Vicente de Paúl, Conferencia 095: Repetición De La Oración Del 30 De Agosto De 1657

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Estragos causados por la peste en Génova. Muerte de Maturino de Belleville en el mar, de Claudio Dufour y Nicolás Prévost en Madagascar. A pesar de estas pérdidas, la compañía tiene que seguir evangelizando esta isla. Reprensión a un sacerdote que no cumple con las reglas.

Encomiendo a las oraciones de la compañía a todos nuestros enfermos, al padre Alméras y a los que han ido a tomar aguas con él. También les encomiendo a la casa de Génova; hace ya bastante tiempo que no tenemos noticias suyas. El padre Martin, que está en Turín, me escribe dos cosas: una, que el senado de Génova mandó a los habitantes de una ciudad del estado de Génova situada por el lado de Turín, llamada…, que les enviasen víveres; ellos cargaron una barca, pero los que conducían la barca no se atrevieron a acercarse a la ciudad de Génova por miedo al contagio; dispararon un cañonazo para avisar a los de la ciudad que viniesen a tomar lo que les traían, pero nadie salió. Al ver esto, se acercaron a la orilla, tiraron a tierra sus provisiones y volvieron a disparar otro cañonazo para avisarles. No acudió nadie. Esto les hizo creer que la desolación era muy grande en aquella ciudad. Dejaron allí sus provisiones y volvieron a su ciudad para cargar de nuevo la barca y llevarles nuevos auxilios.

El padre Vicente añadió que había sabido que las primeras lluvias que llegaron han hecho disminuir notablemente el contagio, que el aire se ha purificado un poco y que se habían empezado a abrir las tiendas; pero, dijo el padre Vicente, está tan lejos Turín que el rumor no ha podido comprobarse. Sea lo que fuere, recemos a Dios por ellos, en cualquier situación en que se encuentren, y especialmente por la pobrecilla familia de esa ciudad tan afligida.

Os decía el otro día que ha llegado a Nantes un barco procedente de Madagascar, que es uno de los tres que habían marchado por allá, pero que no habíamos recibido ninguna carta. He recibido ya una, pero no de aquel país, sino solamente de Nantes, de un buen joven llamado Balduino, que ha estado aquí algún tiempo y se marchó por ciertos inconvenientes que surgieron. Está en el seminario de Nantes. Este hombre, al saber que había llegado un barco, se fue a buscar al capitán del mismo que había ido a saludar al señor mariscal de La Meilleraye, y le pidió noticias del éxito de su viaje y, entre otras, de los misioneros; pero este capitán no le quiso decir nada, pues ante todo quería comunicarle al señor mariscal el resultado del viaje. Al ver que no podía sacar nada de aquel capitán, se fue a buscar a otro hombre del barco, que le indicó muchos detalles, y entre otras cosas le contó lo que le había sucedido a un buen sacerdote que tenía mucho talento y que había estado anteriormente en el ejército, y al que envió a aquel país el señor mariscal. Aquel sacerdote subió a la cubierta del barco y se cayó al mar. Al oírlo gritar, corrieron todos a ver qué pasaba; varios se echaron al agua para salvarlo, pero todo fue inútil; y sólo pudieron ver que se debatía en medio de las olas y gritaba: «Jesús, ten piedad de mí! ¡Virgen santísima, ayúdame!».

Esto sucedió el segundo día que se hicieron a la vela. De esto dedujeron los que iban en el barco que no sería un viaje feliz. Pero como el mencionado señor Balduino desease saber noticias de los misioneros, se las preguntó. Aquel hombre le respondió que habían muerto los tres que iban en los barcos. El padre de Belleville murió al llegar a Cabo Verde y fue arrojado al mar, que es el cementerio de ]os que allí mueren. Había gran mortandad en los barcos, muchos enfermos, con los que trabajaron mucho nuestros misioneros. Los padres Dufour y Prévost llegaron a Madagascar, pero el padre Dufour, al pasar un río, se cayó en él; lo sacaron vivo y los que estaban con él le dijeron que le convenía cambiarse de hábito y de ropa para no caer enfermo; no quiso hacerlo así, diciendo que eso era demasiada delicadeza y que no le pasaría nada; pero poco después empezó a tiritar y se murió; lo enterraron a la orilla del mar, al pie de una cruz que él mismo había hecho poner en la cima de un pequeño montículo.

Por lo que se refiere al padre Prévost, se sintió tan afectado por la muerte del padre Dufour, al que quería mucho, que murió también algunos días más tarde; de forma que ya no queda allí más que el buen padre Bourdaise, al que Dios bendice ampliamente, tanto en lo espiritual, que es su misión, como en la administración que tiene de lo temporal en el fuerte, donde todos le aprecian mucho y se porta con mucha prudencia y dotes de gobierno; es él el que cuida de todos los franceses que están allí y de los recién convertidos. Y eso es todo.

Quizás diga alguno de esta compañía que es preciso dejar Madagascar; es la carne y la sangre las que así hablan, diciendo que no hay que enviar allá a nadie; pero yo estoy seguro de que el espíritu habla de otro modo, ¿Pues qué, padres? ¿Dejaremos allí completamente solo a nuestro buen padre Bourdaise? Estoy seguro de que la muerte de estos padres extrañará a algunos. Dios sacó de Egipto a seiscientos mil hombres, sin contar las mujeres y los niños, para llevarlos a la tierra prometida; pero de todo aquel número entraron solamente dos: ni siquiera entró Moisés, el conductor de todos ellos. Dios llamó a nuestros hermanos a aquel país, pero he aquí que algunos murieron por el camino, y los otros apenas llegar. Padres, ante esto es preciso bajar la cabeza y adorar los designios admirables e incomprensibles de nuestro Señor. ¿No habían sido llamados por Dios a aquel país? ¿Quién lo duda? Los tres me pidieron ir varias veces. El padre Dufour sentía este deseo desde que se empezó a hablar de Madagascar; esto, junto con las circunstancias y detalles que sucedieron con él, nos hacía pensar que Dios lo llamaba desde allí. Y nuestro pobre difunto, el padre Lamberto ¡cuántas veces me rogó que se lo permitiese! No son la carne ni la sangre, como podéis creer, quienes los llevaron así a exponer su vida, como lo han hecho. Y ahora no hemos de dudar ni lo más mínimo de que la compañía ha sido llamada por Dios a aquel lugar; porque no pensábamos en Madagascar, cuando vinieron a hacernos esta propuesta. Y así es como pasó todo esto.

Los señores de la compañía de Indias de esta ciudad, o sea, los señores que se han asociado entre sí para los negocios de aquel país, enviaron allá a un sacerdote secular, que no se portó muy bien; entonces creyeron que lo mejor que podrían hacer, para obtener algunos sacerdotes religiosos que fuesen de vida ejemplar, era dirigirse al señor nuncio del papa en esta ciudad. Así lo hicieron; hablaron con él, y aquel buen señor, pensando y repensando en quién les podría proponer para esto, puso sus ojos en esta pobre y miserable compañía y aconsejó a aquellos señores que hablaran con nosotros, diciéndoles que también él nos hablaría por su parte, pues creía que la compañía podría hacerlo con mucha bendición de Dios. Vinieron a hablarnos dichos señores; también nos habló el señor nuncio y nos conjuró a ello; nos reunimos algunos de los más antiguos de la compañía y se tomó la decisión de aceptar este encargo; para ello pusimos los ojos en dos de los mejores sujetos de la compañía, nuestros buenos difuntos los padres Nacquart y Gondrée, de los que el primero era de una prudencia y dotes de gobierno admirables, con un gran espíritu apostólico y mucho juicio; y el otro era también muy virtuoso, de mucha mansedumbre y humildad. Los monseñores de la congregación de Propaganda Fide nos enviaron las facultades necesarias y alabaron a la compañía por su celo. Esta congregación es la que tiene el poder de envía; a dichas misiones, ya que el papa, que es el único que tiene poder para enviar por todo el mundo, le ha concedido esta facultad y este encargo. Los obispos solamente tienen poder dentro del ámbito de sus respectivas archidiócesis y diócesis; pero esta congregación ha recibido poder del papa para enviar por toda la tierra, y es la que nos ha enviado a nosotros.

Pues bien, ¿no es esto una verdadera vocación? Padres y hermanos míos, después de saber esto, ¿será posible que seamos tan cobardes de corazón y tan poco hombres que abandonemos esta viña del Señor, a la que nos ha llamado su divina Majestad, solamente porque han muerto allí cuatro o cinco o seis personas? Decidme, ¿sería un buen ejército aquel que, por haber perdido dos mil o tres mil o cinco mil hombres ¡como se dice que pasó en el último ataque de Normandía) lo abandonase todo? ¡Bonito sería ver un ejército de ese calibre, huidizo y comodón! Pues lo mismo hemos de decir de la Misión: ¡bonita compañía sería la de la Misión si, por haber tenido cinco o seis bajas, abandonase la obra de Dios! ¡una compañía cobarde, apegada a la carne y a la sangre!. No, yo no creo que en la compañía haya uno solo que tenga tan pocos ánimos y que no esté dispuesto a ir a ocupar el lugar de los que han muerto. No dudo de que la naturaleza al principio temblará un poco; pero el espíritu, que es más valiente, dirá: «Así lo quiero; Dios me ha dado este deseo; no habrá nada que pueda hacerme abandonar esta resolución».

Ya habéis oído hablar del naufragio de aquel barco que llegó el pasado día de todos los santos a la ría de Nantes. El padre Herbron me escribe diciéndome que no tiene más remedio que confesarme que esto le desanimó un poco, pero que luego volvió a tomar nuevos ánimos, la razón se impuso, desapareció todo el miedo y está dispuesto a embarcarse de nuevo, si me parece bien. También el padre Boussordec me dice que está preparado; y nuestro pobre hermano Cristóbal, ese buen joven, me escribe con tanta ingenuidad que os aseguro que me he enternecido mucho al leer su carta. Me dice que le pide a Dios muchas veces le conceda la gracia de cumplir siempre su santa voluntad, y que a veces se pregunta: «¿Dónde prefieres cumplir mejor la voluntad de Dios, aquí o en Madagascar? Y le confieso, padre me escribe, que me parece que prefiero cumplirla en Madagascar». Por lo demás, exponer la vida, atravesar los mares por puro amor de Dios y por la salvación del prójimo, es una especie de martirio, ya que aunque no lo sea efectivamente, al menos lo es en la voluntad, puesto que uno lo deja todo y se expone a no sé cuántos peligros. De hecho, los santos que han muerto en el destierro, adonde han sido enviados por su fidelidad a nuestro Señor Jesucristo, son tenidos como mártires por la Iglesia.

Hoy celebramos la fiesta de San Félix. Cuando lo conducían al martirio, uno llamado Adaucto, que también es santo y mártir, al ver que se llevaban a san Félix, corrió a abrazarle, y al saber el motivo por el que le llevaban a la muerte, empezó a decir a quienes lo conducían: «Si queréis matar a este siervo de Dios por ser cristiano, también lo soy yo, y tenéis el mismo derecho a matarle a él que a mí». Y así no quiso separarse de él, le siguió y fue martirizado con él. Decidme, ¿quién le había inspirado este movimiento más que Dios? ¡Cuántas veces se ha visto a los mismos carceleros que guardaban a los servidores de Dios aceptar la religión de los cristianos y de los católicos que tenían encerrados.

Me han escrito desde Roma para decirme que cinco o seis sacerdotes franceses que estuvieron aquí en la ordenación, han ido a Roma para ponerse a los pies del papa y ofrecerse a trabajar en las Indias, y que el papa ha alabado su celo y les ha dicho: «Me gustaría estar yo también en situación de poder hacer lo mismo; hace tiempo, antes de ser lo que soy, tuve también ese impulso de pedirlo; lo que me impidió hacerlo fueron las palabras que leí en el libro del bienaventurado Francisco de Sales, obispo de Ginebra: no pedir nada ni rechazar nada».

El mismo papa, como acabáis de oír, alaba el deseo de esos sacerdotes franceses que han tenido el coraje de ir a ofrecerse para ello a Su Santidad. Pues bien, padres, por nuestra parte entreguémonos también a Dios y ofrezcámonos a él para todas las tareas que su divina Majestad quiera encomendarnos; levantémonos de nuestra cobardía.

¡Ay, padres y hermanos míos! No tiene que afligirnos tanto el ver que Dios atrae hacia sí a sus servidores, los santos, como ver que hay entre nosotros algunos sacerdotes, y yo el primero, que somos un escándalo para la compañía. Padres y hermanos míos, ¡qué motivo de aflicción para toda la compañía, que ve esto! Hay entre nosotros uno que sólo acude raras veces a la oración, sobre todo desde hace algún tiempo, que durante todo el día no hace más que ir de acá para allá por el claustro, por el dormitorio; si falta algo en la habitación de los demás, se encuentra en la suya; en una palabra, lleva una vida deplorable. por esas personas es por las que hay que afligirse, padres; por ellos es por los que hay que rezar. ¡Dios mío, Dios mío, Salvador mío!

Luego el padre Vicente acabó este discurso diciendo que, no obstante, para conformarse con los deseos de la Iglesia, se rezase por todos estos queridos difuntos, aunque había muchas razones para creer que ya son bienaventurados.

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