París, 9 de octubre de 1640
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Sus cartas me dan siempre un gran consuelo, aun cuando no logremos ningún progreso, ya que veo claramente que no es culpa suya, sino que no lo quiere Dios, y tengo una enorme confianza en que acabaremos viendo que no era conveniente. ¡Sea bendito su santo nombre!
Los asuntos de por aquí no me han permitido todavía ver al señor nuncio. Cuando se arreglen los de ahí, espero poder obtener el permiso. Esto se lo digo al oído de su corazón, y a nadie más; entretanto, paciencia; si no logramos nada antes de la llegada del señor cardenal Bichi, haremos lo que usted indica.
A mi juicio, sería conveniente que se limitase usted a alquilar una casita o dos habitaciones, que puede ir amueblando entretanto.
Lo mejor sería que pudiese usted tener una casita, si poner alguna capilla.
Ha hecho usted bien en el caso de ese buen eclesiástico de Béarn. Ellos no han dado ninguna misión, a no ser uno de ellos con nuestro buen padre Brunet, y otro la mitad de una; y me parece que no hay más de veinte mil o treinta mil personas en todo el Béarn; lo mejor será que se oponga usted a ello, cuando le pidan alguna cosa para el gasto del mes, y esto según su prudencia habitual.
Me gustaría mucho que pidiera usted el parecer de varias personas de las de ahí en relación con el voto de estabilidad, sobre si constituye religión. Ya me ha dicho usted que el reverendo padre asistente opina que no. Se alega en contra que los cartujos y los benedictinos no hacen más que ese mismo voto de estabilidad, y que sin embargo son religiosos. Es verdad que al de estabilidad ellos añaden el de la conversión de las costumbres, el cual puede desarrollarse hasta llegar a ser un voto de religión.
No tengo prisa por enviarle a nadie, ya que todavía no tiene usted alojamiento, pero sobre todo porque me he enterado por su penúltima que toda la diócesis de Roma se reduce a la ciudad misma de Roma, y entonces ya no veo ninguna utilidad, a no ser para las diócesis más cercanas, o que se consiguiera la forma de trabajar con los ordenandos y ejercitantes.
Le envié el testimonio de pobreza de las personas sobre quienes le escribió el padre Soufliers; son de Hay, diócesis de París. Y le envío ahora otro para las personas de la diócesis de Poitiers, de que le escribió el padre Perdu, o yo mismo en su nombre. No me acuerdo ahora de qué grado es el impedimento.
Le doy las gracias con toda humildad por el cuidado tan exquisito que ha puesto en el asunto de las religiosas de Chanteloup de las que le escribió el señor Feret. Un sacerdote gascón, que ha marchado a Roma para las bulas del señor obispo electo de Comminges, ha recibido el mismo encargo; puede usted comunicar]e la situación del asunto y cómo le he pedido yo que trabajara en él; y si él quiere juntarse con usted o actuar por su propia cuenta, proceda usted según su caridad habitual. Si esos señores hubieran sabido que usted ha tomado el asunto tan a pecho y que trabaja en él tan eficazmente; seguramente no habrían encargado a ninguna otra persona más que a usted.
También le doy las gracias por lo que ha hecho usted por el señor comendador Harque; los malos informes que sobre él le han dado no son ciertos. El difunto señor primer prior de Francia lo utilizaba para que administrase sus bienes y su casa y él se portó realmente con todo esmero, empleando su talento y aumentado las rentas, que se tienen muy en cuenta en dicha Orden, y sin que nadie se quejase lo más mínimo, que yo sepa. Por lo demás, es un hombre piadoso y no deja ningún día de celebrar la santa misa. Si algún religioso ha dicho algo de él, quizás es por haber estado en pleitos contra él, debido a la proximidad o mezcla de sus respectivas posesiones. Los procesos siempre originan ciertas diferencias y disminuyen la estima. El señor comendador de Sillery lo apreciaba mucho y admiraba su piedad y a mí siempre me ha parecido que buscaba en todas las cosas los intereses de Dios.
¡Dios mío! ¿no será posible fijar la fecha para esos dos prioratos y asegurarlos entretanto en caso de muerte? Resulta difícil obtener el consentimiento de los abades, que son el señor príncipe y el señor cardenal; y aunque les he propuesto la solución que usted indicaba, de ponerlos entretanto a nombre de alguno de la compañía, no me han contestado, porque temían quizás la falta de fe de éste o la muerte. En una comunidad han ocurrido por esta causa varios sucesos lamentables; la teologal y la parroquia de Luçon se la han quitado a esa comunidad por este motivo.
Nuestro seminario sigue creciendo, con la misericordia de Dios, en número y en virtud; y el resto de la compañía se encuentra bastante bien, gracias a Dios. Seguimos todavía con la asistencia a Lorena y con la ayuda a los pobres de allí. Tenemos ahora diez mil libras para enviar]es, esperando a que nuestro hermano Mateo acabe su retiro.
Dios ha dispuesto del difunto señor comendador de Sillery, ha muerto como un santo, lo mismo que había vivido desde que se retiró del ajetreo del mundo. Le ha dejado a la compañía, para el seminario, ochenta mil libras, además de las fundaciones de Ginebra y de Troyes.
La difunta señora duquesa de Ventadour ha dejado cuarenta mil libras para la fundación de una misión; y una persona que quiere permanecer en el anonimato nos envió hace algunos días mil libras, con la finalidad nos decía de que quiera Dios que continúe la compañía en el mismo espíritu que hasta ahora. ¡Ay, padre! ¡Qué bueno es Dios y cuán admirables son los filtros de su amor! Le ruego que pida a Dios por todas estas personas y que nos ayude a obtener]a gracia de realizar la intención de esa alma buena que es de mediana posición.
Voy a marchar a Rueil para intentar saludar a Su Eminencia Si puedo hacerlo y tengo lugar y tiempo, le diré unas palabras sobre el asunto del padre Le Bret, a quien saludo con todo el respeto y cariño que me es posible, y soy su servidor y el de usted.
VICENTE DEPAUL
Perdóneme; no sé cómo han podido perderse entre mis papeles las que incluyo.
Dirección: Al padre Lebreton, sacerdote de la Misión, en Roma.







