Vicente de Paúl: la fe que dio sentido a su vida. VI. Pobres instrumentos en manos de un excelente obrero

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Jacques Delarue · Translator: Luis Huerga, C.M.. · Year of first publication: 1977.
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VI. Pobres instrumentos en manos de un excelente obrero

Vincent-de-Paul-and-bible-alternateLa convicción profunda del Señor Vicente, tanto para consigo mismo como para con aquellos y aquellas a quienes tuvo ocasión de guiar e iluminar, es que Dios quiere servir­se de nosotros. El mejor empleo que podemos hacer de la existencia que nos ha dado, es dejarle disponer de nosotros a su albedrío. Esta convicción, la expresa él con la mayor frecuencia en función de la vocación sacerdotal o religiosa, pues es a los sacerdotes de la Misión y a las Hijas de la Caridad a quienes se dirige habitualmente en la mayoría de las cartas y de las pláticas que han llegado hasta nosotros. Pero puede y debe iluminar todos los caminos:

«Puede uno salvarse en cualquier vocación».

Resulta de ahí una admirable mezcla, singularmente equilibrada, de pesimismo y de optimismo; pesimismo a cau­sa de los límites y de las flaquezas de los seres pecadores que todos somos, el Señor Vicente el primero, como gusta de repetir, tratándose públicamente de «miserable»; opti­mismo a causa de Dios, que es capaz de lograrlo todo me­diante esos mismos límites, a condición de que aceptemos el ser accionados por él. De ahí que gane el optimismo:

«Debéis redoblar vuestra confianza en Nuestro Señor, no considerándoos más que como un pobre instru­mento, el cual, si no estuviese en manos de un obrero tan excelente, lo echaría todo a perder».

Pero para que así sea, son esenciales ciertas condiciones, que el santo incansablemente recuerda, al paso de los acon­tecimientos. La iniciativa corresponde a Dios; en cuanto a nosotros, no hemos de dejarnos guiar, ni por un espíritu de ambición, ni por un espíritu de defección. No debemos ade­lantarnos a Dios ni retroceder ante lo que pide de nosotros. En él encontramos fuerza y ternura:

«Dios no es variable». «Tiene cuidado de nosotros; no debemos sino abandonarnos enteramente a su guía, como lo hace un niñito al cuidado de su madre».

La iniciativa corresponde a Dios

La iniciativa corresponde a Dios, y es cosa suya el dis­poner de nosotros a su albedrío:

«Qué dicha, Señor, estar en los lugares donde Dios nos pone, y qué desgracia establecernos donde no nos llama».

Habría inconveniente en comportarse de otro modo, pues, entregados a nosotros mismos, ¿de qué somos ca­paces?

«¿Qué puede esperarse de la flaqueza del hombre, qué puede hacer la nada, el pecado?».

Pero si Dios dispone de nosotros, nada tenemos que temer:

«Animo, Señor, id y poned de vuestra parte lo que po­dáis, y Dios hará el resto».

Esta disponibilidad en efecto hace del hombre

«un instrumento muy propio para las obras de Dios».

Y muy normalmente

«Dios lo preferirá siempre a todos los demás obreros en los que no vea esta disposición e indiferencia para el cumplimiento de sus designios».

Dejémosle obrar conforme a su albedrío, que es siempre un albedrío de amor:

«Dios nos destinó en tal tiempo para tales almas y no para otras».

La historia personal del Señor Vicente ilustra de manera chocante las convicciones que él expresa. Al fin de su dolo­rosa prueba de fe, había hallado la paz comprometiéndose a consagrar su vida al servicio de los pobres. Guardó su pala­bra: multiplicó las iniciativas más diversas para remediar las innumerables miserias de los confusos tiempos en que vivía, y puso a trabajar a todo el mundo: hombres y mujeres, gran­des señoras y humildes campesinas.

Pero todo esto, hízose insensiblemente. Las grandes rea­lizaciones no comienzan, bien modestamente por lo demás, más que hacia la cuarentena. Vicente parece esperar siem­pre por la lección de los acontecimientos para ponerse en movimiento. A veces se impacienta: Bourdoise, vehemente reformador del clero, le tratará de «gallina mojada». No es sin embargo una prudencia del todo humana la que le hace circunspecto, sino una actitud de fe: antes de lanzarse a una obra, quiere cerciorarse de que es de él de quien Dios quie­re servirse para llevarla a cabo; él es instrumento, no quiere «adelantarse a la Providencia»:

«Esta lengua que os habla no pidió jamás cosa alguna de las que ahora posee la Compañía. Es la disposición en que estoy, y en la de dejar hacer a la Providencia de Dios».

Para comprenderlo, hay que oirle contarnos el origen de las principales fundaciones.

Primero las Hijas de la Caridad:

«La primera Caridad de señoras establecida en París por inspiración de Dios, es la de San Salvador».

Trátase de señoras de condición que el santo, según su costumbre, había puesto al servicio de los pobres, pero que tenían escasas aptitudes para el cuidado de los humildes.

«Por aquel tiempo tuvo una pobre chica de Suresnes la idea de instruir a los pobres. Había aprendido a leer mientras guardaba las vacas. Cuando supo, fue a vivir a cinco o seis leguas de París. Allá fuimos a dar la misión; se confesó conmigo y me comunicó su plan. Cuando hubimos establecido allí la Caridad, se aficio­nó tanto a ella, que me dijo:

—»Desearía mucho servir a los pobres de esta manera». «Por aquel tiempo, las Damas de la Caridad de San Salvador, como eran de condición, buscaban una chica que quisiera llevar la cazuela a los enfermos. Vino, pues, esta pobre chica a ver a la Señorita Legras, y se le preguntó lo que sabía, de dónde era, si quería servir a los pobres. Ella aceptó de grado.

Vino, pues, a San Salvador. Se le enseñó a administrar remedios y a prestar todos los servicios necesarios, y lo hizo con mucho éxito».

Así es como se dio comienzo a las Hijas de la Caridad.

«Ved, hermanas mías, cómo ocurrió eso. No se había pensado en ello. Así es como comienzan las obras de Dios; se hacen sin que se piense en ellas. Esta pobre chica se vio empujada por ese camino en su temprana edad. Quedamos tan contentos de ella, que admitimos a otras que vinieron a ofrecerse e hicieron otro tanto. He ahí, hermanas mías, cómo ha hecho Dios esta obra. La Señorita no pensaba en ella. El Señor Portail y yo no pensábamos en ella, ni menos aquella pobre chica. Ahora, hay que confesar, tal es la regla dada por san Agustín, que, cuando no se ve al autor de una obra, es Dios mismo quien la hace. Dios comenzó esta obra; es por tanto suya».

Fue en el marco de una misión, poco después de 1630, como nació esta obra. Habíale precedido en 1625 la fun­dación de la congregación de la Misión.

Ya ahí, como gustaba de recordarlo el Sañor Vicente al atardecer de su vida, habíanse hecho las cosas por sí mis­mas, «sin que se pensara en ellas». Todo comenzó en 1617. Es él entonces preceptor en la familia de los Gondi. Este ministerio, que parece restringir abusivamente su servicio sacerdotal, va a convertirse, por el contrario, en ocasión de que lo extienda. Cuando los Gondi van a sus mansiones de provincias, gusta Vicente de establecer contacto con los aldeanos, ya que se ha consagrado al servicio de los pobres. Un día se le llama para que vaya a confesar a un pobre hombre, enfermo de gravedad, que pasaba por hombre de bien; estaba sin embargo cargado de pecados que nunca se había atrevido a manifestar en la confesión; «él mismo lo declara a voz en cuello después» en presencia de la Señora de Gondi: «¡Señora! Me hubiese condenado sin esta confe­sión general por causa de varios pecados graves de los que nunca me había atrevido a confesarme». Ella se vuelve en­tonces a su capellán: «¡Ah!, ¡Señor! ¿Qué es eso? Lo mismo ocurre sin duda con la mayoría de la pobre gente. ¡Ah! ¡Se­ñor Vicente! ¡Cuántas almas se pierden! ¿Cómo remediar­lo?». Y, a petición de esta señora, el 25 de enero de 1617, predica «un sermón en la iglesia de Folleville exhortando a los vecinos a la confesión general». Lo que comienza aquel día, no cesará de desarrollarse:

«Dios bendijo tanto este sermón, que todos los vecinos del lugar hicieron a continuación confesión general, y en tal afluencia, que fue preciso que vinieran dos pa­dres jesuitas para ayudarme a confesar, predicar y cate­quizar; lo que fue causa de que se prosiguiera la misma práctica en las demás parroquias de las tierras de dicha señora durante varios años, la cual quiso finalmente sostener a algunos sacerdotes que continuasen misio­nando, y puso a disposición nuestra el colegio des Bons­Enfants, al cual nos retiramos el Señor Portail y yo, tomando con nosotros a otro sacerdote al que dábamos cincuenta escudos por año. Al salir, dábamos la llave a algún vecino, o le rogábamos fuese a pasar la noche en casa. A todo esto, no predicaba yo más que un úni­co sermón en todas partes, adaptándolo de mil ma­neras, que versaba sobre el temor de Dios».

El anciano en que para entonces se ha convertido, se asombra y maravilla:

«Eso es lo que hacíamos nosotros, mientras Dios hacia aquello que desde toda la eternidad tenía previsto. Ben­dijo no poco nuestros trabajos; visto lo cual, se nos juntaron algunos buenos eclesiásticos y pidieron estar con nosotros. ¡Oh Salvador! ¡Oh Salvador! ¿Quién hu­biese jamás pensado que aquello llegaría al estado en que ahora se encuentra? Si alguien entonces me lo hu­biese dicho, hubiese yo creído que se burlaba de mí, y sin embargo así era como quería Dios dar comienzo a lo que veis. ¡Bien, pues! Señores, hermanos, ¿llama­réis humano a aquello en lo que nunca nadie pensó? Pues ni yo ni el pobre Señor Portail pensábamos en ello; ¡qué habíamos de pensar, bien lejos estábamos de ello!

¿Habíamos pensado, por ejemplo, alguna vez en los mi­nisterios que la Compañía ejerce para con los ordenan-dos? Jamás se nos había pasado por las mientes. ¿Ha­bíamos jamás pensado en la cofradía de la Caridad? ¿Cómo llegamos a ocuparnos de los pobres niños aban­donados? No sé cómo se hizo todo eso; en cuanto a mí, no sabría decirlo. Ahí está el Señor Portail que puede seros testigo de cómo en nada pensábamos me­nos que en todo eso.

Y las prácticas de la Comunidad ¿cómo se introduje­ron? Lo mismo, poco a poco y sin que yo sepa cómo.

Las conferencias, por ejemplo; puede que sea ésta la última que os dé: no nos las figurábamos. Y la repe­tición de oración, cosa antes inaudita en la Iglesia de Dios, ¿cómo tuvimos esa idea? Tampoco lo sé. Eso se hizo todo como por sí mismo, poco a poco, lo uno después de lo otro».

No adelantarse a la Providencia

Es, pues, apoyándose en la experiencia de toda una vida vivida por Dios, como el Señor Vicente nos ilumina sobre la manera de hacernos nosotros también buenos instrumen­tos de Dios:

«El bien que Dios quiere, se hace como por sí mismo sin que se piense en él. Sed paciente más bien que agente, y Dios hará así por vos solo lo que los hombres juntos no podrían hacer sin él».

Hacer en el instante actual lo que Dios pide de nosotros en ese instante, sin pretender adelantársele; todo lo demás es afán perdido. No cesa de repetírselo a un corresponsal siempre demasiado presto a emprender algo:

«Creo que los asuntos de Dios se hacen poco a poco, y que su espíritu no es violento ni tormentoso». «En nombre de Dios, Señor, apartad de vuestros cuidados las cosas ausentes y remotas y que no os atañen. La gracia tiene sus momentos. Abandonémonos a la Pro­videncia de Dios y guardémonos mucho de adelantar­nos a ella».

Nueva insistencia ante una iniciativa a todas luces de­masiado humana:

«¡Oh, no, Señor, no hay que pensar en ello ni debéis ir tan de prisa! Las obras de Dios no avanzan de esa ma­nera, se hacen por sí mismas; y las que él no hace se acaban muy pronto».

Y todavía algunas semanas después:

«Ya os he dicho otras veces, Señor, que las cosas de Dios se hacen por sí mismas y que la verdadera sabidu­ría consiste en seguir a la Providencia paso a paso. Y convenceos de una máxima que parece paradójica, que en las cosas de Dios, el que se apresura retrocede».

No es sólo en la dirección de una vida donde hay que guardarse de tomar la delantera a la Providencia, es ya en la orientación primera de la propia existencia. Acordándose sin duda de las miras demasiado interesadas que habían mar­cado la orientación de su vida en un principio, el Señor Vi­cente da aquí consejos muy simples: ni ansiar ni desistir. Así podemos ser instrumentos en las manos de Dios. Estos consejos, los da él habitualmente para que iluminen una vo­cación sacerdotal o religiosa; se acomoda a la condición de aquellos a quienes se dirige. Pero es sin duda posible sacar de ahí provecho para iluminar modos de vida.

Ni ansiar

Entre las ansias que pueden determinar la orientación de una vida humana, las más frecuentes son el ansia de di­nero, el ansia de honores y el ansia de poder. Lo primero había contribuido a hacer de san Vicente un sacerdote, un buen sacerdote por lo demás, pero él se lo reprochó siem­pre. Vamos a verle apartar a un religioso del ansia de llegar a ser obispo, pues no piensa que el episcopado sea un honor, sino más bien un humilde y arduo servicio, y sobre todo porque piensa que no podrían asegurar con certeza una res­ponsabilidad semejante más que aquellos que son llamados a ella por Dios.

Formaba parte, entonces, el Señor Vicente del Consejo de Conciencia e incumbíale designar, cerca de la reina re­gente Ana de Austria, a los futuros obispos de Francia, para que Roma los eligiera. Desde ese puesto contribuyó indu­dablemente más que nadie a dotar a la Francia de su tiempo de obispos de calidad. Pero érale asimismo preciso apartar a los candidatos ambiciosos e incapaces. Hízolo con una mezcla de vigor y cortesía. Cuando se dirige a una tercera persona, no arregla sus expresiones. Así, cuando el obispo de Cahors se inquieta por un eventual nombramiento eno­joso en una diócesis vecina: «Se me dijo no ha mucho que os habíais opuesto con fuerza en el Consejo de Conciencia a que se nombrara obispo de Périgueux al abate del cual os escribí… No puedo concebir cómo es posible se piense en dar obispados a personas de esta clase, y un obispado de la importancia del de Périgueux, y en el estado en que está y sabiéndose bien, por haberse declarado tan a menudo, y la necesidad de proveer a él con un varón apostólico».

El candidato al episcopado se dirige en esta ocasión di­rectamente al Señor Vicente. Trátase de un religioso célebre por sus virtudes y sus sermones. Al solicitar un obispado, no tiene otra ambición, dice, que la de entregarse por más tiempo al bien de la Iglesia; el ayuno y las demás austerida­des de su Orden le extenúan; la dignidad episcopal, que le exhime de estas penitencias, permitirá que conserve sus fuer­zas. Lejos de dejarse captar por tales pretextos, el santo le responde con una suave y respetuosa ironía para devolverle a unas miras más conformes con lo que Dios espera de él:

«No dudo que, si vuestra reverencia fuese convocado por Dios a la prelatura, haría maravillas en ella; pero habiendo él dado a entender que os quiere en el cargo que ocupáis, por el buen éxito que ha dado a vuestros ministerios y a vuestros métodos, no hay indicio de que os quiera retirar de él; pues si la Providencia os llamase al episcopado, no se dirigiría a vos para ha­céroslo buscar; inspiraría más bien a aquellos en quie­nes reside el poder de nombrar para los cargos y digni­dades eclesiásticas, escogeros para ellos, sin hacer vos instancia alguna, y vuestra llamada sería entonces pu­ra y cierta; pero al brindaros vos mismo, parece que habría en ello algo que decir, y que no tendríais mo­tivo de esperar las bendiciones de Dios en un cambio semejante, que un alma verdaderamente humilde como la vuestra no puede desear ni promover».

Como conclusión le da un consejo muy sencillo para que cuide esa salud que le preocupa:

«Si me creyérais, dejaríais por algún tiempo los traba­jos de la predicación para que se restableciera vuestra salud».

Para el Señor Vicente, quien vaya a ser obispo, ha de ser un hombre apostólico. Es asunto de Dios proveer a ello por quienes tienen esa responsabilidad:

«No compete más que a Dios escoger a los que quiere llamar, y estamos ciertos de que un misionero dado por su mano paternal, hará él solo más bien que muchos otros que no tuvieran una vocación pura».

El Señor Vicente halla el ansia de poder hasta en la vida religiosa, entre los sacerdotes, que le manifiestan su deseo de verse nombrados superiores.

«En cuanto a decir que tenéis cierto apego al superio­rato, responde el Señor Vicente a uno de ellos, yo no osaría pensarlo».

Comienza por desengañarles de la ilusión que se escon­de tras una petición semejante:

«¡Ay! No es ese el medio de estar contento; los que están cargados de ese peso gimen bajo él, pues se sien­ten débiles para llevarlo y se creen incapaces de guiar a los demás. De otro lado, si alguien presumiese de lo contrario, haría gemir a sus inferiores, pues carecería de humildad y de otras gracias necesarias para servir­les de consuelo y de buen ejemplo».

El mismo invoca a menudo su propia experiencia de las dificultades de una responsabilidad semejante.

Dos argumentos, sin embargo, parécenle tener un peso mayor: el ansia de poder es incompatible con el espíritu del Evangelio, el cual invita a mirar el ejercicio de la autoridad como un humilde servicio; y sobre todo, si el Señor nos llama a una responsabilidad semejante, saberlo es la única cuestión definitiva:

«Sabéis, Señor, que los dones de Dios son diferentes y que él los imparte como bien le parece; hay quien es sabio y no sirve para gobernar; otro avanza hacia la santidad y no es apto para la dirección; y por consi­guiente es cosa de su divina Providencia llamarnos a los ministerios para los que nos ha dado algún talento, y no que nosotros nos irgamos con ellos».

Tanto más cuanto que nadie es el mejor juez en causa propia, y que otros están a menudo mejor situados para discernir nuestras aptitudes:

«Nuestro Señor, que había destinado a los Apóstoles para que fueran los jefes de todas las Iglesias del mun­do, díjoles que era él quien los había elegido; y en otra ocasión, viendo en ellos cierta emulación por la prima­cía, dioles este buen precepto, que el que quisiera ser el primero fuera el servidor de los demás, para ense­ñarnos que, por nosotros mismos, no debemos tender más que a la sumisión. Es también lo que nos enseñó con su ejemplo, habiendo venido para servir y tomado forma de siervo».

Si triunfa la ambición, son de temer las más graves con­secuencias:

«El hombre miserable que va contra esta regla, que­riéndose alzar sobre los demás, renuncia a las máximas del Hijo de Dios, toma otro partido y se entrega al orgullo, que es una fuente de desórdenes; y si llega a lo que pretende, si por desgracia su ambición le empuja hasta el superiorato, no hace sino mal… La experiencia que tenemos de estas verdades nos induce a guardarnos mucho de confiar la incumbencia principal de un ofi­cio a quien haya dado indicios de inclinación al poder».

Ni desistir

Ni ansiar ni desistir.

Quienes tienen una responsabilidad a la que han sido llamados por Dios, pueden inversamente verse tentados a re­tirarse de ella sin motivo proporcionado. Vemos al Señor Vicente emitir propuestas aparentemente inversas a aque­llas que dirigía a los ambiciosos. Le inspira en realidad la misma convicción fundamental: dejar que Dios se sirva de nosotros a su albedrío:

«Dios no es variable; quiere que cada cual se mantenga en el estado en que él le ha puesto; y quien lo abando­na no está en la certidumbre».

A un obispo que quería liberarse de su diócesis, por repugnarle las dificultades que en ella encontraba, le decla­ra con fuerza:

«Monseñor, no tenéis en vuestro episcopado más difi­cultades que las que san Pedro tenía en el suyo, y sin embargo, sostuvo su peso hasta la muerte; y ninguno de los Apóstoles dimitió de su apostolado ni dejó su ejercicio y sus fatigas más que para ir a recibir la coro­na en el cielo».

Por eso insiste:

«Plega a Dios, Monseñor, conservaros para el bien de vuestra diócesis, que he sabido teníais algún pensa­miento de abandonar. Mas si fuese digno de exponer el mío, me tomaría la libertad de deciros que me parece haréis bien dejando las cosas como están, por miedo a que Dios no haga sus cuentas en descargo vuestro. Pues ¿dónde encontraréis un hombre que dé los pasos que vos dais y que se aproxime a la forma en que vos os conducís? Si pudiese hallarse alguno, enhorabuena; pero no veo cómo pueda esperarse eso en los tiempos que corremos».

Esa misma argumentación es la que reitera a un párroco que pensaba abandonar su parroquia:

«¿Es hombre de bien aquel en quien deleguéis vuestro curato? Podrá él hacer en vuestra feligresía el bien que vos hacéis en ella? Comoquiera que sea, os ruego no os apresuréis; es asunto de mucha consideración; y os diría que me causaría pena el que tomáseis esa resolu­ción sin haber procurado se rogase a Dios por ella ni consultado al Señor Duval, o al Señor Coqueret, o a ambos; pues se trata de saber si Dios quiere que dejéis la esposa que tomásteis, o mejor dicho, que él mismo os dio.»

Ni ansiar ni desistir. Para entender bien los juicios del Señor Vicente, es sin duda bueno saber con quién se las ha uno, y no tomar palabras dirigidas a otros como si lo fueran a uno. Se notará por lo demás que, si es tajante en proscribir la ambición, mira de manera más matizada la eventuali­dad de una dimisión, deseando simplemente que la cosa se haga sin precipitación, previendo sus consecuencias y cer­ciorándose por la oración y los consejos de los sabios de que esa es por cierto la voluntad de Dios.

Así es como se comporta en su propia congregación. Y tenemos de él varias cartas sucesivas a un superior que pedía se le descargase de su responsabilidad. Primero le anima:

«Teniendo la llamada de Dios al superiorato que ejer­céis, debéis llevarlo con valentía y confiar en él en las dificultades; es lo que os ruego, en espera de que su divina bondad disponga otra cosa».

Idéntica exhortación ocho días más tarde:

«Las dificultades que halláis en esa dirección no indi­can que no sea buena; al contrario, Nuestro Señor quiere dar a entender que lo es, pues la somete a prue­ba. No es maravilla que una buena embarcación se conserve en la calma, ya que una mala tampoco ahí se iría a pique; pero se juzga de su calidad cuando se ex­pone a la borrasca y resiste la tempestad. Seríais dicho­so si nada hubiese que sufrir en vuestro superiorato, pero lo seréis aún más si permanecéis firme en medio de los vaivenes, por el amor de Nuestro Señor, que os lo encomendó; y si vuestra humildad os hace estimar que otro se defendería mejor que vos, vuestra caridad debe persuadiros de que os toca a vos sufrir esa pena, y no descargarla sobre otro. Os he rogado tengáis pa­ciencia, y os lo ruego de nuevo».

Al cabo de varios meses, el interesado vuelve a la carga, invocando un motivo de salud y aduciendo una prescripción médica:

«Mucho me consolaría descargaros de esa dirección, ya que lo deseáis; pero no puedo hacerlo sin causar gran perjuicio a la casa y a los asuntos a que atendéis. No hay que parar mientes demasiado en el consejo de los médicos, que tan complacientes son y no miran otro bien que el de la salud del cuerpo. Las enfermedades sobrevienen por doquier cuando Dios las envía, y no veo que, para evitarlas, los grandes del mundo dejen sus ciudades y sus provincias, ni más ni menos que los prelados sus diócesis, ni los sacerdotes sus beneficios. Por eso os ruego, Señor, en el nombre de Nuestro Se­ñor, tengáis paciencia al menos durante algún tiempo, sobre todo mientras no hayamos puesto algún orden en los asuntos de Berbería; y entonces, si lo queréis a toda costa, nos ocuparemos de enviar a alguien que os sustituya».

No lo hará más que pasados dos años.

El desistir puede asimismo ser un hecho colectivo, por ejemplo en una congregación. Notando cómo se acercaba su fin, teme el santo ese peligro en los que le sucedan:

«Yo no puedo durar mucho; muy pronto me iré, mi edad, mis achaques y las abominaciones de mi vida no permiten que Dios me sufra más sobre la tierra. Y puede que una vez muerto yo, vengan espíritus de con­tradicción y personas laxas que digan: ¿A qué objeto lastrarse con el cuidado de los hospitales? ¿Con qué medios asistir a tanta gente arruinada por las gue­rras e irla a ver a casa? ¿De qué sirve encargarse de tantos asuntos y de tantos pobres? ¿Para qué dirigir a las hermanas que cuidan a los enfermos, y para qué perder el tiempo entre dementes?».

A esos hay que resistirles. «¡Manteneos firmes!».

El mismo, al declinar su vida, teme dar un enojoso ejem­plo de semejante abdicación:

«¡Oh miserable, tú eres un viejo parecido a esa gente; las cosas pequeñas te parecen grandes, y las dificulta­des te cohiben! Sí, Señores, hasta la hora de levantarse me parece un grave asunto, y las menores cosas me parecen insuperables. Serán, pues, espíritus mezquinos, gente como yo, los que quieran recortar las prácticas y ocupaciones de la Compañía.

Démonos a Dios, Señores, para que nos conceda la gra­cia de mantenernos firmes. Aguantemos bien, herma­nos míos, aguantemos bien, por el amor de Dios; él será fiel a sus promesas; nunca nos abandonará mien­tras le estemos bien sujetos en el cumplimiento de sus designios. Mantengámonos dentro del cerco de nuestra vocación; trabajemos en hacernos interiores, en conce­bir grandes y santas aficiones en servicio de Dios; ha­gamos el bien que se nos brinde. No digo que haga falta ir hasta el infinito y abarcarlo todo indiferente­mente, sino lo que Dios nos haga saber que pide de nosotros. De él somos y no nuestros; si aumenta nues­tro trabajo aumentará asimismo nuestras fuerzas. ¡Oh Salvador! ¡Qué dicha!».

El Señor Vicente no debía morir sino dos años más tarde. Está íntegramente en este testamento espiritual. Lo que entonces apareció como un exceso de prudencia, se ma­nifiesta hoy como un celo que nada podría detener. La regla permanece idéntica: hacer lo que Dios espera de nosotros. Y asimismo la justa medida: no se trata de llegar al infinito. Pero sabe ahora que, si es relativamente fácil comenzar con un hermoso ardor, mucho más difícil es perseverar, sobre todo cuando, como es de esperar al consagrarse uno a la obra de Dios, encuentra uno la cruz. Para él, saberse ins­trumento de Dios, es confiar plenamente en él, cualesquiera que sean las dificultades de la empresa a la que nos aplica.

«Aguantemos, hermanos míos, aguantemos, por el amor de Dios»

Esta confianza, la inculca él incansablemente desde el comienzo en la que será su principal colaboradora, Luisa de Marillac. Primeramente, en esa carta de 1630, en la que indudablemente la ayuda a mirar a su vocación:

«Descargad vuestro espíritu de todo cuanto os causa pena, Dios cuidará de ello. No podríais apresuraros en eso sin contristar (por decirlo así) el corazón de Dios, pues ve que no le honráis lo bastante por la santa confianza. Fiaos de él os lo suplico, y tendréis el cum­plimiento de lo que vuestro corazón desea».

Comprueba a la vez una premura demasiado humana y una cierta inquietud; a una y otra cosa pone remedio con este sencillo consejo: fiaos de Dios.

Uno o dos años después comienza a confiarle las prime­ras campesinas que van a convertirse en Hijas de la Caridad. La afianza en esa misma actitud:

«Por lo demás, os ruego una vez por todas, no penséis en ello hasta que Nuestro Señor no demuestre que lo desea. Queréis convertiros en la servidora de esas po­bres chicas, y Dios quiere que lo seáis de él, y puede que de más gente de la que de esta forma lo fuérais; y aunque lo fuérais sólo de él, ¿no es bastante para Dios que vuestro corazón honre la tranquilidad del de Nuestro Señor? Así hará lo propio y estará en estado de servir. El reino de Dios es la paz en el Espíritu Santo; y reinará en vos si vuestro corazón está en paz. Estadlo, pues, Señorita, y honraréis soberanamente al Dios de paz y de dilección.

Se recomienda a vuestras oraciones y os da las bue­nas tardes con gran ternura de su corazón vuestro ser­vidor en el amor de Nuestro Señor Jesucristo».

A lo largo de los años, según las ocasiones, sobre todo en aquellos comienzos llenos de esperanza y de incertidum­bres, hácela él crecer en la sencillez y el abandono:

«Reflexionáis demasiado sobre vos mima. Hay que ca­minar buena y sencillamente».

Pero las arengas prevalecen sobre los reproches:

«Señorita, bendito sea Dios, pues su bondad os afianza más y más en su amor y en el cumplimiento de su voluntad; pero, por el amor de Dios, Señorita, enferma no os pongáis en camino para hacer ese recorrido que me notificáis. Hay que dar lugar a la enfermedad como a un estado muy divino. Es cierto que Nuestro Señor os ayuda de una manera especial. Paréceme que sois suicida por el poco cuidado que de vos misma te­néis. Estad bien alegre, os lo suplico. ¡Oh, el gran mo­tivo que para ello tienen las personas de buena vo­luntad!».

Aunque le recomienda a veces amar su indigencia y es­tar tranquila en honor a Nuestro Señor, que es la tranquili­dad misma, sabe también felicitarla e invitarla a la perse­verancia:

«Señorita, Dios mío, sois una mujer muy buena si ha­béis hecho todo eso que me notificáis. Pero ánimo, no podéis demoraros en un camino tan hermoso».

Dios no es variable. El Señor Vicente tampoco. Si los consejos que da a Luisa de Marillac en la época en que fundaba las Hijas de la Caridad se ponen junto a la con­ferencia que da a estas últimas al atardecer de su vida, se apercibe uno de ello; no va a vivir sino dos años; a ellas, co­mo a los sacerdotes de la Misión, les deja su testamento es­piritual; el tono es aquí más sereno, la confianza prevalece en una humilde conciencia de los límites que imponemos a todo lo que emprendemos por el amor de Dios.

«¡Oh Salvador!, ¿quiénes somos, que os dignáis servi­ros de nosotras? ¡Pobres chicas, que son la barredura del mundo! ¿No es cierto, hermanas mías? ¿Hay chicas de alta condición entre vosotras? La mayoría son hijas de labriegos o de artesanos; y si hay alguna nobleza, es rara.. ¡Oh! ¡Bendito sea Dios si, a esta hora, hay al­guna de la ciudad! Procedéis de pobre gente, de ma­nera que hay gran motivo de admiración en ver que desde toda la eternidad haya Dios pensado en hacer lo que vemos, como si hubiese dicho: «Quiero hacerme una Compañía de pobres doncellas y de viudas, que será pedida de todos lados». Oh hijas mías, si no re­currís a la confianza en la Providencia, ¿qué haréis? Pues estando las cosas como acabamos de decir, bien veis que no sois capaces por vosotras mismas de cosas tan grandes. Pobres muchachas que en su mayoría no saben leer, ¡qué harán, si no se confían a la Providen­cia! ¡Oh, qué motivo para dar gracias a Dios por ha­beros puesto en esta Compañía!

Así es como se inició la Iglesia. Los Apóstoles eran todos pobres hombres, no sabían nada, andaban des­calzos, no llevaban bastón. Y sin embargo, ¡qué no hi­cieron con la gracia que Nuestro Señor les dio! Convir­tieron a todo el mundo. ¡Qué gracia, hijas mías, que haya Dios querido tomar ese mismo material, del cual se sirvió para salvar a todo el mundo, para formar vuestra Compañía!

Estad prestas a hacer todo lo que quiere que hagáis. Pero nada pretendáis, ni estar en esta casa, ni en esta parroquia, ni en el campo, ni os informéis de adónde se os va a enviar. Creed que en todas partes Dios tendrá cuidado de vosotras».

En estas pláticas que el Señor Vicente, cercano a su fin, dejaba a guisa de testamento espiritual a los sacerdotes de la Misión y a las Hijas de la Caridad, comentaba las Reglas que les había dado.

Aun cuando no estemos llamados a vivir bajo unas Re­glas semejantes, en la diversidad de nuestras situaciones en el mundo, no podemos sino ganar sometiendo a prueba los principios tan sencillos que aquí da el Señor Vicente. En ellos haremos la experiencia de Dios. Pero nuestra dificultad para dejar obrar a Dios viene a menudo de que nos cuesta reconocer lo que espera de nosotros. Para eso es necesario, según una expresión cara a san Ignacio de Loyola, aprender a discernir espíritus.

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