Vicente de Paúl, Conferencia 105: Levantarse, oración, examen y otros ejercicios

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(17.11.59)

(Distribución del día, art. 1-7)

Hijas mías, el tema de la presente conferencia será la continuación de la lectura de vuestras reglas a propósito de la distribución del día. No hablaremos mucho de ello, pues se trata de cosas ordinarias que no necesitan explicación. Preguntaremos únicamente si se observan en las parroquias y en las aldeas y finalmente si se guarda la puntualidad en las horas debidas.

La última conferencia fue sobre la oración mental. Su tuviéramos tiempo, les preguntaría a algunas hermanas cómo la hacen. Pero como nos hemos retrasado un poco en venir, pasaremos a la lectura de vuestras reglas.

Dicen lo siguiente; se trata del tercer punto de la distribución del día: «Después de la oración, se aplicarán a lo más preciso que tengan que hacer, cada una según su oficio».

Así pues, se supone que se ha hecho ya la oración mental; nunca tenéis que dejarla, hijas mías. ¡Salvador mío! ¡Qué ejercicio tan santo! Mirad, hijas mías, no es tan necesario el aire para la vida del cuerpo como la oración para la vida del alma. Y lo mismo que muere una persona cuando le falta el aire, ya que es el aire lo que anima su vida por medio de los espíritus animados, del mismo modo, hermanas mías, es imposible que una hija de la Caridad pueda vivir sin oración. Y ahora os pregunto: ¿Cómo se observa esto? En esta casa ya sé que no se falta; pero me gustaría saber cómo os portáis en las parroquias.

Veamos, sor Ana, de San Germán de Auxerre; hija mía, ¿hacen ustedes la oración mental todas las mañanas?

– Sí, padre, durante media hora y a veces hasta tres  cuartos de hora.

– Entonces, hermana, ¿no faltan ustedes en esto?

– No, padre, gracias a Dios.

– Que Dios las bendiga y que les conceda por su bondad esta misma gracia a todas la que no están animadas de este espíritu.

En San Pablo, hija mía, ¿hacen ustedes la oración por la mañana?

– Sí, padre.

– ¿No tienen algunas veces la repetición de la oración?

– No, padre, no tenemos tiempo. Después de hacer la oración, hemos de preocuparnos de lo que hay que hacer.

– Bien, hija mía, ¡qué Dios la bendiga! Es verdad que, si hay alguna parroquia en donde hay mucho trabajo, es donde están ustedes. Quizás no haya costumbre de tener la repetición en las parroquias. Hasta ahora no ha sido conveniente tenerla; veremos más adelante lo que hay que hacer.

En los Galeotes, sor Enriqueta (1), ¿hacen la oración?

– Padre, no oímos el reloj y esto hace que a veces no seamos muy exactas.

– Bien, ¡que Dios la bendiga, hija mía, por haber respondido con tanta ingenuidad! Así es como hay que hacer. ¡Y que Dios las bendiga también por su viaje! (Aquel viaje fue por ir a Calais a atender a los soldados heridos, para los que se había ofrecido esta hermana al padre Vicente y a la señorita Le Gras). Bien, hermana; en la hora de la muerte será un gran consuelo haber hecho lo que acaba de hacer, lo mismo que para todas las que tengan esa misma disposición de ir a servir al prójimo a cualquier lugar adonde las llame la Providencia.

¿Hay alguna de San Sulpicio? Hermana, ¿son ustedes exactas en hacer la oración?

– La hacemos algunas veces; pero no podemos por causa de las medicinas que hay que llevar a los enfermos. Cuando no podemos hacerla a otra hora, la hacemos durante la misa.

– Hija mía, sé muy bien que, si hay alguna parroquia que merezca alguna excusa por la cantidad de enfermos, es la vuestra. Pero, siempre que podáis, hacedla en casa. Es muy difícil hacer bien la oración durante la misa.

En las Petites-Maisons, ¿se hace oración?

– Sí, padre, la hacemos dos veces al día; y cuando, después de comer, no todas tienen tiempo para hacerla, tenemos la lectura de los puntos y luego cada una va haciendo lo que puede mientras va y viene.

– ¡Dios la bendiga, hija mía!

(A una hermana que había venido hacía poco de Maule) Hermana, ¿hacen oración en su casa?

– Padre, a veces no hacemos más que leer los puntos; luego la otra hermana y yo vamos por las aldeas donde hay enfermos, y la hacemos lo mejor que podemos.

– Y por la tarde, ¿la hacen ustedes?

– Sí, padre, después de que se han ido las alumnas; pero no a las cinco y media, sino a veces a las seis o a las siete.

– Está bien, hija mía. Mis queridas hermanas, he de confesarles que me siento muy contento al ver su fidelidad. Es bueno hacer la oración mientras vais por el campo a visitar a los enfermos. San Carlos Borromeo lo hacía también así, no solamente en cuanto a la oración, que iba haciendo por el camino, sino que hasta se confesaba a caballo, haciendo que se acercase su capellán y confesándose con él. ¡A cuántas pobres gentes he confesado yo también de camino por el campo! Cuando íbamos a misiones, acudían a nuestro lado. «Padre, no me he confesado; le ruego que me confiese; espero que Dios perdone mis pecados». Y así los escuchábamos por el camino. También se puede hacer la oración de esa manera.

Las hijas de la Caridad tienen que apreciar la oración como el cuerpo al alma. Y lo mismo que el cuerpo no sería capaz de vivir sin el alma, tampoco el alma sería capaz de vivir sin la oración. Mientras una hermana haga la oración como hay que hacerla, ¡cuánto bien hará! No irá andando, sino que correrá por los caminos del Señor y se verá elevada a un grado muy alto de amor de Dios. Al contrario, la que abandone la oración o no la haga como es debido, irá arrastrándose. Llevará el hábito, pero carecerá del espíritu de hija de la Caridad; si veis que algunas se salen, es por eso. Aparentemente hacen oración con las demás; pero, como no la hacen con todas las condiciones requeridas no sacan ningún fruto de ella y se convierten en personas muertas a la gracia. Ya no tienen ningún sentimiento por las cosas divinas, como tampoco por su vocación. ¿Y por qué? Porque no hacen bien la oración.

Ved, pues, mis queridas hermanas, cómo esto os obliga a ser muy cumplidoras en hacer la oración durante la media hora que se os concede para ello. Si por la mañana os llaman a visitar algún enfermo a quien haya que llevar las medicinas, tenéis que dejar la oración durante ese tiempo, pero tenéis que buscar luego la ocasión para hacerla, sin faltar nunca a ello. ¿No veis cómo de ordinario adornamos nuestros cuerpos con el vestido? El vestido del alma es la oración; dejar de hacerla es lo mismo que no darle la ropa debida; por eso tiene mucha importancia que os aficionéis más que nunca a este santo ejercicio. Si la hacéis bien, tendréis el hermoso ropaje de la caridad y Dios os mirará complacido; si no la hacéis, caeréis en una situación deplorable. Sí, una hermana que abandona la oración cae en una situación deplorable: Dios la abandona, porque ella ha abandonado a Dios. Y sabed que sin oración no tendréis más remedio que ofender a Dios o, al menos, privaréis a Nuestro Señor de la gloria que él espera de las verdaderas hijas de la Caridad, Salvador mío, te rogamos que nos concedas esta gracia. Hijas mías, pedidle a Dios la gracia de iros aficionando a la oración cada vez más.

Pero ¿qué es la oración? Mis queridas hermanas, es como si dijéramos elevación de nuestro espíritu a Dios; se trata de lo mismo: quien dice oración, dice elevación del espíritu a Dios para testimoniarle el amor que le tenemos o para descubrirle nuestras necesidades. Pues bien, para ello es menester salir uno de sí mismo y prescindir de todos los pensamientos de la tierra para elevarse a Dios. Cuando se está en la oración, hay que decir: «Señor, ¡he aquí este pobre publicano! ¡he aquí este pobre miserable que se presenta ante ti con afecto para meditar tus misterios!». Una persona que se eleva a Dios de esta manera merece que Nuestro Señor le hable de corazón a corazón. Ya sabéis la manera como hay que hacerla, puesto que lo habéis oído en varias ocasiones y lo habéis aprendido de memoria; quizás sea inútil que os hable del método del bienaventurado Francisco de Sales; sin embargo, como es el más fácil, os lo voy a decir.

La oración se divide en tres puntos. El primero se llama preparación; el segundo es el cuerpo de la oración; y el tercero, la conclusión. Cada uno de esos tres puntos contiene otros tres.

El primero de estos tres es la presencia de Dios; esto se hace ordinariamente por medio de la fe, excepto algunas personas. Por consiguiente, hay que comenzar la oración poniéndose en presencia de Dios. Algunos se sirven de la imaginación. A veces puede resultar útil. Pero no todos pueden hacerlo, ya que esa tirantez del espíritu puede dar dolores de cabeza. Puede uno ponerse en presencia de Dios de cuatro maneras, dice nuestro autor. La primera manera es representarse a Nuestro Señor en el santísimo Sacramento del altar; por ejemplo, las que estáis aquí, podéis poneros en presencia del santísimo Sacramento de San Lorenzo. La segunda es imaginarse el cielo, sintiendo una gran alegría al verlo allí adorado y que se nos permite verlo allí con toda clase de placeres. Pater noster qui es in caelis. Así pues verlo en el cielo. Y ésta es una manera muy excelente de ponerse en la presencia de Dios.

Otra forma consiste en mirarle universalmente por todas partes, va que él llena todas las cosas; es lo mismo que les enseñáis a los niños de la escuela: que Dios está en todas partes, a diez leguas, a cincuenta. En fin, está en todas partes por su presencia: esta aquí mientras yo os estoy hablando, está todavía más en mi cabeza y en todas las partes de mi cuerpo. Dios está en todas partes. ¡Qué dicha para los hombres, y especialmente para los cristianos, encontrar a Dios en todas partes adonde vayan! Si voy al cielo, dice David (2), allí está él; si bajo a los infiernos, allí está él. De forma que, lo mismo que un pájaro que encuentra el aire por todas partes, por mucho que dé vueltas y revolotee, también nosotros no encontraremos con Dios en todas partes adonde vayamos, ya que él no está solamente en las cosas que existen realmente, sino también en las imaginarias. Esto es lo que se dice en el oficio de san Dionisio, cuya octava estamos celebrando. Dios es un ser que está presente en todas partes. Y ésta es la tercera manera de ponerse en la presencia de Dios.

La cuarta es la siguiente: Dios no solamente está en todas partes, sino que se encuentra en un alma buena que está llena de su amor de una forma muy especial. Por consiguiente, Dios está en las almas buenas, como en las hijas de la Caridad, y no hay nada para él más agradable que estar allí. Mirad, hijas mías, no hay nada por lo que Nuestro Señor sienta tanto amor como por las almas buenas. No encuentra nada que sea más hermoso, ni en el cielo ni en la tierra, que eso. Allí dentro se siente satisfecho y pone allí su morada. El está en medio de nosotros. El es el que nos hace mover, el que nos hace oír y el que concurre con nosotros en todas las acciones naturales y sobrenaturales que hacemos. El es el que nos ha dado su ley y el que nos da el deseo de guardarla. Ved qué dicha es tener a Dios presente de esta manera. Os lo decía hace poco; quizás no os acordéis todas de ello y por eso os lo volveré a repetir: cuando una persona sirve a Dios por los caminos del amor, todo lo que hace, todo lo que piensa y todo lo que dice le agrada tanto a Dios que no hay ningún padre que sienta tanto gusto en ver lo que hace su hijo como Dios al contemplar a una hija de la Caridad que le ofrece todo lo que va a hacer desde las primeras horas de la mañana. Y esto ha de entenderse de todas las hermanas de la Caridad que guardan bien sus reglas y que tienen el propósito de no cometer un solo pecado voluntariamente, sino servir a Dios con toda la perfección que él quiere que le sirvan. Pues bien, Dios habita en las almas que se portan de este modo.

En resumen, así es como podéis poneros en presencia de Dios de cuatro maneras: en el santísimo Sacramento, en el cielo, por todas partes y en el corazón. Cuando estéis allí, tenéis que rendiros ante su presencia después de haber hecho este acto de adoración: «Creo que mi Dios está aquí». No hay necesidad de representárselo por medio de ciertas ideas; basta con que lo creáis, ya que la fe así os lo enseña. Las que acuden a la imaginación para representarse a Dios, si tienen facilidad para ello, pueden hacerlo con utilidad; pero las que no tengan esta gracia no tienen por qué preocuparse. Podéis poneros en la presencia de Dios mediante un sencillo acto de fe, sin esforzaros en tener ninguna representación de él y sin necesidad de decir: «Yo quiero ver a Dios o a Nuestro Señor de esta manera». No, hijas mías, no tenéis por qué empeñaros en eso. Cuando Dios quiera presentarse imaginativamente a vuestro espíritu, muy bien; pero si no, contentaos con decir: «Creo que mi Dios está en todas partes». No sólo hay que comenzar por ahí a hacer oración, sino que es necesario empezar todas vuestras plegarias por la presencia de Dios, a fin de que le sean agradables. Y cuando tengamos que hacer alguna cosa, como servir a los enfermos, siempre hay que comenzar por un acto de fe en la presencia de Dios, para que ese acto le sea agradable. Hijas mías, ¡qué hermoso y qué fácil es esto! ¿Quién os lo asegura? Es David, que decía: «Yo veo siempre a Dios delante de mis ojos» (3). Y cuando los patriarcas querían asegurar alguna cosa, decían: «Os digo esto en la presencia de Dios». Por consiguiente, hay que comenzar de ese modo. Pero, como ya os he dicho, no tenéis que preocuparos por tener esa visión imaginativa, ni permanecer en ella mucho tiempo. Si lo veis así fácilmente, en ese momento puede hacerse un acto de fe y pasar luego a lo demás.

El segundo punto de la preparación consiste en la invocación de la asistencia divina. Si añadís a ello la invocación a la santísima Virgen, mejor que mejor. Hay que procurar no faltar a este punto ni al anterior, puesto que no podemos tener ni un solo buen pensamiento sin la gracia de Dios.

El tercer punto de la preparación es recordar el tema de la meditación. Pues bien, el tema es ordinariamente lo que se ha leído inmediatamente antes de la oración. Tenéis que escucharlo con deseo de aprenderlo bien y procurar retenerlo en vuestra memoria para razonar luego sobre ello.

Esto en cuanto al primer punto de la oración, que se divide en otros tres puntos. El segundo punto, que también se divide en otros tres, consiste, hijas mías, en meditar sobre lo leído, razonar sobre lo que ha dicho el autor, ver a qué fin tienden los puntos que os sirven como tema de la oración. Y como tengo miedo de que haya entre vosotras algunas a las que les cueste saber lo que significa razonar, acabo de hablar con la señorita Le Gras de un medio para facilitaros esto. A ella le ha parecido bien. Consiste en que una hermana designada para ello diga en voz alta, después de la lectura de los puntos de la meditación para el día siguiente, lo que hay que hacer para meditar en lo leído; por ejemplo, después de haber leído el primer punto, podrá decir: «Sobre este primer punto pensaremos tal y tal cosa». Al decir esto, dará alguna orientación a las que empiezan y que no saben aún hacer bien la oración. Este es un buen medio para dar a comprender bien el tema de la oración; y lo que ella diga causará mayor impresión en el espíritu que una mera lectura de los puntos. Más aún, a las que ya estén avanzadas esto les enseñará y formará más todavía. Y para que lo recordéis mejor, a la señorita le ha parecido bien decíroslo ella la primera, si le parece oportuno, o mandará decírselo a otra, si lo cree conveniente. Así pues, ella os dirá: «Hermanas, el tema de la oración de mañana es… Y sobre esto podemos pensar tal cosa…». Lo que ella os diga os será muy útil, ya que la lectura no impresiona nunca tanto como la palabra. Si guardáis esta práctica, os aseguro que progresaréis en la virtud mediante los conocimientos que Dios os dará y que sentiréis los impulsos de su amor. Luego, la señorita designará a otra para que continúe esta práctica.

Este es el primer punto de lo segundo, que es razonar sobre la lectura. El segundo punto es que, después de haber considerado bien la virtud o el vicio adonde tiende el tema que habéis meditado (pues, si se trata de una virtud, el fin de la oración.es que la practiquéis; si es un vicio, tiende a que lo exterminéis), os pongáis a ver las razones que tenéis para abrazar la una o huir del otro. Las que observan debidamente la distribución del día, desde la mañana a la noche, en la medida de sus posibilidades, esas hermanas se están costruyendo un barco en el que podrán ir hasta Dios. Por el contrario, las que no guardan sus reglas ni se levantan a la hora señalada, las veréis siempre descompuestas. Y tenedlo muy en cuenta, esas personas que no guardan el orden en la distribución del día, es imposible que perseveren. Por consiguiente, tenéis que entregaros a Dios para ser fieles en guardar este orden, de forma que no faltéis nunca a él, a no ser por algún asunto que no puede dejarse para otra ocasión. Fuera de ese caso, hijas mías, observadlo muy bien, sin faltar nunca y sin dejar de hacer nunca lo mismo.

Mirad, hijas mías, Dios nos da ejemplo de esta perseverancia en todas las criaturas. Me voy a servir solamente del ejemplo del sol. Ya sabéis que este astro sigue su curso de la misma forma desde millares y millares de años que Dios lo creó para iluminar al mundo; y siempre ha observado esa regla sin faltar nunca a ella. Dios ha ordenado al sol que se levante a tal hora, y nunca le ha desobedecido. Dios le ha dado unos límites para que no los traspase; y sólo se acerca a nosotros hasta el punto que Dios le ha señalado; y cuando ha llegado a ese punto, ya no avanza más y se retira durante seis meses hasta el punto de donde había venido para volver a acercarse al cabo de otros seis meses. Cuando ha llegado a aquel trópico, vuelve otra vez a acercarse a nosotros, pero sin pasar nunca de esa regla. Cuando está más cerca de nosotros es por el día de san Bernabé. Y los astrónomos dicen que no llega a cuatro horas su estancia en el lugar más cercano ni a otras cuatro en el más alejado. De modo que tarda seis meses para ir de un trópico a otro, observando este curso a lo largo de todo el año. Ha llegado hasta el punto que Dios le ha señalado, y no pasa nunca de allí.

Pues bien, mis queridas hermanas, si el sol obedece a Dios con tanta exactitud, ese gran astro luminoso al que se adoró antiguamente como a un dios debido a su belleza y a los beneficios que comunica a los hombres (todavía algunos le siguen adorando), si el sol obedece a Dios de ese modo, guardando la regla que le ha impuesto, con cuánta más razón los hombres  y las hijas de la Caridad están obligadas a observar las reglas que Dios quiere que observen. Hijas mías, hay que respetarlas con toda fidelidad. Si lo hacéis, seréis verdaderos soles y mereceréis las alabanzas que se le dan al sol; si no lo hacéis, os pareceréis a la luna, unas veces llena y otras menguante; más aún, seréis como nubarrones; sí, una hermana que falta al orden que tiene obligación de guardar, se convierte en tinieblas.

Esta es la diferencia que existe entre una hermana que es exacta y otra que no lo es. La que no se preocupa de guardar el orden debido, no tiene más que tinieblas para ella y para las demás. Pero las hermanas que son fieles a él son otros tantos soles entre las demás y sirven de edificación a todas. En efecto, ¿no veis vosotras mismas cuánto aprecian las demás a una hermana que guarda bien sus reglas? La alabáis y decís: «¡Qué feliz es esa hermana!». No se le alaba durante su vida, pero sí cuando muere. Y fijaos bien; veréis cómo habéis alabado a vuestras hermanas difuntas principalmente por haber guardado las reglas; y no sin razón, pues dicen los santos Padres que es eso lo que hace a los santos. Ya os lo he dicho muchas veces y lo repito una vez más: santos son, concretamente Clemente VIII, un religioso o una persona que vive en comunidad o en una religión y que es fiel a su regla cuando la llama la campana, que es la voz de Dios, esa persona lleva una vida de santo. Y ese santo papa, a quien tuve la dicha de ver, acostumbraba decir que, si le enseñaban esas señales en una persona, la canonizaría.

Según esto, hijas mías, las hermanas que guarden el orden debido en la distribución del día vivirán como santos. Pero las que no lo observen, las que prefieran seguir sus vanas satisfacciones, siempre las veréis descompuestas. Unas veces harán una cosa, otras otra. Serán unas pobres criaturas sin virtud alguna. Pues bien, si es así, si no sois puntuales y exactas y dais a la naturaleza lo que ella os pida, no podréis estar contentas ni encontrar verdaderas satisfacciones, por mucho que lo intentéis. Todo lo contrario, si no observáis las reglas, Dios no tendrá ojos para miraros con agrado, ni oídos para escucharos, ni memoria para acordarse de vosotras, como se acuerda de las que se muestran fieles a él. Pero si hacéis lo que se indica en la distribución del día, estad seguras de que estáis empezando a dibujar un hermoso cuadro, que agradará a Dios y que os hará bienaventuradas. Por el contrario, las que no se preocupen de hacerlo así serán unas desgraciadas, pues no creo que haya ningún estado tan desgraciado en el mundo como el de una persona que no sabe lo que tiene que hacer y que se encuentra en una Compañía sin observar sus reglas.

En San Pablo, hija mía, ¿os levantáis a las cuatro?

– Sí, padre; Dios nos ha concedido la gracia de ser más exactas a eso que de costumbre.

– ¡Dios la bendiga, hermana!

Las hermanas de San Germán de Auxerre, ¿os levantáis?

– No, padre; no nos levantamos a las cuatro, porque de ordinario no podemos acostarnos hasta las diez.

– Hija mía, hay diferencia entre faltar de ordinario a la regla de levantarse a la hora debida y faltar alguna que otra vez. Hay que ser puntuales a la hora, siempre que se pueda. Se dice que hay algunos espíritus malignos encargados de hacer todo lo posible para que uno no se levante con presteza a la hora ordenada, y que hay otros encargados de hacer que las que se levantan piensen en otra cosa distinta de Dios, cuando se despiertan. Pues bien, hija mía, dígale a la hermana sirviente y a todas las demás hermanas que les ruego, en nombre de Nuestro Señor, que cumplan con lo ordenado.

En San Nicolás des Champs, ¿se levantan?

– Sí, padre, no faltamos nunca, a no ser cuando nos acostamos demasiado tarde.

– En San Nicolás de Chardonnet, ¿son puntuales?

– Sí.

– ¡Bendito sea Dios!

En los Niños expósitos, ¿se levantan a las cuatro?

– Sí, padre, a no ser cuando alguna está delicada; y cuando tienen que quedarse en la cama, piden antes permiso.

– Fijaos en la diferencia que hay que hacer: cuando durante el día se prevé que no podrán una levantarse a las cuatro, hay que pedir permiso por la tarde a la señorita; si una se pone enferma por la noche, hay que decírselo a la encargada de despertar: «Hermana, me he puesto mala esta noche; le ruego que avise». Esto es lo que nosotros hacemos; más aún, si estuvierais en nuestra casa, veríais a un hermano que viene a darnos cuenta de los hermanos que no han venido a la oración, y lo hace enseguida; y un clérigo nos avisa de los clérigos y de los sacerdotes; y nos dicen: «No está éste». Por eso, hijas mías, no os extrañéis de que os diga que tenéis que pedir permiso.

Pues bien, hay algunas ocasiones en las que no es posible guardar el orden de la distribución del día; por ejemplo, llamarán a la puerta mientras hacéis oración, para que una hermana vaya a ver a un pobre enfermo que la necesita con urgencia; ¿qué hay que hacer? Será conveniente que vaya cuanto antes y que deje la oración, o mejor dicho que la continúe, ya que es Dios el que se lo manda. Porque, mirad, la caridad está por encima de todas las reglas y es preciso que todas lo tengáis en cuenta. La caridad es una gran dama; hay que hacer todo lo que ordena. Por tanto, en ese caso, dejar a Dios por Dios. Dios os llama a hacer oración v al mismo tiempo os llama a atender a aquel pobre enfermo. Eso es llama dejar a Dios por Dios.

Pues bien, mis queridas hermanas, ¿no queréis entregaros a Dios desde hoy mismo para observar bien vuestras reglas, al ver las ventajas que hay para las que sean fieles a ellas y las desdichas que amenazan a las que no las cumplen? Ruego a Dios que os dé un nuevo deseo de guardarlas. Ya veis por todo lo dicho la importancia que tienen.

Pero decidme, hijas mías, ¿tenéis todas la firme resolución de guardar el orden en la distribución del día? Os pregunto a todas; se lo pregunto a sor Juana, a sor Francisca y a todas en general. Respondedme en vuestro interior. ¿Os sentís todas decididas a guardar bien vuestras reglas? Si es así, sois dichosas; si no es así, no quiero decir que seáis desgraciadas, pero al menos lo cierto es que no sois felices. ¿No queréis entregaros a Dios para guardar este orden?

Algunas dijeron que sí lo querían; las otras demostraban suficientemente por su actitud que era también ése su deseo.

¡Que Dios os bendiga! ¡Bendito sea Dios, hijas mías; Pero no basta con quererlo; es necesario ofrecer vuestra voluntad a Dios y decir: «Señor, acabo de dar mi palabra de que quiero guardar el orden debido en la distribución del día. Si ahora me preguntan si no voy a faltar ya nunca más tendré que responder que no puedo ser fiel a ello sin ti; por tanto, concédeme la gracia necesaria. Señor, tú has prometido a las almas que no tienen más intención que la de agradarte a ti que tú observarías por ellas, en ellas y con ellas las reglas que tú les has dado; por tanto, me dirijo a ti para pedirte la gracia de observar bien mis reglas. De mí misma no merezco nada; pero te lo pido por las plegarias de tu santísima Madre y por el amor que tienes al ángel de mi guarda».

Hijas mías, ved si no es razonable que guardéis este orden. Se trata de una palabra que le habéis dado a Dios de que guardaríais el orden debido en la distribución del día. Lo tengo aquí delante. Vamos a leerlo. Ya hemos dicho algo de él en otra conferencia; pero no sé cómo se han ido mezclando las cosas. Volveremos a empezar de nuevo.

Orden de la distribución del día.

«Se levantarán a las cuatro» y se acostarán a las nueve, pues, aunque no se diga en este artículo, se sobrentiende. «Se levantarán a las cuatro, elevando a Dios el primer pensamiento».

Este es el primer artículo. Antes de explicarlo, hay que saber si hacéis lo que en él se dice. Sé que hay algunas que lo cumplen con exactitud; pero hay que saber si todas se levanta a las cuatro. También sé lo que se hace aquí y en algunas otras partes. Pues bien, hay que ser muy puntuales tanto en la hora de acostarse como de levantarse, a no ser que esas pobres hermanas que tienen tantos enfermos tengan que estar ocupadas durante ese tiempo en preparar las medicinas para el día siguiente. Pero si no, hay que acostarse a las nueve y levantarse a las cuatro. Se nota enseguida que las que no lo hacen, aunque lleven el hábito de hijas de la Caridad, no lo son en realidad.

También se dice en este punto: «Elevarán a Dios el primer pensamiento». Mirad, hijas mías, Dios les ha hecho ver a algunos santos cómo el ángel bueno y el malo están velando toda la noche; el ángel bueno, para poner un buen pensamiento en el espíritu de la persona apenas se despierte; y el ángel malo, para presentarle uno malo. Por eso tenéis que tener mucho cuidado para que al despertar no admitáis más pensamiento que el de Dios y hacer todo lo posible por pensar en Dios apenas os despertéis. Aunque no digáis más que esto: «Señor, tú eres mi Dios; te adoro con todo el corazón», ya es bastante; ya habéis hecho lo que el ángel de la guarda quería que hicieseis. Pero cuando una hermana deja vagar su espíritu por donde lo llevan sus pasiones (pues hay algunas que tienen pasiones de amor o de odio, y el espíritu maligno no deja de presentárselas apenas se despiertan), cuando una hija se detiene en esos pensamientos, ¿qué es lo que gana el demonio? Hijas mías, se queda con lo que pertenece solamente a Dios. Le debemos a Dios todos nuestros pensamientos, todas nuestras acciones y todo lo que somos; y faltamos a ello cuando escuchamos los pensamientos que vienen del demonio, que roba lo que deberíamos darle a Dios. Para evitar que pase esto, apenas os despertéis tenéis que tener mucho interés no sólo en abrir vuestro corazón al pensamiento que os presente vuestro ángel de la guardia, sino también en cerrarlo a todos los que os sugiera el espíritu maligno, y decir: «Dios mío, te adoro; Señor, te doy mi corazón, concédeme la gracia de no ofenderte nunca, sino que haga tu voluntad en todas mis acciones».

Estos son, mis queridas hermanas, los pensamientos que habéis de tener al despertaros. Seguramente no os acordaréis de todos estos, y quizás tengáis algunos otros; no importa; lo que es necesario es que penséis en Dios; con que digáis solamente esto: «Dios mío, te amo con todo mi corazón», es suficiente; si lo hacéis así, ofreciendo a Dios las primicias de vuestros pensamientos, eso es lo que pide de vosotras.

Sigue diciendo la regla: «Se vestirán con diligencia y hará cada una su cama». Por consiguiente, hay que vestirse con diligencia y no hacer como hacen algunas, que van arrastrando y pasando el tiempo, mientras se arreglan para agradar…, no diré a quién. Si hay algunas que lo hacen así, es una pena. Hijas mías, tenéis que ser diligentes y vestiros sin tantos requisitos.

Antes de acabar de vestiros hay que tomar agua bendita. Ya sabéis que el agua bendita tiene por disposición de la iglesia la virtud eficaz de echar el demonio, que quiere inspiraros malos pensamientos. Por eso tenéis que serviros de ella con cuidado y tenerla al lado de la cama o en otro lugar de la habitación.

Una vez hecho esto, se indica lo siguiente: «Se pondrán de rodillas». ¿Para qué? Para adorar a Dios y darle gracias por haberos preservado durante la noche. Adorar a Dios quiere decir reconocerle como el creador y salvador del mundo y el señor soberano de todas las cosas, reconocer que dependéis enteramente de él en cuanto al cuerpo y en cuanto al alma, y decir entonces: «Señor, te reconozco como aquel a quien tiene que obedecer toda criatura; en cuanto a mí, Señor, me someto por entero a tu divina majestad». Para eso casi no se necesita tiempo; se puede hacer todo en un solo acto de adoración, pues al decir: «Señor, te adoro», se reconoce su imperio soberano y absoluto sobre las cosas visibles, espirituales y sobre todas las almas buenas.

Pero no basta con adorar a Dios; todavía hay otro acto que os hemos indicado ya: darle gracias por haberos preservado durante la noche. Y si hubierais tenido la desgracia de cometer algún pecado, aun sin querer, tenéis que pedirle perdón; pues hay ciertos pecados que se cometen durmiendo, por los que el obispo de París ordena a los sacerdotes que se abstengan de ofrecer el santo sacrificio aquel día. No quiero nombrarlos ahora, pero os lo dirá la señorita Le Gras. Si alguna hubiera caído en alguno de ellos, tendría que humillarse entonces y pedirle perdón a Dios.

Después, tenéis que humillaros y ofrecer a Nuestro Señor todos los actos de la jornada, diciéndole de este modo: «Señor, me ofrezco a ti y te entrego todo lo que voy a hacer hoy y lo que haré durante toda mi vida». Hijas mías, ¿nos os parece justo que el fruto de un árbol que está plantado en un jardín se le entregue a aquel a quien pertenece el árbol y el fruto del jardín? Dios os ha plantado, como árboles en medio de este mundo, para que de;s frutos de humildad, de paciencia, de pobreza y de todas las demás virtudes. Esto es lo que Dios pide de vosotras; ya veis la obligación que tenéis de ofreceros a su divina majestad con todo lo que podáis hacer.

Entonces, ¿qué hay que decir para eso? En el momento de despertaros, tenéis que elevar el corazón a Dios y decirle: «Señor, yo te adoro y te doy gracias por los favores que me haces. Dios mío, me ofrezco a mí misma con todas mis acciones». Porque mirad, hijas mías, no basta con reconocer que dependemos de Dios ni con ofrecernos a él, si no le ofrecemos nuestras obras. No le bastaría a un árbol con decir a su dueño: «Dueño mío,  soy tuyo»; tiene que decirle además: «Son también tuyos todos los frutos que dé».

Padre, me diréis, si hacemos esto, ¿qué ocurrirá? – Ocurrirá, hijas mías, que todos vuestros pensamientos, todas vuestras acciones, todas vuestras palabras y todo lo que hagáis será agradable a los ojos de Dios y se verá cómo las hijas de las Caridad van creciendo de virtud en virtud. ¿Por qué? Porque habéis hecho a Dios la oblación de vosotras mismas; y en virtud de esa oblación que le habéis hecho, le ofrecéis todos esos actos de virtud y al mismo tiempo los practicáis. El los mira complacido. Eso es lo que se llama gracia santificante, que os hace agradables a Dios cada vez más; pues siempre os mira con complacencia, cuando servís a los niños, cuando oís la misa y hacéis la oración, en una palabra, en todas las ocasiones, de la misma manera que un hijo agrada a su padre en todo lo que hace, aunque con la diferencia de que ningún hijo ha sido nunca tan amado por su padre como vosotras sois amadas por Dios, cuando practicáis lo que acabamos de decir.

Para retenerlo mejor, vamos a leer una vez más este primer punto: «Se levantarán a las cuatro». Acordaos entonces de tener siempre preparada alguna buena palabra que decirle a Nuestro Señor al despertaros, como esta: «Dios mío, tú eres mi Dios; me entrego a ti de todo corazón», o alguna otra por el estilo. Con tal que le digáis alguna cosa, eso basta. Pero para habituarse es conveniente acordarse de algunas de las que hemos dicho, como esta por ejemplo: «Dios mío, te quiero con todo mi corazón».

Estos son los ocho actos que debéis hacer todos los días sin fallar. Ved si se trata de algo difícil y si no os tenéis que entregar a Dios para ser fieles a ello. Si hubiera alguna entre vosotras que no se preocupa de hacerlo así, podemos decir que no durará mucho tiempo su fidelidad y que no se puede esperar de ella nada bueno; no hay nada que hacer con ella.

Así pues, mis queridas hermanas, ya tenéis explicado el primer artículo. Hecho esto, pasemos a la capilla.

Dice así el segundo artículo: «A las cuatro y media harán en común la plegaria; luego oirán leer los puntos de la meditación, que harán durante media hora».

Su caridad le preguntó a la señorita Le Gras cómo lo hacían Ella le dijo que había un libro impreso que solían utilizar y que, si él lo creía conveniente, una hermana diría en alta voz lo que hacían. Así lo hicieron dos hermanas, que dijeron una tras otra los actos de fe, de adoración, de acción de gracias, de ofrecimiento, etcétera. Después de lo cual dijo el padre Vicente:

Hay dos maneras de hacer esos actos: o con un intervalo entre ellos o todo seguido. ¿Se les manda hacerlos a las hermanas en voz alta, o los dice una hermana todos seguidos sin pausa alguna?

– Padre, le respondió la señorita Le Gras, la hermana que dirige las oraciones los reza en voz alta y las demás la siguen, haciendo esos mismos actos en voz baja, porque la mayor parte se los saben de memoria, y las que no los saben unen a ellos su intención.

– Señorita, creo que será conveniente hacerles aprender todo esto de memoria a las hermanas que no lo saben; porque, mirad, es necesario que todo esto se inculque bien en el espíritu para poder seguir a la que dirige el rezo en voz alta. No siempre se tiene el espíritu actuado. En Santa María, las directoras de las recién venidas les enseñan todo esto y les hacen dar cuenta de ello, preguntándoles: «¿Qué hay que hacer al despertarse? – Hay que adorar a Dios, hay que hacer tal acto, etcétera». Y no se contentan con ver si lo saben, sino que les enseñan la manera de hacerlo bien. Porque, hijas mías, decís que hay que adorar a Dios; pero ¿qué es adorar a Dios? Y así con los demás actos, hasta que se los saben. Vosotras tenéis que hacer lo mismo, pues eso es lo que os hará entrar en las cosas celestiales, apartándoos de las cosas de la tierra, y lo que iluminará vuestro espíritu para que veáis la belleza de la virtud. Porque, mirad, cuanto menos embarazado se ve el espíritu con las cosas de la tierra, más dispuesto está para recibir las luces de Dios. Pues bien, cuando entráis en oración, eleváis vuestro espíritu al cielo y lo apartáis de la tierra. Allí es donde veis las perfecciones divinas, donde entendéis los misterios que jamás habéis visto. Y cuando se ha visto la bondad de Dios y todo lo que ha hecho por los hombres y se contempla por otro lado la fealdad del vicio, entonces fácilmente se siente horror del pecado. Y de este modo hacéis actos contrarios a él, en conformidad con los afectos que sentís. Al ver la belleza de la virtud, decís: «¡Dios mío! ¡Qué hermoso es todo esto! ¡Ojalá lo pueda alcanzar!». Y en eso precisamente, hijas mías, es en lo que consiste la oración. Cuando entráis, lleváis el espíritu lleno de tinieblas; pero, cuando estáis ya metidos en ella, viene una luz que echa fuera todas esas tinieblas, lo mismo que cuando una candela ilumina a una habitación. Y por medio de esa luz conocéis las cosas tal como realmente son. Al ver la virtud, conocéis la estima en que debéis tenerla. Y como no podemos contemplar el bien como bien sin sentirnos movidos a quererlo, ni conocer el vicio como vicio sin detestarlo, por eso, si sois fieles a esta práctica, Dios os concederá la gracia de conocer y de apreciar la virtud. Y entonces diréis: «¡Qué hermoso es esto! ¡Qué bueno es amar la obediencia! ¡Qué bueno es servir a los pobres con el espíritu con que debe hacerlo una buena hija de la Caridad;». Apenas hayáis terminado con este segundo punto, pasaréis al tercero, en el que se comprenden las resoluciones que habéis de tomar.

Tras haber considerado la belleza de la virtud, hay que seguir adelante y decidirse a practicarla; si no, no sería una oración bien hecha. Una persona que medita en el amor de Dios y dice: «¡Señor, qué hermoso eres! Quiero que en adelante seas tú el único objeto de mi amor. Te pido esta gracia», tiene que añadir a estos afectos la siguiente resolución: «En adelante, Dios mío, te prometo hacer todo lo que pueda por tu amor»; v luego, empezar a practicarlo cuando se presente la ocasión. Según esto, ya veis cómo se engañan todos aquellos que pasan todo el tiempo de la oración imaginándose y pensando en el tema o los que, sintiéndose inflamados de afecto, se quedan allí sin tomar ningún propósito. Por tanto, hay que resolverse a practicar lo que se ha visto en la oración, bien sea para desarraigar algún vicio, si lo hemos podido apreciar en nosotros, o bien para practicar la virtud. Por ejemplo, podéis decir lo siguiente: «Dios mío, cuando haga alguna cosa por los pobres, quiero hacerlo por amor de ti, dándole el alimento a aquel pobre cuerpo, a fin de que tenga fuerzas para servirte. Si me ocupo en acciones más elevadas, como oír la santa misa, hacer oración o prepararme para la sagrada comunión, quiero hacerlo todo por amor a ti, para agradarte, sin hacer nada por consideración a las criaturas».

¡Dios mío! ¡Que también yo lo haga así en adelante! Basta con recogerse interiormente; así era la oración que hacía san Antonio. Hijas mías, esto va bien y me llena de consuelo. En cuanto a la oración de por la tarde, hay que hacerla hacia las cinco y media, siempre que podáis.

A una hermana de San Germán en Laye:

Hermana, ¿hacen ustedes oración?

– No siempre, padre; pero no solemos faltar.

– En nombre de Dios, no faltéis nunca, hija mía, y comprended bien la importancia de hacer bien la oración. Porque mirad, mis queridas hermanas, como os dije hace poco, la oración es tan necesaria al alma para conservarla viva como el aire al hombre, o como el agua al pez para que siga viviendo. Pues bien, lo mismo que los hombres no pueden vivir sin aire, sino que mueren apenas les falta con que respirar, tampoco una hija de la Caridad podría vivir del espíritu de la gracia sin la oración; y si alguna vez la deja, aunque no muera en cuanto al cuerpo, sí que empieza a morir a la gracia. Por eso tenéis que poner todo vuestro interés en afianzaros en esto; y las hermanas sirvientes tienen que preocuparse de su exacta observancia. Se lo preguntaré de vez en cuando, con la ayuda de Dios.

«Después de la misa irán todas a desayunar y cada una volverá a su empleo». Y si no fuera posible oír misa hasta mucho más tarde, no hay que tener dificultad alguna en desayunar antes de ir a misa. Principalmente hay que hacerlo antes de ir a ver a los enfermos, por causa del aire. Ya sé que es una señal de respeto y hasta un acto de piedad oír la misa en ayunas. Pero las personas que trabajan no tienen por qué hacerlo así.

«A las once y media, harán el examen particular, deteniéndose a examinar las resoluciones, etcétera».

Entonces el padre Vicente preguntó a una hermana:

Hija mía, ¿hacen ustedes el examen particular antes de comer?

– Sí, padre.

– ¡Dios la bendiga! Os aseguro que nuestros pobres hermanos de la Compañía son tan fieles a esta norma que me llenan de consuelo. El padre Portail es testigo de ello. Es una gran bendición de Dios. Veis a esos pobres hermanos poniéndose de rodillas al volver del trabajo para hacer el examen particular; y muchas veces los criados se arrodillan también, siguiendo su ejemplo.

Pues bien, hijas mías, este examen puede hacerse de dos maneras. Una, viendo si ha sido uno fiel a los propósitos de la mañana, ya que el fruto de la oración consisten en tomar buenas resoluciones y practicarlas. Se trata, por ejemplo, de una virtud que necesito: tengo mal genio, necesito más paciencia; soy perezosa, necesito más diligencia. Y así todo lo demás. Como nos habíamos propuesto practicar aquello, hay que poner atención en el examen particular para ver si hemos sido fieles o no. O bien, puede hacerse de otra manera, que es procurar conocer en concreto cuál es el defecto al que tenemos más inclinación, para corregirse de él. Y antes de comer se hace el examen para ver si nos hemos mortificado en eso. Y así, cuando tengáis que hacer vuestra comunicación a vuestro confesor, bien sea al padre Portail o bien a otro, lo principal es que le digáis cuál es vuestra pasión dominante y la que más os preocupa, para que él os señale los medios de poder superarla. Es asunto del director o de la directora preguntárselo a la hermana que dirige. «Hermana, está usted haciéndome la comunicación; ¿cuál es la pasión que más le atormenta?». Ella contestará: «Señorita, es esta pasión».  – «Bien, hermana, procure usar los medios para vencerla; y para ello, tiene que aplicarse a la virtud contraria». De esta forma, hijas mías, hay que dirigir hacia allá las resoluciones de vuestra oración, hacer el examen particular sobre ello, no sólo dos veces al día a la hora señalada, sino fijándonos con frecuencia y preguntándonos: «¿Qué propósito he hecho esta mañana en la oración?». Si ha sido, por ejemplo, mortificar la impaciencia, diréis: «Tengo la costumbre de impacientarme con esa hermana; ¿cómo me he portado con ella?». Y si veis que habéis practicado la paciencia en una ocasión en que podíais haberos molestado con ella, y no lo habéis hecho, tenéis que dar gracias a Dios; si no, pedirle perdón y ponerse una penitencia. Porque, mirad, es imposible corregir bien un vicio si no se es fiel a este examen particular.

Los mismos paganos han comprendido su necesidad, por eso es muy importante que seáis exactas en esto. Séneca, que era un filósofo pagano, hacía todos los días el examen para ver si había vivido como está obligado a vivir un filósofo y si había dejado quizás de practicar las virtudes de un filósofo.

El examen particular es diferente según se trate de adquirir una virtud o de desarraigar un vicio. Pero acordaos de que nunca tenéis que examinar vuestra conciencia sin preguntaros cuál es el vicio particular que tenéis que combatir o cuál es la virtud a la que debéis tender, empleando para ello todo el tiempo que sea necesario, un mes, tres meses, un año, si resulta que no estáis todavía debidamente ejercitados, y hasta tres años, si fuera preciso.

«Comerán a continuación, diciendo el Benedicite y todo lo demás. Después de la comida, el recreo, etcétera».

Hermanas, esto está claro. El recreo tiene que ser con mucha modestia. Si alguna tuviera alguna ligereza o se pusiera a hablar en contra de la caridad, la hermana encargada de eso debería decirle: «Hermanas, estamos metiéndonos en asuntos que no nos conviene». Y así se volverá a recordar la presencia de Dios.

A las dos, la lectura y el silencio, que se acaba con estas palabras: Christus factus est pro nobis obediens.

Todo esto es muy hermoso. No sé si se guardan estas normas fuera de esta casa.

Hermana, ¿lo hacen ustedes en Treize Maisons?

– Padre, sí que lo hacemos, pero a otra hora, por orden de la señorita, por causa de los niños.

– Bien, hijas mías. Vamos a quedarnos aquí; y aunque no hayamos dicho cosas de gran importancia, no dejaréis de tener el mérito correspondiente al esfuerzo que habéis puesto en venir a escuchar a este pecador. ¡Quiera Dios dar su bendición a lo que él os ha dicho por su boca! Hijas mías, estad seguras de que, si guardáis estas normas, Dios os guardará, ya que Dios es el autor de todas las normas; y lo más agradable a Dios que podéis hacer es guardar vuestras reglas.

Al ver que el padre Vicente iba a terminar la conferencia, una hermana pidió perdón por sus faltas; él le dijo:

Bien, hermana, ruego a Nuestro Señor Jesucristo, que le ha inspirado este acto de penitencia, que le conceda la gracia de corregirse. Pido a Nuestro Señor, mis queridas hermanas, que dé a conocer a la comunidad la belleza de estos actos de humildad para empezar esta práctica y continuarla. Ruego a Nuestro Señor que conceda a todas nuestras hermanas la gracia de entrar en la práctica de todo lo que acabamos de decir y que, al mismo tiempo que pronuncio de parte suya las palabras de la bendición actúe en vuestro espíritu la gracia necesaria para observar bien las reglas que él mismo os ha dado.

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