Día último del año 1649.
Me parece que su viaje a Roma encontraría dificultades si lo emprendiese usted en la situación actual de sus asuntos; por eso le ordeno que lo retrase, si lo juzga usted conveniente. Sus compañeros tienen razón al desearlo también así, pero han obrado mal en la forma de retenerle a usted: 1.° porque tienen que obedecer a las disposiciones del superior y a las órdenes del general; 2.° porque no se dirigieron a mí para exponerme los inconvenientes de su ausencia; 3.° porque, para impedirlo, recurrieron a medios exteriores, pidiendo la ayuda de los que no pertenecen a la congregación; pues aunque les debemos a los prelados obediencia en lo que se refiere a nuestros deberes con el prójimo, la dirección interna pertenece sin embargo al superior y a los directores de la compañía; 4.° en una familia sólo se atienden a las razones particulares que la afectan; pero nosotros vemos otras razones generales para ordenar las cosas, que no conocen los particulares; por eso éstos no deben poner impedimento a lo que no les afecta. En fin, padre, la Compañía ha caído en sus orígenes en unos desórdenes en los que otros no caen más que después de varios siglos; queda abierto el camino para la división, una vez que los súbditos desaprueban lo que hacen los superiores. Quiero creer que los suyos no se han dado cuenta de todo esto, y por tanto los excuso; pero no deje de comunicarle al visitador, que estará pronto entre ustedes, lo que acabo de escribirle, para que les hable con tanto acierto que no vuelvan a caer más en esa falta.
Me dice usted que hay en su casa un inspector que advierte y anota todo lo que ocurre; le ruego que me diga si es francés y su nombre en términos encubiertos. Sé que todos ustedes llevan una vida en la que no sólo no hay nada reprochable, sino que hay muchas cosas edificantes; sin embargo reconozco que es muy molesto verse controlados de esa forma, ya que los espíritus aficionados a ello no juzgan nunca de las cosas tal como son, sino tal como son ellos mismos.







