Vicente de Paúl, Carta 0482: A Bernardo Codoing

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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San Lázaro, 26 de julio de 1640

Padre

¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!

Nunca he tenido una visión tan clara de mi indignidad para el cargo que ocupo, como al pensar actualmente en la respuesta que tengo que darle, a causa de mi miseria que me ha impedido escribirle antes. ¡Ay, padre! ¿hasta cuándo me soportará usted?; o mejor dicho, ¿cuándo empezaré a enmendarme? El colmo de mi miseria de ahora es que he perdido su última carta, en cuya parte inferior nuestra digna madre me hizo la caridad de ponerme unas líneas. He aquí la respuesta a las del 28 de abril y 31 de mayo.

Le doy gracias a Dios por todas las que él concede a esa pequeña comunidad, que me parece que son ciertamente superiores a toda esperanza, y le ruego que se las siga concediendo y que le devuelva la perfecta salud, a no ser que quiera santificar su alma con las indisposiciones del cuerpo; le suplico, padre, que haga todo cuanto pueda para ello. ¡Cómo me consuela lo que me dice de cada uno de los de la compañía en particular!

Le escribo al padre Escart y, si puedo, haré lo mismo con el padre DuhamelAl primero le hablo muy a fondo sobre lo que usted mismo me escribió, haciéndolo luego también él. Es un hombre lleno del espíritu de Dios, pero de un celo áspero, según me indica usted. Le escribo de forma que espero que podrá progresar en la mansedumbre y en la humildad, que devolverá las fuerzas corporales al buen padre Tholard y seguirá manteniendo las energías espirituales del buen padre Duhamel, Y que finalmente se servirá últimamente del padre Bourdet y que nuestro hermano Francisco hará mucho bien. Esta es, padre, la súplica que le hago a Dios.

¿Qué quiere que le diga de los ordenandos? Ya sé que ha aceptado con agrado cargar con los gastos de la primera ordenación; pero me parece que hay que atenerse a lo que propone el señor obispo de Ginebra, esto es, que hay que obligarles a que pague cada uno un florín diario, si basta con eso, una vez hechas todas las cuentas. Hemos comprobado que los gastos de los ordenandos de París suben a veinte sueldos diarios; en ello va incluido el gasto del número mayor de hermanos que se necesita, la leña, los gastos menores y la limpieza de la ropa. La dificultad mayor está en el mobiliario: se necesitarán dos o tres mil libras para ello.

El señor comendador me indicó, uno de estos últimos días, que no creía conveniente que nos tomásemos con los señores prelados la libertad de ponerles dificultades a las ideas que tienen por el bien de sus diócesis. Decía esto a propósito de lo que usted proponía de ir a hablar con los señores del senado sobre las dificultades que ponían, y ofrecer dejar las misiones, si ellos no las veían con agrado, a pesar de que el señor obispo opinaba lo contrario; y creo que me diría también lo mismo si supiese que le había puesto usted dificultades al señor obispo para que mandase que los ordenados pagaran cada uno un florín diario sin el consentimiento del sínodo y del senado. Esto es evidentemente una señal de su prudencia, pero hay que proceder con mayor sencillez; en efecto, los ordenandos no se sentirán gravados por dar diez o doce florines por su alimentación durante la ordenación. Si los ejercicios de los ordenandos son cosa de Dios, ¿por qué no va a ser también cosa suya que ellos paguen su manutención, ya que reciben este beneficio de su prelado?

Me parece, padre, que hará usted bien sometiéndose en esto al pensamiento de dicho señor, lo mismo que en todas las demás cosas que no vayan contra las normas de nuestro Instituto, como creo que podría ser la cuestión de confesar dentro de la ciudad. Esto va directamente en contra de nuestros pequeño Instituto. Nuestra digna madre, si usted, como creo oportuno, habla de esto, se lo podrá hacer ver al señor obispo con toda dulzura; y esto seguro de que su bondad lo verá bien. No creo que haya que excluir a Annecy del beneficio de una misión; por eso creo que, si nuestro Señor le da este pensamiento al señor obispo, habrá que hacerla. Pero ni antes ni después, fuera de la misión, creo que es conveniente predicar ni confesar allí; y así es como tiene que entenderse la regla de no trabajar en las ciudades, ya que esto podría impedirnos con el tiempo acudir a los pueblos del campo.

¡Dios mío! ¿cuánto siento su pequeña indisposición y cuántas ganas tengo de que encuentre alguna casa o algún sitio para construir una, en el mejor sitio de la ciudad, que es un arrabal elevado en donde, según creo, están los capuchinos! Si así es, hay que desechar la idea de establecerse en otra ciudad; estaría demasiado lejos para aprovechar la ocasión de servir a la diócesis. Entretanto le pediré al señor comendador que le escriba al comendador de Annecy para que haga el favor de darles a ustedes alojamiento, y que le dé las gracias por ello.

No me parece muy segura la idea de tratar con el señor obispo de Nemours; es un joven príncipe; y esas dos cualidades son un obstáculo. Nuestro Señor le abrirá otro camino, si así lo quiere. El Estado del rey llega hasta cerca de Ginebra. Quizás se encuentre por allí alguna oportunidad con el tiempo, cuando la compañía trabaje en aquel sitio.

Apruebo de muy buena gana el que tengan ustedes lechos portátiles, como me indica. Resultará algo ridículo a ojos del mundo; pero cuando la necesidad apremia, no hay ni ley ni razón que puedan impedir utilizarlos como es debido. ¿Es que hay otro medio para poder subsistir en medio de esas montañas, sin lecho, durante el invierno? Sin ello, los misioneros morirían o tendrían que dejar de hacer la misión, durante el invierno. Será preciso encontrar alguna manera de que un buen mulo baste para ello, y es ahí donde está la dificultad. Al principio de la Misión, también nosotros hacíamos lo mismo; pero luego tuvimos que dejar esos bártulos, porque resultaban superfluos y nos servían más bien de impedimento: no bastaba un caballo para una pequeña carreta que teníamos. Se me acaba de ocurrir ahora una cosa: que podrían ustedes trasladar esos muebles de un lugar a otro en algunos carros o en los mulos que alquilen para ello; pero entonces lo que convendrá será trabajar en lugares cercanos y concretar una parte de la diócesis al principio de] año para trabajar allí de seguido. De esta forma resultará más fácil el traslado de muebles de un lugar a otro y encontrarán ustedes a los pueblos mejor dispuestos, a causa de la cercanía entre los lugares en que se tenga la misión. Es lo que hemos hecho este año nosotros en el valle de Montmorency. No puede usted imaginarse cómo el pueblo está así mejor preparado y cómo los misioneros se animan y consiguen grandes progresos por este medio.

Es conveniente, para obrar de esta forma, que le parezca bien al señor obispo designar las partes de la diócesis en donde quiere que se trabaje y no cambiar tanto de comarca, como ahora se hace. Quiero aconsejar esto mismo por todas partes.

En cuanto a las misas para celebrar en esos sitios, ¡ay, padre!, ¡cuánto me gustaría poderlo hacer!; pero la verdad es que no se me ocurre ningún medio para eso; pues, además de que no he visto a nadie con disposición para ello, la miseria de nuestro siglo ha enfriado las limosnas y los estipendios de misas. Le ruego que indique al señor obispo que consideraré como una misericordia de Dios la ocasión de poder servirle en esto y en todas las demás cosas en las que quiera honrarme con sus mandatos, ya que no hay ninguna criatura en la tierra sobre la que tenga tanto poder como sobre mí.

Digamos dos palabras sobre el asunto de su hermano. He hecho todo lo posible con el señor de Bullion y con el señor Tubeuf para ello; pero todo en vano. Hace solamente un mes que un joven abogado de Agen, que se encuentra en esta ciudad, tuvo la última negativa. Hace solamente seis días que estuvo aquí y me dijo que su hermano debería quedarse satisfecho con lo que se ha realizado en este asunto, que ha sido todo lo posible. El señor Bullion dice que, si el rey quisiera tener en cuenta esta clase de pérdidas de los particulares que están a su servicio, no sería suficiente la mitad de sus rentas.

¿Qué le voy a decir de lo que pasa por aquí? Todos los de la casa se encuentran con buena salud, gracias a Dios, y lo mismo la compañía en general, excepto los padres Jegat y Sebastián en Richelieu. No obstante, el primero empezaba a ponerse mejor.

El seminario va cada vez mejor, gracias a Dios. El padre Dufestel, superior de Troyes, me ha pedido que le permita entrar, junto con el padre Perceval, que llegó anteayer para eso, y entrarán en él mañana por la tarde; también está allí el padre Savinier.

Siguen continuamente las limosnas para Lorena, gracias a Dios. Se han recogido para las ciudades de Toul, Metz, Verdun, Nancy y Bar, para Saint-Mihiel y para Pont-á-Mousson, donde la miseria es tan grande que no se puede ni imaginar. El padre Dehorgny acaba de visitar a los misioneros que andan por allí; me ha dicho cosas increíbles y que me dan mucha pena. Llegaban hasta a comerse las serpientes.

Dios nos ha concedido la gracia de servirse también de esta compañía para asistir a los religiosos y religiosas. El rey entregó 45.000 libras para ellos, para que se distribuyeran mensualmente, según órdenes del señor intendente de justicia.

En esta ciudad Dios nos ha concedido también el favor de reunir a un pequeño grupo de personas distinguidas para asistir a la nobleza de Lorena y a las demás personas de calidad. Bien, padre, ya va siendo tiempo de que acabe con la humilde súplica que le hago de que cuide de su salud y la de sus compañeros y que se acuerde de mis miserias delante de Dios, para que me conceda su misericordia.

Soy, en su amor, su muy humilde y muy obediente servidor.

VICENTE DEPAUL

Sacerdote de la Misión

El padre Dufestel, superior de los sacerdotes de la Misión de Troyes, ha pedido entrar en el seminario, donde se encuentra actualmente junto con el padre Perceval.

Le envío el recibo de los cien escudos del padre d’Alet.

Dirección: Al padre Codoing, superior de los sacerdotes de la Misión de la diócesis de Ginebra, en Annecy.

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