Vicente de Paúl: El juicio de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana2 Comments

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Author: José María Ibáñez Burgos, C.M. · Year of first publication: 1982 · Source: Congreso Nacional Vicenciano, Abril de 1982.
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I. Introducción

juicio pobresEl 24 de abril de 1581 —esto hace ya más de 400 años—, en la humildad de un pequeño y lejano pueblo al sur de las Landas nacía el que en el largo recorrido de su existen­cia iba a llegar a ser «Monsieur Vincent» y manifestarse como el profeta de los pobres de la «Epoca Moderna».

¿El nacimiento de un hijo en la familia de un campesino gascón es un acontecimiento? En su momento, cuando los hombres se reproducían suficientemente para alimentar a la muerte y mantener la raza, no. Pero actualmente es una fecha y una fecha que cuenta: la del comienzo de una vida totalmente entregada; la vida de un innovador y de un organizador, de un fundador y de un realizador; la vida de un líder de hombres y de un constructor de acción, de un genio e ingenio financiero y también de un escritor… No se acabará de declarar la diversidad devorante y desbordante de este testigo privilegiado del Evangelio en defensa de la causa de los pobres y marginados de esta tierra nuestra.

Esta vida ha marcado a la historia… Y en primer lugar la de la caridad y la de la Iglesia: «El ha cambiado casi totalmente el rostro de la Iglesia», declaró Mons. Enrique de Maupas du Tour en la primera oración fúnebre en me­moria de Vicente de Paúl el 23 de noviembre de 1660 en la iglesia de Saint-Germain-de-l’Auxerrois1 . Pero ayer como hoy, hoy como ayer, no se puede transformar el rostro de la Iglesia, renovar en profundidad sus actitudes sin una experiencia profunda de Dios, sin un conocimiento genuino del hombre, sin una opción realista y encarnada por los pobres y su causa. Se olvida con demasiada frecuencia que este creyente, convertido de la «pequeña periferia» de sus intereses a la aventura histórica del Evangelio de Jesucristo, es al mismo tiempo un místico de la acción2 y uno de los hombres mejor informados de su tiempo.

El acontecimiento Vicente de Paúl

Contemporáneo de Luis XIII y de Richelieu, de Ana de Austria y de Mazarino, Vicente de Paúl vivió intensamente las tensiones de su época. Como todo personaje histórico depende del mundo que le rodea, de ese mundo que, al mismo tiempo, lleva su marca. Aprovechando lo que se ha venido en llamar, no sin razón, las signos de los tiempos —más exacto sería decir los tiempos como signos— este hombre de Dios y este amigo de los pobres realizó sus obras admirables. Lo interesante para el hombre no es encontrarse en una situación sino su manera de abordarla. Vicente de Paúl vio más rápidamente y más profundamente que sus contemporáneos. Fue su arte y también su gracia particular. La miseria de los hombres y las exigencias de Dios, inscritas en la carne viva de los pobres, impusieron el ritmo a su corazón y movilizaron la prodigiosa inten­sidad de su existencia.

En medio de una sociedad cruel, a veces despiadada, con frecuencia dura, constantemente represiva, Vicente de Paúl fue la sonrisa de la bondad sencilla y familiar, alianza inolvidable de agradecimiento y de generosidad, de humil­dad y de magnanimidad, de abertura y de acogida, de con­descendencia y de serenidad. Ello le hizo ser capaz de abor­dar a las personas a nivel de rostro humano y de penetrar en el corazón de los demás, cuando quería entrar en comu­nicación con ellos. Sin embargo, y es necesario señalarlo para evitar equívocos, todas las simpatías, que le fueron otorgadas, no fueron suficientes para impedir la cólera de los impacientes3 y la oposición de los descontentos4 . Oposición y cólera desaparecidas, Vicente de Paúl ha llega­do a ser el amigo de todos los que sufren el egoísmo y la crueldad, la explotación y la represión de otros hombres.

Su muerte, acaecida el 27 de septiembre de 1660, a las 4,45 de la mañana, en el priorato de San Lázaro de París, hizo gemir a muchas personas. Esta muerte abría también la era de las purificaciones y de las idealizaciones: historia y leyenda tratan desde entonces de apoderarse de esta exis­tencia y de prolongarla en el fondo de las conciencias. Continuando su táctica, aprendida del cardenal de Bérulle, él «propone» sin imponer en esta prolongación de su existencia. Después de haber sugerido todos los medios para comunicarse y darse a los demás, sigue utilizando su flexi­bilidad y su capacidad de adaptación en quienes quieren renovar su acción y continuar su pensamiento. Juez y profe­ta, continúa su obra al lado de todos los que sufren a causa de una ausencia de Dios o de una carencia de vida y en compañía de todos los que se unen para poder impedir en­terrar a los seres que todavía respiran.

El personaje Vicente de Paúl, gran hombre, un poco desarraigado de su contexto social, económico, político, reli­gioso, comenzó a finales del siglo XVII. Colocado por Perrault entre los hombres ilustres (1698), canonizado por Clemente XII (16 de junio de 1737) como modelo espiritual y patrón sobrenatural, enrolado por los del culto revolu­cionario en los talleres gráficos de la Enciclopedia y procla­mado «patrón de los fundadores» por el fascinante e hirien­te Voltaire, de quien escribe al mismo tiempo que «ha merecido la apoteosis tanto de filósofos como de cristianos», el buen padre Vicente aparece más atractivo que nunca. Impresores de estampas, grabadores y escultores rivalizan apasionadamente en el siglo XIX para representarnos una imagen de Vicente orquestada en el lirismo coloreado del romanticismo religioso. Más poeta que historiador, Cape­figue (1827) quiere «emocionar» a sus lectores contando las salidas nocturnas de este «recogedor» de niños abando­nados por las calles enlutadas y sucias del París de la época.

Desde entonces, el matiz muy humano de la «com-pasión» vicenciana, es decir, la calidad humana que lleva al hombre, cristiano o no, a solidarizarse con la situación desdichada de otros hombres hasta llegar a com-partirla, so pena de «no tener humanidad, ser peor que las bestias, ser cristiano en pintura»5 , se desarrolla en la popularidad particular­mente sentimental de los que sufren, de los sencillos que no tienen necesidad de preocuparse de una ideología cris­tiana o no, marxista o no, liberal o no, para vivir.

Es necesario recordar, y así lo hemos hecho quienes hemos escrito sobre él en este siglo XX, que este «filántropo revolucionario» sabía orar. Es necesario decir también que este santo de la caridad escribió, habló, misionó. Es injusto no afirmar que Vicente de Paúl comunicaba su vitalidad y su fuego interior por la palabra. A. Redier ha señalado con exactitud que las grandes obras vicencianas han nacido de un «discurso ardoroso». El sermón de Folleville (25 de enero de 1617) llevará a Vicente de Paúl a fundar la Con­gregación de la Misión (1625); a organizar las misiones, los ejercicios para ordenandos (1628), la asociación de la «Con­ferencia de los martes» (1633), los seminarios (1641) para poner en práctica los decretos del Concilio de Trento, la reforma del clero y del episcopado.

¿Se quieren cifras? Entre 1632 y 1660, de 13.000 a 14.000 ordenandos pasan por San Lázaro, casa-madre de la Con. gregación de la Misión, encrucijada de caridad y cuartel general de Vicente. Durante los mismos años, la misma casa de San Lázaro alberga a 20.000 ejercitantes. En 1660, la Conferencia de los martes agrupará a 250 nombres ilus­tres: 22 de ellos serán llamados al episcopado. Como la regente Ana de Austria le llamó a su «Consejo de Conciencia», destinado a esclarecer al rey y a orientarle en el ejer­cicio de la más peligrosa de sus prerrogativas: el nom­bramiento de obispos y de geneficios mayores, se puede imaginar su influencia en la elección y reforma del «alto clero»6 . A través de sus cartas a los obispos, en las que expone orientaciones prácticas de Pastoral, referente a la organización de obras caritativas, creación de misiones, fun­dación de seminarios… Vicente sabe pasar de las directrices teóricas a prodigar consejos perfectamente adaptados a cada situación concreta.

El sermón de Chátillon-les-Dombes (20 de agosto de 1617) le conducirá a fundar las Damas de la Caridad (1617) y la Compañía de las Hijas de la Caridad (1633); a organizar la obra tan necesaria y urgente de los niños abandonados (1638); a lanzar una campaña de prensa para sensibilizar y concientizar a la opinión pública; a orientar y organizar la acción caritativa en París y en las provincias saqueadas y devastadas por la guerra de los Treinta Años. Por el dina­mismo de su corazón y a través de los brazos de sus prime­ras Hijas de la Caridad, de las andaduras de sus primeros misioneros, el campo de la acción vicenciana se extenderá por Italia, Irlanda, Escocia, Polonia, Argelia, Túnez, Mada­gascar, ya que también por aquellas tierras pululaban los pobres.

Sin birrete de doctor de la Sorbona y sin mitra de obis­po, este hombre del pueblo y para el pueblo dirigió paralela­mente la obra social cristiana y la obra religiosa y moral. Al estar su nombre asociado a toda empresa de renovación, a toda obra de transformación socio-religiosa, su vida, obra y pensamiento son la síntesis de toda la reforma católica, eclesiástica y laica, en la sociedad francesa de su tiempo. Pero esta síntesis ni absorbe la densa originalidad de su doctrina espiritual ni elimina la diversidad desconcertante de su acción.

Señalemos un peligro constante y atenazador, introdu­cido candorosamente como bella tentación, para quien busca la originalidad de la vida, de la acción y de la espiritualidad de Vicente, para quien intenta introducirse en su estruc­tura mental: pasearse en la galería de las imágenes y no querer entrar en la experiencia humano-cristiana de su fe y en su evolución doctrinal. Semejante peligro haría correr el riesgo de olvidar lo que él juzgaba ser lo mejor de él mismo: el origen y el término de la estrategia dinámica de su acción, o sea, el alma de su alma. Su acción es sólo una «expresión inacabada» de su espíritu. En el espíritu de Vi­cente, vida, pensamiento y acción se unen y se identifican. Por eso es imposible abordar a este creyente comprometido al margen de las coordenadas socio-culturales de su época. Imposible también hacerlo al margen de la circunstancia socio-religiosa en la que su existencia tiene lugar. Su vida y su pensamiento son un forcejeo constante por asimilar una realidad que le viene dada y por responder, desde su receptividad abierta y acogedora del entorno, a los proble­mas que la misma historia le depara. No es posible descu­brir el sentido de la historia, hacer una lectura de la «escritura de la historia», interpretar el acontecimiento Vicente de Paúl, sin conocer la arqueología de la historia 7 . Todo lo demás no sería más que proyectar los fantasmas inconsis­tentes de quien construye un «discurso» vacío de sentido y de objeto. Olvidarlo, sería desconocer que Vicente de Paúl pertenece a ese género de hombres cuya vida y pensamiento se desarrollan en interacción recíproca. El dato de lo vivido, la circunstancia que lo ocasiona, la experiencia que engen­dra y prolonga se convierten en fuente fecunda de reflexión y ésta de comportamiento práctico. Por ello su vida se cons­tituye en pauta hermenéutica de su pensamiento y su doctri­na es la formulación de su fe y de su experiencia. En esta fe y en esta experiencia integra lo que ve y oye. lo que detecta o sospecha.

Si la vida, pensamiento y obra de Vicente de Paúl atraen hoy como ayer la atención y suscitan la admiración de his­toriadores, sociólogos, espirituales, líderes de hombres y es­trategas de acción, se debe a que este hombre arriesgado, hasta llegar a comprometer su pensamiento en la acción, es, ante todo, testigo de una fe y de una experiencia: la de caminar en presencia del «Dios vivo y verdadero», del Dios que muestra su preferencia por los pobres, del Dios de Jesu­cristo. De ese Jesús de Nazaret que tiene la pasión por el Reino, la pasión por los pobres, la pasión por las multitudes, la pasión por el pueblo dolorido y oprimido. Y que, a causa de hacer de estas pasiones la vida de su vida, a imitación y en el «espíritu» del «Salvador de los hombres», su fe y su experiencia le conducen a ser un creyente profundamente enraizado en el mundo vivo de su tiempo con sus intrigas político-religiosas, sus rebeliones populares, sus guerras, su hambre, sus fiebres, sus desgarraduras y también con los rasgos de su rostro humano. Esta pasión por los pobres será el hilo conductor de nuestra conferencia, centrada en el juicio de los pobres.

II. Concienciación

A la mirada de los cristianos, esclarecida por la luz pro­fética y evangélica, por la persona de Cristo, la exigencia de la pobreza se refleja primordial para acceder al centro de la fe y los pobres se revelan los testigos privilegiados del porvenir del hombre en la historia tal y como ha sido reve­lado en la plenitud del misterio de Cristo.

A su vez, los movimientos políticos más o menos revolu­cionarios —marxistas o no, milenaristas o no— deseosos de construir el futuro de los hombres, cifran las esperanzas en los pobres y por eso se centran en ellos. Este futuro, afir­man ininterrumpidamente, no se podrá obtener si los pobres no obran eficazmente. Para ello se requiere que éstos cobren conciencia de su situación «alienante», comprometan su pen­samiento en la acción y actúen, si es preciso, por la fuerza revolucionaria.

Digámoslo brevemente: Cada vez que en el correr de la historia se fija la mirada en la pobreza, es el porvenir del hombre lo que está en juego, en juicio. Cada vez que se centra el interés en los pobres, es el •sentido del hombre lo que está en proceso. Pobreza y pobres apelan a la conciencia humana —cristiana o no— para descubrir y orientar el sen­tido de la esperanza, para afrontar el porvenir del hombre, programado en los móviles y doctrinas de la acción política de los partidos revolucionarios o inscrito en el programa del «Reino de Dios» y en las «Bienaventuranzas».

Este juicio y este proceso ayudan a desterrar el centrar la pobreza y a los pobres en una visión, en una opción moralistas y legalistas, orientadas en orden al «tener», al «poseer». Al mismo tiempo abren a una y a otros a la luz profética y a la luz evangélica, al sentido de la Creación y al movimiento de la Encarnación, a la dimensión socio-econó­mico-política y al sentido de la existencia del hombre, a la solidaridad humana y a la fraternidad evangélica. Sólo así se pueden hacer inteligibles el dinamismo de la vida y el dinamismo del Evangelio en orden al objetivo de todo pro­yecto humano. El hombre —cristiano o no, revolucionario o no— debiera cobrar conciencia de que, a través de la «construcción del mundo en la economía de la Creación» y a través de la «Encarnación liberadora en la economía mesiánica», la pobreza instaura una crítica radical del «te­ner», del «poder». Esta crítica intenta suprimir la denomi­nación y, en consecuencia, el servilismo en las relaciones humanas. No obstante, la contextura interna, la columna vertebral de la pobreza no se centra en el tener, en el poder, en el uso y abuso de los bienes de este mundo. Su línea de fuerza, por el contrario, abre a la «luz del mundo» (Jn 8,12) para realizar una crítica en lo más genuino de la existencia humana.

Nos es fácil percibir —a pesar de la diferencia de las coordenadas socio-culturales y religiosas, de la diversidad de sensibilidad y de registro de expresión del siglo XVII y del mundo de hoy— que estas cuestiones planteadas implican la preocupación mayor de Vicente de Paúl. Ellas se relacionan con un aspecto, cuya importancia es capital en la espiritualidad vicenciana: el juicio de los pobres.

Dos preocupaciones ineludibles

Conscientes de que la «Buena Nueva» traída por Jesu­cristo no se confunde con ninguno de los proyectos sociales, políticos, económicos, sea quien sea el grupo de hombres que los proclamen, sino que los supera a todos, pero sabe­dores también con Péguy de que «lo espiritual está corrien­do en el cauce de lo temporal»8 , se trata de buscar en la inteligencia de la fe la luz que ilumina el verdadero rostro de los pobres y esclarece la significación de la pobreza.

Al hablar de pobreza en sentido vicenciano, dos preocu­paciones deben orientar nuestro espíritu. Esta doble preocu­pación no sólo nos vacuna contra la hipocresía, que quiere recuperar con palabras la carencia que existe en la vida, sino que nos ayuda a abordar constantemente a la pobreza y a los pobres en una perspectiva evangélica, en el misterio de Cristo. Si ambas preocupaciones renacen continuamente, es porque ellas mismas se reinventan incesantemente, al mismo tiempo que abren el espíritu del hombre a una bús­queda continua y lo transforman.

La primera preocupación es un deseo de realismo objetivo

La pobreza no puede ser abordada con palabras ni a nivel de hechos materiales: palabras y hechos deben ser insufi­cientes. Es evidente que no se puede abordar la pobreza más que con palabras alusivas, que se refieren a la vez al misterio de Cristo, de la Iglesia, de cada cristiano, de cada hombre. En esta perspectiva podemos comprender la signi­ficación de la divisa de Vicente de Paúl: «nada me agrada si no es en Jesucristo»9 y la confesión de Pascal: «amo la pobreza porque El la amó»10 .

La segunda preocupación es un deseo de realismo subjetivo

Quien habla de pobreza, debe alimentar su lenguaje con una experiencia de la fe, más exactamente, de la experiencia de la pobreza como verdad de fe. De lo contrario sus pala­bras no tienen ninguna consistencia. Esto quiere decir que la pobreza no es un dato aislado, sino que introduce en la verdadera vida cristiana, en la vida de Cristo. Dos pensa­mientos de Pascal nos dan la clave, más exactamente, la luz que nos permite acceder a otro orden del conocimiento: «sólo conocemos a Dios por Jesucristo» y añade: «no sola­mente no conocemos a Dios más que por Jesucristo, sino que no nos conocemos a nosotros mismos más que por Jesucristo; sólo conocemos la vida y la muerte de Jesucristo. Fuera de Jesucristo no sabemos qué es nuestra vida ni nues­tra muerte, ni qué es Dios, ni qué somos nosotros mis­mos»11 .

Estas dos preocupaciones impulsan a Vicente de Paúl, y a quienes le escuchan, a abordar a la pobreza evangélica, cristiana a través de la participación en el misterio de Cristo. Esta participación le hará estar atento a la inteligen­cia de su fe y le impedirá endulzar, suavizar, pulir lo abrupto y la aspereza de los términos evangélicos, su paradoja.

El valor central de la actualidad de Vicente de Paúl, de este vigoroso hombre de acción que es al mismo tiempo un no-violento y un ejecutivo, reside en que toma una posición evangélica en un momento de cambio y de crisis en el enfo­que general del mundo teológico y filosófico: la sustitución de la metafísica y de la abstracción por la experiencia de lo real, de lo concreto. Para mí la significación más profunda y más actual de este magnífico despertador de conciencias, a causa del cual más de 1.000.000 de mujeres y de hombres han decidido vivir, aún hoy, el riesgo del servicio del Evan­gelio en favor de toda clase de desheredados, está en que intenta dar una respuesta cristiana a la construcción del mundo desde la visión evangélica de los pobres. Por eso Vicente de Paúl nos declara secretamente: es imposible des­cubrir el misterio de Cristo sin descubrir hasta qué punto se identifica de manera privilegiada con los pobres. Y simultá­neamente nos confiesa con el mismo sigilo hasta qué punto es imposible también reconocer plenamente la dignidad de los pobres a no ser con la mirada de Cristo. Es, pues, a una adopción de ángulo de visión, a una transformación de nues­tra concepción de la vida a la que estamos invitados con Vicente de Paúl para construir el mundo en la perspectiva del «Reino de Dios», que es una perspectiva de solidaridad humana, de justicia social, de caridad, de compromiso social en beneficio de todo pobre.

III. Los pobres en tiempo de Vicente de Paúl

Cada época, en razón de sus estructuras sociales, econó­micas, políticas, tiene su máquina de fabricar pobres. De ahí que cada una produzca y posea los suyos propios. El estu­dio de la historia social del siglo XVII francés revela una doble realidad: la pobreza aparece con rostros diversos y los pobres están clasificados en categorías diferentes. El mundo de los pobres es diverso. Unos están integrados en la socie­dad, otros viven al margen de esta misma sociedad. Pero son los mismos individuos, los mismos grupos los que pue­den permanecer al lado de acá, o, por el contrario, franquear esta línea divisoria fundamental. La diversidad del mundo de los pobres no excluye su unidad. Ello comprueba lo in­cierto y fluctuante que es trazar la línea fronteriza entre el mundo «normal» y el mundo «marginal» de los pobres en tiempo de Vicente de Paúl. Simultáneamente hace constatar que los pobres constituyen un conjunto que no posee inde­pendencia económica ni casi nunca derecho de ciudadanía.

La aportación del lenguaje en el estudio de los pobres, al expresar con gran precisión el contenido de la realidad de éstos, es, por otra parte, sumamente reveladora. Al llamar pobre a quien ordinariamente tiene un nivel de vida muy bajo y está. expuesto todos los días a no conseguir lo indis­pensable para vivir, o sea, el mínimo vital biológico; mendi­go a quien tiene que pedir limosna para poder subsistir; el vocabulario francés del siglo XVII nos revela la vulnerabi­lidad y la gran dificultad a la que se ve sometida la clase humilde. Al definir y condenar al vagabundo y al desalmado, este mismo vocabulario nos informa cómo la sociedad recha­za y margina a una gran parte de las clases más bajas.

Lenguaje y realidad social concuerdan en algo que nos parece esencial: la historia de los pobres en tiempo de Vi­cente de Paúl es, sin duda, el estudio del mundo de los desfavorecidos de esta tierra, pero también la historia de una segregación, de una separación, de una línea divisoria trazada por la sociedad.

El mundo diverso y fluctuante de los pobres

El sentido de la palabra pobre en el siglo XVII no tiene solamente una significación económica. En sentido amplio, pobres es el que sufre, el que se encuentra en la desdicha, el afligido. En una aceptación más estricta, pobre es el que se encuentra viviendo continuamente en la escasez, en la nece­sidad, en la penuria.

En realidad el siglo XVII considera pobres a quienes están continuamente amenazados de caer fácilmente en la pobreza, dada la incertidumbre en que se encuentran todos los días de poder conseguir los medios necesarios para poder vivir, subsistir. Esta preocupación continua es suma­mente reveladora de la fragilidad y de la inestabilidad de las masas populares. Ella implica y, en definitiva, explica que el siglo XVII llama pobres a quienes están acechados cada día por la pobreza y, al más mínimo incidente de la coyuntura histórica (mala cosecha, crisis agrícola, que desen­cadena siempre una crisis textil y manufacturera, en defini­tiva una crisis económica y social con todas las consecuen­cias que implica), se encuentran acosados, a veces incluso apuñalados por ella. El mundo de los pobres es el de la necesidad, el de la ausencia de reservas alimenticias; es el mundo condenado a vivir en la obsesión de poder conseguir el pan de cada día. Los diferentes sondeos realizados en el mundo de la miseria de las principales provincias y de las grandes ciudades12 muestran muy abundantemente que la mayoría de los campesinos, muchos obreros de la ciudad y todos los del campo, pequeños artesanos, son asistidos por la caridad pública o privada. Ello significa que los pobres provienen del mundo del trabajo, de quienes no poseen nin­gún otro bien. Por eso muchos campesinos y jornaleros, a causa de diversos incidentes, se enrolan en el pauperismo y muchos artesanos y obreros de la ciudad, incapaces de poder alimentar con su salario a su familia, tienen que ser socorridos13 .

Si es difícil y sutil determinar las variaciones del umbral de la pobreza, y de esta manera poder catalogar a los pobres, sus consecuencias son, por el contrario, muy claras. La más inmediata consiste en forzar a la mendicidad a la mayoría de la clase humilde, es decir, entre el 50 y el 60 por 100 de la población. Pienso en todos los campesinos y obreros del campo y de la ciudad, a quienes los contra-golpes de la co­yuntura histórica precipitan por debajo del límite del umbral de la pobreza. Todos ellos se convierten momentánea o defi­nitivamente en mendigos y con frecuencia en errantes. Estos desarraigados son siempre muy numerosos en las ciudades y en los caminos, sobre todo en momentos de crisis agríco­la, textil y manufacturera.

El mundo de los pobres es, en definitiva, el mundo de la dependencia en razón de su ignorancia y de su endeudamien­to endémico con los poderosos, los «burgueses», que inten­tan por todos los medios llegar a «la conquista de la tierra». De la pobreza a la mendicidad la diferencia sólo es de grado no de naturaleza; esta idea parece esencial en el estudio de la historia social del siglo XVII francés. La prueba se encuentra en que la mendicidad, concebida como recurso casi ordinario de las clases más humildes, es un rasgo caracte­rístico de la estructura social de la Francia del tiempo de Vicente de Paúl.

La constatación de la terrible miseria, a veces cruel, para una gran masa de la población activa —miseria apuntalada por un gobierno centralista que se instala en la guerra, en los impuestos y en el despilfarro— no puede hacernos olvi­dar la situación de otras clases de pobrezas y de pobres, como son los enfermos, multiplicados a un ritmo casi in­fernal por los desastres del hambre, de la guerra, de las epi­demias; los niños expósitos, abandonados en las puertas de las iglesias y sometidos a tráficos inhumanos para excitar la piedad de los transeúntes; los galeotes, condenados per­petuamente al ritmo de las cadenas, a veces simplemente por negarse a pagar los impuestos que no pueden pagar. En realidad son una mano de obra barata de las galeras reales. Todo este mundo ignorado, condenado y maltratado por la élite de la sociedad se arrastra y sucumbe irrevocablemente al sufrimiento, al abandono, a la soledad y a la muerte.

Actitudes y comportamientos ante los pobres

La actitud ante la pobreza y los pobres revela siempre algunos rasgos fundamentales de carácter individual y co­lectivo. Estos rasgos desvelan los síntomas de la sensibili­dad individual o de la estructura mental de la sociedad. En su comportamiento con los pobres, el individuo y la socie­dad descubren una parte de sus certezas, de su subcons­ciente y de sus angustias. De la piedad a la repugnancia, del desprecio a la envidia, del sado-masoquismo al milena­rismo, todos los matices de la psicología y del análisis freudiano pueden reflejarse en ellos. Esto tiene validez, natural­mente, para una sociedad cristiana, puesto que Cristo vivió entre los pobres y exhortó a sus discípulos a la limosna.

Las actitudes mentales y sociales de los hombres y de la sociedad del siglo XVII francés en relación con los pobres olvidan, a veces, y otras perciben la conciliación paradójica del escándalo de la miseria vivida —pobreza real— y la estima espiritual de la pobreza —virtud que introduce en la vida cristiana. Desdichadamente, en sus actitudes y com­portamientos los individuos y la sociedad del tiempo de Vicente de Paúl disocian la pobreza —como noción espiri­tual y realidad psicológica— del contexto económico-social. De ahí la contradicción de esta sociedad entre la proclama­ción de la «eminente dignidad de los pobres» y la decisión por decreto real (abril de 1656) del «encerramiento de los pobres». Semejante contradicción se arraiga en haber ido sustituyendo los criterios evangélicos de servicio a los po­bres por los del mercantilismo de la época, orientados a crear una economía nacional, y por criterios morales y reli­giosos de matiz represivo y moralizador, encaminados a «re­glar» y «gobernar» la vida de los pobres que viven al mar­gen de toda regla social y religiosa. Estos criterios y estas actitudes explican el que algunas obras y actividades carita­tivas, de neto matiz evangélico en beneficio de •los pobres, se convirtieran en operaciones represivas, cobraran un aire de control policial y provocaran el «gran encerramiento de los pobres» en el Hospital general. Este organismo, denomi­nado Hospital general, «es un extraño poder entre policía y justicia», limitando con el borde de lo legal; «el tercer orden de la represión» según la expresión de Michel Fou­cauld.

Este sistema severo, expeditivo e impersonal del ence­rramiento de los pobres expresa una idea pesimista del po­bre, una ideología que no reconoce ningún valor al pobre y al mendigo. La caridad, en consecuencia, se convierte en un asunto de conveniencia social, de policía criminal.

Severidad y pesimismo, incluso, menosprecio ¿explican la caridad como pedagogía del siglo? Es muy posible, dada la semejanza de terapéutica proteccionista empleada en el trato reservado al niño, al demente, al mendigo. En ellos la naturaleza manifiesta un desequilibrio, una deficiencia. Por eso se interna a los pobres, para ayudarles, para pre­servarles de las tentaciones funestas, para darles una forma­ción religiosa y una actividad profesional, pero quizá ante todo para corregirles, para deshacerse de su presencia mo­lesta, para castigarles. Los pobres y mendigos consideran el traslado al Hospital general como una segregación, como un castigo colectivo. Vicente de Paúl juzga que este proce­dimiento es inhumano, contrario a la dignidad y a la liber­tad de los pobres y se opone a él14 .

Los márgenes de la sociedad

Un aspecto nos parece importante señalar: los pobres del dempo de Vicente de Paúl no sólo se entregan a «activida­des criminales» (es decir, observan una conducta que crea un peligro para el sistema colectivo). Sin embargo para una parte, al menos, de sus contemporáneos su mera existencia parece ser un crimen, ya que por su mismo estilo de vida rompen las conveniencias sociales. La «sociedad» proclama: los asociales y marginados contravienen las leyes; el aparato policial debe perseguirles y el aparato judicial debe conde­narles. El historiador no puede considerar a la sociedad fiándose plenamente de los convencionalismos que nos impo­nen las normas y las apreciaciones recibidas. Debe estudiar el mundo de los marginados, el mundo de los estratos po­bres como una parte de la sociedad en general. Tiene que acercarse a ella por el borde de su franja marginal. Vicente de Paúl puede ayudar en gran medida al historiador a pe­netrar por esta línea fronteriza en la sociedad de su tiempo. Su vida, actividad y doctrina son un exponente claro de abor­dar por esta zona a la sociedad. Para él los pobres no son asociales o marginados que causan asco, rencor o miedo, como piensa la parte más elitista y más represiva de esa sociedad. Por ello ante las bandas errantes de pequeños y medianos campesinos, jornaleros del campo, artesanos y obreros de la ciudad, provacadas y desencadenadas por la política exterior e interior del gobierno central exclama: «Los pobres, que no saben adónde ir ni qué hacer, que su­fren y que se multiplican todos los días, constituyen mi peso y mi dolor»15 . Estos desarraigados le descubren las con­diciones reales en las que se ha realizado, se sigue reali­zando, la verdadera redención. Al mismo tiempo le desvelan el designio amoroso de Dios en beneficio de los pobres, de los hombres en la Encarnación salvadora de Cristo, el senti­do y el objeto de su encarnación, la de Vicente.

IV. Vicente de Paúl, un pobre y un profeta de los pobres

Para acceder al sentido de un autor, para caracterizar la fisonomía de un hombre, es menester discernir «el talento que regula todos los demás»16 . Este talento, este criterio, diríamos nosotros, al referirnos a Vicente de Paúl, pobre y profeta de los pobres, es la presencia del misterio de Cristo en los pobres.

Para comprender cómo Vicente de Paúl llegó a ser un pobre, para discernir su mística de los pobres, la estrategia dinámica de su caridad, es indispensable descubrir el con­tenido y el dinamismo de su experiencia humano-cristiana. Sólo así se podrá descubrir, captar, la originalidad de su doctrina, de su profecía. Sin esta preocupación no sólo se reduce y se vacía el dinamismo vivo e intenso de la persona­lidad de Vicente, sino que se arriesgaría no descubrir el sentido y el significado de sus palabras referentes a la po­breza y a los pobres.

La experiencia de la pobreza y de los pobres en Vicente de Paúl

La experiencia de la pobreza y de los pobres en Vicente de Paúl no se puede encerrar, encajonar, en unas cuantas frases por muy pulidas y brillantes que sean. Esta experien­cia evolutiva camina al ritmo de los acontecimientos impre­vistos e imprevisibles. Para caracterizarla lo menos imper­fectamente posible, fijaremos nuestra mirada en el momento clave que señala esta evolución y a partir del cual se acelera su ritmo, crece en progresión y aumenta en extensión.

Cuando Vicente entra por primera vez en París, en 1608, se encuentra en la miseria. Desde hace ocho años, este sacerdote errante de la diócesis de Dax, persigue la fortuna, pero ésta parece huirle y reirse de él. Para esta fecha, dos de sus cartas (24 de julio de 1607, 28 de febrero de 1608), llamadas de •la «cautividad»17 , podrían fácilmente cautivamos, mas difícilmente podrían tranquilizarnos. Como otros muchos gascones, que abundan y «vegetan, agrupados en buhardillas, poniendo en común su arrogancia, su penuria y su suerte»18 , Vicente encuentra alojamiento en la habi­tación de otro gascón, el juez de Sore, en el arrabal Saint­-Germain, quizá el arrabal más miserable y de peor fama de París19 , e intenta buscar fortuna. El nombramiento de limosnero (1610) en el fastuoso palacio de la reina Marga­rita, esposa repudiada de Enrique IV, no es suficiente para enriquecerle, ni para permitirle vivir según el deseo de su sueño. La pobreza, en que se encuentra envuelta su exis­tencia, le impulsa a buscar un «honorable beneficio»20 , capaz de hacerle deshacerse de esta envoltura molesta. La miseria, en definitiva, no es para él, de 1581 a 1617, más que el resultado de no saber defenderse en la vida y los pobres, estas miserias ambulantes, no interesan, ni preocu­pan excesivamente a Vicente de Paúl. Al menos, no inter­pelan a su existencia ni le plantean un problema.

El descubrimiento de los pobres

Al mismo tiempo que obtiene en el aspecto económico el deseo de su sueño por la acumulación de beneficios y la entrada en la casa señorial de los Gondi, Vicente, entre 1613 y 1617, se agita en una «noche oscura» del espíritu21 . Para re-estructurarse en su fe, se esfuerza en testimoniar por sus actos que cree en estas palabras de Jesús: «Cuantas veces hicisteis un servicio a uno de estos pequeñuelos a mí me lo hicísteis» (Mt 25,40). Los servicios realizadas en favor de los desdichados, en quienes Cristo está presente, apaciguan su espíritu y lo iluminan. En esta situación «se decidió un día a tomar una resolución firme e inviolable para honrar más a Jesucristo e imitarle más perfectamente de lo que hasta entonces lo había hecho, que fue dar toda su vida por su amor al servicio de los pobres» 22 . Vicente descubre la presencia de Cristo en los pobres, el sentido de los pobres, cuando se da a ellos y asume su propia pobreza. El su­frimiento, que le causa su propia existencia, le lleva a per­cibir más profundamente el rostro de los desdichados y esta percepción le hace ser un excelente testigo y un cliente pri­vilegiado de los pobres. En ese momento su caminar cambia de ritmo y sus perspectivas de sentido: una luz nueva in­vade su alma. «Su alma —nos dice Abelly— se encontró su­mergida en una dulce libertad… fue llenada de una luz tan abundante que como él lo ha confesado en varias ocasiones le parecía ver las verdades de fe con una luz totalmente especial»23 . Dios transforma a este cazador-de-beneficios­eclesiásticos»24 en un profeso de los pobres y hará de él, a través del genio económico y financiero25 de este inten­dente general de la caridad parisina26 , un profeso de la pobreza. A partir de ese día la voz de Vicente de Paúl, a tra­vés de su enseñanza, será el clamor de un profeta de los pobres de la Iglesia moderna.

Una nueva convicción se instala, al mismo tiempo, en lo más profundo de la conciencia de Vicente: no se puede co­nocer sin amar. Pero el conocimiento se encuentra al tér­mino de un intercambio profundo y el amor requiere dar su vida por los demás. Conocimiento y amor exigen pagar el precio de la abertura, del descubrimiento, del don al «otro»: «Es necesario dar su corazón para obtener el cora­zón de los otros»27 .

Si este doble movimiento del conocimiento y del amor va a orientar la dinámica generadora del pensamiento y de la vida de Vicente, no se puede olvidar que su experiencia del descubriimento de Cristo en el pobre es liberadora y transformadora para él. Al liberarse de la esclavitud de sí mismo, de su propio desgarramiento interior, percibe la vida como don y tratará de programarla y realizarla en adelante como don. Esta experiencia es, al mismo tiempo, unifica­dora, capaz de integrar en lo más profundo de la existencia de Vicente de Paúl el amor a Dios y el amor al pobre, el don a Dios en el servicio a los pobres, a los hombres. Cierta­mente esta liberación y esta unificación no se logran sino por un proceso de conversión, por el arrancamiento de la servidumbre para estar desprendido de toda concupiscencia, porque la experiencia de Dios es transformante. Pero esta transformación no es otra que el vivir del Dios-Amor para el hombre (cf. I Jn 4,8-9). El resultado de este proceso es que todo el ser de Vicente resulta comprometido por esta experiencia totalizante e integrante.

Interesa recordar, que esta experiencia, al compartirla Vicente de Paúl con otras conciencias, pasa, de intra-perso­nal, a ser inter-personal —creadora de comunidad— y ter­mina por ser meta-personal, es decir, por adquirir una di­mensión social. Para él toda experiencia de Dios termina en la dimensión social de la acción, en compromiso social. Una acción, así entendida, resulta ser una dimensión constituiva de la experiencia del don a Dios. Don a Dios que se ali­menta continuamente desde las instancias concretas de la vida necesitada de los pobres. Buen alquimista de fórmulas espirituales, Vicente funde en una frase los elementos del contenido de su experiencia. A través de ella intenta comuni­car su experiencia re-creadora y modelar el espíritu de los Misioneros y de las Hijas de la Caridad: «Es necesario darse a Dios para amar a Jesucristo y servirle en la persona de los pobres» 28 . Este don, en definitiva, es la respuesta del hombre al Dios fiel, sorprendente y comprometido en la historia humana. Al mismo tiempo introduce al hombre en el dinamismo del «Espíritu de Cristo» y le permite desarrollar las dos virtudes, que caracterizan al Hijo de Dios: «la religión en relación al Padre y la caridad en orden a los hombres»29 . Abordada en esta perspectiva se puede des­cubrir la riqueza y la profundidad de la expresión de Vi­cente de Paúl: «continuar la misión de Cristo», de ese Cristo que «estará en agonía» en cada hombre «hasta el fin de los días»30 .

El juicio de los pobres

En la densa originalidad de la espiritualidad de Vicente de Paúl hay un aspecto que se debe analizar minuciosa­mente y explotar con esmero: es el juicio de los pobres.

Progresivamente los pobres van a ser para Vicente de Paúl un «signo», una «presencia», una «llamada» de Cristo, que le proporcionan el beneficio de una concienciación, le comprometen en una responsabilidad, le dan una vocación. Pero ante todo y sobre todo, el encuentro con los pobres le hace descubrir el Evangelio de Jesucristo, enviado a los po­bres. El mismo nos declara que el encuentro con los pobres le proporciona una nueva hermenéutica de interpretar el Evangelio. Consciente de esta mediación de los pobres, utili­zada por Dios, el buen padre Vicente no olvida informarnos discretamente del contenido de estos seres aparentemente Insignificantes: su presencia le transmitió una orden de par­te de Dios, su miseria le proporcionó, simultáneamente, una nueva vivencia de la fe, un modo de ver las cosas inspirado por el Evangelio, una praxis al servicio de los empobrecidos y explotados de esta tierra.

La inspiración verdadera, donde Vicente de Paúl descu­bre el juicio de los pobres, no es otra que la presencia del misterio de Cristo en los pobres. En ella encontramos las directrices que orientan y motivan su estrategia dinámica de la caridad, su mística de los pobres, al mismo tiempo que impiden a los pobres convertirse en miserables:

  • Jesús no se contentó con predicar su mensaje a los pobres, los sirvió. Más todavía, es a ellos a quienes dedica su vida, todo su interés. Este Jesús acompaña y hace suyos los padecimientos de la vida cotidiana de los afligidos de esta tierra31 .
  • El Hijo de Dios está presente en los pobres. Si a la mirada humana estos pobres aparecen ignorantes, vulgares, groseros y apenas ofrecen rostro y sensibilidad de seres racionales32 , sin embargo fuerzan a descubrir que la ver­dadera religión se encuentra en ellos33 . Y si se «vuelve la medalla», si se les mira «a la luz de la fe», aparecerán como imágenes de Jesús «que quiso ser pobre y que nos es representado por los pobres»34 .
  • Finalmente, Cristo, al estar presente en los pobres, considera como hecho a su persona todo lo que se hace a los pobres35 . A quienes los sirven les procuran algo más que «recompensas eternas»36 . Incluso en este mundo otorgan una «dicha especial», una «protección particular»37 . Quienes sirven a los pobres no temen la muer­te38 .

Los pobres, de quienes Vicente de Paúl habla con sus interlocutores y a quienes quiere introducir en sus existen­cias, no blanquean con cal la conciencia de nadie. Los pobres no son para él como un slogan, una categoría de análisis, una idea, un vertedero de la piedad, deslizador, en defini­tiva, de un egoísmo nauseabundo y de un ansia de poder insatisfecho. Sino los pobres como una realidad de despojo, explotación, dependencia, dolor, desnutrición y muerte. Al ser testigos e imágenes de Jesús, éste los constituye aboga­dos acusadores y defensores de su propia causa. A lo largo del proceso los pobres se levantan para convocarnos ante el tribunal de Dios y de la sociedad. Pueden condenarnos en cada minuto, pero también tienen poder para liberarnos y salvarnos39 . Sus argumentos, que son desnudamente un exponente de su vida, constatan nuestros gustos refinados con su miseria, nuestro despilfarro con su escasez, nuestro dominio con su servilismo, nuestra indiferencia con su aban­dono. Estos seres, aparentemente despreciables, sin derecho a la mirada de la sociedad, son, en realidad, grandes seño­res y nosotros somos sus servidores40 . El poder de los pobres es inconmensurable, porque pueden aclarar nuestra mriada miope. Nos invitan a ver las cosas como son en Dios, en Cristo41 .

Los pobres, en el misterio de Cristo, nos revelan lo que somos y lo que debiéramos ser. Los pobres juzgan lo que hemos hecho y lo que hubiéramos debido hacer, lo que hacemos y lo que deberíamos hacer. Portadores inconscien­tes de las exigencias de la «justicia de Dios», inauguran en nosotros otro ritmo de existencia, otra manera de existir en los demás, de habitar en Dios.

Este juicio de los pobres condujo a Vicente de Paúl a conocerlos y a amarlos, desde la profundidad de su partici­pación en sus vidas humanas, con una generosidad vivida en la verdadera fraternidad, iluminada por la «economía» de la Creación, de la Encarnación, de la Redención. Este Dios de la creación lanza a Vicente hacia el mundo de los otros, los más pobres. Le enfrenta con los males, que éstos padecen, y le impulsa a combatir las causas, que los provocan. Este Jesús de la Encarnación, de la Redención, a quien no se encuentra, sino en el esfuerzo por buscar contacto con todos los hombres y por vivir con todas sus consecuencias La mi­sión de la fraternidad, le hace optar por los pobres. Esta opción es para él un distintivo de quien se acerca al Evan­gelio para descubrir y continuar la misión evangelizadora y liberadora de Jesucristo. Pero este Evangelio y esta mi­sión tienen un punto referencial clave: los pobres. En reali­dad, todo esto no es más que el acercamiento amoroso al sufrimiento de los hombres, y principalmente de los pobres. Es una vida comprometida en la práctica de la voluntad de Dios, descubriéndola dolorosamente en la realidad personal y social, haciendo de ella el compromiso por el anuncio y la realización del «reino de Dios y su justicia».

Por ello, en la mística vicenciana hay, en primer lugar, un cobrar conciencia de la responsabilidad. Esta concien­ciación con respecto a los pobres es para Vicente de Paúl una intuición profunda y creadora: él ve en los pobres a sus bienhechores. No lo podemos dudar: son ellos los que le han hecho humanamente grande y cristianamente santo. Y eso, sencillamente, por haberse identificado con ellos en su suerte y por haber hecho de su causa la suya. Esta intui­ción inicial se traducirá en: institución: los sacerdotes de la Congregación de la Misión, las Hijas de la Caridad, las «Cari­dades»; acción: la obra socio-caritativo-religiosa; fórmula: «los pobres son nuestros señores y maestros». Maestros de vida y de pensamiento. Junto a ellos la inteligencia se escla­rece, el pensamiento se rectifica, la acción se ajusta, la vida se modela desde el interior.

El fundamento más dinámico, más imperecedero, utili­zado por Vicente de Paúl para formular doctrinalmente esta intuición, es el dato bíblico. El nos presenta a Jesús insis­tiendo que lo fundamental es cumplir la voluntad del Padre (cf. Mt 7,21). Voluntad, que significa conocer a Jesús en el proceso de hacer las obras del «reino»; en la práctica de realizar todo para que la fraternidad bajo un mismo Padre cobre rostro humano, se haga carne en la carne viva y dolo­rida de los pobres. Voluntad del Padre, centro de atracción de la vida, de la preocupación, de la misión de Jesús, que se cifra en anunciar y hacer realidad el «reino de Dios», en un mundo donde reinan otras realidades. Pero este reino, lo hemos señalado anteriormente, tiene un punto referencial ineludible, que cualifica la vida de Jesús: los pobres. De ahí que Vicente de Paúl nos presente a Cristo como la esperanza de los pobres. A partir de esta visión: Cristo enviado a los pobres, Vicente presenta a Cristo pobre, Vicente presente en los pobres y los pobres presentes en Cristo.

Los pobres son, en consecuencia, el lugar privilegiado del encuentro con Dios, la imagen de Cristo, un «sacramento» de su propia presencia. Su cometido es mantener viva en ellos la «marca de Jesucristo», quien en su Encarnación, en su vida pública y en su Pasión asumió la pobreza, el su­frimiento. Como siempre Cristo descifra la realidad de los pobres: «Nada me agrada si no es en Jesucristo»42 , de­clara Vicente de Paúl. Los pobres sólo le agradan en Jesu­cristo. A la mirada de Vicente los pobres merecen el más profundo respeto, porque su mirada es iluminada por la luminosidad de la fe; el mejor servicio, realizado con «ale­gría, coraje, constancia y amor»43 , hasta llegar a com­partir solidariamente con ellos su dolor, su desamparo, su marginación. Pero el servicio no trae el poder; el servicio expone, el servicio es un riesgo, cuando pone los signos concretos de la liberación de los pobres.

La Iglesia de los pobres

Si Vicente de Paúl intenta con ahínco y propone incan­sablemente aunar todas las variantes del dinamismo vital para buscar y realizar el «reino de Dios» en sí mismo y en los demás, es con el fin de glorificar al Padre continuando la misión de Cristo, evangelizador de los pobres 44 .

Esta misión de Cristo de evangelizar a los pobres (cf. Lc 4,18), se inscribe en lo más hondo de la conciencia de Vi­cente. Orienta sus opciones, su actividad, su moral, su po­lítica. Por eso ese Cristo pobre, presente en los pobres, que se dirige preferentemente a los pobres y se declara su evangelizador, imanta y polariza la conciencia vicenciana45 .

Apoyado en la triple fuente de inspiración joánica, pauli­na y lucana46 , Vicente de Paúl contempla, y nos pide mirar de manera privilegiada, a un Cristo lleno de celo47 , de ternura o compasión48 , humilde49 . Este Cristo, que se refleja en la profundidad de la mirada vicenciana, es un Cristo «escarnecido», «despreciado», «humillado»50 , hasta llegar a asumir al máximo la condición de pobre, sometido a la voluntad del Padre hasta el anonadamiento de la encar­nación y de la muerte51 . La visión de Cristo y de su obra adquieren una atracción irresistible y una densidad inolvi­dable en la espiritualidad vicenciana52 .

Este Cristo vino para los pobres y se identifica con ellos53 . La Iglesia, comunidad que continúa el misterio de Cristo54 , debe extender esta presencia y esta misión. Si no vemos cómo Cristo está en los pobres, ya no podemos discernir, descubrir cómo la Iglesia de Cristo es la Iglesia de los pobres, la Iglesia pobre. Ante esta actitud evangélica hay en la Iglesia -de ayer y de hoy- ideologías mal bautizadas y de ninguna manera convertidas. El mal viene de antiguo y es profundo: desde el siglo IV, cuando el paganismo, a tra­vés del Derecho Romano, se infiltra y se injerta en la doctri­na cristiana, hasta el «marxismo cristiano» de hoy, pasando por el mercantilismo de los siglos XVI y XVII y por el ange­lismo, que se desliza sinuosamente a través del paso de los siglos.

Vicente se podía haber dejado seducir fácilmente por la fuerza jurídica y la riqueza económica de la iglesia de Fran­cia en el siglo XVII55 . Pero un «hugonote», que desea «convertirse», le recuerda la realidad. Este denuncia 10.000 sacerdotes que vagabundean por las calles de París y pu­blica el abandono en que se encuentran los pobres56 . Y esto es precisamente lo que impresiona agudamente a Vi­cente de Paúl: la línea original de la construcción de la Iglesia, Iglesia-Pobres, parece olvidada, abandonada.

La Iglesia de Cristo no es, en consecuencia, para Vicente de Paúl una promesa de poderío, sino «la Iglesia de los pobres», «la Iglesia pobre». Sólo la preocupación, el com­promiso, la acción en beneficio de los pobres pueden exor­cizar, expulsar sin hisopos y sin convulsiones, a los fantas­mas que impiden ver que la Iglesia de Cristo sea la verda­dera Iglesia, la conducida por el Espíritu Santo57 .

El fracaso esencial de la Iglesia —la de ayer y la de hoy— sería no dar la «preeminencia» en ella a los pobres. Y mucho más no encontrarlos en sus filas. Consciente de esta preeminencia de los pobres en la Iglesia, Vicente lanzará su consigna: «Vayamos, pues, hermanos míos, y dedi­quémonos con nuevo amor a servir a los pobres e, incluso, busquemos a los más pobres y a los más abandonados; reco­nozcamos delante de Dios que son nuestros señores y nues­tros maestros y que somos indignos de ofrecerles nuestros pequeños servicios»58 . Al mismo tiempo nos entrega un secreto de amor y de servicio: «La mejor manera de asegu­rar nuestra felicidad eterna es vivir y morir al servicio de los pobres, en los brazos de la providencia y en un renun­ciamiento de nosotros mismos para seguir a Jesucristo»59 . En esta misma línea de pensamiento nos pone enfrente de nuestra responsabilidad: «¡Ah, tendríamos que vendernos nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la mi­seria»60 . Ansioso de hacer cobrar conciencia a los hom­bres y de agudizar su responsabilidad social ante la miseria de los pobres, proclama: «Dios nos conceda la gracia de conmover nuestros corazones para con los pobres y de pen­sar que ayudándolos ¡practicamos la justicia y no la miseri­cordia!»61 . Finalmente, consciente de que en la Iglesia y en la sociedad todos vivimos del trabajo de los pobres, exclama: «Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres… Somos responsables, si ellos sufren por su ignorancia y sus pecados; en consecuencia somos culpables de todo lo que sufren, si no sacrificamos toda nuestra vida para instruirlos»62 .

En este clima de responsabilidad, de solidaridad y de amor con los pobres, se destierra para siempre convertirles en instrumentos de proselitismo de cualquier signo. Se po­dría afirmar que el fondo de la cuestión consiste en expre­sar la verdad de la fe en actos y no traducirla en palabras. En lenguaje de hoy sería pasar de la «ortodoxia» a la «orto-praxis». Esta fe, que Vicente de Paúl la vive en el amor a Dios y a los hombres, no es un discurso sobre el mundo, sino una práctica en el mundo, en el compromiso con la causa de los pobres.

Vivir la fe en la caridad

A partir de la experiencia de Chátillon-les-Dombes, «una caridad mal organizada»63 , Vicente de Paúl cobra con­ciencia de que para ser eficaz en todos los frentes, donde aparece la miseria, se requiere «organizar» la caridad, «poli­tizarla», en sentido de «socializarla» o de hacer constar que es un asunto de conciencia social, hacerla «inventiva», hasta llegar a ser creadora de justicia social. Y ello porque la justicia, para ser ella misma, se transforma para él en amor, en caridad, en don sin medida. Vicente de Paú1 no intenta con ello proponer un proyecto político. Sin embargo, a tra­vés de su actuación y su doctrina deja entrever que la cari­dad es la única ley para construir la vida de la sociedad en la solidaridad y en la equidad, dada la incapacidad de ésta para realizar la justicia en la repartición de los bienes nece­sarios para vivir. Para él, la función de la caridad es com­pensar las deficiencias o los fracasos de la práctica política de su tiempo. Pero dejando muy claro que más allá de las relaciones en el ejercicio de la misericordia, es primordial­mente el amor el que da sentido a dichas relaciones y esta­blece la unión con Dios. A través de la práctica de la caridad, trata de articular, tan rigurosamente como es posible, la relación a Dios y la construcción de una sociedad más solidaria con los pobres. En definitiva, busca negociar con la sociedad, a través de la caridad, la redistribución de re­cursos que puede hacer necesaria la coexistencia imposible de ricos y pobres.

Para comprender la acción caritativo-social de Vicente de Paúl y percibir, a través de ella, su conciencia cristiana, que asume el compromiso social del Evangelio en el mundo de los pobres, es menester situar a este organizador de la caridad parisina en el mundo vivo de su tiempo. En este mundo de la primera mitad del «Gran Siglo» la miseria abunda. Esta miseria está provocada por la baja producti­vidad de la tierra, y aumentada, hasta llegar a veces al paroxismo, por la guerra, los impuestos fiscales, las rebe­liones populares…64 . La preocupación financiera es acu­ciante, tanto entre los campesinos como entre los nobles, y la burguesía, principal poseedora del dinero contante y sonante, lucha sagazmente por todos los medios para llegar a «la conquista de la tierra»65 y forjarse su éxito social. A pesar del gran desorden económico que existe, aparece en la sociedad un desarrollo de fuerza productiva del hom­bre, un estímulo de promoción, cuyas causas promotoras son el progreso «manufacturero», el despliegue comercial y la economía de circulación y de trabajo.

En esta coyuntura hay que colocar la vida y la obra de Vicente de Paúl. Los inventarios de archivos notariales, que nos permiten conocer su talento económico y financiero extraordinario66 , nos impiden caer en la tentación del angelismo. ¿Por qué olvidar que los bienes económicos pueden convertirse en materia de caridad evangélica? Lo impor­tante es percibir la incidencia e influencia de las dimen­siones económicas en el plan socio-político-cultural en la Iglesia y en la sociedad. Vicente de Paúl sabe perfectamente por fe y por experiencia que en la Iglesia de ayer, de hoy y de mañana —que ha vivido, vive y vivirá en medio del mundo para compartir con él las «bienaventuranzas»— po­der saber y riquezas no son ídolos a quienes hay que adorar, para que defiendan nuestras seguridades, sino bienes que se deben hacer fructificar al máximo y ponerlos totalmente al servicio de los demás, especialmente al servicio de los pobres. ¿Lo habremos olvidado desdichadamente? Sería olvi­dar al mismo tiempo la realidad y a los pobres, las exigen­cias de la Creación y de la Redención, a Vicente de Paúl, quizá el primer santo en la Iglesia de Dios que haya tenido sentido de las realidades económicas.

Este sentido de las realidades económicas nos ayuda a comprender mejor su gran sentido de las coordinaciones y la cooperación en el plano caritativo-asistencial con los lla­mados «jansenistas». Por eso cuando se entrega a liberar a los pobres de la miseria, Vicente de Paúl invita a otros a dedicarse a la liberación de esta miseria por la caridad, hasta hacerles pagar con sus propias personas. Para hacer comprender la significación de la invitación y evitar que sea rechazada, se esfuerza en transmitir las exigencias de Dios, inscritas en la carne viva y sufrida de los pobres. Los po­bres no intentan dar lástima, sino ser testigos de la injus­ticia de la que son víctimas. Dios, en la fe de Vicente de Paúl, no quiere un mundo que sus adoradores dejarían cons­truirse en detrimento de los pobres. para él, los adoradores de Dios tienen que vivir la fe en la caridad.

Conclusión

La miseria de los pobres, ayer como hoy, apela al juicio divino, porque pone en juego la «justicia real» de Dios. Los pobres, económica, socialmente hablando, tienen el privile­gio de apelar a la potencia de Dios y proclamarla.

En razón de este juicio, los pobres revelan y ejercen un juicio sobre todo proyecto humano y «encarnan en la his­toria el juicio de Dios». Al mismo tiempo rechazan todos los imperativos de quienes quieren decidir de su porvenir, por el hecho de pensar que tienen siempre razón, y se oponen a quienes quieren hacerles creer que en el hombre todo se juega en una sociedad de abundancia, de producti­vidad y de consumo. Los pobres deben combatir frente a las ideologías de los partidos políticos y contra los «falsos profetas» (cf. I Jn 2,19) de los falsos mesianismos. El nudo gordiano del juicio de los pobres en la historia, que «coin­cide con el juicio de Dios en la misma historia», se centra en saber si el porvenir del hombre se apoya en Dios o en el hombre. Dios se revela a la mirada de Vicente de Paúl «antropocéntrico». El hombre es el centro del mundo. El templo de Dios debe ser tallado «con piedras vivas» (cf. I Pe 2,4). A Dios, en la espiritualidad de este creyente comprometido y arriesgado, se le encuentra sin ilusiones, se le ama o se le traiciona en los hombres y, principalmente, en los más pobres de estos hombres (cf. Mt 25,31-46; Is 58).

Vicente de Paúl no tiene otra palabra que decirnos. Es suficiente escuchar los gemidos de todos los pobres del mundo, en quienes «Cristo agoniza». Porque este mismo Cristo les constituye jueces, para instaurar el proceso de este mundo nuestro, pueden salvarnos o condenarnos en cada minuto ante el tribunal de Dios, pero también igual­mente ante el tribunal de la sociedad.

  1. H. DE MAUPAS DU TOUR, ()raison funébre d la mémoire du feu messire Vincent de Paul… prononcée le 23 novembre 1660 dans l’église de Saint-Germain l’Auxerrois; París, 1661; p. 9.
  2. Cf. J. M.. IBÁÑEZ, Vicente de Paúl, un místico de la acción, en «Mundo Mejor», 67 (1981), pp. 81-87.
  3. Una prueba de este género de reacción se encuentra en L. ABELLY, La vie du vénérable Serviteur de Dieu, Vincent de Paul; Paris, 1664; III, p. 176.
  4. Algunos autores de las «Mazarinadas» hacen correr la sospecha de que el «señor Vicente» había bendecido el matrimonio, realizado en secreto, entre Ana de Austria y el cardenal ministro Mazarino. «Todo Paris lo comenta y murmura de ello». El hermano L. Robineau, uno de sus secretarios, le informa de este rumor persistente. Vicente le responde: «eso es falso como el diablo». L. ROBINEAU, Remarques sur les actions et peroles du feu monsieur Vincent; man., pp. 10 y 107.
  5. S.V. XII,271 (Saha Vwcahrr DE PAUL: correspondance, entretiene, docu­ments; edición preparada por 1. COSTE; París, 1920-1025; 14 vols. Los números romanos colocados detrás de las siglas S.V. se refieren al tomo y los números árabes a la página de la edición).
  6. Vicente de Paúl fue nombrado miembro del Consejo de Conciencia en 1643. Referente a las funciones y miembros de este Consejo, cf. M. 141muoN, Dictionnaire des institutions de la France aux xvila et XVIllé sibcles (reim­presión de 1923); Paris, 1968; art. Conseil de Conscience; y R. Mousrum, Les institutions de la France sous la monarchie absolue; París, 1980; t. II, p. 134. Referente a la relación e influencia de Vicente de Paúl con el episcopado francés de su tiempo, además de consultar su correspondencia, cf. P. BLET, Vincent de Paul et l’épiscopat de France; conferencia pronunciada en ‘Colloque historique international d’études vincentiennes»; Paris, 25-26 de septiembre de 1981.
  7. El movimiento de esta forma de estudiar y de escribir la historia nace con L. FEBVRE y M. &nema y se prolonga a través de los Annales («Economies, Sociétés, Civilisations») revista fundada por ellos en 1929.
  8. Ch. Pactnr, L’argent, suite: Oeuvres en prose, «Sibliothhque de la Pléia­de», p. L167.
  9. L. .ABELLY, op. cit.,, I, p. 78.
  10. B. PASCAL, Pensées, La. 931, Br. 550.
  11. Encuesta de Población Activa (avance), Julio-Septiembre 1981.
  12. Cf. P. GOUBERT, Beauvais et les Beauvaisis (1600 a 1630); París, 1960. P. DEPON, Amiens, capitale provinciale. (Etude sur la société urbaine au XVIIé siécle); París-La Haya, 1967. La Rol,‘ LADURIE, Les paysans de Languedoc,2; Pa­rís, 1977; 2 vol. J. JAcQUART, La crise rurale en Ile-de France, 1550-1670; París, 1974; e Inmobilisme et catastrophes: ffistoire de la France rurale; París, 1975; t. II, pp. 175-353. J.-P. Gurrobt, La société et les pauvres. L’exemple de la géné­ralité de Lyon (1514-1789); París, 1971.
  13. Cf. Ibid.
  14. Vicente de Paúl juzga que el procedimiento de encerrar a los pobres en el Hospital general no solamente es difícil, sino inhumano. Cf. L. ROBINEAU, Remarques sur les actions et paroles du feu monsieur Vincent, man. cit., pp. 151­153. (Este texto se encuentra publicado en: José M.. IBÁÑEZ, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo; Salamanca, 1977; pp. 359-360). Por eso, los sacerdotes de la Congregación de la Misión (PP. Paules), nombrados por edicto del rey y del parlamento capellanes de dicho Hospital general (cf. artículos XXIII-XXVI del edicto real referente al establecimiento del Hospital general: Code de l’Hópital Générale de Paris, p. 266), no accederán a dicho nombramiento. Y esto, no sólo porque «excede nuestras fuerzas» sino «por no ver suficiente­mente claro si lo quiere el buen Dios», confiesa Vicente de Paúl después de largas y maduras reflexiones: S.V. VI,245 (marzo, 1657). Para conocer el desarrollo de las deliberaciones de Vicente de Paúl hasta llegar a esta decisión, cf. S.V. VI,239 (carta escrita al padre J. Martin, 23 de febrero de 1657); S.V. VI,251 (carta escrita a la duquesa de Aiguillon, marzo de 1657); S.V. VI,256 (carta escrita al señor de Mauroy, intendente de finanzas; 23 de marzo de 1657); S.V. VI,257 (carta escrita a la duquesa de Aiguil)on, 23 de marzo de 1657); S.V. XI,368 (repetición de oración, 11 de noviembre de 1656); S.V. XI11,179-180 (5 de junio de 1660). El 9 de abril de 1657, Vicente presenta a los administradores del Hospital general su no aceptación del nombramiento de capellanes generales realizado en favor de los sacerdotes de su Congregación (cf. Archives de l’Assistance publique. Papiers Pinachon. Catalogue Fosseyeux número 45). El 11 de abril, los administradores del Hospital general registran esta no aceptación de Vicente de Paúl (cf. Bibliothéque Nationale, Manuscrit Joly de Fleury, vol. 1223, f.. 69-71) y llegan a aceptarla (cf. Bibliothéque Nationale, Manuscrit Joly de Fleury, vol. 1223, f.° 73-74). El 14 de abril, das actas de la sesión del consejo de los administradores del Hospital general señalan la visita de Vicente de Paúl y el agradecimiento otorgado a su persona, no obstante haber rehusado el nombramiento efectuado en favor de los miembros de su comunidad (cf. Bibliothéque Nationale, Manuscrit Job, de Fleury, vol. 1223, f.. 74).
  15. Carta de Vicente de Paúl al padre Alméras, 8 de octubre de 1649, P. Cunar, La vie de saint Vincent de Paul; Nancy, 1748; t. I, p. 479; cf. L. ABELLY, op. cit., III, p. 120.
  16. B. PASCAL, op. cit., La. 715, Br. 118.
  17. Cf. S.V. 1,1-13, 13-17. Estas dos cartas. en las que Vicente relata al señor de Comet en un estilo «encantador» sus aventuras tunecinas y romanas, han desencadenado en sus biógrafos e historiadores actitudes y afirmaciones totalmente opuestas. Actitudes y afirmaciones que colocan a éstos, después de más de 50 años de beligerancia, entre «esclavistas» y «antiesclavistas».

    A nuestro juicio, las dos cartas de Vicente de Paúl no permiten establecer históricamente la estancia de éste en Túnez. Por otra parte, el silencio pos­terior y total de Vicente sobre su estancia en este país es algo más que sorprendente. Su gesto de destruir las copias de estas cartas, que el señor de Saint-Martin le había enviado (cf. S.V. VI11,514), y su ruego a éste, «conju­rándole» por las entrañas de Jesucristo», para que «haga el favor» de enviarle «esa miserable carta que hace mención de Turquía» (S.V. VIII,271, 18 de marzo de 1660), tiene mucho a nuestro entender de «adjuración solemne». No se puede olvidar que Vicente de Paúl utiliza la expresión por «las entrañas de Jesucristo» en circunstancias graves y comprometidas (cf. S.V. 1,429,477; 11,618; 111,46; VII,151; IX,175,406; XI,278; XII,221).

    L. Robineau, después de señalar la admiración que le ha causado el que el Superior de San l 47Aro «haya ocultado a los suyos su esclavitud en Túnez», añade: «Vicente, poco antes de su muerte, hizo todo lo posible para tener en sus manos dicha carta. La razón, por la que deseaba tenerla, era muy verosímil­mente para romperla o quemarla» (L. ROBINEAU, Remarques…, man. cit., pp. 92 93; cf. S.V. VIII, 513, 514, 515).

  18. E. MACAR, La vie quotidienne au temps de Louis XIII; París, 1947; p. 35.
  19. Cf. ibld., pp. 35, 41, 43, 45.
  20. S.V. 1,18; cf. S.V. 1,15,11.
  21. Cf. L. ABELLY, op. cit., 111,116-119; S.V. XI,32-34.
  22. L. ABELLY, op. cit., 111,118-119.
  23. Ibid., III,119.
  24. Vicente de Paúl es abad de la abadía de Saint-Léonard-de-Chaumes (17 de mayo de 1610; cf. S.V. XIII,8-13, 37-39); párroco de Clichy (2 de mayo de 1612; cf. S.V. XIII,17-18, 85; L. ABELLY, op. cit., I, p. 27); •párroco-arcipreste de Ga­maches (28 de febrero de 1614; cf. Archives de la Seine Maritime, G. 9574, f.. 77 y 78; Mission et Charité 8 (1962), p. 495); canónigo de Ecouis (27 de mayo de 1615; cf. S.V. XIII,19-24); párroco de Chátillon-les-Dombes (1 de agosto de 1617; cf. S.V. XIII,41-43, 43, 45, 54); prior de Saint-Nicolas-de-Grosse-Sauve (febrero de 1624; cf. S.V. XIII.156).
  25. Cf. Documents du Minutier Central concernant l’Histoire Littéraire, 1650­1700; París, 1960. Del 15 de enero de 1650 hasta el 29 de diciembre de 1659 he podido constatar que Vicente de Paúl pasó 90 contratos de compraventa o de arrendamiento ante notario. Esta constatación nos impide caer en la tentación del angelismo. «Con realismo, Vicente de Paúl dota a su comunidad de una magnífica fortuna en bienes raíces, cuyo núcleo representa 345 hectáreas de tierra laborable en la llanura de Saclay»: J. JACQUART, Inmobilisme et catastro­phes, op. cit., t. II, p. 269.
  26. Todos los historiadores señalan la capacidad de coordinación, de rela­ciones, el sentido de la organización de la caridad social de Vicente de Paúl en la ayuda proporcionada a Lorena, Champaña, Piccardía, París y sus alrede­dores; cf. J. M.’ IBÁÑEZ, Vicente de Paúl y los pobres…. op. cit., pp. 156-205.
  27. S.V. XII,189.
  28. S.V. IX,592; cf. S.V. XI,50, 74, 100; XII,56, 78, 134, 146, 166, 322, 354, 389, 403, 409, 433…
  29. S.V. VI,393; cf. S.V. XI1,108-109.
  30. B. PASCAL, op. cit., La. 919, Br. 553.
  31. Cf. S.V. XII,87, 79-80, 88, 98, 3-4; IX,244-246, 324-325, 59-60, 119, 592-593, 594; X,125-126, 667-668.
  32. Cf. S.V. XI,32; IV,42-43; J. DE LA BRUYERE, Les caracteres ou les moeurs de ce siècle; París, 1668. Utilizamos la edición de París, 1944, p. 389.
  33. S.V. XI,200-201; XI1,170-171.
  34. S.V. XI,32; cf. S.V. IX,252; X,332, 678-680. En esta misma línea de experiencia y de doctrina se encuentra B. PASCAL, op. cit., La. 946, Br. 785.
  35. Cf. Mt 25,40; S.V. IX,252, 247, 324, 332; X,126, 610, 680; VI,496; XII1,428.
  36. Cf. S.V. IX,252.
  37. Cf. S.V. X,680-682; IX,88, 2411, 247.
  38. Cf. L. ABELLY, op. cit., 111,121.
  39. Cf. S.V. 1X,253; X,109.
  40. Cf. S.V. XI,392-393.
  41. Cf. S.V. VII1,388; XI,32; L. ABELLY, op. cit., III, p. 9.
  42. L. ABELLY, op. cit., 1,78.
  43. S.V. IX,593.
  44. Cf. S.V. XII,132; XI,1-2; XII,264-265, 262, 271; XI,212; XI1,78-83, 3-5, 127; XI,133-136; XII,84.
  45. Cf. S.V. XI1,79.83, 3-5; XI,23-24, 74; XI1,264-265; L. ABELLY, op. cit., III, pp. 89-90, 123.
  46. Cf. S.V. VI,393;. XII,108-109, 112, .113, 154-155, 264-265,. 270-272, 371; XI,23- 24; XIII,79-80, 83, 84, 87, 367.
  47. Cf. S.V. XII,108-109, 262-263, 264-265, 271, 275; L. ABELLY, op. cit., III, p. 89, 1, p. 93.
  48. Cf. S.V. XII,270-271, 191-194, 190, 272.
  49. Cf. S.V. XII,199-201, 270-271, 273-274, 210, 206; L. ABELLY, op. cit., III, p. 218.
  50. S.V. XII,284, 285.
  51. Cf. S.V. XI,23-24; XI1,127, 154455, 164-165, 200-201, 211, 213-214, 234-235, 236, 238,, 264-265, 284-285; X,4; VIII,205-206; L. ABELLY, op. cit., III, p. 41.
  52. Cf. S.V. XI,212; XII,79-80, 107408, 108-109, 112, 113, 120, 124, 129, 154, 166, 183, 260-275, 367; VI,393; VIII,15, 231.
  53. Cf. Le 4,18; Mt 25,25-40; S.V. XI1,79-80; XI,32; IX,252; X,332, 679-680.
  54. Cf. Lc 10,16; In 13,20; Ac 9,5.
  55. La gran potencia de la Iglesia de Francia, en tiempo de Vicente de Paúl, se concentra: en el poder económico, al poseer 1/3 de la riqueza del reino; en el poder social, al encontrarse entre sus filas 136 arzobispos y obispos, 101.000 eclesiásticos del clero secular, 82.600 religiosos, 80.000 religoisas; en el poder jurídico, no sólo por ocupar los clérigos el primer «orden» del reino, sino tam­bién por estar los «beneficios mayores» en manos del alto clero, que reúne entre sus miembros a personas de origen noble o burgués; cf. J. M.• IBÁÑEZ, Vicente de Paúl y los pobres…, op. cit., pp. 44-45.
  56. Cf. L. ABELLY, op. cit., I, pp. 54-57; S.V. XI,34-37.
  57. Cf. L. ABELLY, op. cit., I, pp. 56-57.
  58. S.V. XI,393.
  59. S.V. 111,392.
  60. S.V. IX,497.
  61. S.V. V11,98.
  62. S.V. XI,201, 202.
  63. L. ABELLY, op. cit., I, p. 46.
  64. Referente a las causas de la pobreza y de la miseria en el siglo XVII francés, cf. J. M.. IMfbm, Vicente de Paúl y los pobres…, op. cit., pp. 68-79.
  65. La expresión es de J. Jacquart.
  66. Cf. nota 25. El inventario de Documents du Minutier Central referente a 1600-1649, terminado en 1980 y todavía sin publicar, confirma, una vez más, que Vicente de Paúl es un cliente excepcional en casa del notario para estampar su firma en contratos de compraventa o de arrendamiento. La «política» de inversiones en bienes raíces de Vicente de Paúl ha sido últimamente estudiada por J. JACOUART, La politique d’investisements de Vincent de Paul, conferencia pronunciada en Colloque historique international d’études vincentiennes; París, 25-26 de septiembre de 1981.

2 Comments on “Vicente de Paúl: El juicio de los pobres”

  1. buen dia
    en algun escrito san vicente dice esta frase:
    «los pobres sufren mas por la desorganizacion que por la falta de recursos»

  2. Buen día
    En algún escrito de san Vicente se puede encontrar esta frase «Los pobres sufren más a causa de la desorganización que de la falta de recursos»
    Les agradezco su atención
    Saludos

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