Vicente de Paúl, Carta 1105: Alano De Solminihac A San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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Mercués, 28 julio 1648.

Padre:

El cuidado que había puesto para que no se hablara de las nuevas opiniones en esta ciudad de Cahors ni en el resto de mi diócesis ha hecho que hayamos vivido con gran tranquilidad hasta ahora. Pero como el enemigo común de la paz no deja nunca de trabajar y de sembrar la confusión, hace poco uno de los profesores de teología de nuestra universidad ha empezado a enseñar la doctrina y las opiniones de Jansenio. Al enterarme de ello durante el retiro de mis ejercicios, mandé al arcediano de mi catedral, que tiene grandes cualidades y es muy enemigo de todas esas novedades, que le fuera a decir de mi parte que me extrañaba mucho que siguiera esas doctrinas y que le mandaba que dejase de enseñarlas; así lo hizo mi arcediano. Pero aquel doctor, en vez de obedecerle, le respondió con arrogancia que ya había entregado el tratado y le dijo otras muchas cosas en defensa de esas opiniones.

Cuando me refirió todo esto el arcediano, mandé inmediatamente a mi promotor que ordenase de mi parte a todos los alumnos que me trajesen sus apuntes y les prohibiese, so pena de desobediencia, ir a tomar otros nuevos de aquel profesor, que es un religioso de la orden de santo Domingo; ellos obedecieron en seguida y él tuvo que dejar de enseñar, por falta de alumnos.

El magistral de mi iglesia, que no le tiene mucho afecto, al saber esto, predicó contra esas opiniones y le puso verde. Al saberlo, encargué a mi promotor que prohibiese a dicho magistral predicar de esa forma y que se suavizaran las cosas lo mejor posible; mandé decir a aquel profesor que yo no aprobaba lo que había hecho el magistral y que si él se callaba y se mantenía tranquilo, yo procuraría arreglarlo todo y mantenerlo en su honor. El me lo agradeció por medio del promotor; pero al mismo tiempo, al saber que se había reunido la universidad, salió de su convento y se dirigió a la sala de reuniones, diciéndoles que yo había mandado retirar sus escritos, les había prohibido a sus alumnos que fueran a oírle y que, aunque le había presentado mis excusas por medio del promotor, no se sentía sin embargo satisfecho y que les rogaba que se uniesen a él para pleitear contra mí, ofreciendo el dinero necesario para ello.

La universidad le hizo salir para deliberar y se decidió de común acuerdo no tolerar jamás que se enseñara dicha doctrina en la universidad, uniéndose todos a mí; le ordenaron entrar de nuevo y recibió una buena reprimenda. Yo pasé aviso a todos los conventos, que también se me mostraron conformes, lo mismo que las demás personas de condición que supieron su proceder y reprocharon su conducta, de forma que se ha encontrado totalmente solo; apenas ha habido unos cuantos que se hayan querido informar detalladamente de lo que pasaba.

Lo malo es que él no ha cejado en sus propósitos, sino que se ha puesto a gritar que haría imprimir estas opiniones para defenderlas.

Por entonces me hicieron el honor de venir a verme los señores obispos de Bazas y de Condom y les pedí al arcediano y al canciller que vinieran también; les expusieron las opiniones de otros profesores y, al ver que se trataba de las mismas opiniones de Jansenio, se decidió que yo le mandaría venir a verme y que, cuando viniera, le haría una buena reprimenda por haber enseñado esa doctrina y le prohibiría expresamente enseñarla más, ordenándole que se retractara ante aquellos a quienes hubiese hablado de ella; y si no obedecía, yo daría un decreto prohibiendo formalmente que la enseñara so pena de proceder contra él por otras vías legales, y a los alumnos que no lo escuchasen so pena de excomunión y que no conservasen sus escritos; y la universidad daría otro decreto privándolo de voz activa y pasiva y prohibiéndole la enseñanza.

Cuando supo esta resolución, entró dentro de sí y vino ayer con el canciller para testimoniarme el disgusto que sentía por haber enseñado esa doctrina y haberme causado tan gran pesar. Le di una buena reprimenda y le hice reconocer su falta, de forma que, gracias a Dios, se ha apagado este fuego que iba a encenderse en nuestra ciudad, y espero que dentro de pocos días no se hable más de ello.

Este asunto me causó un gran dolor al principio; pero gracias a Dios, se ha apagado en sus comienzos. Se lo he querido exponer, pues me gusta que usted conozca los asuntos de esta naturaleza que ocurren en mi diócesis y para que se acuerde de lo que tantas veces le he dicho, que mi presencia era tan necesaria en mi diócesis que nunca debería salir de ella, a no ser por asunto graves y urgentes, y para decirle también que los señores obispos de Bazas y de Condom me han urgido extraordinariamente a que vaya a la corte para defenderles contra las

violencias que sufren por parte del señor de Epernon, sobre todo el obispo de Bazas y algunos otros de la provincia; que los prelados de allá les escriben que sería necesario que todos los de la provincia acudiesen en grupo y me nombran especialmente a mí. Les he contestado que estaría siempre a su lado para defender su dignidad y sus personas, pero que no creía que pudiera ir a París por la necesidad que tiene mi diócesis de mi presencia; que tengo aquí cuatro asuntos muy serios, el menor de los cuales requiere absolutamente mi presencia, por lo que no puedo decidirme a ir, aunque quizás me obliguen. Les he indicado muchas cosas al respecto y les he dicho que le escribiría a usted. Me han prometido encomendar el asunto a Nuestro Señor y que dejaban el asunto en mis manos. Le diré, pues, que no puedo convencerme de que sea voluntad de Dios que yo vaya por este motivo; al contrario, me parece que sería contrario a su voluntad, pues no me acuerdo haber visto en toda la historia eclesiástica ningún ejemplo de que todos los obispos de una provincia la hayan dejado para ir a presentar sus quejas a los príncipes por las persecuciones de sus gobernadores, ni siquiera de los tiranos, sino que comisionaban a uno, quedándose los demás en su diócesis o, si no podían estar allí seguros, retirándose a las diócesis vecinas para seguir desde allí asistiendo a sus pueblos. No creo tampoco que lo apruebe la corte, sobre todo en el tiempo en que estamos y que nos obligaría, en el caso de ir, a volver cuanto antes; yo especialmente no querría ni mucho menos haber estado ausente de aquí mientras este doctor estaba enseñando la mala doctrina, que quizás no hubiera podido nunca extirparse, sobre todo cuando toda Toulouse está ardiendo.

Le ruego que me indique su parecer sobre todo esto. Entretanto le diré que el señor obispo de Bazas, al ver que aumentan de día en día las violencias de Epernon y que se aprovecha de las circunstancias, se ha decidido a retirarse a París por algún tiempo, pero con la intención de no andar en pleitos durante estos jaleos. Es un gran prelado y que merece toda asistencia y que la reina lo apoye. Por eso le ruego que disponga el espíritu de Su Majestad, a fin de que ella se ocupe del asunto cuando las circunstancias lo permitan. En nombre de Dios, utilice todos sus recursos y su crédito para impedir que el señor de Laverdin sea obispo de Le Mans, por la razones que le indicará el señor obispo de Bazas.

Créame entretanto, etcétera,

ALANO, obispo de Cahors.

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