París, 12 de agosto de 1644.
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Su última carta me habla del asunto de Babilonia y del de las Indias Orientales y me dice que ésta es una clara vocación de Dios para que la compañía trabaje en aquellos lugares. Lo que nos ha retenido para la primera fue lo que usted me dijo en alguna de sus últimas cartas, que había que empezar entregando seis mil escudos en aquel país, debido a la dificultad que hay para enviar dinero todos los años a aquel sitio; y además lo que me ha dicho en su última, que, si se va a Goa, se podrá enviar todos los años de Lisboa a Goa, y de allí a Ispahan. Queda aún otra dificultad, la de entregarle aquí al señor obispo de Babilonia la renta que pide y que está destinada a su obispado. ¿Se podría llevar a cabo este asunto sin ese requisito?
He obtenido un decreto del rey, para que no les quiten los coches a ustedes sin reembolsarles en efectivo y que no les sobrecarguen de impuestos hasta después de que se reciban las recomendación s que usted nos ha enviado. Ciertas molestias que siento me impide escribirles.
Nos hemos enterado de la muerte de nuestro Santo Padre y le hemos hecho un funeral muy solemne. En nombre de Dios, padre, urja en este intermedio la unión del priorato del señor de Saint Aignan y, si es posible, la confirmación de nuestras reglas, con la revocación de las atribuciones que [se le han] concedido para ello al señor arzobispo de Pa[rís]. Le enviaré una copia de los oficios, especialmente el del superior general. Habrá que resumirlo todo para recoger solamente el sentido.
Lo que usted me dice de la vocación a esos lugares, de los que hemos hablado anteriormente, sobre todo el de las Indias, me ha impresionado mucho. He pensado en un sacerdote y en un clérigo para Portugal; quizás los enviemos aprovechando la ocasión del embajador que va para allá.
Dígame el nombre del obispo que han nombrado para las Indias, y cuándo piensa marchar, y si es Goa su obispado, o cuánto dista de allí.
Saludo al padre Dehorgny y a su pequeña comunidad, a la que abrazo postrado en espíritu a los pies de todos, y soy, en el amor de nuestro Señor, su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL







