Vicente de Paúl, Carta 0681: A Bernardo Codoing, Superior De Roma

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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París, 20 de marzo de 1643.

Padre:

¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!

Recibí dos cartas suyas a la vez, una del día primero y la otra del 12 de febrero. He aquí la respuesta a la primera. Le doy gracias a Dios por todo lo que me dice en ambas cartas y sobre todo por lo que me dice que ha tenido usted la dicha de saludar al señor cardenal Lenti y por todo lo que él le ha dicho, así como también de que haya usted empezado el seminario con los diáconos y subdiáconos que le ha enviado el señor cardenal Lenti, y le diré que vislumbro los frutos que usted me dice que cabe esperar, si Dios quiere darle su bendición, tal como se lo pido con todo mi corazón, ofreciéndole todos sus latidos como otras tantas jaculatorias que le piden incesantemente esta gracia.

Sobre el asunto de San Ivo, no creo que se pueda esperar mucho por ahora, debido a la instancia que han presentado los padres del Oratorio sobre San Luis por medio de su padre general, confesor del hermano del rey, a quien no quiere disgustar la persona con quien he hablado del asunto. No le diga usted esto a nadie; ya veremos con el tiempo.

He enseñado sus cartas, como de ordinario, a su fundadora; cuando haya alguna cosa especial, dígamela en una nota aparte.

He aquí la respuesta a la segunda. Me habla usted ampliamente sobre San Ivo y sobre algunas misiones en Bretaña. No puedo decirle más que lo que ya le dije, a no ser que la persona con quien he hablado de ello se aparta de mí por causa de eso, y que tenemos algunos bretones en nuestro seminario, por si la cosa urge; por lo demás, omnia tempus habent.

Estoy totalmente conforme con usted, padre, en que haya que ocuparse de los seminarios, y que así las misiones se harán mejor. Nos hemos visto obligados a dejar la de Cahors para después de Pascua, y los señores obispo de Mende y de Angulema nos urgen para que las hagamos allí al mismo tiempo, lo cual nos es imposible, si Dios no nos ayuda. Obligamos a pagar la pensión a todos los que pueden hacerlo; pagan 200 libras y algunos hasta 80 escudos. Creo, como usted, que hay que hacerlo así en todas partes.

Le escribiré en cuanto pueda al padre Soufliers lo que usted me dice sobre Agen Aguardaré a que me hable la señora duquesa para decidir sobre Richelieu y sobre los ordenandos en Poitiers.

Me alegra mucho lo que me dice, de que el papa admitirá la unión de las parroquias al seminario, pagando la componenda. Me lo pregunta el señor obispo de Saintes en carta que recibí ayer. Haga el favor de explicarme la condición de que me habla, sobre el pago de la componenda, a cuánto asciende, y si esas parroquias han de ser atendidas por los sacerdotes del seminario.

No tengo el honor de conocer al señor de Vanci, pero procuraré entrar en contacto con él, por lo que usted me dice.

En cuanto a la parroquia de la diócesis del señor cardenal Lenti, si disponemos de personal y se trata de alguna ciudad pequeña, in nomine Domini, habría que pensar en ello. Por si puede usted suspender el asunto, entretanto procure verla y dígame la situación del lugar, el número de los que comulgan y cuántas personas se podrían mantener allí, después de haber hecho la misión.

Sobre la dispensa del voto, ya le envié la que usted me había enviado, indicándole que esa buena persona tiene sólo 36 años. Y sobre la enfermedad que la obliga a comer carne, es la debilidad de su naturaleza por una continua agitación de su espíritu y las preocupaciones de los asuntos que lleva entre manos. Le ruego, padre, que se cuide de esto.

La absolución o dispensa que se pedía para ese hereje convertido, que ha sido capuchino, la pedirá en Roma él mismo, que ha partido para allá.

Haré que escriba de nuevo y firme el padre Callon la carta que había escrito al padre abad de Aumale; si el asunto de San Ivo fuera adelante, haríamos que le escribieran algunas personas de condición; si se llevara esto a cabo, le quita usted lo esencial de la cosa, si suprime la idea del seminario. ¿Qué razón daríamos para justificar este cambio de dirección?

Puesto que necesita al hermano del hermano Martín y piensa hacer de él un buen muchacho, in nomine Domini, quédese con él.

Procuraremos obtener la carta del señor cardenal Mazarino en la forma que usted pide; envíe el libro latino de los ordenandos por medio del padre Dehorgny, a quien espero hacer marchar para Pascua a visitar a las pobres familias de nuestro Señor.

Pensaremos en lo que usted dice, de que conviene que el general tenga la facultad de aplicar los bienes de una casa a otra. Pida consejo sobre esto, sobre si es de desear y si hay ejemplos en otras congregaciones.

En adelante haré que redacten los memoriales en latín, antes de pedirle que se interese por lo que contengan.

He aquí las palabras de la señora del voto sobre su indisposición: esa enfermedad es más bien una debilidad y flaqueza de temperamento, que le impide poder guardar la abstinencia seis días seguidos sin ponerse enferma con una enfermedad especial.

Haga el favor de decirme el nombre de la parroquia de Vannes, de la que me hablaba, a fin de procurar fundar allí un seminario.

Me queda por contestarle a lo que me dice del padre…(?) y, a este propósito, de la paciencia con los díscolos. ¿Qué haría usted, padre, con una persona que durante varios años hubiera hecho todo lo posible para que se marcharan de casa todos los que pudiera apartar de ella y que, efectivamente, ha apartado a cuatro o cinco de los más capaces y ha hecho que fracasara un alma de las mejores de la compañía, y cuyo espíritu, si no está del todo pervertido, está desde luego muy alterado, y hace cuanto puede para ello, no sólo de palabra, sino también escribiendo a los ausentes? He aquí lo que le dice a uno de los padres: «¿Sigue todavía en babia? ¿no se da cuenta de lo que le dije de que, si él levanta la bandera, yo redoblaré el tambor por todas partes? ¿Y que éstos y éstos no tomarán partido por él? ¿Quiere usted que yo le mande tela de este país para hacerle un hábito a sus votos (que había hecho hacía 6 ó 7 años)?». Y a continuación le indica los defectos corporales de los de aquel país, de que la mayoría de los hombres entran en la iglesia por el claustro y que las mujeres son tan feas que él no ha necesitado hacer ninguna señal de la cruz para vencer las tentaciones; y le dice eso del lugar en donde está teniendo la misión a uno que está a 150 leguas de allí.

¿Qué haría usted…, ya que siempre…, desde que está fuera, y ha sembrado tal división en la familia de…, que ha habido que hacer una casa nueva? Y todo esto, mientras que me daba las mayores esperanzas. ¡Ay, padre! ¡Dios nos guarde de enviárselo y a usted de recibirlo! Destruirá su fundación enseguida o le causaría grandes perjuicios.

Me dice usted que hay que soportar a esas personas al comienzo, mientras que la compañía necesite hombres, y que dentro de poco se podría purgar de ellos a la compañía. Es verdad, padre, que la compañía necesita hombres; pero es mucho mejor tener menos que tener varios de esos díscolos y de esa clase. Diez buenos harán por Dios más que cien de esas personas. Purguemos, padre, purguemos a la compañía de las personas profanas y que no son agradables a los ojos de Dios, y él la aumentará y bendecirá. Cuando Dios quiso que murieran unos 3.000 hombres que habían adorado al becerro de oro, y Moisés se lo quiso impedir con sus plegarias, él le respondió: «Dimitte me ut irascatur furor meus contra eos faciamque te in gentem magnam». Según esto, padre, disminuir el número de los que ofenden a Dios en una compañía es aumentar esa misma compañía en virtudes y en número, ya que la gente acude a las compañías bien reguladas y virtuosas. Nuestro Señor sabía bien lo que decía, cuando dijo que malum pecus inficit omne pecus, Sólo se necesita un hombre como ése para echar por tierra a toda una compañía. La de los maturino reformados se encuentra en medio de una gran desolación y amenazada con la extinción total o parcial debido a un espíritu profano, díscolo e incorregible y lleno de malas mañas.

Pido a Dios, padre, que ilumine y eleve su entendimiento sobre la importancia que tiene, para la gloria de Dios, la santificación de la compañía y el bien de la Iglesia, el que no toleremos a las personas que no se portan bien, y que llegará el tiempo en que no pueda hacerlo, cuando quisiéramos que se hiciera.

Sí, pero se va a poner a escribir y hará estragos contra la compañía. No nos hará más que el daño que Dios quiera que nos haga, y ese mal se convertirá en bien para nosotros. Además, ¿no seríamos indignos de servir a Dios en la condición en que estamos si, para impedir que una persona nos haga daño, tolerásemos que perjudicara al servicio y a la gloria de Dios entre nosotros? Acuérdese, padre, de que la decadencia de la mayor parte de las comunidades proviene de la cobardía de los superiores en no ser firmes y en no eliminar a los díscolos e incorregibles sus santas oraciones y a las de la compañía, y soy en el amor de nuestro Señor su muy humilde y obediente servidor.

VICENTE DEPAUL

Indigno sacerdote de la Misión

Acabo encomendándome

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