París, 3 de febrero de 1641.
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Ya hace bastante tiempo que no le escribo; mi viaje a Richelieu, el mucho quehacer que me han dado los asuntos con que me encontré al regresar y una indisposición que luego sufrí, junto con mi habitual pereza, han sido la causa de este retraso. En adelante procuraré, con la ayuda de Dios, escribirle con más frecuencia, como espero.
Me ha consolado mucho la narración que me ha hecho de su misión en la diócesis de Porto, más de cuanto le puedo decir. Sin embargo, me encuentro con una dificultad en esto, o sea, por qué razón se queda usted tan poco en cada lugar, ya que la norma de la Misión es quedarse y trabajar en el lugar hasta que todas las almas hayan cumplido o no con su obligación; lo hemos tenido que hacer así porque estamos convencidos de que los que tienen más necesidad están siempre ad feces.
He hablado a la señora duquesa de Aiguillon de la propuesta que quiere usted que se le haga a Su Eminencia sobre nuestra fundación en Roma. Todavía no he recibido ninguna respuesta.
Estoy lleno de alegría por lo que usted me dice, que el señor cardenal Bagni ha pensado en nosotros a propósito de esa capilla, y le ruego a Dios que santifique cada vez más su querida alma.
No sé qué decirle sobre las diversas propuestas que usted me hace de esas capillas y de los diversos sitios que me propone, a no ser que lo pongo todo en manos de la Providencia y en los consejos que las personas que nos quieren podrán darle para ello. No podría expresarle cómo han bajado las limosnas por aquí y cuánta dificultad tenemos en encontrar préstamos. Todos se resienten de la miseria de los tiempos. Esperamos la decisión de Su Eminencia pacientemente hasta el instante en que la Providencia quiera que podamos establecernos.
No me ha exigido nadie el dinero que me dice usted que ha pedido prestado por ahí.
Estoy aguardando la ocasión para hablar y hacer que hablen con los abades de quienes dependen los dos prioratos, para obtener su consentimiento con vistas a la unión. Ya nos hemos arreglado con el que tenía poderes del señor general de la Terrade, del Espíritu Santo, en lo referente a la misión de Toul, y nos han comunicado que él se esfuerza en obtener su consentimiento, como usted me ha señalado.
Le mando unas cartas y las memorias del señor obispo de Ginebra a propósito del proyecto que tiene de un seminario, cuya dirección desea confiar a los misioneros que tenemos en su diócesis.. Vea usted esas cartas y su memoria y la del padre Codoing, cierre esas cartas y entrégueselas a sus destinatarios; haga el favor de poner todo su empeño en el logro de este proyecto. Mire qué importante es que haya ahí una fundación de la compañía en estas ocasiones.
Los reverendos padres con los que tan familiarmente trata usted por ahí les han escrito a los de aquí todo lo que usted hace y lo que pasa; y por aquí se ha divulgado la cosa. Le ruego que ponga atención en ello. No le hablo de los padres jesuitas.
Me olvidaba de decirle, a propósito del proyecto del obispo de Ginebra, que me parece bien en genera], a no ser en relación con los niños que él quiere que allí se eduquen; pues hasta el presente no he oído decir que haya resultado bien ni uno sólo de ellos para el provecho de la Iglesia. Y la experiencia nos hace ver lo contrario en los casos de Rouen, de Burdeos y de Agen, Le escribiré a este santo prelado con mi opinión, y si no, al padre Codoing; pero no ponga usted desde ahí ninguna dificultad.
Haga el favor de escribirnos a los dos para darnos cuenta de lo que haya hecho.
He recibido y he mandado a Richelieu las indulgencias y las dispensas que les ha obtenido. Ya le escribí a usted que no se ve bien por aquí que negociemos ni tratemos con esa persona, cuya carta me envió usted en lo referente a nuestros asuntos; y quien puede hacerlo me ha dicho que él hará prosperar nuestro asunto dentro de poco tiempo.
No he tenido el honor de ver a Su Eminencia más que una sola vez, y no he podido decirle más que tres o cuatro palabras desde mi vuelta. Cuando se presente la ocasión, le diré algo sobre el señor que nos protege y que nos asiste ahí con tanta caridad. Le suplico que le presente de nuevo mis deseos de obedecerle, lo mismo que al señor Marchand, en estos comienzos del año.
Espero que ya habrá recibido usted la fundación de san Eutropio y que seguirá interesándose por este asunto.
Los señores obispos parece que desean todos tener seminarios sacerdotales para jóvenes. El señor obispo de Meaux, que admite una fundación que nos han hecho en su diócesis, lo desea. Y a mí me parece bien, pensando solamente en los eclesiásticos. Lo mismo nos ofrece también el señor obispo de Saintes. De esta forma Dios se servirá de esta compañía, en beneficio del pueblo mediante las misiones, en beneficio del clero que empieza mediante las ordenaciones, en beneficio de los que son ya sacerdotes al no admitir a nadie en los beneficios y en las vicarías sin hacer el retiro y ser instruidos en el seminario, y en beneficio de todos por medio de los ejercicios espirituales. ¡Quiera su divina bondad concedernos su gracia para ello!
La compañía va aumentando en número y en virtud, por la misericordia de Dios, como todos reconocen y yo mismo he podido apreciar en las visitas. Sólo quedo yo, miserable de mí, que sigo cargándome con nuevas iniquidades y abominaciones. ¡Ay, padre! ¡Qué misericordioso es Dios al soportarme con tanta paciencia y longanimidad, y cuán miserable y ruin soy al abusar tanto de sus misericordias! Le ruego, padre, que me ofrezca frecuentemente a su divina Majestad.
Siguen todavía las limosnas para Lorena, gracias a Dios. Nuestro hermano Mateo les lleva todos los meses dos mil quinientas libras para los pobres y a razón de cuarenta y cinco mil libras para los religosos y religiosas. Hoy celebramos la reunión para la asistencia de los nobles refugiados, entre los que repartimos el mes pasado más de mil libras, esperando que podremos repartir hoy otro tanto.
Dios ha dispuesto de nuestro buen padre de Sergis. Le escribo sobre ello en una carta aparte.
Estas son nuestras noticias. Las de usted las recibo siempre con mucho consuelo y soy, en el amor de nuestro Señor, su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
Indigno sacerdote de la Misión
Si después que aquél a quien el señor obispo de Ginebra escribe haya visto lo que le dice de esta pequeña compañía cree que puede servir por ahí, ¿qué le parece a usted pedírsela para dársela a leer al señor Ingoli y a aquellos a quienes usted crea conveniente?
Dirección: Al padre Lebreton, sacerdote de la congregación de la Misión, en Roma.







