Richelieu, junio [de 1642]
Tenemos solamente cuarenta y tres ordenandos, cuya modestia empieza a producir una maravillosa edificación, de forma que los pueblos que los ven en el oficio divino no pueden contener sus lágrimas de ternura, al ver el orden, la decencia, la devoción con que asisten a él; a esas buenas gentes les parece que están viendo, no a unos hombres, sino a los ángeles del paraíso. ¡Sólo a Dios sea dada la gloria, y al señor cardenal de Richelieu, que nos ha establecido aquí, el mérito y la recompensa! ¡Para nosotros quede la vergüenza y la confusión ante las potestades celestiales y terrenales, por haber sido empleados en tan alto ministerio!







