Vicente de Paúl, Conferencia 139: Conferencia Del [7 De Noviembre De 1659]

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LOS VOTOS

(Reglas comunes, cap. 2, art. 18)

Dar gracias a Dios por estar en un estado de perfección semejante al de Jesucristo. Ventajas de este estado. Naturaleza de los votos de la congregación.

Mis queridos hermanos, éste es el artículo dieciocho del capítulo segundo de nuestras reglas, que es el último de las máximas evangélicas:

Habiendo sido enviado Jesucristo al mundo para restablecer el dominio de su Padre en las almas que le había arrebatado el espíritu maligno por el amor desordenado a las riquezas, al honor y al placer, que había introducido astutamente en el corazón de los hombres, este benigno Salvador juzgó conveniente combatir a su enemigo con armas contrarias, esto es, la pobreza, la castidad y la obediencia, como él lo hizo hasta la muerte. Y habiendo sido suscitada en la Iglesia esta pequeña congregación de la Misión para trabajar por la salvación de las almas, especialmente de los pobres campesinos, ha creído que no podía utilizar armas mejores ni más apropiadas que aquellas mismas que con tanto éxito y ventaja utilizó la eterna Sabiduría. Por eso todos y cada uno de los miembros de esta congregación guardarán fiel y perpetuamente la pobreza, castidad y obediencia según nuestro instituto. Y para que puedan con mayor seguridad, facilidad y hasta con mayor mérito perseverar hasta la muerte en la práctica de estas virtudes, todos procurarán, con la ayuda de Dios, ejecutar lo más fielmente que puedan lo que se ordene sobre este punto en los siguientes capítulos.

Este va a ser, padres, el tema de la conferencia de esta tarde. Creo que todos entienden con facilidad lo que indica la regla, que nuestro Señor, al ser enviado por su Padre al mundo para hacer una misión y convertir a las almas, viendo que el honor, el placer y las riquezas habían causado tantos estragos en el mundo y que el espíritu maligno se había servido de la ambición, de la codicia y del deseo desordenado de riquezas para perder a las almas (2) y atraerlas hacia sí, quiso servirse de las armas contrarias para apartarlas de sus manos y conquistarlas para Dios, su Padre, esto es, la pobreza, la castidad y la obediencia. Así también la Misión, al ver que el mundo se pierde por la ambición de los placeres, las riquezas y los honores, y atraída hacia la misión de nuestro Señor, a la que nos ha hecho el honor de llamarnos para continuar su obra, ha visto que lo mejor que podía hacer era abrazar los medios de que se sirvió nuestro bendito Salvador; y es lo que ha hecho la compañía.

Sería demasiado largo deciros hoy por qué tiene que combatir la compañía contra esos tres enemigos; además, este tema se presenta con frecuencia en nuestras meditaciones. Lo que vamos a hacer ahora será deciros las razones que tiene la compañía para agradecer a Dios la gracia que le ha hecho de haberla llamado a ese estado de continuar la misión comenzada por su Hijo, y de servirse de sus mismas armas, a saber, la pobreza, la castidad y la obediencia, para destruir primero en nosotros a esos tres enemigos: el amor a las riquezas, placeres y honores; y luego, estaremos capacitados para combatirlos mejor en los demás en las misiones, y eso mediante los votos de pobreza, de castidad, de obediencia y de dedicarnos el resto de nuestra vida a la salvación de los pobres campesinos.

En nuestras reglas no se hace mención de esos tres votos, porque nunca habla de ellos ninguna compañía en sus reglas comunes, tal como son las nuestras. Veremos, por consiguiente, las razones que tenemos para alabar y dar gracias a Dios por el favor que nos ha hecho de que nos encontremos en este estado; esto será como un preámbulo para hablar de lo siguiente: de la pobreza, castidad y obediencia. El primer punto será sobre las razones que tenemos para agradecer a Dios el que nos encontremos en el estado al que envió a nuestro Señor Jesucristo; y el segundo, sobre cuál es ese estado en que nos encontramos.

La primera razón que tenemos para estar agradecidos a Dios por el estado en que nos ha puesto, por su misericordia, es que es ése el estado en que puso a su Hijo, que dice de sí mismo: Evangelizare pauperibus misit me (3). ¡Qué gran consuelo encontrarnos en este estado! ¡Cuánto hemos de agradecérselo a Dios! ¡Evangelizar a los pobres como nuestro Señor y de la misma manera que él lo hacía, utilizando las mismas armas, combatiendo las pasiones y los deseos de tener riquezas, placeres y honores! Es verdad que nuestro Señor no tenía estos defectos ni estas pasiones, pero practicó de forma admirable y eminente las virtudes contrarias a estos defectos, deseos y pasiones, a saber, la pobreza, la castidad y la obediencia. ¡Dios mío! ¡Hasta donde llevó él la práctica de estas virtudes! ¡Nacer pobre, vivir pobre y morir pobre! La pureza y la castidad fueron admirables en él. En cuanto a la obediencia, murió por ella: Factus obediens usque ad mortem. ¡Dios mío! ¿No tenemos motivos para agradecer a Dios el vernos en este estado? ¡Quizás no lo haya hecho y o nunca, miserable de mí! ¡Quizás no lo haya hecho tampoco ninguno de nosotros! Mirad, por tanto, los motivos que tenemos para hacerlo, al menos en adelante.

No voy a preguntarme aquí si nuestro Señor hizo esos votos de pobreza, castidad y obediencia. Santo Tomás dice que no los hizo, ya que hacer un voto es prometer algo a uno mayor. Pues bien, nuestro Señor es igual a Dios Padre, y por eso no podía hacerle votos. Sin embargo, he oído a un gran personaje, sabio y virtuoso, (el difunto padre general del Oratorio), que nuestro Señor había hecho los votos, no ya como Dios, sino como hombre. Ese personaje se basaba en aquellas palabras del salmista: Vota quae distinxerunt labia mea adimplebo; pues el salmo en que figuran estas palabras habla enteramente de nuestro Señor y por tanto de los votos que había hecho de ofrecerse y de presentarse a Dios Padre para cumplir en todo su santa voluntad de redimir a los hombres, de encarnarse, de trabajar por su salvación y finalmente de morir por ellos. El hizo y cumplió todas las promesas; por eso, ¿qué inconveniente hay en decir y en afirmar, en este sentido, que nuestro Señor hizo votos y los cumplió perfectamente?

De los apóstoles algunos dicen que tampoco los hicieron; pero, desde luego, los cumplieron. Ecce nos reliquimus omnia. Eso en cuanto a la pobreza. ¿Qué mayor pobreza que dejarlo todo, sin reservarse nada? Sobre la pureza y castidad, ¿no dejó san Pedro a su mujer? De la obediencia, ¿no vivieron todos en sumisión? ¡Qué consuelo para nosotros encontrarnos como ellos en este estado, Salvador mío!

Hay que distinguir los estados. Se dice que los obispos y los religiosos están en estado de perfección. Los primeros están en un estado de perfección adquirida, o que ha debido ser adquirida, ya que nuestro Señor, que los ha escogido para perfeccionar a los demás, quiere que sean perfectos y que tengan la perfección. San Cipriano dice de ellos: Qui episcopatum desiderat martyrium desiderat. esto indica que tienen que ser perfectos y estar en un estado de perfección adquirida. Los religiosos no están en un estado de perfección adquirida, sino por adquirir. ¿Cómo? Porque los religiosos están en un estado en el que todo los lleva a la perfección, como son sus reglas, constituciones, votos, sacramentos, lecturas, etcétera. Pues bien, ¿no tenemos nosotros todo esto? Los laicos y las gentes del mundo no lo tienen; por el contrario, se ven metidos en un gran ajetreo de negocios, cuidado de la familia, etcétera. Pero nosotros sí, nosotros estamos en un estado de perfección, no ya adquirida, sino por adquirir, si nos servimos de los medios que tenemos para ello. ¡Dios mío! ¡Guardémonos mucho de prescindir de ninguno de estos medios; nos causaríamos un grave perjuicio y fallaríamos de ese estado. En ese estado de perfección se entra por medio de la pobreza, la castidad y la obediencia, pues dice nuestro Señor: Si vis perfectus esse, vade, vende omnia quae habes et da pauperibus (8): Se renuncia a las riquezas, a los placeres y a los honores.

Dios nos ha concedido la gracia de encontrarnos en este estado. ¡Qué gran motivo para estar agradecidos a su divina Majestad! Pero reflexionemos en nosotros mismos y veamos si renunciamos a los placeres, a nuestras pequeñas satisfacciones y al honor de tener éxito en nuestras predicaciones, deseando que se hable bien de nosotros, que se nos considere, que se nos tenga por buenos predicadores, que se diga que tenemos talento, buenas ideas. Pongamos la mano en nuestra conciencia; allí tenemos un testigo que, sin decirnos ni una palabra, nos dará a conocer muy bien qué es lo que somos en este punto y en otros semejantes. Por tanto, si no hemos renunciado a todas esas cosas como es debido, hagámoslo ahora; renovemos ese buen propósito de entregarnos a Dios; renunciemos a los bienes, a los placeres, a los honores, por su amor.

Además del consuelo que sentimos por encontrarnos en el estado en que se encontraron nuestro Señor y los apóstoles, de haber renunciado a todo para ser misioneros y trabajar por la conversión de las almas, nosotros nos alejamos de las cosas que inclinan ordinariamente a los hombres hacia el mal, como son las riquezas, el deseo de amontonar bienes, etcétera. ¿Cuáles son esos bienes? En Madagascar, son piedras; en Canadá, son cerdos, animales. Pues bien, los votos son los que nos apartan de todas esas cosas, de esos bienes, que son la causa de la perdición de tantas almas.

Una de las ventajas que hay en este estado es el descanso del que se goza, tras haber renunciado por los votos a todas las cosas. La pasión que domina en el mundo es el deseo de tener bienes, de construir, de darse gusto, de ser estimado, para poder decir: «Soy yo el que he hecho esto y aquello, el que gozo de este placer, el que tengo este cargo»; y se cree que ahí estará el descanso. Es mentira; ahí no se encuentra; el verdadero descanso está en renunciar a todo. Lo que les preocupa a los laicos, y a veces más todavía a los eclesiásticos, es el deseo de atesorar riquezas; no tienen reposo; pero los que han renunciado a todo eso por los votos gozan de gran paz. Lo sabéis bien vosotros, que habéis renunciado a ello como es debido y podéis verlo en todos los que cumplen perfectamente sus votos, mientras que veis por el contrario cuán preocupados están los que no los cumplen perfectamente.

Además, esos votos son un nuevo bautismo: obran en nosotros lo que había obrado el bautismo; pues, por el bautismo, se libra uno de la esclavitud de Satanás, se convierte en hijo de Dios, se tiene parte y derecho al paraíso. Es lo que hacen precisamente los votos. Por eso, una persona que quiere ser perfecta, no se contenta con recibir el bautismo y con renunciar, por el bautismo, al diablo, a sus pompas y a sus obras; además, vende sus bienes, renuncia a los placeres y honores. Pues bien, nosotros estamos en ese estado, por la gracia de Dios. ¡Cuánto hemos de agradecérselo! «Pero no basta con estar en un estado de perfección, dice un santo padre, si uno no tiende a ella ni se esfuerza por ella». Algunos dicen que hacer los votos y cumplirlos es un continuo martirio. San Bernardo dice que «ese estado de los votos no es tan tremendo como ver la pistola pronta para dispararse, la espada desnuda preparada para descargar, la mecha encendida para quemar la hoguera, los verdugos furiosos dispuestos a maltratarnos. Mas, por otra parte, tienen más duración; son continuos. Los tormentos de los verdugos duran poco tiempo, en comparación de toda la vida del hombre que ha hecho esos votos, por los que se mortifica sin cesar y se contradice por medio de la destrucción de sí mismo y de su propia voluntad».

A propósito de la destrucción, ¿qué es lo que hace el que pronuncia los votos? Ofrece a Dios un holocausto de sí mismo. En los antiguos sacrificios había la diferencia de que el holocausto era un sacrificio hecho a Dios, en donde toda la víctima quedaba consumida por el fuego y de la que no se reservaba nada ni para el sacrificador ni para quien ofrecía el sacrificio (9). Pues bien, una persona que hace los votos de pobreza, castidad y obediencia se lo da todo a Dios, renunciando a los bienes, placeres y honores; es un perfecto holocausto, hermanos míos, ya que se le sacrifica a Dios el entendimiento, así como el propio juicio y la voluntad propia.

¿Podemos añadir algo más a las razones que tenemos para agradecer a Dios la gracia que nos ha concedido al habernos puesto en este estado, y al estar así consagrados para continuar la misión de su Hijo y de los apóstoles? Todavía hay más: que algún día estaremos sentados con él y con sus apóstoles, para juzgar a todo el mundo: Sedebitis super sedes duodecim judicantes duodecim tribus Israel. Hemos de vivir con esta esperanza de que, después de morir, cuando vayamos al cielo, no estaremos ya como culpables en el juicio, sino como jueces de todo el mundo; juzgaremos incluso a los ángeles, como dice san Pablo: Nescitis quoniam angelos judicabimus, si vivimos bien en este estado.

Pero sigamos adelante y veamos cuál es ese estado al que Dios nos ha llamado. ¿Es una religión? No, se trata de sacerdotes seculares que se colocan en ese estado que nuestro Señor escogió para sí mismo, renunciando a los bienes, a los honores y a los placeres. Dice usted, padre, que no es una religión, pero nosotros vivimos aquí como en una religión y hacemos lo mismo que los religiosos, e incluso los votos de pobreza, castidad y obediencia, como se hacen en una religión. Os digo que no se trata de una religión y que no somos religiosos, ya que, propiamente hablando, sólo los votos solemnes constituyen la religión, y nosotros no hacemos votos solemnes. Se necesitan tres condiciones, esenciales y necesarias, para que haya votos solemnes: 1.° es menester que el superior los acepte; pues bien, no es éste nuestro caso: aunque el superior o cualquier otro en su nombre esté presente y oiga las palabras que pronuncia el que hace los votos, no dice nada ni responde nada; en una palabra, no los acepta, como se hace en una religión. 2.° Los votos solemnes fueron prohibidos por Inocencio III, hace unos cuatrocientos años, excepto en una religión aprobada, como las de las cuatro órdenes mendicantes, de santo Domingo, san Francisco y los cartujos, o que tome sus reglas. Pues bien, nuestras reglas no están tomadas de las de san Francisco, ni de ninguna otra orden de la Iglesia, sino que son reglas particulares que se han creído convenientes para el buen gobierno de la congregación. 3.° Ni bastaría tampoco con observar alguna regla, como la de santo Domingo, aunque se hubiera hecho voto de observarla ante un superior, pues es preciso que intervenga en ello la autoridad del papa. Por consiguiente, nosotros no hacemos votos solemnes ni somos por tanto religiosos.

Entonces, ¿a qué llama usted voto simple? Es todo voto que no está comprendido en la ordenación o en una religión aprobada. En cuanto a nosotros, aunque no seamos religiosos, somos sin embargo de la religión, no ya de san Francisco o de santo Domingo, sino de san Pedro y, para mayor firmeza, se han añadido los votos de pobreza, castidad y obediencia. ¿Creéis, hermanos míos ¡hablo especialmente de los sacerdotes!, que hay mucha diferencia entre nosotros y los religiosos? Nosotros estamos obligados a la castidad y a la obediencia como ellos y hemos hecho este voto en la ordenación; por tanto, falta sólo la pobreza, cuyo voto se ha añadido por causa de la pasión y del deseo de riquezas, mucho mayor en los eclesiásticos que en los laicos, a pesar de que no tienen tantas cargas como éstos, ni familia que alimentar, ni hijos por quienes proveer. Incluso se advierte que son más duros con los pobres y tienen menos compasión para socorrer sus necesidades. La experiencia demuestra que los herederos de sacerdotes y de eclesiásticos que han atesorado muchos bienes no se aprovechan mucho tiempo de ellos: son bienes de maldición, que de ordinario traen la maldición a quienes los heredan. Un deán muy virtuoso, encargado de la visita de ochenta parroquias, me decía: «Mire, padre Vicente, una de las cosas que he observado en mis visitas es que los herederos de los curas que han reunido mucho dinero no gozan mucho tiempo de buena posición e incluso se arruinan a ojos vista».

Hemos tenido aquí quince conferencias para ver de dónde venía el estado tan lamentable de la Iglesia y de los eclesiásticos, tan apegados a las riquezas y al deseo de poseer; se ha indicado que. esto se deriva de la división de los bienes eclesiásticos, que ha dado a cada uno su parte y su porción; al principio, todo era común y sólo se le daba a cada uno según sus necesidades. ¡Cuánto florecía entonces la Iglesia y cuán virtuosos y perfectos eran los eclesiásticos! Pues bien, ¿no nos encontramos todos en este estado, tanto sacerdotes como hermanos? Se atiende a nuestras necesidades, sin que sea necesario atesorar riquezas. ¡Oh dichosa y riquísima pobreza, que nuestro Señor practicó tan admirable y tan excelentemente! Qui, cum esset dives, propter nos egenus factus est (13). No tenía siquiera una piedra donde descansar su cabeza (14); pobre, no solamente en su vida, sino también en su muerte. Es llevar la pobreza hasta el punto más alto adonde se puede llevar, morir desnudo en una cruz, sin tener nada en su cuerpo (15), a no ser quizás algún pobre harapo propter verenda. ¿Y podemos ver todo esto, a Jesús clavado así en la cruz, sin sentir devoción a la práctica de esta virtud?

Pero, padre, me diréis, nosotros que hemos hecho los votos de pobreza, castidad y obediencia, y que usted dice que no somos religiosos, ¿tendremos la recompensa de nuestros votos, lo mismo que los religiosos? ¿Quién lo duda? No voy a deciros las razones, sino que me serviré solamente de una comparación para que veáis esta verdad y podáis estar seguros de ello. Ya sabéis que a los niños se les bautiza solemnemente, pero algunas veces sin solemnidad. ¿Qué reciben los niños que son bautizados solemnemente? Reciben sin duda la gracia de Dios que, de esclavos de Satanás, los convierte en hijos de Dios y herederos del cielo. ¿Qué reciben los niños que son bautizados sin solemnidad? Lo mismo que los otros. La ceremonia que se añade al bautismo solemne, no añade nada a las gracias que recibe un niño bautizado solemnemente; el que es bautizado sin solemnidad participa de las mismas gracias que el otro. Del mismo modo, aunque no hagamos los votos solemnemente, recibimos las mismas gracias que reciben los religiosos profesos, o semejantes.

He aquí una comparación: cuando un sacerdote celebra la misa, hemos de creer que es el mismo Jesucristo, nuestro señor, principal y soberano sacerdote, el que ofrece el sacrificio; el sacerdote no es más que ministro de nuestro Señor, que se sirve de él para realizar externamente esa acción. Pues bien, el acólito que sirve al sacerdote y los que oyen la misa, ¿participan, como el sacerdote, del sacrificio que él hace y que ellos hacen con él, como él mismo dice: Orate, fratres, ut meum ac vestrum sacrificium acceptabile fiat apud Deum Patrem omnipotentem? Sin duda que participan, y más que él, si tienen más caridad que el sacerdote. Actiones sunt suppositorum: las acciones son personales. No es la cualidad de sacerdote o de religioso lo que hace que las acciones sean más agradables a Dios y merezcan más, sino la caridad, si ellos la tienen mayor que nosotros. ¡Qué gran consuelo estar en la orden de san Pedro! Tenemos las mismas ventajas y las mismas gracias que los religiosos, concedidas por nuestro santo padre, ya que el papa ha querido que se examinaran los votos que hace la compañía, debido a ciertas dificultades que algunos pusieron en la reunión de cardenales para la explicación del concilio de Trento. Y él los ha confirmado, lo mismo que a la congregación. Mirad, se trata del papa, de un hombre tan santo.

Un buen doctor, el difunto señor Duval, me decía con frecuencia que no reconocía tanto la infalibilidad del papa como en la confirmación de las órdenes en la Iglesia de Dios y en la canonización de los santos.

Pido a la compañía que agradezca a Dios la institución de la compañía y la vocación de cada uno en ella, por encontrarnos en este estado de la religión de san Pedro o, mejor dicho de Jesucristo. Salvador mío, has esperado mil seiscientos años para suscitar una compañía que hiciera profesión expresa de continuar la misión que te había encargado tu Padre en la tierra y que utilizara los mismos medios que tú utilizaste, haciendo profesión de guardar la pobreza, castidad y obediencia. Salvador mío, yo nunca te había dado las gracias por ello; lo hago ahora por todos los presentes y los ausentes. Tú nos has destinado a esta misión en tus ideas eternas; ¡haz que la cumplamos debidamente con su santa gracia! Pero, Salvador mío, ¿de quiénes te sirves para la conversión de los pueblos y para continuar tu misión? No somos más que unos pobres hombres, ¡Cuánta confusión para nosotros! Señor, concédenos la gracia de hacernos dignos de esta misión y de nuestra vocación, combatiendo generosamente ese vicio de la pasión y del deseo de riquezas, de placeres y de honores, mediante la práctica de la pobreza, castidad y obediencia, y de tener siempre en las manos la hoz de la mortificación para mejor conseguirlo y dejar nuestro ejemplo a la posteridad. Es ésta, Señor, la gracia que te pedimos.

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