Vicente de Paúl, Conferencia 136: Conferencia Del 26 De Septiembre De 1659

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE EL REZO DEL OFICIO DIVINO

Motivos para rezar y cantar bien el oficiodivino. Reglas que observar. Medios para remediar las faltas cometidas y para rezar bien el oficio.

Hermanos míos, Le había dicho al padre Alméras que tuviera esta tarde la conferencia sobre la salmodia, debido a ciertos desórdenes que se notan en el rezo del oficio divino. No me refiero a los domingos y fiestas, en que solemos cantar la misa mayor y las vísperas, sino más bien a los maitines, horas menores y vísperas que rezamos los días ordinarios en el coro. Se empieza prima de una manera, tercia de otra; por un lado se oye una voz alta, por otro una voz baja. Al oírlo, decía en mi interior: «Dios mío, ¡qué feo resulta esto, sobre todo en una casa que debería ser la regla para las demás en la recitación del oficio!». Pues bien, cuando estaba pensando en ello, vino a verme el padre Portail. Vamos a hablar en la conferencia de esto, le dije: Leí la regla para ver lo que decía y entonces pensé que podría haber aquí materia para una charla muy útil; espero que Dios nos dé su bendición.

Hablaremos, por tanto, de la regla que trata del oficio divino. Dice así la regla:

Tendremos mucho cuidado en cumplir bien con el oficio divino, que se rezará según el rito romano y en común, incluso durante la misión; pero será en voz mediana y sin cantar, para que tengamos más tiempo y facilidad para servir al prójimo, excepto en las casas en que, por causa de las fundaciones o de los ordenandos o de los seminarios externos, o por alguna necesidad por el estilo, estuviésemos obligados al canto gregoriano. Pero, en cualquier lugar o tiempo en que digamos las horas canónicas, tendremos en cuenta la reverencia, atención y devoción que hemos de poner en ello, ya que sabemos muy bien que entonces cantamos las alabanzas de Dios y que, por consiguiente, estamos haciendo el oficio de ángeles.

Esta es, mis queridísimos hermanos, la regla que se refiere al oficio; no es la que sigue inmediatamente a las que hemos comentado en las charlas anteriores; pero la providencia de Dios lo ha querido así para que corrijamos las faltas que se cometen; por eso he creído conveniente hablaros de ello según el pequeño método que observamos y que vale para todos los temas que solemos tratar. Dividiremos la charla en tres puntos: en el primero, veremos los motivos que tenemos para entregarnos a Dios a fin de recitar y cantar bien el oficio divino; en el segundo punto, veremos qué es lo que hay que observar; y en el tercero, los medios para remediar las faltas que cometemos y qué hemos de hacer en el futuro para rezarlo debidamente.

El primer motivo que tenemos, hermanos míos, para entregarnos a Dios a fin de recitar bien el oficio divino, es lo que dice la regla: es muy importante que cumplamos bien con este deber y que cantemos las alabanzas de Dios como es debido. Temo que no comprendamos bien lo que son las alabanzas de Dios y cuáles son sus grados. Pues bien, las alabanzas de Dios no son tan poca cosa como nos imaginamos. ¿Sabéis, hermanos míos, que el primer acto de la religión es la alabanza de Dios? Más aún: esto está incluso por encima del sacrificio. Dice el proverbio: prius est esse quam operari; es menester que una cosa exista antes de obrar, y que exista en el ser antes de persistir: prius est esse quam sustentari. Hay que reconocer la esencia y la existencia de Dios y tener algún conocimiento de sus perfecciones antes de ofrecerle un sacrificio, esto es natural porque ¿a quién ofrecéis vuestros presentes?, a los grandes, a los príncipes y a los reyes; a ésos es a quienes rendís vuestro homenaje. Tan cierto es esto que Dios observó este mismo orden en la encarnación. Cuando el ángel fue a saludar a la santísima Virgen, empezó por reconocer que estaba llena de las gracias del cielo: Ave, gratia plena (1): Señora, estás llena y colmada de los favores de Dios; Ave, gratia plena. Así lo reconoce y la alaba como llena de gracia. ¿Y qué hace luego? Aquel hermoso regalo de la segunda persona de la santísima Trinidad; el Espíritu Santo, reuniendo la sangre más pura de la santísima Virgen, formó con ella un cuerpo, luego creó Dios un alma para informar aquel cuerpo y a continuación el Verbo se unió a aquella alma y a aquel cuerpo por una unión admirable, y de esta forma el Espíritu Santo realizó el misterio inefable de la encarnación. La alabanza precedió al sacrificio.

Esta conducta nos señala cómo hemos de comportarnos. Lo p rimero fue enviar la embajada; luego la Virgen dio su consentimiento; y enseguida se produjo el efecto. De este modo, el primer acto de religión consiste en reconocer a Dios según los atributos y perfecciones que posee. Esto supuesto, que el primer acto de religión sea rezar y cantar bien el oficio divino, ved, padres, cómo hemos de entregarnos a Dios para hacer que el canto vaya de la manera que es debido. Vosotros mismos podéis juzgarlo; apelo al retiro de vuestros corazones para que lo juzguéis. Por tanto, hemos de tender a ello: hacer ese acto con la mayor perfección posible. Es muy justo que nos preparemos para el sacrificio; pues también hemos de prepararnos para las alabanzas de Dios, ya que son un sacrificio: sacrificium laudis honorificabit me (2); ése es el camino por donde se llega a la salvación de su Hijo: et illic iter quo ostendam illi salutare Dei (3). De hecho, ¿hay algo tan impresionante y tan agradadable como los santos deseos y los sentimientos afectuosos que se sacan de los siete salmos penitenciales? Cada versículo, ¿qué digo?, cada palabra de esos salmos son otros tantos dardos que el amor de Dios dispara sobre un alma, hiriendo su corazón tan amorosamente que se ve obligada a suspirar continuamente por Dios. Sí, hermanos míos, un versículo, y basta con uno, es capaz de santificar un alma, cuando lo gusta y saborea con la devoción que Dios pide.

El segundo motivo que tenemos para entregarnos a Dios a fin de recitar y cantar bien el oficio divino es la ofensa que se comete contra Dios, el pecado que se comete cuando no se le reza de la forma que prescribe nuestra regla. Digamos que hay algo de irracional en la actitud de un pobre hombre que se coloca en el coro sin reflexionar en lo que dice y que, teniendo que hacer esa acción con respeto, ya que está hablando con Dios, la hace sin embargo de forma puramente animal. ¿Hay pecado mayor que el de tratar con Dios de esa manera? Ya sabéis, hermanos míos, lo que dicen los moralistas, que hay que rezar el oficio digne, attente et devote. Por tanto, ¿cuál es el pecado que comete el que no lo hace así? Ya sabéis de cuántas maneras se puede ofender a Dios en el rezo del oficio. Y tiene que ser así, ya que san Juan Crisóstomo dice que Dios prefiere los ladridos de los perros a las alabanzas de un hombre que no las hace como es debido. ¡Dios prefiere los ladridos de un perro! ¡de un perro! Hermanos míos, ¡tiene que tratarse de un pecado muy grande el no cumplir bien con este deber! Sí, el que se pone a rezar el oficio divino con negligencia tiene que considerarse como un perro, ya que, estando dotado de razón, se porta en una acción tan santa de una forma más que animal.

El tercer motivo, padres, es que rezar el oficio es empezar a hacer lo que haremos en el cielo: Eritis sicut angeli. Si tenemos la dicha de poseer esta gloria, serenos semejantes a los ángeles. ¿Y los santos harán lo mismo que los ángeles? Sí, estarán ocupados, como ellos, en cantar eternamente las alabanzas de Dios. Acordaos de aquellos veinticuatro ancianos del Apocalipsis: Et viginti quattuor seniores ceciderunt coram Agno, habentes singuli cytharas, et cantabant canticum novum (5). Los santos, pues, alaban a Dios en el cielo junto con los ángeles; y nosotros estaremos eternamente ocupados en cantar las alabanzas de Dios y diremos: «Santo, santo, santo es el Dios de los ejércitos» (6). Por consiguiente, cumplir bien con el rezo del oficio divino es imitar todo esto aquí en la tierra. Si así no fuera, ¿cómo se habrían tolerado en la Iglesia tantas órdenes que no tienen más preocupación que la de cantar las alabanzas de Dios? Los cartujos, los benedictinos y otros muchos tienen como finalidad principal rezar y cantar el oficio, para atraer las bendiciones del cielo sobre la tierra y establecer una relación entre la Iglesia militante y la Iglesia triunfante. De hecho, ¿cómo se habrían hecho tantas fundaciones y establecido tantos cabildos, que no tienen más ocupación que la de cantar las alabanzas de Dios? ¿Cómo habrían fundado tantos monasterios y comunidades los reyes, príncipes, señores y otras personas distinguidas, a no ser para que hubiera en la Iglesia hombres que alabasen continuamente a Dios? Tal es el tercer y último motivo que os presento.

¿Y qué es lo que hay que observar, según nuestra regla? Ya sabéis que se requiere tener intención, aplicación y devoción. Esas son unas cuantas cosas, y todavía hay más; se necesita mucho tiempo para explicarlas.

Pero, padre, díganos lo que hay que hacer. En primer lugar, tenéis que saber todos que el oficio que rezamos es el oficio romano, debido al lugar en que nos encontramos; en París el romano, y en otras casas lo mismo, por causa de los seminarios y de los ordenandos de diversas diócesis que vienen a nuestras casas, aparte de que estamos obligados a ir de acá para allá y sería molesto cambiar cada vez de breviario. Por eso decimos el oficio romano.

La regla dice además que hemos de rezarlo juntos. De hecho, la compañía lo ha hecho así desde su cuna; los que están aquí desde entonces saben que se acostumbraba rezar juntos maitines, horas menores y vísperas. Todos sabéis también que así se hace en las otras casas. Mirad, yo me siento más impresionado que con cualquier otro acto piadoso, cuando oigo cantar las alabanzas de Dios con el espíritu que nuestro Señor pide de nosotros. Es práctica de todas nuestras casas rezarlo juntos. En Richelieu se sigue esta norma, y también en Saint-Méen y en Cahors; en una palabra, en todas partes. La regla dice todavía más: que hasta en las misiones hay que rezar el oficio en común. ¿Por qué? La experiencia nos ha dado a conocer que, cuando no se lo rezaba en común, muchos se retrasaban y otros llegaban a la noche sin haber rezado todavía prima; había incluso que dejar la cena y ausentarse de los ejercicios comunes para rezar el oficio, que se había ido dejando. Añadid a ello la prisa con que se rezaba, la poca devoción que se ponía y otros muchos inconvenientes que sería demasiado largo enumerar. Y lo mismo que una vela no da tanta luz como varias juntas, así no hay tanto fervor y devoción cuando se recita sólo su oficio que cuando se juntan varios para recitarle; os confieso que yo noto una devoción especial en hacerlo así. Pues bien, esta aplicación de que se habla consiste en ponderar las palabras y el sentido de cada frase, rezando pausadamente y sin adelantarse. El que quisiera ir aprisa se pondría en peligro de no cumplir con su obligación y escandalizaría a los que le oyeran.

La forma de decirlo bien consiste en observar las pausas y en pronunciar con devoción y claridad. Esto, verdaderamente, impresiona cuando se reza en común. Por eso veis cómo los eclesiásticos que vienen los martes, mientras esperan la hora de la conferencia, se juntan de dos en dos para rezar el oficio, reconociendo, según me dicen, que sienten en ello una devoción especial. Por eso se ha adoptado esta práctica, incluso en las misiones.

Pues bien, hermanos míos, todos somos culpables de lo que os acabo de decir. Pero ¿qué digo culpable? Todo el mundo es excusable; sólo yo soy culpable, por no haber velado para que esta regla se cumpliese entre nosotros; yo solo soy responsable de]ante de Dios de todos los pecados y faltas que se han cometido en el servicio divino, por no haber procurado con firmeza que las cosas se observasen según está prescrito en la regla. Pedid a nuestro Señor por mí, padres, para que me perdone. ¿Cómo hemos llegado a este extremo? Lo repito, hermanos míos: ha sido por mi negligencia; sé muy bien que, si Dios no fuera misericordioso conmigo y me tratase según mis pecados, tendría que sufrir los tormentos del infierno por ello. Digamos la verdad: en San Lázaro no observamos esta regla; parece como si no estuviera hecha para nosotros; nos vamos unos por una parte y otros por otra a rezar nuestro oficio en particular, como si no estuviéramos obligados a decirlo en común. ¿Quién es el culpable, padres? Este miserable, que se pondría de rodillas delante de vosotros, si pudiera; perdonad mis achaques. Lo cierto es que hemos caído. ¡Que su divina majestad quiera levantarnos!

Lo segundo que hay que observar es recitar el oficio media voce sine cantu; es lo que dice la regla, para no obligar a los misioneros a tener coro perpetuo, como se hace en Notre-Dame, en otros cabildos y en muchas congregaciones religiosas. Nuestra manera de recitar el oficio no es una nueva invención; tenéis a los capuchinos, a los mínimos y a algunas otras comunidades que lo recitan media voce; es lo que hemos de hacer nosotros y lo que nos manda la regla: recitarlo media voce sine cantu, en voz baja, y así poder tener tiempo para dedicarnos a las ocupaciones de la Misión. Hay que exceptuar a las casas fundadas con obligación de recitarlo en el coro y obligadas incluso a cantarlo. San Lázaro estaba obligada antes a ello; los religiosos de antes cantaban todos los días el oficio divino; pero, cuando los sustituimos nosotros, el señor arzobispo nos autorizó a recitarlo media voce sine cantu, aunque con la condición de cantar todos los días de fiesta y los domingos la misa mayor y las vísperas. Por consiguiente, la casa de San Lázaro se ha aceptado con la obligación de rezarlo de este modo. Hay también algunas otras, de las que ahora no me acuerdo, que tienen esta misma carga.

Otras casas están obligadas al canto, como la de Richelieu, donde tenemos la parroquia, la de Cahors y la de Agde, donde están obligadas a cantarlo por causa de la parroquia que allí se tiene. Añadid algunas otras casas, como la de Saint-Méen, donde hay obligación de recitar el oficio en el coro y de cantar la misa mayor, no sólo los domingos y días de fiesta, sino otros muchos días, por causa de las fundaciones. Me olvidaba de deciros que en algunas otras casas, por causa de los seminarios y de los ordenandos que allí se reciben, tenemos obligación de cantarlo algunas veces para instruirles. En fin, en los demás lugares en que tenemos obligación de recitar el oficio en el coro y de cantar la misa y las vísperas, no se deja por ello de rezar todos juntos el oficio en una habitación. Estas son, padres, nuestras obligaciones. Nosotros lo cantamos aquí algunos días; pero, aparte de eso, tenemos que rezarlo juntos, incluso cuando estamos en misión. Pues bien, si según la regla estamos obligados a rezarlo juntos en una habitación o en un oratorio, como lo hacen en Richelieu y en las demás casas donde no hay ninguna fundación para que se rece en coro, ¿por qué nosotros, que estamos obligados a rezarlo juntos, sobre todo en esta casa, en la iglesia, por qué lo vamos a rezar en privado, cada uno en nuestra habitación? La verdad es, hermanos míos, que no observamos esta regla.

Los medios para remediar este desorden (pues ahí es a donde va la cosa) es que consideremos el pecado que cometemos. No es un pecado pequeño, puesto que damos motivos a los de las otras casas para que no guarden esta regla, al ver que no se observa en esta casa, que debe ser el modelo y la regla de las demás. Esto es lo que me obliga a insistir en ello y lo que nos tiene que obligar a vigilar todo cuanto podamos para que se observe esta práctica entre nosotros; si no, ¡adiós la regla! ¿Os cabe en la cabeza que algunos se quejen de que se les obligue a ir al oficio y quieran dispensarse de esta regla? Esto se le ha ocurrido, no a ninguno de los antiguos, sino a uno del seminario, que le dijo a su director, cansado de tener que ir durante ocho días seguidos al oficio: «Padre, ya es demasiado oficio; le pido que me dispense de él». Fijaos adónde vamos a parar. Pensad que, si no se remedia este desorden, en las misiones se dejará también de rezar el oficio en común; y luego, al no haberlo rezado a su debida hora, ya no podrán estar a las horas señaladas en el confesionario con la excusa de que no han rezado el oficio. Fijaos finalmente de dónde proviene todo esto: creo que todos estarán de acuerdo en que proviene de un espíritu desordenado y poco afecto a su vocación. Me parece que, si no todos, al menos la mayor parte de la compañía estarán de acuerdo conmigo en este juicio.

Pero veamos qué es lo que dicen la naturaleza y el espíritu maligno. ¡Pero, padre! Ya hace veinte años que vamos así; ¿no sabe usted entonces que ha prescrito y que se ha hecho ya costumbre? Ya es una costumbre en San Lázaro el que sólo vayan a coro los del seminario.  Ante esto, padres, en parte humillo mi cabeza y me confundo delante de Dios por el poco cuidado que he puesto en mantener esta antigua práctica; pero añadiré que nunca prescriben las cosas divinas, basta que se pueda prescribir contra las cosas humanas; además, no se trata de una prescripción, ya que de vez en cuando se ha recomendado esa asistencia al oficio: esto basta para que no haya la prescripción que se alega. También impide la prescripción el hecho de que en la compañía haya habido algunos que siempre han asistido. ¡Que Dios los bendiga! ¡Que Dios los bendiga, por haber impedido esta prescripción, hasta que la providencia nos ha dado ocasión para remediar las faltas que se han ido deslizando en la compañía, permitiendo que haya personas piadosas que así lo han hecho! Por eso, mientras haya algunos que sostengan la ley o la costumbre, no puede decirse que ésta ha quedado abrogada. Pues bien, en la compañía hay algunos que la han sostenido; por tanto no se puede razonar diciendo que esta costumbre no está ya en vigor. Además, cuando el superior da alguna disposición contra los que violan dicha práctica y se renuevan las leyes de vez en cuando, no existe costumbre alguna en contrario que pueda prevalecer. Más todavía: los doctores opinan que no puede justificarse ante Dios ni ante los demás aquel que, al entrar en una comunidad sabiendo cuáles son sus reglas y sus prácticas, no las observa por el hecho de que exista una costumbre contraria. Si ha aceptado esas reglas, está obligado a observarlas, y si no lo hace, es inexcusable.

¿Y qué se dirá de mí, si en adelante asisto al oficio? ¡Me va a costar mucho hacerlo así. Seguiré diciendo mi oficio en privado. Ya sé que hay que rezarlo en la iglesia; pero ya hay bastantes que acuden. Hermanos míos, es poca la diferencia que hay entre rezarlo en particular o en público y os aseguro que cuesta lo mismo una cosa que otra; decidme, por favor: ¿es que en particular no hay que rezarlo también con atención, con devoción y observando las pausas? Os aseguro que no he oído ni leído nunca a ningún doctor que no exija estas condiciones para cumplir bien con lo mandado. Todas las buenas personas observan las pausas para dar alimento al espíritu; es pecado no hacerlo así. ¿Sabéis lo que hacen algunos? Dicen confusamente la primera frase; la segunda, la dicen mascullando de mala manera; y lo demás, sin darse cuenta, tan aprisa como pueden. Hermanos míos ¿llamáis a esto cantar las alabanzas de Dios?

Pero, padre, se pierde mucho tiempo yendo de la habitación al coro ¡Dios mío! ¿Adónde vamos a parar? ¡Oh Salvador de mi alma! Veis cómo los canónigos, que viven a veces lejos de la iglesia, van a maitines, luego vuelven a casa, van luego a las horas menores, a misa mayor y a vísperas, yendo y viniendo continuamente; ¿Y nos vamos a quejar nosotros? Diré para confusión nuestra que hay once o doce canónigos en Notre-Dame, que van a maitines todos los días a media noche, sin faltar nunca, a no ser cuando están enfermos. ¡Algunos canónigos de Notre-Dame, los primeros de un cabildo que está compuesto de personas muy distinguidas, se levantan a media noche! El señor de Ventadour, el duque de Ventadour, se levanta siempre para ir a media noche a maitines. Un príncipe inglés, llamado…; no me acuerdo ahora del nombre; se llama…. da lo mismo. Y también el señor de Parfait. En fin, hay doce que no faltan nunca, a no ser cuando están delicados. ¡Oh Salvador! Vemos cómo algunos hombres del mundo, que tienen grandes riquezas, tienen este celo de levantarse a media noche para cantar las alabanzas de Dios, y nos quejamos de tener que ir durante el día de nuestra habitación a la iglesia. Hermanos míos, ved adonde hemos llegado; fijaos adonde llega nuestra miseria.

Pero, padre, estoy enfermo. A los enfermos hay que tratarlos como enfermos; el yugo de nuestro Señor es suave; hay que acomodarlo a las posibilidades de cada uno.

Pero, padre, tengo un oficio que hacer en la casa. Es justo que entonces quedes dispensado; tendrás que dejar a Dios por Dios; haz lo que debes hacer.

Otros dirán: «Padre, tengo que componer el sermón», para quedar libres del servicio divino. ¿No sabéis que el mejor modo de componer un sermón es asistir al oficio? De allí es de donde se podrán sacar las mejores ideas.

Yo soy estudiante. De esos ya veremos. Exceptuando a los jesuitas, no sé de ninguna religión o instituto en que los estudiantes ordenados in sacris, y obligados por ello al rezo del oficio, estén dispensados de decirlo en el coro. Sé que entre los capuchinos los estudiantes asisten a él con los demás; pero no sé si en otras partes hacen lo mismo. El mejor medio para estudiar bien, dicen los capuchinos, es asistir al oficio.

Pero, padre, yo tropiezo con este inconveniente. Cada uno de nosotros vea delante de Dios si puede o no puede acudir y, después de examinarse, que se lo exponga al superior y le diga: «Padre, le ruego que me dispense de maitines por diez días, por quince días o por un mes». Le tocará entonces al superior examinar en su conciencia la excusa que se alega. Por tanto, hay que exponer el inconveniente que cada uno tenga; y al superior toca mirar delante de Dios si debe conceder la dispensa; pero el que la pida, que vaya antes a ponerse delante de Dios y se diga a sí mismo: «Si estuviese en la hora de mi muerte, ¿pediría esta dispensa? O bien, ¿me encuentro indiferente ante lo que me diga el superior? Lo que voy a hacer ¿es lo que debería hacer?» Acordáos de que no hay que proponer nunca nada sin haberlo examinado antes delante de Dios y sin haber reconocido que era justo; ya sabéis que la debilidad de los superiores que conceden dispensas sin razón no excusa a nadie delante de Dios. San Bernardo llama a esto libertad de pecar. Advertid cómo la regla obliga a veces bajo pena de pecado mortal, cuando tiene su fundamento en la Escritura, o cuando una cosa se ordena en virtud de la santa obediencia, o cuando se da mal ejemplo y se incita a los demás a hacer lo mismo; por ejemplo, yo soy un sacerdote ya antiguo en la casa, me gustaría que me dispensaran sin razón de algunas de mis reglas, pero me parece que los demás, con mi ejemplo, pedirán la misma dispensa: en ese caso, sería culpable delante de Dios por mi mal ejemplo, de la falta de observancia de las reglas. En fin, estamos obligados a la regla, y todo el que falte y recurra al superior para que le dispense sin motivo, según los doctores, cuando hay escándalo y desprecio formal, o bien de la regla, o bien de la norma del superior, comete un pecado. Por tanto, no nos hagamos a la idea de que nuestras reglas no obligan bajo pecado.

Por eso, hermanos míos, creo que ha llegado la hora en que Dios, que hace las cosas con peso, número y medida (7), nos ha dado a conocer la verdad. Yo estaba dormido, pero Dios, con su gracia me ha despertado y me ha abierto los ojos para ver la importancia que tiene insistir en que se observe la regla. Por tanto, ha llegado el tiempo de que reconozcamos que estamos obligados a rezar el oficio de la forma que hemos dicho. ¿No es justo? Apelo a vuestro juicio en lo más íntimo de vuestros corazones. Digamos juntos el oficio, pero en el coro. Dichosos los que empiecen desde mañana mismo; desgraciados los que tengan algo que decir contra tan santa práctica. Hagámoslo así, sin reparos y animosamente. Creo que todos los que aquí estamos queremos salvarnos y sentimos un gran deseo de practicar la regla que nos recomienda el oficio.

Como éste es uno de los medios más importantes para nuestra santificación, nos entregaremos a Dios para cumplirlo. Hodie si vocem ejus audieritis (8). Puesto que oís la voz de Dios que llama a vuestros corazones, que es la costumbre que hay en la compañía de rezar el oficio divino en común, entreguémonos a él desde ahora para demostrarle el deseo que tenemos de rendirle este homenaje. Hodie si vocem ejus audieritis. No lo retrasemos. Que se nos meta bien in capite, in spiritu, que el eclesiástico está obligado a recitar las alabanzas de Dios.

¿Sabéis, hermanos míos, que la mayor parte de los eclesiásticos, y nosotros somos de esos, al no haber puesto interés en cantar las alabanzas de Dios, ya no saben cantar, mientras que otros han conservado esta gracia por haber seguido las enseñanzas de sus padres? Es lo que se ve en las aldeas donde ha habido interés en tener buenos maestros de escuela: casi todos los niños saben el canto; y esto ha pasado de padres a hijos. Los seglares y los campesinos han conservado esta gracia de que Dios pusiera orden en su oficio, queriendo que se cantase devotamente. Diré para confusión mía que, cuando yo me vi en mi parroquia, no sabía lo que hacer; oía a aquellos campesinos entonar los salmos sin fallar en una sola nota. Y entonces me decía: «Tú, que eres su padre espiritual, ignoras todo esto»; y me llenaba de aflicción. ¡Qué confusión, hermanos míos, para los eclesiásticos, que Dios haya permitido que el pobre pueblo haya conservado el canto, Dios, que se llene de alegría y de gozo, por así decirlo, oyendo cómo cantan sus alabanzas!

Os conjuro, por el placer que Dios siente en el oficio que recitamos, que seáis puntuales y que acudáis todos; os conjuro también por los inconvenientes que ya sabéis que pueden suceder, y que son muy grandes. ¿Sabemos acaso lo que podría pasar, si sólo supieran cantar los seminaristas y fuera menester ponerlos y educarlos aparte, como hacen los jesuitas y los capuchinos? ¿Quién guardaría la regla, padres? Para evitar que las casas religiosas tengan más sujetos que los que podrían alimentar, el papa ha ordenado que en Italia no entre ningún novicio sin su permiso en una orden o monasterio. Los mismos jesuitas tienen que acudir a Su Santidad: «Se nos ha presentado éste; ¿desea Vuestra Santidad que lo recibamos?». Si en Francia se impusiera esta medida, o por orden del papa o por alguna otra orden (¿no fue el emperador Mauricio el que prohibió que entraran soldados en las congregaciones religiosas?¿ Padres, ¿quedaría alguno para cantar el oficio?

No tengo más que deciros, a no ser que (dejadme deciros una palabra más) mañana, en la oración, entremos en el retiro de nuestro corazón, para ponernos en presencia de Dios y examinar delante de él si no es acaso justo que observemos esta regla. Ruego a toda la compañía que se lo pida a Dios insistentemente, con la perfecta confianza que hemos de tener en que nos concederá esta gracia. Nadie debe dispensarse del oficio sin permiso del superior, que está obligado a examinar bien el asunto. Creo que todos vosotros os sacrificaréis gustosos por cantar y recitar esas alabanzas que forman, por así decirlo, parte de la gloria. Dios escucha con gozo y con placer las alabanzas que le tributamos. ¡Animo, pues! Animémonos todos con el espíritu debido para empezar desde mañana a cantar las alabanzas de Dios. Así se lo pediremos.

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