Vicente de Paúl, Documento 097: Carta De Gilberto Cuissot A Juan Dehorgny Sobre Las Virtudes De San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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[1661]

Desde que salí de París, siempre tuve intención de decirle, después de haber oído las cosas que se decían sobre las virtudes de nuestro venerado difunto el padre Vicente, lo que quizás ya han dicho otros y observado mucho mejor que yo.

1º  Supe del difunto padre Coqueret que el bienaventurado obispo de Ginebra había dicho mientras vivía que no conocía a ningún hombre tan virtuoso como el padre Vicente, que luego ha seguido progresando en la virtud tan visiblemente cerca de cuarenta años después de que murió dicho prelado.

2º  El difunto padre de La Salle nos decía en cierta ocasión que el padre Vicente le llamó un día, cuando estaba vistiéndose para celebrar la santa misa, y le dijo: «Padre de la Salle, nos dice el evangelio que, cuando nos acercamos al altar, si sabemos que alguien tiene algún resentimiento contra nosotros, hemos de dejar allí, etc.». Y enseguida se quitó los ornamentos y salió de la sacristía para ir a buscar en París a una persona que sabía que estaba resentida contra él sin motivo alguno.

3º  En cierta ocasión acompañé a nuestro venerado padre a casa del señor Gontier, consejero del parlamento, relator de la causa para recobrar el Nombre de Jesús (después de haber visto para ello al Señor Olier, para que presentase un placet para dicho relator, a quien me dijo que no conocía mucho, a pesar de ser feligrés suyo y bastante vecino); aquel consejero recibió con mucha frialdad al padre Vicente, demostrando que estaba en favor de la parte contraria y pronunciando ciertas palabras muy contrarias a nuestros derechos, tal como señalaba el decreto. El padre Vicente no hizo más que mostrarle nuestros derechos, lo entretuvo con otras cosas y no presentó ninguna queja; al volver me habló de otros asuntos.

4º  Otra vez le acompañé a casa del señor du Borné; en la antesala de dicho señor, no pudo menos de verse en un gran espejo mientras esperábamos ser recibidos; al verse, exclamó mirándose a sí mismo: «¡Oh, qué gran bribón!».

5º  Cuando nuestra última asamblea en 1651, me hizo el favor de hacerme subir con él en su carroza para hablarme en particular de cosas que se relacionaban conmigo y con esta casa de Cahors, haciendo que el hermano Ducournau tomara un caballo, para que fuéramos nosotros solos hasta llegar a Pontoise. Tenía que tratar unos asuntos con el difunto señor arzobispo de París, y tuvo que seguir tras él, ya que aquel señor había salido de mañana y el padre Vicente después de mediodía. Me dijo, pues, que era preciso prepararnos para alguna mortificación; así lo hizo él con un gran recogimiento interior y exterior, al entrar en la abadía de San Martín, lo mismo que haría un hijo que está esperando una buena reprimenda de su padre. Yo me quedé fuera y no entré por entonces en las habitaciones del señor arzobispo, que estaba ya en la cama; Su Excelencia le mandó recibir y que le dieran comida y albergue, en conformidad con la grandeza de su familia, y que la acogieran bien sus domésticos; después de cenar, le mandó acercarse a su cama, adonde yo le acompañé; la charla con aquel buen prelado fue muy cordial y de cosas indiferentes.

6º  En aquel mismo viaje de París, el señor obispo de Cahors me mandó que le dijera o indicase que, en la asamblea de prelados y de otros eclesiásticos, no había ninguno que le quisiera menos y que, según yo creo, fuera más contrario al padre Vicente que el señor obispo de Alet 4; entonces el padre Vicente empezó a decirme: «¡Ay, padre! ¡Qué pena que aquellos a quienes hemos servido…!»; pero viendo que iba a descargar conmigo su corazón, se detuvo inmediatamente con una gran mortificación interior y me dijo que habláramos de otra cosa, indicándome: «Dejemos eso…».

7º  Durante mi estancia allí de tres meses, o mejor dicho antes de que viniese a Cahors, que fue en el cuarenta y siete, vino a confesarse conmigo. En aquella confesión me comunicó una gracia común con el bienaventurado Francisco de Sales; éste tenía el don de impedir las enfermedades y las aflicciones del espíritu, por muy violentas que fueran, con la imposición de sus manos sobre una persona de rara virtud, que no encontraba ningún otro consuelo en sus males. Estos cesaban inmediatamente con esa imposición, y la persona se sentía aliviada durante algún tiempo después. Eso mismo se conseguía también con la imposición de manos de nuestro venerado y difunto padre (del que creo que fue también director de aquella alma después de morir aquel gran prelado). Fue la humildad del padre Vicente la que me comunicó todo aquello, debido a cierta turbación de su parte interior, mostrándose totalmente sumiso y dispuesto a dejar de hacerlo si yo se lo aconsejaba u ordenaba. Dios no me permitió, con su gracia, que le pusiera el más mínimo impedimento para ello y le dije con toda claridad que continuase con aquella buena obra.

Dirección: Al padre Dehorgny, sacerdote de la Misión, en San Lázaro.

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