Richelieu, 11 mayo 1649.
Padre:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Me he encontrado al llegar acá con dos cartas suyas. No me acuerdo de que me haya propuesto usted antes aconsejarse de otra persona, en el caso de que no le diera yo mi consejo, tal como me dice usted que se vio obligado a hacerlo el 20 de este mes; y acabo de leer los puntos de 4 ó 5 cartas suyas anteriores a las últimas, en donde no veo nada de esto. Si la cosa es tal que no le puedo escribir de ella, o es tan urgente que no me puede avisar y aguardar mi respuesta antes de decidir sobre ella pida el parecer de los consultores de la casa y el del padre de la Coste, y le pediré a Dios que le dé la gracia de seguir en todo sus eternos designios.
Dios sabe cuánto me gustaría poder visitar esas casas; la pena de no poder hacerlo me afecta muy sensiblemente, pero la reina me ha ordenado varias veces que vuelva a París. Y no veo cómo puedo cumplir la voluntad de Dios, si no obedezco, yo que siempre he creído y enseñado que hay que obedecer a los príncipes, incluso a los malos, como dice la Escritura. Todo lo que puedo hacer es rogar a Su Majestad, como lo hago, que me permita proseguir mi viaje, no ya a Marsella, sino solamente a Cahors. Allí esperaré su respuesta.
Cuando vuelva a París, procuraremos enviarle al padre du Chesne o a algún otro, acompañado de un hermano. No sé si podrá ser el hermano Juan Parre.
A propósito de hermanos, me dicen de Génova que se ha quedado usted con el hermano Claudio, que iba para allá. Me extraña mucho, ya que sabe usted cuánto lo necesitan; me lo piden con mucha insistencia; le ruego que se lo envíe.
El resto de sus cartas, hasta 6 ó 7, no desean de mí otra cosa más que mil alabanzas de Dios por todo lo que usted me dice, sobre todo por el éxito de la ordenación, de la misión de Fréjus, de las conferencias con los eclesiásticos externos, del celo del padre Brunet, de la satisfacción del padre de la Coste, de su caridad con la familia y en fin de las bendiciones que Dios derrama sobre ella. Le ruego, pues, a su infinita misericordia que ella misma sea su acción de gracias y que santifique cada vez más las almas de todos, especialmente la suya, de la que soy en el amor de Nuestro Señor su muy humilde servidor,
VICENTE DEPAUL, d I M
Ya que gozamos de paz, gracias a Dios, me parece que no habrá nada que pueda impedir tener la reunión de superiores de la Compañía en París.
Dirección: Al padre Portail, sacerdote de la Misión, en Marsella.







