Vicente de Paúl en el «Dictionnaire du grand siècle»

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Georges Viard · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1990 · Fuente: Dictionnaire du grand siècle.
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VICENTE DE PAÚL (San), Pouy, aldea de Ranquines (hoy San Vicente de Paúl, Landas), 24 de abril 1581 – París, 27 de sep. 1660, personaje central de la reforma católica en Francia, canonizado en 1737 por Clemente XII, sin duda el santo más popular del Gran Siglo. Pero, desde la de Louis Abelly en 1664, las numerosas biografías que se le han dedicado le han transformado un poco en una especie de filántropo únicamente preocupado por la suerte material de los desfavorecidos. Ya el abate Bremond se inquietaba por esta traición: «Quien le ve más filántropo que místico se representa a un Vicente de Paúl que no existió nunca». Después de la publicación de sus escritos por Pierre Coste (1920-1925), los trabajos más recientes (A. Dodin) han restablecido felizmente la dimensión espiritual del personaje y recordado el primer principio de su acción. Es verdad que esta ambición religiosa no fue siempre la del señor Vicente.

El joven de Gascuña interesado

Tercero de los seis hijos de Juan Depaul y Bertranda  Demoras, un matrimonio de modestos campesinos, Vicente ayudó desde muy temprano en los trabajos del campo y cuidó de los ganados. Pero gracias a los sacrificios paternos y a la ayuda del juez de Pouy, Señor de Comet, pudo proseguir estudios, al menos durante dos años (clases de quinto y de cuarto), en el colegio de los franciscanos de Dax, mientras actuaba de profesor particular de los hijos de su protector (1595-1597). Para un muchacho de tan modesto origen, solamente la Iglesia ofrecía una oportunidad de promoción social. Vicente trató de no dejarla escapar. En 1596, en Bidache, recibió la tonsura y las órdenes menores; en 1598 -año de la muerte de su padre- en Tarbes, el subdiaconado y el diaconado. El 13 de setiembre de 1600, en Château-l’Evêque, François de Bourdeilles, obispo de Périgueux, le confería el sacerdocio. Sin poder conseguir el beneficio esperado (el curato de Tilh, en la diócesis de Dax), Vicente reemprendió en Toulouse, después de una peregrinación a Roma, los estudios de teología comenzados unos años antes y coronados en 1604 con el grado de bachiller. Vivía por entonces de sus escuetos ingresos de maestro de pensión. De 1605 a 1607, desapareció: dos cartas al Señor de Comet evocaron poco después la aventura que habría vivido entonces. De viaje para Marsella a fin de recuperar una suma de dinero que le había dejado una bienhechora tolosana, y queriendo volver por vía marítima, habría sido capturado por piratas y conducido como esclavo a Túnez, pasando por la autoridad de tres amos sucesivos. Una vez devuelto a la fe el último de ellos, un renegado, se habría escapado con él y los dos habrían logrado llegar a Aigues-Mortes, luego a Aviñón. ¿Se desarrolló así esta bonita historia? Alguna que otra inverosimilitud, el silencio ulterior del señor Vicente, su voluntad de recuperar las dos cartas al enterarse de  que no habían desaparecido, hacen dudar a algunos historiadores. Otros piensan que la aventura fue tal vez menos edificante. Queda la posibilidad y la evidencia en todo caso de un espíritu muy distante todavía del ideal tridentino. Siempre a la búsqueda de una «honrosa retirada», Vicente siguió hasta Roma al delegado de Aviñón (1607- 1608), luego, decepcionado sin duda en sus esperanzas italianas, regresó a Francia y llegó a París (setiembre de 1608). Transcurridos algunos meses bien difíciles -llegó hasta ser acusado de robo por el compatriota cuyo alojamiento compartía- consiguió obtener un cargo de capellán de la reina Margarita de Valois (1610) y el beneficio de la abadía Saint-Léonard de Chaumes (diócesis de Maillezais), un beneficio que se reveló rápidamente de escasa renta y que conservó hasta 1616.

El camino de la santidad

En París, no obstante, Vicente se encontraba con los medios devotos. Desde 1611, frecuentaba el Oratorio y a  Pedro de Bérulle. En 1612 éste último le consiguió la sucesión de Francisco de Bourgoing (que había entrado en el Oratorio) en el curato de Clichy. De entrada, el señor Vicente se reveló pastor solícito por su iglesia, que embelleció, y de su grey, que catequizó, erigiendo para ellos una cofradía del Rosario. Pero en setiembre de 1613, siempre gracias a Bérulle, se convertía en preceptor de los hijos de Felipe Manuel de Gondi y de Margarita de Silly. Mientras acompañaba a sus poderosos protectores en sus desplazamientos de un dominio al otro, daba el catecismo a los criados y a los campesinos y resultaba insustituible para la Señora de Gondi. Poco a poco, Vicente iba descubriendo la gran miseria espiritual de los más desposeídos y la misión que iba a ser la suya: evangelizar a la pobre gente del campo y de las ciudades. La manifestación exterior de esta toma de conciencia y de esta «conversión» se sitúa sin duda en enero de 1617: después de oír la confesión de un aldeano de Gannes, obtuvo de los habitantes de Folleville -un señorío de los Gondi- que revivificaran su fe mediante una confesión general. A partir de entonces, Vicente conoció lo esencial: a la escucha de los pobres, volver a encontrar a Cristo; a ejemplo de Cristo, dirigirse a los pobres y enseñarles a Dios. Se colocaba en la estela de Pedro de Bérulle y de Francisco de Sales (a quien conoció en 1618-1619). El primero le enseñó a contemplar al Verbo encarnado en todos los aspectos de su existencia dolorosa; el segundo le enseñó que Jesucristo era el único modelo posible. Pero, menos especulativo que sus maestros, Vicente daba primacía a la acción, una acción totalmente guiada por la fe, situada en la estela de Cristo, liberada de toda atadura a los bienes de este mundo, alimentada de encuentros frecuentes con Cristo en los sacramentos (penitencia, eucaristía), en la oración y en la ascesis. «La mejor manera que tenemos de asegurar nuestra felicidad eterna es vivir y morir en el servicio de los pobres entre los brazos de la Providencia y en una actual renuncia de nosotros mismos para seguir a Jesucristo», escribía en 1648. Y en otro lugar: «Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a expensas de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestro rostro». Vicente concedía escasa importancia a las formas excepcionales del sentimiento religioso y a las evasiones místicas. Su oración era ante todo acción: «La perfección no consiste en los éxtasis, sino en realizar bien la voluntad de Dios (1655)». En 1617, el capellán de los Gondi sentía ya la necesidad de evangelizar a los desheredados. Abandonó sin más la comodidad del palacete parisino por el curato lejano de Châtillon-de-Dombes (Châtillon-sur-Chalaronne), del que le había hablado Bérulle. Se instaló allí el 1 de agosto de 1617, se entregó con su vicario Luis Girard a sacudir la torpeza religiosa de los habitantes animándolos a la confesión y a la comunión. Unió a las señoras en una cofradía de la caridad, oficialmente erigida en una capilla del hospital el 8 de diciembre siguiente. Pero ya los Gondi sentían profundamente la partida de su indispensable consejero. Ellos solicitaron su regreso. El Señor Vicente volvió a ser parisino el 23 de diciembre de 1617.  La hora de las fundaciones mayores había llegado.

Las grandes realizaciones: el servicio pastoral

El capellán volvió a ocuparse sin dilación de sus tareas misioneras por las tierras de los Gondi (Villepreux, Joigny, Montmirail). Sus conversaciones con Francisco de Sales, Andrés Duval, Juan Duvergier de Hauranne, fundamentaron sus convicciones. Su nombramiento, el 8 de febrero de 1619, como capellán de las galeras le acercó a los réprobos que visitó y a quienes predicó una misión en junio de 1623 en Burdeos. La instrucción religiosa de las poblaciones abandonadas exigía no obstante más: había que colocar a numerosos sacerdotes a su servicio. Gracias a la generosidad de los Gondi, que pusieron a su disposición las 45 000 libras necesarias, Vicente puso en marcha, el 17 de abril de 1625, la congregación de la Misión, instalada primeramente en el colegio de los niños socorridos (del que el Señor de Paúl, ya licenciado en derecho, era director desde el primero de marzo de 1624) y aprobada por el arzobispo de París el 24 de abril de 1626. A los tres primeros compañeros de Vicente se juntaron pronto otros sacerdotes fervientes y la comunidad se estableció en 1632 en el priorato San Lázaro. Tras varios reveses, provocados en parte por la hostilidad de Bérulle hacia la nueva compañía (que podía competir con el Oratorio), Roma aprobó las constituciones de los lazaristas en 1633 (bula Salvatoris nostri de Urbano VIII), otorgándoles como primera misión la formación de los futuros sacerdotes. El señor Vicente había comprendido en efecto y prontamente la necesidad de un clero parroquial consciente de sus responsabilidades y formado para su oficio. En setiembre de 1628, como respuesta al obispo de Beauvais, Agustín Potier, predicó unos ejercicios a los ordenandos de su diócesis. El arzobispo de París le pidió el mismo servicio en 1631, seguido por otros prelados. Para ampliar esta fórmula de los ejercicios de los ordenandos, para los cuales redactó un pequeño manual de gran éxito y en los que participaron entre 1638 y 1660 cerca de 13 000 clérigos, el señor Vicente organizó encuentros regulares en San Lázaro, las conferencias del martes, abiertas a todos los sacerdotes deseosos de reflexionar, trabajar y orar en común, y que reunieron a lo principal de los clérigos parisinos (entre los cuales Bossuet), comprometidos a su vez en la obra de evangelización. Los martes tuvieron enseguida su prolongación en provincias y contribuyeron de este modo al despertar del clero. Para formar a los lazaristas, el señor Vicente abrió un seminario en el colegio de los niños socorridos (1636), al que se añadió más tarde el seminario menor San Carlos (1645). Se trataba menos de dar a los futuros sacerdotes una alta cultura teológica que una buena formación moral, espiritual y pastoral. Para sus compañeros, el fundador redactó unas reglas comunes (corregidas en 1658); les mandó pronunciar votos simples a partir de octubre de 1641. La expansión fue notable, en Francia primero, luego lejos (Madagascar, 1648), añadiendo los misioneros a sus primeros objetivos la cristianización de los paganos. En Francia, los lazaristas multiplicaron las misiones, trabajando en equipos, prolongando mediante contactos personales predicaciones sencillas, directas, al alcance de todos: «Es preciso, señores, para predicar como apóstol, es decir predicar bien y útilmente, es preciso hacerlo con sencillez, con un discurso familiar de manera que todos puedan entender y sacar provecho de ello». Durante la vida del señor Vicente, la congregación llegó a contar hasta ciento treinta y un sacerdotes y cincuenta y dos coadjutores, repartidos en veinticinco casas, y organizó unas ochocientas cuarenta misiones.

Las grandes realizaciones: el servicio de caridad

Desde 1617, en Châtillon-de-Dombes, el señor Vicente había comprendido los lazos estrechos que hay entre la acción pastoral y el servicio de los pobres. Por dondequiera que predicaban, los lazaristas crearon cofradías de caridad que agrupaban a las señoras del lugar, llamadas a asistir materialmente a los pobres. La obra se desarrolló igualmente en París, reclutando a sus miembros entre la mejor aristocracia y la gran burguesía. A partir de 1625, el señor Vicente encontró una colaboradora celosa en la persona de Luisa de Marillac, dama de caridad en la cofradía de San Nicolás du Chardonnet. En 1629, la envió a inspeccionar las caridades provinciales y, según sus informes, calibró las dificultades encontradas. Las damas de caridad se hallaban divididas entre su deseo de bien hacer y sus obligaciones sociales y mundanas; apenas les resultaba posible practicar con los pobres lo que no realizaban en sus casas. La creación de un cuerpo de auxiliares, reclutadas en los medios más modestos y habituadas a las tareas más rudas, se vio enseguida como necesaria. De esta forma se creó, el 29 de noviembre de 1633, la cofradía de la caridad de las sirvientas de los pobres enfermos en las parroquias o hijas de la Caridad. No enclaustradas, vestidas al estilo de las campesinas de la Isla de Francia, las «hermanas grises» debían mostrarse rápidamente indispensables en todos los frentes de la miseria. Desde 1634, intervenían en el Hotel Dieu. En un principio instaladas en la mansión de Luisa de Marillac, emigraron en 1641 a San Lorenzo, no lejos de San Lázaro. Para ellas, Vicente ideó unos estatutos originales, aprobados por el Rey en 1657 y por Roma en 1668. Él las animaba a «llevar a los pobres enfermos dos clases de alimentos: los corporales y los espirituales». Este doble objetivo fue también el de la obra de los niños recogidos, que debutó en 1638: se trataba de salvar a millares de pequeños desventurados condenados a la muerte o a la miseria física y moral como consecuencia de su abandono por padres incapaces de criarlos; había que criarlos y darles un oficio al mismo tiempo que una instrucción cristiana. Se construyeron casas para ellos en torno a San Lázaro y el señor Vicente supo hallar los acentos susceptibles de despertar las generosidades indispensables para la supervivencia de la obra. En cuanto a los adultos y a los ancianos, mendigos y enfermos, ellos encontraron asilo en hospicios. En 1656, al crearse el hospital general, se llamó al señor Vicente y a sus misioneros para hacerse responsables de la obra: por unanimidad, se negaron, sin rechazar por ello toda ayuda. Vicente conservaba del pobre la visión tradicional: éste no era un vicioso preocupante, sino la imagen de Cristo: había que tenderle una mano en su ayuda y no encerrarlo. Las desgracias de las guerras de mediados de siglo brindaron a Vicente la ocasión de desvivirse sin miramientos. En París, se organizaron las colectas metódicamente, para permitir el envío de auxilios a las regiones más sangrientas, la Picardía, la Champaña, la Lorraine y la Isla de Francia. Entre 1650 y 1660, se distribuyeron de esta forma unas 500 000 libras. En 1652, San Lázaro acogió a cerca de diez mil pobres.

El alcance del señor Vicente

El señor Vicente se presentaba así como una especie de ministro de asistencia pública, un director de obras a escala nacional. Su influencia era considerable. En los círculos devotos, gozaba de un prestigio inmenso, si bien algunos malentendidos habían distendido un tanto los lazos, en particular con Bérulle, luego con el Oratorio. La compañía del Santísimo Sacramento se inspiraba esencialmente en la mística y en la acción vicencianas. El señor Vicente había reemplazado a Francisco de Sales como superior de la Visitación. Los medios dirigentes reconocían su fuerza. Richelieu le estimaba, a la par que lamentaba su amistad por los Marillac y por San Cyran. Luis XIII le consultaba; y le llamó a su lado en sus últimos momentos. Ana de Austria hizo del señor Vicente su director y le nombró para el consejo de conciencia en junio de 1643. Por el contrario, Mazarino no perdonó al confidente de la Reina su intento de apartarle del poder en 1649, no más que su fidelidad a los Gondi, sobre todo al cardenal de Retz. Cuando éste encontró refugio en la casa de los lazaristas de Roma, fue ya la ruptura y Mazarino obtuvo del Rey el cierre de la residencia romana. Todo enfrentaba por lo demás al ministro ávido de gloria, de poder y de riquezas, y al santo desposeído, que se presentaba en la Corte con unos zapatos enormes, una sotana gastada y un cinturón deshilachado. El señor Vicente se interesaba menos por la política que por sus consecuencias en el terreno pastoral y espiritual. Obtuvo nombramientos episcopales y abaciales tan serios como se podía. A pesar de su amistad con San Cyran, mostró pronto su postura contra el jansenismo. Hizo campaña en particular contra las cinco proposiciones extraídas de la obra de Jansenio, consiguió la firma de numerosos obispos y aprobó con firmeza la condena romana de 1653. Igualmente se opuso a Antonio Arnauld, condenando sus doctrinas sobre la comunión, por ser responsables de la decadencia de la práctica: «La lectura de este libro, escribía en 1648, en lugar de acercar a los hombres a la frecuente comunión, más bien los aparta de ella. No se ve ya esta obsesión por los sacramentos que se veía antes, ni siquiera en Pascua». Arnauld se alejaba de esta «carne» espiritual mientras que Vicente se esforzaba por hacerla indispensable al creyente. Frente a los protestantes, el misionero predicaba la moderación: «Oh señor, mi querido hermano, escribía en 1644 al superior de la Misión de Sedan, qué grandes misioneros seríamos usted y yo, si supiéramos animar a las almas con el espíritu del Evangelio, que debe hacerlas conformes a Jesucristo! Le prometo que ese es el medio más eficaz de santificar a los católicos y de convertir a los herejes que podamos practicar, y que nada puede obstinarlos en el error y en el vicio como hacer lo contrario». En esto como en otras cosas, el señor Vicente buscaba el equilibrio y el justo medio. Él mismo no había ahorrado ni tiempo (se levantaba todos los días a las cuatro de la mañana), ni esfuerzos a su cuerpo (sometido a una ruda ascesis y disciplina diaria) para ponerse enteramente al servicio de los pobres. Una caída de caballo en 1649 le había dejado secuelas dolorosas. Sufría de siempre una pequeña «fiebrecilla» (quizás un paludismo crónico), a la que se añadieron penosos «bandazos de cabeza» y «el mal del jadeo». A partir de 1659, se quedó prácticamente inmovilizado en su habitación y no celebró más la misa. Un absceso en el ojo le infligió atroces sufrimientos. El 27 de setiembre de 1660, a las 4 h 45 de la mañana, el señor Vicente dejaba esta tierra, algunos meses después de Luisa de Marillac, fallecida el 15 de marzo de 1660. No había dejado, desde el tiempo de su conversión, de hacer de su vida una oración. Su fe se había realizado en su trabajo de cada día, llevado a cabo en la sencillez, la humildad, la pobreza, el celo. Había buscado menos sostener controversias que aclarar por la palabra y el gesto. Dejaba muy numerosos escritos esencialmente de  circunstancias (30 000 cartas por lo menos). No se proponía ser teórico, porque apenas había hecho estudios, y se confesaba con gracia «un pobre miserable de cuarto» (alusión a la clase que no había superado en el colegio de Dax). «Ya es algo dar conferencias sobre las predicaciones y los catecismos, decía a los misioneros en 1659; pero lo principal es la práctica». A pesar de todo eso, bien provisto de la Escritura y de la imitación de Jesucristo, de Pedro de Bérulle y de Francisco de Sales, de los jesuitas Rodríguez, Saint-Jure o Soufren, había sabido transmitir lo esencial del mensaje cristiano, demostrando, con su misma existencia, el poder creador de este último.

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