluntad. Y si, por el momento, no descubre los designios que esa volun­tad puede tener sobre su hija, el Sr. Vicente por lo menos sabe que debe orien­tar a Luisa hacia un cierto desapego del corazón en relación a él, cuya ausencia le causa sufrimientos demasiado sensibles.

“Sea V. pues —prosigue— su hija querida.” No la mía, sino la de Nuestro Señor —le hace comprender el Sr. Vicente—. Sigue entonces una frase ricamente cargada de directrices espirituales: Sea, pues, su hija querida; muy humilde, muy sumisa y muy llena de con­fianza, y espere siempre con paciencia la manifestación de su santa y ado­rable voluntad.

¡Vaya programa! A aquella mujer que se está escudriñando el interior con tanta desconfianza, el Sr. Vicente predica ante todo humildad. ¿No habrá, en la exagerada desconfianza en sí misma, una forma sutil de orgullo? Ciertamente, la humildad es el resultado de una mirada realista sobre uno mismo; pero si esa mirada únicamente consiste en pasar revista a las miserias que uno ha descu­bierto en sí mismo, no es humildad: Se necesita que la mirada sobre sí mismo esté acompañada de otra mirada, la que desde el fondo de su pobreza espiritual el pecador dirige a Dios y a la riqueza de su amor, y de esta mirada debe nacer la confianza en ese Dios que se complace en exaltar y enriquecer a los verdaderos humildes. Esta actitud del pobre, que pone su confianza en el poder de Dios, es ya un acto de la sumisión que el Sr. Vicente recomienda a Luisa. Porque esa es la voluntad divina y ahí está una voluntad que no exige una labor de rebusca. Luisa lo sabe bien.

Por el contrario se preocupa de conocer lo que Dios quiere de un modo es­pecial de ella. Su futuro le produce ansiedad. Bien quisiera que su Padre espiri­tual le diese toda clase de precisiones a ese respecto. Pero con una firmeza fácil de percibir, el Sr. Vicente —que ya, adivinamos, espera el acontecimiento o los acontecimientos que le manifestarán lo que Dios espera de la mujer cuyo cuida­do le ha encomendado—, le ordena:

Espere siempre con paciencia la manifestación de su santa y adorable voluntad.

Y es ésta, en relación a Dios, la peculiarísima orientación hacia la que trata de enfilar el Padre espiritual a su hija: “La búsqueda y el cumplimiento de la voluntad divina”. Sucede a menudo que en las cartas que le escribe a Luisa du­rante esta primera etapa de sus comunes relaciones, el Sr. Vicente insiste sobre este punto. Así, en las líneas que Pedro Coste sitúa “entre 1626 y mayo de 1629”:

… porque estoy seguro de que V. quiere y no quiere lo mismo que Dios quiere y no quiere (SV I, 62) (CS I, 126).

Según eso, el padre afirma claramente a la hija que él debe ser para ella el intérprete de la voluntad divina. Por consiguiente, mientras espera la luz, que

se le dará cuando, como el Sr. Vicente le decía más arriba, la voluntad divina aparezca “evidente”, Luisa permanece tranquila:

… procure convencer a su corazón de que, si de veras honra la santa tranquilidad del de Nuestro Señor en su amor, le será agradable… (SV I, 31) (CS I, 101).

Pero el Sr. Vicente todavía exige más a su hija: La invita a perfeccionar la ca­lidad de su espera en la divina voluntad, viviéndola alegremente, gozosamente. Es una sugerencia sobre la que vuelve una y otra vez en las cartas, largas o cortas, que recibe Luisa:

Procure vivir contenta en medio de sus motivos de descontento, y honre siempre el no-hacer y el estado desconocido del Hijo de Dios. Allí está su centro y lo que El espera de V. para el presente y para el porvenir, por siempre. Si su divina Majestad no le hace conocer de una forma inequívoca que El quiere otra cosa de V., no piense ni ocupe su espíritu en esa otra cosa (SV I, 62) (CS I, 126).

Y este consejo, ya de por sí bastante seco, el Sr. Vicente lo remata todavía con una mayor sequedad:

Déjelo a mi cuenta: Yo pensaré en ello por los dos.

E incluso en la carta del 9 de febrero de 1628, Luisa puede leer:

… Consérvese alegre y en disposición de querer todo lo que Dios quiere. Y pues es su gusto que nos conservemos siempre en la santa alegría de su amor para ser algún día la misma cosa en El… (SV I, 39) (CS I, 108).

El Sr. Vicente no predica en el desierto: Ve los esfuerzos de Luisa de Marillac para vivir según las directrices que él le prodiga. Y a veces le expresa su satis­facción. Así, hacia el final de esta primera etapa, Luisa puede leer con alegría las siguientes líneas:

Mi querida hija, ¡cómo me consuelan su carta y los pensamientos en ella consignados! Realmente es preciso que le confiese que el sentimiento se ha extendido por todas las partes de mi alma, y con tanto mayor placer cuanto que esto me ha hecho ver que está V. en el estado que Dios le pide. ¡Animo!, continúe, mi querida hija, manteniéndose en esa buena disposición y deje obrar a Dios (SV I, 69) (CS I, 132).

Una notita de esa época acaba con estas palabras:

Por lo demás, tranquilícese respecto de su interior, que no deja de estar en la situación que es menester aunque no se lo parezca a V. así… (SV I, 70) (CS I, 133).

Y ese mismo billete comienza por estas líneas, que felicitan a Luisa y le expre­san la dicha de estar tan en conformidad con la voluntad de Dios:

Alabo a Dios, señorita, al verla tan resignada con la santa voluntad de Dios, y le ruego que V. y yo tengamos siempre un mismo querer y no-que­rer con El y en El, lo cual es ya un paraíso anticipado… (SV I, 70) (CS I, 133).

El Sr. Vicente comprueba, lo hemos visto, un progreso al término de esta pri­mera etapa; pero, con vistas al futuro, haría falta que el padre ayudara a la hija a vencer sus propias resistencias y a dominar los sobresaltos de su naturaleza impaciente por conocer la voluntad divina. Adivinamos esa lucha por lo que es­cribe Vicente:

Dios, hija mía, tiene grandes tesoros ocultos en su santa Providencia; y ¡cómo honran maravillosamente a Nuestro Señor los que la siguen y no se adelantan a ella! —Sí —me dirá—; pero es por Dios por quien yo me preocupo. No es por Dios por quien se preocupa si se apena en su servicio (SV I, 68) (CS I, 131).

Y ¡cuidado que el padre conoce lindamente la forma de serenar a la hija!:

… Pero no crea que todo está perdido por esas pequeñas rebeldías que siente en su interior. A veces llueve con intensidad y truena aparatosamen­te: ¿es acaso el tiempo menos bueno por ello? Aunque las lágrimas de tris­teza inunden su corazón y los demonios truenen y hagan caer granizadas cuanto gusten, esté segura, mi querida hija, que no por ello es menos que­rida de Nuestro Señor. Viva, pues, contenta en su amor… (SV I, 71) (CS I, 134).

Quienquiera que lea las cartas que Luisa de Marillac escribió entre 1634 y 1660 —a saber, durante los años en los que fue la responsable de la joven Compañía de las Hijas de la Caridad— no podrá extrañarse de la frecuencia e insistencia con las que la Fundadora habla de la voluntad de Dios y del cuidado que se ha de poner en su cumplimiento. La orientación hacia la fidelidad a los deseos divi­nos, fidelidad hacia la que Vicente se esforzó en atraer a Luisa durante los pri­meros años de su marcha en común, obtuvo pleno éxito: Más que de una actitud de orientación, se trata de un estado de imantación en la que coloca a Luisa en su relación con la voluntad divina. Gracias a las directrices de Vicente y a su propia contemplación del ejemplo de Jesús, aprendió y comprendió ella que el amor a Dios no se realiza auténticamente si el o la que pretende abrasarse de semejante amor no se esfuerza, con valentía y perseverancia, en cumplir la voluntad de Dios, toda la voluntad de Dios.

Esa es la actitud esencial, fundamental. Es totalmente imposible, si uno no colabora con la gracia de Dios para desarrollar en sí mismo determinadas virtu­des. Por ello sorprende que en este período inicial de 1626-1629, el Sr. Vicente atraiga la atención de Luisa sobre virtudes que algún día figurarán entre las virtudes específicas de la Compañía de las Hijas de la Caridad: la humildad y la sencillez.

Si en la primera de las cartas recogidas por Pedro Coste y dirigidas a Luisa de Marillac, el Sr. Vicente lanza ya una llamada discreta a la práctica de la hu­mildad, en una segunda misiva, fechada en octubre de 1627, reúne, en un mismo objetivo, humildad y sencillez.

Sea fiel a su fiel amante, que es Nuestro Señor. Sea cada vez más hu­milde y sencilla (SV I, 30) (SC I, 100).

Es imperativo y sin comentario… Cuando se evoca el acento que durante los años de su dirección de las Sirvientas de los Pobres llega a poner Luisa sobre estas virtudes, y en especial sobre la humildad, según va uno leyendo el consejo de Vicente, percibe los primeros fulgores de un sol que amanece: Anuncian una luminosa invasión del cielo y de la tierra. Igualmente aquí, en la simple indicación que el Padre da a su hija en relación con el camino que debe seguir, va a llevar a Luisa a entregar cada vez más plenamente todo su ser a la invasión de la hu­mildad y de la sencillez. Sea cada vez más humilde y sencilla.

Porque desde que ha calibrado la medida del alma de Luisa de Marillac, Vi­cente de Paúl ha captado que debía orientarla hacia la más alta perfección. Le escribe —y no sin cierto humor— en una nota de esta primera etapa:

Por lo demás, yo sigo mejor, gracias a Dios. Todavía me queda alguna pequeña sensación de fiebre, pero va disminuyendo, mientras que aumenta el deseo de que sea V. muy santa (SV I, 70) (CS I, 133).

2. Orientación hacia los demás

Al dirigir a su hija hacia las cimas de la vida cristiana, el Sr. Vicente quiere desviarla de sí misma, hacerla salir de ella misma. Requiriéndola a una espera serena ante la divina voluntad en lo referente a su verdadera vocación, conoce bien la necesidad de usar medios concretos con el fin de que Luisa se evada del repliegue sobre sí misma en el que tienden a encerrarla las pruebas, de las que han sido tan pródigas sus primeros años sobre la tierra. Los medios en cuestión están todos ellos dirigidos hacia el pensamiento, la preocupación por el prójimo. Precisamente Vicente moviliza a Luisa para un primer servicio de caridad: Se es­fuerza en interesarla, de forma práctica, en su ministerio sacerdotal. De momento, dicho ministerio gira en torno a las misiones y a unas cofradías de la Caridad.

Su trabajo en la evangelización del campo es causa de sus ausencias, que con­tristan a Luisa. Leyendo lo que por entonces escribe a Luisa, se tiene la impre­sión de que el Sr. Vicente piensa en poder disminuir algo esta pena asociando a su hija al ministerio de evangelización al menos por el pensamiento y la oración.

Eso es lo que parece traslucir la primera carta que poseemos de Vicente a Luisa. Con uno de los cuatro sacerdotes que constituyen por aquel entonces, junto a él, la Congregación de la Misión —Antonio Portail, Luis Callon, Francisco du Coudray, Juan de la Salle—, el Sr. Vicente, en ese mes de octubre de 1626, predica la misión en Loisy-en-Brie, pequeña localidad del Mame. El día 30 escribe a Luisa:

Estamos aquí, en un lugar donde la tercera parte de los habitantes son herejes. Ruegue por nosotros, que tenemos gran necesidad de ello… (SV I, 26) (SC I, 97).

El 17 de enero de 1628, los misioneros están trabajando en Joigny, en tierras de Felipe-Manuel de Gondi, y en la carta que ese día dirige a Luisa, el Sr. Vicen­te escribe:

En este lugar tendremos todavía ocupación durante unas seis semanas; después de ello seré todo para V. y para la señorita du Fay… (SV I, 37) (CS I, 107).

A esta Isabel du Fay, el Sr. Vicente la había constituido, más o menos direc­tamente, en aliada de sus esfuerzos por liberar a Luisa de sí misma. Dos clases de circunstancias facilitaron esta especie de alianza: En primer lugar, la existencia entre Isabel y Luisa de una amistad, consecuencia de las relaciones familiares en­tre ambas (el tío paterno de Isabel, Renato Hennequin, estaba casado con María de Marillac, tía de Luisa); en segundo lugar, Isabel, cristiana fervorosa, desde los primeros tiempos aporta su ayuda financiera al Sr. Vicente. Tal generosidad ma­terial la consolaba algo, ya que no podía, debido a su estado de salud, participar con una mayor entrega en el ministerio caritativo del Sr. Vicente.

Este, el 9 de febrero de 1628, expone a Luisa su alegría por predicar la misión de Villecien, no lejos de Joigny, pero ya no en tierras del señor de Gondi, sino en las del “señor de Vincy”. Resulta que el “señor de Vincy” no es sino el hermano de Isabel du Fay, Antonio Hennequin, que un día ingresará en la Congregación de la Misión. En su carta a Luisa, el Sr. Vicente no tiene reparo en revelarle una distracción sufrida mientras estaba en el confesionario de la iglesia de Villecien:

… me parece, cuando confieso a estas buenas personas, que veo delante de mí, a su buena señorita (Du Fay), a la que tanto aman (SV I, 39) (SC I, 108).

Al intercalar de esta forma en la evocación de su actividad apostólica el pen­samiento de una de sus comunes amigas, el Sr. Vicente quiere interesar a Luisa en algo distinto de sus temores personales.

Cuando lo estima provechoso, el padre mantiene a la hija al corriente de ocupaciones distintas que las misiones. Así, en abril o mayo de 1629, cuando él menos lo espera, el Rvdo. P. de Gondi —el ex general de las Galeras había entrado en el Oratorio el 6 de abril de 1627— lo llama con urgencia a Montmirail. El señor Vicente dirige entonces a Luisa un billete cortito:

… Esto me impedirá quizá tener el honor de verla, ya que partiré ma­ñana por la mañana. ¿Le dice su corazón que venga, señorita? Si es así, ha­brá que partir el miércoles próximo en el coche de Chálons, en Champagne, donde se aloja el cardenal, frente a Saint-Nicolas-des-Champs, y tendremos la dicha de vernos en Montmirail (SV I, 72) (SC I, 135).

Estas líneas denotan en el Sr. Vicente una preocupación en hacer salir a Luisa de su ensimismamiento, y además dejan entrever el tono de las relaciones entre el padre y la hija. Pero no por ello nos estará prohibido pensar que en tal invi­tación a que vaya a Montmirail puede albergarse, por parte de Vicente, algún proyecto secreto. Fue escrita esta nota en la primavera del 29, precisamente en momento en que el Sr. Vicente lleva a su maduración un proyecto del que no ha dicho ni pío a Luisa, pero que lo piensa realizar bien pronto: Confiar a su hija la visita de las cofradías de la Caridad. Desde este punto de vista interpre­tativo, hará falta que Luisa vaya un día a Montmirail, allí donde el Sr. Vicente ha organizado su cuarta cofradía de la Caridad. Si ella acepta la invitación a via­jar que le ha dirigido ese día, Luisa tendrá la ventaja de conocer y asesorarse personalmente por él, por Vicente, uno de los campos de su futuro trabajo.

Como siempre, cuando se trata de emprender una gran obra, el Sr. Vicente no improvisa nada relativo al trabajo que va a confiar a su hija. En esta primera etapa —la de la orientación espiritual y apostólica de Luisa de Marillac—, su padre espiritual se contenta con interesarla, desde lejos, en las cofradías de la Caridad.

En las más o menos 17 cartas o billetes destinados a su hija, y que jalonan esta etapa inicial, hay una palabra que viene una y otra vez a la pluma del señor Vicente: Es la palabra “camisa”.

Así, una carta de octubre de 1627 pide a Luisa:

Me hará V. el favor … de enviar dos o tres camisas a la Srta. Lamy, en Gentilly, para la Caridad de aquella localidad.. (SV I, 30) (CS I, 100).

O bien, cierta vez que estaba en Verneuil, cerca de Creil, el Sr. Vicente, que estableció una cofradía de la Caridad en esta última localidad, pide, el 8 de octu­bre de 1627, a su hija que le haga llegar parte de cierta cantidad de dinero dona­do por Isabel du Fay. Le habla de las dificultades que halla en Verneuil:

… en donde encontramos muy grandes necesidades temporales junto con las espirituales, y la gran cantidad de hugonotes ricos que hay, que se sir­ven de algunos socorros que proporcionan a los pobres para corromperlos, en lo que hacen un daño indecible. Y sin transición alguna, añade Vicente: Envíeme, además, cuatro camisas… (SV I, 31) (CS I, 101).

En febrero de 1628, inmediatamente después de haber redactado la misiva para ella, el 9 del mismo mes escribe a Luisa:

Sirvan estas pocas líneas para agradecerle el envío de las doce camisas… (SV I, 40) (SC I, 109).

Estas camisas indudablemente debían ser, si no en su totalidad sí al menos en parte, el resultado del trabajo manual de Luisa. En su meticuloso “Reglamen­ to de vida en el mundo” (op. cit., pp. 887-890), había introducido el siguiente ar­tículo:

Procuraré no estar ociosa. Por ello, después de este semicuarto (sic) de hora —al mediodía hacía un ratito de oración para honrar la Encarnación del Verbo— me pondré a la obra, trabajando alegremente para la Iglesia, para los pobres, o bien para la utilidad de la casa, y el trabajo se prolon­gará hasta las cuatro (op. cit ., p. 888).

A este trabajo manual, ya orientado a los pobres, el Sr. Vicente, según acaba­mos de ver, le señala un fin más preciso: Sus beneficiarios serán los pobres de las cofradías de la Caridad. Está claro que el Fundador ha movilizado ya par­cialmente a su hija para el servicio de esas cofradías, que le van a acaparar aún más durante la segunda etapa de su preparación para la auténtica vocación.

Por otra parte, nos será lícito pensar que Luisa tendría en esta época algún compromiso personal en alguna de tales cofradías, por ejemplo en la que Isabel du Fay era, si no la fundadora, sí al menos la presidenta. A eso nos induce el último párrafo de la carta que el Sr. Vicente remite a Luisa, probablemente por el año 1627:

Y sobre el dinero de la Caridad de la Srta. du Fay, apruebo de buena gana el uso que V. desea hacer del mismo, y me parece bien la resolución que esas buenas jóvenes (los miembros de la cofradía) han tomado de po­nerlo todo en común… No dejaré de ofrecerlas mañana en mi misa a Nues­tro Señor (SV I, 34) (CS I, 103).

En esta iniciación de servir a los pobres, que tiende a ensanchar los hori­zontes de Luisa, el Sr. Vicente a su hija espiritual no le exige únicamente que sea proveedora de camisas: A veces le ofrece ocasiones para servicios bastante más delicados.

La Srta. du Fay había remitido al Sr. Vicente una suma de dinero bastante fuerte, pero no le había determinado claramente sus intenciones. Entonces le toca a Luisa el encargo de ir a preguntar a la generosa donante si aquel donativo de­bía mantenerse en reserva para ayudar a la evangelización de Poitou y de Cé­vennes (regiones pobladas de “hugonotes”), o si podría utilizarse en socorrer a los pobres de las zonas en las que trabajaban Vicente y sus misioneros (SV I, 30) (CS I, 100). La embajadora obtendría una respuesta satisfactoria: Isabel du Fay decidió que su donación sirviera, por el momento, para el socorro material de los pobres. ¡Inmediatamente, el Sr. Vicente, por entonces en Verneuil, pide a Luisa que le remita rápido cincuenta libras! (SV I, 31) (CS I, 101).

Enero de 1628. El Sr. Vicente está en Joigny. El 17 escribe a Luisa, y su hija puede leer en el tercer párrafo de la carta:

Dispóngase entre tanto a hacer un favor a dos jóvenes necesitadas que hemos creído conveniente que salgan de aquí y que le enviaremos dentro de unos ocho días, rogándole que las dirija a una persona honrada que las recomiende y les busque acomodo, si es que no conoce usted a alguna dama honrada que tuviere de ellas necesidad (SV I, 37) (CS I, 107).

¡Y ya tenemos a Luisa de Marillac convertida en una oficina de colocación, en agencia de empleo! En realidad va a ser algo menos… hasta cierto punto: El 9 de febrero siguiente, el Sr. Vicente le informa que una de las dos mucha­chas va a quedar en Joigny, donde ya ha encontrado trabajo. La otra se la en­vía a la Srta. du Fay, en la que confía plenamente. Pero Vicente dice a Luisa:

Quizá la citada señorita crea conveniente que se quede algunos días en su casa en espera de lo que se decida. Si así fuere, no dudo que su cari­dad la acogerá y que habrá visto con agrado que me haya tomado tal confianza (SV I, 39) (CS I, 108).

¡Ay, Sr. Vicente…! Esas últimas líneas ¿no os las habrá inspirado un cierto escrúpulo? ¡Haber procedido, en vuestra carta precedente, tan poco caballerosa­mente con Luisa de Marillac, obligándola a preocuparse, así, de golpe, de esas dos pueblerinas de Joigny! De hecho vais a comprobar, una vez más, que podéis contar con su caritativa disponibilidad: La Señorita, efectivamente, albergará en su casa la joven a la que nos referimos (SV I, 40) (CS I, 109).

Conclusión de esta primera etapa

Las líneas (citadas algo más arriba) de la carta que Vicente escribe el 9 de febrero de 1628, y que parecen (como también toda ella) como dictadas por algún escrúpulo o remordimiento, podrían, si cabe, dejarnos adivinar el tono de las relaciones entre el padre espiritual y su hija. El Sr. Vicente reconoce que “actúa con confianza” por lo que a ella respecta.

Lo que sucede es que entre estos dos seres existe ya una serena armonía, porque uno y otra desempeña plenamente el papel querido por el Señor, que fue quien presidió su primer encuentro. El, como sacerdote, pretende desplegar, bajo el poderoso soplo del amor de Dios y de los pobres, esta alma femenina que, hablando en cristiano, no es más que un capullo con su fragilidad amenaza­da por temores enemigos de su desarrollo. Ella, Luisa de Marillac, hasta enton­ces en el desamparo, se brinda ahora con avidez, pero no esforzadamente con éxito, al menos en sus comienzos, a la acción de ese sacerdote. Bien lo demues­tran ciertos pasajes de las dos únicas cartas de esta época que nos han llegado de ella, y en las que se dirige a su padre espiritual:

No acabo de salir de mis imperfecciones —escribe el 5 de junio de 1627—. Cuando deje de poner impedimentos a los efectos de las oraciones que espero de su caridad, creo que me iré enmendando (SV I, 29) (SC I, 99).

Y el 13 de enero de 1628:

Pues bien, mi queridísimo Padre, ofrezca mi voluntad a la misericordia divina, ya que quiero, mediante su santa gracia, convertirme y reconocerme verdaderamente, Padre, su humildísima sierva e indigna hija (SV I, 36) (CS I, 106).

En esta época, después de haber observado a Luisa y de haberla orientado a un amor equilibrado de Dios y a un cuidado del prójimo, y sobre todo del pró­jimo desgraciado, Vicente termina tratando con plena confianza a su hija. Confía en las posibilidades que ha descubierto en ella; cree en la generosidad que ofre­ce y ofrecerá a la gracia divina.

Esta confianza siembra y hace crecer en el corazón de Vicente un afecto pro­fundo por ella que cada vez va haciéndose más hija suya. Y el corazón del padre no se amilana cuando se abre en las cartas de esta época, con toda seguridad, para reportar el máximo alivio a su destinataria.

De los 17 breves textos que han alimentado nuestro estudio, el párrafo más apto para que se note el tono de afectuosa confianza con el que Vicente se diri­ge a Luisa lo hallamos en una carta que Pedro Coste coloca entre 1626 y mayo de 1629:

¿Qué le diré ahora de aquel a quien su corazón quiere tanto en Nuestro Señor? Va un poco mejor al parecer, aunque siempre con alguna pequeña impresión de sus escalofríos. Por lo demás, le han propuesto y le apremian a que marche a Forges (1) y que parta mañana, y el señor médico le acon­seja que aproveche la ocasión que ahora se ha presentado de ir en carroza. Ciertamente, mi querida hija, todo esto me afecta mucho más de lo que podría expresar: ¡Que se haga tanto por un pobre esqueleto! Pero si no lo hago se quejarán de mí nuestros padres (2), que me apremian mucho porque les han dicho que esas aguas minerales me vinieron muy bien otros años en semejantes enfermedades. En fin, me he propuesto dejar hacer en la forma que me parece que haría nuestro bienaventurado padre (3). Así pues, si me marcho le digo adiós, mi querida hija, y me encomiendo a sus oraciones y le ruego se mantenga como hasta ahora (4). No diga nada de esto a nadie, por favor, porque no sé si las cosas saldrán bien. Mi corazón no ha podido ocultárselo al suyo, ni tampoco a nuestra madre de Santa María (5), ni a la señorita du Fay (SV I, 63) (CS I, 126-127).

Así pues, al final de este primer período, a lo largo del cual se derrumbaron las primeras prevenciones para quedar remplazadas por una mutua confianza que se alimenta y embellece con una ternura recíproca, Luisa de Marillac, tal como nos lo avala el Sr. Vicente de Paúl, va a poder emprender una nueva e im­portante etapa en su caminar hacia lo que debía ser su verdadera misión en la tierra.

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