Vicente de Paúl, Carta 0496: A Bernardo Codoig

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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París, 26 de agosto de 1640

Padre:

¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!

Recibí la suya del 4 de este mes, en respuesta a la cual diré que adoro la providencia de Dios sobre usted, en el nuevo trabajo que ha emprendido, y que le ruego que le dé sus bendiciones y nos haga conocer su divina voluntad para ocasiones semejantes. Le escribo al padre Duhamel que, si no espera encontrar descanso en el cambio de personas y de lugares, yendo a reunirse con el padre Lebreton en Roma o marchando a Alet, in nomine Domini, que se vuelva a su casa en París; dígale usted que será conveniente que deje pasar algún tiempo antes de volver acá. Le digo a nuestra digna madre que la señora Goussault me dijo, antes de morir que estaba perdido si no perseveraba en su vocación, no ya por el vicio sino por la condición de su espíritu, que se inquieta por todo y en todas partes; pero tenemos motivos para esperar que nuestro Señor le concederá su especial protección, debido al temor que él tiene de ofenderle. Le ruego que me escriba sobre su decisión, para que pueda dar órdenes a los sitios que le he señalado, para que lo reciban y atiendan.

Al padre Escart también le escribí por extenso hace algún tiempo, según lo que usted me decía. Espero que, si no se ha alterado su imaginación, mi carta habrá hecho en él algún efecto; si puedo, le diré dos palabras por este correo.

Al padre Tholard le escribo sobre sus dificultades en la confesión; no es necesario que deje de confesar por ellas.

A usted le escribí también ampliamente, según creo, por medio del señor de Courcilly, librero de Lión. Me imagino que habrá recibido ya esa carta.

Le digo a nuestra digna madre que jamás el señor comendador ni yo mismo hemos tenido nuestro entendimiento y nuestra voluntad tan sometidos al pensamiento que nuestro Señor le ha concedido a nuestra digna madre como en la cuestión del visitador; y es verdad. ¡Oh Jesús! Es preciso que así sea.

Ahora resulta que vuelve a tener usted la manera de vivir del seminario en su nuevo alojamiento y celebrando la misión en Annecy. Bien, padre, adoro la providencia de Dios en esto. Le digo al señor obispo que el resultado será la norma según la cual habremos de actuar en casos semejantes.

Aquí estamos haciendo ahora la visita, con la presencia de los padres Savinier, de Sergis y Durot. El padre Dufestel, superior de Troyes, acaba de salir del seminario, donde me pidió pasar algún tiempo. ¡Ay padre, qué buen ejemplo ha dado usted a la posteridad en esto!. El padre Perceval, que pertenece a la comunidad de Troyes, ha estado acompañando a su superior.

Tenemos enfermos en Lorena a los padres du Coudray y Guérin, el más joven. Los encomiendo a sus oraciones y le ruego que nos ayude a agradecer y a hacer que otros agradezcan la bondad que Dios tiene sobre esta pobre y humilde compañía, por haber inspirado a un alma buena, que no quiere dar su nombre, que entregue veinticinco mil libras, parte en dinero contante y parte en rentas establecidas, para que quiera Dios concedernos la gracia de cobrar cada vez más afecto al espíritu de la compañía. ¿No se le enternece el corazón al ver la forma con que Dios quiere consolarnos temporal y espiritualmente? En otros tiempos quiso confirmar de viva voz la regla de san Francisco; ahora aprueba con sus beneficios el espíritu de esta pobre compañía. Pues para este fin es para el que me ha dicho esa persona que le había inspirado Dios esta idea. Unicamente su hijo, que me ha dado la noticia, otra persona y yo sabemos de quién se trata, y no se lo puedo decir a nadie. O altitudo divitiarum sapientiae et scientiae Dei! quam incomprehensibilia sunt judicia ejus!. ¡Ay, padre! ¿Quién nos ayudará a humillarnos por debajo de los infiernos, y dónde podremos ocultarnos, teniendo en cuenta tantas bondades de Dios sobre nosotros? Lo haremos en las llagas de nuestro Señor, en cuyo amor y en el de su santa Madre soy su muy humilde servidor.

VICENTE DEPAUL

Indigno sacerdote de la Misión

Le suplico, padre, que le diga a la compañía que no hable nunca con nadie de esto; se lo podrá usted decir, sin embargo, a nuestra digna madre, rogándole que nos ayude a agradecérselo a Dios.

Le he dado las 300 libras que usted me ordenaba a un alumno, tal como me decía, quinientas al hijo de la señora de Menthon, que está en la Academia y le envía su carta para que las reciba de su señora madre, y quince pistolas al ecónomo de Santa María de la ciudad, como me señalaba en su carta. Indíqueme si va a recibir o si ha recibido ya esas sumas.

Dirección: Al padre Codoing, superior de los sacerdotes de la Misión de Annecy, en Annecy.

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