Vicente de Paúl: La Circunstancia Histórica

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de Paúl1 Comment

CRÉDITOS
Autor: José María Román, C.M. · Año publicación original: 1982 · Fuente: Congreso Nacional Vicenciano, Abril de 1982.
Tiempo de lectura estimado:

Se abre este Congreso Vicenciano con una ojeada pano­rámica al tiempo que le tocó vivir a Vicente de Paúl o, dicho de otra manera, a su circunstancia histórica. Nada más justo.

Todo hombre, se ha dicho, es hijo de su tiempo. Es una verdad a medias: los grandes hombres son aquellos que logran transformar el mundo en que han nacido y, en ese sentido, son también «padres» de su tiempo. Una figura de esas dimensiones fue Vicente de Paúl.

En todo caso, es evidente que para entender de verdad a un personaje es indispensable conocer las circunstancias de todo orden —geográficas, políticas, sociales, religiosas, económicas, culturales— en que se desenvuelve su vida. Cir­cunstancias que, unas veces, favorecen y otras dificultan el desarrollo de su vocación pero que, en cualquier caso, la condicionan, pues a ellas tiene que adaptarse, ya para apro­vecharlas, ya para luchar contra ellas y superarlas.

I. La circunstancia cronológica

En términos cronológicos está claro que la circunstancia histórica en que se desarrolla la vida de Vicente de Paúl es el siglo XVII francés, pues Vicente, nacido en 1581 —o 1580, que para el caso tiene poca importancia— muere en 1660.

Ahora bien, el siglo XVII es el siglo de oro de la historia francesa o, como prefieren los franceses, el «gran siglo», hasta el punto que la biografía más importante de San Vi­cente de Paúl, la de Pedro Coste, pudo subtitularse «El gran santo del gran siglo».

Una gran figura de la cultura francesa, aunque no así de la cultura cristiana, el filósofo Voltaire, que además de filó­sofo era historiador, llama al siglo XVII el siglo de Luis XIV. Tiene razón, porque puede verse todo el siglo XVII como la preparación y el despliegue de lo que fue el reinado del rey Sol.

De otra parte, un ilustre historiador de la Iglesia, Daniel­Rops, llama al siglo XVII «el gran siglo de las almas». Tiene razón también, desde el punto de vista francés, ya que en el siglo XVII se dan cita espíritus tan altos como San Francisco de Sales, Santa Juana Francisca Frémiot de Chantal, San Juan Eudes, San Juan Francisco Régis, San Pedro Fourier (aunque éste no era francés, sino lorenés), San Juan Bautista de la Salle, el Beato Alano de Solminihac, la Beata María de la Encarnación y, por supuesto, San Vicente de Paúl y Santa Luisa de la Marillac, además de otros espíritus que no han alcanzado la gloria de los altares: Pedro de Bérulle, Madame Acarie, la Madre Angélica, el abad de Saint Cyran y un largo etcétera.

Para nosotros los españoles, por el contrario el gran siglo de las almas es más bien el siglo XVI, en el que se reúnen las magnas figuras San Pedro de Alcántara, Santa Te­resa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Juan de Avila, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Francisco de Borja… por citar sólo las cimas.

II. La circunstancia política

Políticamente, el siglo XVII francés puede considerarse dividido en dos grandes épocas:

  1. Una etapa ascensional, es decir, de cimentación y creación de la grandeza francesa y su hegemonía europea, que comprende desde 1589 a 1661, es decir, que coincide con casi total exactitud con la vida de San Vicente de Paúl. En ella se desarrollan los reinados de Enrique IV (1589-1610), Luis XIII (1610-1643) y la minoría de Luis XIV, bajo el gobierno de su madre, la española Ana de Austria y del Cardenal Mazarino (1643-1661).
  2. Una etapa de plenitud, que abarca todo el reinado personal de Luis XIV (1661-1715) y que, a nosotros, nos inte­resa menos, por ser posterior a San Vicente, aunque hay que considerarla, en todos los órdenes, como resultado y pro­ducto de la época anterior.

¿En qué medida afectaron a Vicente de Paúl las circuns­tancias políticas en que le tocó vivir?

Apresurémonos a decir que San Vicente no fue nunca un político, si por político se entiende al hombre que, directa­mente, toma parte en la gestión de los asuntos públicos. Pero ¿qué duda cabe de que vivió intensamente la política de su tiempo y que su vida y su obra se vieron afectadas por ella?, ya que, si por una parte, sufrió las consecuencias de la situación general de Francia y Europa, por otra influyó con su acción religiosa en la transformación y, más aún, en la animación cristiana de esa misma situación.

Basta, para probarlo, observar el curioso y sintomático paralelismo existente entre la historia política de Francia y la biografía vicenciana, prescindiendo de otras muchas com­probaciones que podrían realizarse. Hagamos un rápido reco­rrido cronológico.

1. 1589-1610. Reinado de Enrique IV. Reinado auroral, de esbozo de los proyectos —»le grand dessein»— que harían posible la futura grandeza de Francia mediante la pugna contra el círculo de hierro hispano-habsburgués.

Corresponde a la infancia y la juventud de Vicente, esas primeras épocas de su vida ocupadas en la elaboración de proyectos que poco a poco fueron desmoronándose. (Apenas sí tenemos, de esta época testimonios del interés de Vicente por la política, pero sí hay uno bien significativo. Un día, hablando a los misioneros de un tema espiritual, las ilusio­nes diabólicas, recurrió, para ilustrarlo, a un importante acontecimiento político-religioso: la abjuración de Enri­que IV…).

2. 1610-1624. La etapa del reinado de Luis XIII, niño primero bajo la regencia de su madre, María de Médicis, y adolescente luego, entregado a la merced de sus favoritos, Luynes singularmente. Epoca de dudas, de crisis de cre­cimiento, de revisión de programas de gobierno. Hay un momento —doble matrimonio hispano-francés de 1615— en que Francia vacila y parece inclinarse hacia la alianza fran­co-española.

En la vida de Vicente, es la época de su cambio vital, de su conversión, ultimada en 1617, y del descubrimiento de su vocación, primero personal y luego comunitaria y la crea­ción de los dos cauces fundamentales de realizarla: la Misión y la Caridad.

3. 1624-1643. Reinado de Luis XIII y gobierno de Riche­lieu (t 1642). Epoca de creación y forja de la grandeza fran­cesa: sumisión de los protestantes, aplastamiento del poder nobiliario y del partido devoto (1630) capitaneado por Bérulle, intervención en la guerra de los 30 años (1635).

También es la época creadora de Vicente, en la que van surgiendo una a una todas sus grandes instituciones: C.M. (1625), Ejercicios a ordenandos (1628), Conferencias de los martes (1633), Hijas de la Caridad (íd.), Damas del Hotel­Dieu (1634). Es la época también en que Vicente, siempre desde una óptica religiosa, empieza a tomar parte en los acontecimientos públicos: intervención ante Richelieu para que le dé la paz a Francia en vísperas de la gran aventura de la intervención francesa en la guerra de los 30 años («Monseñor, dele la paz a Francia»), envío de capellanes al ejército después de la gran derrota de Corbie, asistencia a Luis XIII moribundo…

4. 1643-1661. Minoría de Luis XIV y gobierno de Maza­rino. Epoca de consolidación de la obra de Richelieu, a tra­vés de una lucha a muerte contra las resistencias internas y exteriores: victorias de Rocroi (1643) y Lens (1648), paces de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659); guerras civiles de la Fronda parlamentaria y de la Fronda de los Príncipes, con la victoria final de la monarquía absoluta.

Para Vicente es la época de las grandes realizaciones: Niños expósitos, Galeotes, Cautivos norteafricanos, Misiones interiores y exteriores (Italia, Irlanda, Polonia, Madagascar), asistencia caritativa a las regiones devastadas por la guerra (Lorena, Champaña, Piccardía, campiña parisina), Semina­rios, Consejo de conciencia (transformación de la Iglesia fran­cesa), lucha contra el Jansenismo.

Desde su alto puesto en el Consejo de asuntos eclesiás­ticos, la acción de Vicente es decisiva para la conversión de la Iglesia de Francia en un fino instrumento de forja de su grandeza espiritual y, en un campo más estrictamente polí­tico, intentará incluso imprimir un giro a la situación pidién­dole a Mazarino que se retire de la política («Echese al mar y se calmará la tempestad»).

III. La circunstancia religiosa

Esto nos lleva de la mano a la consideración de la cir­cunstancia religiosa de la vida de San Vicente.

1.° Para ello es preciso empezar por una constatación obvia y elemental: la vida de San Vicente se desarrolla en el contexto de la Iglesia post-tridentina.

Cualesquiera que sean hoy nuestras actitudes respecto a lo que la perduración de modos y estilos religiosos, desfa­sados de nuestra época, a los que, un poco peyorativamente, damos el nombre de tridentinos, es evidente que el Concilio de Trento representa uno de los momentos más altos de la historia de la Iglesia.

Trento se enfrenta con la gran crisis religiosa del si­glo XVI, provocada por la escisión protestante y reforma la Iglesia, recogiendo lo que había de válido en la crítica lute­rana para eliminar abusos y corruptelas y sentar las bases de una nueva vida de la Iglesia.

Ahora bien, Trento tarda mucho tiempo en dar sus fru­tos, sobre todo en ciertos países. En ello influyen muchas circunstancias: actitud de los monarcas católicos (el de Fran­cia retrasaba indefinidamente la entrada en vigor en su país de los cánones tridentinos), distancias, escasez de comuni­caciones, arraigo de los abusos que Trento había condenado y, en fin, la fuerza expansiva de la herejía, que no dejó de hacer progresos hasta fines del siglo XVI.

Vicente de Paúl, por eso, se encuentra vitalmente situado en una Iglesia que estaba aún en trance de hacer efectiva la reforma tridentina. Toda su obra va a encuadrarse en ese contexto. Sin tenerlo presente, no es posible entender su acción y su vida.

2.° De manera especial hay que contar con la específica circunstancia religiosa francesa.

La Iglesia francesa —ya lo he apuntado antes— fue de las que más tardaron en aplicar Trento: hasta 1614 no fue­ron aceptados sus decretos ni por la Iglesia ni por el Estado franceses. De ahí que su situación revista muchos de los caracteres que distinguían a la Iglesia bajo-medieval, ante­rior a la gran reforma católica.

En general puede decirse que era un pueblo cristiano, es decir, bautizado y tradicional y consuetudinariamente cris­tiano («la hija primogénita de la Iglesia»), pero con enormes fallos:

  • la escisión religiosa entre católicos y hugonotes, que dio como resultado las guerras de religión, que des­garraron el país en la segunda mitad del siglo XVI (recuérdese la noche de San Bartolomé) hasta que el Edicto de Versalles (1598) vino a imponer una pre­caria paz a los espíritus.
  • la ignorancia y el abandono espiritual del pueblo. La Iglesia francesa no había encontrado aún ni los métodos ni los instrumentos de evangelizar efectivamente a la gran masa del pueblo.
  • la relajación del clero, como resultado de una triple lacra proveniente de la Iglesia bajo-medieval: 1. ca­rencia de centros de formación (resultado: ignoran­cia intelectual y desarreglo moral; 2. la institución de la encomienda, que permitía instalar en los grandes beneficios —abadías, obispados, canonicatos— a per­sonas totalmente incapacitados para desempeñarlos; 3. la colación de beneficios a cargo de autoridades laicas (reyes o grandes señores). El resultado era un clero abundantísimo y ocioso, con la pérdida de cali­dad que, a menudo, acompaña a los grandes números.
  • ausencia de caridad organizada (no carencia de cari­dad: no hubiera sido una Iglesia), inapropiada para hacer frente que la transformación de la socie­dad estaba exigiendo: una cariedad medieval, limos­nera sobre todo, sin comprensión ni visión global de los problemas que planteaba la transformación socio­económica de los tiempos modernos.

Al lado de esos fallos hay que dejar constancia también de la existencia de una creciente voluntad reformadora o restauradora:

  • el grupo de «Bérulle»: Dom Beaucousin, Canfield, Madame Acarie, San Francisco de Sales, La Roche­foucauld, etc.
  • las Asambleas del clero, en especial la de 1614, que consiguió imponer Trento.
  • un grupo de obispos reformadores: el de Dax, en la infancia de San Vicente, el de Beauvais, otros.
  • la acción intelectual de los jesuitas.

3.° Precisamente la Reforma preconizada por Trento hacía frente de manera directa a las apuntadas deficiencias de la Iglesia francesa. Recordemos para ello, sin intentar agotar el tema ni recoger todos sus aspectos —tarea impo­sible— cuáles fueron las grandes líneas de la reforma disci­plinar de Trento. Apurando mucho el tema podemos redu­cirlas a estas tres:

  • Catequización, es decir, insistencia en la necesidad de instruir doctrinalmente al pueblo. En ese contexto se encuadra, v. gr., el «Catechismus ad parochos» o Catecismo de San Pío V, destinado a proporcionar a la predicación ordinaria el bagaje teológico que el pueblo necesitaba.
  • Revalorización sacramental —penitencial y eucarís­tica sobre todo— con su insistencia en las condicio­nes y exigencias de la confesión, su recomendación de la confesión general, y su esclarecimiento del valor de la Eucaristía como sacrificio y sacramento y su reordenación litúrgica mediante el Misal de San Pío V.
  • Reforma del clero, concretada de manera especial en el decreto sobre la creación de Seminarios y el nom­bramiento y la residencia de obispos.

4.° A esa situación religiosa responde de manera integral la obra de San Vicente:

  • las misiones, su primera creación —que no son sino el hallazgo y el empleo a fondo de un instrumento de catequización y adoctrinamiento del pueblo; las mi­siones propagadas por Vicente de Paúl son esencial­mente misiones de tipo catequético. Con ellas se hacía frente a la primera lacra de la Iglesia francesa y se ponía en aplicación las dos primeras de las líneas de reforma tridentina.
  • Ejercicios a ordenandos, seminarios y conferencias eclesiásticas. Con ellas emprendía Vicente la refor­ma del clero, la otra gran preocupación tridentina.
  • Fundación de obras de caridad en toda su amplitud: así hacía frente Vicente de Paúl a la tercera gran de­ficiencia de la Iglesia de su país en su tiempo y, al mismo tiempo, encontraba, el estilo propio de su reforma, cuya característica esencial es precisamente ser una reforma en y para la caridad.

IV. La circunstancia social

La obra de San Vicente sería también incomprensible si no tuviéramos en cuenta las circunstancias sociales en que se desarrolla.

Muy esquemáticamente es preciso recordar, ante todo, la estructura social de la época.

Esta se caracteriza por ser la sociedad estamental del antiguo régimen, es decir una sociedad en que los hombres —no se atreve uno a decir los ciudadanos— están agrupados en estamentos a cada uno de los cuales corresponden en exclusiva determinadas funciones públicas y, en consecuen­cia, determinados privilegios.

Su esquema se basa en el triple esquema de Nobleza, Clero y Pueblo o tercer estado.

  • La Nobleza representaba del 3 al 5 por 100 del total de la población, pero su influencia en la dirección de los asuntos públicos era total, lo mismo que su preponderancia económica: entre ella y el clero poseían el 90 por 100 de la tierra, tierra que, además, estaba exenta de impuestos, sobre todo del de la «Taille», con lo que el peso del soste­nimiento económico de las cargas del Estado recaía sobre los menos poderosos.
  • El Clero, que, en el aspecto social —antes nos ocu­pamos del religioso— representaba, tomado en sentido amplio (curas, religiosos y religiosas, clérigos, sacristanes…), un 2 por 100 de la población. Poseedor también de extensísi­mas porciones del suelo, muy superiores a su porcentaje como población y asimismo exentas de impuestos directos. Clase con gran influencia no sólo social sino estrictamente política a través de su incorporación a los puestos directivos del Estado. Recuérdese que durante más de 35 años Francia estuvo gobernada por un primer ministro que era Cardenal de la Santa Iglesia.
  • En fin, el Pueblo, tercer estado, como se le llamará más tarde, o estado llano y que, al revés de los dos esta­mentos anteriores, se caracteriza por la heterogeneidad de sus componentes, ya que en él se agrupaban sectores muy dispares cultural, social y económicamente:
    • Los grandes comerciantes enriquecidos, que ocupaban el puesto que hoy corresponde a la gran industria. Clase social en constante crecimiento de influencia. Sus grandes ganancias los van convirtiendo en clase dominante, frente a la nobleza, en retroceso.
    • Profesionales y funcionarios abogados —de gran pres­tigio social por su necesidad—, médicos, oficiales de juzgados y Parlamentos, oficiales reales (intendentes sobre todo), que acabarán constituyendo, a través de ciertas prácticas y leyes (la Paulette) una nueva noble­za, la nobleza de toga.
    • «Obreros» o, más bien, artesanos, puesto que la in­dustria en el sentido moderno de la palabra no exis­te: aserradores, carpinteros, albañiles, herreros, teje­dores, pasamaneros, carniceros, cuchilleros, tintore­ros, curtidores, sastres… Clase que va creciendo en número e importancia, pero que vive económicamente en precario pues una crisis alimentaria puede arro­jarlos a la miseria.
    • Campesinos: Forman la gran masa de la población, la masa rural que, como se ha dicho, constituye la verdadera historia de Francia. En ellos cabe distin­guir también subclases o, mejor, situaciones:
      Desde el campesino libre, propietario de pequeñas parcelas;
      el colono y el aparcero, que explota la tierra ajena pagando por ella en dinero o en especie;
      el simple bracero, empleado a jornal por los gran­des o pequeños propietarios y cuya situación está constantemente a merced del azar de las cosechas, constituyendo una candidatura inevitable para la po­breza integral.
      El nivel económico de todos ellos es bajísimo: se consideraba constitucionalmente «pobres» (furetiére), a pesar de lo cual los impuestos recaían implacable­mente sobre ellos.
      Su nivel cultural —por lo menos desde el punto de vista de la cultura burguesa (otra cosa es la cultura popular, nutrida por la savia secular del cristia­nismo)— es ínfimo: el analfabetismo era universal.
    • Mendigos: son los pobres de solemnidad, que no tie­nen más recurso que la limosna para subsistir. Masa de población flotante a la que las plagas de la época hacían aumentar de continuo. La literatura —y las historias— de la época no hacen sino ponderar el exorbitante número de mendigos. Constituían un espectáculo cotidiano en todas las grandes ciudades y en los caminos. Plaga abrumadora que ha hecho que se hable de «el siglo de los pobres».

En esa sociedad se mueve Vicente de Paúl, salido de las capas más bajas de la misma —la clase campesina— y toda su acción caritativa se verá condicionada por esa realidad, a la que intentará transformar mediante la caridad cristiana. Instalado gracias a su ascendiente personal en los estratos dirigentes de la sociedad, utilizará toda su capacidad de in­fluencia para hacerle ver la injusticia radical de la situación y volcar a los poderosos —nobles y, sobre todo, burgueses enriquecidos (recuérdese la condición social de la mayoría de las damas)— en favor de los más necesitados, los pobres, que constituyen «su peso y su dolor».

V. La circunstancia económica

La circunstancia social se imbrica inevitablemente con la económica. Tener en cuenta la estructura y la coyuntura eco­nómicas del siglo es imprescindible para situar en su verda­dera perspectiva la obra de San Vicente.

La economía francesa del siglo XVII es, como en todos los países en aquel momento, una economía sustancialmente rural, dependiente de modo casi absoluto de las vicisitudes de la agricultura. Es además una economía, en gran propor­ción, cerrada, con escasa intercomunicación entre regiones y menos aún internacional.

De todos modos hay que tener en cuenta la coyuntura económica del siglo que, para los historiadores de la econo­mía, está claro que se desenvuelve en un marco de depre­sión: «la depresión, el drama del siglo XVII (Mandrou)», depresión iniciada hacia 1620, a consecuencia de la crisis de la economía atlántica y agravada por una larga serie de factores:

  • ante todo, las guerras —guerras interminables (Fran­cia no conoció un solo momento de paz entre 1617 y 1659, es decir, durante toda la vida adulta de Vicente de Paúl);
    guerras interiores: luchas antiprotestantes, sublevaciones nobiliarias (la Fronda), sublevaciones campesinas (Porchnev)
    guerras interiores: la larga secuencia de la guerra de los 30 años con sus antecedentes y sus prolongaciones.
  • Después, las crisis agrícolas, por efecto de las oscila­ciones climáticas. El siglo XVII fue un siglo extraordinaria­mente frío hasta el punto de que se ha hablado de una época de «miniglaciación». El efecto sería la recurrencia periódica de malas cosechas, con sus nefastos efectos:
    aislamiento de los mercados;
    carencia de productos alimenticios sucedáneos del pan y las gachas (ni la patata ni el maíz se habían aclima­tado aún en Europa).
    Disminución de actividades artesanales en períodos de alza de precios cerealísticos ya que la burguesía, en años de carestía, renuncia a la compra de productos superfluos o menos necesarios —muebles, vestidos—y ello arroja a la inacción a los artesanos.
  • Finalmente, las epidemias de peste, que se suceden con cadencias prácticamente decenales a lo largo de todo el siglo.

En ese pavoroso cuadro económico se mueve Vicente de Paúl. Su acción irá encaminada a paliar los efectos de la situación sobre los más desvalidos, los pobres. Descubrirá la pobreza en todas sus formas: campesinos arrojados a la pordiosería por efecto de las malas cosechas y de los abru­madores impuestos, mendigos, niños expósitos —otro efec­to, en parte, de la estrechez económica—, galeotes (los po­bres necesarios para mover la marina de guerra), exiliados de alguno de los innumerables conflictos (irlandeses, lore­neses…), gentes arruinadas por efecto directo de la acción devastadora de las tropas (Champaña, Picardía…). Pobres, en fin, carentes, por su condición, casi diríamos por su natu­raleza, de cobijo, de vestido, de pan, de medicinas…

* * *

Resumiendo: en una Iglesia necesitada de una profunda renovación espiritual en clero y pueblo, en una sociedad cuya estructura constituía una verdadera máquina de hacer po­bres, aumentada en su eficiencia por la guerra, la depresión económica, las malas cosechas, la peste, el hambre, Vicente de Paúl se da cuenta de que es preciso dedicar no sólo su vida sino todo lo que en la sociedad francesa respondía aún a un hálito de inspiración cristiana, al remedio de la po­breza en todos sus aspectos: espiritual y moral, intelectual, corporal y que hay que hacerlo en virtud de una exigencia indeclinable del Evangelio, es decir, por amor de Jesucristo. Ello le llevará a encontrar y vivir a fondo su vocación en la caridad, a hacer de la caridad la misión de su vida. Caridad de la que él fue el testigo excepcional y profético, caridad que sigue haciendo de él un hombre de perma­nente actualidad, un hombre para nuestro mundo.

One Comment on “Vicente de Paúl: La Circunstancia Histórica”

  1. Muy buen enfoque de historia social, económica y religiosa. Permite a partir del contexto ponderar la vida y obra de San Vicente de Paúl y hacer la correspondiente «transferencia» a nuestro tiempo.
    Es breve, claro y enriquecedor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *