Vicente de Paúl: la fe que dio sentido a su vida. VII. Obrar según el Espíritu de Dios

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Jacques Delarue · Translator: Luis Huerga, C.M.. · Year of first publication: 1977.
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VII. Obrar según el Espíritu de Dios

Vincent-de-Paul-and-bible-alternateEl Señor Vicente creía en el diablo. Y aun hablaba de él más a menudo que del Espíritu Santo. Pero no debe dete­nerse uno en esta comprobación simplista, si uno quiere dar cuenta de su verdadero pensamiento.

Habla él constantemente de Dios, que nos ama con más ternura que un padre a su hijo. Refiérese sin cesar a Jesu­cristo, nuestro Salvador, al que no se cansa de contemplar y de imitar. Más aún, los interpela en toda ocasión, está en relación continua con ellos.

No he hallado en cambio caso alguno en el que se dirija de modo semejante al Espíritu Santo. Y en las 648 páginas de índices generales consagradas a la obra completa del Señor Vicente, el Señor Coste, que la ha estudiado, no halla sino dos referencias que indicar, capitales, es cierto. En rea­lidad, hemos tenido ya ocasión de comprobarlo, nuestro santo se refiere bastante a menudo al Espíritu Santo. Y so­bre todo evoca a menudo «el espíritu de Dios», «el espíritu de Nuestro Señor». Y es al conjunto de esas indicaciones adonde hay que aproximarse para ver más claramente quién era para él el Espíritu Santo. Descubriremos entonces por contraste al espíritu tentador que no cesa de intentar apar­tarnos de las miras del Espíritu de Dios.

El Espíritu Santo está difundido en todos los cristianos y en la Iglesia

Dos textos esenciales evocan ya la presencia y la acción del Espíritu Santo, primero en cada uno, luego en la Iglesia. Esos dos pasajes se hallan uno y otro en el comentario a las Reglas dadas a los sacerdotes de la Misión por el Señor Vicente poco antes de su muerte; tuvimos ya ocasión de citar este largo testamento espiritual.

Acaba de recordar las tareas de los sacerdotes y de los hermanos de su congregación, llamados unos y otros a con­tribuir, en la diversidad de sus tareas, a procurar la salvación del pobre pueblo mediante el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo.

«La Regla dice, pues, que, para hacer eso, lo mismo que para tender a la perfección, hay que revestirse de de Jesucristo. ¡Oh Salvador! ¡Oh Señores, qué asunto tan grave, revestirse de Jesucristo! Eso quiere decir que, para perfeccionaros y asistir útilmente a los pue­blos, para servir bien a los eclesiásticos, tenemos que trabajar por imitar la perfección de Jesucristo y es­forzarnos por llegar a ella. Eso dice también, que nada podemos ahí por nosotros mismos. Hay que llenarse y estar animado de este espíritu de Jesucristo. Para en­tender bien esto, hay que saber que su espíritu está di­fundido en todos los cristianos que viven según las nor­mas del cristianismo; las acciones y las obras de éstos están salpicadas del espíritu de Dios».

Este espíritu obra, pues, en el corazón de todos los cris­tianos, y no solamente en los que le están consagrados, como aquellos a los que aquí se dirige el Señor Vicente. Y lo que es más importante aún, es el modo de precisar él quién es este espíritu de Jesucristo» del que hablan las Reglas. Se trata del Espíritu Santo en persona.

«¿Cómo es ese espíritu que así se difunde? Cuando se dice: «El espíritu de Nuestro Señor está en tal persona o en tales acciones», ¿cómo se entiende eso? ¿Se di­funde en ellas el Espíritu Santo mismo? Sí, la persona del Espíritu Santo se difunde en los justos y habita per­sonalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo obra en alguien, ha de entenderse que este Espí­ritu mora en esa persona y le da las mismas inclinacio­nes y disposiciones que Jesucristo tenía en la tierra, y ellas le hacen obrar lo mismo, no digo con una perfec­ción igual, según la medida de los dones de ese divino Espíritu».

Y este espíritu de Nuestro Señor es el «espíritu de cari­dad perfecta» que le oímos describimos al comienzo del capítulo quinto.

El Señor Vicente vuelve sobre el Espíritu Santo un poco más adelante al comentar el pasaje «donde la Regla dice con Jesucristo: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura».

«Pero ¿qué es el Reino de Dios?».

A esta pregunta da una triple respuesta.

«1) Entiéndese por ello el imperio de Dios sobre to­das las criaturas, angélicas y humanas, animadas e in­animadas, sobre los condenados y los demonios; es dueño, señor y soberano de todas y de cada cosa».

Luego invita a reconocer el reino de Dios en la Iglesia, a la que preside el Espíritu Santo:

«2) En el gobierno de su Iglesia, compuesta de ele­gidos y de reprobados; Dios es su Rey; ha dado leyes a esa Iglesia; inspira a los que la gobiernan la buena dirección que le marcan; reina sobre los concilios canó­nicos y las santas asambleas que se tienen para el buen orden del Estado cristiano, y para eso preside allí cl Espíritu Santo. El es quien ha otorgado las luces di­fundidas por toda la tierra, las que han iluminado a los santos, ofuscado a los malvados, disipado las dudas, manifestado las verdades, descubierto los errores y mostrado las vías por las que la Iglesia en general y cada fiel en particular pudieron caminar con segu­ridad».

El reino está finalmente en la persona de los justos, en quienes nos decía hace un momento que habita personal­mente el Espíritu Santo.

«3) Reina de una manera especial sobre los justos, que le honran y le sirven; sobre las buenas almas que se dan a Dios, que no respiran sino a Dios; sobre los elegidos, que han de glorificarle eternamente. Sobre tales personas reina particularmente, por las virtudes que ejercitan y que han recibido de él. Es el Dios de las virtudes, y no hay una sola de ellas que no venga de él. Todas proceden de esta fuente infinita, que las envía a las almas escogidas, las cuales, siempre prestas a recibirlas, son siempre fieles en practicarlas. Así es como procuran el reino de Dios, y de esta manera rei­na Dios en ellas».

Este vínculo entre el reino de Dios y el Espíritu Santo, establecíalo ya el santo, lo hemos visto, en sus primeras car­tas a Luisa de Marillac:

«El reino de Dios es la paz del Espíritu Santo; reinará en vos si vuestro corazón está en paz».

Para Vicente, el Espíritu Santo es sobre todo el Espíritu misionero. «El Espíritu del Señor está sobre mí, él me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a procla­mar a los cautivos la liberación…». Esta palabra evangélica que abre la misión pública de Jesucristo en san Lucas, pudo recogerla a su vez san Vicente cuando, dejando el círculo de los grandes, decidió consagrarse a los pobres. Era un escán­dalo, de eso tenía él conciencia, ver tantos sacerdotes ocio­sos en las ciudades mientras el pobre pueblo de los campos se perdía en la ignorancia de las verdades necesarias para la salvación.

Hemos visto cómo un día, en los comienzos de su vida misionera, encuentra a un hereje, quien le pone esta obje­ción, a la que él es particularmente sensible: «Señor, me decís que el Espíritu Santo guía a la Iglesia de Roma, pero no puede creerlo, pues, de un lado se ve a los católicos del campo abandonados a pastores viciosos e ignorantes, no instruidos sobre sus deberes, sin que la mayoría de ellos sepa siquiera qué es la religión cristiana; y del otro, se ve a ciudades llenas de sacerdotes y de monjes que no hacen nada; en París puede que haya diez mil de éstos, que, sin embargo, dejan a la pobre gente del campo en esa ignoran­cia espantosa por la cual se pierde. ¿Y queréis persuadirme de que hay ahí dirección del Espíritu Santo? Jamás lo creería».

En un primer momento, el Señor Vicente intenta con­vencer a su interlocutor de que la realidad no es tan som­bría como él la pinta, y al mismo tiempo de que la imper­fección de los hombres no impide el que el Espíritu Santo guíe a la Iglesia:

«Que estaba mal informado de lo que hablaba, le dice; en muchas parroquias había buenos párrocos y buenos coadjutores; entre los eclesiásticos y los religiosos que abundan en las ciudades, los había que iban a catequi­zar y a predicar al campo; otros se aplicaban a rogar a Dios y a cantar sus alabanzas día y noche; otros se hacían de utilidad pública mediante los libros que es­cribían, por la doctrina que enseñaban y por los sa­cramentos que administraban; y si había algunos inú­tiles, que no cumplían debidamente con sus obligacio­nes, eran personas particulares, sujetas a fallos y que no son la Iglesia. Cuando se dice que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, se entiende en general, cuando está reunida en concilio, y, una vez más, en particular, cuando los fieles siguen las luces de la fe y las reglas de la justicia cristiana; pero en cuanto a los que se alejan de ello, resisten al Espíritu Santo, y, aunque sean miembros de la Iglesia, son sin embargo de aque­llos que viven según la carne, como dice san Pablo, y que morirán».

Esta argumentación no convence al buen hombre; pero éste será testigo un año más tarde de las actividades misio­neras del santo, y eso lo cambiará todo. No tenemos que asombrarnos. Comprobamos desde el principio que el credo del Señor Vicente no se traduce tanto en exposiciones doctrinales cuanto en lo que él era, en lo que vivía, lo que hacía. Su biógrafo Abelly nos refiere el acontecimiento tal como lo había oído de labios del Señor Vicente:

«El hereje asistió por curiosidad a los sermones y a las catequesis; vio el cuidado que se ponía en instruir a los que estaban en la ignorancia de las verdades nece­sarias para la salvación, la caridad en adaptarse a la flaqueza y lentitud de espíritu de los más rudos, y los efectos maravillosos que obraba el celo de los misio­neros en el corazón de los mayores pecadores. Lloran­do de emoción, fue en busca del santo y le dijo:

—Ahora es cuando veo que el Espíritu Santo guía a la Iglesia Romana, pues se cuida de la instrucción y de la salvación de los pobres aldeanos».

Y el Señor Vicente añadía después de este relato:

«¡Oh, qué dicha para nosotros los misioneros, demos­trar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como lo hacemos en la instrucción y santificación de los pobres!».

Hoy hallamos de nuevo, con una urgencia agudizada, la cuestión fundamental planteada por este relato. Nos la plantea la incredulidad. La plantea al conjunto de los cris­tianos. Así es como Francis Jeanson nos recuerda que nues­tra preocupación de diálogo ecuménico (progresivo sin duda en relación con los tiempos del Señor Vicente) debe estar abierto a todos los hombres y al mundo, con una atención privilegiada para aquellos a los que el santo llama los po­bres, y que Jeanson llama aquí los excluidos: «Para que el diálogo llegue a ser auténtico, hace falta que los interlocutores quieran que ese diálogo esté abierto a otros, quienes­quiera que sean, es decir, que pueda ponerse en tela de juicio por la intrusión de un tercero cualquiera, con la inclu­sión del tercero excluido: el Tercer Mundo, por ejemplo, y todos los Terceros Mundos del mundo. Hay que desconfiar de los idilios, de los diálogos demasiado fáciles, que corren el riesgo de no tener nada de diálogos». Estamos constan­temente amenazados, tentados a quedarnos entre nosotros, con gente que está de acuerdo en lo esencial, mientras que el Señor nos manda ir al mundo entero para proclamar el Evangelio a toda la creación, y el Espíritu Santo no cesa de recordar a la Iglesia el sentido de su misión: Me envió a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a proclamar a los cautivos la liberación.

Para acabar de ilustrar lo que el Señor Vicente creía sobre el Espíritu Santo, dejémosle que nos diga cómo con­templa él su divina Persona en el misterio de la Santísima Trinidad. Lo hace en una plática muy sencilla a las Hijas de la Caridad para exhortarlas a vivir en la unidad:

«Veis, hijas mías, así como Dios no es más que uno en sí mismo, y que en Dios hay tres personas, sin que el Padre sea mayor que el Hijo, ni el Hijo que el Es­píritu Santo, así las Hijas de la Caridad, aunque sean muchas, no tendrán nunca más que un corazón y un espíritu; y, al igual también que en las Personas de la Santísima Trinidad, las acciones, aunque diversas y atribuibles a cada una de ellas en particular, dicen re­lación la una a la otra, sin que, por atribuir la sabidu­ría al Hijo y la bondad al Espíritu Santo, se entienda que el Padre esté privado de esos dos atributos, ni que la tercera Persona carezca del poder del Padre, ni de la sabiduría del Hijo; de igual modo hace falta que entre las Hijas de la Caridad, la que sea de los pobres tenga relación con la que sea de los niños, y la de los niños con la de los pobres. Y quisiera yo además que nuestras hermanas se asemejasen a la Santísima Trini­dad en esto, en que, como el Padre se da todo al Hijo, y el Hijo todo al Padre, de lo cual procede el Espíritu Santo, de ese mismo modo sean ellas la una toda de la otra, para producir las obras de caridad que se atri­buyen al Espíritu Santo, para que se parezcan a la Santísima Trinidad. Pues, veis, hijas mías, quien dice caridad, dice Dios; sois Hijas de la Caridad; debéis, pues, en la medida de lo posible, formaros a imagen de Dios».

El diablo propone el mal bajo capa de bien

El Señor Vicente creía en el diablo, y habla de los de­monios con la misma sencillez que el Evangelio, el cual re­conocía su influencia, no sólo en los casos de clara posesión, sino en diversas enfermedades. Expresábase a este respecto en función de los conocimientos médicos de su tiempo, y el resultado no está exento de pintoresquismo. He aquí, por ejemplo, la advertencia que dirige a las Hijas de la Caridad, propensas a dormirse durante el tiempo de la oración, muy de madrugada, es cierto:

«El diablo hace cuanto puede para impedir que haga­mos oración, pues sabe bien que, si es el primero en llenar de pensamientos frívolos nuestro espíritu, será el amo de éste todo el día».

Por eso, lo hemos visto, aunque admite que una urgen­cia puede impedir se comience el día por la oración y fuerce a posponerla, añade:

«que ocurra lo más raramente posible».

En cuanto a las que se quejan de sueño en la oración, ve en ello una tentación:

«Hay que estar muy en guardia contra esta tentación, pues ordinariamente lo es».

Cierto, puede haber causas naturales:

«El sueño puede, es verdad, estar motivado por una mala noche, o por el demasiado trabajo del día ante­rior. Pero eso es excepcional».

Añade en efecto:

«Sabéis bien que hay un diablo cuya ocupación consis­te en adormecer a las personas que oran. Turba los humores del cuerpo de tal manera, que éstos mandan a la cabeza vapores que adormecen».

Pero no se detiene en esta explicación digna de Monsieur Purgon1, sino que como remedio de ello da consejos de simple buen sentido:

«Si dormirse en la oración se convirtiese en costumbre, habría que ponerse en pie para desacostumbrarse, besar la tierra, o renovar cada poco la atención, pues, de no ponérsele remedio, este mal hábito se manifiesta todos los días».

Un diablo encargado de adormecer a las personas que oran… Un mal hábito… El resultado de una fatiga exce­siva o de una mala noche… Diferentes causas pueden pro­ducir el mismo resultado. Pero, en definitiva, el Señor Vicen­te piensa que hace falta buscar antes del lado de las causas naturales y poner remedio.

Bien se echa de ver en los sabios consejos que da a una familia turbada por «ruidos subterráneos y reiterados que oye todas las noches». No excluye indudablemente los fenó­menos extraordinarios, como había de experimentarlos mas tarde el cura de Ars, caso en el que admitiría se recurriese

«a las bendiciones que la Iglesia permite para seme­jantes vejámenes».

Pero no es ahí donde hay que comenzar:

«Cercioraos antes de que ese ruido extraordinario no viene de los hombres».

Emite varias hipótesis: una broma de mal gusto… o acu­ñación de moneda falsa:

«La primera idea que sobre ello se me ha ocurrido, es que alguien hace ese ruido por chanza y para burlarse de vuestro asombro, o con objeto de quitaros la tran­quilidad y el reposo, y a fin de que dejéis la casa. Si se hace por chanza, no se interrumpirá, una vez se sepa el susto que os causa».

En cuanto a la segunda hipótesis,

«si es con un mal fin, o que se trabaja en alguna fabri­cación prohibida, como es la acuñación de moneda, según alguno se lo ha figurado, puede que desistan cuando oigan que se habla públicamente del ruido sordo que se nota de noche, pues temerán ser descu­biertos del todo, e irán a algún otro sitio».

Reitera su advertencia a los que se imaginan demasiado fácilmente que pueda ser «algún espíritu travieso o maligno» el que hace ese ruido para turbarles:

«Ojo, por favor, no vaya a ser algún artilugio hu­mano».

Y les invita por fin a estar en paz:

«Por lo demás, de dondequiera venga ese ruido y ocu­rra lo que ocurra, no hay que apurarse, sino estad en paz, despreciando todo eso; no experimentaréis ningún mal, si Dios no lo quiere; y si lo quiere, será en orden a un bien, pues en eso se convierte siempre todo en quienes le sirven».

No son, pues, los extraordinarios fenómenos exteriores, lo que el Señor Vicente teme del diablo, sino, más sutil y peligrosamente, las tentaciones que puede hacer brotar en el fondo de los corazones, tanto más cuanto que, según ex­plica a las Hijas de la Caridad, presenta el mal bajo capa de bien.

«Mis queridas hermanas, para saber lo que no es sino tentación, hay que prestar atención a su contrario, que es la inspiración. La tentación es un movimiento que nos lleva al mal, y la inspiración es otro movimiento que nos lleva al bien. El diablo nos lleva al mal por la tentación, y Dios nos lleva al bien por la inspira­ción. Ahora bien, mis queridas hermanas, es propio de Dios llevar siempre al bien, y propio del diablo lle­var al mal, lo mismo que de la carne y del mundo. A veces el diablo presenta el mal abiertamente; pero de ordinario lo presenta bajo capa de bien».

El tentador no carece, por lo demás, de recursos para lograr sus fines:

«Presenta el objeto como muy agradable y útil; le pone salsa para hacer que guste; si ve que no se accede a su propuesta, que se resiste a esta primera tentación, cam­biará de salsa».

No vayamos a figurarnos por eso que, para el Señor Vicente, estamos expuestos a dos poderes iguales que nos reclaman, a dos espíritus, el bueno y el malo. No hay medida común al Espíritu de Dios y al tentador. Este es ciertamente hábil, y nunca ceja, pero no tendrá en nosotros más influen­cia que la que le dejemos. Lo explica el santo claramente a sus hijas, después de indicarles algunos medios para resis­tir a él:

«Pero ¿hay que ceder? ¿Qué medios hay para no con­sentir en las tentaciones? Hermanas mías, el primer medio es que os acordéis de ello cuando recéis el Pa­dre nuestro; el segundo es que os acordéis bien de las tentaciones de que se sirve el diablo para tentar a las Hijas de la Caridad; el tercero, mis queridas hermanas, es acudir a Dios, pedirle su ayuda para no consentir en la tentación, y decir: Oh Dios mío, ¿sufrís en mí una tentación semejante? Y si continúa, comenzar de nuevo a rezar, y decírselo a la Señorita, al Señor Por­tail y a mí. Veis, mis queridas hermanas, a una herma­na fiel en descubrirse a sus superiores, no podrá nun­ca engañarla el diablo.

Si la tentación continúa tras haber hecho todo eso, no os extrañéis, pues dice Dios que todos cuantos quie­ren vivir santamente serán tentados. Ruego a Nuestro Señor nos dé la gracia de hacer buen uso de todo esto, y sobre todo de conocer bien las tretas del espíritu ma­ligno, y de resisitir de la forma que se ha dicho y de acordarnos de que el diablo puede ciertamente ten­tarnos, pero, sin nuestra voluntad, no nos arrastrará al mal».

«De ordinario, el diablo presenta el mal bajo capa de bien».

El Señor Vicente ilustra en diversas ocasiones esta con­vicción con ejemplos concretos.

En la tendencia que tienen ciertos hombres de acción a emprender, bajo pretexto de celo, más tareas de las que pueden llevar a cabo, reconoce él la acción perniciosa del tentador que intenta derribar, o por lo menos rechazar; y he aquí cómo se lo advierte a un obispo:

«El espíritu maligno, que prevee la gloria que Dios va a obtener de vuestra preciada conservación, pide nada más veros emprender demasiado al comienzo, para ver bien presto cómo se os derriba. Y aun cuando Vuestra Grandeza tuviese fuerzas corporales suficien­tes para continuar el trabajo comenzado, tendría su­ficiente malicia para servirse de este mismo trabajo con el fin de cansar vuestro espíritu, sabiendo bien que, ha­biéndolo una vez apartado de vuestras santas aplica­ciones, le haría mirar otras más agradables y menos útiles, mientras que, si aceptáis con calma pasar nece­sidad, extenderéis a lo largo y a lo ancho los frutos de vuestras funciones apostólicas».

Del mismo modo puede provenir de la sutil influencia de este maestro en «ilusiones» que es el tentador, una cierta búsqueda de eficacia y de éxito demasiado humanos, bajo pretexto de procurar una mayor gloria a Dios. Se está tan­to más expuesto a ello, cuanto más se quiere seguir a Je­sucristo:

«El demonio trabaja poco por atraer a su lado a las personas del mundo. Está en poder de ellas. Pero en cuanto a las que se han retirado del mundo para vivir con Jesucristo, esas están más sujetas a ilusiones».

El Señor Vicente se lo advierte a los sacerdotes de la Misión haciéndoles notar que,

«mientras Nuestro Señor se relacionó con la gente y se mantuvo en recogimiento con su Padre, no fue tenta­do; pero al retirarse al desierto y entregarse a una pe­nitencia que aún no había practicado, entonces fue cuando le tentó el espíritu maligno y tuvo la osadía de tentarles tres veces sucesivas».

También nosotros somos blanco de los artificios del ten­tador,

«estamos más expuestos a las ilusiones que las perso­nas del mundo»,

añade. La tentación mira siempre a inducir a error:

«¿Queréis saber lo que es el espíritu maligno en rela­ción con nosotros? No es más que ilusión y engaño; nos persuade, ingenioso como es, de que seremos di­chosos si llegamos a tal cosa; hasta hace nos persua­damos de que interesa a la gloria de Dios salir con aplauso de la predicación, y que hay que señalarse en una provincia».

Puede que con más peligro aún, el diablo busque crear la división entre las personas, y hasta entre aquellas que están dedicadas a una misma tarea apostólica. El Señor Vi­cente pasó por esa experiencia en los primeros años de la congregación de la Misión. Uno de sus sacerdotes, dando crédito a chismes, tan a menudo acogidos con tanta facili­dad, sospecha que el santo proceda en relación con él por vías tortuosas; por fortuna no duda en descubrirse a él. En una respuesta llena de amistad, el Fundador le tranquiliza sobre su manera de obrar y le invita a desechar la tenta­ción:

«Sabéis que la bondad de vuestro corazón me ha da­do, a Dios gracias, la libertad de hablaros con toda confianza y sin ocultaros ni disimularos nada; y me parece que habéis creído saberlo hasta el presente por mi proceder para con vos. ¡Jesús, Dios mío; estaría yo reducido a tal desgracia, que tuviera que decir al­go en relación con vos contrario a la santa sencillez! ¡Oh, Dios me guarde, Señor; ni en relación con ningún otro! Es la virtud que más quiero y a la que presto más atención en mis acciones, me parece; y, si se me per­mite decirlo, diría que eso ocurre con cierto progreso, por la misericordia de Dios. En nombre de Dios, pa­drecito mío, rechazad esos pensamientos como tenta­ciones que el espíritu maligno pone en el vuestro y creed que mi corazón no es tanto mío como vuestro».

Cómo vencer la tentación

«El diablo puede tentarnos, pero sin nuestra voluntad, no nos arrastrará al mal».

Aunque el diablo es, en efecto, hábil, no es todopode­roso, no tiene sobre nosotros más poder que el que le con­cedemos dando entrada a la tentación; y para resistirle te­nemos la fuerza de Dios.

«En nombre de Dios, aguantad, escribe el Señor Vi­cente a un sacerdote, no rindáis armas; va en ello la gloria de Dios, la salvación tal vez de un millón de almas y la santificación de la vuestra. Recordad, Señor, que tenéis a Dios con vos, que combate con vos, que venceréis infaliblemente. El demonio puede ladrar pe­ro no morder; puede causaros temor, pero no mal; y eso os lo aseguro ante Dios, en presencia del cual os hablo. La confianza en Dios y la humildad os obten­drán la gracia necesaria para eso».

La humildad. Ella es para el santo, con la mansedumbre uno de los medios más seguros de deshacer las tretas del diablo: «La amargura nunca ha servido más que para amar­gar», escribe el santo a un predicador que, para salir al paso de las dificultades que hallaba, adoptaba un tenor arrogante:

«¡Ay, buen Dios! ¡Cómo vencer con el mismo espíritu a espíritus semejantes al que me describís! Si combati­mos al diablo por espíritu de orgullo y de suficiencia, no le venceremos jamás, pues tiene más orgullo y su­ficiencia que nosotros; pero si actuamos contra él con humildad, le venceremos, pues no tiene ese arma, ni se sabe defender contra ella».

«Si combatimos al diablo…». Hay que combatirlo, en efec­to, si no, se instala sutilmente, sin ruido, sin gran pecado, haciéndonos perder el gusto de buscar lo que Dios espera de nosotros e inmovilizándonos en la tibieza. Esa aparente tranquilidad es un estado temible. La tibieza es un estado de condenación:

«El cielo padece violencia, escribe el Señor Vicente a un seminarista mediocre, hay que combatir para ga­narlo, y combatir hasta el límite los sentimientos de la carne y de la sangre. Si lo hacéis, mi querido hermano, ya no seréis vos quien viva, sino que vivirá Jesucristo en vos».

El joven habíale manifestado sus dificultades en tomar a pecho las exigencias de su formación, esperando de él al­gún remedio:

«Deseo dároslo, mi querido hermano, y lo deseo tanto más cuanto que siento mucho vuestra pena, por la es­tima y afecto que siempre por vos tuve. Mas para curar vuestro mal, hay que conocerlo. Por mi parte, estimo que consiste en cierta languidez de la voluntad y pereza del espíritu para las cosas que Dios pide de vos.

No me asombro de eso, pues todos los hombres están naturalmente en ese estado. Y si me preguntáis: ¿de dónde proviene la diferencia entre unos, que son fer­vientes, y otros, que son laxos? Respondo que aquéllos pasan por encima de las repugnancias de la naturaleza, y éstos no se esfuerzan por superarlas; que los prime­ros están en paz, sin tener el corazón partido, por ha­bérselo dado todo a Dios, y que los segundos viven en la inquietud porque, queriendo amar a Dios, no dejan de amar otras cosas fuera de Dios; y esas cosas son las comodidades del cuerpo, que torna al alma pesada en la práctica de las virtudes. Eso es lo que engendra y nutre la pereza, que es el vicio de los eclesiásticos. Es el estado al que Dios tiene más horror. Sí, la tibie­za es un estado de condenación. ¡Oh mi querido her­mano, el gran motivo que tenemos para temblar vos y yo, sabiendo que es maldito de Dios aquel que hace la obra de Dios con negligencia!».

La palabra y la idea de la condenación vuelven una y otra vez en el Señor Vicente. Cree él que nos podemos per­der. En su incansable celo por llevar la Buena Nueva de Jesucristo al pobre pueblo del campo que no tiene idea de ella, existe el temor de verle perecer en la ignorancia de las verdades necesarias para su salvación. «El que crea se salvará». De ahí la vehemente lección dada al seminarista tan po­co celoso:

«Dios mío, ¡qué lección nos dais por los trabajadores del campo, los artesanos de las ciudades y los soldados que van a la guerra! Trabajan sin cesar y sufren por cosas que perecen con ellos; y nosotros, para salvarnos, para que Dios sea honrado y servido en la tierra y que la pasión de Jesucristo se aplique eficazmente a las almas que creó para el cielo, ¡no queremos tomarnos ninguna molestia ni vencer nuestras malas inclina­ciones! «.

Para avivar el celo de un predicador, más dado a com­placerse en trabajos de erudición indefinidamente prolonga­dos que a salir de misiones, evoca de manera dramática la llamada a la salvación de aquellas multitudes, ávidas, sin saberlo, de la palabra de la salvación:

«Representaos, pues, Señor, que hay millones de almas tendiéndoos las manos y diciéndoos: ¡Ay, Señor du Coudray, que desde toda la eternidad fuísteis escogido por la Providencia de Dios para ser nuestro segundo Redentor, tened piedad de nosotros, que expiramos en la ignorancia de las cosas necesarias para nuestra sal­vación y en los pecados que nunca hemos osado con­fesar, y que faltos de vuestro socorro, nos condenare­mos infaliblemente. Y escuchad, por favor, Señor, a mi corazón decir al vuestro que se siente urgido al máxi­mo por el deseo de ir a trabajar y a morir en Cévennes, donde el obispo pide ayuda, y dice que hay cantidad de aldeas en las que no hay sacerdotes ni iglesias, y que tal vez esperan su salvación de vos y de mí! ¡Ve­nid, pues, Señor, y no tardéis, por favor!».

Este es el corresponsal al que había argüido con la opi­nión de santo Tomás, según la cual, el que ignora el misterio de la Trinidad y el de la Encarnación y muere en ese estado, muere en estado de condenación.

«Eso, pues, me conmovió y conmueve aún tanto, que tengo miedo a condenarme yo mismo por no estar ocu­pado sin reposo en la instrucción del pobre pueblo. ¡Cuánto motivo de compasión! ¿Quién nos excusará ante Dios de la pérdida de un número tan grande de hombres como podrían salvarse por poco que se les socorriera?».

Y hemos visto de qué manera tan sencilla y concreta invitaba él a que se reconociera la bondad del Padre, a que se descubriera a Jesús Salvador, a que se dejara al Espíritu guiarle a uno.

Cuando habla aquí de su propia condenación, habla en serio, no exagera. Toma en serio a Dios y a la misión que de él ha recibido. Cree en el papel irremplazable que cada cual debe jugar en la misión que ha recibido. Si no hace­mos aquello para lo que Dios cuenta con nosotros, nadie lo hará. Dios no hará milagros para suplirnos:

«Hace mucha falta considerar esto, pues Dios nos des­tinó en tal tiempo para tales almas y no para otras. ¡Cómo!, hermanos míos, ¿qué responderemos ante Dios si, por culpa nuestra, llegase a morir alguna de esas almas y se perdiera? ¿No seríamos nosotros, por de­cirlo así, quienes la habríamos condenado? Pues, os pregunto, ¿quién respondería de esta alma? Tan verdad es como que estamos aquí que, a nuestra muerte, nos pedirá cuenta de ella. ¡Oh, lo dichosos que son quienes puedan decir a la hora de la muerte aquellas hermosas palabras de nuestro Señor: El Señor me envió a llevar la buena noticia a los pobres! ¡Pobres de nosotros, si nos relajamos en el desempeño de la obligación que tenemos de socorrer a las pobres almas! Pues para eso nos dimos a Dios, y Dios cuenta con nosotros».

El misionero mismo debe tomar en serio su propia salva­ción. También él está en peligro de condenarse, no sólo gi se hurta a su misión, sino aun cumpliendo con ella, si busca su propia ventaja y su propia gloria, y no la de Dios:

«¿Qué aprovechará, pues, al mayor predicador del mundo, dotado de los mayores talentos, el haber con­seguido que repercutan los aplausos a sus sermones en toda una provincia, y hasta de haber devuelto a Dios varios millares de almas, si, pese a todo ello, llega a perderse él mismo?».

Ya san Pablo temía hacerse réprobo mientras predicaba a los demás. Y el Señor Vicente evoca de grado el recuerdo de Judas:

«Humillaos mucho, Señor, viendo las gracias, más nu­merosas que las vuestras, que Judas recibió, gracias que tuvieron un efecto mayor que las vuestras, y cómo, así y todo se perdió».

La seriedad de estas advertencias no debe con todo ha­cernos creer en un fundamental pesimismo del santo.

«El diablo es muy sabio, pero nada de lo que dice creemos, pues no le amamos».

Amamos a Dios y nos esforzamos por realizar su obra; no hemos de extrañarnos, pues, de tener que batirnos con el tentador. El Señor Vicente no cesa de repetirlo a sus diver­sos corresponsales:

«Raramente se hace bien alguno sin pena; el diablo es demasiado sutil y el mundo está demasiado corrom­pido como para que uno y otro no intenten ahogar una buena obra ya en su cuna». «No me asombro de que seáis tentado, pues es lo propio de los que quieren servir a Dios».

Tampoco se asombra de que la tentación llegue a ter­minar en pecado; pero hay ahí más motivo de humillación que de desaliento:

«Véis, hay que esforzarse siempre por amar la abyec­ción, la confusión que nos sobreviene por nuestras fal­tas; hay que odiar y detestar el mal cuando conduce al pecado, y hacer lo posible para corregimos de él. Pero cuando se ha pecado, hay que querer la confusión que de ahí nos viene y aceptar de grado el que se nos des­precie por ello».

Y sobre todo, no hay que ver al diablo por doquier; pue­de que hayamos de contar con factores muy distintos en las dificultades con que tropezamos. En una carta al capellán de un hospital, quien no experimentaba gusto alguno por este austero ministerio, el Señor Vicente le ayuda a discurrir:

«El tedio que sentís en vuestro oficio puede venir de múltiples causas:

1) de la naturaleza, que se cansa de ver y hacer siem­pre las mismas cosas; y Dios lo permite para dar lugar a la práctica de dos hermosas virtudes, a saber, la per­severancia, que hace lleguemos hasta el fin, y la cons­tancia, que hace superemos las dificultades;

2) de la especie de ese quehacer, que es triste y que, al realizarlo alguien asimismo triste, produce disgusto, sobre todo cuando place a Dios quitar el consuelo in­terior y la suavidad íntima que tienen que sentir de vez en cuando los que sirven a los pobres;

3) del espíritu maligno que, para apartaros de los grandes bienes que obtenéis, os sugiere la aversión a ellos;

4) ese tedio puede finalmente provenir de Dios mis­mo; pues, para elevar un alma a una perfección sobe­rana, la hace pasar por la sequedad, las espinas, y los combates, y hace que se honre de esa manera la vida doliente de su Hijo, Señor Nuestro, el cual se vio en medio de diversas agonías y presa del abandono».

Concluye este lúcido análisis con una llamada vibrante a la perseverancia:

«¡Animo, Señor! daos a Dios y manifestadle que deseáis servirle de la manera que le sea más agradable. Se tra­ta de triunfar de vuestros enemigos: de la carne, que se opone al espíritu, y de Satán, que está celoso de vuestra dicha. Es la voluntad de Dios que perseveréis en la obra que os ha encomendado hacer».

En el corazón de la obra que Dios nos encomienda rea­lizar debemos, como Jesucristo, estar siempre dispuestos a encontrar la cruz, y a inquietarnos, si no la encontramos:

«Cuando nos conceda la gracia de hacernos padecer alguna persecución o algún mal por su nombre, her­manos míos, entonces seremos discípulos de Jesucristo. Y Dios quiere que yo, miserable, no sea del número de aquellos que buscan las dulzuras y los consuelos en el servicio a Jesucristo, en lugar de amar las tribulaciones y la cruz».

De donde esta interpelación sobrecogedora:

«¡Ah, Señor, quisiérais hallaros a gusto y libre de su­frimientos, pero ¿no valdría más tener un demonio en el cuerpo que estar sin cruz alguna?».

Si queremos dejarnos guiar por el espíritu de Dios, oiga­mos al santo recordarnos algunas reglas para recibir y reco­nocer ese espíritu:

La oración:

«Abandonarse a Dios, que habla en esas situaciones».

La mansedumbre:

«No es dado discernir las cosas más que a las almas que tienen mansedumbre».

La paz:

«El espíritu de Jesucristo es espíritu de unión y de paz».

«El espíritu de Dios no es violento ni tormentoso».

La disponibilidad:

«¡Oh señor, lo bueno que es no inmiscuirse más que en lo que nos está mandado! Dios está siempre allí dentro, y nunca o raramente en lo demás».

  1. Personaje de El enfermo fingido, de Moliére (N. del T.).

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