Padre:
La hermana Francisca me parece que está indiferente para marchar a Liancourt o para quedarse. Se ha olvidado de decirle a usted que está emancipada y puede disfrutar de los bienes de su difunta Madre y que mandó alquilar una parte de la casa hace tres o cuatro años, pero que no recibe nada y que le gustaría vender lo que tiene en su pueblo. Con ello cree que podrá poner en orden sus pequeños asuntos, si se viene conmigo. Le ruego muy humildemente que haga el favor de decirme lo que tengo que hacer y si no hay nada que temer si la dejamos, teniendo en cuenta la propuesta que le ha hecho ese buen sacerdote, aunque parece que está muy decidida espiritualmente en su vocación.
Me queda todavía en el alma cierto temor de que nuestras hermanas crean que yo no quiero que hablen de sus penas. Al examinarme sobre ello, no he podido apreciar más que dos motivos para eso. Uno, que el padre Thibault, al venir por aquí, les preguntó a 3 ó 4 conocidas suyas, una de las cuales era la hermanita Claudia, que entonces no podía prescindir de hablar de una pena que sentía por un pecado que ya había confesado. Yo le había advertido que no le hablase de ello. Otra vez, a sor Luisa, a quien le gusta mucho hablar con frecuencia de la austeridad, le dije que no hablase de ella, sino que se atuviese a las penitencias permitidas y que, cuando las interrumpiese, podría reanudarlas sin hablar de ellas. Fuera de esas dos ocasiones, no creo que le haya dado a ninguna motivos para decir que no me parece bien que hablen de sus cosas. Y si ellas se quejan de alguna otra cosa, me parece que sería necesario que usted lo aclarase para conocer mejor el espíritu de las hermanas.
Me parece, padre, que lo que le pedí de que sor Turgis ocupase mi lugar para mayor utilidad de las hermanas, se me ha ocurrido al haber notado en mi espíritu esta necesidad, aunque no me puedo acordar en detalle, y porque el padre [Portail] les habla a varias hermanas, mientras-hacen el retiro, a casi todas sobre los v[otos]; y las hermanas que tienen un espíritu débil e impaciente pierden el reposo hasta hacerlos, y dejan para luego el obrar bien; y me parece que, para estar bien dispuestas para el retiro, deberían ponerse antes a obrar bien, sin llenarse la cabeza de ilusiones, como con frecuencia sucede, y no hablarles de los votos hasta poco antes de que los pudieran hacer. Para nosotras esto resulta un poco más difícil que para las religiosas, ya que hay que poner otras en el lugar de las que retiramos.
Creo, padre, que para remediar cuanto antes el desorden de las hermanas de San Sulpicio, será lo mejor enviar cuanto antes a sor Enriqueta y hacer que venga sor Catalina para que haga el retiro, y retenerla aquí, retrasando el retiro de sor Enriqueta; me temo que van a continuar los pequeños desórdenes.
Haga el favor de contestarme, perdonándome todo lo que le he dicho, quizás un poco fuera de propósito, y deme su bendición, ya que soy su muy humilde y muy agradecida hija y servidora.
L. DE M.
6 de julio, domingo por la tarde [1642].
Dirección: Al padre Vicente.







