Mayo de 1642.
La compañía de la conferencia de eclesiásticos de Pontoise me ordena escribirle, para testimoniarle la satisfacción que todos sentimos por nuestra reunión. Es preciso que le confiese que al principio no sabíamos todavía de qué se trataba; pero actualmente cada día saboreamos más las gracias y las bendiciones que nuestro Señor quiere derramar sobre ella. Todos nos damos cuenta del provecho que podemos sacar en particular y en general, para bien de la Iglesia. A usted, padre, después de Dios, hemos de agradecerle que nos haya recibido para ser asociados a su buena y virtuosa compañía de París. De usted hemos obtenido las primeras instrucciones para formar esta pequeña compañía, que nos han servid o de semilla para producir todos estos bienes que por aquí se nos presentan cada día y a los que Dios da su prosperidad y bendición. Le pedimos una gracia, que ya que no somos todavía más que niños en la virtud, que no tenemos fuerza para sostenernos y dirigirnos, nos quiera conceder de vez en cuando la visita de alguno de los eclesiásticos de su compañía de París, para que nos enseñe a caminar con mayor solidez en los ejercicios que todos hemos emprendido con tanta decisión. De esta forma le descubrimos nuestra debilidad, para que usted haga el favor de ayudarnos.







